Crítica

Correspondencia de Juan Gil-Albert

Juan Gil-Albert: amistad a lo largo y correspondencia en un Epistolario selecto

/ por Javier Pérez Escohotado /

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.
[…]
Ay el tiempo! Ya todo se comprende.
              [Jaime Gil de Biedma, “Amistad a lo largo”]

Que todos los aquí convocados estén muertos es un dato histórico que podemos obviar por ser obvio y, sobre todo, porque este Epistolario selecto tiene la virtud de revivirlos a todos, de convocarlos en su vivir, como hubiera podido decir el propio Juan Gil-Albert (1904-1994), destinatario de estas 150 cartas, una significativa selección de las 2000 que atesora su Archivo de la Biblioteca Valenciana. Al hacerse públicas estas misivas, Gil-Albert devuelve la realidad a sus corresponsales amigos, les da cuerpo y una oportunidad momentánea de quedar adheridos a su propia peripecia, a su propia historia, que es también la Historia de todos nosotros y también, la historia de una larga y correspondida amistad. Este comentario no quiere evitar un aire arqueológico y levemente museizado como, por otra parte, corresponde a un conjunto de creadores que hace tiempo ingresaron en el Museo Parnaso y habitan ya el Panteón de los Inmortales. La colección de cartas tiene, además, el rotundo valor de convocar no sólo la persona histórica, con su nombre y apellido, sino determinados entes de ficción, pues algunos de estos corresponsales son verdaderos personajes que, bajo nombres fingidos, aparecen en la obra de Gil-Albert o se convierten en calculados sparrings, elegidos oportunamente para la discusión, la reflexión, en una suerte de coloquio que, en un desdoblamiento literario, Gil-Albert practicaba consigo mismo, con sus amigos y conocidos, e incluso con otros escritores y pintores; un diálogo, en definitiva, con la Cultura, que no es otra cosa que el medio en el que uno se ha cultivado.

Digamos de antemano que leer a Juan Gil-Albert es siempre un lujo, un lujo de los de antes, un lujo clásico, que ahora se pone a nuestro alcance por el efecto que provocará este Epistolario: volver a leer a Juan Gil-Albert. A través de los amigos que le escriben estas cartas, logramos recomponer una personalidad reflejada en un espejo que nos rebotara una imagen que no tiene que coincidir necesariamente con la que él mismo proyectaba en su vida y persiste en su obra, sino la elaborada por los otros, amigos sí, pero otros. Es prácticamente unánime, por ejemplo, la proximidad y el cariño que demuestran las cartas, ya desde el mismo saludo acostumbrado: “Querido Juan”, “Querido Juanito”, “Mi querido amigo”, “Juanito”, “Juancito querido”, que oscilan entre una abierta familiaridad, el respeto formal y de forma unánime declaran su admiración por la persona y la obra.

El óleo de Enrique Climent reproducido en la portada, un retrato de cuando Gil-Albert pasaba su exilio mexicano (1940), aporta al Epistolario un mensaje paratextual: parece que este óleo tuviera la virtud de traspasar el tiempo y se hubiera convertido en un recurso plástico emblemático, pues coincide con la portada de la recién recuperada recopilación de aforismos Un arte de vivir[1], con la de las actas del congreso internacional que la Universidad de Pau organizó sobre la obra de Gil-Albert[2] y, años antes, con la portada de El culturalismo en la poesía de Juan Gil-Albert de la profesora de la Universidad de Cincinnati María Paz Moreno,[3] una de las expertas en el autor y responsable de esta selección de cartas junto con Claudia Simón, investigadora de la Biblioteca Valenciana.

Las cartas están editadas alfabéticamente por el nombre del remitente, lo que no deja de ser un orden, pero exige, a veces, desplazamientos bruscos que pueden complicar su lectura o, al menos, obligan al lector a encajar cada pieza en un tiempo largo y complejo. Alguna nota más hubiera ayudado a que el lector navegara con mayor dulzura en el mar salobre de esta elegida correspondencia y en la obra de Juan Gil-Albert, que por cierto ocupa doce tomos de prosa y tres de poesía en la edición de referencia de la Institución Alfonso el Magnánimo,[4] obra que, además, se menciona constantemente en estas cartas, pues muchas se refieren a la recepción de un libro u otro de los que iba editando Gil-Albert. Esta correspondencia, asimismo, hace descender del mármol a los remitentes de las cartas para hacerlos presentes en el plano de una cierta cotidianidad y, sobre todo, impulsa a los lectores a reincidir en la obra de Gil-Albert, destinatario de estas misivas, que se completan con los ensayos puntuales de Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, María Zambrano y Jorge Guillén, que acompañan a las cartas.[5]

