/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 3/11/2025. Leo en la prensa sobre «el increíble fallo en el sistema de seguridad del Louvre: la contraseña de los servidores era el nombre del museo». Te abres por ahí cualquier mierda de cuenta para cualquier mierda de cosa que no va a ninguna parte y te exigen una contraseña con letras, números, símbolos, jeroglíficos egipcios y runas vikingas. Pero al puto Louvre puedes ponerle de contraseña «louvre». ¿Qué diantres?
*
Hubo Padres de la Iglesia terriblemente misóginos, como Tertuliano, pero otros opinaban que las mujeres eran mejores que los hombres. Lo leo en un libro de 1927: Romántica caballeresca, de Waldemar Vedel, segunda parte de la serie Ideales de la Edad Media de la editorial Labor,muy conocida de los frecuentadores de las librerías de viejo. Aquellos teólogos vamos a decir que feministas aducían que Eva fue creada a partir de una materia más pura que Adán: «mientras que el hombre fué producido con barro muerto, ella fué extraída de la carne viva; y, además, fué creada “en lugar más hermoso y eminente” que el hombre, a saber, en el Paraíso». De resultas de ello, proclamabanque «la mujer fue extraída del costado del hombre y, por consiguiente, debe gozar, a su lado, de iguales derechos que él». Un curioso ejemplo de cómo la misma escena de la Biblia —la misma escena de lo que sea— puede ser interpretada de maneras opuestas con un poco de creatividad.
*
Cuenta Vedel en Romántica caballeresca, disertando sobre la moral cristiana, que
«Una mirada triste y clavada en tierra, un aspecto exterior descuidado, enmarañado del cabello y sucios los vestidos, tal debe ser el aspecto del cristiano. Lleno de tribulaciones avanza por los senderos de la vida. La felicidad y la alegría son acontecimientos diabólicos; la tristeza y el infortunio, por el contrario son escuela de la virtud, distinción que Dios hace a sus elegidos, prenda de recompensa en al otra vida. Precisa matar los sentimientos terrenos. Se ha de ser paciente en la desgracia y sufrir la injusticia de un modo animoso. Es necesario buscar a aquellos que están sumidos en dolor, y derramar llanto por las penas de los demás, sintiéndolas como si fueran propias, llorando con los que lloran y sufriendo con los que sufren».
Yo conozco a gente así, pienso. Algunos son cristianos, pero muchos no. O quizá sean cristianos, pero ellos no lo saben.
*
Exaltaba un poeta alemán del Medievo de cierta dama que su piel era tan blanca que, cuando bebía vino, se veía fluir por su garganta el rojo color de la bebida. ¿Qué hubiera pensado de la obsesión contemporánea por el moreno?
*
Opinaba Vedel que «un estado de profunda impaciencia y tensión espiritual, de fantasía exaltada y vibrante, de un inquieto sentido de la duda, de la ambición, de la esperanza, […] presta a la época de las Cruzadas un sello mucho más romántico que el de ningún otro tiempo. Todo lo exótico estaba ya en el ambiente y se tendía a alcanzarlo siquiera fuera a medias». ¿Cuándo volveremos a entrar nosotros en ese estado? ¿Están en él nuestros enemigos? ¿Están también aquí?:
«El espíritu céltico se ofrece ante nosotros […] dotado de unas características inconfundibles. Algo lejano, lírico y fantástico planea sobre él. En rasgos precisos no abundan sus narraciones; las personas y los acontecimientos fluyen sin concreción ninguna, pasan por delante de nosotros semejantes a nubes de humo. Pero todo está entonado con un mismo color lírico, y una fantasía siempre despierta desarrolla todo este material según un capricho que no reconoce ley alguna. […] El bardo de Gales desgrana sus lamentaciones en las tumbas de los guerreros y piensa en los compañeros caídos. Con tono elegíaco habla el anciano guerrero de sus pasados tiempos y piensa en sus viriles hazañas y en sus aventuras de amor. Pero la fantasía huye de lal realidad y del presente, y se refugia […] en el porvenir, en el rey Artús, el rey legendario de la edad de oro, que en la actualidad cura sus heridas en las islas de las hadas, pero que ha de levantarse de nuevo repuesto de su letargo […] De antiguas leyendas paganas […] se forma toda una serie de fantásticas y alegres aventuras, rústicas y bárbaras, suficientemente candorosas, pero fugitivas e informes como sueños, y dotadas, por ello, de una gran magnificencia lírica, erótica y aventurera».
