Giulino di Mezzegra

Una defensa atea de la Navidad en general y los belenes en particular

Pablo Batalla Cueto defiende en este largo artículo, frente a «los sermones intensos con que todos los años nos obsequia cierto anticapitalismo de tetrabrik y un laicismo fundamentalista», la posibilidad de una Navidad que no rinda culto ni al Dios cristiano ni al del consumo, sino que sea religiosa de una religión de los vínculos de afecto entre seres queridos que, como Albert Camus creía posible, no necesite a Dios para que no todo esté permitido.

Giulino di Mezzegra

Una defensa atea de la Navidad en general y los belenes en particular

/por Pablo Batalla Cueto/

Comete uno sus pequeños crimentales; sus disidencias modestas al dogma al que, por lo demás, ha aceptado acogerse. Uno de los míos es que me fascinan los belenes. Cuando yo era pequeño, mi padre armaba uno avitrinado en el que, mediante un tubo elástico cortado longitudinalmente, una bomba de agua y una cubeta a la que la arrojaba y de la que la recogía, el río corría al presionar un interruptor. Montarlo junto con él y mis hermanos es uno de los recuerdos más dichosos de mi infancia. El árbol de Navidad también nos era entretenido de decorar, pero a mí siempre me atrajeron muchísimo más los nacimientos. Evoco con cariño otros: siempre era asombroso, repleto de detalles, el de la iglesia de Villaviciosa; y no lo era menos el del Sanatorio Marítimo de Gijón. En nuestra parroquia, el Espíritu Santo, exhibían también uno bastante meritorio. Y a mí, de ellos me gustaba lo que a Rudolf Berliner, decano alemán del arte belenista: su «teatro helado»; su minúscula dramaturgia de la vida y sus despliegues; del trabajo, el esfuerzo, la esperanza y hasta el alivio de las necesidades fisiológicas expresado a través del cagón. Pero nunca vi uno, como el nuestro, en el que el río corriera. Y pienso que era hacer que corriera, y que mi padre nos enseñara cómo hacer que corriera, y también ir a comprar juntos el musgo, las figuritas, los bloques de alcornoque con que componíamos el pesebre, etcétera, una trabazón maravillosa de vínculos familiares; una renovación necesaria y hermosa de nuestros lazos de afecto.

En general, y por los mismos motivos, me ha gustado siempre la Navidad; y me ha gustado no con el histrionismo característico de los personajes de las series de televisión estadounidenses, sino de forma sencilla, no vinculada a la fiebre consumista sino a esos pequeños y baratos calores familiares; y no a la compra compulsiva de lo nuevo, sino al desempolvado solemne de lo viejo. Para mí, el significado religioso de la fiesta desapareció hace mucho: soy ateo desde los doce años y apóstata desde los veintiuno. Pero he seguido poniendo el belén en mi casa, han seguido agradándome las celebraciones navideñas, y soporto mal los sermones anti-Navidad con que todos los años nos obsequia cierto anticapitalismo de tetrabrik y un laicismo fundamentalista con el que me identifico poco, porque su inconcesiva furibundia no me huele distinto del fanatismo religioso.

El holandés Klaas Hendrikse escribió en 2007 un libro titulado Creer en un dios que no existe; y con tradiciones religiosas como la Navidad, a mí me sucede no muy distinta cosa: tengo para mí que es posible creer en ellas, y cultivarlas, desde el descreimiento. Tradiciones religiosas, las hay nocivas, pero muchas son dioses útiles que anudan comunidad y traman afectos que —hoy que la apoteosis neoliberal del individuo disgrega inmisericordemente todo sentido de lo colectivo— nos son muy necesarios, y nada fácilmente reemplazables. Chesterton decía sabiamente (y hablaba de la tradición, de la idea de tradición) que «siempre antes de romper un muro, hay que preguntarse por qué lo han construido en primer lugar». Con demasiada frecuencia sucede que se derribe un muro pero haya que acabar erigiendo uno nuevo porque del derruido se revele que cumplía pese a todo una función necesaria o positiva. La modernidad rechaza los muros, cualesquiera muros; y hay, qué duda cabe, muros muy rechazables. Pero también lo ha de ser un fanatismo antimuros que quiera eliminarlos todos. Era un muro el de Berlín y lo son el israelí que convierte Palestina en una cárcel gigantesca o el que Donald Trump pretende levantar entre Estados Unidos y México, pero también son muros las paredes de una casa o un colegio, y hay que defenderlas frente a un viento disolvente que nos quiere nómadas; habitantes de la intemperie o de precarias y siempre provisionales chozas de paja que al lobo feroz del capital no cueste arruinar soplando. También con demasiada frecuencia ocurre que nosotros mismos hagamos el trabajo sucio; que la emprendamos con entusiasmo contra los muros que limitaban, tal vez, nuestro movimiento, pero también nos protegían de las inclemencias naturales y humanas. Nadie en su sano juicio prefiere el nomadismo al sedentarismo.

