/ por Antonio García Santesmases /
Estamos acostumbrados a obras que son ensayos breves, de coyuntura, sujetos a la coyuntura inmediata. Algunos autores sucumben a las modas y otros ofrecen perspectivas de indudable interés. Lo que es menos frecuente es encontrarnos con una obra voluminosa que se atreva a interpretar grandes acontecimientos sin límite de espacio. Este es el caso del libro de Juan Andrade El cielo y las ruinas, publicado en la primavera de 2026 por Akal. El libro ha tenido una notable repercusión en entrevistas y comentarios en distintos medios. No ha provocado, sin embargo, a mi juicio, el debate que merece. Quizás porque es difícil competir con el autor en erudición, quizás porque al terminar la obra en 1939 todavía estamos lejos del desenlace de la historia, de las historias que va narrando. Sea cual sea el motivo, me parece que sería bueno desentrañar los núcleos problemáticos, los puntos de fricción, las cuestiones disputadas, en una obra tan impresionante. Porque haberlos, los hay, como trataré de mostrar en este comentario que invita a la lectura y a la reflexión de una obra que se atreve a interpretar lo ocurrido desde 1914 hasta 1939.
El libro se puede leer desde distintas perspectivas. Cabe hacerlo desde una perspectiva comunista, antiestalinista, socialista, republicana o anarquista; también cabría hacerlo desde una postura liberal, conservadora, neofascista o tradicionalista. Desde todas estas perspectivas y algunas más cabe adentrarse en esta obra inabarcable, llena de historias de vida, de biografías desconocidas, de momentos dramáticos, unos ampliamente tematizados y otros perdidos en el olvido. En mi caso, al reivindicar una perspectiva socialista y republicana, hay muchas cosas en el libro con las que coincido, otras con las que discrepo y no faltan las que me llenan de incertidumbre y me incitan a releer una y otra vez la obra. Es una obra que te atrapa si has dedicado tu vida a pensar sobre los avatares de los distintos socialismos y marxismos en el siglo XX. Uno de los méritos de Andrade es no seguir caminos trillados; huye de realizar una síntesis de los acontecimientos. De alguna manera esa tarea ya está realizada y no se trata de repetir lo ya publicado. Hay magníficas síntesis como las de Hobsbawm que se han convertido en una referencia canónica para conocer el caracterizado como «corto siglo XX», que comenzaría con la Revolución rusa y concluiría, para algunos, con la caída del Muro de Berlín. Andrade nos sitúa en las semanas anteriores a 1914, en vísperas de la Gran Guerra. De esa guerra que no se iba a producir porque el movimiento obrero lo impediría, porque la clase obrera, fiel a los principios y a los valores de la Segunda Internacional, haría una guerra a la guerra y no permitiría que los proletarios de los distintos países fueran al campo de batalla.
Es un acierto indudable de Andrade rescatar la figura de Jean Jaurès y recordar sus esfuerzos para evitar que se produjera el conflicto; esfuerzos que no lograron su objetivo porque fue asesinado. Probablemente no lo hubiera logrado, pero su recuerdo aviva la memoria del socialismo republicano, de la tradición que se hacía cargo de lo mejor del legado de la Revolución francesa; una memoria imprescindible hoy en día al homenajear al defensor de la patria laica, cívica, que se había batido desde el caso Dreyfus contra el antisemitismo. Su recuerdo es imprescindible en estos momentos en los que se usa y abusa tanto del término identidad. Es Jaurès el que defiende con vigor y elocuencia que es imprescindible la alianza entre socialismo y republicanismo y que, por ello, el movimiento obrero no puede ni debe ser indiferente a los problemas de la nación, de la patria, de la laicidad. Cabe una patria democrática que conecte con otras patrias, en las que predomine la fraternidad y la cooperación entre las naciones; una fraternidad que evite las guerras y la violencia. Este socialismo humanista, pacifista, internacionalista, es barrido en 1914 cuando estalla la guerra y se produce la bancarrota de la Segunda Internacional: es el momento en que se votan los créditos de guerra por parte del SPD en Alemania, y en el que los partidos socialistas sucumben a la unión sagrada en Inglaterra y en Francia. Jaurès queda atrás y es una más de las víctimas de aquella terrible masacre, pero su recuerdo pervivirá años después. Y sigue hasta nuestros días, cuando se trata de reactivar los valores morales que debe impulsar un proyecto socialista.
En Rusia la izquierda no apoya la estrategia bélica del zarismo y son precisamente algunos de los líderes, como Lenin y Trotski, los que homenajean a Jaurès. Es un homenaje al hombre que ha representado con fidelidad, con lealtad, con coherencia un mundo que, a su juicio, ya ha desaparecido. Un mundo en el que era posible seguir pensando en el humanitarismo, en el pacifismo, en un internacionalismo solidario. Es el mundo de un ayer que no se hace cargo de la realidad inexorablemente violenta que se impone desde 1914. El homenaje de Trotski a Jaurès merece ser leído con atención y estudiado en profundidad para entender la complejidad del siglo que estaba empezando: Jaurès, dice Trotski, representa lo mejor de un mundo que ya no es posible, un mundo de valores con el que no podemos operar si queremos triunfar desde una perspectiva revolucionaria; ha sido un hombre prematuro y quizás lo podamos recuperar cuando esté asegurada la revolución. Hoy no es posible ni deseable.
