Sociología y antropología

Por cumbres y llanuras: el irrenunciable placer de caminar

Siruela publica 'Los Alpes en invierno: ensayos sobre el arte de caminar': un libro a mitad de camino entre la crónica montañera y el elogio del pasear que reúne ensayos sobre alpinismo de Leslie Stephen, el padre montañero de Virginia Woolf.

Por cumbres y llanuras: el irrenunciable placer de caminar

/por Manuel Fernández Labrada/

No tiene nada de extraño que en nuestra sociedad actual, cada día más urbana y sedentaria, cobren interés los libros que hacen del caminar una experiencia también literaria, donde confluyen las aspiraciones a una vida saludable y ese amor por la naturaleza tan extendido hoy en día. No cabe la menor duda de que el placer que disfrutamos cada vez que damos un pequeño paseo por el bosque no es muy distinto del que experimenta quien regresa a su casa tras una larga ausencia. Dado por descontado que es imposible nuestro retorno a la naturaleza de la que provenimos, sí que nos resulta posible, al menos, visitarla. Más allá de la literatura de montaña y aventura, son muchos los libros publicados en nuestro país, durante los últimos años, que nos acercan al sencillo placer del caminante, tanto de autores contemporáneos (Le Breton, Leigh Fermor…) como clásicos (Stevenson, Thoreau, Schelle…). Dentro del segundo grupo destaca el que ahora presentamos, Los Alpes en invierno: ensayos sobre el arte de caminar: un libro a mitad de camino entre la crónica montañera y el elogio del pasear, traducido para Siruela por Carlos Jiménez Arribas. Parece innecesario advertir que para disfrutarlo no es preciso haber visitado los Alpes o ser alpinista. Bastará con pertenecer a los modestos gremios de caminante ocasional, amigo de la naturaleza o aventurero de biblioteca. De la misma manera que Baudelaire aliviaba su spleen evocando cadalsos mientras fumaba su pipa, nosotros, más avisados, soñaremos, en nuestro sillón, con cumbres alpinas, arriesgadas expediciones sobre la nieve o simples paseos por la orilla del mar.

Ascención al Mont Blanc (1787)

Los Alpes en invierno reúne tres ensayos escritos por Sir Leslie Stephen (1832-1904), destacado montañero, ensayista e historiador británico, fundador del Club Alpino y editor del Alpine Journal; un buen representante de ese caballero inglés culto, andariego y deportista, que durante la época dorada del alpinismo clásico sabía conjugar la pluma con el bastón alpino y la cuerda. El primero de los textos recogidos, La puesta de sol desde lo alto del Mont Blanc (The Cornhill Magazine, 1873), tiene como asunto principal la ascensión del autor a la célebre montaña maldita (4810 m), efectuada por la ruta del Goûter en ese mismo año. El título, sin embargo, ya nos advierte de que la gesta deportiva ocupará un lugar secundario en el relato. En efecto, a poco que leamos de este emocionante texto, se nos imponen dos características de la escritura de Stephen muy alejadas de la mera crónica alpina: su minuciosa descripción de los efectos de luz y color en la montaña y una prosa cuidadosamente trabajada, rica en citas literarias que enriquecen notablemente su lectura. Tras un emotivo elogio del Mont Blanc, al que defiende como el legítimo e indiscutido «Monarca de los Alpes», Stephen se complace en pintar todos los efectos que produce sobre el paisaje una puesta de sol observada desde una altura y posición tan privilegiadas: un «fenómeno de extraordinaria belleza que hasta la fecha no han presenciado más de media docena de seres humanos». Aunque escasean, como anunciamos, los detalles técnicos, no faltan las advertencias acerca del peligro que entraña escalarla, ni el recuento de sus numerosas víctimas. (Quizás sea oportuno recordar que dos años antes, en 1871, había salido a la luz un célebre libro de otro montañero británico del Alpine Club, Edward Whymper, Scrambles among the Alps, donde se daba cuenta de la primera ascensión a otra importante cumbre alpina, el Cervino, que se saldó con una de las más sonadas y polémicas tragedias del montañismo clásico). El espectáculo observado por Stephen desde la cima del Mont Blanc finaliza con la aparición de la luna llena, que, con toda su belleza, no puede constituir para el montañero sino un anticlímax: «Y es un hecho que la falta de nubes la venía a corroborar el disco intacto de la luna llena, que, si me apuran, tenía como cara de tonta, como si fuera una imitación del sol de mala calidad, incapaz de tener las sombras a raya».

Leslie Stephen junto a su hija, Virginia Woolf.

Aunque la noche, evidentemente, no es momento para deambular por la alta montaña, estas despectivas palabras sorprenderán a más de un enamorado caminante nocturno, sobre todo si considera que los primeros conquistadores del Mont Blanc (Balmat y Paccard, en 1786) solo pudieron retornar de la cima gracias a la iluminación lunar. Cabe sospechar que los osados montañeros —«profanadores» de los más sagrados recintos de Gaia: sus cumbres— son criaturas eminentemente solares.

