Rescates

Lauro Olmo, un golfo de bien

Álvaro Acebes dedica uno de sus «rescates» al «fracaso heroico» y la «piedad trágica» de un autor que siempre estuvo del lado de los humildes, porque él mismo era uno.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Aunque de cuna gallega, Lauro Olmo era tan madrileño como lo fue el extinto barrio de Pozas, un triángulo de calles bullangueras y suelos desnivelados y maltrechos, con sus casitas de uno o dos pisos y sus balcones de pálidos geranios que retemblaban al paso de algún camión. Allí vivió casi toda su vida hasta que el furor urbanístico del desarrollismo (más o menos el mismo que el de ahora; hay cosas que en este país no han cambiado, ni hay intención de que cambien) echó abajo las casas de casi cuatrocientas familias, la mayoría humildes, para hacer allí El Corte Inglés de Princesa y un complejo hotelero de muchas estrellas. Todo de forma ilegal. Olmo y su familia fueron los últimos en irse. Estuvieron un año y pico viviendo entre escombros y cascotes y el escritor, al que intentaron comprar prometiéndole otro piso y una indemnización más cuantiosa que la que se había dado a otros vecinos, lanzaba desde el balcón arengas contra el régimen y el capitalismo. La última que se le ocurrió, quién sabe si por desesperación o a modo de venganza íntima, fue la de pintar la bandera española en la puerta de su casa, a ver si la piqueta se atrevía a derribarla. En el centro, un oficio del Tribunal Supremo contra la sentencia de desahucio. Logró retener dos días a la policía y a los bomberos hasta que un juez dictaminó que, por más que aquello pudiera considerarse un ultraje a los colores nacionales, había que proseguir con el derribo de la casa y expulsar a sus ocupantes.

La anécdota resume bastante bien lo que fue la existencia de Lauro Olmo. Un fracaso heroico. Estuvo siempre del lado de los más humildes y contó sus vidas en cuentos, novelas y obras de teatro que hoy nadie lee, pero que deberían rescatarse. Vaya que sí se debería, aunque solo sea para sacarnos de encima este asco de nunca acabar. Ahí está también su biografía, la del muchacho que había nacido en 1922 en O Barco de Valdeorras, provincia de Ourense, y que llegó a Madrid con apenas ocho años de la mano de su madre, empeñada en sacar adelante a la familia después de que el padre se fuera a hacer las Américas y no volviera. No fue una época fácil. Olmo recordaba que él y sus hermanos comían en una de las instituciones benéficas que había en la calle Atocha, situada «en el mismo edificio donde se imprimió El Quijote». También que, en aquellos años de miseria, donde hacían falta fe en la vida y un optimismo insobornable para salir adelante, se convirtió en uno de esos «golfos de bien» que aparecen en su obra, famoso entre los demás rapaces del barrio por su habilidad para subirse a los topes de los tranvías o salir airoso de peleas que se olvidaban tan pronto como habían comenzado. El estallido de la guerra supuso la pérdida de la libertad de que disfrutaba. El Gobierno decidió la evacuación de todos los niños de la capital y Olmo y sus hermanos fueron trasladados a Alicante, a un colegio que se le apareció como una cárcel, pero en donde tuvo como maestro a Manuel Giner de los Ríos, quien le enseñó canciones y poemas tradicionales y lo animó a escribir. Muchos años después, en un artículo titulado «Los niños de la guerra», Lauro Olmo hablaría de los terribles bombardeos de la aviación italiana sobre la ciudad, del caos y la destrucción que vio. Él mismo se consideraba uno de aquellos niños del treinta y seis, pero no al modo de otros que tiempo después desmenuzaban sus recuerdos en televisión hablando de su generación y de los acontecimientos vividos sin mencionar que fueron niños señoritos. A estos no les afectaron los desastres de una guerra que más bien tuvo un aire de fiesta, de aventura en la que no había sitio para la angustia, el miedo y el hambre que sí vivieron otros, ese frente popular de niños que no triunfaron y que aparecen en las fotos de Agustí Centelles o de Robert Capa con rostros en los que se intuye el hueco profundo de una ausencia. Lo decía Chirbes: la clase es eso que uno no se quita de encima por más que trate de disimularlo. De la guerra, a Olmo, que sería para siempre un resistente nato, le quedó el recuerdo de sacos terreros en las calles, las sirenas de las alarmas y edificios castigados por las bombas. También la náusea del presente y, como dijo su amigo Haro Tecglen, la ilusión de lo posible. Es difícil triunfar con esos elementos.

