Giulino di Mezzegra

El posfascismo y la mentira

«Nietos de Joseph Goebbels, nuestros posfascistas siguen sabiendo que una verdad no es más que una mentira mil veces repetida y que algo queda siempre cuando se miente, y no tienen el menor escrúpulo en aplicarse el cuento contratando antes que a nadie, y pagando muy bien, a toda una legión de orfebres de la paparrucha», escribe Pablo Batalla Cueto.

Giulino di Mezzegra

El posfascismo y la mentira

/por Pablo Batalla Cueto/

«Cuando el comunismo sale de compras»: tal es la leyenda que suele acompañar a una fotografía que circula por las redes sociales desde 2013, difundida por medios de derecha, y que muestra al expresidente uruguayo José Mujica, famoso por su vida espartana en una humilde chacra a las afueras de Montevideo, paseando por la Quinta Avenida de Nueva York con una bolsa con el logo de Chanel. En ella no hay trazas visibles de retoque informático; ni tan siquiera el halo fino y tenue que suele circundar a las figuras recortadas de una imagen y pegadas en otra, y que desvela el engaño a los ojos atentos. Y sin embargo es falsa: como dejó demostrado la plataforma española Maldito Bulo, consagrada al desmontaje de esta clase de embustes, el bueno de Mujica había sido recortado de una imagen que lo mostraba caminando por su rancho y había sido pegado en una de Nueva York tomada de un blog de promoción turística de la ciudad. Además, a la bolsa negra que Mujica portaba en la foto original —y en la que quizás llevase un puñado de las lechugas, papas, nabos o zanahorias que gusta de cultivar—, los falsificadores también tuvieron el detalle de adherir el anagrama de la famosa marca de lujo francesa. La intencionalidad era evidente: descabalgar de su pedestal a este santo laico famoso por una austeridad insobornable y desprestigiar consecuentemente a la izquierda en su conjunto, efectuado por el receptor de la foto el silogismo de que nada bueno cabe esperar de ella si hasta sus referentes mejores son hipócritas sin cuento.

La mentira y la política son un matrimonio viejo: se le atribuye a Voltaire una definición según la cual la política sería el arte de mentir a propósito. Pero habitamos una era de variopintas metástasis, y también de la metástasis de la mentira. Siempre se ha mentido, sí; siempre la mercadotecnia política se ha construido, sí, con los sillares de la mentira, pero, del mismo modo que hoy cualquier hijo de vecino lleva en el bolsillo un teléfono móvil más sofisticado que los transbordadores lunares de los setenta, el siglo XXI pone a disposición del embustero toda una panoplia de herramientas deslumbrantes que hubieran humedecido los sueños de cualquier tirano totalitario del siglo XX. Se miente más y se miente mejor, y en esta era neoliberal que todo lo está volviendo del revés, también el viejo adagio según el cual la mentira tiene las patas muy cortas ha ido perdiendo el sentido. Hoy las tiene larguísimas; más, desde luego, que iniciativas loables como Maldito Bulo, tan necesarias como insuficientes para detener la maquinaria de la mentira. Como escribe Jonathan Martínez, «en un clima de pánico político, el fact-checking es […] más o menos como achicar agua con las manos en un crucero que se hunde». Cuando —a veces con enorme esfuerzo de documentación— se ha conseguido desmontar un bulo, diez, cien, mil han corrido ya a llenar el hueco como los excrementos de los toros de Augías sus míticos establos, que sólo Hércules atinaría a limpiar desviando hacia ellos el cauce de dos ríos.

Tan sólo en una cuestión no hay cambios con respecto a la mentira del siglo XX: miente todo el mundo, pero quien más y mejor miente sigue siendo la extrema derecha. Nietos de Joseph Goebbels, nuestros posfascistas siguen sabiendo que una verdad no es más que una mentira mil veces repetida y que algo queda siempre cuando se miente, y no tienen el menor escrúpulo en aplicarse el cuento contratando antes que a nadie, y pagando muy bien, a toda una legión de orfebres de la paparrucha; de jóvenes y no tan jóvenes community managers expertos en el arte de envasar el vino viejo de la carcundia en los odres nuevos de la Red, ornados con un olfato agudísimo para detectar los Zeitgeists del momento y convertirlos en viento de cola para esos bulos nutricios. Primos no tan lejanos de los muyahidines del Estado Islámico, son, como ellos, reaccionarios que, sin embargo, manejan con maestría las nuevas tecnologías y hacen cosas como pagar a Facebook para que el algoritmo de la red social muestre sus anuncios y noticias no a cuentas ideológicamente afines, sino a las adversarias, de tal manera que el indignadísimo receptor comparta la noticia aunque sea acompañada de un atrabiliario comentario crítico. A esa madre del cordero que son los algoritmos de las redes sociales y los motores de búsqueda, ese comentario crítico les será completamente indiferente a la hora de premiar o castigar a la noticia, y a la postre al partido, con un mejor o peor posicionamiento. Ciego como un implacable auditor, se limitará a contar el número de impactos, da igual si negativos o positivos, recompensando los muchos y sancionando los pocos. En el siglo XXI, igual que en el de Oscar Wilde, la cuestión es que hablen de uno, aunque sea mal. Una mera mención del partido significa ganar en posicionamiento, y en España, los más avispados en la izquierda ya han aprendido a referirse al partido-que-no-debe-ser-nombrado con creativas homofonías como Vocks, Bocs o Boz.