Toda tradición es un muro en ese sentido de una protectora permanencia. Y toda es limitante también en algún grado, pero nunca tanto como parece. Cuando un muro viejo se derriba, se derriba siempre con él la antigua y consolidada vox populi sobre cómo saltarlo; y cuando uno nuevo se erige en su lugar, se lo erige ya de por sí con materiales más vigorosos y formas constructivas más refinadas, pero, además, tarda en desarrollarse con respecto a él esa consuetud sobre su salto, lo que tiene que ver con esto que decía Azaña: «Cuando un régimen se hunde […], tiene que hundirse en el anverso y el reverso, porque un régimen es todo un ambiente político, es toda una escuela política en la cual se educan los que lo sostienen y los que lo combaten». Toda gran tradición incluye la tradición subsidiaria de su propia disidencia; de su propia forma de a ella oponerse o de reinventarla. La Navidad es Ramón García y su capa dando las campanadas desde la Puerta del Sol y es burlarse de lo rancio de la capa de Ramón García dando las campanadas desde la Puerta del Sol; es tomar las uvas y es declinar tomarlas. Y toda tradición es un invento, pero un invento útil, o que al menos puede serlo. Lo entendió Lisa en el capítulo de Los Simpsons (todo está en Los Simpsons) en que descubre el pasado oscuro del idolatrado Jebediah Springfield, fundador de la ciudad que tomó su apellido, pero renuncia finalmente a comunicárselo a sus convecinos cuando comprueba que el mito trama afectos e ilusiones positivos; que es una de esas «nobles mentiras» que Gregorio Luri considera muy necesarias en la armazón de las politeias. «Una comunidad sólo se mantiene firme —nos dice Luri— si posee convicciones compartidas a las que podamos dar el nombre, si se quiere, de nobles mentiras»; y ninguna ciudad «puede soportar el cinismo de los deconstruccionistas empeñados en mostrar en las plazas públicas que toda costumbre es convencional y arbitraria».

Mentiras nobles e innobles, o cómo la religión entra por la ventana cuando se la saca por la puerta

En lo que al laicismo fundamentalista respecta, sucede muchas veces lo anterior: se arrasan, no sólo los intolerables privilegios de la Iglesia católica y su capacidad de contaminar y obstaculizar la acción del Estado, sino también «nobles mentiras» de la religiosidad popular que la sociedad necesitaba; y cuando esa necesidad emerge de nuevo y acucia, corremos a satisfacerla atragantándola de mentiras nuevas y lo hacemos típicamente de dos maneras posibles. La primera pasa por abalanzarnos sobre el reemplazo que el siempre diligente capitalismo neoliberal nos ofrece; y en el caso concreto de la Navidad, esta especie de Fiesta del Invierno en honor al dios del consumo que vastamente celebramos ahora, colocando enormes cajas de regalo iluminadas en las plazas de nuestras ciudades, y encuentra en la disparatada Vigo de Abel Caballero la espantosa Meca de su fe enloquecida.