Martes, 4/11/2025. Cavafis: «No es nuestro este año en que todos los campos florecen./ Nos coronan lirios de un agosto ya pasado./ Vuelven viejos tiempos con premura a nuestro lado./ Nos hacen dulces señas sombras de seres amados/ y a nuestro pobre corazón con mimo lo adormecen».
Miércoles, 5/11/2025. Charlo, en Madrid, con el taxista —en realidad un conductor de Uber— que me pone RTVE para llevarme a los estudios de Prado del Rey, donde voy a grabar una entrevista para Radio 3. Tiene mi edad, es colombiano, lleva un cuarto de siglo en Madrid y es una curiosa mezcla de hombre sobrio, aparentemente reservado, pero con muchas ganas de palique. Empieza por preguntarme si voy a la tele o a la radio, le contesto que a la radio, me pregunta que a qué, le digo que a una entrevista sobre un libro que he escrito, me pregunta de qué va, le digo que es una historia del montañismo, me dice que el otro día llevó en el taxi —en el coche de Uber— a un montañero muy famoso y muy viejo que ha hecho no sé qué en una montaña muy alta, le digo que supongo que Carlos Soria, que acaba de convertirse en la persona de más edad en subir un ochomil; ese, sí, Carlos Soria, me dice; yo de alpinismo no sé me dice, a mí lo que más me gusta es el fútbol. Y entonces nos ponemos a charlar de fútbol, ese rompehielos universal. Me cuenta que es del Atleti, yo le cuento que del Sporting, tenéis un derbi intenso por allí, ¿no?, me pregunta, le contesto que sí, que con el Oviedo, y él recuerda que fue el Oviedo el que bajó al Atleti en el 2000, y yo le recuerdo a él que el entrenador del Oviedo, el que bajó al Atleti, era Luis Aragonés, y luego me pregunta por el Sporting y qué tal le va al Sporting y le digo que mal y que el último año bueno fue aquel que le ganamos uno-cero al Madrid en el Bernabéu, y le pregunto si se acuerda de aquello de Preciado con Mourinho y me responde que sí y que qué bien le caía el Preciado aquel. Luego le comento que fui socio del Sporting y bastante forofo, pero que he dejado de serlo, que hace tiempo que no veo un partido, que miro los resultados de los partidos y la clasificación y ya está, y él me dice que a él también le pasa y que ve menos partidos que antes, que ahora lo que más disfruta es el fútbol base, que es entrenador, que le encanta el fútbol, que le sigue encantando, pero el fútbol no-negocio, el fútbol todavía puro de los chavales, y que él es bueno y que llegó a jugar en los cadetes del Madrid con Carvajal. Y cómo es que lo dejaste, una lesión o así, le pregunto, y entonces en esta conversación banal, trivial, superficial por excelencia, en este tema blanco donde los haya que es el balompié, se abre de pronto un brusco pozo de intimidad: «Mi madre es madre soltera, y no tenía tiempo para mirarme».