El segundo texto, Los Alpes en invierno (The Cornhill Magazine, 1877), tiene un carácter todavía más contemplativo. La etapa invernal, alejada de la bullanga de los «turistas estivales», los «vendedores ambulantes» y el «lugareño de pega», favorece a las mil maravillas el propósito del autor de consagrarse a la pintura de los matices más delicados y evanescentes del paisaje alpino: nieblas, bosques, glaciares, rocas, refugios semienterrados en la nieve, escenas nocturnas donde la luna cumple su papel de iluminadora… La melancolía del paisaje es sublime, pues, en medio del silencio omnipresente, la naturaleza ejecuta, en sordina, sus melodías más refinadas. Para Stephen los Alpes son, en invierno, el lugar y el momento idóneos para la meditación trascendente, la que nos aparta de la vulgaridad de la vida cotidiana y nos permite conectar emotivamente con nuestros mejores recuerdos y experiencias: «Los Alpes en invierno pertenecen […] al reino del ensueño». La descripción de Stephen roza por momentos la pintura costumbrista, como cuando evoca la sospechada intimidad doméstica de unos chalés desparramados entre la nieve, o la hilera de niños que regresan de la escuela, bajo el crepúsculo, por congelados senderos de montaña. Finaliza este bellísimo texto, quizás la muestra más emotiva del amor de Stephen por la montaña alpina y sus gentes, con el relato de su ascensión al Galenstock (3586 m) en pleno invierno; una peligrosa aventura, frustrada por una inesperada tormenta de nieve, que pone un intenso punto final a esta apacible evocación alpina.

El tercer y último texto recogido en el libro, En alabanza del caminante (Studies of a Biographer, 1902), escrito por el autor cuando contaba ya setenta años, tiene el toque melancólico del que vuelve la vista atrás para indagar cuáles han sido los mejores momentos de su vida. Como era de esperar, entre sus experiencias más placenteras y persistentes en la memoria —a la par de «inocentes»— destaca el pasear: entendido como una actividad sosegada, alejada de toda rivalidad y esfuerzo excesivo, propiciadora de una «copiosa corriente de meditación tranquila que no cesa y solo en parte es consciente». Mejor que en bicicleta, o incluso que a caballo, el andar sobre nuestras dos piernas nos permite un mayor disfrute del paisaje y sus pequeños detalles, así como el abrirnos a las relaciones humanas casuales que nos depara la marcha. El caminar, según Stephen, puede acuñar algunas de las «viñetas» más entrañables e indelebles de las que jalonan nuestra «peregrinación terrenal»; como esa caminata juvenil evocada por el autor a través de la selva alemana de Odenwald, que le permitió liberarse durante unos días de los ritos convencionales y abrirse a los encuentros más inesperados. El autor, que considera el ejercicio de caminar como «la panacea para las tendencias mórbidas de los escritores», nos ofrece, en consecuencia, una animada semblanza de otros autores tan andariegos como él, todos británicos y cada uno con sus peculiares gustos y rarezas: Shakespeare y Ben Jonson, Borrow, el doctor Johnson, Swift, Fielding y Richardson, Coleridge y Wordsworth, Hobbes y Stuart Mill, Carlyle y De Quincey, Scott y Byron, Ruskin… Alejado de los peligrosos retos alpinos que protagonizan los dos textos anteriores, Stephen ha mudado radicalmente su desdeñosa valoración del paisaje británico (cfr. pp. 62 y 68), del que ahora se complace en entresacar sus parajes predilectos, perfectos para la apacible actividad que defiende: la región de los Lagos («Alpes en miniatura»), los Fens, las grandes llanuras inglesas con sus amplísimas panorámicas e infinitos senderos, la costa del mar, siempre rebosante de color y animación… Anticipando las modernas teorías sobre la deriva urbana, el autor no renuncia tampoco a elogiar los paseos por la ciudad de Londres, que sin ser los mejores, pueden obsequiarnos con algún regalo inesperado: como el recibido por Susan, esa joven campesina que Stephen cita del poema de Wordsworth (Poor Susan), a la que el canto de un tordo, apenas oído bajo el tráfago ensordecedor de la gran metrópoli, sumerge en un repentino océano de remembranzas campestres.

Reunión del Alpine Club en Zermatt (1864). El primero de la izquierda, sentado y con barba, es Leslie Stephen.

Resta añadir que el libro cuenta con un valioso prólogo, escrito por la propia hija del autor, la famosa escritora Virginia Woolf, que nos pinta una amena y emotiva semblanza de su progenitor.

«Cuando uno sale muy de mañana, ha seguido el sendero del guardacostas al borde de los acantilados, se ha abierto camino por la alfombra púrpura y dorada del brezo y las aulagas en los páramos, ha bajado hasta una cala recogida y llena de encanto, con su primitivo puerto de pescadores, ha hollado luego la blancura deslumbrante de las arenas que circundan una bahía solitaria, y, por fin, emerge en una punta de tierra que hiende el mar. Cuando uno ocupa allí algún asiento natural formado entre las rocas, mira el azul glorioso de las olas del Atlántico, sus rompientes de espuma contra el granito, y ve en el lejano horizonte el brillo de los mares, fundidos imperceptiblemente con el reino de las nubes, entonces puede comerse su humilde bocadillo, encender la pipa y sentirse allí más virtuoso y verdaderamente en paz con el universo que en ningún otro sitio que cupiera imaginar».


Los Alpes en invierno: ensayos sobre el arte de caminar
Madrid: Siruela, 2018
140 páginas
11,95€


Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica y catedrático de enseñanza secundaria. Desde 1996 reside en Granada, donde ha colaborado con la Universidad en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Ha publicado diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro, y es autor de las novelas El refugio (2014) y La mano de nieve (2015), así como de un volumen de minificciones, Ciervos en África (Trea, 2018). También escribe en su blog de literatura Saltus Altus.

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