Giulino di Mezzegra

«Y no pido perdón»: el rearme simbólico del nacionalismo español, de Marta Sánchez a Blas de Lezo

¿Qué tienen en común María Elvira Roca Barea, Gustavo Bueno, Augusto Ferrer-Dalmau, Marta Sánchez, Andrés Iniesta, Manolo Escobar y el del Bombo y Arturo Pérez-Reverte? Un artículo de Pablo Batalla Cueto.

«Y no pido perdón»: el rearme simbólico del nacionalismo español, de Marta Sánchez a Blas de Lezo

/por Pablo Batalla Cueto/

«Comienza a redescubrirse a este marino». Se refería así el 17 de noviembre de 2014 Jaime Muñoz Delgado, almirante jefe del Estado Mayor de la Armada española, a Blas de Lezo y Olavarrieta, almirante del siglo XVIII que dirigiera exitosamente, derrotando a la armada de 180 navíos y veinticinco mil hombres de Edward Vernon, la defensa de Cartagena de Indias durante el asedio británico de 1741. Lo hacía en uno de los discursos con que aquel día se inauguró en la plaza de Colón de Madrid una estatua del héroe, erigida por suscripción popular por impulso de una Asociación pro Monumento a Blas de Lezo cuyo presidente, Íñigo Paredes, peroró a su vez en el acto, satisfecho de ver al fin cumplido su objetivo, que «no hay patria sin compatriotas a quien admirar». El rey Juan Carlos I, la entonces alcaldesa madrileña Ana Botella y la expresidenta regional Esperanza Aguirre asistieron asimismo al evento; y el embajador de Colombia, Fernando Carrillo, que también acudió, alabó de Lezo en su propio discurso como «gran mérito el no amedrentarse por la superioridad numérica» y el haber cambiado «la historia de Colombia, de Iberoamérica y de España». Por lo demás, cientos de personas siguieron la ceremonia coreando periódicamente «Viva España unida», lo que sin duda tenía que ver con el ya por entonces arreciante conflicto catalán.

Para tallar la estatua, se había acudido al escultor Salvador Amaya, que facturó una pieza realista en la que Lezo se muestra solemne, serio, melancólico y, por supuesto, con atavío dieciochesco y todas las aparatosas mutilaciones que le hicieran adquirir en su tiempo el apodo de Mediohombre: era cojo, tuerto y carecía de movilidad en un brazo este militar del que el diario conservador Abc consignaba al día siguiente que su figura «se ha hecho popular y hasta famosa en los últimos años, lo que contrasta con el silencio que ha habido sobre su figura durante siglos. Cosas del ingrato carácter español». No exageraba el cronista del diario conservador, pues, en efecto, Blas de Lezo nunca había formado parte del panteón nacionalista español. Seguramente por pertenecer a un siglo, el XVIII, despreciado tradicionalmente como francés, decadente y afeminado, su gesta cartagenera no adquirió la dimensión catequética que nuestra construcción nacional sí otorgó siempre a personajes como Viriato, el Cid, los descubridores y conquistadores de América o Agustina de Aragón. El siglo XVIII fue durante mucho tiempo —consigna Tomás Pérez Vejo en España imaginada: historia de la invención de una nación «el siglo que nunca existió»; una época «esencialmente no española, ajena y extraña al ser de la nación»; «una especie de paréntesis que no formaba parte de la genealogía de la nación»; y la pintura historicista del siglo XIX, que Pérez Vejo analiza en su libro y jugó un papel capital en la fijación del canon nacionalista, apenas se ocupó de él. Escribe el historiador cántabro que «incluso el motín de Esquilache, un episodio histórico cuya posible interpretación como una revuelta nacionalista y popular pudo haberlo convertido en uno de esos hechos que mostraban el espíritu de la nación, se vio lastrado por esta especie de mancha antinacional que parece perseguir a todo el siglo XVIII».

