Historia

Putin, Duguin y la nueva ultraderecha

¿Es Putin un gobernante totalitario? ¿Quién es Aleksandr Duguin, el gran ideólogo del eurasianismo, a quien se conoce como el 'Rasputín de Putin' y cuya 'cuarta teoría política' fascina a las ultraderechas de todo el globo, y también a parte de la izquierda poscomunista? Pablo Batalla Cueto reseña 'El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo', de Masha Gessen.

Putin, Duguin y la nueva ultraderecha

/por Pablo Batalla Cueto/

En 2013, Vladímir Putin celebró su décimo Valdai Club anual, un viaje oficial de un fin de semana de duración en el que abordaba un tema de su elección ante un grupo escogido de extranjeros expertos en Rusia. En aquella ocasión, decidió hablar así sobre la soberanía y la identidad nacional rusas:

La identidad rusa enfrenta un grave desafío. Este tema tiene aspectos que atañen tanto a la moral como a la política exterior. Vemos a muchos países euroatlánticos rechazar sus propias raíces, incluyendo los valores cristianos, que conforman los cimientos de la civilización occidental. Rechazan sus propios cimientos morales, así como todas las identidades tradicionales: nacional, cultural, religiosa e incluso de género. Adoptan políticas que colocan a familias numerosas en pie de igualdad con relaciones del mismo sexo y la fe en Dios con los cultos satánicos. Un exceso de corrección política ha conducido al punto de que se habla de registrar partidos políticos que promueven la pedofilia. En muchos países europeos, la gente siente vergüenza y miedo de hablar sobre su afiliación religiosa […]. Y éste es el modelo que se le está imponiendo agresivamente al mundo entero. Estoy convencido de que éste es el camino a la degradación y a la primitivización, una profunda crisis demográfica y moral.

El líder indiscutible de la nación más grande del planeta (todavía una décima parte de la tierra emergida) habla en estos términos, y en ello estriba la fascinación y el cierto padrinazgo que ejerce sobre las nuevas ultraderechas que han ido germinando en todos los países de Occidente. Todos los vocablos fetiche de la alt-right mundial (identidad, soberanía, valores cristianos, tradición), y también todos sus odios (corrección política, homosexualidad, feminismo) puntean y atraviesan el discurso de este antiguo agente de la KGB soviética que ha devuelto a Rusia, postrada y exámine bajo el grotesco Yeltsin, al olimpo de las grandes potencias mundiales, y encarna también en consecuencia la idea de reconquista o de recuperación de pretéritas grandeurs que vertebra las propagandas de los Trump, Le Pen o Abascal y humedece los sueños de sus prosélitos. Todos admiran y elogian a Putin; y si los políticos deben hacerlo con cierta prudencia, obligados a ello por el mandamiento mercadotécnico de no espantar al voto moderado, no sucede lo mismo con los intelectuales afines, que pueden permitirse expresar su arrobo sin ambages. Así, por ejemplo, el español Fernando Sánchez Dragó, para quien Putin se alza como

el mejor político del mundo, el único que de verdad gobierna en vez de pastelear, pronuncia «las palabras viejas» de Antonio Machado «que han de volver a sonar», defiende la civilización europea nacida de la Hélade, Roma y la Cristiandad, planta cara al terrorismo yihadista en Siria y recupera, a mayor gloria de Tolstói, Dostoyevski y Solzhenitsyn, los valores y las tradiciones de esa Santa Rusia que en otros tiempos mereció el calificativo de Tercera Roma y salvó a Europa de las embestidas mongolas, tártaras, otomanas y nazis.

En consecuencia, leer e informarse sobre los ya casi dos decenios que Putin lleva instalado en el Kremlin (se convirtió en presidente el 31 de diciembre de 1999 y dejó de serlo en 2008 obligado por la limitación de mandatos prescrita por la Constitución rusa, pero colocó en el poder a modo de títere a Dmitri Medvédev, y regresó a la presidencia en 2012) emerge como una cierta necesidad en países como España en los que la derecha radical comienza a acrecer dramáticamente sus porcentajes de voto. Con todas las prevenciones, y salvando todas las —a veces inmensas— distancias culturales, históricas y políticas, el veintenio putiniano esclarece y alecciona sobre lo que significa el ultramontanismo conservador cuando rige sin contrapoderes ni cortapisas los destinos de una nación. ¿Qué significa que Santiago Abascal quiera ser el Putin español? ¿A qué España aspira Sánchez Dragó?

Cambio y continuidad

Masha Gessen

La editorial Turner acaba de publicar en español un libro estadounidense, El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo, de Masha Gessen —periodista de The New York Times de origen ruso y activista LGTB—, que ofrece exactamente eso: una crónica absorbente y peculiar, narrada a través de las vicisitudes biográficas de un puñado de personajes reales, de los convulsos últimos treinta años de historia de Rusia que, remontándose a la crisis terminal de la Unión Soviética, encamina al lector hacia el telos del advenimiento de Putin, y seguidamente narra la sucesiva caída o más bien el regreso del país hacia lo que la autora no tiene empacho en calificar —argumentándolo espléndidamente— de nuevo totalitarismo. El colapso de la Unión Soviética, viene a afirmar Gessen, no fue tal, sino sólo un mero bache en una historia de varios siglos en la que pesan más las continuidades que las rupturas. El tiempo —sostiene— vino a confirmar que la evolución pendular que Yuri Levada, padre de la sociología rusa, le había detectado a la Unión Soviética no se detuvo cuando la bandera roja fue arriada del Kremlin el día de Navidad de 1991.

Levada, sustentándose en varios años de concienzudos estudios del sistema soviético, había llegado a adquirir la convicción —resume Gessen— de que

la sociedad soviética oscilaba como un péndulo entre periodos de opresión extrema y de relativa liberalización, como había sucedido con Jrushchov y más recientemente con Gorbachov, y que estos ciclos obedecían a una lógica pragmática. Los periodos de liberalización permitían mantener a raya las frustraciones y, más importante aún, harían emerger a la superficie a las personas que las instrumentalizarían. De esta manera, los agitadores potenciales, visibles y activos, eran eliminados por la inevitable represión subsecuente. A la larga, estos ciclos garantizaban la estabilidad del régimen.