Aunque algunas noticias se remonten a sus primeros libros y los años del exilio mexicano (1939-1947), este Epistolario selecto trata de cubrir un lapso temporal que va de 1944 a 1988.[6] Sus corresponsales son escritores o creadores que pertenecen a varias generaciones; del 98 aparece Concha Espina con una temprana carta de 1929,[7] en la que agradece a Gil-Albert uno de sus primeros libros: Como pudieron ser. Galerías del Museo del Prado (1929).[8] No falta el eco de su paisano Azorín,[9] quien, junto con el también alicantino Gabriel Miró, constituyen sus “dos estrellas mayores” y sus confesados “maestros” de la prosa, sin que deba olvidarse a Valle-Inclán. Un ya anciano Azorín le agradece en 1966, un año antes de morir, el Homenaje que le envía Gil-Albert. Como la obra se publicó en edición del autor en 1968, debe de tratarse de una copia adelantada de La trama inextricable, que, tal como reza el subtítulo, es un “Homenaje a Azorín”. Gil-Albert comenta esta carta en Crónica General,[10] donde aprovecha para dar las gracias a toda la generación del 98 de un sentimiento singular: “sentirme español”.  Azorín  responde al Homenaje con acierto y le dice: “Ha escrito usted unas páginas extremadamente dolorosas”; se refiere sin duda al relato de la “pasión y muerte” de X, letra a la que luego hemos podido ponerle nombre, que no es otro que el de su cuñado Venancio Aura, del que se incluye una carta fechada en 1947, un año antes de su muerte. El dramático encuentro entre Venancio y Gil-Albert sucedió en 1947: el primero se despedía de la vida y Gil-Albert pisaba el andén de la estación de Valencia con el compromiso asumido de atender a los sobrinos que quedarían huérfanos de padre, tal como se narra en esta  inextricable Trama/Homenaje remitida a su admirado Azorín.[11] Todo el Epistolario, además de las noticias concretas y el elevado nivel literario de las cartas, se convierte en una tupida y rica red de relaciones, contactos, sucesos y anécdotas que recrear “a lo largo”, como quería Gil de Biedma en su poema citado.

El bloque más sólido y abundante lo forma el grupo de sus contemporáneos, el que se identifica con la generación del 27 (Guillén, Aleixandre, María Zambrano, Rosa Chacel, Rafael Dieste, Ramón Gaya, Antonio Sánchez-Barbudo y Segundo Serrano Poncela), en la que el propio Gil-Albert podía haber sido incluido, a no ser porque su primera obra poética, Misteriosa presencia, apareció en 1936, fecha algo tardía para los estándares críticos de la época, por lo que acabará siendo desplazado a la generación del 36 o se optará por concederle el cómodo calificativo de “poeta isla”. Entre los corresponsales, aparecen puntualmente Jean Cassou[12]  y Octavio Paz, del que se añade, en apéndice, el texto “México y los poetas del exilio español”,[13] que Paz leyó en el acto celebrado en el homenaje a los exiliados españoles al cumplirse los cuarenta años de su llegada a México (10/11/1979). Gil-Albert, que llevaba treinta y dos años en España, estuvo a punto de acudir a ese homenaje, pero, al final, envió un texto que también se reproduce al final: “Sorpresa y cautiverio de México”.

Comentario aparte necesitan las cuatro cartas reproducidas de Concha de Albornoz, la hija de don Álvaro de Albornoz, el que fue ministro de Fomento y Justicia durante el bienio progresista de la II República y Presidente de la República en el exilio durante dos mandatos (1947 a 1951).[14] Gil-Albert conoció a los Albornoz en su común exilio mexicano y desde entonces inició con Concha, gran amiga también de Luis Cernuda, una amistad que se extiende en el tiempo y que, además, se trasmutará en literatura. De Concha de Albornoz (1900-1972) se incluyen cuatro cartas que transpiran cordialidad y una relación cómplice y cariñosa. El epistolario se abre precisamente con la carta en que Álvaro le comunica la muerte de su hermana Concha el 17 de febrero de 1972. Si este hachazo inicial es contundente, enseguida se nos revela la tragedia humana que se intuye en la mencionada carta de Venancio Aura, en la que habla de su enfermedad, drama que se acumula al anterior sin que a lo largo de todo el epistolario pueda el lector soslayar  esa sombra mortal que sobrevuela la lectura.

En 1952, Gil-Albert coincidió en Venecia con Concha de Albornoz y Ramón Gaya.[15] En el grupo también estaba Clara James, una alumna de Concha, que ya conocía Italia. Gaya se había anticipado y esperaba en Venecia a Concha, Clara y Gil-Albert, que llegarían el 19 de julio.[16] Para Concha, Ramón y Gil-Albert era su primera visita a Italia. Este memorable viaje fue recreado o “remontado” en Viscontiniana, escrito en 1973, en el que Concha aparece bajo el nombre de Magda y Ramón Gaya con el de Víctor.[17] Magda cumple aquí el papel de “ese estimulante que supone para nuestra comunicación el sabernos escuchados  con oído de lince pero con complacencia familiar”.[18] Víctor, apenas mencionado en dos ocasiones, “es, sin duda, el mayor ascendiente vivo que ha actuado sobre mí [Juan Gil-Albert], a través de una convivencia mantenida durante varios años”.[19] En Viscontiniana se superponen dos estructuras literarias, dos “formatos”, como se dice ahora. Con la primera elabora la visita a Venecia y las conversaciones con sus amigos sobre el cine de Visconti y, como tal narración, está escrita en tercera persona; y la segunda se inicia con la frase: “Y sigamos suponiendo que esta carta a Magda existiera; a continuación le diría…”.[20] Incluso en un punto del texto, se pasa a la segunda persona de la carta: “En el año 55 publiqué mi opúsculo Contra el cine, que te di a leer en París”.[21]   El formato de carta se mantiene hasta el final: “Pero ¡ay! esta carta, de haberla escrito, no hubiera podido ser recibida en parte alguna ya que, mientras tanto, Magda había muerto”.[22] Y, como cierre de Viscontiniana, Gil-Albert se refiere precisamente a la carta del hermano de Concha, Álvaro, que abre este Epistolario y en la que comunicaba esa muerte. En Viscontiniana, Magda es la confidente que el autor utiliza como interlocutor mudo al que van dirigidos sus recuerdos y reflexiones.[23] Víctor, por su parte, aparece como una sombra omnipresente que apenas adquiere corporeidad, pero que, en mi opinión, gobierna, sobre todo, el punto de vista, el modo o la perspectiva con la que Gil-Albert elabora su homenaje a Visconti y enhebra otras consideraciones sobre pintura y arquitectura.[24]