La propia hemeroteca digital de Abc, que ofrece la posibilidad de un desglose de la popularidad de un término dado década a década, muestra que, efectivamente, el fenómeno Lezo es de eclosión reciente. El decenio en que más resultados arroja la búsqueda de su nombre entre los once de historia del vetusto periódico monárquico es con diferencia el nuestro. ¿Qué hizo que Lezo emergiera de las tinieblas del olvido? Y ¿a quiénes debe su resurrección? La respuesta no es fácil de elucidar, pero un googleo avanzado permite, aquilatando límites de fechas, barruntarle a la recuperación del mito alguna relación con un artículo de 2010 del escritor Arturo Pérez-Reverte —que acostumbra a glosar gestas españolas pretéritas en su muy leída columna de la revista XLSemanal— titulado «El vasco que humilló a los ingleses» y también con el concurrido foro cibernético ForoCoches, el segundo más visitado en español, donde para 2009 la historia de Lezo se había vuelto popular hasta el punto de motivar quejas de algunos de sus usuarios por la reiteración con que en ella se abrían hilos sobre el marino. De años anteriores datan un par de libros sobre Lezo y algún reportaje en los grandes periódicos españoles que quizás despertaran curiosidad en el portal, que ampara un amplio sector vinculado a ideas de extrema derecha.

El florecimiento del resurrecto Lezo como héroe nacional no se ha detenido desde la erección de la estatua. Año a año, han ido publicándose numerosos libros sobre el personaje, tanto históricos como literarios e incluso infantiles y una Breve historia de Blas de Lezo en la popular colección de breves historias de Ediciones Nowtilus. Una búsqueda en Amazon arroja asimismo que en honor del Mediohombre se fabrican y venden además desde pines hasta gemelos, pasando por llaveros e incluso un lápiz USB. Por lo demás, Lezo está hoy permanentemente en boca de un animoso destropopulismo que lo ha convertido en una suerte de comodín discursivo. La formación ultraderechista Vox lanzaba por ejemplo el pasado febrero en la red social Twitter, con motivo de la gala de los premios cinematográficos Goya, el siguiente dardo de resultas de la decisión de la Academia de no invitarles a la ceremonia: «¡Qué pena! Queríamos recomendarles que hicieran alguna película sobre la gloriosa historia de España, Blas de Lezo, por ejemplo, porque los españoles volverían al cine y ellos dejarían de pedir subvenciones». Mientras se escriben estas líneas, de hecho, ya está preparándose un filme sobre el personaje.

Sobre los motivos de este novedoso interés del nacionalismo español en Lezo, alguna hipótesis puede lanzarse con bastante seguridad. Un primer atractivo evidente en un momento en que en España se acentúan las tensiones territoriales y los nacionalismos centrífugos es el origen vasco del marino, oriundo de la villa guipuzcoana de Pasajes y de quien se cuenta que sus convecinos lo llamaban Anka motz, «patapalo» en euskera. Otro, cierta virilidad chusca muy del gusto de la cofradía a que nos referimos y sus llorosas filípicas contra la corrección política: de Lezo cita con devoción este fandom muy mayoritariamente masculino la anécdota según la cual solía decir que un español tenía que mear apuntando siempre hacia Inglaterra. La estampa del almirante, con sus mutilaciones y su peluca dieciochesca, es por otro lado muy característica, muy memorable, lo que la hace ideal para la mememaquia internáutica en estos tiempos de supremacía brutal de la imagen sobre la palabra: su retrato se ha vuelto habitual como avatar en el hemisferio derecho de redes sociales como Twitter. Y en otro orden de cosas, sendas características del mito entroncan de algún modo con dos tendencias que atraviesan hoy a la ultraderecha europea en su conjunto y la distinguen de su antecesora de hace un siglo. La primera es el hecho de que Lezo no fue un héroe del ataque, sino uno de la defensa, lo que se acompasa bien a un discurso que ya no es el irredentismo expansivo de otro tiempo, sino una épica de la resistencia de la fortaleza asediada por múltiples invasiones; la segunda, ese origen en el Siglo de las Luces que, si en tiempos de romanticismos viriles, darwinismos sociales y dialécticas de los puños y las pistolas lastraba la memoria de lo dieciochesco, obra ahora el efecto contrario, cuando el posmofascismo se presenta a sí mismo, mendaz pero muy habilidosamente, como baluarte de los valores y derechos ilustrados de Occidente frente a la barbarie medieval imputada, con la brocha gorda de un vulgar maniqueísmo, al demonizado islam.