Tras el colapso soviético, Levada pasó a creer y a considerar que el ciclo se había roto con la Perestroika gorbachoviana, una oscilación del péndulo demasiado amplia y que provocó el derrumbe de todo el edificio. Pero —se pregunta Gessen—, «¿y si en realidad no era esto lo que había sucedido? ¿Y si en realidad el péndulo sólo había oscilado lo necesario para perpetuar esos ciclos? ¿Y si los cambios en las fronteras, la estructura del Estado y las leyes no reflejasen ni provocasen cambios profundos y verdaderos en la estructura de la sociedad?». Todas esas preguntas se pueden resumir en una sola: la que sobre la Italia reunificada se hacía Tomasi di Lampedusa en El gatopardo. ¿Cambió todo en Rusia para que todo siguiera igual?

A juicio de otro ilustre sociólogo ruso, Lev Gudkov, hecho suyo por Gessen, la respuesta es :

En teoría, la regla del partido se había abolido, pero las personas eran las mismas. La antigua nomenklatura siguió controlando la burocracia y la burocracia continuó controlando la sociedad, manteniendo así su estructura invertida. La conmoción de la década de 1990, si acaso, había acelerado el proceso de rotación cuyo resultado era que personas cada vez menos informadas y menos competentes llegaran a la cima. La censura se había abolido pero, tras un breve periodo de libertad, el Estado estaba controlando los medios de comunicación. La KGB había cambiado de nombre y perdido algo de su alcance (y algunas de sus funciones, cmo el control de las fronteras), pero el poder judicial siguió estando al servicio del poder ejecutivo, el estado de derecho no se había implantado y las fuerzas del orden consideraban que su función era la protección del Estado. Aunque la sociedad se había desmilitarizado en cierta medida, Putin revirtió el proceso; de hecho, el mismo día en que la dimisión de Yeltsin lo convirtió en el presidente en funciones, Putin encontró tiempo para firmar una medida que reinstauraba el entrenamiento militar en las escuelas secundarias. La economía ya no la dirigía un organismo de planificación central, pero no había perdido su naturaleza distributiva: el Kremlin repartió propiedades y prebendas durante la privatización de la década de 1990, y desde su acceso al cargo también Putin puso manos a la obra redistribuyendo compañías y riquezas. En un nivel inferior de la cadena alimentaria a esta forma de funcionar se le llamaba corrupción, pero no era exactamente eso, puesto que el problema no radicaba en ningún burócrata en particular, sino en el propio sistema de restricción y redistribución de bienes y servicios.

Partidarios de Putin se manifiestan frente al Kremlin.

¿Totalitario o autoritario?

¿Es, pues, totalitario el régimen de Putin? Gessen dedica las páginas más interesantes de su libro a desentrañarlo con detenimiento, previa exposición paciente de las principales teorías que sobre el totalitarismo fueron desarrollando, a lo largo del siglo XX, autores como Luigi Sturzo, Carl Joachim Friedrich o Hannah Arendt; y también la que un sociólogo germanoespañol profesor de ciencia política en la Universidad de Yale, Juan José Linz, acuñó en los años setenta para distinguir los regímenes totalitarios de los autoritarios (y considerar al régimen de Franco uno de los segundos, a lo que apologetas del franquismo como el historiador Luis Suárez se agarrarían con entusiasmo). Según esa distinción, en los regímenes autoritarios, la frontera entre Estado y sociedad no se difumina; no se vertebran en torno a ideologías, sino a mentalidades, y, al contrario que los regímenes totalitarios, buscan bajos niveles de movilización social. Sus sujetos característicos son pasivos y apolíticos: simplemente aceptan la autoridad de un partido o de una persona.

Luigi Sturzo (1871-1959)

A medida que el gobierno de Putin fue evidenciándose más y más despótico, algunos analistas occidentales comenzaron a aplicarle con cautela, con base en la distinción de Linz, el término autoritario. En efecto, no parece que Putin cumpla en puridad los puntos clave que, por ejemplo, Luigi Sturzo —un sacerdote italiano de orientación demócrata-cristiana avant la lettre, exiliado a Londres en 1924 y más tarde a Nueva York— señalaba en 1936 como característicos de un régimen totalitario: la centralización administrativa extrema; la militarización del Partido y de la vida colectiva en base a ansias de revancha o sueños imperiales; la ausencia de libertad económica, existiendo sólo «sindicatos estatales o corporaciones sin libertad de acción, controlados y organizados desde el interior del Estado y para el Estado»; o lo que Sturzo desgranaba así:

Todos deben tener fe en el nuevo Estado y aprender a amarlo. Desde las escuelas hasta las universidades no basta con el sentimiento de conformidad; la relación con el nuevo Estado tiene que ser de rendición intelectual y moral, de entusiasmo ciego, de misticismo religioso […] Debe crearse todo un ambiente moral completamente nuevo para reforzar el trabajo en las escuelas. De ahí que el libro de texto oficial, el periódico uniformizado e inspirado en el Estado, el cine, la radio, los deportes, los clubes escolares, la entrega de premios, no sólo están controlados sino que están dirigidos hacia un fin: la veneración por el Estado totalitario, ya sea su estandarte la nación, la raza o la clase. El conjunto de la vida social es continuamente movilizado por medio de desfiles, festivales, concursos, plebiscitos, eventos deportivos, calculados para capturar la mente, la imaginación, los sentimientos del populacho. Pero para atizar este espíritu colectivo de exaltación, la veneración por el Estado, o la clase o la raza en sí mismos serían demasiado vagos. El centro vital de la emoción es el hombre, el héroe, el semidiós —Lenin, Hitler y Mussolini—, cuya persona es sagrada y cuyas palabras son la obra de un profeta […]

Tampoco se puede decir, si no es exagerando, que el desempeño de Putin alcance los extremos que desgranaba Friedrich, que en los años cincuenta enumeraba los siguientes cinco puntos:

  • Una ideología oficial, consistente en un cuerpo oficial de doctrinas que abarcan todos los aspectos vitales de la existencia del hombre y a la cual se espera que cada miembro de la sociedad se afilie al menos pasivamente […]
  • Un único partido de masas, compuesto por un porcentaje relativamente pequeño de la población local (hasta el 10%) de hombres y mujeres dedicados apasionada e incondicionalmente a la ideología y preparados para contribuir por todos los medios con su aceptación general; el mismo está organizado de manera estrictamente jerárquica y oligárquica, con frecuencia bajo un líder único, y se encuentra habitualmente por encima o completamente fundido con la organización burocrática del gobiermo.
  • El monopolio casi total y condicionado por la tecnología del control […] de todos los medios eficaces de lucha armada.
  • De manera similar, un monopolio casi total y condicionado por la tecnología del control […] de todos los medios eficaces de comunicación masiva.
  • Un sistema de control policial por medio del terror, que depende para su efectividad de los puntos 3 y 4, y caracterizado por ejercerse no sólo sobre enemigos probados del régimen sino también y de manera arbitraria contra clases determinadas de la población.

