/ por Vicent Yusà /
¿Quién no quiere ser auténtico? ¿Quién está dispuesto a renunciar a «ser uno mismo»? En un plano teórico, ¿quién no apostaría por la honestidad, la sinceridad, por llevar una existencia de acuerdo con la «propia verdad»; ser una persona que actúa de acuerdo con sus deseos, motivos, ideales o creencias? La autenticidad está de moda. Es una aspiración colectiva. Vivimos en lo que se ha denominado la «edad de la autenticidad», una época que busca la autorrealización personal.
No siempre ha sido así. En las sociedades previas al mundo moderno democrático, la autenticidad no era un valor. Incluso puede que fuese algo desconocido. La tradición, la costumbre, seguir las normas impuestas socialmente, hacer las cosas como siempre se han hecho, era la ética predominante. La persona individual subordinada al conjunto social.
Si el concepto de autenticidad en el sentido de «sé tú mismo» nace con la Ilustración, Rousseau (1712-1778) es, sin duda, su principal mensajero. Sus publicaciones (La nueva Eloísa tuvo más de 70 ediciones antes de 1800) popularizaron la idea de autenticidad. Para el autor ginebrino, ser sincero con uno mismo, ser fiel a tu interior, es el gran ideal moral al que todo ser humano debe aspirar.
Con posterioridad, la difusión y amplia penetración de la autenticidad en la cultura popular se debe a diversos factores, entre ellos el que muchos intelectuales del siglo XIX y principios del XX abrazaron esta idea, e incluso la radicalizaron, defendiendo códigos y modos de vida «artísticos» o «bohemios», claramente alternativos y enfrentados al establishment.
En el plano estrictamente filosófico, son las aportaciones de Heidegger (1889-1976) y Sartre (1905-1980) las que han contribuido de modo más decisivo a la expansión del concepto de autenticidad, si bien se trata de concepciones no siempre sencillas, en ocasiones enigmáticas y crípticas, radicales y, sin duda, bastante alejadas de lo que podría ser la interpretación más arraigada en la actualidad.
Según el filósofo alemán, la existencia puede ser vivida de modo inauténtico cuando es absorbida por las normas y expectativas impuestas socialmente; cuando uno se entrega a las convenciones y opiniones dominantes. Para ser auténtico, se debe sufrir una transformación personal profunda. Esta transformación, afirma Heidegger, solo es posible en determinadas circunstancias; por ejemplo, cuando experimentamos un intenso episodio de ansiedad. En esa situación, nuestro mundo se desmorona, y en ese colapso uno se da cuenta de la falta de significado de las cosas, se siente desamparado, sin ningún apoyo externo para su existencia. En la ansiedad, uno se encuentra como un individuo, solo.
El segundo acontecimiento transformador se produce en el encuentro con la posibilidad más propia del ser humano: la de la muerte. Al enfrentarnos a nuestra finitud, descubrimos que siempre somos proyectos orientados hacia el futuro, para lo cual es crucial el cómo uno encara su vida. En esa circunstancia, puede imaginar una forma de vida que, de manera anticipatoria, lleve a cabo sus proyectos con claridad e intensidad.
La clave para entender la autenticidad reside en que nos demos cuenta de que nos encontramos arrojados a un mundo que no hemos creado nosotros, con un pasado que limita nuestras elecciones. Generalmente estamos absortos en asuntos prácticos, ocupándonos de lo cotidiano y esforzándonos por hacer las cosas a medida que surgen. Para Heidegger, la autenticidad comporta defender y respaldar los propios actos, ser responsable de la propia existencia, obligarse a vivir con resolución, con entrega y compromiso vocacional. De modo que ser auténtico presupone que uno encarne virtudes tales como la perseverancia, la integridad, la claridad de miras.