Monumento a Blas de Lezo en Madrid

La triple fertilidad de la producción simbólica españolista

El fenómeno Lezo no es, por lo demás, un islote: hace parte de un amplio rearme simbólico que el nacionalismo español viene acometiendo con éxito notable durante los últimos años, y del que se multiplican hitos que van desde las veinticuatro ediciones del Imperiofobia de María Elvira Roca Barea y otros éxitos editoriales, más moderados pero igualmente notables, de la leyenda rosa sobre el Imperio español (los de Pedro Insua, Iván Vélez o Santiago Armesilla) hasta el entusiasmo con que se acogió una letra, de nula calidad artística, de la cantante Marta Sánchez para el eternamente desletrado himno nacional, pasando por las —éstas sí, muy meritorias— pinturas hiperrealistas de proezas militares españolas del pintor catalán Augusto Ferrer-Dalmau. El nacionalismo español ha sido capaz, durante el último decenio, de pertrecharse de todo un arsenal simbólico accesible a cualquier público y a todas las capacidades intelectuales; y podría hablarse, en ese sentido, de una triple fertilidad que se revela igual de briosa en las tres vertientes de necesaria eficacia y distinta complejidad del proselitismo de cualquier fe que aspire a la expansión y la conquista: la teológica, la catequética y la misional. Todo credo, ya religioso, ya político, precisa para propagarse lo mismo del esfuerzo de sesudos escolásticos que del de habilidosos misioneros y catequistas capaces de condensar el trabajo abstruso de aquéllos en imágenes simples y parábolas comprensibles. El Tomás de Aquino que escribía que «una vez supuesta, según nuestra fe, la procesión de las divinas Personas en la unidad de la esencia, para cuya demostración no hay razón suficiente, es necesario que la procesión de las Personas, que es perfecta, sea la razón y la causa de la procesión de la criatura» tanto como el san Patricio que ilustraba la Trinidad a los paganos irlandeses mostrándoles un trébol de tres hojas, también él, como Dios, uno y trino.

El nivel misional es el más simple: se trata simplemente de abrir la trocha de la conversión, y se abre a machetazos enérgicos cuya desmañada abertura otros vendrán más tarde a pulir y a asfaltar. Son los misioneros una fuerza de choque, y su reino el de la consigna simple y el mensaje escueto. Lenin, que sabía ser lo mismo misionero que teólogo, cuando llegó en 1917 a San Petersburgo en el tren de Finlandia, no predicó la dictadura del proletariado o la socialización de los medios de producción a las masas ansiosas de la ciudad famélica que corrieron a recibirlo, sino pan, paz y tierra, y fue en ese lacónico trilema que cimentaron los bolcheviques el éxito de su revolución. Sólo se consiguen esas victorias si sabe apretujarse la vastedad terráquea de un sistema filosófico —el nivel teológico— en la angostura de un cóctel molotov o del cañón de un fusil; si saben escribirse, no sólo tratados, sino también eslóganes gritables y pancartables y el término medio —el nivel catequético— de la fábula, que es el dominio del arte. Y todos esos palos está tocando con igual eficiencia el nacionalismo español. El anaquel de lo teológico, lo llena con los ya citados éxitos editoriales o la prosperidad póstuma de la obra del filósofo riojano Gustavo Bueno, cuya sofistería sobre los imperios depredadores y generadores y otras, desarrolladas en libros como España frente a Europa o España no es un mito: claves para una defensa razonada, vindican y cultivan con desparpajo panegiristas rosalegendarios del Imperio hispánico entre los cuales, como sucediera con los hegelianos alemanes, los hay de derecha y de izquierda. Santiago Armesilla, discípulo nacional-bolchevique de Bueno, autor de un El marxismo y la cuestión nacional española, se cuenta por ejemplo entre los segundos y asevera que «el Imperio Español fue la Unión Soviética de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX, prácticamente desde 1492 hasta 1825 aproximadamente».

