El runrún interior

El runrún interior (148)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la muerte de Alain Delon o la lectura de 'La vuelta a Europa en avión', de Manuel Chaves Nogales.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (147)

Miércoles, 14/8/2024. Alquilamos una de las barquitas de pedales —quince euros la hora— y en ella, con las niñas, surcamos el embalse de punta a punta, en busca de las ruinas del pueblo anegado en 1945 por estas aguas mansas y hermosas, que el sol salpimenta de un enjambre de pequeños destellos. Tardamos media hora en llegar: una agremiación de cuadrados pertinaces de muretes mellados, hechos de los mismos cascotes que se amontonan anárquicamente alrededor —los guijos afilados de pizarra que son el pavimento telúrico de estas comarcas—, y de los cuales parecieran una espontánea germinación.  Cuando la humanidad desaparezca —pienso mientras paseo entre ellos—, de nosotros quedará esto en el enmudecido planeta: leves grumos de geometría en la escombrera sorda del cosmos; las briznas erosionadas de una sofocada insolencia pitagórica.

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Un tema a explorar: la pasarela histórica (pequeña, pero existió) entre anarquismo y fascismo. Descabellado no era: el anarquismo —al que caracterizó un culto a la acción no menos devoto que el de los fascistas— iba contra el Estado, no necesariamente contra la nación; y también hubo una tendencia a ir más contra la representación que contra la autoridad.

Uri Eisenzweig lo comenta con respecto al caso francés en Ficciones del anarquismo, un libro que estoy leyendo. Hubo en primer lugar —cuenta— una «indulgencia —si no es que atracción— recíproca entre anarquismo y monarquismo» en el siglo XIX, que «se explica generalmente en términos estrictamente políticos como una especie de “alianza de los vencidos”, de los marginales/marginados de la (Tercera) República y de su parlamentarismo». Un poco lo que pasó en España con los carlistas, los republicanos y la sorprendente sintonía que tuvieron en algún momento, llegando a armar alianzas electorales conjuntas. Pero no era solo eso, explica Rosenzweig: había también una convergencia en torno al rechazo de la representación, «entre los que rechazaban toda representación social, es decir, colectiva, del individuo y los que no podían aceptar una representación cuya legitimidad sería popular».

Los ácratas del siglo XIX rechazaban la representación más que la autoridad, expone Rosenzweig, y «el rechazo de toda mediación (política) de la realidad (social)» se percibía entonces como un principio definitorio del anarquismo en mayor medida incluso que «el deseo de un comunismo económico, aunque este fuera un imperativo de primer orden para la mayoría de los teóricos anarquistas del cambio de siglo». Escribe Rosenzweig que

«Es en este rechazo, no solo del parlamentarismo sino de la representación política en sí (de la que el Parlamento no es más que una “nueva manera”), es en esto, más que en una marginalidad compartida (o en la imagen-cliché de los “extremos que se tocan”), donde la sensibilidad anarquista podía parecer a veces curiosamente cercana a una visión de la identidad (ancestral, nacional, racial) como de una pura inmanencia que no podía dejar de ser mancillada, degradada, deformada, traicionada —“escamoteada” (Proudhon), “timada” (Valois)— por cualquier expresión profana, secular, burocrática.

Por otra parte, ¿no es eso lo que funda ese parentesco evidente (aunque la mayoría de las veces silenciado incluso por los historiadores) entre, por un lado, la célebre distinción maurrasiana entre país “real” y “legal” y, por otro, la insistencia de Bakunin en una “Francia natural” en contraste con la “organización artificial del Estado”?».

