/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 10/11/2025. Me dejan de piedra diciéndome que ha muerto repentinamente Tino Brugos. Fue historiador, internacionalista, militante de la LCR y el movimiento LGTBIQ+, cofundador de Xega, sindicalista en SUATEA, un hombre bueno y comprometido como pocos, que deja un hueco inllenable. Sit tibi terra levis, Tino admirado.
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Cuenta Álvaro García Linera —comentando los aciertos y desaciertos de la larga era Evo— que, después de Morales accediera a la presidencia de Bolivia, no tardó en enajenarse el apoyo de una parte de la izquierda clasemediera, minoritaria pero influyente. Evo decidió de pronto, sin consultárselo a su partido, bajarse el sueldo presidencial a algo así como la tercera parte. Y entonces centenares de funcionarios y profesores de universidad también pasaron a cobrar menos, porque en Bolivia hay una ley que dicta que ningún trabajador del sector público puede cobrar más que el presidente. Linera comenta con humor la irritación antievista que sobrevino de pronto a muchos profesores de Universidad compañeros suyos, «intelectuales de izquierda que leen a Foucault, etcétera».
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Nos cuenta que el grupo parlamentario de Sumar lo hace todo al revés. Los cupos de preguntas parlamentarias son un desastre: no son por prioridad política, sino por cuota. Y entonces, en una semana gordísima de polémicas (corrupción, Mazón y la dana…), el grupo está remitiendo una pregunta sobre una carretera en Teruel (con todo el respeto a Teruel y Aragón), para que la Chunta no se pique y se vaya de la coalición. Así no se puede hacer nada. No es serio.
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Lo leo en El islam y el fin de los tiempos: la interpretación profética de las invasiones musulmanas en la Cristiandad medieval, de Jean Flori. Cuando Acre cayó en manos de los mamelucos, desterrando a los cruzados de Tierra Santa, Ricoldo de Monte Croce se quedó perplejo y desesperado. Este misionero afincado en Bagdad, adonde había acudido para familiarizarse con la lengua y las costumbres de los sarracenos para mejor predicar el Evangelio y convertirlos, empezó a escribir dolidas e indignadas cartas a Cristo, a María y a los santos. E incluso a Dios, a quien decía: «¿Qué uso haces actualmente de tu poder? […] [L]os pueblos de Oriente dicen ahora abiertamente que eres incapaz de ayudarnos. Desde la India hasta las comarcas occidentales poseen en paz y sin la menor resistencia todos los reinos, los mejores, los más fértiles […] Parece que tú, Dios, te hayas erigido en el ejecutor del Corán».
Monte Croce sabía que el Apocalipsis hablaba de una era de penalidades y derrotas que precedería al Juicio Final. La aparición y el auge del islam bien podía ser eso; muchos cristianos como él lo habían creído. Pero las profecías también decían que esas penalidades serían breves, y se iba ya para setecientos años. «En verdad creo que están próximos esos días funestos que tú, la verdad misma, has profetizado. Pero has prometido que esos días funestos serán breves. ¿Por qué, entonces, una bestia tan cruel castiga y domina a los cristianos desde hace tanto tiempo?», escribía al Altísimo. Podía ser un castigo a los pecados de los cruzados, que no eran pocos. Podía serlo a los intentos de dominar al islam con la espada en lugar de con la persuasión, estrategia más propia de una religión de paz, cuyo fundador había puesto la otra mejilla a los que le golpeaban. Pero los que optaban por predicar, como san Francisco de Asís, santo Domingo de Guzmán o él mismo tampoco estaban teniendo el menor éxito. Solo los sarracenos lo tenían, y no paraban de tenerlo, contra los cristianos y contra cualquiera:
«Pues si los tártaros han venido a destruir a los sarracenos, los tártaros mismos se han hecho casi todos sarracenos. Ahora bien, los cristianos han llevado a cabo muchos proyectos contra los sarracenos y casi todos esos proyectos se han vuelto en su contra. ¿Qué papa, qué emperador, qué rey, en sus proyectos o empresas contra el sultán de Babilonia, desde hace tiempo, no ha sido alcanzado por la muerte, o desbaratado en su designio o en su disposición?».