En cuanto a Arendt, ella resaltó en sus obras, entre otras, una clave especialmente pertinente: los elementos esenciales del totalitarismo son la ideología y el terror de Estado, pero la sustancia de la ideologia —hasta donde la ideología tiene sustancia— es irrelevante; cualquier ideología puede convertirse enfundamento de un sistema totalitario si se puede encapsular y combinar con el terror. En lo que respecta a Putin, ideología, no se puede decir que su partido, Rusia Unida —observador de la Internacional Demócrata de Centro— la tenga muy definida: se trata más bien de uno de esos partidos atrapalotodo identificados antes que nada con la nación o con un líder carismático y capaces de sostener con soltura discursos diferentes y hasta contradictorios en función del momento histórico y del lugar, como el Fianna Fáil irlandés o el PRI mexicano.

La cuestión es que, aunque algo pueda haber, en una suerte de versión light, de todo lo que Sturzo, Friedrich o Arendt señalaban, o pueda barruntarse que el recorrido del putinismo vaya a ser ése, Rusia sigue disponiendo de estructuras, organizaciones y medios que escapan al control del Kremlin y, al menos, una apariencia de pluralismo e imperio de la ley; y el terror de Estado putiniano, con existir sin ninguna duda (he ahí los asesinatos y envenenamientos mortales de políticos y periodistas disidentes como Anna Politkóvskaya, Aleksandr Litvinenko, Borís Berezovski o Borís Nemtsov, cuyo asesinato bajo el puente Bolshói Moskvoretski de Moscú se narra al final del libro de Gessen, una de cuyas protagonistas es Zhanna Nemtsova, la hija del magnate), no es todavía arbitrario, sino selectivo.

Manifestación en memoria de Borís Nemtsov en Moscú.

¿Autoritario, entonces? Podría ser, pero hay una cuestión muy relevante que algunos pensadores rusos enfrentados a este debate comenzaron a señalar en un momento dado: los distintos modelos desarrollados por los autores citados, pensados para arrojar al mismo saco al fascismo y al comunismo soviético, fallaban en algunas cosas en lo que respectaba a la URSS; y quizás, por ende, también a la Rusia de Putin. Esos fallos tenían que ver con el hecho de que todos aquellos primeros estudiosos del totalitarismo habían sido exiliados que habían elaborado sus descripciones desde el exterior, y a los que algunos matices les habían quedado fuera del alcance.

Así lo explica Gessen:

Viéndolo desde el exterior no se podía apreciar, por ejemplo, si las personas asistían a un desfile porque las obligaban o si lo hacían de manera voluntaria. Por lo general, los investigadores asumían un punto de vista o el otro: las personas eran o víctimas pasivas o fervientes adeptos. Sin embargo, viéndolo desde dentro, ambas suposiciones eran erradas, tanto para el conjunto de participantes en el desfile (o de cualquier otra forma de acción colectiva) como para cada uno de ellos de manera individual. No se consideraban víctimas indefensas pero tampoco se consideraban fanáticos. Se consideraban normales. Eran miembros de una sociedad. Los desfiles y otras variadas formas de la vida colectiva les daban un sentimiento de pertenencia que los seres humanos por lo general necesitan. No estaban en posición de evaluar los riesgos de no-pertenencia en comparación con esos mismos riesgos en otras sociedades, ni de pensar en cómo que a uno lo marcaran como un extraño en la Unión Soviética conllevaba penalidades inconmensurablemente mayores que las de que lo marcaran como tal en una democracia occidental. No estarían mintiendo si decían que deseaban ser parte del desfile o del colectivo en general; y que si ellos mismos ejercían presión sobre otros para que se integraran en el colectivo lo hacían de buena gana. Pero esto no los convertía en verdaderos adeptos de la ideología, al menos no en la manera en que los occidentales podían concebirlo: la ideología servía simplemente como una llave para la unidad, como el lenguaje común del colectivo. Además, la marca de la ideología totalitaria, según Arendt, era su naturaleza hermética: rechazaba al resto del mundo y ningún argumento era capaz de romper la burbuja. Los ciudadanos soviéticos vivían en el interior de la ideología: era su hogar y les parecía de lo más normal.

Resultaba lógico que, considerados de cerca, los dos pilares del totalitarismo —ideología y terror— se vieran de forma diferente a como se veían desde la distancia. Resultaba lógico también que los investigadores sobrestimaran el peso de la ideología porque su objeto de estudio eran los textos, y los textos reflejaban la ideología más que cualquier otra cosa. Los intelectuales siempre caían en la trampa de confundir la palabra escrita con un reflejo de la vida real.

En la Unión Soviética, la ideología demostró ser mutable. La línea oficial se movía radicalmente, desde el internacionalismo hasta la «amistad entre los pueblos», desde considerar a la familia como un anacronismo burgués hasta considerarla como la célula fundamental de la sociedad soviética. Lo que no cambiaba era la importancia de la movilización alrededor de lo que fuera que la ideología fuese en cada momento, ni la idea de que el país era excepcional. ¿Y si la ideología como tal no era un componente tan importante de la sociedad totalitaria? ¿Y qué había del terror? Arendt escribió su libro poco después del Holocausto; el terror estalinista se cobraba aún cientos de miles de víctimas cada año. Sin embargo, la Unión Soviética perduró durante décadas después de que el terror en masa cesara en 1953. Quizá el terror era necesario para el establecimiento de un régimen totalitario pero, una vez establecido ¿podía mantenerse por medio de instituciones que llevaban en sí el recuerdo del terror?

Siguiendo esta línea, cuando pensadores rusos como Lev Gudkov comenzaron a reflexionar sobre estas cuestiones, lo hicieron preocupándose menos del surgimiento del totalitarismo que de su resistencia a desaparecer. Putin, después de haber desmembrado algunas de las instituciones totalitarias de la vieja URSS, como el Partido-Estado o la militarización total, había empezado a recrearlas o a crear algo que se les parecía mucho; que las imitaba. Bajo su égida, Rusia permanece en estado de movilización y todo contribuye a ese propósito: la retórica, los renovados desfiles militares, los movimientos juveniles del Kremlin con sus campos de entrenamiento… Y la frontera entre el Estado y la sociedad, nunca demasiado clara en Rusia, si no ha desaparecido, cada vez es más evanescente.