Rosenzweig considera que aquel acercamiento inicial entre anarquistas y monárquicos facilitó después «la fascistización de una parte del socialismo (francés) a lo largo de las décadas que precedieron a la segunda Guerra Mundial». Por supuesto, el fascismo no iba contra el Estado, sino que proponía —como me recuerda Alberto Lavín— que «el Estado preñ[ara] a la nación, de arriba abajo, como Zeus a Leda en el poema de Yeats». Pero sí había (y lo hay hoy) en el fascismo un discurso antiparlamentario, antiintermediatorio, antiburocrático, etcétera; un anhelo de simplificación extrema y brutal del Estado; de su reducción a un líder único que sea médium de la voz de la nación, y es fácil ver de qué manera puede proceder eso de un anarquismo corrompido. El fascismo, después, es paradójico: «modernidad y tradición, conservadurismo y revolución, vértigo y certeza», como decía Mainer. Y pudo serlo en esto también: antiestatismo y estatolatría, acracia y megalocracia, arrasar el Estado para volverlo más fuerte y opresivo que nunca.

En fechas más recientes, estos procesos han vuelto a darse. Si pensamos en casos españoles, he ahí la bandera rojinegra que Falange tomó de la CNT, con el afán de atraer a sus militantes; tantos casos de anarquistas de juventud que evolucionaron hacia posiciones conservadoras, caso de Azorín o Julio Camba; el comentario de Juan Yagüe de que los anarquistas eran «recuperables» y los comunistas no; o, más recientemente, el predicamento que los planteamientos primitivistas y antifeministas de Félix Rodrigo Mora y Prado Esteban, dos intelectuales reaccionarios de procedencia ácrata, alcanzaron en entornos libertarios y de la CNT en la primera década de este siglo; o la reivindicación de Durruti que en algún momento hicieron los fascistas de Bases Autónomas.

La cosa sigue siendo preocupante. Como me dice Jónatham Moriche, «en el pasado […] esa pasarela fue sobre todo aceitada, más que por colindancias ideológicas, por pura ansia de mambo adrenalínico de algunos tipos hiperexcitados»: en el anarquismo español, «Stirner, Sorel y similares gozaban de poco predicamento; el ácrata medio estaba más pendiente de Darwin o Einstein que de Stirner». El drama de verdad «es ahora, cuando sí hay colindancias ideológicas que entonces no hubo (anticientifismo, conspiranoia)».

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Publica Haaretz un reportaje sobre los números que demuestran que la guerra de Gaza es una de las más sangrientas del siglo XXI. Lo comenta Pedro Vallín, y tiene razón: el diario israelí merece el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades y el Nobel de la Paz. Lo que está haciendo, la voz periodística que está alzando contra los crímenes de Israel en la Franja, está siendo enormemente valiente y valioso, y un ejemplo deontológico para una profesión tan frecuentemente llena de miserias.


Jueves, 15/8/2024. Pilar Eyre quisiera conseguir su particular mujer de escritor. Lo cuenta así en una entrevista para El País:

«A mí me fascinan siempre esas casas en las que entras y te dicen: “Al papá no le molestéis porque está escribiendo y se tiene que concentrar en su estudio”. Esa frase la he oído 50.000 veces: “Mira, aquí es donde escribe fulanito. Aquí, encerradito, los niños no le dan la lata, ni nada de nada, aquí es feliz”. Detrás de esos hombres siempre hay una mujer que lo hace todo, porque ellos creen que para lo único que sirven es para escribir. Así que yo sueño con que algún hombre con el que haya estado o esté llegue a decir esto: “Mira, aquí es donde escribe Pilar. Aquí es feliz”».

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Estoy leyendo a Manuel Chaves Nogales. Hace unas semanas me leí el Juan Belmonte, matador de toros, y ahora me he puesto con La vuelta a Europa en avión, sus crónicas de un viaje a la Unión Soviética en 1928. La edición de Libros del Asteroide registra en la contraportada esta observación de Félix de Azúa: «Manuel Chaves Nogales es uno de los mejores escritores españoles del siglo XX, aunque perfectamente desconocido, porque tuvo el capricho de no ser totalitario». Me parece una soberana estupidez. Chaves me está gustando, pero fue un escritor correcto y ya, y no es para nada un desconocido, como no lo son otros liberales de su época. Todo ese grupo insufrible, Trapiello, Azúa, etcétera, sobredimensiona la importancia de Chaves Nogales porque necesitan un santo patrón de ese camelo suyo de la tercera España y que sea un mártir y un genio torturado. Pero no hay tal. Hay un gran, grandísimo periodista: eso sí. Y un escritor estimable e interesante. Bastante es, y por eso, en contra de lo que dice Azúa, conocemos a Chaves y están todo el rato reeditándose sus obras. Si Félix de Azúa quisiera vengar auténticos olvidos injustos, en el exilio republicano y el antifranquismo encontraría un montón, como los encuentra Álvaro Acebes Arias en sus «Rescates» para El Cuaderno. Pero es que nunca fue de eso.