Exasperado, Monte Croce conminaba a Dios: «¡Si quieres que reine Mahoma, háznoslo saber, a fin de que lo veneremos!».
Martes, 11/11/2025. Leo que el padre de John D. Rockefeller, William Avery Rockefeller, conocido como «Big Bill», era un estafador itinerante que, entre otras cosas, usaba una identidad falsa para ofrecerse como médico, capaz de curar cualquier tipo de cáncer. Y pienso en la curiosa simetría histórica de que —doscientos años de capitalismo después— Steve Jobs muriera de un cáncer de páncreas que se trató con estafas pseudoterapéuticas. El capitalismo y su estrecha vinculación a la estafa; hijo de una estafa que acabó creyéndose, y que quizás termine matándolo. Hay tela que cortar ahí.
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Empiezo El yoga, nuevo espíritu del capitalismo, un libro de Zineb Fahsi sobre la apropiación occidental y capitalista del yoga, un conjunto de prácticas indias a las que se les invirtió la misión tras pasarlas por el filtro del hippismo californiano: de la ascesis y la disolución del yo a todo lo contrario. Aquí el yoga se vende como un realce del individuo, como una vía para que el yo se encuentre a sí mismo y alcance su plenitud tanto física como mental. Escribe Fahsi en el primer capítulo que:
«el yoga parece satisfacer de un modo asombrosamente conveniente las ambiciones contemporáneas de plenitud y autorrealización. No obstante, si examinamos los textos antiguos a los que se remite el yoga contemporáneo habitualmente practicado en las grandes ciudades, no encontraremos allí ninguna promesa de bienestar, felicidad o expansión; ninguna invitación a “soltar”, a “vivir el presente”, a “relajarse” ni a “convertirse en sí mismo”; ni menos aún recetas milagrosas para acceder a los diferentes estados aquí mencionados. Los textos más conocidos por los yogin contemporáneos, al contrario, se caracterizan por una fuerte tendencia al ascetismo, por una visión negativa de la condición humana ordinaria, considerada en esencia miserable y sufriente, por un llamado a abandonar la búsqueda del éxito y de la felicidad en este mundo».
¿Está ocurriendo lo mismo con el catolicismo, se me ocurre? Rosalía acaba de sacar un disco, Lux, en cuya portada sale vestida de monja, y anda dando entrevistas en las que suelta una cháchara sobre la necesidad social contemporánea de trascendencia y espiritualidad y su propio encuentro con la tradición católica. Incluso reivindica la mística, pero ¿qué mística es esta que no busca disolver el yo, fundirse en Dios, desvanecerse en Cristo, sino una manera más de vocear nuestro DNI a los cuatro vientos?
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Le leo esto a Olga Blázquez, y creo que estoy de acuerdo:
«Llevo cuatro años viviendo en estas tierras y cuatro años intentando que el hecho de ser de Madrid no moleste, no ofenda, no dañe. Porque soy sensible a las tensiones coloniales y civilizatorias centro-periferia, porque entiendo la inercia y la orientación del poder metropolitanizador, subalternizador que brota de los centros urbanos. Pero los discursos chovinistas asturianos me rechinan muchísimo. Bajo la excusa del uso afayaízu de la llingua, bajo l’arguyu de ser “de aquí-aquí-aquí”, se esconde a veces el deseo racista (islamófobo hasta la médula) de purismo pelayista, el odio contra’l foriatx. Bajo la apariencia de análisis sesudo del proceso de turistización masiva, solo hay un deseo clasista de perpetuar el cliché de “lxs dominguerxs de Madrid”. Un cliché que es el reverso que reza que lxs del pueblo son paletxs. Jugar al mismo juego. Lxs asturianxs también tienen furgo y petan “sus propios” enclaves instagrameables. Quienes arden contra Madrid, así, en general, sin matizar nada, sin indagar en las tensiones políticas, de clase, económicas; quienes, en definitiva, meten en el mismo saco, por ejemplo, a la vecina migra que tuvo que pirarse a un pueblo de la conurbación porque Lavapiés es el nuevo Malasaña y pasa tres días (tres, porque el presupuesto no da para más) en el piso turístico que el/lx vecinx de Ribadesella ha decidido alquilar por un precio cuatro veces más alto que el que consta en temporada baja; quienes hacen eso perpetúan la imagen de un mundo donde hay identitariamente buenxs y malxs. Ninguna mención a las violencias económicas, a la especulación, a la devastación de los cuerpos, al colapso ecosocial… El chovinismo astur participa de lo mismo que en apariencia combate».