*
Es un hombre de unos cuarenta años, semicalvo, sudoroso, de piel curtida y sucia, viste un chándal raído de colores chillones. Se sube al metro y monta su instrumento con rapidez. No sé cómo llamarlo (al instrumento). Es un caballete con la tabla atravesada de unas fibras metálicas que toca con dos baquetas. Artesanal, casero; tal vez construido por él mismo. Las fibras metálicas parecen querer ser paralelas pero no lograrlo del todo, veo pegotes de cinta aislante, pernos irregulares, un repintado tosco. El sonido no es muy bueno; quiere ser el de un arpa, pero tiene un timbre chirriante que desagrada. El hombre toca la célebre melodía de El padrino con notas discordantes, torpes, pero a veces enlaza un tramo de partitura que sí suena muy bien por un segundo y que llega al oído como un brusco chispazo de belleza, de sorpresiva sublimidad. De todas maneras, lo que más llama mi atención es el rostro del tipo, su gesto de profunda concentración. En ese momento, este azacanado mendigo musical está abstraído de todo, no existen para él el gentío, el estrés o el hambre, solo sus manos y su instrumento, y ese ceño fruncido es exactamente el mismo que tenía Mozart cuando tocaba.
*
Veo un cartel convocando a una concentración contra la gordofobia; un encuentro reindicativo de personas obesas, en contra de la tiranía capacitista de la delgadez. Simpatizo con la causa, pero el argot me chirría. Siempre me chirrían las causas con argot; las reivindicaciones que no se expresan en román paladino, sino con rebuscadas palabras tribales propias. En este caso, los convocantes proclaman: «Somos grasa, pliegues, estrías y papadas. Somos vacas, cerdas, ballenas y focas. Somos animalidad y desborde. Somos lo que no quiere el capital y la moral corporal. Somos lorzas y comunidad». Y hablan de luchar contra «las violencias hacia los cuerpos no normativos» y en pos de «que cualquier espacio sea seguro y accesible para todas las disidencias». ¿Tiene algún sentido llamar disidencia a la simple obesidad? ¿Jesús Gil era un disidente?
Jueves, 6/11/2025. Me descubren un concepto: la «hipergentrificación». Se está dando en el barrio de Salamanca de Madrid, donde lo sufre gente de clase media-alta a la que los precios de la zona, que siempre pudieron permitirse, ya se les están volviendo también inasequibles, debido al desembarco de oligarcas latinoamericanos inconcebiblemente ricos. Venezolanos en muchos casos, pero no solo: parece que también están llegando muchos mexicanos y chilenos. Comento al que me lo cuenta que entiendo lo de los venezolanos, pero ¿por qué los mexicanos y los chilenos, países gobernados por la izquierda, pero sin nada remotamente parecido a una revolución socialista que represente para ellos un verdadero perjuicio? Me da una lúcida respuesta: a esta gente que promueve Estados débiles y masivas privatizaciones le gusta pasear por la ciudad en la que vive sin necesitar los guardaespaldas fuertemente armados que necesitan en sus países. Le gusta la seguridad, la limpieza y la belleza urbanística que dan los impuestos de un Estado del bienestar, por más que, paradójicamente, luego cabildeen por dinamitarlo. Es un problema grave a todos los efectos, el que representan para nosotros estos inmigrantes. Mucho, muchísimo más que los pobres jornaleros de los invernaderos de El Ejido.
*
Mi amigo I. vive en el barrio de Tetuán, al lado de la que me cuenta que es la calle más desigual de España; aquella en la que más distancia hay entre el poder adquisitivo medio de una orilla y de la otra. Tetuán es un barrio popular, pero tiene al lado Chamartín y el Bernabéu, zona muy acomodada. Esa desigualdad y esa tensión de clase se aprecian de una forma divertida en un bajo concreto al que mi amigo ha visto cambiar de negocio varias veces: fue un kebab y luego un smash burger, luego cerró el smash burger y volvió a ser un kebab. También se aprecia en su propio edificio, una antigua corrala de varios pisos reformada con gusto, pero que aún no tiene ascensor. I. me cuenta que los vecinos están divididos en torno a si ponerlo o no ponerlo. Los propietarios que no residen en los pisos que poseen quieren ponerlo, porque eso revalorizaría el valor del inmueble. Los alquilados no quieren, porque eso subiría el precio del alquier. Pero los propietarios que sí residen en los pisos tampoco quieren, porque saben que con el ascensor llegaría una docena de erbiambís que llenarían el edificio de un trajín de desconocidos y del ruido y la suciedad que los despreocupados turistas tenderán a generar en una casa que no es suya y de la que no tardarán en irse.