Más tarde, ya en los sesenta, Concha y Gaya volverán a ser convocados en ese roman à clef que es Tobeyo o Del amor. Homenaje a México (1989), obra dedicada a Salvador Moreno “a modo de sabedor. De contemplador y juez”, el corresponsal mejor representado en este Epistolario con una abundante colección de cartas inéditas. En esta novela, Concha conserva el nombre literario de Magda y Ramón Gaya aparece enmascarado tras el de Bartolomé. Está escrita durante los años sesenta, tras recibir la noticia de la muerte de quien inspiró la obra, el mexicano Guillermo Sánchez, del que se incluyen también varias cartas y cuya muerte le pudieron comunicar unos familiares suyos, si diéramos crédito a lo que se narra al final de la obra.[25] En Tobeyo, Magda aparecerá “en dos tiempos, correspondientes a la fase de lo evocado (la primera etapa mexicana del autor, 1939-1943) y de la evocación o de la escritura en Valencia”, ya en los años sesenta.[26] El primer capítulo, “Irrupción”, es una reelaboración de la carta, también recogida aquí, que Concha escribió a Gil-Albert (4 agosto 1962) contándole precisamente la “irrupción” de Guillermo Sánchez (Tobeyo) en su casa de México. Toda la obra finge ser una reconstrucción de materiales diversos, diarios (Magda) y apuntes (Hugo), recuerdos recreados, de los que su autor pretende tomarse distancia de los hechos bajo la máscara de un narrador omnisciente, aunque aparezca también bajo el nombre de Claudio, que es quien vive la relación con Tobeyo.

Si son importantes las cartas de Guillén, Aleixandre –siempre delicado de salud- y María Zambrano, que agradecen los envíos de libros y elogian la obra de Gil-Albert, en otro plano y aunque las cartas son ya de los setenta, destacan las de Rosa Chacel, con la que también mantuvo siempre un lazo incondicional, no sólo en la Valencia republicana y en la revista Hora de España, sino, ya en el exilio americano, dentro de aquel periplo que Gil-Albert y Máximo José Kahn emprendieron por la América Latina a partir de julio de 1943. Después de un accidentado viaje, llegaron a Río de Janeiro y, a los meses, recalaron en Buenos Aires, donde fueron acogidos por Rosa Chacel.[27] Años después, en una de sus cartas, ya en 1976, Rosa Chacel le habla a Gil-Albert de Maya Smerdou, una sobrina de Manuel Altolaguirre que estaba trabajando sobre la obra de su tío; le insta entonces a que le ayude, pues “ello significará la presencia renovada de aquello que podemos llamar NOSOTROS”.[28] La frase revela no ya la simple conciencia de pertenecer a una generación concreta, sino a otra categoría que tiene que ver con el exilio republicano y con la complicidad política, humana y literaria de ese colectivo del que también, en este Epistolario, aparecen cartas de Antonio Sánchez-Barbudo, Rafael Dieste o Segundo Serrano Poncela, colaboradores comprometidos en aquella célebre empresa que se llamó Hora de España. Rafael Dieste le escribe sobre el trabajo pionero de Lechner, diciéndole que éste “supone que los del grupo Hora de España somos depositarios de una experiencia importantísima, y que es imprescindible que dejemos testimonio” (60). Las cartas reproducidas de Serrano Poncela, otro compañero de la revista, son un documento extraordinario del hondo pesimismo de este exiliado que desea “la vuelta al cubil” (p. 207); en ellas, comunica un dolor muy profundo, pero también la conciencia de que forma parte de ese NOSOTROS cuando dice: “Durante muchos lustros quizás no volverá a producir España gentes como nosotros, nuestra generación, tan valiosa y tan lastimosamente perdida” (199). Ese NOSOTROS se puede reconstruir literariamente en Memorabilia (1934-1939), por medio del cual uno puede darse perfecta cuenta de hasta qué punto fue ese colectivo de Hora de España un grupo  de complicidad en intereses, proyectos, ideales y amistades sostenidas que con toda la razón ha contribuido a que, en España, se pueda hablar de una auténtica Edad de Plata.[29]

