Estudios literarios

¿Por qué todos los jugones sonríen igual, Daimiel?

Ángel Luis Miguel Martín reseña 'La jugada de todos los tiempos: fútbol, mito y literatura', libro nacido de una tesis doctoral que indaga en la relación, cada vez más íntima y prolífica, entre fútbol y literatura.

¿Por qué todos los jugones sonríen igual, Daimiel?

/por Ángel Luis Miguel Martín/

Hablar de «un armazón plano y muy ligero cubierto o forrado de tela y sujeto con un cordel largo que se echa al aire para que las corrientes de aire lo eleven y muevan dentro del conjunto de las cosas que existen, especialmente concebido como un todo ordenado por oposición al caos» es, si es algo, pedante, aburrido, confuso y nada estimulante a la lectura.

Si hablamos de un barrilete cósmico, la cosa cambia.

Bien lo sabe David García Cames, autor de La jugada de todos los tiempos: fútbol, mito y literatura, libro nacido de una tesis doctoral que indaga en la relación, cada vez más íntima y prolífica, entre fútbol y literatura. Entre el fútbol jugado y el fútbol contado. Entre el barra brava auténtico que vive por y para Boca, o River, o Lanús, o el Racing y aquél otro creado por Casciari, o El Gordo Soriano, o Villoro o Vázquez Montalbán. Entre el Abdón Porte verdadero y el Juan Polti de Quiroga. Porque el fútbol, dice, «se detiene y sobrevive en la palabra».

El libro, dividido en tres secciones principales, analiza el tratamiento que los diferentes escritores han hecho del fútbol y sus componentes para defender la hipótesis del futbol(ista) como una forma más de mito literario que cumple con todos los requisitos para ser tratado, teóricamente, de tal modo. El conjunto de textos analizados, en los que «el relato del fútbol y el de ficción se encuentran en un lugar diferente al que recoge la crónica periodística», es abrumador en cantidad y sorprendente en calidad, sobre todo para aquellos que no se hayan acercado anteriormente a la literatura futbolística (nada que ver con la literatura analítica del fútbol). Y eso que sólo considera textos en castellano (bien se deduce de las páginas que podría / puede / ¿lo hará? completar el estudio con análisis de textos en otras lenguas).

La primera sección del libro es un repaso canónico de los diferentes autores y textos que han tomado el fútbol como referente, base, protagonista, motivo, excusa o coincidencia para crear poemas, relatos, cuentos, novelas o ensayos. Desde los orígenes del propio deporte hasta la avalancha actual, centrándose en aquellos que fueron y son paradigmáticos y que, además, utilizará en las secciones posteriores para razonar su tesis. El recuento filológico de estos textos (algo semejante se pudo leer en el fabuloso artículo «Literatura y fútbol: Un siglo de gambetear con palabras» de Horacio Convertini recuperado recientemente por esta revista) entusiasma al lector conocedor del canon y alimenta la necesidad de saber de aquél que se acerque por primera vez al mismo. Las horas de lectura alternativa que surgen de estas primeras ciento y pico páginas son cuantiosas y recomendables.

El verdadero estudio teórico comienza en la segunda sección, El mito del héroe, en la que García Cames aplica la teoría del monomito de Joseph Campbell a los textos futbolísticos y sus protagonistas para demostrar que estamos ante una forma más de mito literario. En este caso y por la naturaleza propia del deporte de élite, nos encontramos con un mito efímero, un héroe entre dos mundos cuyas «proezas […] hechas crónica llegan a confundirse con la leyenda». Del mismo modo que el escritor Juan Gómez Jurado hace con la saga Star Wars en Todopoderosos, García Cames se vale de los textos escogidos para, paso a paso, analizar las distintas etapas del viaje identificando, incluso, en cada momento, al futbolista con un mito clásico. Elementos literarios como la apoteosis, la hamartía o la hybris se mezclan en el texto con Teseo, Aquiles o Telémaco haciendo siempre referencia a un Maradona, un Djukić o un Platko inventados por Fontanarrosa, Bonilla o Alberti. Como mito que es, y como colofón de ese viaje, «el héroe no sabe morir. Su lucha más allá de la muerte, “hasta el final de los tiempos”, se expresa […] contra la condena de no ser nadie en la palabra».

Franz Platko (1898-1983), a quien Rafael Alberti dedicó una oda durante sus años como guardameta del FC Barcelona.

La última sección del libro, La mitificación del juego, analiza la condición mítica del fútbol en sí, del juego en sí. «El juego sale entonces al encuentro del mito como vivencia primordial del ser humano en todas las épocas». El primer requisito, dice el autor, para un jugador es «tomarse su juego en serio». Una seriedad, la del profesionalismo, que aleja al juego de lo lúdico y lo somete a unas reglas que hay que aceptar para tomar parte. A este respecto, García Cames acepta la división que Roger Callois hace del universo de los juegos en cuatro elementos (competencia, azar, imitación y vértigo) para plantear su hipótesis de que «el fútbol puede ser entendido como una actividad lúdica sometida a un continuo proceso de mitificación del que, en nuestro caso, participa también la literatura». A lo largo de esta sección se nos van mostrando elementos adyacentes al juego, cercanos o no al mismo, como son el árbitro, los estadios, la mujer, la política o la corrupción y que dan sentido pleno a la hipótesis planteada por el autor. La literatura nos enseña cómo todos estos factores, junto con los propios deportistas, conforman un mundo, el del fútbol, que «queda expuesto a su relato, a la reelaboración continua de una historia cuya pervivencia se manifiesta en la capacidad de adaptación de su elemento mítico».

El fútbol, en definitiva, «recibe de su relato […] carta de naturaleza mítica». La jugada de todos los tiempos, el mejor gol de la historia, aquel gol que Maradona le marcó a Inglaterra en los cuartos de final del mundial de México 86 dio lugar, desde el mismo momento de su ejecución, a su propia literatura. La narración, mítica desde su creación, del uruguayo Víctor Hugo Morales transformó, instantáneamente, una acción futbolística en un relato literario. Convirtió una carrera de 10.6 segundos en un momento eterno. Hizo de la leyenda un mito.

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