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Dice Álvaro Acebes, parafraseando un aforismo de Rafael Dieste, que los cuentos de Jorge Ferrer-Vidal eran «los remolinos que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas abismadas en la misma luz». Qué bonito.
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Jónatham Moriche: «La esfera pública progresista está hipersegmentada, con poca o nula porosidad entre distintos formatos y comunidades, un archipiélago de islas lejanísimas. La esfera pública fascista es un multiverso hiperporoso en que todo es crossover, cameo, spin-off, mash-up… Por eso ganan».
Miércoles, 12/11/2025. Al llegar a Miranda de Ebro, los altavoces del tren en el que viajo a San Sebastián anuncian que hay que bajarse, para coger un bus a Bilbao. ¿La ruta hacia Donosti pasa por Bilbao, y entonces debo bajarme yo también, o no? Cuando ya estoy levantándome para ir a preguntárselo a algún trabajador de Adif, suena la misma voz para repetir el mismo mensaje en inglés («your attention please»), pero añadiendo a la frase un sintagma extra que resuelve mi duda («all the people going to Bilbao —and only to Bilbao—». Menos mal que sé inglés, pero ¿y si no lo supiera?
Jueves, 13/11/2025. Me dice este catalán afincado en el País Vasco que los discursos antiinmigración —a los que ya se suma hasta Gabriel Rufián— son preocupantes y rechazables…, pero comprensibles. Que tenemos que entender a esa gente que lleva cincuenta años viviendo en barrios y ciudades que de repente ya no conocen; en los que el bar o la tienda de toda la vida han sido sustituidos por kebabs y chinos; en los que ya ni siquiera escucha hablar su lengua por la calle. No es que me parezca una completa insensatez, pero ¿existe, debe existir, el derecho a los paisajes inmutables? ¿Inmutables en base a qué? ¿Quién tiene derecho a decidir en qué momento se aprieta el «pause»?
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Leo a Xuan García Vijande, en Facebook, este comentario que me conmueve: Me he tenido que acostumbrar a vivir con la frustración de no recordar, es casi como si me hubieran plantado de pronto en el mundo siendo ya un chaval hecho y derecho. Pero casi. Ese casi es una rendija, una grieta por donde pasa la luz. Y, si miro, veo algunas sombras, siluetas contoneándose cada vez más lejos del segundero. Son las figuras borrosas de personas importantes, de eventos significativos. Todos, o la gran mayoría, tienen que ver con el amor».
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Jorge Dioni: «Los que mataron a Lucrecia Pérez o los que iban a matar personas a Sarajevo han dejado la marginalidad para convertirse en un proyecto político que ya gobierna en varios países».
Viernes, 14/11/2025. Me monto por primera vez en un Tesla. Es un taxi que me lleva del Hotel Anoeta a la estación de autobuses de San Sebastián. Tardo unos segundos en deducir cómo se abre la puerta, que no tiene manija visible, sino una pestaña incrustada en la carrocería. Y lo mismo para salir: en este caso, hay que apretar un botón. La novedad por la novedad, la innovación por la innovación, pienso, porque ¿en qué es objetivamente mejor un botón que una manija? Igual que los ordenadores de Apple y otros buques insignia de la revolución tecnológica, se introducen cambios superfluos que lo que quieren no es innovar, sino enfatizar que se innova, que se está ante un artilugio futurista. O ni siquiera futurista, sino simplemente elitista; un artefacto tan diferente, tan no para todo el mundo, que ni manijas tenga, porque no puede abrirse igual que un Seat Panda. El techo es transparente (¿y para qué queremos un techo transparente?) y la pantalla del navegador es enorme, tamaño ordenador portátil. Además del mapita del GPS y la cámara trasera (innovaciones que sí me parecen estimables), muestra otra pantalla en la que se ven los carriles, coches y semáforos que se tienen delante, pero informatizados, gamificados, convertidos en una escena de videojuego. ¿Para qué dedicar recursos a que se vea dos veces la misma cosa; a distraer, de hecho, al conductor de ver la única cosa que debe mirar?