Ramón Gaya, otro de los implicados en la aventura de Hora de España, fue una persona muy influyente en Gil-Albert; tal como lo confiesa este mismo, alguien definitivo en su formación.[30]  Sus tienen ese aire directo y bronco, a la vez que amistoso, muy en consonancia con la personalidad de Gaya, no sólo un extraordinario pintor que escapó de las vanguardias como gato que huye del arte en época de reproductibilidad técnica (W. Benjamin) y de su peligrosa proximidad a la mera publicidad (E. Hobsbawm), sino un poeta y, sobre todo, un ensayista más que brillante y original. Su Velázquez, pájaro solitario o Sentimiento y sustancia de la pintura lo demuestran.[31] Ese hábito de la correspondencia –en los dos sentidos, en el de colección de cartas y de acción equivalente que se devuelve al otro-, usada como estructura divulgativa se remonta precisamente a los primeros momentos de aquella revista mensual, Hora de España, cuyas ilustraciones son todas del mismo Gaya. En el número VI (junio 1937), se reproducen dos “Cartas bajo un mismo techo”, cruzadas entre Gaya y Gil-Albert, quien había acogido en su casa de Valencia, literalmente bajo su mismo techo, a la pareja Ramón Gaya y su mujer Fe Sanz, que se habían casado en 1936, en Madrid.[32] Son dos cartas que se intercambian estos dos amigos entre marzo y mayo de ese mismo 1937, urgidos ya por la Guerra Civil y el compromiso. Tanto la carta de Gaya como la contestación de Gil-Albert pueden considerarse dos clásicos y breves ensayos sobre la relación entre el arte y la propaganda o, como dice, Gaya, entre el arte y la política. Por detrás de este formal intercambio de cartas, como telón de fondo, se insinúa  una polémica  entre el mismo Gaya y las ideas que representaba el cartelista de moda entonces en el bando republicano, militante del Partido Comunista y Director General de Bellas Artes Josep Renau, con el pretexto de dos conferencias que habían tenido lugar en aquella capital provisional del Gobierno de la II República que era Valencia, una de las cuales la había dictado el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros.[33] Si a Ramón Gaya le parecía peligrosísima la mezcla del arte y la política, Josep Renau defendía el constructivismo estético que venía de la Unión Soviética, a través de Alemania, a lo que este unía el montaje fotográfico como elementos artísticos legítimos y dignos para la propaganda política.

De Ramón Gaya se han publicado varios epistolarios y muchas cartas, pero de las diecinueve cartas suyas dirigidas a Gil-Albert que conserva su Archivo, solo se han seleccionado once. La relación con Gaya, como se va viendo, es de una importancia que el propio Gil-Albert ha escrito en diversos lugares y que, por tanto,  no precisa mayor aclaración. Las reproducidas aquí cubren anecdóticamente el mencionado viaje a Venecia de 1952 y se estiran hasta 1969, con noticias familiares sobre su hija Alicia, sus nietos y los saludos añadidos de Salvador Moreno, la pintora Soledad Martínez o la misma María Zambrano. La amistad incondicional que les unía desde jóvenes, le da pie a Gaya para criticar algunos textos menores, algunas “Caracolas”, que Gil-Albert le había enviado, y le recuerda, usando de su incondicional amistad, algo que entre ellos ya tenían hablado desde su convivencia en Valencia en 1937, algo que Gaya llamaba una cierta falta de “energía”; así mismo, le reprocha su exagerada modestia, para decirle a continuación de manera franca: “Prefiero seguir suponiéndote una calidad y una posibilidad que te comprometen” (15/6/1958).

