Querido diario

El idioma de los argentinos

En esta nueva página de su diario, Avelino Fierro diserta sobre el habla argentina; «acento enfático a veces, adormecido otras», que hace a uno imaginarse «a las palabras en tropel viendo caer el crepúsculo en la quinta de un arrabal en Buenos Aires y viajando luego en 'tramway' hasta un café del centro y asomándose a una tertulia: unas saldrán lentas de la boca, como desperezándose, y otras a toque de cornetín, en formación de combate, preparadas —esto es lugar común, para nosotros, de los hablantes de allá— para argumentar o disputar durante horas con intensidad».

Querido diario

El idioma de los argentinos

/texto y dibujo de Avelino Fierro/

El 20 de noviembre llegué tarde a casa, habiendo bebido quizá algún perfumado de más. M. dormía. Me fui al salón y tomé el mando del televisor; hice un recorrido de arriba abajo por las distintas cadenas. Es algo muy relajante: esa sucesión de colores, personajes, destellos, anuncios, pitonisos, predicadores e idiomas… sin pararme en ninguno. Al menos a mí, me resulta salutífero: te idiotiza, te aturde, te prepara para el sueño (aunque ello nunca me excusa de leer un poquito ya en la cama). Tiene algún inconveniente: que uno se quede dormido en el sofá y despierte descangayado y ruinoso, con el cuello descolado.

Hubo algo que me retuvo en un canal de deportes: hablaban Valdano y, sobre todo, Batistuta, aquel delantero centro que luego jugó años en la Fiorentina. Era estupendo escucharlos. Este B. es un tipo guapo, creo yo; con su perillita y todo. Confesaba su amor por Firenze, esa ciudad en la que conserva una casa; relataba su vida deportiva trashumante. Y hablaban poco de fútbol; hubo unas referencias técnicas sobre su forma de rondar el área contraria, su distinta manera de hacerlo con aquel otro jugador para su misma demarcación, Hernán Crespo. Decían bien las palabras, las usaban con precisión y las rozaban suavemente. Era un arrullo para el oyente. Recordé un subrayado en un libro leído el día antes, «la voz que adelgazas hasta hacerla perfume».

Gabriel Batistuta

Pensé entonces en esas músicas del idioma o en otros sucesos panhispánicos. «Todo fluyó bien, fue carril», me había dicho no ha mucho el nuevo inquilino de José Menchero en su estudio de Barcelona, cuando éste me lo presentó. He olvidado su nombre, pero no esta frase, que describía una relación contractual afable. Y hace nada escuchábamos en el Cuervo interpretar al hijo de Rafael Amor viejas canciones de Mercedes Sosa y otros cantores sudamericanos. Pensé que aquellas maneras sedosas de decir servían también para la arenga si se subía el volumen. Nos enfervorizamos. «Yo creo que tenemos que ir ahora a tomar la sede del Banco de España», dijo Tacho. Pero era domingo, el día siguiente yo tenía que madrugar, y sobre todo era una noche de perros, fría y lluviosa. «No estaría mal, pero las revoluciones, mejor que sean con buen tiempo».

Aquello me influyó a tal punto que el lunes, a la hora de la siesta, orillé los dos libros de diarios que estaba leyendo y busqué el tercero de los de Ricardo Piglia, en el que ando sumergido ahora. Pero en ese volumen que narra los años 1976 a 1982 no está la revolución. Anota en las primeras páginas, el jueves 25 de marzo de 1976: «Ayer, el golpe. Me quedé leyendo esa noche hasta la madrugada y desde la ventana vi cómo los militares cortaban el tráfico, escuché voces de mando, vi colectivos encandilados con la luz de un foco antiaéreo… Vi civiles que patrullaban las calles; a la mañana siguiente volví a la ronda de escuchar las radios en cadena transmitiendo marchas militares…». Y hacia la mitad del libro: «Larga conversación telefónica con Martini Real. Estamos en ese clima de conventillo. Gregorich trató de borrar, en un artículo siniestro, a los escritores que están en el exilio con el argumento de que van a perder su contacto con la lengua argentina (objetivo, Saer)…».