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Gonzalo Torné: «Alcanzada una convicción, todo son síntomas».

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Un párrafo precioso de El eclipse de la fraternidad, de Antoni Domènech, sobre la sociedad dentro de la sociedad que fue característica de la tradición socialdemócrata, que leo compartir a Xan López:

«Literalmente: a comienzos del siglo XX, un miembro de la SPD podía asesorarse acerca de cualquier problema legal —no necesariamente laboral— en los gabinetes jurídicos del partido, aprender las primeras letras en una escuela socialdemócrata, aprender las segundas y hasta las terceras letras en una universidad popular socialdemócrata, formarse como cuadro político o sindical en una academia socialdemócrata, no leer otra cosa que diarios, revistas y libros salidos de las excelentes imprentas socialdemócratas, discutir esas lecturas comunes con compañeros de partido o sindicato en cualquiera de los locales socialdemócratas, comer comida puntualmente distribuida por una cooperativa socialdemócrata, hacer ejercicio físico en los gimnasios o en las asociaciones ciclistas socialdemócratas, cantar en un coro socialdemócrata, tomar copas y jugar a cartas en una taberna socialdemócrata, cocinar según las recetas regularmente recomendadas en la oportuna sección hogareña de la revista socialdemócrata para mujeres de familias trabajadoras dirigida por Clara Zetkin. Y llegada la postrera hora, ser diligentemente enterrado gracias a los servicios de la Sociedad Funeraria Socialdemócrata, con la música de la Internacional convenientemente interpretada por alguna banda socialdemócrata».

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De La vuelta a Europa en avión me gusta el punto irónico de la mirada de Chaves Nogales de los países que va visitando. Hoy leo sus andanzas por Suiza. De Ginebra comenta esto, tan moderno por cierto:

«Lo divertido es la variedad; hay iglesias católicas, protestantes, ortodoxas, griegas, judías, anabaptistas, de todo. El adolescente suizo, por lo visto, curiosea los entresijos de estas diversas confesiones y al final se afilia a la que mejor le va a su temperamento. Escoge su religión como escoge la charanga de que ha de formar parte. Ninguna de estas iglesias tiene en Suiza un carácter militante: cada cura tiene su parroquia y de ella vive sosegadamente, procurando satisfacerla y que no se le vaya a la tienda de enfrente».

Y de la célebre neutralidad suiza, hace Chaves esta observación:

«El caso aquel que se consideraba ejemplar de la neutralidad de Suiza durante la guerra europea me asusta y me hace temer que, por encima de todas estas virtudes locales, mejor aún, domésticas del suizo, puede haber una terrible incapacidad espiritual. No se puede estar tan al margen. En el mundo hay algo más que los intereses de la Sociedad Excursionista y de la Armonía Náutica. Me gustaría que esta gente se emborrachara algún día de algo y, abandonando esta tierra magnífica, se echara por el mundo a hacer cosas insensatas».


Viernes, 16/8/2024. Se comenta que, en Onís (Asturias), hay varios ganaderos que quieren traer a Alvise Pérez de pregonero del queso gamonéu. Estampas inquietantes, efluvios de sordidez, de esta edad de la penumbra.

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Germán Huici: «La palabra libertad en el capitalismo ha conseguido alcanzar las cotas de degeneración que la palabra amor alcanzó en el cristianismo. Tiene mérito».