Bueno argumentaba —resume un diccionario online del materialismo filosófico por él acuñado— que «un imperio es depredador cuando por estructura tiende a mantener con las sociedades por él coordinadas unas relaciones de explotación en el aprovechamiento de sus recursos económicos o sociales tales que impidan el desarrollo político de esas sociedades, manteniéndolas en estado de salvajismo y, en el límite, destruyéndolas como tales», mientras que «un imperio es generador cuando, por estructura, y sin perjuicio de las ineludibles operaciones de explotación colonialista, determina el desenvolvimiento social, económico, cultural y político de las sociedades colonizadas, haciendo posible su transformación en sociedades políticas de pleno derecho». Eran —enumeraba— ejemplos de lo primero el Imperio persa de Darío, el inglés, el holandés y el nazi; y de lo segundo, el de Alejandro, el romano, el español, el soviético y el estadounidense. Se trata de una distinción indudablemente mañosa, pero que desprende el aroma de la prevaricación intelectual de primero establecer la conclusión y, luego, desarrollar la hipótesis que la sustente. Difícilmente puede merecer el nombre de generador un imperio en el que, por ejemplo, existía la mita, una leva esclavista brutal que obligaba a los indígenas a durísimas jornadas de trabajo en las minas andinas y otras explotaciones económicas y cuya altísima tasa de mortalidad provocó el desarbolamiento y la aniquilación de centenares de comunidades, llegando a obligar al secuestro, no ya de habitantes del altiplano, sino de desgraciados procedentes de aldeas amazónicas ubicadas a miles de kilómetros de tales explotaciones, en quienes sólo el mal de altura ya hacía estragos. De la mita escribía Joaquín de Merizalde y Santiesteban en 1765 lo siguiente:

¿Quién ha llenado de cadáveres los sepulcros? ¿Quién construye en la oficina del hambre denegridos, áridos esqueletos que solo en los suspiros con que explican su necesidad dan señas vivientes? ¿Quién despobla pueblos enteros para poblar desiertos? ¿Quién hace delincuentes tantos inocentes sin delito? ¿Quién constituye huérfanos muchos hijos que aún tienen padres vivos? ¿Quién ha de ser sino la mita? Ella mata cuanto mira, desola cuanto encuentra y cautiva cuanto puede.

Los buenistas se curan en salud puntualizando que todos los imperios generadores son depredadores en algún grado y viceversa, pero ello recuerda a la falsa autocrítica de quien reconoce haber cometido «errores» sin especificar uno solo. La etiqueta asignada, sea como sea, es la que es, y posee una evidente connotación positiva. Y es cierto que el Imperio hispánico tampoco fue puramente depredador: fundó, por ejemplo, universidades a las que acudieron los primeros estudiantes negros de la historia. Entre la leyenda rosa y la negra palpita una verdad histórica compleja como todas y como todas escurridiza. Todas las cosas son dos. Pero esa verdad histórica, María Elvira Roca Barea no tiene el menor empacho en reconocer no estar buscándola. En una entrevista para El Español, afirmaba la autora de Imperiofobia —libro replicado por un Imperiofilia y el populismo nacional-católico firmado por José Luis Villacañas— lo siguiente, respondiendo a una crítica sobre su parcialidad a favor de España:

Si reconoces que la Leyenda Negra existió […], ¿existe otra forma de ser responsablemente español que intentar desmontar aquellos argumentos de los que se ha nutrido? […] la visión desfavorable ya había sido abundantemente promocionada, publicada, argumentada y generado ríos de tinta a lo largo de los siglos. Quizás hacía falta contarle a los españoles que no solo eso existió, que la historia de España también tenía un lado bello y luminoso que merecía ser conocido.

El razonamiento puede parecer de una lógica aplastante y sin embargo es tremendamente peligroso. Yuxtaponer dos mentiras no alumbra una verdad. El historiador digno de tal nombre no replica a lo negro con lo blanco, sino a ambos con lo gris y, desde luego, no se acepta siervo más que de la búsqueda del conocimiento objetivo, limpio del polvo y paja de las personales pasiones, manías y wishful thinkings. Persigue, por utilizar una distinción acuñada por Michael Oakeshott, el pasado histórico, no un pasado práctico que supedite el rigor y la objetividad a la utilidad a determinados intereses del presente. Pero en este tiempo de emocionales posverdades y ocasos de la razón, que como expresa cierta viñeta que circula por Internet ha reemplazado al thinker por el feeler, esa honestidad socrática y la convicción sobre su valor y necesidad brillan cada vez más por su ausencia.

