Rescates

Jorge Ferrer-Vidal o la emoción del cuento

Álvaro Acebes rescata unos cuentos que alumbran los adentros o que, como reza un aforismo de Rafael Dieste, son como los remolinos que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas abismadas en la misma luz.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Mucho antes de que el tema se pusiera de moda, adquiriera el tamaño de un fenómeno editorial y sociológico o empezaran a ensayarse en las tribunas y en los medios retóricas de urgencia sobre la España vacía, ya hubo escritores que, mochila al hombro, patearon de arriba abajo toda la península para mostrar en sus libros una geografía desoladora y el olvido al que estaban sometidas comarcas enteras. Pero claro, a ellos no se les ocurrió una denominación tan moderna y original y ya ven el resultado: que no los conoce nadie. Así son las cosas. Basta con que uno tenga la ocurrencia de definir algo que estaba en el aire para que se le otorguen todos los méritos. Fíjense en Vespucio, que fue a América de vacaciones y acabó dando nombre a todo un continente. Pues algo parecido ha ocurrido con el tan novedoso asunto de la España vacía ―demotanasia lo han empezado a llamar otros, con ese lenguaje quirúrgico que emplea la academia― y la orfandad y miseria de unos territorios que, bastante antes de las apresuradas reivindicaciones de algunos periodistas y políticos que parecen haber descubierto el Mediterráneo o de las vistosas y cínicas campañas del marketing campestre, ya habían contado y denunciado unos cuantos autores.

Sobran los ejemplos, pero, si dejamos a un lado los impulsos regeneracionistas del 98, los textos de Unamuno, Azorín, Machado y compañía o las charlotadas de Cela por la Alcarria, yo les recomendaría dar un repaso a la trayectoria de algunos de los miembros de la generación del 50. En sus caminatas y vagabundeos por tierras áridas, desatendidas y asoladas desde hace siglos por un vendaval de miseria y violencia, muchos de estos escritores descubrieron un paisaje de regiones degradadas y deprimidas que, más allá de la pobreza, el espanto y las consecuencias del tsunami de la emigración a los grandes núcleos urbanos y al extranjero, tomaba los signos y la forma de un aterrador paisaje moral. El retrato en negativo del régimen franquista. Entre esos libros viajeros, me acuerdo, por ejemplo, de Campos de Níjar, el recorrido que hizo Juan Goytisolo por las comarcas del oriente almeriense, o de Caminando por las Hurdes, aquel que escribieron a dos manos unos jovencísimos Armando López Salinas y Antonio Ferres sobre una región que años atrás también había retratado Buñuel en una película que debería estar incluida en el género de terror. También de Por el río abajo, que la censura impidió publicar en España, y donde Alfonso Grosso y, de nuevo, López Salinas brindaron testimonio del atraso y las injusticias que segadores, pescadores y jornaleros padecían en el delta del Guadalquivir. Les podría hablar de unos cuantos más; de las obras de Ramón Carnicer, Víctor Chamorro, Francisco Candel o Ramón Canals, pero hay un título, habitual en la lista de esos libros de viajes escritos en los sesenta con intención de denuncia, cuyo autor, sin embargo, ha caído en un olvido casi semejante al de esa España vacía o vaciada de la que tanto hablan algunos. Les estoy hablando de Viaje por la sierra de Ayllón, escrito por el barcelonés Jorge Ferrer-Vidal.

El que esto escribe, que dio clases durante unos cuantos años en un pequeño instituto de un pueblo en el nordeste de la provincia de Segovia, se topó allí, en la minúscula pero coqueta biblioteca municipal de Ayllón, con el nombre de Jorge Ferrer-Vidal. En la ficha de lectura ponía que en el lapso de algo más de veinte años (la edición que leí era de 1991), solo seis lectores habían tomado prestado el ejemplar. Qué cosas. Recién llegado a Ayllón, aquel libro, además de fascinarme, me descubrió toda la zona. No me he olvidado de la admiración que me causaron aquellas magistrales descripciones de pueblos, peñascos y campos, hechas con las mismas palabras terruñeras que empleaba Delibes, pero todavía tengo un recuerdo más vivo de la autenticidad y emoción con que se dibujaba el paisaje de unos lugares abandonados o se daba voz a unas gentes amarradas a una vida de sudores, madrugones y embestidas. Algo así afirmaba el escritor en el prólogo, cuando decía que el libro surgió del deseo de ponerse en contacto con «la soledad, con el abandono, con la ruina y también con el valor de unos pocos héroes que se aferraban a su terruño con fuerza de raíz de brezal».

