/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Manuel Lamana y Nicolás Sánchez-Albornoz se fugaron del campo de trabajos de Cuelgamuros el 8 de agosto de 1948. Militantes del FUE, ambos habían sido detenidos tras hacer una gran pintada en los muros de la Facultad de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria de Madrid y formaban parte de la mano de obra esclavizada en la construcción de la que sería la monstruosa y grotesca tumba de Franco, el Valle de los Caídos. La evasión, la única que triunfó de cuantas se intentaron, fue organizada desde el exterior por Paco Benet, el hermano mayor del escritor. Una operación de rescate que, a pesar de haber sido planificada con detalle, tenía mucho de «do it yourself», y en la que la suerte y la ingenuidad de sus autores tuvieron mucho que ver. Los dos fugados, acompañados por el propio Paco y por las dos Barbaras —Barbara Probst Solomon y Barbara Mailer, la hermana del novelista—, se hicieron pasar por turistas y realizaron un accidentado viaje de veinte horas hasta Barcelona, donde se quedó Paco Benet. Al llegar a la frontera francesa, se separaron. Las dos americanas cruzarían en coche y los evadidos a pie por Puigcerdá. Así, con tan solo unos bocadillos y una brújula, malheridos (Sánchez-Albornoz se había roto un tobillo) y bajo un aguacero que los tuvo vagando por los Pirineos durante cuatro días, lograron culminar la fuga. Su éxito, como era de esperar, desató las iras del régimen, que a partir de entonces endureció los interrogatorios y las condiciones de trabajo de los presos. De acuerdo con las informaciones clandestinas que circularon por Madrid, tras recibir la noticia de la huida de los dos estudiantes Franco tuvo unos días de abatimiento en los que se limitaba a murmurar: «Cogedlos, cogedlos». El ridículo en el extranjero se intentó paliar diciendo que la fuga había sido tolerada. Busquen en las hemerotecas. Todavía en los primeros años de la Transición coleaba la versión de que el dictador había acordado en secreto con los norteamericanos la salida del hijo de Claudio Sánchez-Albornoz. Todo para que se viera hasta dónde llegaba la generosidad y benevolencia del Caudillo, que el régimen no fue tan cruel como lo habían pintado.
Los pormenores de aquella evasión, convertida en una especie de mito para el antifranquismo, fueron contados por cada uno de sus protagonistas en libros y entrevistas y sirvieron de material para la película de Fernando Colomo Los años bárbaros. Creo que la primera vez que la vi fue en un viaje a Madrid cuando tenía once años y, aunque no he vuelto a ponerle el ojo encima, todavía recuerdo las muecas de Juan Echanove y a Jordi Mollá y Ernesto Alterio montados en un burro, abandonando Cuelgamuros mientras soltaban a los cuatro vientos gritos contra Franco. No tengo ni idea de por qué se me quedó grabada esa escena y aún menos de la razón por la que mis padres me dejaron ver la película. A esa edad no sabía ni remotamente quién era Franco. Mucho más tarde leí las estupendas memorias noveladas de Barbara Probst, Los felices cuarenta, y las de Sánchez-Albornoz, Cárceles y exilios. Cada uno contaba a su manera, y muy lejos del tono bufo de Colomo, los vericuetos de la descabellada aventura. Suele pasar con las películas basadas en hechos reales: que todo es falso salvo algunas cosas.
A la novela autobiográfica de Manuel Lamana, Otros hombres, llegué poco después. Quizá es que había que cerrar el círculo, pues los créditos de Los años bárbaros dicen que el filme constituye una adaptación de esta. No sé qué habría opinado el propio autor. Obligado a relatar cientos de veces aquel episodio de su vida, solía quitarle hierro negando el calificativo de héroe de la resistencia que le adjudicaron y afirmando que se había exagerado mucho y que, por más romanticismo que se le quisiera dar, ellos solo habían tenido suerte. No a todos los presos del franquismo los podían venir a buscar en coche para sacarlos del país. Dejando a un lado esa humildad, les advierto que el libro de Lamana es fascinante. No tanto por la evocación de su espectacular fuga como por el retrato que hace de lo que fue la militancia universitaria, la clandestinidad y la atmosfera opresiva que se respiraba en aquel Madrid «de un millón de cadáveres, según las últimas estadísticas». La novela, publicada en 1956 en Buenos Aires, es original además porque se aparta de los caminos del realismo social que se cultivaba entonces en España, demostrando su vinculación con un existencialismo avant la lettre. Habían pasado casi dos décadas desde el fin de la guerra, pero el relato de Lamana describe la sordidez de los años de la autarquía y de un panorama social y político que era desconocido en muchos de sus detalles para la mayor parte de los integrantes del primer exilio, sobre todo en lo que se refiere a los ambientes estudiantiles. No sé si lo han vuelto a reeditar. Me parece que, como el resto de la obra de Manuel Lamana, permanece en el olvido, casi tanto como su figura, e indigna pensar en ello. Este país le tiene poco afecto a quienes más y mejor han trabajado por su progreso.
