Estudios literarios

La sonrisa del Quijote (una concesión a la melancolía)

Ricardo Martínez diserta sobre la gran novela española a partir de la constatación de que Alonso Quijano solo se ríe una vez a lo largo de su trama.

/ por Ricardo Martínez /

¿Has reparado, lector, que el afamado texto universal (y lo es por cuanto se dirige al corazón y a la inteligencia) comienza por el menú? Comienza recordándole al hombre que es hombre y mortal. Luego se le añadirán los sueños, pero esa es la parte de maravilla y ficción que arropa toda historia para hacerse creíble. El hombre es así.

¿Y a quién hemos de inculpar por tal sencillez, al señor Cervantes o a Cide Hamete Benengeli, cuyo nombre se aproxima a una verdura y, a la postre, es quien ha de asumir la transmisión de tantas desventuradas aventuras? Sostiene el proverbio que de la gordura deriva la felicidad, pero a fe que la receta del señor hidalgo es bien magra, como sus propias carnes. La dieta no infunde por sí la imagen de alegría del satisfecho, claro está que tampoco es símbolo de hambruna. Lo que sí comprobaremos, a lo largo del libro, es el ascetismo y frugalidad del caballero. Pocas veces se le relata comiendo.

Resulta algo muy solemne, interiormente solemne, estar delante de un hidalgo de triste figura (no es en vano el calificativo que Harold Bloom le atribuye a don Quijote, al que define como «el entristecido caballero»). Un hombre triste —más si es soñador— infunde respeto, invita a la reflexión y aún predispone a una inicial filosofía.

Es sabido que la comida no ocupa el primer lugar de sus desvelos, de su voluntad. Ha elegido para sí otras preocupaciones más altas, más del alma. Quizás, entonces, venga por ahí el mohín seco del señor don Quijote, su humor (al que varias veces se alude) extraño, un tanto desvaído… No eran sus preocupaciones el atender a los bienes materiales de este mundo («Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año— se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza —a la que antes era amigo— y aun la administración de su hacienda»).

Era, se nos dice, «de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro…». Pero no radica ahí el mal de su sobria seriedad. El bueno del caballero, haciendo caso de los libros, habría de llevar el origen de su flaqueza más allá de su cuerpo, pues, en sus lecturas, atendía ilusionado a requiebros reflexivos como «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece…». De tales argumentos no es fácil salir airoso y contento

Él estaba en el convencimiento de que era muy alta la misión a la que se había encomendado. Nada menos que «desfacer entuertos», ya fuesen estos derivados de la injusticia de los hombres o por causa de los destinos del desamor.

Revestido de humildad y decisión justiciera, a cuya causa ofrendaría su vida con valor, una mañana de julio salió «por la puerta falsa del corral» al campo. Y aquí habremos de reparar,  por primera vez, en su disposición de gozo. Inició su andadura «con grandísimo contento y alborozo». Pero, ¿iniciar aventura de caballero sin haber sido investido como tal? Y le acomete al punto grave desazón por no haberlo conseguido.

Hay ya motivo para asociar hombre-caballero-causa justa. Es el inicio de su seriedad. Y lo habría de ser de la fecundidad de su tristeza.

Era de rostro enjuto. Y Diego de la Vega ya nos lo advirtió: «la tristeza seca los huesos».

Una de las principales ocupaciones de Sancho fue el requerirle que se alejase de las preocupaciones, que entendiese la vida de un modo más sereno; digamos que no negando el derecho a la alegría, a los bienes de este mundo. Pero no había tal en el corazón del señor hidalgo. El mismo Flaubert, de haber tenido ocasión, le hubiera dicho, en un tono más familiar y próximo: «Cuidado con la tristeza, es un vicio». Pero no hubo lugar para ello.

*

Sería suficiente razón la lucha contra la injusticia en los hábitos del hombre para enseriar el rostro, pero bien es verdad que otra existe: la que viene generando desde antiguo, por sí sola, una profunda desazón. Es el amor. O el desamor, como su consecuencia. Llegamos, así, al segundo punto de inflexión donde el ánimo del ascético señor se regocija un instante, si bien pronto, de nuevo, aporta razones el narrador para ahogar sus esperanzas.

Un día advirtió don Quijote «que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma». (Advierte, lector, con qué brevedad y precisión se describe el efecto.)

El hidalgo quería, tal como el Cantar de Roland describe en dramatizados pasajes, tener una dama a quien remitir a los caballeros que venciera para que, hincando estos la rodilla ante ella, le rindiesen pleitesía y se sometieran a su disposición. A tal fin su dulce señora sería Aldonza Lorenzo, «una moza labradora de muy buen parecer», de quien él un tiempo estuvo enamorado. La llamaría Dulcinea del Toboso, por ser nativa de ese lugar y porque el nombre, a su parecer, era «músico y peregrino y significativo», como todos los otros que a él y a sus pertenencias había puesto. Pero decidido esto he aquí que, al poco, el autor retrotrae el ánimo del caballero —y el del lector— a las proximidades de la tristeza, pues «ella, según se entiende, jamás lo supo ni le dio cata de su amor». Vedlo ahí: cuitas de amor.