Andrade muestra muy bien que esta perspectiva revolucionaria de Lenin y Trotski es la que inspira la Revolución rusa y la que sueña con la posibilidad de extender la revolución a Italia, Alemania y a Hungría. Un gran mérito de la obra es mostrarnos las biografías de grandes autores marxistas como Gramsci y Togliatti, como Lukács y Benjamin, conectándolos con los acontecimientos históricos en los que se ven implicados, en esos acontecimientos que marcarán no solo sus vidas sino la evolución de los marxismos del siglo XX. Logra algo muy importante y no demasiado frecuente y es conectar las vidas con las obras, los conceptos con las acciones, las emociones con las experiencias de vida. A partir de ahí no cabe leer Historia y conciencia de clase, los Cuadernos de la cárcel o las Tesis sobre la filosofía de la historia sin profundizar en esa revolución contra El capital, que diría Gramsci, que sobrevive a sus enemigos pero que no logra extender su llama. Había saltado por los aires el eslabón más débil de la cadena, pero los años veinte mostrarían la capacidad de los Estados europeos para derrotar a los procesos revolucionarios y prepararse para articular una nueva hegemonía contrarrevolucionaria mediante el nazismo y el fascismo.
Esa derrota de las revoluciones en Occidente provoca que se produzca una transformación del leninismo. Tras la muerte de Lenin llega el período del estalinismo, que concluye años después del final del libro que comentamos. Desde 1924 hasta 1953 son muchos años. Son tantos que la evolución del movimiento comunista sufre un cambio radical a partir de los años treinta. De ser el partido de la revolución mundial a realizar el gran viraje a partir de la apuesta por los frentes populares. De defender una vía revolucionaria que derroque el Estado burgués y supere a la democracia representativa a apostar por una gran alianza de los comunistas con los socialistas, con los republicanos, con los liberales de centro o con los católicos dispuestos a articular un gran frente contra el fascismo. El giro es tan radical que deja venturosamente atrás el nefasto periodo de la Internacional comunista, cuando se caracterizaba a los socialdemócratas como el bastión principal del Estado burgués; ahora había que aliarse con la burguesía liberal y democrática, con los republicanos y liberales, para vencer al fascismo. Los denuestos contra el «socialfascismo» quedaban atrás.
No es el menor entre los grandes méritos del libro de Andrade el mostrar que el mundo de la guerra civil española con el que el libro concluye no se puede interpretar sin tener en cuenta que la España de 1936 metaboliza todas las contradicciones que estaba viviendo la Europa de los años treinta. Había sucumbido la República de Weimar. Mussolini seguía gobernando en Italia. Hitler acrecentaba su poder en Alemania. El golpe militar del 18 de julio, como bien dice Andrade, no se produce porque se hubiera previsto y planificado un proceso revolucionario. Azaña era el presidente de la República y defendía una república liberal, parlamentaria, laica. No existía esa perspectiva revolucionaria, pero el golpe, paradójicamente, es el que va a provocar que se produzca. Y aquí es donde la obra de Andrade adquiere unos contornos dramáticos que la hacen apasionante, que nos invitan a adentrarnos en las biografías desconocidas de aquellos que acuden al llamado de las Brigadas Internacionales y están dispuestos a luchar en la guerra civil española contra ese fascismo que habían sufrido en sus países. El hecho decisivo es que la política de no intervención se salda con la traición del Gobierno francés del Frente Popular a la República española que queda abandonada a su suerte. Léon Blum no se atreve a romper su alianza con Inglaterra y deja en la estacada a la República española, que solo contará con el apoyo de la Unión Soviética de Stalin.
A la traición de los socialistas franceses se une el proceder dictatorial del estalinismo. Estamos en los momentos de las grandes purgas, de los procesos de Moscú, del enjuiciamiento y la condena de las grandes figuras bolcheviques que van siendo condenadas a muerte forzándolas a reconocer crímenes y traiciones que no habían cometido. Andrade dedica varias páginas Antónov-Ovséyenko, el cónsul en Barcelona, que había sido decisivo en la toma del Palacio de Invierno, y que volvió a Moscú para ser condenado a muerte; o en Koltsov, periodista que narraba con extraordinaria brillantez el heroísmo del pueblo español y que también fue llamado a Moscú para rendir cuentas y también fue condenado a muerte; páginas que resumen la tragedia del comunismo estalinista. Drama en el interior del mundo del PCE y de Moscú y drama que afecta también a la relación con los otros marxismos del siglo XX. Tanto con el marxismo socialdemócrata como con el marxismo antiestalinista. Existieron los dos y creo que hubieran merecido más atención en la obra de Andrade.