Al igual que las cartas de Concha de Albornoz,  merece un especial comentario el riquísimo epistolario del músico mexicano Salvador Moreno (1916-1999), tal vez la persona menos conocida de todos los mencionados,[34] pero quien más empeño puso en la difusión de la obra de Juan Gil-Albert, como se verá, y el que eleva este Epistolario a una categoría que traspasa la mera relación personal para convertirla en un memorable ejemplo de amistad y generosidad. El lector –así lo he hecho yo- puede tomarse la entretenida y aleccionadora molestia de leer estas cartas en paralelo con las que Juan Gil-Albert dirigió a Salvador Moreno -la más antigua es de 1944 y la última de octubre de 1979-, que fueron editadas y anotadas de forma modélica por Luis Maristany. Salvador Moreno, un mexicano descendiente de españoles, fue de aquellos que cuando el 19 de junio de 1939 llegaba el barco Sinaia a Veracruz con 1599 exiliados españoles, entre ellos Gil-Albert, estaba a pie de muelle esperándolos. Tal como él me contaba en una serie de entrevistas inéditas, prácticamente desde entonces abandonó la casa paterna y vivió apegado a este grupo de Hora de España durante aquellos años de exilio hasta que decidió realizar el viaje inverso: él viajó desde su México natal a la España de sus padres en 1955, año en que se instaló en Barcelona.[35] Este Epistolario reproduce prácticamente todos las cartas, notas y postales que se conservan en el Archivo Juan Gil-Albert de la Biblioteca Valenciana y que  van de 1951 a 1988. Todas esas cartas evidencian desde luego una larga, cálida e incondicional amistad, alimentada sin descanso por la dedicación que Salvador puso en divulgar la obra de Gil-Albert, tanto en Barcelona como en México. La correspondencia permite reconstruir los contratiempos que sufrió la obra de Gil-Albert después de su regreso a España en 1947, año en que quedó instalado en un rocoso “exilio interior”, por no decir ostracismo sociológico. Ese ostracismo se comprueba a través de las dilaciones, las dudas y las miserias de los editores de aquellos años sesenta a los que envía sus obras. El caso o affaire con el distribuidor Pedreiras, un inútil con ánimo de lucro, puede seguirse incluso, al cabo de los años, con cierto humor si no fuera porque reproduce una situación trágica para un autor de la talla y la evolución de Gil-Albert. Manuel Aznar, al analizar las razones y el contexto de la vuelta de Gil-Albert a la España de Franco, afirma sin dudas que su “exilio interior” duró hasta la publicación en 1968 de La trama inextricable,[36] a pesar del pionero artículo de José Domingo en la revista Ínsula[37] y de las antologías en las que ya había aparecido.[38] En puntuales ocasiones, Salvador Moreno, cansado de luchar contra el desinterés de las editoriales de cierta gauche divine que desoyen sus propuestas, reflexiona con justificado pesimismo y rabia: “Tienes toda la razón, esas personas sólo ven la oportunidad comercial y la moda, pero de calidades no pueden saber nada, por la misma razón de que ellos como seres humanos no la tienen. Tanto a Barral como a Gil de Biedma y otros del grupo les he oído discutir tan tristemente que daba no pena sino rabia” (18/12/1965). A través de esta lectura en paralelo se advierte la lucha titánica de Gil-Albert por darse a conocer, por hacerse visible, por conectar con algún editor, con la ayuda insistente y cómplice de Salvador. La década de los sesenta está llena de esas cartas que recuerdan los esfuerzos de cualquier autor desconocido, innecesarios en un escritor de la trayectoria de Gil-Albert, quien, en una carta de 1972 a su amigo Salvador, le confiesa resignado: “mi obra ha ido abriéndose camino por su cuenta como un hijo que se casa lejos del padre”.[39]

La situación cambia cuando en 1972, Joaquín Marco publica la antología de su poesía Fuentes de la constancia en la colección Ocnos, en cuyo consejo de redacción están Gil de Biedma, Pedro Gimferrer, José Agustín Goytisolo, Luis Izquierdo y Manuel Vázquez Montalbán. Eso coloca a Gil-Albert en el “mentidero” literario de Barcelona y a partir de ahí, como se deduce de las cartas cruzadas entre Salvador Moreno y Gil-Albert, interviene Gil de Biedma, que es quien, de forma ejecutiva y convincente, logra imponer su criterio y mueve sus relaciones para que en 1974, un año antes de la muerte de Franco, se publiquen tres libros. Joaquín Marco, de nuevo en Ocnos, publica La Meta-Física; Barral, Crónica general y Rosa Regás, en La Gaya Ciencia, Valentín (Homenaje a William Shakespeare), con el epílogo de Gil de Biedma “Juan Gil-Albert entre la meditación y el homenaje”, que lo pone en el disparadero para que sea leído por el público en general y destapa una carrera literaria que todavía Gil-Albert llegó a ver y creo que a disfrutar.[40] Toda esa ciclópea y desalentadora lucha de Salvador Moreno que se desprende de esta colección inédita de cartas, junto a su extrema generosidad y su cordialidad le llevan a Gil-Albert a reconocer en una de sus cartas de 1968: “La amistad resulta un fenómeno más misterioso que el amor y, claro que, muchos menos corriente. Gracias”.[41]

De la generación del 50, además de José Agustín Goytisolo,[42]  son convocados, en primer lugar, Jaime Gil de Biedma, quien, como hemos dicho, fue decisivo, junto con el citado artículo de José Domingo, para que la obra de Gil-Albert traspasara el ámbito de las ediciones privadas y se diera a conocer al gran público. Las cartas de Gil de Biedma, aunque ya publicadas en su correspondencia,[43] resultan oportunas para que el lector pueda completar los entresijos de aquella peripecia editorial de lo que el propio Gil-Albert llamó, a partir de 1972, su “resurrexit” en la correspondencia con Salvador Moreno.

Las cartas de Carmen Martín Gaite son un ejemplo no sólo de alta literatura, propia de una de las mejores narradoras de su generación, sino un ejemplo de admiración y pasión lectora. Como muchos otros lectores, Martín Gaite descubrió la obra de Gil-Albert ya tarde, debido al mismo “exilio interior”· del que hemos hablado y que si en opinión de Manuel Aznar dura hasta 1968, me atrevería a ampliar, con los datos que aporta esta correspondencia, hasta 1974, en que, digamos, se divulga la obra de Gil-Albert y comienzan los homenajes y los estudios de su obra. Martín Gaite conoce la Crónica general a través del músico y cantante Amancio Prada, quien le dijo: Gil-Albert “es de los nuestros”. Después de la lectura, decide incluir al autor en esa primera persona del plural que recuerda el NOSOTROS de Rosa Chacel y siente que eso, aunque aún no se conocen, justifica el tratamiento de “Querido amigo. Alaba, entre otras, una cualidad muy característica de Gil-Albert que consiste en vivificar los grandes y eternos temas: el lujo, el amor, el progreso… Sus cartas insisten en las ganas de conocerlo personalmente, aunque el encuentro se aplaza hasta agosto de 1977, en Valencia, lo que le hace decir a Martín Gaite que es “lo más importante que me ha pasado en todo este año” (26/8/1977). El tono de las cartas, de una elevada emoción, descubre, a veces, una maternal lectora, a la vez que apasionada por divulgar la obra que ha descubierto. Otras son de una viveza extraordinaria como la recreación de lo que le habría dicho por teléfono, pero no le ha dicho (mayo 1977).