*
Paseando de noche por el barrio de Salamanca, uno se siente como en un safari. Los seres con los que se cruza no parecen de su misma especie. Esos pijos reconcentrados a los que llamamos «cayetanos» no solo tienen un vestuario característico —hortera a más no poder—: poseen también otros rostros. Otra piel, otro pelo, otras facciones. Los miro y me fascinan lo mismo que un okapi o un canguro. Mi mente materialista discurre la explicación: media docena de generaciones de ancestros que no han conocido el hambre ni la mala alimentación y una vida entera de uso de cosméticos y productos de higiene tan sumamente caros y mejores que los nuestros que provocan un salto cuántico de lozanía, un exterminio eugenésico de calvos y macilentos. Si a alguno de estos pijos se le cae el pelo pese a todo, no deja de tener, no ya Turquía, que eso es de pobretones, sino clínicas exclusivas en la misma España, en el mismo Madrid. Pero Dios aprieta y no ahoga. Esto de poder comprarse a tocateja todos y cada uno de los carismas de la belleza acaba redundando en una paradójica fealdad: pelo tan abundante y frondoso que resulta ridículo, caras barbilampiñas, gestos de pardillo al que la vida nunca dio un puñetazo, ni tampoco le hizo darlo; teces tan perfectas, tan porcelanosas, que se vuelven irreales e inatractivas. Los más inteligentes saben que la belleza auténtica nace, no de la perfección, sino de la imperfección; no de la vida ociosa, mas de la brega y la cicatriz, igual que sabe mejor un salmón del Narcea, curtido en mil batallas fluviales, que uno mansamente cultivado en la piscifactoría.
Viernes, 7/11/2025. Carlomagno y Arturo fueron, por igual y por distinto, personajes protagonistas de la romántica caballeresca. Representaban dos tipos contrapuestos de rey y de héroe, leo contar a Waldemar Vedel, en un pasaje de su libro que me resulta particularmente interesante:
«Carlomagno era el emperador de blanca barba, anciano, de rostro fiero, siempre armado de punta en blanco y en guerra para defender a la Iglesia, penetrando violentamente en los lugares de asamblea; pero al mismo tiempo de una majestad excelsa, de una profunda honorabilidad en su santa vejez, apareciendo como ungido del señor y jefe de los ejércitos de Dios, que recibía mensajes celestiales y el favor de los milagros del cielo. Artús es le bon roi, hermoso y de agradable aspecto, como un joven; pero, aunque en ocasiones llega a combatir con verdadero esfuerzo, raras veces toma parte en la guerra, sino que, por regla general, permanece pacíficamente en su castillo, pensando tan solo en alegres fiestas; […] no podía resistir a su lado caras tristes. Oye misa y toma parte en las ceremonias del culto externo, pero está animado por un espíritu sacerdotal, no está ligado con el cielo por una relación mística, sino que, por el contrario, representa perfectamente la caballerosidad mundana, “el mundo” que se libera de la Iglesia. Es un modelo de liberalidad y hospitalidad principesca, un segundo Alejandro. Guarda la misma cortesanía para todos. No podía comprender cómo el emperador Carlomagno había mandado callar a un arzobispo o había dado un tirón de orejas a Roldán; por el contrario, siempre trata de hacer más delicado el tato con sus caballeros. Si las damas le visitan, sale a su encuentro y las toma de la silla. Es el apoyo de todos los débiles y el desfacedor de todos los entuertos. Diariamente llegan a su Corte gentes que vienen a solicitar su ayuda, y sus súplicas no quedan desoídas. Especialmente atiende a las damas que han sido objeto de ofensa o de violencia; porque Artús es, ante todo, el caballero de las damas y en su Corte reinan las mujeres y el culto a la mujer».