Ya; no quiere uno imaginarse a un argentino desterrado de su idioma, de su manera de decir. Porque eso es lo que hay —creo yo— de característico, una cierta manera: ese acento enfático a veces, adormecido otras. Imagino a las palabras en tropel viendo caer el crepúsculo en la quinta de un arrabal en Buenos Aires y viajando luego en tramway hasta un café del centro y asomándose a una tertulia: unas saldrán lentas de la boca, como desperezándose, y otras a toque de cornetín, en formación de combate, preparadas —esto es lugar común, para nosotros, de los hablantes de allá— para argumentar o disputar durante horas con intensidad.

Borges, ya en 1927, en El idioma de los argentinos, habla de «esa plena entonación argentina del castellano». Y en ese ensayo sobre la poesía gauchesca que está en su libro Discusión, escribe: «He comprobado que saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis peculiar, es haber descubierto su destino». Esas generalizaciones son muy frecuentes en el escritor argentino; esa frase es una nadería, aunque hermosa.

Habla también del coloniaje idiomático, y en las críticas que hace de Américo Castro en esta materia reacciona como si de una ofensa a la nación se tratara. Pero sus ejemplos a la contra son siempre breves, anecdóticos y no demasiado profundos, aunque llevan encerrado un anhelo de generalidad. Es ésa una manera habitual de proceder. Lo dice Piglia en Crítica y ficción: «Borges en realidad es un lector de manuales y de textos de divulgación y hace un uso bastante excéntrico de todo eso». Sí, a veces nos parece lector de un único libro: la Enciclopedia Británica.

Mas, en el caso de los argentinos, tan ampulosamente suyos, uno está tentado de pensar que incluso puede ser cierto, que la Entonación configura el Ser y el Lenguaje. A mí me sucede, cada cierto tiempo, con mi amigo Pablo Bonorino, de Mar de Plata, que lleva aquí toda una vida, casado con Concha, una chica de Alcalá,  y con tres hijos, y como si nada, sigue percutiente: cada vez que me habla me parece que estoy allá, que he cruzado el océano. Alguien que no lo conozca lo juzgará como un aspamentero. Nada de eso; su hablar es de allí, como el mar, a veces un oleaje encrespado, otras manso y que muere en la arena de la playa. Es un tipo entrañable —colaboró en mi primer libro, Una habitación en Europa; compartimos ideas y aficciones— al que le sucede lo mismo que a Renzi, el personaje de R. Piglia, que ha estado expuesto mucho tiempo sin protección al brillo inigualable de la lengua y sintaxis argentinas.

Me invitó a finales de noviembre a participar en un curso filosófico que él dirigía en Orense, sobre gestión de conflictos en el estado de Derecho. Los asistentes eran licenciados mexicanos y brasileños. Él era el único argentino y, sin embargo, a mí se me sobreponía, por encima de todos los demás rumores de las lenguas, el especial sonsonete y aroma de su voz. Y nada podían hacer contra ello otras conversaciones, ni las palabras de los amigos gallegos ni las del otro ponente, mi interlocutor más asiduo durante esas jornadas, Perfecto Andrés Ibáñez.

Lo mexicano. A pesar de ser  el grupo más numeroso y bullanguero, tampoco uno lo captaba o no me influía en demasía. Son de otra pasta, con un punto distinto de cocción. Dejan otro gusto en el paladar, también muy sabroso pero quizá excesivamente condimentado. Hace nada, en un diario español, decía un articulista de allí que la fascinación por lo simbólico del nuevo presidente mexicano podía hacer ineficaz su política. Eso es inaudito, improbable, impensable verlo escrito por uno de aquí y de uno de de los nuestros. Algunas señas de identidad están contadas por Juan Villoro en un artículo de su libro Efectos personales, titulado «Iguanas y dinosaurios».

En fin, que yo volvía tras pasar a la vuelta el monte Padornelo, bien oreados cabeza y espíritu por la niebla y el viento tras unos cuantos kilómetros, dejando aquello muy atrás, y recién llegado a casa me tuve que poner a leer a D’Ors, Biedma y Brines para volver a la normalidad vital e idiomática. Las músicas de Batistuta, Borges y Bonorino, cual melodiosos cantos de aves canoras, se me estaban quedando prendidas en el cuerpo, como ese olor a humo que se queda en la ropa, cuando los cuatro parroquianos íntimos de la taberna el Cuervo quedamos a última hora y Maite echa el pestillo, baja las cortinas y algunos se ponen a fumar.


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en tres volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012), Ciudad de sombra (2013-2014) y La vida a medias (2015-2016), todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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