Pasolini decía que la sociedad de consumo era un fascismo mucho más poderoso y exitoso que el nazismo; que lo que llamaba fascismo consumista o tecnofascismo era el «poder más centralizador y por tanto más sustancialmente fascista que recuerde la historia», y la Navidad es un buen momento para comprobar hasta qué punto asistía la razón al gran cineasta. Los nazis diseñaron y trataron de imponer al pueblo alemán su propia Navidad. Un artículo de la propaganda de 1937 titulado Nuevos significados para costumbres heredadas refleja las nuevas directrices que se aspiraba a aplicar: eliminar el concepto de «paz a todos los hombres» y sustituirlo por unas «vacaciones nacionales de paz interna» de las que quedaran excluidos los enemigos del Estado (izquierdistas, judíos, gitanos, homosexuales); cambiar el nombre de la fiesta a Weihnachten, el de la fiesta del solsticio de invierno de época pagana; reescribir incluso los villancicos para hacerlos ensalzar al Führer Salvador y trocar los buenos sentimientos por alusiones al nacionalsocialismo; eliminar, en el árbol de Navidad, la estrella de Belén que típicamente lo corona —pues si tenía seis puntas recordaba a la de David, y si tenía cinco, a la comunista— y sustituirla por una esvástica o la runa sig (la que, en versión doble, habían adoptado las SS). Las bolas se reemplazaban por cruces de hierro, réplicas de granadas de mano, águilas e incluso pequeñas cabezas de Hitler. Friedrich Rehm, propagandista del régimen, decía que «es inconcebible para nosotros que la Navidad y todo su profundo contenido conmovedor sean el producto de una religión oriental». Se trataba de recuperar la verdadera tradición alemana de las celebraciones, «arrebatada arteramente por los cristianos en su empeño por destruir todo lo alemán». Pero no tuvo el menor éxito el nazismo en este empeño resignificador. Los alemanes seguían celebrando la Navidad, en la medida de sus posibilidades, a la manera tradicional, igual que los rusos en la Unión Soviética del ateísmo oficial: la «flacidez de la muchedumbre» que Hitler decía que era la fe cristiano se revelaba mucho más rocosa, mucho menos dúctil, de lo que el Führer creía. Hoy, sin embargo, todos nos sujetamos con perruna obediencia a las directrices de la Navidad del consumo; a sus black Fridays, sus cyber Mondays y sus vorágines compratorias. «Dios no se ha muerto, se ha convertido en dinero», decía Benjamin. Nada se parece más a penetrar en una distopía cumplida (el maremagno de gente, las colas únicas inmensas con el altavoz repitiendo «caja X, por favor; caja Y, por favor», la excesiva calefacción, la mezcla estridente de hilos musicales de distintas tiendas…) que visitar un centro comercial en estas fechas.

Sería la segunda nueva mentira a que acudimos para reemplazar las arrumbadas mentiras viejas una nostalgia del viejo muro que nos conduce a tratar de reproducirlo minuciosamente, pero sin recrear también las ya citadas maneras consuetudinarias de saltarlo que para aquél había, pues no son recreables una vez han desaparecido. Erigimos de tal manera un muro materialmente idéntico al antiguo pero mucho más opresivo, porque aún no ha desarrollado esa escapatoria posible que para el otro sí había, y que sólo se muñe con el tiempo. Ese muro es el fundamentalismo religioso. Y todo fundamentalismo es religioso, pero no toda religión es fundamentalista, como tiende a creer el ya aludido fanatismo laicista en uno de los reduccionismos idiotas típicos de este siglo en que la prisa con que para todo nos conducimos vuelve sumarísimos nuestros juicios. Con exactamente el mismo texto e imágenes sagradas puede construirse una religión opresiva y una liberadora. El elocuente Saint-Just decía que «todos los sillares están cortados para el edificio de la libertad: podéis levantarle un templo o una tumba con las mismas piedras».

Cuando cargamos contra la religión, tiramos muchas veces al niño con el agua sucia; pero, lo que es más importante, cargamos en vano, de lo que es fácil demostración que la gente no es hoy, en el secularizado Occidente, menos religiosa que hace cincuenta años. Simplemente se ha vuelto religiosa de otra manera. Sea su dios Dios, los ovnis, la energía o la nación sacrosanta, el número de los que creen es probablemente el mismo. La religión entra por la ventana cuando se la saca por la puerta y entra además rabiada, vengativa, dispuesta a adueñarse de la casa y tiranizar a sus habitantes, cuando antes, temerosa del desahucio, se había conformado tal vez con permanecer en una pulverulenta caja de zapatos en el trastero y salir de ella sólo quince días al año.