En fin, estamos ante un Epistolario bien elegido no sólo por el relieve y la fama literaria de los nombres seleccionados, sino porque permite la reconstrucción de una biografía personal y literaria que ha ido adquiriendo densidad e importancia, desde luego por los elogios que se formulan en estas cartas y por los lectores que ha tenido y tiene la obra de Gil-Albert. Este Epistolario sin duda servirá para relanzar los estudios y la lectura de Gil-Albert y de muchos de estos exiliados exteriores e interiores que sufrieron la extrema crudeza de una Guerra incivil y la dictadura que vino después, nada comparable, desde luego, a los funambulescos “exilios” recientes y a los in carcere et vinculis que exhiben quienes carecen no sólo de biografía política, sino de memoria histórica. He dicho.


[1] Un arte de vivir, Sevilla, Renacimiento, 2017, título que, por cierto, coincide con el célebre de André Maurois Un art de vivre (1939).

[2] L’intravagant Juan Gil-Albert, A. Allaigre y J. Ferrándiz (eds.), Alicante, Instituto Alicantino de Cultura (IAC) Juan Gil-Albert, 2005. El título del congreso recoge el neologismo que usó el propio Gil-Albert en el homenaje que se le dedicó a Azorín en 1985, en el que participó con “Azorín o la intravagancia” (Anales Azorinianos, 2).

[3] María Paz Moreno, El culturalismo en la poesía de Juan Gil-Albert, Alicante, IAC Juan Gil-Albert, 2000.

[4] En adelante, OPC (Obra poética completa) y OCP (Obra completa en prosa), Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo, 1982-1989. María Paz Moreno editó en un tomo la Poesía completa, Valencia, Pre-Textos, 2004.

[5] El texto que envía Rosa Chacel acabó publicándose en el homenaje que le dedicó Calle del Aire. Revista de Sevilla a Gil-Albert en 1978 y el de Jorge Guillén apareció como prólogo a La trama inextricable (1968 y 1982), tal como indican las editoras.

[6] Hay alguna excepción como la carta de Concha Espina, fechada en 1929.

[7] No suele ser incluida en esta generación, al igual que les pasa a otras mujeres que podrían pertenecer a ella desde el punto de vista cronológico. Concha Espina fue nominada al Premio Nobel este mismo año 1929.

[8] En la edición de la OCP cit., 1982, vol. 1, esta obra ha perdido la parte descriptiva del título “Galerías del Museo del Prado”.

[9] Azorín murió el 2 de marzo de 1967, al año siguiente de firmar la carta que se incluye aquí. La influencia de Azorín se puede rastrear en varios lugares; tal vez el más significativo esté en Crónica General, Barcelona, Barral eds., 1974, pp. 26-46, en el capítulo dedicado a “Mis maestros”, donde Gil-Albert dedica a cada uno de ellos su correspondiente “crónica” y en el que reconoce la influencia del escritor alicantino, al que llama “dios tutelar”, ya en su primer libro, Cómo pudieron ser (1929), concretamente en la crónica sobre “La Anunciación y fray Angélico”.

[10] Crónica General, ob. cit., p. 46.

[11] J. Gil-Albert, Memorabilia, Barcelona, Tusquets, 1975, pp. 130-140. Ver también el poema “En la muerte de V.” [Venancio], incluido en Carmina manu trementi ducere (1961). La inclusión de la carta de Venancio Aura, muy intencionada, favorece ese aire dramático que se abre con la noticia de la muerte de Concha de Albornoz en la primera carta del conjunto. Jorge Guillén, en sus palabras iniciales a la edición del autor de  La trama inextricable (1968) –incluidas en una carta aquí reproducida (p. 120)-, también se refiere a esa misma “pasión y muerte de X”. Los motivos de su decisión de regresar del exilio los sintetiza Gil-Albert en el prólogo a su Breviarum vitae, Valencia, Pre-Textos, 1999, pp. 20-21.

[12] El hispanista y crítico de arte J. Cassou fue durante veinte años director del Museo Nacional de Arte Moderno de Francia, pero había conocido a todos los escritores del 27 en Madrid y Valencia, con algunos de los cuales mantuvo una relación y correspondencia larga, Jorge Guillén entre ellos.

[13] Este texto fue incluido en la obra miscelánea de Octavio Paz, Hombres en su siglo y otros ensayos, Barcelona, Seix Barral, 1990, pp. 47-67.

[14] Cf. Memorabilia (1934-1939), ob. cit., pp. 208-209; aquí se narra el momento en que conoció a toda la generación del 27 y se sumergió en el ambiente republicano, y luego, la relación que mantuvo con algunos de ellos en México, todos ya bajo el mismo exilio.