«¡Oh!, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso —el de la existencia de una destinataria de sus desvelos—, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama». Pero, al fin, no se dará ocasión en el libro para que tal destino tenga realidad. Antes bien, y abundando en los graves sentimientos, ¿no habría de ser, en tan apasionante historia, este expresado sentimiento, puro, de amor, un motivo de chanza entre los demás protagonistas de la obra, con lo cual le ridiculizaban a él y a su pasión? De nuevo habrá motivos para la soledad del corazón y la tristeza.

*

Solo una vez, en todo el transcurso del texto (y las innumerables situaciones y aventuras que en él se recogen) se ha de aludir a la sonrisa del Quijote. Solo en una ocasión —y por ello constituye un pasaje de una belleza exclusiva, y trágica— se le atribuye al caballero entristecido una sonrisa. Es altanera, de desafío, y a la vez, para nosotros, se toca con una cierta melancolía. La situación se da cuando, encarándose con un carretero, le requiere que desenjaule a unos fieros leones para enfrentarse a ellos, y, ante las llamadas a la prudencia de este, dice el texto: «A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas?». Sancho le disculpa ante el carretero diciéndole que su amo no es un loco, sino un atrevido. El carretero no oculta su espanto. Sancho, ahora sí, ve próximo el fin; el de su señor y el suyo propio, pues la fiera enjaulada tenía tal expresión amenazante que era como «para poner espanto a la misma temeridad». Sin embargo el pretendido enfrentamiento, y cruel pelea, no ha de tener lugar. ¿Y quién ha de resolver tal situación, propicia para haber otorgado gloria a las aventuras del malhadado caballero? Válgame Dios: el propio león, quien, despectivo, le vuelve la grupa, indiferente, a aquel loco (o atrevido) desafiante. Esto es, le desprecia.

Y aquí el lector sonríe, pero sonríe de pena y de tristeza. Qué cruel argumento, qué ingratas palabras ha elegido el autor para ridiculizar el desenlace que podría ser propio a un valerosísimo y desigual enfrentamiento. ¿Acaso infravalora Cervantes la puesta en práctica de un sueño lleno de arrojo, la incitación a la pelea, alimento para el corazón de un caballero andante? ¿Tal vez ignora que «el cálamo puede ser más cruel que la espada»?

Desvarío y enseñanza guarda este libro hermoso y triste donde los haya. Porque conmueven las razones de la tristeza. Más, mucho más, si afectan a este caballero que va en procura de dones (aventuras) para su gloria (ficticia) Todo en ofrenda para su dama, de la que está dolientemente enamorado.

«Tú mismo eres el tema de mi discurso» —escribió Burton, el autor de la Anatomía de la melancolía— dirigiéndose al lector. Y yo, humilde confiado en la lectura, tal vez influido por este a modo de anatema, fácilmente me dejé llevar por las pasiones recogidas en el libro de Cervantes. Y hasta aquí he llegado solo por preguntarme el porqué de la triste figura en don Quijote.

Ha sido solo un gesto, un gesto de amor literario. ¿Tal vez una concesión a la melancolía?


Ricardo Martínez realizó los estudios de filosofía y letras en las universidades de La Laguna y Valladolid, concluyendo su carrera universitaria con los estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Su obra como escritor es bilingüe, habiendo publicado tanto en gallego como en castellano. Como ensayista y crítico literario ha colaborado tanto en prensa (La Voz de Galicia, El País) como en revistas especializadas (Clarín, Revista de Occidente). Ha cultivado distintos géneros como autor. En poesía podemos citar: Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), De cuanto nos es dado (Calima, 2006) y Na terra desluada (Espiral Maior, 2009). Su obra Orballo nas camelias pasa por ser la primera obra de haikus en la literatura gallega. En prosa ha publicado varios libros de aforismos: Debullar (Galaxia, 1996), Cuentas del tiempo (Pre-textos, 2004), Alusión al paisaje (Calima, 2006), Ecos da néboa (Trifolium, 2012). Es autor, asimismo, del libro de relatos La luz en el cristal (Calima, 2011). Ha obtenido el premio Benasque de poesía y diploma de honor en el concurso internacional de relatos breves Jorge Luis Borges y en 1997 le fue otorgado el premio Reimóndez Portela de periodismo. Colabora en prensa y revistas especializadas. Desde el año 2014, la Fundación Jorge Guillén es la depositaria de la obra del autor. Dispone de su propia página web.

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