Sábado, 8/11/2025. A bocajarro, en la estación, mientras busco en el móvil mi billete de tren, una mujer se me acerca y me espeta, mientras me ofrece un folleto: «¡Dios le ama!». Me molesta la intrusión, pero me gusta el trato de usted. Dios es brusco pero educado.
*
Leo Portugal: del sebastianismo al socialismo, un librito pequeño y curioso de los años sesenta, de Joel Serrão. Lo que más me interesa es lo relativo al sebastianismo, aquel movimiento místico-secular que surgió en el Portugal de inicios de la Edad Moderna, y del que João Lúcio de Azevedo decía que, «nacido del dolor, alimentándose de la esperanza, es en la historia lo que es en la poesía la saudade, un rasgo inseparable del alma portuguesa». Los sebastianistas veneraban al rey Sebastián I, muerto en la batalla de Alcazarquivir, pero del que empezó a soñarse que, como Arturo, seguía vivo y un día regresaría. O Encoberto —fantaseaban— redimiría un día un país donde, como decía António Sérgio, «el mesianismo tendrá vida (o podrá tenerla) mientras se imponga a este pueblo, para comparar o contraponer a su efímera grandeza el espectáculo persistente de su triste decadencia». Serrão comienza citando este pasaje cautivador de la Historia de Portugal (1879) de Oliveira Martins:
«El alma lusitana, ingenua en su candidez —caído ya por tierra el edificio imperial, desarticulado y condenado el sistema de ideas patrióticas que desde el siglo XVI habían dado vida a la nación— estallaba en sollozos, buscando en el seno de la naturaleza, donde se refugiaba, una salvación que no podía esperar ya de las ideas, de los sistemas, de los héroes, ni de los reyes en quienes había confiado durante dos siglos. La obra temeraria de los hombres caía por tierra; y el pueblo, abandonado y perdido, se abrazaba a la naturaleza, haciendo del legendario don Sebastián un genio, un espíritu, y de su historia, un mito».
Pero culmina con esta reflexión: «¿Y no será ese sebastianismo, unas veces, añoranza de lo que definitivamente ya murió y, otras, desesperación ante lo que todavía subsiste de ese pasado?».
*
Qué pasaje precioso, este de Serrão sobre la labor del historiador:
«[C]ualquiera que sea el nivel de la investigación a que se proceda, para comprender en historia es necesario ordenar los datos reunidos, es decir, que es preciso integrarlos en la trama tan compleja y esquiva de una sociedad en transformación a ritmo propio. Y desentrañar en esa bruma de muerte que es el tiempo pasado las amarguras y los sueños, la ascensión y la caída de los que nos precedieron, de los que continuamos, desde que son y no son nuestros antepasados».
*
En un autobús en Gijón, veo a un disminuido psíquico sentado en los asientos especiales de color azul, que va haciendo la misma pregunta a todo el que entra: «¿Hay algún caso de covid todavía?». Si le dicen que no, pregunta: «¿Y usted cómo lo sabe?». Si le dicen que sí, replica que no. He aquí, transparentada como suelen transparentarla los locos, una verdad que los cuerdos ocultamos o no advertimos: qué tocados del ala nos dejó la pandemia.
Domingo, 9/11/2025. Interesante observación de un tuitero cántabro anónimo: «Se evalúa poco el impacto inmaterial que tiene una autovía. Cómo desconecta del territorio al usuario, del que deja de formar parte, para pasar «volando bajo». Cómo rompe la estructura del territorio, fincas y relieve. Cómo divide en dos el territorio. El ruido, el paisaje…».