[15] Cf. Juan Gil-Albert, Cartas a un amigo, intr., ed. y notas de Luis Maristany, Valencia, Pre-Textos, 1987, p. 24. El plan era embarcar en Barcelona hacia Génova, pero el viaje debió de sufrir algún percance y Gil-Albert, al parecer, acabó volando a Milán y, al cabo de unos días, viajando en tren a Venecia para llegar en vaporetto a Venecia –en una superposición literaria-, tal como lo hace el profesor Aschenbach en Muerte en Venecia. Cf. Viscontiniana, OCP, vol. 3, p. 19.

[16] Cf. Cartas de Ramón Gaya (A Tomás Segovia, Salvador Moreno, Rosa Chacel y María Zambrano), Murcia, Los libros del Museo, 1993, p. 17.

[17] R. Gaya relata este viaje en Diario de un pintor (1952-1953), Valencia: Pre-Textos, 1984. Se trata de un diario de pintor en el que sin duda interesan más la pintura y la arquitectura que se ve, más que las personas, viejos conocidos. No obstante, el 22 de julio de 1952 hay una larga entrada sobre Concha de Albornoz, aunque cita a los cuatro. Gaya y Concha vienen de México y Juan Gil-Albert se une a la expedición ya en Venecia. La peripecia completa de este viaje no está contada por entero. Sabemos que visitaron, además de Venecia, algunas otras ciudades como Padua, Rávena, Vicenza, Verona y Florencia, y, al parecer, Gil-Albert regresó a Valencia mientras los demás continuaban el viaje hacia Roma.

[18] Viscontiniana, OCP cit., vol. 3, p. 40. Magda, el trasunto de Concha de Albornoz, es el otro, y el mismo, personaje con el que dialoga y comenta, al cabo del tiempo y años después del viaje, sus reflexiones sobre la película de Visconti Muerte en Venecia (1971), inspirada en la célebre novela de Thomas Mann.

[19] Ibídem, p. 52. Casi textualmente se repite esta misma idea en Razonamiento inagotable con una carta final, Madrid, Caballo Griego para la Poesía, 1979, p. 39: “Atribuía a Santiago una gran devoción con respecto a mi persona [el pintor que narra el “razonamiento”] y dijo, incluso, que nadie ejercía, sobre él, una [sic] ascendiente más eficaz, incluida ella misma”. En México, Ramón Gaya, viudo tras la muerte de su esposa en la Guerra Civil española, y Gil-Albert, soltero, vivieron en la misma pensión de la ciudad de México durante seis años.

[20] Viscontiniana, OCP cit., p. 67. Sin duda esta segunda parte responde a un formato de carta que se sostiene hasta el final. Probablemente la obra se escribió en dos momentos como ocurre en Tobeyo, que incluye la evocación del tiempo pasado y la redacción final desde la que se evocan y reflexiona la historia de amor con México y con Tobeyo.

[21]  Ibídem, p. 67.

[22]  Ibídem, p. 77.

[23] “Pensando en Magda y en nuestro coloquio veneciano, le hubiera expuesto los siguiente: acabo de ver, llevado a la pantalla por Luchino Visconti, Muerte en Venecia de Mann. ¿Recuerdas?”, Viscontiniana, OCP cit., p. 61.

[24] En 1956, Concha y Juan pasaron juntos en París una semana (Epistolario, p. 23). Gil-Albert regresó a Valencia y Concha siguió hasta Roma, donde tenía una “cita” con Gaya y Tomás Segovia, para ir luego a visitar Nápoles y Grecia.

[25] Tobeyo, según consta en el Archivo Juan Gil-Albert (doc. AJGA, 964), tiene su antecedente en un cuaderno manuscrito de 1943-1944 que lleva el título de “Guillermo. Breve tratado de amor”. El nombre Tobeyo aparece por primera vez en este Archivo en el doc. AJGA, 981 / “Tobeyo. Homenaje a México.” (1962 [APR]-1980) y luego, en el fragmento publicado en la Revista de la Universidad de México 23, núms. 5-6 (enero/febrero 1969), pp. 3-7. Gil-Albert confiesa a Salvador Moreno: “je suis en train d’ecrire” este Tobeyo en una carta del 29 de diciembre de 1962 (Cf. Cartas a un amigo, ob. cit., pp. 29-30. Como vemos, la obra esperó a 1989 para ser publicada. Esta carta a Salvador, se refiere a la ya mencionada que Concha de Albornoz le había escrito desde México, en agosto de 1962, contándole a Gil-Albert la inesperada visita de Guillermo Sánchez, Tobeyo, que también se reproduce en este Epistolario (pp. 28-29).

[26] Luis Maristany, “Tobeyo o Del amor (Homenaje a México), de Juan Gil-Albert”, Vuelta, 165 (1990), pp. 46-48.

[27] Cf. Mario Martín Gijón, La patria imaginada de Máximo José Kahn. Vida y obra de un escritor de tres exilios, Valencia, Pre-Textos, 2012, pp. 177 y ss. para la estancia de Gil-Albert y Máximo J. Kahn en Buenos Aires, donde publicó, en la editorial Imán, en 1944, Las ilusiones con los poemas del convaleciente y de donde Gil-Albert regresó a México el 15 de febrero de 1945. Cf. también para toda esta etapa, César Simón, “Vida y obra de Juan Gil-Albert en México (1939-1947)”, en Exiliados. Emigración cultural valenciana, Valencia, Generalitat Valenciana, 1995, vol. 2, pp. 77-83.

