/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
He dedicado algunas de las columnas de esta sección al turismo, fiel al título genérico de «escuchar y no callar», puesto que el viaje es siempre una experiencia de escucha de otras realidades y, si viajamos con todos los sentidos, una forma inequívoca de conocimiento, tanto en lo tocante a los lugares que visitamos, su historia y su cultura, como al autoconocimiento del viajero, autoafirmación o corrección de sus filias y fobias y consolidación de su sensibilidad. He viajado, y continúo viajando, mucho por motivos profesionales, y he invertido mucho tiempo y dinero en viajar con mis hijos, consciente de que el viaje aportaría a su formación tanto como la escuela o la universidad.
Los viajes profesionales siempre conllevan una alta carga de trabajo, pero esto no es un problema si tenemos la suerte de trabajar en lo que nos gusta, y añade el valor de visitar algunos sitios en compañía de los colegas que viven allí e, incluso, participar de su vida cotidiana. El único problema es que en un viaje profesional hay pocos momentos para el turismo, pero esto puede resolverse levantándose temprano, paseando sin tregua en cuanto se tiene un momento libre y prestando atención a los detalles. En mi caso, una cámara fotográfica en el pasado y mi teléfono móvil son los aliados imprescindibles para fijar el momento y facilitar su recuerdo, incluso para poder descubrir detalles que nuestro ojo no percibió pero que la cámara registró. Tomo muchas fotografías en mis viajes, aunque lo hago sin consumir un tiempo excesivo y dejando que las imágenes penetren en mi objetivo con naturalidad y sin buscar una composición determinada. Probablemente por esas razones, mis fotografías tan solo tienen el valor de la experiencia personal.
El viaje es una experiencia vital y el turista se enfrenta a las nuevas realidades desde su propia realidad e idiosincrasia. Por eso, el viaje es también una oportunidad de introspección, de autoanálisis de nuestras actitudes e ideas, y no pocas opiniones previas sobre un país o una cultura deben ser modificadas si se presta atención a lo que nos comunican nuestros sentidos. Mi yo español, educado en una familia cristiana muy conservadora, se enfrenta a otras religiones, culturas, formas de pensar e incluso niveles económicos, y en ese cruce de miradas e ideas se encuentra el motivo para avanzar en la construcción de nuestro propio carácter.
Aunque mis hijos mayores ya son profesionales con sus propias familias y mis hijos pequeños ya tienen más de veinte años, me sigue gustando hacer algún viaje con ellos y he vuelto a Oporto, a Egipto o a Estambul con ellos para compartir las vacaciones. Es cierto que son lugares que ya conozco, pero volver a visitarlos en compañía de mis hijos arroja nuevas luces sobre las mismas realidades. En el fondo, aunque el viaje sea, como todo, una experiencia personal, no es menos cierto que viajar con alguien es un reto, pues supone una cierta renuncia al egoísmo de hacer lo que a cada uno se le antoja en favor de la experiencia compartida. Mi hijo Miguel, que tiene veintitrés años en la actualidad y que es una persona que presta mucha atención a cuanto le rodea, me dijo recientemente que en lugar de llevarlo a él y a sus hermanas a lugares que conozco, guardara el dinero para viajar a Japón, que es un país y una cultura que siempre me han atraído. En esa ocasión tuve que confesarle que lo mejor de estos penúltimos viajes familiares es, precisamente, compartirlos veinticuatro horas al día con ellos y que, si bien mi economía de profesor emérito no me permite pagar cuatro viajes a un lugar tan lejano, no me importa renunciar a conocer Japón, Vietnam o Camboya a cambio de hacer viajes más próximos con ellos. La conversación se zanjó con mi promesa de que si él abonaba su parte del viaje y alojamiento conmigo yo cubriría sus gastos en el país de destino, a lo que respondió que, si el próximo año continúa con un trabajo estable, no dudara de que iríamos a Japón.
Ya ven que soy persona de maletas calientes, deseoso de conocer o volver a visitar otros lugares y también de regresar a casa cambiado, porque un auténtico viaje siempre implica una ida llena de excitación por lo nuevo y de nostalgia por lo que se deja y una vuelta con añoranza de lo vivido y deseo de volver a nuestra casa y nuestra gente.

Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.
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Miguel, el trasfondo del artículo recoge los ideales del viajero ilustrado. Siempre he pensado que una cosa es viajar, lo cual siempre supone un proyecto y un programa, y otra es vagabundear. Veo que participas de esa idea. Sigo por Valencia cerrando mi próxima publicación en KRK. La celebraremos. Guillermo
Me ha gustado mucho esta reflexión porque entiende el viaje como algo más profundo que el simple desplazamiento: una forma de conocimiento y de transformación personal. Me ha hecho pensar en Ulises y en su búsqueda de Ítaca. Al final, todo viaje parece tener algo de ese regreso: partimos buscando conocer el mundo y terminamos descubriendo algo de nosotros mismos. Y quizá lo más importante no sea llegar a Ítaca, sino todo lo que aprendemos mientras la buscamos