Vivimos tiempos distópicos que han ido generando un caldo de cultivo ideal para la germinación del embuste; de cualquier embuste y en particular de los posfascistas. Lo han ido generando diferentes cosas; y sobre una de ellas vienen advirtiéndonos desde hace un siglo algunos filósofos clarividentes, adelantados profetas de la ruina civilizatoria a que conduce el turbocapitalismo: la muerte de la atención. Somos una sociedad desatenta; y en esa desatención nace, y de ella se alimenta, el monstruo de la mentira. En muchas ocasiones, bastaría la mera atención para desacreditar, advirtiendo incongruencias y absurdos, las trolas menos elaboradas, que hoy, en cambio, vemos triunfar con la misma facilidad que las más esmeradas. Internet está lleno de instantáneas supuestamente venezolanas en las que a poco que se afina la vista se detectan carteles en árabe o en francés; de vídeos presuntamente rodados en España en los que la gente habla ruso y otras evidentes patrañas por el estilo.

La cuestión entronca con lo que Nicholas Carr afirmaba en un absorbente ensayo de 2010 titulado Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Apoyándose en numerosos estudios científicos, en él sostiene y demuestra Carr cómo Internet y su característica invitación constante a movernos entre contenidos y a entregarnos a multitareas dispares, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página a otra y de éstas al correo electrónico mientras hablamos por Skype, chateamos por Facebook, hacemos una compra en Amazon, leemos el periódico, trasteamos en Twitter o revisamos nuestra cuenta bancaria, está transformando radicalmente nuestra misma estructura neuronal, de tal manera que ha aumentado nuestra eficiencia a la hora de procesar información pero se ha reducido dramáticamente nuestra capacidad de concentración, reflexión, profundización y contemplación. «Una pantalla es una ventana; muchas, un muro», decía hace años una viñeta de El Roto. Algo así.

La atención —decía Simone Weil— no es una mera postura física o un gesto, sino que expresa una «espera» y hace posible no sólo el progreso intelectual, sino también el moral y el espiritual. Para esta filósofa francesa, angustiada con la devastación mental a que conduce el trabajo en la cadena de montaje (que ella conoció directamente y por propia voluntad en una fábrica de Renault, deseando experimentarla por sí misma antes de disertar sobre ella), en la atención radicaba «la clave para una relación auténtica con la realidad». A su juicio, no se trataba de «un simple concepto filosófico, sino de una exigencia ética y política»; ni surge de manera espontánea e inmediata, sino que requiere formación. Esa formación en la atención, hoy nos la hurta la vertiginosidad de la vida contemporánea, funcional a un capitalismo de las emociones que nos quiere —o, por mejor decir, nos necesita— productivos en la fábrica, impulsivos en el supermercado y reflexivos en ninguna parte. También vivimos tiempos veloces, que rinden un culto casi marinettiano a la velocidad y la exigen: como señalaba James Gleick en su libro Faster, en Europa, Asia y Estados Unidos, el botón más gastado de los ascensores suele ser el de cerrar puertas, ello pese a que suelen estar programados para cerrarse entre dos y cuatro segundos después de marcar el piso. En este mundo acelerado, señala en este caso Carl Honoré en un delicioso Elogio de la lentitud, suceden cosas como que

En Los Ángeles, un hombre empieza a pelearse en un supermercado porque el cliente que le precede, tras haber pagado en caja, tarda demasiado en meter los artículos en las bolsas. En Londres, una mujer raya con un objeto punzante la carrocería de un coche que se le ha adelantado para ocupar una plaza de aparcamiento. Un ejecutivo acomete a una azafata cuando el avión tiene que pasarse veinte minutos dando vueltas por encima del aeropuerto de Heathrow antes de aterrizar. «¡Quiero aterrizar ya! —grita como un niño mimado—. ¡Ahora, ni un minuto más!

La atención preocupaba asimismo al filósofo Alain (seudónimo de Émile-Auguste Chartier), que la consideraba el «más alto valor intelectual»; y a su ausencia, una «sórdida mezcla de funcionamientos vegetativos y sueños fragmentados [en donde] se está apartado de la realidad exterior». Sin atención —decía, angustiado, Alain—, se vive en el mundo sin realmente vivir en él; se habita en lo irreal, en lo prefabricado, en un mundo que gira alrededor de uno mismo y en el que la tentación de querer atender a varias cosas a la vez lleva a una dispersión total, al agotamiento y a llenar el pensamiento de cosas inútiles. Hoy vivimos exactamente así: dispersos, fatigados y nada dispuestos a la espera, y el bulo, siempre sencillo, siempre maniqueo, siempre desprovisto de matices, nunca exigiendo esfuerzos por nuestra parte, sacia nuestra hambre de información y explicación de la realidad tal como un Big Mac apaga la del estómago el día que no nos apetece cocinar ni limpiar platos.