Existen libros que no se conforman con una lectura, sino que exigen una puesta en práctica. Habían pasado más de cincuenta años del peregrinaje del escritor por la zona, pero tras unos cuantos paseos uno advertía que el paisaje, en más de un sentido, continuaba siendo el mismo. Pueblos con casas en ruinas, aldeas fantasmales o casi deshabitadas, robledales y hayedos de espesadas sombras, tierras ocres y pizarrosas, caminos polvorientos y «cielos ralos y brillantes que se estiraban por toda la sierra como una bestia cansada». Una geografía bellísima y pobre y, sin embargo, transformada en algunos detalles. Las gentes con las que habló Ferrer-Vidal, aquellos tercos habitantes de Santibáñez, El Muyo o Madriguera que resistían en su terruño como los galos de Astérix, habían desaparecido. Los ríos y arroyos tampoco eran ya de aguas cangrejeras debido a la contaminación y en el bar los mayores te decían que la caza no abundaba como antes. Pocos de los pueblos tenían algo que ver con el panorama languideciente que describió con un lirismo extraordinario el autor catalán. No habían regresado muchos de los emigrantes que huyeron de Ayllón o de Riaza en busca de un futuro mejor en los años del desarrollismo. Francia, Alemania, Suiza o Madrid, manos recias hechas al apero y deportadas del campo al suburbio. Sí lo hicieron, aunque fuera como visitantes estacionales, sus hijos y algún espabilado de la capital, dueños ahora de casitas de veraneo y que, empezado el curso, se ponían en alquiler para los cuatro profesores y maestros despistados que aterrizábamos allí.

Pero me estoy yendo por las ramas y de quien yo les quería hablar es de Jorge Ferrer-Vidal, a quien decidí seguir la pista tras aquella primera lectura. El escritor, de orígenes aristócratas y nacido en Barcelona en 1926, conocía bien la región porque su familia tenía casa en Riaza y era habitual que pasara allí los veranos. Siempre dijo que aquel libro sobre sus escapadas por la sierra de Ayllón, por encima de sus novelas, volúmenes de poesía o de las traducciones de Faulkner, Dinesen, Dylan Thomas o Kipling, era uno de los que más orgulloso se sentía. Solo reservaba elogios similares para algunos de sus relatos. Así lo explica en Confesiones de un escritor de cuentos, uno de los mejores libros de memorias sobre la generación del cincuenta que conozco, complemento perfecto a esa otra maravilla que es El cuento de siempre acabar de Medardo Fraile, y un auténtico manual o poética personal que todo interesado en el género breve debería leer. En esas páginas, junto al retrato del autor, emerge también el de un tiempo y un país. Los años de la guerra en Cataluña, la huida ante el clima de violencia que se vivía en Barcelona, la larga posguerra y la repulsa del régimen, los estudios de derecho y el traslado a Inglaterra, la formación de un escritor que empezó leyendo tebeos y se entusiasmaba con las primeras películas de Hitchcock, los premios, las tertulias en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, las relaciones literarias o la situación de la narrativa y la poesía en el panorama del medio siglo. En esas páginas no podía faltar tampoco su toma de conciencia acerca de los problemas de los más humildes y que lo acabó convirtiéndolo en el raro de una familia acomodada y burguesa. Una autobiografía que nos deja la imagen de un hombre solidario, honesto y bueno, como lo definió su compinche Lauro Olmo, capaz, cuando ocupaba un alto cargo en una compañía eléctrica, de pegarse con quien fuera para echar una mano a un amigo poeta y pobre de solemnidad al que habían cortado la luz o de aceptar con orgullo, si eso suponía denunciar injusticias y ponerse del lado de los más débiles, el epíteto de «rojo» que le dispensaban los suyos.

Tal vez la mejor prueba de que Jorge Ferrer-Vidal era un tipo empeñado en ir a contracorriente sea ese interés por el relato, género al que dedicó más de una decena de títulos. Escribió casi doscientos, dice en sus memorias. En un momento en que el cuento recibía todo tipo de desaires, figuras como Medardo Fraile, Pereira, Olmo, García Pavón, Peraile, Martínez Menchén o Ferrer-Vidal se encargaron de dignificarlo y defenderlo. Me dirán que las cosas son hoy de otro modo, pero en aquel entonces hacía falta algo de coraje y un punto de insensatez para moverse en un género que, aparte de marginal, era brutalmente despreciado por los editores y la crítica. Ya no digamos por la historia literaria, que casi siempre ha pasado de puntillas por esos territorios. Había premios, claro, y revistas y editoriales modestas, pero ni los primeros daban mucho dinero o fama ni las otras tenían una buena distribución. Yo creo que existe una deuda con esa generación de pertinaces cuentistas. A algunos se los ha rescatado en antologías modernas e incluso cuentan con primorosas ediciones que recopilan toda su producción. Otros, los más, están olvidados y aguardan un reconocimiento que no acaba de llegar. ¿A alguien le suenan los nombres de Manuel Pilares, Alfonso Martínez Mena, Ricardo Domenech, Esteban Padrós, José María de Quinto, Álvaro Fernández Suárez o Carlos Clarimón? El mismo autor del que les estoy hablando padece ese ostracismo. Muchos de sus libros de relatos son hoy inencontrables. Colecciones como Notable en armonía, Sobre la piel del mundo, El hombre de los pájaros, Los iluminados o También se muere en las amanecidas merecerían una suerte mejor.