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Habla Chaves Nogales en La vuelta a Europa en avión de Hugo Junkers, el industrial alemán, de quien hace una semblanza que me resulta curiosísima:

«Junkers —y creo haber hecho con esto su máximo elogio— no es un inventor serio; ni siquiera un profesor serio. Tengo incluso la sospecha de que desconoce la técnica más elemental. Junkers es pura y simplemente […] un literato. Es un literato que, en vez de escribir, holgazanea con las manos metidas en los bolsillos por su habitación, fantaseando, discurriendo cosas absurdas e insensatas, exactamente igual que un folletinista. Una mañana piensa que los aeroplanos se incendian con demasiada frecuencia y duran poco porque están hechos con materiales frágiles y fácilmente inflamables. ¿Por qué no hacerlos absolutamente metálicos? Él no se mete en más honduras. Para eso tiene un timbre en su despacho y una legión de ingenieros a sus órdenes. Los ingenieros trabajan humildemente en su técnica y sirven al profesor Junkers el avión absolutamente metálico que su fantasía había previsto. Otra vez, el profesor Junkers se entera por su mujer o por su criada de las dificultades con que se tropieza en las casas para preparar rápidamente un baño de agua caliente. El hombre da vueltas a la cosa y propone cinco, seis, diez soluciones; las mismas que se le ocurrirían a usted, lector. Los técnicos de la calefacción van ensayando las fantasías del profesor hasta que una de ellas resuelve el problema. Y Junkers se hace millonario y la humanidad puede bañarse en agua templada con unos céntimos y unos minutos de economía».

Otro comentario curioso, en este caso sobre el velo de silencio que parece que en aquellos años se imponía sobre el recuerdo de la Gran Guerra:

«De la guerra europea no ha quedado memoria […] Los que estuvieron en las trincheras lo han olvidado todo. Ni siquiera se habla de aquello. Antiguamente el recuerdo de las guerras se mantenía en el rescoldo de los hogares, se contaban una y mil veces las hazañas, se rendía culto a los héroes, se les tenía presentes a toda hora. Nada de esto hay después de la gran guerra. Como si fuera un acontecimiento de hace dos siglos. A nadie le ha quedado el orgullo de su heroicidad. Es más; he notado siempre un invariable gesto de disgusto en cuantos tomaron parte en la guerra tan pronto como se habla de ella».


Sábado, 17/8/2024. Comenta Xan López un artículo del San Francisco Standard sobre la fascistización, en Estados Unidos, de dos figuras en origen progresistas, Ben y Felicia Horowitz, que ahora hacen campaña entusiasta por Trump. Un caso que ha sido el de muchos. «Un día alguien escribirá», dice Xan, «la historia definitiva sobre cómo el aislamiento, la ansiedad y el uso obsesivo de Internet durante la pandemia hi[cieron] a mucha gente, esencialmente, perder la cabeza. No hay otra forma de describirlo».

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Comentaba Elias Canetti en Masa y poder —creo recordar que era ahí— el orgullo y la fascinación que debió de sentir el hombre protohistórico ante los campos de trigo, viendo en ellos un bosque domeñado; el logro del control humano de aquella foresta que había sido hábitat y terror de los cazadores-recolectores. Me he acordado de ello leyendo un pasaje cautivador de La vuelta a Europa en avión, donde Chaves Nogales comenta el espectáculo «grandioso» de sobrevolar Berlín por la noche y ver en su iluminación un remedo terrestre del firmamento:

«El espíritu humano lleva muchos siglos maravillándose ante el espectáculo del firmamento durante la noche; los poetas de todos los tiempos han cantado la grandeza del Creador cada vez que consideraban la inmensidad del cielo tachonado de estrellas, y puede decirse que el sentimiento de lo sublime en la Naturaleza subsistía ya solo porque el espectáculo de la noche espolvoreada de luz seguía siendo insuperable. Pero esto ha sido también superado.