María Elvira Roca Barea

Hacer posible una patria imposible

De tres fertilidades hablábamos y también de aquélla a que nos referíamos como misional. Ese reino de la consigna de consumo rápido, lo cubre hoy el nacionalismo español con un conjunto de gritos y cánticos casi siempre provenientes del fútbol o por el fútbol galvanizados: «yo soy español, español, español»; «soy español, ¿a qué quieres que te gane?»; la resurrección, paralela a la de Blas de Lezo, del Que viva España de Manolo Escobar, etcétera, todo lo cual remite a un basto chovinismo que encuentra en lo festivo y aparentemente banal su válvula de escape. De este orden forma parte también el colgado de banderas rojigualdas de los balcones que el conflicto catalán avivó, pero cuyo premier despliegue se produjo en la celebración del triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial de Sudáfrica de 2010.

Echando mano de una metáfora reconocemos que de dudoso gusto, podríamos decir que fue aquel el momento en que el nacionalismo español salió del armario. Sobre cómo lo hizo, un temprano ensayo de Juan Carlos De la Madrid, Una patria posible: fútbol y nacionalismo en España, dejó ya en 2013 trazadas con esplendencia las líneas maestras. El famoso gol de Iniesta —razonaba allá este historiador asturiano— volvió posible una patria hasta entonces imposible; «produjo un vuelco histórico» por mor del cual «las calles se llenaron de banderas nunca izadas y de un entusiasmo patriótico hasta entonces desconocido. Se diría que en una España discutidora, problemática y hasta camorrista, el único factor común, la única cosa sobre la cual había acuerdo, la única patria, era el fútbol. […] La única España próspera y hasta victoriosa, la única que contaba en el panorama internacional, estaba en los campos de fútbol».

El papel nacionalizador del deporte en general y del fútbol de selecciones en particular no es ninguna novedad. El gran historiador marxista británico Eric Hobsbawm lo expresaba aseverando que «la comunidad imaginaria de millones de personas es más real cuando se reduce a once jugadores de los que se conocen los nombres». Y el caso español es paradigmático en este sentido. Parte de la cobertura periodística posterior a la victoria consistió en una sucesión de despliegues informativos especiales en los pueblos, frecuentemente pequeños, de los que procedían los futbolistas de La Roja, y que éstos habían puesto en el mapa: de la Tuilla del goleador David Villa, el Arguineguín de David Silva, el Camas de Sergio Ramos, la Fuentealbilla de Andrés Iniesta, etcétera, se hizo en aquellos meses de gloria de 2010 platós televisivos al aire libre en los que una legión de periodistas deportivos rastreaba menudencias de la infancia y la juventud de los héroes de Johannesburgo, incidiendo insistentemente en su sencillez: los primeros partidos infantiles en destartaladas pistas y descampados, los humildes empleos y negocios de unos padres esforzados, la entrañable campechanía de los vecinos, etcétera. Cuando uno de los futbolistas no era oriundo de un pueblo, se le buscaba; y así, por ejemplo, los orígenes del portero Iker Casillas no se perseguían tanto en su Móstoles natal como en la localidad abulense de Navalacruz, de la que procedía su familia y donde veraneaba cuando niño. Y todo hacía parte de una épica de los once aldeanos venidos de todos los rincones de la Piel de Toro para hermanarse en un proyecto común de grandeza universal; la apoteosis final de —citamos de nuevo a De la Madrid— «un proceso de sustitución social de una figura del imaginario popular español: el maletilla», un

chico de condición humilde que conocía el éxito llegando a ser torero; aquél que, como Manuel Benítez, el Cordobés, sabiendo que «más cornadas da el hambre», se tiraba un día de espontáneo y tocaba, a la vez, el albero y el cielo. Esos mismos chicos habían sido reemplazados, como arquetipo del triunfador que sale de la nada, por el futbolista humilde, personaje pobre pero honrado de toda la vida que llegaba a alcanzar la condición de héroe.

De toda esta épica de la gloria obtenida sumando sencilleces, se hacía evidente el qui prodest. De la Madrid escribía también en aquel ensayo que

Con el campeonato del mundo, aunque algunos jugadores han sido reconocidos mundialmente (Iniesta, Xavi, Casillas), su capacidad de convertirse en un producto de reconocimiento mundial es limitada. Pero han servido para promocionar otro. El producto que España pone en el mercado global es La Roja, el equipo, con esa imagen de marca, como unidad, no sólo alguno de sus miembros. Es el valor de un equipo, de un bloque de buenos chicos (antes explotado con la selección de baloncesto) ya destacado por el Premio Príncipe de Asturias. Es un grupo capaz de apoyar la construcción del imaginario nacional-popular hasta convertirlo en internacional-popular, con un refuerzo notable para el primero. Hacían nación por hacer equipo. Un esfuerzo coral.