Vivimos en un mundo de pantallas y enchufes. Y por eso al llegar a la estación de bus de Donosti me encuentro un servicio de alquiler de baterías externas para cargar el móvil. (El mismo móvil en el que estoy escribiendo esto, en uno de los varios chats de Telegram que tengo conmigo mismo [este, específico para «El runrún interior»] y que uso de blocs de notas.)
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Me habla este periodista freelance de dos refugiados políticos a los que está ayudando aquí en Bilbao, llevándoles la comunicación, consiguiéndoles entrevistas. Uno es salvadoreño. Tiene 21 años y ha tenido que huir de su país. Milita en un partido de oposición a Bukele y acabó en la cárcel. Se está metiendo entre rejas a muchos disidentes políticos echándolos al cajón de sastre del «pandillero». Basta con tener un tatuaje para que lo acusen a uno de tal, aunque no lo sea. En esas prisiones, me cuenta, las familias de los reclusos tienen que pagar 300 euros al mes (una cantidad desorbitada en un país como ese) para que sus seres queridos tengan sábanas, productos de higiene y demás. Luego me habla del otro refugiado, un sindicalista argentino con cinco procesos judiciales encima, en el clima de criminalización de la protesta que ha instalado Milei. En su última detención, la policía le rompió un brazo. Ha pasado brevemente por la cárcel; unos pocos días, pero que le bastaron para horrorizarse y decidir salir del país. En Argentina se están aprobando leyes contra los piquetes, otro cajón de sastre: «piquete» puede ser cualquier cosa. Se están ensañando especialmente con los cargos, para lanzar un mensaje: si le hacemos esto a un secretario general, imagínate lo que haríamos contigo, que eres un simple militante de base. Y quieren prohibir incluso las gorras, en tanto sirven para ocultar parte del rostro; un poco como cuando Franco, aquí en España, prohibió el carnaval, para que los disfraces no se aprovecharan para camuflar identidades perseguidas. Horrible mundo este; cada vez más. «Lo que más me inquieta de todo», me dice, «es pensar que esta gente viene del futuro».
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El Azkuna Zentroa tiene salas de exposiciones, gimnasio, biblioteca, restaurantes… Y enchufes. Y me cuenta que lo frecuentan personas sin techo, que vienen aquí a cargar el móvil y conectarse. Los veo, de hecho, luego en la sala de estudio, adonde subo a trabajar un par de horas con el portátil. Se sientan a la mesa, enchufan el móvil, ponen música (y al fijarme en el móvil de uno que tengo al lado advierto que las letras de la pantalla son árabes), se ponen los cascos, se suben la capucha de la sudadera, se recuestan y se adormecen. En este futuro nuestro, los smartphones ya no son un artículo de lujo, pero la vivienda sí.
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«Me gusta demasiado la vida como para querer ser solo feliz» (Pascal Bruckner).
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Me entrevistan en Onda Vasca, donde invitan a los oyentes a enviar whatsapps con su ruegos, comentarios y opiniones. En el estudio, me sientan delante del ordenador con WhatsApp Web abierto en el que los leen. Y antes de que empiece mi entrevista, leo el último mensaje que han recibido. Dice: «Cada vez más jóvenes emigrantes africanos en la política del equipo vasco del Athletic.con cada vez menos apellidos vascos y ser como cualquier equipo».
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Es enfermera y es de Luarca, pero lleva varios años trabajando en el País Vasco. Trabaja en el hospital de Cruces. En una ocasión —cuenta—, un paciente muy anciano se despertó sobresaltado en medio de la noche, farfullando algo en asturiano. Ella se acercó a decirle dulces palabras de calma en la misma lengua: «Tranquilín, tranquilín…». Y él se tranquilizó al instante y se durmió sonriendo, feliz de que su madre hubiera venido a arrullarlo.