Gudkov comenzó por proponer para el putinismo la etiqueta de pseudototalitario, pero acabó acuñando una definición propia de totalitarismo en la que Putin sí encaja perfectamente, basada en la simbiosis del Partido y el Estado; un consenso social forzado creado a través del monopolio de los medios de comunicación y de una censura estricta; el terror de Estado —no necesariamente masivo— ejercido por la policía secreta, los servicios especiales y estructuras paramilitares extrajudiciales; la militarización de la sociedad y de la economía; una economía planificada de distribución y los crónicos e inevitables racionamientos de bienes, servicios, información, etcétera, complementados por estructuras informales de economía paralela; un estado de pobreza crónica que hace que la población no tenga esperanzas en un futuro mejor, y una población estática, con límites estrictos en la movilidad social tanto vertical como horizontal, excepto la que impulsa el Estado para sus propios propósitos. Es decir, Gudkov no incluye, como Arendt, la ideología en su lista de características del totalitarismo: «había llegado a la conclusión —explica Gessen— de que la ideología sólo era esencial muy al principio, para permitirle a los futuros dirigentes totalitarios hacerse con el poder. Luego aparecía el terror. Después, la necesidad de encajar haría el resto» y aparecería el doblepensar, pero no en los términos de George Orwell en 1984, sino como «una fragmentación habitual, casi pasiva, que se daba cuando las personas […] pensaban lo que necesitaban pensar con tal de encajar en un momento particular», de tal manera que «los seres fragmentados no podían fomentar y mantener relaciones de solidaridad, ni podían pensar el futuro de manera creativa, algo esencial para cualquier esfuerzo colectivo».

Otra pensadora, Ekaterina Shulman, popularizó el término régimen híbrido, describiéndolo como «el régimen autoritario en el nuevo momento histórico», que «sobrevivía imitando en distinta medida, estratégicamente, a la democracia y al totalitarismo». También se han acuñado términos como cleptocracia o capitalismo mafioso, pero éstos daban una idea de asociación voluntaria, de que uno pudiera decidir si participaba en el sistema mafioso o no y seguir con su propio negocio de manera autónoma, que casos como el de Mijaíl Jodorkovski, un oligarca encarcelado por Putin y actualmente exiliado en Suiza, demostraban falaz. También se ha hablado de democracia iliberal, pero es un término que tiene el hándicap de describir aquello que designa en base a lo que no es y en base a lo que es, como si se pudiera describir un elefante como un animal que no puede volar ni trepar a los árboles. En consecuencia, Bálint Magyar, un sociólogo húngaro, acuñó a su vez su propio concepto: el de estado mafioso poscomunista, que valdría lo mismo para la Rusia de Putin que para la Hungría de Orbán o la Polonia de los Kaczyński. En él —resume Gessen—

el pequeño grupo de poder se estructuraba exactamente como una familia. El centro de la familia es el patriarca, que no gobierna, «dispone: de cargos, de riqueza, de estatus, de personas». El sistema funciona como una caricatura de la economía de distribución comunista. El patriarca y su familia sólo tienen dos objetivos: acumular riquezas y centralizar el poder. Esta estructura familiar es jerárquica, y sólo se accede a la membresía por derecho de nacimiento o de adopción. En el caso de Putin, su círculo interno lo conformaban hombres con los que él había crecido en las calles y los clubes de judo de Leningrado, el siguiente círculo incluía a hombres con los que había trabajado en la KGB y el FSB, y el siguiente círculo lo integraban hombres que habían trabajado con él en la administración de San Petersburgo. Muy raramente, «adoptaba» a alguien en la familia […] No se puede abandonar la familia a voluntad: la única forma es que te expulsen, repudien y deshereden. Violencia e ideología, los pilares del Estado totalitario, se volvían meros instrumentos en manos del Estado mafioso.

Viktor Orbán y Vladímir Putin

La pervivencia del homo sovieticus

Sea como sea, hay un vasto acuerdo en que mucho de la Unión Soviética sigue vivo o renace en la Rusia actual. Pero no sólo eso. El libro de Gessen también sostiene, y es especialmente interesante cuando lo hace, que mucho de la Rusia ultraconservadora actual estaba ya vivo —o había renacido después de morir en 1917— en la fatigada y gerontocrática Unión Soviética tardía. La Gran Guerra Patria (nombre que se da en Rusia, evocando la Guerra Patria contra Napoleón, a la segunda guerra mundial) fue en este sentido el gran parteaguas, y lo fue por varios motivos. La guerra había compelido a Stalin a permitir y promover una cierta recuperación de iconografías religiosas y nacionalistas, proscritas en tiempos anteriores, y un relajamiento del ateísmo oficial soviético a fin de cohesionar y enardecer el esfuerzo de guerra atrayendo a él a aquéllos a quienes el Dios ortodoxo y los viejos héroes patrióticos del zarismo seguían conmoviendo más que las nuevas épicas socialistas: derrotar a Hitler, podría haber dicho el Vozhd, bien valía una misa. La devastación demográfica que siguió a la guerra, por su parte, hizo a Jrushchov impulsar una peculiar política natalista que terminaría por redundar en un ensalzamiento de la familia tradicional y de sus valores, que en tiempos anteriores habrían sido despreciados como burgueses. Y al calor de todo ello, no había tardado en rebrotar también una doble ignominia con hondas raíces en la psique rusa tradicional, que la primerísima URSS había aplacado tan sólo momentánea y tenuemente: el antisemitismo y la homofobia. Los lodos actuales proceden en buena medida de aquellos polvos.

De todas formas, la herencia soviética más relevante en lo que respecta a explicar la Rusia de Putin —al menos en opinión de Gessen— no es ninguna de las recién citadas: lo es, sobre todo, la forma singular de ciudadanía que la Unión Soviética había llegado a producir; un tipo ideal, pero bien real, de hombre o mujer soviéticos de cuya pervivencia o inercia Putin acabaría por extraer enorme provecho a la hora de encaramarse a la especie de neozarato que encarna hoy: el homo sovieticus, así bautizado por el filósofo, sociólogo y novelista Aleksandr Zinóviev en un libro con ese título publicado en 1982, pero caracterizado sobre todo por el ya citado Yuri Levada.