Un belén puede significar —y se le puede enseñar a un niño que significa— una cosa y la contraria: el nacimiento del niño Dios hijo de una madre Virgen, pero también el de un insigne y fieramente humano líder antiimperialista de existencia histórica probada, que revolucionó su tiempo con un mensaje de esperanza y emancipación según el cual antes entraría un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos, y el eco de cuya prédica liberatriz ha seguido resonando durante dos milenios. Tradición, aseveraba el líder socialista e internacionalista Jean Jaurès, no es preservar las cenizas, sino mantener encendida la llama; pero una misma llama puede mantenerse encendida con troncos muy diferentes, de maderas muy dispares. De una tradición vieja, como de un viejo y vigoroso árbol, puede colgarse todo: una horca, una casa del árbol o un columpio; pero no sucede lo mismo con las nuevas y endebles. Hoy se prefiere cada vez más el árbol de Navidad al decadente belén, preferencia creciente que corre paralela a la del nórdico Papá Noel sobre los orientales Reyes Magos. Ya no viene de Oriente la luz, sino del Polo Norte; y ya no nos conecta el uso navideño con el Mediterráneo ateniense y jerosolimitano, sino con el Atlántico Norte londinense y washingtoniano. Pero un árbol de Navidad, aunque su aprestamiento teja también ligaturas familiares, no posee más significado que el decorativo. Un árbol no tiene una historia que contar ni una lección que impartir; y en ello estriba tal vez, de hecho, su éxito: en nada decir y nada significar en un tiempo cuya ética única es aquel nothing really matters que cantara Metallica.

Una defensa atea y progresista de la familia como baluarte último de tantas cosas necesarias frente al salfumán neoliberal

Pero hay quien rechaza incluso el árbol; quien lanza un anatema total contra la Navidad y cualquiera de sus formas de celebración, generalmente con retórica antisistémica clamadora contra el consumismo y la hipocresía que serían propios de estas fiestas, pero, de manera típica, con un rechazo implícito de la familia y las obligaciones familiares que tiene poco de transgresor en un mundo de acerados solipsismos y egolatrías en que la familia, con todas sus imperfecciones, llega a convertirse en el baluarte último del sentido de lo colectivo y lo antiutilitario del que el neoliberalismo aspira, nada discretamente, a la aniquilación total. Como dice Esteban Hernández, la familia «implica un plan a largo plazo, una voluntad de permanencia, un deseo de futuro común que […] nuestra sociedad no favorece. Supone vínculos sólidos, porque los maritales pueden desaparecer, pero los parentales son para siempre, y eso es un problema para un mundo líquido, poco amigo de las raíces […] y que se mueve en una frecuente inestabilidad, material y personal».

Las cenas familiares de Navidad pueden ser y de hecho son para mucha gente un compromiso fastidioso, pero todo compromiso es fastidioso alguna vez, y algunos no son nunca otra cosa, sin que ello merme en nada la hermosura del concepto. Cuidar de un pariente anciano con alzhéimer o de uno joven con discapacidad es sin duda un fastidio, como lo es cambiar los pañales a un niño o sacar a pasear al perro cuando llueve, pero toda persona a quien le resta en el alma un mínimo rescoldo ético (hay a quien ya no le resta, claro) lo hace sin rechistar cuando le corresponde hacerlo; y sabe en cualquier caso encontrar placer en medio del engorro: el placer del deber cumplido; el de hacer más llevadera la vida de alguien a quien se ama. La Navidad puede ser también un paradójico fastidio placentero; una obligación engorrosa —la de aguantar al cuñado bocachancla o gastarse en regalos los cuartos que no se tienen— que se vea compensada por la alegría de la abuela feliz de ver a todos los suyos reunidos o la dicha resplandeciente del niño que recibe los regalos.

César Rendueles dice que «está muy bien que haya espacios donde domine la preferencia: yo estoy encantado, por ejemplo, de dejar libros que no me están gustando. Pero cuando esas dinámicas basadas en la preferencia colonizan todo tipo de relaciones es igualmente terrible». Y dice también el sociólogo gijonés que la izquierda debería desarrollar un discurso sobre la familia. «Decimos cosas —desarrolla— como que hay que destruirla porque es la semilla del patriarcado. Pero la gente no quiere destruir a la familia y por eso escucha a los que sí tienen algo que decir sobre la familia, que suelen ser argumentos reaccionarios y sexistas». Hay muchas familias posibles más allá de la mal llamada tradicional y todas son igual de legítimas mientras —permítasenos la cursilada— las argamase el amor, pero, reconozcámoslo o no, todos necesitamos una. Se pregunta uno, por otra parte, por qué esa furibundia antihipócrita, tan inmisericorde con la hipocresía navideña o la familiar, brilla tanto por su ausencia en muchos otros ámbitos en los que ese vicio que es el vicio del hoy no prende menos. ¿Y la hipocresía del deporte? ¿Y la del marketing o los medios de comunicación? ¿Y la hipocresía empresarial?