Imaginad un firmamento mucho más vasto que el que puede abarcarse estando a ras de tierra y poblado con muchas más estrellas que estrellas hay en el cielo; muchas más y mucho más brillantes. […] La mise en scène de la Divinidad es más pobre que la de los alemanes; el espectáculo del firmamento auténtico. […] El centro de Berlín es una gran masa incandescente; la Unter den Linden lo que querría ser la pobre y desteñida Vía Láctea; la rudimentaria arquitectura de las constelaciones hechas para sencillos pastores no tiene ninguna importancia al lado de la difícil geometría de estos millones de lucecitas que brillan allá abajo describiendo el laberinto de las calles de la ciudad; la luz tenue e igual de las estrellas envidiaría las gemas riquísimas de estas estrellas urbanas en las que hay diamantes, zafiros, rubíes, amatistas, esmeraldas y ópalos».

Del dominio del bosque, de la capacidad de crear un bosque del que ser dioses, al dominio del cosmos todo; a la capacidad de borrar las estrellas del cielo de las ciudades con la luz eléctrica, tal como quería Marinetti, y crear con ella un cosmos nuevo, por nosotros diseñado, por nosotros encendido y apagado. He ahí una historia infinitesimal de la humanidad.


Domingo, 18/8/2024. Muere Alain Delon. Como dice alguien en Twitter, representaba los principales valores de Francia: era guapo, era elegante y era un xenófobo de extrema derecha. Fue gran amigo de Jean-Marie Le Pen, y en diciembre de 1977, la prensa española se hacía eco de la lista de participantes en un festival benéfico organizdo por Fuerza Nueva y allí estaba él, encabezándola. Finalmente acabó ausentándose, pero envió un cuantioso donativo «para la causa».

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Decía Ettore Scola, el director de cine, que los libros no se pueden ordenar de cualquier manera: «El otro día puse a Cervantes al lado de Tolstói y pensé: si junto a Anna Karenina está Don Quijote, seguramente este último hará de todo por salvarla».


Lunes, 19/8/2024. Termino La vuelta a Europa en avión, un libro del que me ha resultado muy llamativa una cosa: Chaves era un anticomunista que, sin embargo, admiraba sincera y enormemente dos cosas de la URSS. Por un lado, el heroísmo de la revolución, su dimensión épica. Por otro, la civilización de pueblos atrasados por parte del nuevo Estado; la fuerza modernizadora que era el bolchevismo, algo de lo que el periodista se admiraba en el Azerbaiyán y la Georgia profundos, donde se encontraba con choques como el de tener «ante los ojos el panorama desolado de Mstjeta, la antigua capital de Georgia, con sus torres y sus templos milenarios desmoronándose poco a poco», y de pronto toparse «la inevitable estatua de Lenin con el brazo levantado en ademán tribunicio […] y a su espalda unos formidables edificios de cemento, una presa, unas turbinas, unas chimeneas y, dominándolo todo, la estrella roja de los soviets». Escribía seguidamente que había que «rendirse a la evidencia» de que los bolcheviques, siendo «unos teorizantes insoportables» que dictaban «millones de disposiciones gubernamentales que no se cumplen», atesoraban también, por encima de todo, «una voluntad heroica capaz de vencer tanto las dificultades exteriores como la propia incapacidad», y que por eso existía en Rusia «una obra de Gobierno puramente soviética que ha llegado a la entraña misma del país» y que era una revolución auténtica, profunda, no una «hecha sobre el papel y mantenida por la Policía, como sostienen los países capitalistas». Chaves escribía incluso, tras conocer a unos montañeses georgianos, de costumbres atrapadas en el Medievo, que

«Los excesos del comunismo, por muy terribles que a la gente burguesa le parezcan, tendrán siempre un fondo civilizador, una estimación de la humanidad que los hacen deseables cuando se ve de cerca la vida bestial de estos montañeses rusos. Aunque no se considera que el comunismo representa un tipo superior de civilización; aunque el ciudadano de Londres, París o Berlín tenga derecho a estimarlo como una regresión, como un salto atrás en el progreso, siempre habrá que agradecerle por lo menos la misión civilizadora que heroicamente está ejerciendo en contra de la barbarie campesina en Rusia. Esto nunca lo había intentado el zar».