Es obvio que esta concepción de la autenticidad tiene poco que ver con la visión popular y romántica de que el «verdadero yo» al que debemos ser fieles es algo sustancial, fijo, un conjunto preestablecido de sentimientos y deseos que se consultan a través de la introspección, de mirarnos hacia adentro. El «verdadero yo» heideggeriano sería más bien una narración continua, la construcción de nuestra biografía a través de las acciones concretas a lo largo de la vida.
Otro enfoque filosófico de la autenticidad es el que nos proporciona Sartre. Para el filósofo existencialista, el ser humano está condenado a ser libre, y la autenticidad es el rechazo de la «mala fe», es decir, la negación de la libertad propia mediante excusas o autoengaños. Ser auténtico significa aceptar la libertad radical y la responsabilidad absoluta de definir quién se es. La forma más común de «mala fe» es actuar como si uno fuera una mera cosa, y por lo tanto negarse la libertad de convertirse en algo muy diferente. El individuo auténtico es aquel que asume la aterradora libertad de ser la fuente última de valores y actúa con una claridad y firmeza adecuadas a lo que considera que es correcto en cada circunstancia.
Este planteamiento, aunque liberador, también expone al individuo a la angustia de no tener guías trascendentes que orienten la vida. No podemos decir de antemano lo que debe hacerse. El ser auténtico rechaza cualquier conformismo; como un artista, inventa, se inventa a sí mismo. No expresa una verdad preexistente en su esencia. La existencia determina la esencia.
Más recientemente, la autenticidad desborda el ámbito filosófico para convertirse en un valor literario y cultural central de la modernidad, pero con el riesgo de fomentar un individualismo extremo. Un intento de reconciliar la autenticidad con lo social se encuentra en el filósofo canadiense Charles Taylor (1931), quien sostiene que ser auténtico no significa aislarse en un narcisismo relativista, sino desarrollar una identidad fiel a uno mismo en diálogo con horizontes de sentido compartidos, dentro de los cuales una persona puede orientarse moralmente. Sin marcos de referencia, no sabríamos quiénes somos ni qué queremos. La autenticidad, entonces, se convierte en un proceso intersubjetivo, en el cual la libertad individual se enmarca en valores colectivos.
En Fuentes del yo (1996), Taylor plantea que el yo —lejos del egocentrismo— se forma en diálogo con los otros, por lo que la autenticidad requiere un equilibrio entre autonomía personal y pertenencia comunitaria. Lo que sea importante para mí debe conectarse con una noción colectiva del bien, de donde mana rápidamente buena parte de su fuerza normativa. En este sentido, la autenticidad requiere mantener vínculos con valores que apuntan más allá de las propias preferencias. La autenticidad no está desligada de los vínculos con los demás, de valores sociales universales.
Desde una perspectiva más sociológica, Gilles Lipovetsky (La consagración de la autenticidad, 2023) asegura que estamos en una fase del recorrido histórico de la autenticidad en la que «el ideal de autenticidad individual goza de reconocimiento social sin precedentes» y ha alcanzado «el panteón de los valores democráticos». Ser uno mismo en el amor, la pareja, la vida familiar; o en el consumo, la moda, el turismo y el arte, suscita un fervor creciente. Sin embargo, esta generalización, en la que se venden experiencias «auténticas» o se buscan estilos de vida «auténticos», muestra una banalización de la autenticidad, ya convertida en un producto mercantil, en un objeto de explotación comercial.
Qué duda cabe de que el ideal de autenticidad, de ser uno mismo, siempre en conexión con valores compartidos en las sociedades democráticas, es un factor que respalda luchas contemporáneas como las de las mujeres o las minorías étnicas, culturales o sexuales. La ética de la autenticidad —entendida sin solipsismos ni narcisismos— puede engendrar transformaciones y propiciar cambios, y sin duda forma parte de la modernidad democrática.
Pero, como bien señala Lipovetsky, esto no autoriza a convertir la autenticidad en el valor supremo: «La innovación, la investigación científica, la eficacia tecnológica y la creación, son también, entre otros, valores y cualidades positivas para construir un porvenir deseable».

Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas Otro fin del amor es posible y Obra abierta.
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