La sorpresa que me causó la primera novela de Lamana despertó mi interés por el resto de su obra y su vida. El escritor, que decía ser español y argentino por haber pasado la mayor parte de su vida al otro lado del Atlántico, nació en Madrid en 1922 en el seno de una familia de la alta burguesía. Su padre era militante en el partido de Azaña, Izquierda Republicana, y llegó a ocupar cargos importantes en la administración. Es conocido el exilio de Lamana en Argentina después de la fuga de Cuelgamuros, pero no tanto el primero, que comenzó nada más acabar la guerra, cuando toda la familia trató de encontrar un refugio en Francia. Nada más cruzar la frontera los separaron: el padre padeció los rigores de los campos de concentración franceses, mientras que su mujer y sus hijos (el mayor se había quedado en España después de la batalla del Ebro, prisionero de Franco) pasaron por distintos centros hasta poder establecerse en Ornans. Hasta casi un año después no volverían a reunirse. Todo eso se relata en Diario a dos voces, el último libro que publicó Manuel Lamana y del que les hablaré luego. El estallido de la segunda guerra mundial impidió, sin embargo, que la familia pudiera quedarse en Francia. Cumplidos los dieciocho años, el futuro escritor corría el riesgo de ser llamado a filas y no le quedó otra que volver a España. De ese regreso y lo que vino después hasta su detención y huida da cuenta Otros hombres, el libro al que me refería antes.
Es entonces cuando llegamos al segundo exilio. Casi cincuenta años en Argentina dedicados a la labor docente y a dar a conocer desde la editorial Losada la obra de Camus, Sartre y los demás miembros de la corriente existencialista francesa. Muchos de esos autores llegarían después a España clandestinamente, escondidos en los cuartitos de las librerías a los que solo se permitía acceder a los clientes de confianza. Tengo en casa una de aquellas obras que Manuel Lamana tradujo a mediados de los sesenta, Las palabras de Sartre. También alguno de los ensayos que publicó por aquel entonces y que examinaban las corrientes literarias en la Europa de posguerra o el peso del movimiento existencialista en la narrativa de entonces: títulos que son una prueba del intelectual comprometido que fue. Unas inquietudes culturales que cortó la dictadura argentina, propiciando una nueva huida que lo trajo de regreso a España a finales de los setenta. El país estaba experimentado profundos cambios y el escritor debió de sentirse como un extraterrestre. Mucha alegría por el retorno, homenajes que recordaban su famosa evasión, encuentros con viejos amigos y, enseguida, el desencanto. Aquellos hijos del primer destierro, que heredaron el exilio de sus padres, criados tan lejos de España y en muchos casos ―como el del propio Lamana― plenamente insertos en la vida cultural de sus países de acogida, no tenían una identidad clara ni se reconocían por completo en el entorno social y político que se estaba configurando a toda velocidad. Manuel Lamana decidió hacer las maletas otra vez. Regresó a Argentina a mediados de los ochenta. En 1996 anunció que volvía a España, justo cuando estaba a punto de comenzar el rodaje de Los años bárbaros. No llegó a verlo. El 18 de diciembre de 1996 moría en Buenos Aires.
Manuel Lamana no tiene una obra amplia. Él mismo solía decir que era un escritor de escasa imaginación, incapaz de narrar sin disimulos otra cosa que no fuera su propia vida. Así escribía también Barea, por poner otro ejemplo de alguien que hizo del relato de su biografía su mejor creación. También afirmaba que la escritura era una tarea en la que necesitaba tranquilidad y tiempo para sacar de dentro todas sus inquietudes. Lo decía así, en plural, aunque creo que entre los exiliados la gran obsesión fue siempre la guerra civil. No hubo otra. Buena prueba de ello es la segunda novela que publicó Manuel Lamana, Los inocentes. El título ya es de por sí un aviso de lo que nos vamos a encontrar: el relato desde la perspectiva de un niño (que no es otro que el propio autor) del estallido de la guerra y de cómo esta afecta a la estructura familiar. En cualquier guerra las primeras víctimas del odio y la crueldad son los niños y es cierto que este no es un tema original, pues muchos autores que llevaban pantalones cortos cuando comenzó el conflicto y que se cuentan entre los contemporáneos de Lamana (Ferres, García Hortelano, Goytisolo, Sueiro) volvieron a su infancia para contar algo similar. Sin embargo, aquí hay algo distinto o, como dijo Constantino Bértolo en el prólogo de la reedición que salió en 2005, «impertinente», y que convierte a Los inocentes en un libro de rara modernidad, sorprendente respecto a otras «novelas de formación» con una temática parecida. Fíjense, para empezar, que, en lugar de narrar una toma de conciencia sobre la realidad, como quería la literatura testimonial de los años cincuenta, aquí la base del relato es la constante perplejidad del niño Luisito ante lo que percibe a su alrededor. La guerra, según su perspectiva, es una síntesis de todo lo que significa el absurdo: soledad, abulia, falta de horizontes vitales. El perfecto reflejo de la estupidez humana. La huella existencialista es evidente y puede que eso jugara en contra de la proyección y reconocimiento del libro. Nadie entre los escritores de entonces podía compartir el enfoque decididamente subjetivo y autobiográfico que caracterizaba a Los inocentes. Como dice Bértolo, hasta la publicación de Tiempo de silencio unos años después, cuando se «rompe con la voluntad de objetivar una experiencia histórica», no existiría en España terreno abonado para visiones y fórmulas tan personales como la que propuso Manuel Lamana.