Acrítico a la fuerza y autoaislado por prevención de todos aquellos que constituían el Otro y en los que por lo tanto no podía confiar —explicaba Levada y recoge Gessen—, el homo sovieticus había llegado a aceptar al Estado soviético como una suerte de gran padre que alimentaba, vestía, alojaba, educaba y proporcionaba empleo y medios de vida a sus ciudadanos y en general los premiaba por actuar bien, pero también los castigaba por actuar mal, sin importar cuán pequeña fuera la infracción. Si abjuraba de ese patriarca bifronte, lo hacía exclusivamente en privado, como un adolescente que mascullara sus frustraciones en la soledad de su cuarto. Levada solía ilustrar esto con un cuento que —nos cuenta Gessen—

narraba la historia de los campesinos de una granja colectiva que esperaban a que empezara una reunión del Partido mientras se quejaban de sus terribles condiciones de trabajo y de sus jefes, que les imponían metas irrealizables. Cuando se inicia la reunión, los trabajadores toman la palabra uno tras otro para alabar los logros de sus granjas colectivas y vanagloriarse de sus propias contribuciones a la causa soviética. Una vez terminada la reunión, regresan a sus casas y vuelven a quejarse de su absurdo trabajo y de la paga miserable. Levada mostró que la diferencia entre el comportamiento público y el privado, inmediatamente reconocible para todos sus oyentes, se podía entender no sólo como una manifestación de hipocresía, sino como una institución social y cultural.

El padre ordenaba y el hijo obedecía sin hacer preguntas ni cuestionar lo absurdo de algunas de las órdenes. Así, por ejemplo, cuando Lavrenti Beria cayó en desgracia a la muerte de Stalin y fue a la postre fusilado por los nuevos mandarines del Kremlin, los suscriptores de la Gran Enciclopedia Soviética recibieron una carta que encargaba que las cuatro páginas dedicadas al antiguo jefe del NKVD fueran recortadas con tijeras o una cuchilla de afeitar, teniendo cuidado de preservar los márgenes interiores a fin de pegar unas nuevas páginas sobre el estrecho de Bering; y todo lleva a pensar que la mayor parte de los suscriptores de la enciclopedia así lo hicieron. Tal y como lo expone Gessen, la nueva Rusia regida por Putin vendría a ser algo así en la historia del país: una nueva página que los ciudadanos rusos recibieron el encargo de pegar en el margen dejado por el recorte de la página soviética anterior sin comprometer la vigencia, la unidad ni el orden de la gran enciclopedia en su conjunto. La nueva Rusia es la URSS con otros ropajes, o vino viejo en odres nuevos, tal como la URSS fue en medida no pequeña la Rusia zarista pintada de rojo; un poco como cierta escena de Doctor Zhivago en la que un campesino pregunta si ese Lenin es el nuevo zar.

Desfile del Día de la Victoria (recuperado por Putin después de ser cancelado por Yeltsin) de 2016.

En busca de un líder fuerte y una misión

En un Doctor Zhivago que se rodara hoy y que reflejara el parto de la Rusia poscomunista, aquel campesino se preguntaría si Putin es el nuevo secretario general del PCUS, y a la respuesta, igual que a la de aquel otro labriego de si Lenin era el nuevo zar, no le costaría mucho ser que sí. El partido único —porque lo es en la práctica— se llama ahora Rusia Unida, pero su papel no es muy diferente en la práctica de aquél que la Constitución de 1977 otorgaba al PCUS: ser «la fuerza dirigente y orientadora de la sociedad», «el núcleo de su sistema político, de las organizaciones estatales y sociales» y determinar «la perspectiva general del desarrollo de la sociedad, la línea de la política interior y exterior».

El libro de Gessen da buena cuenta de esa continuidad histórica relatando, por ejemplo, cómo en un momento dado el Kremlin comenzó a patrocinar una serie de organizaciones subsidiarias pensadas para proporcionar una ilusión de pluralidad, pero estrechamente sujetas a la tutela de Putin: grupos como Nashi («Nosotros») o la Joven Guardia, brigadas homófobas y también contrarréplicas de las organizaciones de los disidentes. Si éstos publicaban un diario llamado Aktsiya, «Acción», los nuevos grupos respondían con un periódico llamado Reaktsiya. Si los disidentes organizaban una Marcha de los Disidentes, ellos organizaban una de los Consentidores a la que bien podría aplicársele lo que el historiador Yuri Afanásiev bautizara en época soviética como «la agresiva obediencia de la mayoría».

Al mismo tiempo, se imponían limitaciones a la financiación exterior de organizaciones no gubernamentales: las que la recibieran pasaron a tener que registrarse como «agentes extranjeros», a presentarse así en todas sus comunicaciones públicas —desde tarjetas comerciales hasta artículos de opinión— y a reportar sus finanzas. Se impusieron asimismo medidas como que los candidatos que se quisieran presentar a las elecciones debieran presentar una fianza electoral de en torno a veinte mil dólares, de tal manera que si el candidato conseguía menos del 5% de los votos, el Estado se quedaba con el dinero; y se desarrollaron distintas limitaciones a la movilización. Así, en un momento dado comenzó a exigirse una solicitud que, si se otorgaba, suponía que la policía acordonase un área proporcional al número de participantes previstos, colocando detectores de metales en los accesos al espacio acotado. Los organizadores y la policía debían negociar los detalles de la inspección: poder entrar o no con botellas de agua, poder llevar o no pancartas con planchas de madera o de metal, etcétera. Si resultaba que los organizadores habían subestimado el número de participantes, se exponían no sólo a pagar multas sino también a tener problemas en sus relaciones posteriores con la policía.

La cuestión es que, con pocas excepciones, el pueblo ruso fue acogiendo todos estos recortes de sus libertades con indiferencia, cuando no con entusiasmo. Putin es literalmente idolatrado en Rusia, donde por todas partes uno se encuentra tiendas de merchandising putiniano que venden camisetas, tazas, chapas, carcasas de móvil y otros objetos en los que el presidente aparece retratado montando un oso, pilotando un avión de combate, jugando al hockey sobre hielo o disparando un kaláshnikov (un culto a la personalidad tipo macho alfa que el partido ultraderechista Vox parece intentar replicar en España con estrafalarias representaciones de su líder montando a caballo, corriendo por alguna apartada carretera con una camiseta del Ejército de Tierra o bebiendo de un río). Los índices de popularidad de Putin registrados por instituciones demoscópicas como el Centro Levada nunca han descendido del 65%, y han llegado a ser del 87%.

Putin montando un oso.

En cierta medida, todo forma parte y se deja explicar por un Volksgeist atravesado por una fascinación milenaria por los líderes fuertes. A Nicolás II Románov no lo tumbó la represión de la Ojrana, ni enviar a millones de rusos a la carnicería de la primera guerra mundial, sino enviarlos para perderla; y con Gorbachov y Yeltsin sucedió algo parecido, salvando las distancias y con menos dramatismo y efusión de sangre. El pueblo ruso no soporta los zares enclenques, y cuando el capricho histórico instala uno en el Kremlin, los rusos corren a demandar en las calles uno nuevo que no lo sea y que le restaure al zarato la majestad obligada, no importa si satrápica con tal de poderosa, en un país que lleva siglos concibiéndose a sí mismo como una Tercera Roma llamada a redimir al mundo.