[28] Esta sobrina publicará en 1979 la obra de Gil-Albert Razonamiento inagotable con una carta final, siguiendo el estilo inconfundible de las ediciones de Altolaguirre; el título, Caballo Griego para la Poesía, es un directo un homenaje a la revista que dirigía Pablo Neruda en Madrid y que imprimía Atolaguirre: Caballo Verde para la Poesía.

[29] Cf. La patria imaginada, ob. cit., cap. II. Aquí se reconstruye con detalle, a partir de las memorias y correspondencias varias de sus componentes, el ambiente que se vivía en la Valencia de 1937, sede del Gobierno republicano, y las peripecias del grupo formado por Concha de Albornoz, los Kahn y los Chacel hasta alcanzar sus respectivos destinos de exiliados.

[30] J. Gil-Albert, Memorabilia, ob. cit., pp.204-205.

[31] Cf. R. Gaya, Velázquez, pájaro solitario (1984) o Sentimiento y sustancia de la pintura (1989).

[32] Memorabilia, ob. cit., p. 204. Fe Sanz, la esposa de Ramón Gaya, murió en Figueres el 3 de febrero de 1939 a causa de un bombardeo del que salió ilesa su hija Alicia, a la que la madre llevaba en brazos. Gaya, Altolaguirre, Gil-Albert y otros de este grupo vivieron un tiempo en el monasterio de Sant Benet de Bages. Cerca de Manresa, al final de la Guerra Civil, ya movilizados en el XI Cuerpo del Ejército republicano, confeccionando un boletín de guerra. Algunos aspectos de esta estancia pueden leerse en Javier Pérez Escohotado, El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía, Gijón, Trea, 2014, cap. 8, “Hierbas de España”, dedicado a Salvador Moreno y a Luis Maristany.

[33] Una buena exposición de la polémica en www.arte.sbhac.net/Carteles/Aproxima.htm. Este intercambio de cartas venía de atrás; en concreto, de la polémica que, en la misma revista, habían sostenido Gaya y Josep Renau. Cf. Ramón Gaya, “Carta de un pintor a un cartelista”, en Hora de España, año 1, núm. 1. Valencia, enero 1937, pp. 54-56; Josep Renau, “Contestación a Ramón Gaya”, en Hora de España, año 1, núm. 2. Valencia, febrero 1937, pp. 57-60, y Ramón Gaya, “Contestación a Josep Renau”, en Hora de España, año 1, núm. 3. Valencia, marzo 1937, págs. 59-61. El pintor mexicano David Alfaro Siqueiros dictó la conferencia “El arte como herramienta de lucha” en la Universidad de Valencia, en febrero de 1937, a la que se refiere Gaya en su carta a Gil-Albert.

[34] Cf. Josep Maria Montaner, Talaia d’Amèrica, Barcelona, Columna, 1993, reconstrucción literaria en forma de diálogo del talante humano e intelectual de Salvador Moreno.

[36] Manuel Aznar Soler, «El polémico regreso de Juan Gil-Albert a España en 1947», Laberintos (Valencia, 2004). Alternativamente en www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/n-28-junio-2013/.

[37] J. Domingo, “Un poeta de la generación del 36: Juan Gil-Albert”, Ínsula, 230 (enero 1966).

[38] La Colección Adonais (núm. LXXII) había publicado, en 1951, la obra de Gil-Albert Concertar es amor y en 1953, en una antología conmemorativa del centésimo volumen, aparecen algunos poemas de este libro. Gil de Biedma en su epílogo a Valentín se refiere a esta antología y en una de sus cartas, a la “efigie” de Gil-Albert, que vuelve a ser usada en la nota sobre Fuentes de la constancia que publica en Ínsula (núm. 319, junio 1973) Emilio Miró: “Poesía. Tres colecciones (sobre Fuentes de la constancia)”.

[39] Cartas a un amigo, ob. cit., p. 101.

[40] Gil de Biedma, como demuestra la carta de marzo de 1974, le ha corregido el manuscrito de Valentín y se lo devuelve con esa carta. Leyendo esta correspondencia cruzada entre Gil-Albert y Salvador Moreno se comprueban con suficiente claridad las vacilaciones o los silencios de Rosa Regás, Barral y otros en asumir los originales que reciben de Gil-Albert o en dilatar la respuesta para la publicación. Lo mismo le ocurre con otros editores mexicanos con los que lucha a brazo partido Salvador Moreno cuando visita su país.

[41] Cartas a un amigo, ob. cit., p. 72.

[42] Le escribe desde el Taller de Arquitectura de Bofill elogiando Memorabilia, obra que acababa de aparecer en 1975 en otra editorial de Barcelona, Tusquets, y dentro de ese mismo boom editorial de Gil-Albert.

[43] Jaime Gil de Biedma, El argumento de la obra. Correspondencia, Barcelona, Lumen, 2010, pp. 348-395.


Cartas a Juan Gil-Albert. Epistolario selecto
Introducción, edición y notas: María Paz Moreno y Claudia Simón
Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, 2016
239 páginas; 14 €

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