Comprendo que pedirle más a alguien que ha escrito una obra voluminosa, prolija en datos y en biografías, en experiencias de vida y en memorias, puede ser un reproche injustificado. Si lo hago es porque entiendo que no se analiza con suficiente cuidado lo que se vive en el mundo del PSOE durante la República y la guerra civil y lo que acontece con el POUM. Son múltiples las obras publicadas sobre Largo Caballero y sobre Andreu Nin, sobre Prieto y sobre Azaña, sobre los sucesos de mayo del 37 en Barcelona o sobre marzo del 39 en Madrid. No se trata de suplir un vacío editorial que no existe, pero sí de ser conscientes del impacto que marcó a toda la generación de las Juventudes Socialistas Unificadas en aquellos momentos.
Al producirse la Transición española, uno de los temas decisivos era hasta dónde llegar en la legalización de los partidos políticos. No eran pocos los que apostaban por excluir, al menos al principio, al PCE del juego político. Tras múltiples avatares —entre los que fue decisiva la matanza de los abogados de Atocha—, Suárez se atrevió a dar un paso adelante y propición la legalización del PCE. A partir de ese momento, los dirigentes comunistas defienden un pacto con Suárez; un pacto que pasa por asumir la monarquía y la unidad nacional y defender una democracia parlamentaria. Son los años en los que se difunde la tesis de que lo relevante no es monarquía o república, sino dictadura o democracia. Al abandonar la reivindicación de la república y al apostar por renunciar al leninismo, el PCE entra en las procelosas aguas del eurocomunismo. Toda esta historia es muy posterior a lo que cuenta y analiza Andrade en su libro, pero creo que ha provocado que durante años el PCE no supiera qué hacer con la historia, con su propia historia. Máxime si tenemos en cuenta que Santiago Carrillo, el principal líder durante muchos años, acabó fuera del partido desde 1985.
Pienso que el liderazgo de Anguita tampoco sabía qué hacer con aquella historia llena de heroísmo y de crueldad. Cuando muere Paco Fernández Buey, Anguita escribe un artículo de homenaje donde relata que había sido una fuente de inspiración para él, que había logrado ser para él como un «donador de fundamentos». Unos fundamentos ético-políticos donde el comunismo aparece como un ideal moral que puede haberse iniciado con Espartaco, hasta llegar al cristianismo revolucionario, pero que no se vincula a la experiencia heroica y trágica de los hombres que habían vivido la experiencia de los años treinta. ¿Quién se hacía cargo de los Dimitrov y los Togliatti, de los que habían logrado sobrevivir al fascismo?
En la época de la Guerra Fría, cuando era esencial contraponer los dos bloques, proliferaban en Occidente las películas y las novelas sobre los avatares del comunismo. Hoy parece una historia lejana porque son otros los debates, pero esa historia está ahí esperando que alguien vuelva a recordarnos que los revolucionarios aspiraban a los cielos y se encontraron un mundo de ruinas. Hoy, cuando se habla con alegría y frivolidad de la posibilidad de una tercera guerra mundial, es bueno adentrarnos en un mundo donde los gobernantes caminaban como sonámbulos hasta que se produjo el gran estallido. Gracias a la ambición y al esfuerzo de Juan Andrade podemos hacer nuestros aquellos momentos, recordar a Jaurès y a Trotski, rememorar el asesinato de Rosa Luxemburgo y reconstruir la cárcel donde muere Gramsci; admirar la pericia de Togliatti y no olvidar el destino trágico de Antónov-Ovséyenko. Toda una trama de vidas atravesadas por coyunturas dramáticas donde un gran historiador logra hacerse cargo de los sueños y las esperanzas, de las decepciones y los fracasos de toda una generación marcada por los años treinta y por esa España donde se adensan todas las contradicciones y donde confluyen todas las fuerzas que serán decisivas años después.
A partir del libro de Juan Andrade será difícil seguir manteniendo una supuesta anomalía española que nos llevaba a conflictos cainitas. Nuestra terrible guerra civil fue un momento más de un siglo donde proliferaban las guerras civiles en muchos países y donde la paz parecía imposible. Después llegó el pacto germanosoviético y el asesinato de Trotski, la derrota del nazismo y la división del mundo en bloques militares, el XX Congreso del PCUS y los sucesos de Budapest y de Praga. Para mi generación fue decisivo el impacto del 68. Ojalá Andrade, que ha escrito páginas muy certeras sobre Fontana y Sacristán, sobre el exilio y la transición española, tenga la fuerza y la voluntad para seguir haciéndose cargo de esa historia que se inicia en 1914 y no concluye al menos hasta 1989. Los lectores que hemos disfrutado y aprendido con esta obra deseamos ardientemente esa segunda parte.

Juan Andrade
Akal, 2026
848 páginas
32 €

Antonio García-Santesmases (Madrid, 1954) es catedrático de filosofía política en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y militante del Partido Socialista Obrero Español, por el que fue diputado nacional en la legislatura 1996-2000 y de cuya corriente crítica Izquierda Socialista fue portavoz entre 1987 y 2000. Ha publicado libros como Marxismo y Estado (1986), Repensar la izquierda (1993) o Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo (2007). EL CUADERNO publicó en 2017 una larga entrevista sobre su trayectoria y su pensamiento.
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