*
Dice Rosalía de Lux que «este álbum me ayudó a reconciliarme a mi misma desde la curiosidad y el amor por entender al otro. Estar en un mundo como el actual es confuso, no sabes bien lo que es verdad y lo que no. Quizá es más necesaria que nunca una fe o una certeza. La que sea, la de cada uno». Responde Aida dos Santos: «Me tenéis cansadísima quienes os acercáis a dios porque no hay mortal que os aguante».
*
La revolución, los revolucionarios y sus paradojas: todo por el pueblo, pero sin el pueblo. Escribe Serrão que, en el Portugal del entresiglos,
«si es cierto que la clase obrera acabó por producir unos cuantos propagandistas del socialismo, estos tendían en seguida a constituir una pequeña “élite”, segregada y segregándose de sus raíces sociales. Por eso, los catequizadores y los catequizados pertenecían, sobre todo, a un mismo estrato social, ese reducido sector de las lusas gentes que podían tener la veleidad de iniciar y proseguir estudios. De ahí que, en Portugal, la mentalidad socialista haya sido fundamentalmente patrimonio de la minoría intelectual. Aspiración moral de la “intelligentzia” nacional, el ideario socialista circulaba por los vasos comunicantes de “élites”, como obligados a asumir, en el contexto social que les era dado, una aristocrática función de comando distante, y a distancia de la… revolución. Revolución que, naturalmente, se condensaba en poesías, cuentos, ensayos doctrinarios que se sacaban a la luz, y que estaban condenados a ser leídos solo por los que ya estaban, virtual o efectivamente, convertidos…».
*
Escribir ensayo —breve o largo; columnístico o libresco— siempre ha tenido algo de mensaje en una botella lanzada al mar. Siempre ha habido autores meritorios desesperados por el impacto nulo o escaso de textos que escribieron con suma ilusión y esfuerzo. Los dioses del éxito literario son crueles y caprichosos desde el tiempo de los sumerios. Pero últimamente, cada vez lo parecen más. Lo hablo con J., pensando en concreto en el ensayo de izquierdas. Cada vez es más improbable tener verdadero impacto escribiendo uno. Por una parte, se publica más que nunca. La digitalización ha facilitado y acelerado la edición, e incluso la autoedición. Se compite con más títulos, es mucho más difícil llamar la atención (y eso hace que, con frecuencia, se la intente llamar con astracanadas). Por otro lado, va dejando de haber redes sociales universales, como lo fue primero Facebook y luego Twitter. Y el ensayo de izquierdas también se resiente de la desgana general después de un ciclo de politización intensa que trajo intensas ilusiones y decepciones también intensas. Entre unas cosas y otras, ya no se «militan» ni se debaten los textos; ya no se leen fuera del micronicho o nicho grande pero nicho al fin y al cabo de cada cual; de la pequeña comunidad de seguidores que uno se haya construido. «Absolutamente», me dice J., «y cargas con esa comunidad de un sitio a otro, como una especie de capital personal». Personas que leen todo lo que uno hace y un dulce que a nadie amarga, pero que tienen, como fenómeno, algo de preocupante. Se tienen fans entusiastas y haters iracundos y no se tiene nada entre los unos y los otros; no se tienen lectores ocasionales, o a los que uno les interese solo a medias, o lectores frecuentes pero críticos, que hagan un elogio cuando leen ideas lúcidas, pero también recuerden a uno que a veces también dice gilipolleces. «En medio de las posiciones A y B», suscribe J., «no hay una sustancia intermedia, atmósfera. Solo un vacío cósmico gélido y aterrador. Cada lectorado es una especie de comunidad aislada que solo se mueve si hay movidas dentro de ella, hasta que se renormaliza». Esos fans, añade, son «gente supercariñosa cuando la cosa se pone por lo que sea peluda. Pero no es un comportamiento sano de esfera pública deliberativa, etcétera, etcétera». No, no lo es.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Pingback: El runrún interior (164) – El Cuaderno
Pingback: El runrún interior (166) – El Cuaderno