Del libro de Gessen también es interesante, en este sentido, su crónica de cómo el caos de los primeros noventa y sus angustias y zozobras aparejadas hizo al pueblo ruso, después de un entusiasmo antisoviético inicial reflejado en momentos como el derribo de la estatua de Dzherzhinski, fundador de la Cheka, o el echarse a la calle de las masas para detener el golpe de Estado de 1991, acabar abrazando muy poco después una equívoca nostalgia comunista manifestada, por ejemplo, en el éxito de algunos programas televisivos que la explotaban retransmitiendo viejas canciones y películas. Cuando apareciera la televisión por cable, llegaría a haber un canal llamado Nostalgia y con la hoz y el martillo como símbolo, dedicado exclusivamente a retransmitir programas soviéticos. «Según los estudios realizados entre los años 1989 y 1994, los rusos estaban hartos de pensar en el futuro. Estaban buscando en el pasado su sentido de identidad y estaban impregnando este pasado con un aire adicional de saludable conservadurismo», explica Gessen, que también expone que

un elemento de aquella nostalgia que se estaba haciendo evidente a finales de 1995 era la añoranza por un líder fuerte, capaz de ejercer esa autoridad para la que el homo sovieticus siempre estuvo preparado. Ahora Yeltsin no parecía la persona adecuada para desempeñar este papel: se había vuelto pasivo, con frecuencia ausente, siempre enredado en un forcejeo tras otro con el parlamento, a pesar de que desde hacía tiempo éste había dejado de parecer importante. Su ejército estaba peleando una guerra prolongada y sin esperanzas contra ciudadanos rusos en Chechenia, y el propio Yeltsin, que alguna vez había parecido un gigante, desaprovechaba torpemente esta oportunidad para demostrar firmeza. En dos ocasiones los insurgentes chechenos tomaron como rehenes a grupos numerosos en territorios adyacentes a Chechenia, en un intento por obligar a Rusia a negociar. La primera vez, Yeltsin desapareció y su primer ministro tuvo que manejar las negociaciones; la segunda vez, Yeltsin hizo comentarios incoherentes ante las cámaras de televisión.

Rusia necesita, sí, un líder fuerte, pero no sólo eso: también una misión digna de esa Tercera Roma que, sucesora de la propia Roma y de Bizancio, Moscú viene aspirando a ser («y no habrá una cuarta», le decía el monje Filoteo al zar Basilio III) desde la toma otomana de Constantinopla. Gessen relata igualmente que, concernido por esa necesidad, Yeltsin, después de ganar las elecciones de 1996, se lanzó a buscar una nueva idea nacional rusa, para lo cual creó una comisión dirigida por su asesor Georgy Satarov. Se le concedió un año para presentar el resultado, y cuenta Gessen que, entonces,

el periódico del gobierno, Rossiyskaya Gazeta, lanzó un concurso de ensayo con un atractivo primer premio: diez millones de rublos, cerca de dos mil dólares, para el texto que expresara la mejor idea nacional en siete páginas como máximo. Satarov, intelectual y liberal, se apresuró a tranquilizar a la opinión pública sobre el hecho de que la comisión no estaba diseñando una ideología al estilo soviético para imponerla al pueblo. En lugar de eso, trabajaría para articular una idea con la cual la nación pudiera estar de acuerdo y con la que quizá ya estuviera de acuerdo.

Se rumoreó que en el otoño de 1997, Yeltsin revelaría la nueva idea nacional durante una visita a la floreciente Nizhni Nóvgorod, que seguía siendo un capítulo exitoso de la transición poscomunista, y que esa idea iría en la línea de presentar a Rusia como un país capitalista trabajando para el glorioso futuro de un «capitalismo del pueblo»; de un «capitalismo con igualdad de oportunidades». Pero el concurso de ensayo fracasó, y el gran premio nunca se atribuyó.

Entretanto, en todo aquel magma de confusa nostalgia y necesidad de una nueva idea nacional, la Gran Guerra Patria se había convertido en el único acontecimiento que parecía ocupar un lugar inequívoco en la memoria de la nación, y se convirtió en un vehículo ideal cuyos faros delanteros —expone Gessen— «alumbraban el futuro de la Unión Soviética como superpotencia», cuyas luces traseras «proyectaban un brillo purificador sobre los crímenes del régimen antes de la guerra» y cuya fortaleza «opacaba oportunamente las pérdidas colosales de los militares soviéticos y el desprecio por la vida humana que había hecho posible la victoria soviética».

Putin participa en una misa ortodoxa en la iglesia de la Intercesión de la Santa Virgen, en el pueblo de Turginovo.

Aleksandr Duguin y los desecadores del Pantano

Mientras Yeltsin cosechaba aquellos fracasos en su pretensión de encontrar una nueva misión planetaria que hallara en Moscú su Meca, un oscuro filósofo llamado Aleksandr Duguin había ido desarrollando, fuera de los circuitos oficiales, su propio ideal de lo que Rusia tenía que significar en el mundo, que en 1997 condensaría en un influyente ensayo titulado Fundamentos de geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia. Lo había hecho apoyándose en dos de esos descubrimientos intelectuales deslumbrantes que marcan una vida, y que en el caso de Duguin —hijo de un oficial de la inteligencia militar soviética— fueron la obra de Martin Heidegger, el gran filósofo alemán del ser (y también un simpatizante del nazismo), y la de René Guénon, un teórico tradicionalista francés que, fascinado por las religiones y los esoterismos orientales, había propuesto a principios del siglo XX una visión del mundo moderno como desviación y degeneración de lo que llamaba la Tradición Perpetua y Unánime, así como de la oposición clásica entre Occidente y Oriente como un artificio ideológico que no había existido en la Edad Media —a la que Guénon ansiaba regresar de algún modo, identificando en ella un beatífico Reino del Espíritu— y que debía ser anulado.

Pertrechado de estas lecturas, así como las de autores como el esoterista neofascista italiano Julius Evola, Duguin fue adquiriendo la convicción —explica Gessen— de que «había que abandonar todos los sistemas de creencias, todo lo aprendido, a favor de lo que él llamaba tradicionalismo total, una especie de meta-ideología que contenía al cosmos. En realidad, contenía tanto que tal vez fuera mejor definirlo por aquello que excluía resueltamente: el mundo moderno como tal». Se trata no ya de luchar contra una u otra ideología, sino contra la cosmovisión que sustenta toda ideología: el materialismo antimetafísico cientifista y racionalista heredero de la Revolución francesa.