Todos los totalitarismos han recelado de la familia y han tratado de controlarla fuertemente. El estalinista, dispuesto a «rescatar a los niños de la dañina influencia de la familia», convirtió en modelo de conducta infantil a Pavlik Morózov, un niño de trece años que denunció a su padre, presidente del sóviet del pueblo, por haber estado «falsificando documentos y vendiéndolos a bandidos y enemigos del Estado soviético» —lo que condujo al progenitor a un campo de trabajo y finalmente a la ejecución— y fue asesinado seguidamente por su familia. La historia de Pavlik, glorificada como la de un «glorioso mártir asesinado por la reacción», se convirtió en objeto de lecturas obligatorias, canciones, piezas de teatro, un poema sinfónico, una ópera, seis biografías e incluso una película nunca estrenada de Eisenstein. Se le erigieron estatuas, se imprimieron sellos postales para honrarlo, muchas escuelas recibieron su nombre y la suya se convirtió en un santuario al que niños de toda la URSS eran llevados en excursiones escolares. Y más tarde se demostraría la historia tenía mucho más de legendaria que de real, pero revela bien la voracidad controladora del Estado soviético bajo Stalin. El nazismo no operó de forma distinta: en el Tercer Reich hubo también, pues se fomentaba, casos numerosos de hijos que denunciaban a sus padres. Y existe asimismo un totalitarismo cristiano que, proclamándose a voz en cuello a favor de la familia, apenas si atina a disimular que la detesta, pues le niega la libertad de conformarse a su modo y chapoda su exuberancia naturalmente variopinta con el férreo troquel de la insistamos que mal llamada familia tradicional (siempre hubo otras; siempre los y las homosexuales encontraron maneras de afamiliarse en secreto, como las amistades románticas femeninas de la época victoriana). Felizmente arrumbado hoy, ese totalitarismo se lloriquea víctima de la nueva satrapía de la ideología de género, pero ésta sólo existe en su febril imaginación. El inolvidable Pedro Zerolo replicaba bien a estos pucheros de bestia acorralada cuando decía que en nuestro mundo caben ellos, pero nosotros no cabemos en el suyo.

La cuestión es que el totalitarismo blando del fascismo consumista sí es genuinamente antifamiliar: hace a cada generación despreciar a la anterior porque sabe que ese desprecio puede serle muy lucrativo rentabilizado en forma de artículos que expresen ese desprecio. Hay pocas pulsiones más intensas que la de matar al padre, y toda pulsión intensa, al apagar nuestro raciocinio, nos vuelve inermes a las añagazas de los vendedores de enciclopedias.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, un elogio de la vejez y de la —cada vez más inusual— convivencia intergeneracional

Todo es monetizable para el capitalismo y hasta sus disidencias (Primark vende camisetas del Che Guevara), pero la novolatría lo es mucho más que la reverencia a lo antiguo, de suyo conservadora y reparadora en lugar de usadora y tiradora. Y siempre los jóvenes han desplazado a los viejos; siempre han dicho los primeros a los segundos «dejad paso al mañana», pero no ha sido nunca tan cruel el argot de lo veterófobo como el de este tiempo que se mofa de lo viejuno (y es viejuna la Navidad), antes se mofó de lo pureta y antes de lo carroza, porque jamás fue la vejez tan incómoda como lo es hoy para los señores del mundo. Frente al carpe diem tiránico de la sociedad líquida, los viejos son un recordatorio de que el tiempo pasa y de que se acaba; algo así como el memento mori que un funcionario susurraba a los emperadores romanos en los desfiles triunfales («recuerda que eres mortal»). Y frente a la aceleración generalizada de la vida contemporánea, es consustancialmente hereje la vejez, porque los ancianos caminan y piensan despacio y requieren atenciones físicas y no automatizables. Como dice Aurelio Arteta, «una vez pregonada la consigna de nuestros días, “sálvese quien pueda”, el que menos puede suele ser el anciano». El desprecio de la Navidad es también el desprecio hipster de lo viejo y de los viejos a quienes, típicamente, más ilusión hace todavía celebrarla. Y en este mundo juvenólatra, una disidencia antisistémica digna de tal nombre debe defender lo viejo y aun ensalzarlo.