La selección hace comprensible, manejable, a la nación y la nación busca en su selección el espejo-espejito de su estado (de su estado con e minúscula, pero quizás también del Estado con e mayúscula). Durante décadas, la selección española de fútbol había sido todo lo contrario de lo que ahora encarnaba la nueva Roja: una eterna promesa de éxito frustrada una vez tras otra a golpe de derrota estrepitosa. Todo un florilegio de chistes y humoradas sobre el nunca pasar de cuartos trascendía con mucho las fronteras del fútbol y daba en permear —era inevitable que lo hiciera— la visión general que los españoles tenían de España. Que, según advierten hoy muchos profesores de secundaria, la rebeldía política adolescente esté dejando de ser de izquierdas, y Vox haga hoy tenebroso furor entre la mocedad, tiene seguramente mucho que ver con que esa generación ya no haya conocido aquella España futbolística fatalmente adherida a la derrota vergonzante. Y es curioso y significativo cómo Manolo el del Bombo, un aficionado valenciano que acude desde 1982 a todos los partidos, oficiales o amistosos, de la selección para animarla con su bombo epónimo, ha dejado de ser el personaje estrambótico y risible que había sido siempre, haciéndose acreedor de pronto de un respeto serio y reverencial: el que se rinde al true believer; a quien siempre había creído en aquello en lo que nadie creía pero de pronto se revelaba como una fe verdadera. Es lo mismo que ha sucedido con el ¡Que viva España! de Manolo Escobar, canción poco menos que de borrachos devenida de pronto en himno extraoficial de España, si no cantado con solemnidad, pues no ha perdido su carácter festivo, sí sin la actitud sarcástica con que antaño se acudía a él en exclusiva. Del nacionalismo español podría decirse en general que ha cumplido en gran medida para sí aquello que Walter Benjamin deseaba para la revolución: ganar para ella las fuerzas de la ebriedad.

Se ha hecho ciertamente posible lo imposible, y nada expresa ese cambio como la, así llamada por sus entusiastas, revolución de los balcones, un éxtasis chovinista que no conocía España desde el siglo XIX, antes del Desastre cubano-filipino. Del fútbol se ha dicho siempre que eufemiza y anticipa la guerra, y Federico Corriente y Jorge Montero escriben en la introducción de Citius, altius, fortius: el libro negro del deporte que «en la actualidad el deporte ha dejado de ser un espejo en el que se refleja la sociedad contemporánea para convertirse en uno de sus principales ejes vertebradores, hasta el punto de que podríamos decir que ya no es la sociedad la que constituye al deporte, sino este el que constituye, en no poca medida, a la sociedad». Ha sido así en este caso. Cuando el conflicto catalán desencadenase, años después del primero, un nuevo colgado de banderas, encontraría expedito el camino para acometerse sin miedo: lo habría abierto aquel triunfo balompédico. Y sería ese colgado otro éxito inestimable del nacionalismo español, logrador, de ese modo, de otra cosa que todo movimiento político debe perseguir para aceitar los engranajes de su eficacia: la capacidad de dar una tarea que cumplir a cada uno de sus prosélitos; de integrarlos en un ritual sencillo, una suerte de eucaristía, que los haga sentir partícipes, responsables e imprescindibles. El «we need you» de los carteles del Tío Sam y, en este caso, una especie de jura de bandera light, anónima. (Las no anónimas, por cierto, están en auge, como lo está una erección masiva —unas erecciones generales— de banderas rojigualdas ciclópeas en rotondas de ciudades administradas por la derecha a la que no estaría de más analizarle las procelosidades freudianas.)