La muerte de la atención provoca o significa otra paralela: la del escepticismo. Nunca han corrido, en la historia, buenos tiempos para ser escéptico, lo que siempre ha venido a ser sinónimo de aguafiestas, pero éstos empiezan a serlo mucho menos que otros. Resucitan, rumbosas, toda clase de fes y supercherías y la disposición a creer lo que se quiere y no lo que se puede honestamente creer. La duda cartesiana agoniza, y asusta comprobar hasta qué punto hoy nos creemos cualquier iniquidad delirante que se nos cuenta acerca de nuestros enemigos; lo que revela un grado de deshumanización o deslegitimación del adversario de muy preocupante recorrido. Sólo en el último mes, Maldito Bulo ha llegado a tener que tomarse la molestia de desmentir embustes tan disparatados como que la vicepresidenta socialista Carmen Calvo abogue por negar el derecho al voto a militares, policías y guardias civiles; que Pablo Iglesias haya declarado que disfrutaría viendo cómo matan a tiros a los líderes del PP; que Pedro Sánchez pidiera a los niños de España cantar los villancicos bajito en Navidad a fin de no ofender a personas no cristianas; que la líder comunista chilena Cristina Vallejo defienda la pedofilia como derecho o que la alcaldesa madrileña Manuela Carmena haya propuesto un toque de queda nocturno para los hombres en Madrid a fin de evitar que se produzcan violaciones. Pero también falsedades atribuidas a Albert Rivera o una imagen de Santiago Abascal inclinándose a besar la tumba de Franco, recortada en realidad de una foto del líder ultraderechista bebiendo agua de un río. El pecado de la credulidad prende por igual en las filas progresistas y en las conservadoras. Pero es la derecha quien menos remilgos muestra a la hora de manufacturar y presentar como informaciones veraces estos lucrativos disparates. Éstos son divulgados frecuentemente a través de WhatsApp, canal de mensajería en el que la ultraderecha ha encontrado el cauce ideal para difundir sus embustes, porque facilita una comunicación directa y personal, sin pie para que terceros rebatan o cuestionen el mensaje y de tal manera que la confianza depositada en los amigos, compañeros de trabajo y familiares que nos lo rebotan nos haga bajar la guardia con respecto a su fiabilidad.

Por otro lado, como apunta Guillermo López, profesor de la Universidad de Valencia entrevistado para un reportaje sobre los bulos escrito por Salvador Enguix en La Vanguardia, el público recibe los fakes «en un entorno que no está mancillado por los partidos políticos o los medios de comunicación profesionales, que son las fuentes e intermediarios tradicionales para difundir información política, y de cuyas intenciones y veracidad se sospecha». Esa sospecha —explica López— conduce a «buscar el aislamiento y la difusión de noticias en entornos más inmediatos, cercanos y reconocibles», lo que a su vez da lugar a la paradoja de que las informaciones falsas se multipliquen. No es la única que encontraremos si nos adentramos en la contradictoria psique del pardillo contemporáneo, candoroso a fuer de desconfiado: también adquiere los contornos de lo paradójico que sea igualmente característico de estos tiempos que, a la vez que recelamos de la palabra escrita, tendamos a otorgar total credibilidad a cualquier imagen. Analfabetos del lenguaje audiovisual, no oponemos filtro alguno de suspicacia a lo que en él se nos cuenta, por más que con él no se engañe menos que con la palabra. No en vano los bulos extremoderechistas suelen incluir poco texto y mucha imagen: la lectura convoca a la imaginación, y ésta, cuando se ejercita, puede abrir otras espitas encefálicas, y también la del recelo escéptico. La imagen, en cambio, solemos digerirla entera, de golpe, sin exégesis que valgan.

Hablando en román paladino, en materia de confianza en la información que consumimos, huir de Guatemala nos hace dar con nuestros huesos en Guatepeor. Y la derecha anima y nos facilita esta huida con desenvoltura de mafia de la emigración. Empresarios brasileños afines al candidato fascista Jair Bolsonaro llegaron a pagar en torno a tres millones de euros durante la pasada campaña presidencial a una empresa especializada en difundir fake news a través de esta red concreta. La cosa consistió después en trabajar en un doble frente: propagar por un lado creativas maldades sobre Fernando Haddad, el candidato izquierdista (que pretendía excarcelar a todos los bandidos del país, que había escrito un libro defendiendo el incesto y legalizaría la pedofilia, que quería despenalizar todas las drogas, que era amigo de un travesti que había defecado en un Cristo durante un Día del Orgullo Gay); por otro, inventarle toda clase de actos de heroísmo a Bolsonaro. La estrategia, sabido es, funcionó; y la toma de posesión del nuevo presidente en Brasilia fue celebrada por los simpatizantes congregados en la capital al grito desconcertante de «¡Facebook, Facebook! ¡WhatsApp, WhatsApp!»: tan conscientes eran del rol que habían jugado estas redes en la apoteosis del siniestro Führer ecuatorial.

El futuro, santo Dios, era esto.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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