Hermann Hesse escribía de la senectud en un maravilloso Elogio de la vejez que significa que «la vida, que antes era tan autónoma, se ha convertido en un bien precioso, siempre amenazado»; que «la posesión autónoma se ha transformado en un préstamo de cierta inconsistencia». Y esa fragilidad también es motivo de desprecio en esta época que no tolera la enfermedad ni la invalidez, porque ralentizan el ritmo desenfrenado del capital. Vivimos una era de robotización y automatización que reemplaza a los trabajadores por máquinas. Los robots pueden trabajar veinticuatro horas sin descansar, no necesitan aire acondicionado ni luz, no se sindican y, sobre todo, no enferman. Y se nos está obligando a comportarnos como robots y sin rechistar si queremos mantener nuestros empleos, en una reedición de lo que los empresarios del siglo XIX hacían con quienes exigían mejores condiciones de trabajo: despedirlos sin miramientos en la seguridad de que en un mundo cada vez más maquinizado, en el que hasta un niño podía acometer las tareas mecánicas que sustentaban la producción, nadie era imprescindible y el mundo estaba lleno de gente dispuesta a trabajar 12, 14, 16 horas en no importa qué condiciones. Hoy sucede lo mismo, pero por mor del bien conocido síndrome de Estocolmo (si no puedes con tus enemigos, únete a ellos), asumimos los valores de nuestros explotadores y, como ellos, toleramos cada vez menos lo enfermo, lo débil, lo quebradizo, lo frágil.

Ese desprecio es el abono del que brota toda una pléyade de residencias a las que arrojamos a nuestros mayores con despreocupación y en las que cobra cuerpo toda la miseria moral de nuestra época. A veces no hay otro remedio: la vida vertiginosa que el turbocapitalismo no shace llevar nos impide ocuparnos de los ancianos más impedidos y el Estado —al menos en España— tampoco nos ofrece demasiadas facilidades para hacerlo, más allá de una ley de dependencia manifiestamente insuficiente. También hay ancianos que precisan cuidados especiales que sólo profesionales pueden prestar. Pero seamos honestos: por lo general, lo que nos hace llevar a nuestros mayores a residencias no es otra cosa que el individualismo más abyecto. Sencillamente, no estamos dispuestos a perder nuestro valiosísimo tiempo en atenderlos, y nos autoconvencemos de que no podemos perderlo con argumentos alambicados que sólo incrementan nuestra vileza.

El Elogio de la vejez de Hesse es una delicia. En él, el escritor defiende la vejez como algo no sólo vergonzante sino digno de orgullo y cierta celebración. Para Hesse, vejez significa lucidez. La acumulación de años y de experiencias nos hace percibir todas las cosas en toda su gravidez de significados. Cuando, siendo viejos y sometidos por tanto a «cierta atenuación de los impulsos vitales, una cierta caducidad y proximidad de la muerte», contemplamos «la imagen de un paisaje, de un árbol, de una historia humana o de una flor», la contemplamos encaramados a «una suma infinita de cosas vistas, experimentadas, pensadas, sentidas y sufridas» que nos hace obtener «en una pequeña revelación de la naturaleza a Dios, al espíritu, al misterio, la armonía de los contrarios y el Gran Uno». Dice Hesse que «también los jóvenes pueden vivirlo, sin duda alguna, pero con menos frecuencia y sin esa unidad de sensación y pensamiento, de vivencia sensible y espiritual, de estímulo y conciencia». Y dice que «la vejez tiene muchos achaques, pero tiene también sus ventajas. Una de ellas es la capa protectora de olvido, de cansancio, de afecto, que se interpone entre nosotros y nuestros problemas y sufrimientos. Puede ser desidia, anquilosamiento, odiosa indiferencia, mas, vista con otra luz, puede significar también serenidad, paciencia, humor, alta sabiduría y Tao».