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Escribe César Rendueles, sobre la individualización creciente del deporte, que «el resto de los atletas no son una comparsa de los mejores, un decorado pintoresco para que muestren su superioridad. Nadie querría ver una liga de fútbol donde cada fin de semana se enfrentaran el Madrid y el Barcelona. Una final de los cien metros lisos donde nos limitáramos a observar a Usain Bolt compitiendo contra el cronómetro para batir su propia marca sería no solo aburrida sino sencillamente ridícula».
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Decía Adorno que el resentimiento siempre es la confesión de una derrota.
Sábado, 15/11/2025. Es increíble —me resulta increíble cuando lo pienso— lo poco que fuma ahora la gente. Ya no se ven nubes de fumadores delante de los bares, y en una estación de tren como esta de Miranda de Ebro, abarrotada de gente de resultas de un cúmulo de retrasos en varias líneas, salgo a la parte al aire libre y no veo un solo fumador. Apenas se ven ya, tampoco, colillas por el suelo. Casi todos los amigos de mi edad que eran fumadores han dejado de fumar o, si acaso, fuman de liar y cada vez menos. Tengo edad para acordarme de los ahumados bares y pubs anteriores a la primera ley antitabaco de Zapatero; de los ceniceros siempre repletos allí donde los había; de la omnipresencia del fumeque. En solo veinte años, todo ha cambiado. Cuando las instituciones quieren y se esfuerzan sostenidamente en pos de algo, desplegando una batería de medidas distintas pero igual de ambiciosas (campañas, prohibiciones, obligaciones, subir el precio de las cajetillas, impedir la compra de pitillos sueltos…) se hacen posibles grandes transformaciones que parecían imposibles; cambios incluso antropológicos. Ojalá esa misma tenacidad contra otros males sociales de los cuales nos dicen que así es la vida, que no hay nada que hacer.
Domingo, 16/11/2025. Uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de Occidente ocurrió en Bujará, y ocurrió por casualidad. Avicena paseaba por el bazar, mirando puestos de libros, cuando tomó al azar y hojeó uno de ellos. Le pareció interesante, pero no tenía intención de comprarlo. Sin embargo, el vendedor fue tan insistente y rebajó tanto el precio que acabó comprándolo. Era la Metafísica de Aristóteles. Su lectura, después, cambió la vida de este hombre que, deslumbrado, se esforzaría por incorporar al estagirita al pensamiento islámico, compatibilizando sus enseñanzas con las del Corán. Esfuerzos que, luego, traducidos por la Escuela de Toledo, llegarían a Europa, sentando las bases del Renacimiento.
Bujará tuvo más tarde un destino aciago. Leo en el mismo libro que, después de conquistarla, Gengis Kan recorrió las calles hasta llegar a la mezquita del viernes. Se detuvo en la sala de oración y preguntó si aquello era el palacio del señor de Jorasmia. Le respondieron que no, que era la casa de Dios. Entonces subió al púlpito y dijo: «Ya no queda forraje en la campiña; llenad los estómagos de nuestros caballos». Los aterrados ciudadanos vaciaron sus graneros. También volcaron las estanterías donde se guardaban los ejemplares del Corán, que los mongoles usaron de pesebre para los equinos. Mientras contemplaban la escena, los conquistadores se hicieron servir vino y ordenaron que les llevaran mujeres para que bailaran delante de ellos. Entonces se escuchó a un clérigo susurrar: «Es el viento de la ira divina que sopla sobre nosotros. Las briznas de paja que dispersa no tienen más que callar».
El libro es Los caminos de la seda: la historia del encuentro entre Oriente y Occidente, un libro fascinante, erudito y sublimemente escrito, cuya autora es Eva Tobalina. Una historia de historias, enlazadas por la de la Ruta de la Seda; las historias de los imperios que a sus orillas crecieron y pelearon, pero también se soñaron, buscaron e influenciaron los unos a los otros. Alejandro, los chinos, los mongoles, los musulmanes, los persas, los romanos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto un libro.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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