Ferrer-Vidal recuerda en sus memorias que, aunque entonces no se percatara de ello, aprendió todo lo que había que saber sobre el cuento a través de una payesa que, de niño, le narraba historias. Aquella Scheherezade que trabajaba en la casa familiar tenía un talento único para inventar y embelesarlo con intrigas, suspenses y finales sorprendentes, logrando que en sus relatos aparecieran personajes y paisajes con la pulcritud de una máquina fotográfica. De ahí, y de la lectura posterior de la Santa Trinidad que forman Maupassant, Poe y Chéjov, extrajo el escritor las lecciones que todo buen cuentista debe atesorar y que mucho más tarde solía resumir en tres palabras mágicas: precisión, condensación e intensidad. Al final de esas confesiones de las que les hablaba antes afirma Ferrer-Vidal que lo que pide todo buen cuento es alta tensión, eso que es capaz de infundir en el ánimo del lector una atmósfera de desasosiego y lo hace rendirse contra su voluntad ante lo inesperado. Los mejores cuentos, y les puedo asegurar que Ferrer-Vidal escribió unos cuantos, están hechos de una materia incandescente, son como un estallido y tienen algo de chispazos, de fogonazos que nos sacuden el alma e iluminan la conciencia. Cuentos que alumbran los adentros o, como reza un aforismo del gran Rafael Dieste, cuentos que son como los remolinos que hacen alrededor de una lámpara muchas mariposas, todas abismadas en la misma luz.

No he podido apartarme nunca de los relatos que escribió Jorge Ferrer-Vidal. Muchos no tienen más de cuatro o cinco páginas. Fábulas brevísimas, de anécdota mínima y escueta y en las que no cabe la digresión porque lo importante es siempre lograr esa intimidad con el lector. Decía Borges, que de esto sabía un rato, que hablar de un libro de cuentos que no se han leído aún es una tarea casi imposible, ya que exige el examen de tramas que no conviene anticipar. Algo así me pasa a mí, que no sé por dónde indicarles que empiecen a leer a Jorge Ferrer-Vidal. Lo mejor es que abran al azar cualquiera de los libros que he mencionado más arriba. Verán todos sus registros, el dominio absoluto del lenguaje, la asombrosa capacidad de imaginación y observación del escritor y esa destreza para componer atmósferas o sugerir múltiples significados a partir de unos pocos detalles. No les sobra una línea. Historias de extraordinario lirismo y llenas de ternura que hablan de la soledad del hombre, pero sin renunciar nunca al referente colectivo, asomadas a la maravilla que anida en lo cotidiano y donde la trama, apoyada a veces en elementos simbólicos y sin rehuir nunca el humor, se va desarrollando casi al modo de una susurrada confesión que nos va envolviendo poco a poco. Hagan la prueba. Lean uno de los cuentos y se encontrarán con eso que le deberíamos pedir siempre a la literatura: verdad y emoción. Pero están avisados. Una vez que empiecen, no podrán parar.

Jorge Ferrer-Vidal murió en Madrid en 2001. Creo que, con la excepción de aquel libro andarín sobre la sierra de Ayllón, ninguna de sus obras se ha reeditado. Una injusticia, pese a que al escritor nunca le preocupó demasiado el éxito. Solía decir que eso de los laureles literarios era como el pim-pam-pum de las ferias: nunca gana el mejor. Para eso ya estaba el ciclismo. Puede que ese desapego fuera una cosa de carácter o tuviera que ver con la profesión de cuentista. A saber. Pienso, sin embargo, en uno de los relatos incluido en Los iluminados, que se cierra así: «¡Mira que dedicarte a escribir cuentos para adultos en este país! ¿A quién se le ocurre?».


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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1 comment on “Jorge Ferrer-Vidal o la emoción del cuento

  1. josé schraibman

    Gran lector. Sabios comentarios. Escritura elegante y efectiva.

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