Aurelio Arteta, que también cree en el privilegio senil de la lucidez», tiene para sí que

En la senectud la mayoría descubre lo que unos pocos habían entendido bastante antes. A menudo verificamos lo que en el pretérito fueron barruntos casi siempre rechazados, empezamos a captar la importancia de eso que en su día menospreciamos, el sentido que nos pasó inadvertido, la real valía o deficiencia de personas y hechos que no supimos calibrar en sus justos términos. Contra el prejuicio común, la vejez —a poco cultivada que esté— podría concebirse como la edad de conocimiento más lúcido acerca del ser humano.

Dice también Arteta: «Con alguna frecuencia, sólo cuando uno se estrena como viejo alcanza a percibir lo estúpido que era de joven, el cúmulo de prejuicios y malas decisiones que más adelante le amargaron su vida adulta. Por lo regular, ya no es hora de enderezarlos ni de enderezarse. Incluso cabe conjeturar que, si naciera de nuevo, volvería a incurrir en parecidos disparates».

Que la vejez vaya asociada frecuentemente a la demencia, Hesse no considera que arruine esa lucidez. Antes bien, la refuerza, porque ese estado alterado de conciencia nos hace desleír la realidad presente en la pasada y volver a convivir con nuestros recuerdos. En la vejez, dice Hesse, «los que se han marchado continúan vivos con nosotros mediante la realidad esencial con la que influyeron sobre nosotros. A veces hasta podemos hablar con ellos, aconsejarnos con ellos y obtener su consejo mejor que con los vivientes». Consecuentemente con todo esto, Hesse también llama en su ensayo a estar a la altura de la vejez; a no despreciarla. Dice: «Un anciano que odia y teme la vejez, que odia los cabellos blancos y la cercanía de la muerte, no es un digno representante del estadio de su vida». Algo así decía también Baltasar Gracián, que señalaba con ironía que «todos desean llegar a viejos y, en siéndolo, no quieren parecerlo». Edgar Morin, por su parte, llama a los ancianos a dar esta respuesta optimista y orgullosa cuando se les pregunta por su edad: «Tengo todas las edades de la vida humana», pero no porque se hayan consumido todas, sino porque se ha ido conservando lo mejor de cada una.

La vejez también es la experiencia, la sensatez, la prudencia y otra serie de virtudes que brillan por su ausencia en el mundo contemporáneo. Y son virtudes que a veces pueden degenerar en defectos (demasiado de lo bueno, es frecuente que se convierta en malo): la parálisis, la desesperanza, la indiferencia, etcétera: por eso lo ideal en todos los ámbitos de la vida es una convivencia intergeneracional que anule los defectos de unos y de otros y potencie las virtudes de ambos mundos. Sin embargo, lo que uno se encuentra con frecuencia en el mundo de hoy son compartimentos generacionales estancos y autótrofos, donde sus miembros no hacen sino recocerse en su mismidad. En nuestras ciudades hay hogares del jubilado y consejos de la juventud, pero pocos o ningún espacio en que ambas esferas se encuentren y se fundan, por más que los beneficios de esa unificación estén muy acreditados. La oenegé Solidarios por el Desarrollo impulsa por ejemplo desde 1995 el programa Convive, que consiste en que estudiantes universitarios habiten el domicilio de una persona mayor que vive sola durante el tiempo que dura el curso académico. Los jóvenes tienen la condición de compartir un tiempo mínimo con el hospedador, participar en un conjunto de actividades acordadas (por ejemplo, el trabajo en un huerto ecológico) y estar en casa a una determinada hora por la noche, salvo un día a la semana; los ancianos, la de ofrecer una vivienda en condiciones de habitabilidad e higiene y con una habitación para uso exclusivo del estudiante. El provecho mutuo es evidente: el estudiante ofrece al anciano compañía y seguridad; el estudiante, por su parte, abarata costes, pues no tiene que pagar alquiler, sino sólo unos cincuenta euros mensuales para los gastos corrientes. Pero la cosa va más allá de eso que es razonablemente mensurable y cuantificable: lo que se acaba produciendo es un amejoramiento mutuo más general; un intercambio virtuoso de visiones de la vida que acaba generando una síntesis excelsa; un mesotés aristotélico que combina y articula la paciencia del anciano y la impaciencia del joven; la sensatez del primero y la a veces muy necesaria insensatez del segundo; el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad. «Como no sabían que era imposible, lo hicieron», que decía Jean Cocteau.