Terminada la guerra, Olmo regresó a Madrid. Hizo de todo: desde recadero y vendedor ambulante a aprendiz en un taller de bicicletas. También se convirtió en un visitante habitual de los puestos de libros en la Cuesta de Moyano y del Ateneo. De allí sacaba libros y más libros que leía en su casa. Un obrero ilustrado, amigo de Medardo Fraile, de Ángela Figuera y de Julián Ayesta, que se dio a conocer con una colección de poemas y otra de cuentos a mediados de los cincuenta. Esa formación autodidacta lo distingue respecto a otros autores de entonces. Lauro Olmo, que va a ser reconocido sobre todo como dramaturgo, tiene poco que ver con, por ejemplo, Buero Vallejo, que antes de la guerra sí tuvo acceso a la cultura y pudo estudiar. Su escuela fueron la calle y los puestos de observación en el mercado de Atocha donde trabajaba. Desde ahí contemplaba un Madrid de marginados que había sido capital de la gloria y rumiaba ahora el amargo sabor de la victoria. Los ambientes por donde se movían seres entregados al combate diario por la supervivencia, ligados al fracaso y ocasionalmente rebeldes ante la violencia del sistema impuesto por los vencedores. Todo eso está en La camisa, la obra que hizo de Olmo un clásico y que, en cuanto al uso de la parábola, la alegoría o el símbolo, está solo un peldaño por debajo de una obra tan grande como La casa de Bernarda Alba. Tampoco se queda mucho más atrás a la hora de reflejar los arañazos políticos y sociales en la piel de una época. La estrenaron en 1962 después de no pocos problemas con la censura y proporcionó a su autor el único éxito de su vida. A excepción de Buero Vallejo y Alfonso Sastre, que representaban sus obras con todas las cautelas del mundo, no había nada parecido en el teatro de entonces. Durante mucho tiempo las tablas habían sido alérgicas a cualquier planteamiento que mostrara mínimamente y de forma real la sociedad española. Piezas melifluas y líricas, de un humor inofensivo o que evocaban las glorias del antiguo imperio. Olmo, sin embargo, convirtió la realidad que bullía en los barrios populares en el centro de su teatro y la mostró dolorida y maltrecha, mezclando el drama con el sainete hasta conseguir un efecto de crónica social que ponía la historia a ras de tierra, mostrando a gente arrastrada por el torbellino de los sueños y la necesidad. Vida auténtica, retrato moral y político que se imponía por su verdad. Todo esto era Olmo, el autor de un teatro para el pueblo que hablaba sin tapujos de la pobreza, del desarraigo, la emigración, la explotación del trabajo, la miseria, el chabolismo y el hambre y de la voluntad por mantener la dignidad pese a la asfixiante tenaza del capital y el poder. El público se quedó de piedra. 

 El triunfo se lo hicieron pagar caro. Pocos autores de aquel entonces fueron tan perseguidos como él. Sus siguientes piezas (La pechuga de la sardina, El cuerpo, English Spoken, Metamorfosis de un hombre vestido de gris, La noticia…) se estrenaron con enormes dificultades en teatros minoritarios. Otras muchas quedaron inéditas o solo se vieron en el extranjero. Olmo se refugió en el teatro infantil que escribió junto a su mujer, Pilar Enciso, pero no se amilanó. Firmó manifiestos protestando por la represión de los estudiantes de la Universidad de Madrid, apoyó las huelgas mineras y participó en todo tipo de actos culturales y políticos contra el franquismo. Llevó una vida austera, escribiendo a destajo y con la constante de la penuria económica. Su amigo Medardo Fraile contó que en una ocasión había visto que en el frigorífico solo tenía un limón. Podía haberse adaptado, cambiar esos planteamientos y comulgar con ruedas de molino, pero no estaba en su naturaleza. El autor de La camisa era un tipo coherente, de ideas claras y sin dobleces. Lo mostró hasta el final. Ahí está su Pablo Iglesias, una de las últimas obras que escribió y que pudo ver representada en 1984. La biografía del fundador del PSOE entrelazándose con sus propias vivencias, extraídas del Madrid castizo de su infancia. De paso, una llamada a los nuevos ocupantes de la Moncloa, explicándoles a qué respondía su partido y cuáles eran sus cimientos. Lo dice el mismo protagonista en una coplilla: «¿Qué sería del PesOe/ si le quitamos la O,/ esa O que aquí es la rueda/ que lo mueve y lo fundó?». Ni uno solo de los miembros del Gobierno ni personalidades relevantes del PSOE se presentó en el estreno. Les incomodaba enfrentarse a esa memoria ahora que tocaba ser modernos y europeos. Tampoco los ya creciditos niños de la guerra, exquisitos aristócratas de aquel realismo de la berza que ellos mismos habían cultivado, y a los que molestaba ahora el tufo a sardina y el paisaje de chabolas con camisas tendidas al viento del teatro de Olmo. No se dieron cuenta de que este es mucho más complejo y universal que eso. En sus dramas están Chéjov, Valle, Lorca, Arniches, los clásicos. Todos pasados por el filtro de lo popular y situados en escenarios donde el público se reconocía. Todavía hoy nos reconocemos, lo que dice mucho de su actualidad. Después de que el autor falleciera en 1994, sí hubo tiempo para representar las piezas que no se habían podido estrenar. También para los homenajes, los estudios, las críticas y los elogios que saludaban su postura cívica y su compromiso. Como si a un autor tan grande como Lauro Olmo estos aplausos póstumos le hubieran importado mucho. A él, como dijo en una de sus últimas entrevistas, le bastaba con que lo recordasen simplemente como un hombre solidario.