Esa misma intención se adivina en el último de los libros del que les quiero hablar, Diario a dos voces: una guía sobre lo que significó el exilio para distintas generaciones y que estuvo inédito durante décadas. En él se yuxtaponen dos testimonios: el del padre del escritor, José María Lamana, preso en diferentes campos de concentración franceses, y el del propio Manuel, que recuperó el manuscrito de su progenitor tras su muerte en 1952 y treinta años después elaboró un diario paralelo sobre su estancia en Ornans. Dos relatos enfrentados y separados en el tiempo. El del padre, como si fuera el acta de un funcionario, registra las penalidades sufridas en los campos de Argelès-sur-Mer, Bram y Montoliu: el hacinamiento en los barracones, el frío de las playas, el maltrato y las vejaciones de los guardias, el hambre, la aparición de enfermedades y la muerte de tantos compañeros. Su frialdad al hacer el recuento minucioso de todas esas calamidades sobrecoge. No estamos ante un diario con vocación literaria. Simplemente es la memoria de unos sucesos traumáticos, en la que nunca toma forma la palabra exilio, quizá porque en la mente de los republicanos derrotados no existía todavía una conciencia de lo que significaba haber abandonado España. Aquellos hombres astillados, rotos, se veían como refugiados, nada más, y la idea de volver pronto a su país estaba siempre presente. Tampoco, ya les digo, hay en esos apuntes un propósito artístico. Sin embargo, como en el caso de otros muchos refugiados, convertidos por las circunstancias en escritores ocasionales, advertimos que aquí hay algo más que la intención de hacer un mero informe sobre las penurias sufridas. El diario es también un medio de aliviar el dolor. De eso sabía algo Rilke, cuando en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, después de pensar en la muerte, anotó: «He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito». La escritura como consuelo, como defensa ante el espanto, la locura y la barbarie.
Muy distinto es el caso de los textos con que se enfrenta este testimonio. Manuel Lamana recuerda al muchacho de dieciséis años que salió de España con lo puesto y enhebra su memoria al discurso paterno, reforzando su verdad, haciendo explícito lo que este calla. En estas páginas, además de una reconstrucción de un contexto determinado, con menciones al golpe de Casado, la caída de Madrid, el caos de la huida por los Pirineos o el humillante recibimiento que les brindaron las autoridades francesas, sí hay una clara conciencia de lo que significó el exilio y de la nueva identidad que portaban los refugiados, por más que todavía no se supiera cuál era. Aquí tienen la entrada del 10 de marzo en Ornans:
«Qué día opaco. Creo que así es el exilio, un día de exilio: un día sin luz, un día donde no se ve nada. Un día vacío, donde todo está destruido, donde todo falta, donde todo es vano, inútil. Es el desierto. Un día en el que se toma conciencia de la ruptura de cuanto es propio […] El refugiado ha puesto su existencia en sordina y lo que haga será algo que no podrá terminar. Hoy no soy nada. Estoy fuera de mi lugar, en exilio».
Es evidente que estas son las palabras del Lamana adulto, quien rememora al final de su vida una experiencia personal con el fin de extraer una verdad universal acerca de lo que fue en realidad un auténtico drama colectivo. Y ese propósito conmueve porque entendemos que ofrece, ante todo, una lección moral y el deseo de rescatar algo que la historia amenaza con borrar. La urgencia de apoderarse de un recuerdo que relampaguea en un instante de peligro, como decía Benjamin. Comprender esto es comprender que tanto el de Manuel Lamana como el de su padre son testimonios escritos a la intemperie, bajo la impresión de una derrota y un exilio cuyos costes y consecuencias se prolongaron en el tiempo: «Cuando hicieron el mundo, se olvidaron de hacer un sitio para ti. Por eso andas así ahora, de un lado para otro. Por eso no serás nunca de ninguna parte», dice Lamana al final de su texto. Estas palabras, junto con el diálogo entre ambos textos, dejan bullendo en la mente del lector dos ideas: la de la dignidad de quienes asumieron su permanente condición de errantes y perdedores y la necesidad de incorporar su historia al entramado oficial de nuestra memoria. Esto último no debería ser tan complicado, ¿no creen?

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Alvaro, tu artículo lleva la marca de la casa. Guillermo
Sin duda el mejor blog de los que conozco. Sigo todas sus indicaciones, y ya he encargado el libro referenciado, del que, por cierto, me parece que existe una edición posterior, aunque yo encargué la de Losada.