Otro comentario curioso en esta misma línea lo hace Chaves en torno a la condición del trabajador soviético:

«La condición excelsa del trabajo, que en los países burgueses no es más que una figura retórica, en la Rusia de los soviets es una realidad tangible. El trabajador es un ser superior que goza de todos los privilegios sociales, que se atribuye la misión providencial de dirigir al resto de la humanidad y se reserva, como premio a su indiscutible superioridad, todas las ventajas de orden material que la civilización pueda reportarle. La revolución no ha conseguido todavía hacer disfrutar a los trabajadores de ninguna ventaja de orden material; el obrero vive en Rusia tan mal como en cualquier país capitalista, y muchas veces peor. Pero la superioridad moral, los privilegios de índole espiritual están indudablemente en su mano. Un obrero de Bakú trabaja más horas al día que uno del Ruhr o de Riotinto; se alimenta acaso peor, está más derrotado, si cabe; pero tiene la convicción de que el mundo está en sus manos, de que es él quien gobierna, y de que no hay más obstáculo a su voluntad que la resistencia de la Naturaleza a ser dominada por el hombre».

También comenta Chaves la situación de la mujer de resultas de las conquistas feministas de los primeros años de la Revolución:

«Todas estas conquistas dan un aire bizarro y satisfecho a las mujeres rusas. Cuando ellas se refieren a la vida de las mujeres en los países capitalistas, tienen el mismo tono conmiserativo que las nuestras usan para condolerse de las mujeres mahometanas, por ejemplo. […] Yo he visto a estas muchachitas pasear altivamente arrebujadas en una vieja chaqueta de hombre y con un trapo basto de tejido aldeano liado a la cabeza por todo atavío. Es maravilloso ver cómo han prescindido aun de lo que nosotros creíamos sustancial en la naturaleza femenina».

Se estaba construyendo una nueva humanidad, y eso era admirable para Chaves a pesar de todas las cosas que le desagradaban. Escribe el periodista que «de la obra revolucionaria, el viajero no ve más que las resquebrajaduras, las fallas, el albergue incómodo, el tren que no llega, el taxi caro, la falta de urbanización en las calles, la ausencia de confort en las casas, el hacinamiento de seres en las viviendas, la suciedad de las comidas en los restaurantes cooperativos… La reconstrucción de la sociedad deshecha por la revolución sobre la base de la dictadura del proletariado escapa a su comprensión. Y esta reconstrucción, no terminada aún, es, a pesar de todas las fallas, una obra formidable». Concluía aquel 1928 que

«Después de haber recorrido Rusia y de haber buscado afanosamente cuanto en pro y en contra de la revolución se ha escrito, yo me atrevo a creer que la postura del hombre civilizado no es la de ser comunista o anticomunista, sino la de estar atento al desenvolvimiento de los hechos, pesando y sopesando las responsabilidades de cada uno de los factores que han intervenido en la terrible experiencia que se está haciendo en la carne viva de un pueblo de ciento cuarenta millones de habitantes, sin desechar la posibilidad del alumbramiento de una nueva humanidad, pero sin perder de vista al mismo tiempo que puede haberse errado la senda».

*

Nos sentimos orgullosamente lejos de los pogromos del pasado cuando leemos sobre ellos, pero han asesinado a un niño en Toledo y, sin saber absolutamente nada sobre el agresor, ya había gente corriendo a promover linchamientos literales de musulmanes y menas. Nunca salimos de Chisináu.


Martes, 20/8/2024. Eric Hobsbawm en 1973, escribiendo sobre Chile: «Por lo general la izquierda ha subestimado el miedo y el odio de la derecha, la facilidad con la que hombres y mujeres bien vestidos le toman el gusto a la sangre».

El runrún interior (149)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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