Es el teatro de Olmo lo más conocido de su obra. No obstante, yo tengo debilidad también por sus volúmenes de cuentos y especialmente por Golfos de bien, el libro que publicó a finales de los sesenta. En esos relatos está la memoria perdida de su infancia callejera y también aquello que difícilmente podía encontrarse en los discursos oficiales de los políticos. La verdad sumergida de las clases populares, chavales que juegan en los solares del barrio, que se las dan de toreros, futbolistas, vencedores y supervivientes, que aprenden a imaginar y crean una mitología propia sobre lo cotidiano, enfrentados todos los días al conflicto entre la libertad y el orden que encarnan los mayores. En paralelo a la aventura y el riesgo que sobrevuela su mundo, discurre el de los adultos, envuelto en convenciones y máscaras, que se aparece como un misterio, la imagen de una existencia degradada que se vive según unas reglas inapelables y a disgusto. Olmo traza esa distinción y, sin embargo, no escatima la ternura y la compasión para contar las pequeñas y grandes claudicaciones que los adultos aceptan, obligándonos a leer con una sonrisa en los labios, quizá porque nos reconocemos en esas flaquezas. Tampoco evita que en sus relatos aparezca el perfume agrio de la escasez, las cartillas de racionamiento, el aire de desamparo y las heridas inmensas de una época. Toda esa amargura, como en las novelas y cuentos de Juan Marsé, está ahí, contada con ironía, con una piedad trágica, pero por encima de estos elementos adivinamos algo mucho más valioso. La defensa de unos valores humanos, la fe en la tolerancia, la generosidad, el amor y la bondad y en no ceder ante la hipocresía, la mezquindad y la mentira.

No hay muchas distinciones entre los relatos de Lauro Olmo y su teatro. El propio autor solía afirmar que ambos respondían a una misma síntesis de la vida que él veía a su alrededor. Las estampas naturales de un observador que se documentaba en porterías, pensiones, plazas, tabernas y tranvías. Tal es así, que los diálogos, el humor, la habilidad para crear escenas con réplicas rápidas y contundentes y donde se muestra claramente el gracejo popular, el perfil y comportamiento de unos personajes sobrados de autenticidad que configuran una rica y variada galería de tipos humanos son intercambiables si comparamos los cuentos incluidos en Golfos de bien o Tituladlo como queráis y sus obras teatrales. En ambos registros queda el testimonio de un escritor que fue, antes de nada, hombre honrado y bueno. No está mal recordar eso y resucitar su escritura para comprobar lo que dan de sí una personalidad luminosa, espléndida, y una literatura preocupada no solo por el impulso de contar y seducir, sino de transmitir una verdad y mover a la reflexión. Él mismo lo decía en uno de los cuentos incluidos en Tituladlo como queráis y en donde contó la historia de su desahucio: «A veces la pluma del escritor unida consustancialmente al sentido ético-cívico, sí clarifica las turbias aguas de la cosa pública». A esa voluntad se atuvo siempre Lauro Olmo, así como a la defensa de cuanto creía digno y justo. Un ejemplo, sin duda.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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5 comments on “Lauro Olmo, un golfo de bien

  1. Magnifico y emotivo análisis de la obra de mi padre, escritor olvidado y censurado. Me gustaría mucho que le llegase mi más sincera enhorabuena y mi más cordial saludo a Álvaro Acebes, profesor que con su acertado análisis me ha emocionado.
    Es una enorme alegría saber que hoy en día, hay jóvenes profesores que no olvidan a los autores comprometidos y solidarios en tiempos difíciles. Muchas gracias
    Luis Olmo Enciso

    • Álvaro Acebes

      Muchísimas gracias por tus palabras, Luis. Me alegro mucho de que te haya llegado el texto y aún más de que te haya gustado. Lauro Olmo se merece esto y mucho más. Es uno de los grandes y, ante todo, un ejemplo.

  2. gatitoide

    He adquirido un libro de Olmo y sus cuentos son espléndidos

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