De las raíces, su necesidad y la posibilidad de una re-ligión sin Dios como la que Albert Camus creía necesaria, y creía bien

Ese equilibrio entre lo viejo y lo nuevo es la tradición cuando está viva; cuando mantiene encendida la llama en lugar de preservar las cenizas y nos liga a un pasado sin impedirnos reinventarlo (obligándonos a ello en realidad); y nos es muy necesaria entre otras cosas por la paradoja de que, cuando todo cambia, nada cambia en realidad, que Chesterton entendía y expresó mejor que nadie: «Si quieres que las instituciones sigan inmutables —decía—, deja que las creencias se marchiten deprisa y a menudo. Cuanto más desarticulada esté la vida del espíritu, más segura estará la maquinaria de la materia. Mientras la visión del cielo cambie constantemente, la visión de la Tierra seguirá siendo la misma. El joven moderno nunca cambiará su entorno porque está demasiado ocupado cambiando de opinión».

No podemos habitar eternamente el éter del cambio, flotando inertes como la bolsa de plástico de la famosa escena de American beauty. Echar raíces, escribía Simone Weil, «quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana. […] Un ser humano tiene una raíz en virtud de su participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad que conserva vivos ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro. […] El ser humano tiene necesidad de echar múltiples raíces, de recibir la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual de los medios de que forma parte naturalmente». A Weil hay que leerla de rodillas. Escribía también la filósofa francesa en El desarraigo que

[…] La oposición entre pasado y futuro es absurda. El futuro no nos aporta nada, no nos da nada; somos nosotros quienes, para construirlo, hemos de dárselo todo, darle nuestra propia vida. Ahora bien: para dar es necesario poseer, y nosotros no tenemos otra vida, otra savia, que los tesoros heredados del pasado y digeridos, asimilados, recreados por nosotros mismos. De todas las necesidades del alma humana, ninguna más vital que el pasado.

El amor por el pasado nada tiene que ver con una orientación política reaccionaria. La revolución, como cualquier actividad humana, toma todo su vigor de una tradición. Marx así lo comprendió cuando, al hacer de la lucha de clases el único principio de explicación histórica, hundió esa tradición en los tiempos más lejanos. A principios de este siglo pocas cosas en Europa estaban más cerca de la Edad Media que el sindicalismo francés, único reflejo entre nosotros del espíritu de los gremios. Los débiles restos de este sindicalismo son las chispas que con más urgencia hay que avivar.

De avivar los viejos rescoldos y reconducir sus calores se trata; e incluso de avivar los religiosos. La religión, como su propio nombre indica, religa; es —nos dice Etimologías de Chile, internáutica biblia de la cosa— la «acción y efecto de ligar fuertemente [con Dios]». Pero muy significativamente, Dios va entre corchetes; se sobreentiende que es a Él a quien nos liga la religión, pero podría no sobreentenderse. Hay, puede haberlas, religiones cívicas; religiones sin Dios que lo que religan es a los seres humanos entre sí. El neoliberalismo desliga, atomiza, multiplica las separaciones, nos convierte en piezas intercambiables de una máquina gigantesca en lugar de en células vivas —singulares, distintas, conformando tejidos de muy distinto tipo, pero no independientes entre sí— de una entidad orgánica. Y en oposición a esa maldición neobíblica que convierte nuestros cuerpos vivos, no ya en estatuas de sal, sino en obedientes robots, necesitamos como el comer una re-ligión como aquélla por la que Albert Camus suspiraba; una fe de los hombres que no necesite a Dios para que no todo nos esté permitido y que más rápido será conseguir recuperando y rearmando lo mejor de la fe vieja, expurgándola de sus indeseabilidades, que inventando una fe nueva.

Yo, al menos, cuando tenga hijos, no los educaré creyentes, pero seguiré montando el belén en casa; y será un belén canónico con su buey, su mula, sus Reyes Magos, sus pastorcillos, su sanjosé y todo lo demás. Y les hablaré del belén que montaba su abuelo y en el que el río corría.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro, Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’, y en 2019 el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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