Duguin descubrió su propia Tradición Perpetua y Unánime en la fe ortodoxa, pero no en la Iglesia ortodoxa contemporánea, sino en una facción denominada Viejos Creyentes, seguidora de antiguos rituales y cánones eclesiásticos y que se había escindido del tronco común de la ortodoxia en el siglo XVII. También en una visión geopolítica conocida como eurasianismo, con origen en las primeras décadas del siglo XX y en las ideas del príncipe y lingüista Nikolái Trubetskói, y entreverada de un rechazo visceral a la idea de Occidente: «Eurasia —dice Duguin— es la posibilidad para los pueblos y las civilizaciones de seguir su propio camino y, si la lógica del camino lo exige, no sólo un camino no occidental, sino incluso un camino antioccidental».

Esa visión debe tener en opinión de Duguin una traslación material en forma de «un Orden eurasiático simétrico al que se denomina Gobierno Mundial y se esfuerza por gestionar los procesos globales desde el punto de vista de los intereses de Occidente. Eurasia es principalmente una nueva élite pensando globalmente pero la mayor parte de las veces opuesta a lo que piensan y, lo más importante, hacen las jefaturas intelectuales de Occidente». Rusia —sostiene Duguin— debe liderar, y de hecho lidera, una telurocracia conservadora y autocrática opuesta a la talasocracia plutocrática y tecnocrática encabezada por Estados Unidos y el Reino Unido. De Occidente, Duguin rechaza incluso el logro civilizatorio que fue la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Los derechos humanos universales no tienen nada de universal», gusta de afirmar.

Fascinado también por el nazismo y particularmente por la figura de Hitler, en quien admiraba, en aquellos caóticos años noventa, la capacidad para cohesionar a una sociedad desilusionada y transformar el caos en orden —pero despreciándolo por capitalista, igual que a Franco, a quien también admiraba moderadamente—, Duguin acabó muñendo una fusión entre la izquierda comunista y la derecha radical nacionalista y tradicionalista que bautizó —lo hizo en un libro publicado en 2009, La cuarta teoría política— como cuarta posición o cuarta teoría política, entendiéndola como igualmente superadora de la democracia liberal, el socialismo y el fascismo, las tres grandes teorías políticas anteriores, fallidas y despojadas ya de «toda legitimidad» a juicio de Duguin. Todavía en una entrevista reciente para Política Exterior, Duguin resumía así esta idea (de la que considera que su mejor expresión en Europa occidental corresponde al Gobierno italiano actual):

[…] Bernanos decía: «La burguesía es de izquierdas o de derechas; el pueblo no». Hoy, la burguesía no es ya de derechas o de izquierdas: es liberal. El liberalismo hoy es económicamente de derechas y moralmente de izquierdas. Aborto, progresismo y gran capital. Eso es precisamente la globalización: Hillary Clinton, la Unión Europea… El populismo por el que abogo es precisamente lo opuesto: económicamente a la izquierda, unido a valores conservadores tradicionales. Estos dos aspectos han sido abandonados por los liberales. En la Modernidad, la izquierda era progresismo cultural unido a justicia social, y la derecha tradicionalismo y libre mercado. Con el liberalismo actual, la parte tradicionalista y la justicia social se abandonan y demonizan. El establishment no reconoce a la derecha tradicional de los valores, que demoniza como fascismo; tampoco la lucha por la justicia social, que demoniza como estalinismo. El populismo debe unir la derecha de los valores con el socialismo, la justicia social y el anticapitalismo. Es la posición de mi cuarta teoría política, de mi propuesta de populismo integral.

Lo que todo esto significaba en el contexto ruso era una refusión de Rusias históricas que glorificaba por igual a la zarista y a la estaliniana, así como la defensa de una alianza estratégica con Irán, Turquía y los países árabes, pueblos en los que Duguin ve un modelo social más solidario que el capitalismo y la globalización. Con estas ideas, Duguin contribuyó a fundar un nuevo Partido Nacional-Bolchevique (cuya bandera imitaba a la de los nazis, pero con una hoz y un martillo negros en el lugar de la esvástica) y tiempo más tarde lideró una escisión más agresiva llamada Frente Nacional-Bolchevique y que hacía bandera explícita de un fascismo rojo.

Entretanto, los Fundamentos de geopolítica habían ido agotando edición tras edición, y habían acabado convirtiéndose en uno de los libros de texto incluidos en el plan de estudios de la Academia de Oficiales de las Fuerzas Armadas rusas (algo así como el West Point estadounidense) y otras facultades militares merced al impulso de Ígor Rodionov, ministro de Defensa entre 1996 y 1997 y director de la institución. En el libro, Duguin afirma que «la batalla por el dominio mundial de los rusos» no ha terminado y Rusia sigue siendo «el escenario de una nueva revolución antiburguesa y antiamericana» y reivindica una Rusia expansionista que reconfigure el mundo en función de sus intereses y, entre otras cosas, se anexione Finlandia y Ucrania y desmantele China.

Poco a poco, Duguin fue haciéndose más y más popular a golpe de diatriba contra la globalización, el «dogma liberal» y lo que llama el Pantano, formado por «los adeptos a las sociedades abiertas, […] los maníacos en favor de los derechos de los homosexuales, del Ejército de Soros y de los humanistas». Duguin llama a conformar una internacional que lo deseque con lemas que, como éste, remedan los de la vieja Comintern: «¡Desecadores del Pantano de todo el mundo: uníos!».

Ya en la década del 2000, Duguin fundó un llamado Movimiento Eurasia y, como Harry a Sally, encontró a Putin. La relación concreta del Movimiento Eurasia con el Kremlin es algo equívoca, pero evidente a tenor de las alabanzas que Duguin prodiga a Putin más allá de que en ocasiones lo acuse de blandura, como cuando el presidente rechazó invadir Ucrania tras la crisis del Maidán. Hay quien, de hecho, lo llama el Rasputín de Putin y lo responsabiliza del giro eurasiático imprimido por Putin a la política exterior rusa en 2014 tras la propia crisis ucraniana, que Rusia aprovechó para anexionarse la península de Crimea. También elogia Duguin a Donald Trump, el día de cuya investidura fue para él, según declaró a Bloomberg aquel día, «increíblemente hermoso, uno de los mejores momentos de mi vida»; aunque de él también ha dicho que «es un paso hacia nuestro objetivo, pero es insuficiente».

A Duguin, el escritor francés Emmanuel Carrère lo describía así en su biografía ficcionada de Eduard Limónov, líder del Partido Nacional Bolchevique (con quien Duguin acabaría enemistándose): «Habla quince idiomas [entre ellos un perfecto español], lo ha leído todo, bebe alcohol a palo seco, tiene una risa franca y es una montaña de conocimiento y encanto». En su panteón, resumía Carrère, están «Lenin, Mussolini, Hitler, Leni Riefenstahl, Mayakovski, Julius Evola, Jung, Mishima […], Wagner, Lao Tzu, Che Guevara […] y Guy Debord. […] Rojos, blancos, marrones, no importa: Nietzsche tenía razón, lo único que cuenta es el ímpetu vital».

Homofobia de Estado

En su ensayo, Masha Gessen también se ocupa, como no podía ser de otro modo siendo quien es, de la espantosa persecución que los homosexuales padecen en Rusia; una persecución antigua (ya la Unión Soviética había aprobado leyes discriminatorias) pero que se ha ido agravando dramáticamente en los últimos años, en que la discriminación legal cada vez se ve más acompañada de agresiones, cacerías y asesinatos homófobos perpetrados ante la indiferencia del Kremlin. Gessen narra esta persecución a través de uno de los personajes reales cuyos devenires, conocidos por la autora a través de sucesivas entrevistas, vertebran y personalizan su narración de los últimos treinta años de historia de Rusia: en este caso, Liosha Gorshkov, un académico especialista en estudios LGTB que acabará exiliándose en Estados Unidos y de quien Gessen cuenta cómo descubre su orientación sexual, una temprana paliza que le deja numerosas secuelas, sus problemas y necesidades de camuflaje para especializarse en la temática LGTB como académico en Rusia o su sorpresa cuando descubre que en Ucrania, que tendía a ver como la prima tosca y provinciana de Rusia, hay 37 grupos LGTB registrados, estudios de género y teóricos de estudios homosexuales en varias de sus universidades, algo inimaginable en la propia Rusia.

Gessen relata cómo el recrudecimiento de la homofobia de Estado dio inicio con una alerta orquestada sobre una presunta amenaza pedófila sustentada en algunos casos judiciales muy sonoros y frecuentemente falsos. En 2008, Duguin lanzó un llamamiento a los hombres rusos para que mataran a los pedófilos dondequiera que se encontraran, y un boxeador retirado llamado Alexander Kuznetsov adquirió popularidad y admiración por haber asesinado a un hombre de diecinueve años al que afirmaba haber sorprendido mientras intentaba violar a su hijastro, algo de lo que nunca se presentó evidencia. Izvestia reportó que no le resultaba fácil «salir a la calle en San Petersburgo. La gente se para a estrecharle la mano y pedirle su autógrafo»; y Duguin le declaró su apoyo.

Sobre esas bases, no fue difícil ir ampliando esa primera alerta antipedófila hacia los homosexuales, contra los cuales fue extendiéndose desde diferentes púlpitos, lo mismo eclesiásticos que políticos, una sospecha insidiosa de pederastas en potencia como la que en España avientan algunos obispos. En general, el Gobierno ruso se ha venido mostrando muy hábil a la hora de generar y manejar determinadas oleadas de provechosa angustia. Masha Gessen lo ilustra así:

Los telediarios y programas matinales transmitían segmentos muy parecidos entre sí que generaban angustia de manera rutinaria. Si se trataba de noticias, se centraba en los peligros de las drogas o los depredadores sexuales. Entonces entraba al estudio una persona que se presentaba como activista y explicaba que el Gobierno no estaba haciendo lo suficiente para combatir el peligro. ¡Debería haber pena de muerte para los traficantes de drogas! ¡Había que castrar a los pedófilos! Hacia el final de este monólogo, los presentadores —generalmente un hombre y una mujer— entraban en pánico, gritando que nadie protegía a sus hijos de las drogas y los pedófilos. El formato evocaba una tradición soviética, en la cual siempre era la imaginaria «gente común» la que supuestamente suplicaba al Partido que impusiera leyes más restrictivas y punitivas, pero su propósito principal era mantener un nivel de angustia constante y elevado.

En este caso, la ola homófoba así orquestada permitió justificar como una demanda popular la prohibición de las marchas del Orgullo Gay o dos leyes polémicas que prohíben respectivamente la «propaganda sexual» dirigida a menores —con un texto lo suficientemente ambiguo como para que pueda ser penalizada cualquier información sobre «relaciones sexuales no tradicionales»— y la adopción de niños rusos por parte de parejas homosexuales extranjeras; y todo ello mientras las agresiones físicas, palizas y asesinatos de homosexuales reales o presuntos no dejan de crecer, perpetradas por grupos neonazis con total impunidad.

Ante hechos como éstos, sabidas todas estas cosas, cabe preguntarse cómo es posible que Putin sea objeto hoy de la admiración no ya de la ultraderecha mundial, lo que es manifiestamente comprensible, sino de una parte de la izquierda poscomunista, que con el pretexto de celebrar el fin del mundo unipolar dedica al presidente ruso (y en algún caso también a Duguin, deslumbrada por su vertiente antiamericana y antineoliberal) encendidos elogios que trascienden con mucho los que motivaría uno de esos encamajes extraños e incómodos a que en ocasiones obliga el juego de tronos geopolítico. Recuerdan estos neoprosoviéticos de algún modo a esos planetas que siguen girando alrededor de su estrella después de colapsar y convertirse en una enana blanca. Sólo una nostalgia irrefrenable de un Moscú en torno al cual orbitar puede explicar que algunos intelectuales de cuyos valores progresistas no puede dudarse por lo demás coincidan con Sánchez Dragó en expresar una admiración rendida hacia alguien bajo cuya égida se perpetran semejantes ignominias: así, por ejemplo, Manuel Monereo, para quien Rusia sigue siendo «un gran arca de Noé para todos los que quieren que este mundo tenga sentido».

Libros como el de Masha Gessen, con todas sus carencias (la principal, un enfoque demasiado elitista, centrado en hijos de la clase alta, muy distinto de la recopilación de voces populares diversas que hubiera efectuado una Svetlana Aleksiévich), ayudan a mantenerse alerta ante los cantos de serpiente de esta clase de fascinaciones que debieran ser contra natura. Ante horrores como los hasta aquí resumidos, sólo debiera responderse lo que Raimon proclamaba ante el franquismo en su célebre Diguem no: «Nosaltres no som d’eixe món».


El futuro es historia: Rusia y el regreso del totalitarismo
Masha Gessen
Turner, 2018
600 páginas
25,56€


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

 

1 comment on “Putin, Duguin y la nueva ultraderecha

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