Manolo el del Bombo

Augusto Ferrer-Dalmau: la catequesis nacional a través del arte

La expansión de una fe necesita también imágenes. La utilidad de éstas, quedaba bien explicada en 1784 en unas Instrucciones generales en forma de catecismo: en las quales, por la sagrada escritura y la tradicion, se explican en compendio la historia y los dogmas de la religion, la moral christiana, los sacramentos, la oracion, las ceremonias y usos de la Iglesia, obra del padre Francisco Amado Pouget, presbítero del Oratorio, doctor de la Sorbona y abad de Chambon, traducidas al castellano por Francisco Antonio Lorenzana, arzobispo de Toledo, primado de las Españas. Decía así este catecismo:

—¿ Para qué están en las Iglesias las Cruces , las imágenes de Jesu-Christo , y de los Santos ?

—Para que sirvan , segun S. Gregorio , de libros á los ignorantes , y para renovarnos á todos en el espíritu los originales , ó los misterios que representan ; y movernos por estas imágenes á dár gracias á Dios , á imitar á los Santos , y excitarnos á la piedad.

El papa san Gregorio Magno calificaba efectivamente las imágenes de «biblia pauperum»; de «Biblia de los iletrados e ignorantes por las que el pueblo llega a conocer y familiarizarse con las verdades de la fe». El catolicismo les ha otorgado siempre un valor que los protestantes le niegan en cambio, preocupados por el proceso típico por el cual la imagen del santo deviene santa ella misma y, por lo tanto, un indeseable ídolo. La ortodoxia, en cambio, sí las aprecia también, y recubre habitualmente sus templos de imágenes innúmeras referentes a pasajes bíblicos y vidas de santos. Son famosos a este respecto los monasterios pintados de la región rumana de Bucovina, en el occidente del país: sus paredes remedan un tebeo medieval; una sucesión de coloristas viñetas de las que uno se imagina a arcaicos catequistas señalándoselas en tiempos a los labriegos analfabetos congregados en torno suyo para aprender las verdades de la fe.

Siempre los nacionalismos han echado también mano de la imagen para vertebrar sus propias catequesis. Esa misión tenía la pintura histórica del siglo XIX. Como escribía un crítico en 1862 y cita José Álvarez Junco en su Mater dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, «un cuadro consagra una acción famosa y la populariza y extiende con mayor facilidad que otro género […] Alta y noble empresa sería la de perpetuar en grandes lienzos la historia patria. Ella inspiraría emulación y aliento a los artistas y, llevada a cabo, sería digna escuela donde nuestro pueblo recibiese al par estímulos de la virtud y gloria y lecciones de escarmiento». Con tales objetivos, aquellos grandes cuadros de gestas nacionales pretéritas no sólo se exponían en museos y salas de exposiciones, sino que se multiplicaban en forma de grabados que se vendían en los quioscos y se incluían en los libros de texto escolares y las incipientes revistas ilustradas. Y eran cuadros realistas, resultantes de una documentación minuciosa, pero de un verismo engañoso que ilustra bien una anécdota elocuente referente al famoso Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert; pintura a la que se ha llamado el Guernica del siglo XIX por la significación que adquirió para la izquierda decimonónica y lo profusamente que, igual que el cuadro de Picasso en la centuria siguiente, circularon sus reproducciones por los hogares progresistas de entonces.

Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, de Antonio Gisbert

Gisbert se documentó con minuciosidad para pintar el cuadro, que tardó en terminar más de dos años. Ello constituía un criterio fundamental para los jurados de pintura histórica de entonces, que valoraban no sólo la maestría pictórica sino la fidelidad a lo que se conocía del hecho representado, desde sus vestuarios hasta sus paisajes. Y fue mucho lo que se le alabó a Gisbert la suya, pero éste no fue fiel a la realidad en al menos un aspecto: representó a Torrijos con el rostro descubierto, cuando el héroe había sido fusilado con él tapado. Al parecer, lo cierto era que su voluntad había sido morir sin la cara tapada, pero se le había obligado a embozarla. Gisbert se encontró debido a ello ante un dilema que lo obligaba a elegir entre la verdad histórica —compleja siempre, siempre equívoca, plena de matices, necesitada de explicaciones— y la verdad artística —desnuda, cristalina, aleccionadora, elocuente por sí sola— que resolvió, y nadie le afeó que resolviera, a favor de la segunda. Por utilizar términos que por aquellos años manejaba el gran crítico de arte John Ruskin, del martirio de José María de Torrijos y Uriarte se trataba de representar, era el interés de la construcción nacional española que se representase, no sólo su verdad de la forma, sino también, y en realidad principalmente, su verdad de la impresión.

Hoy aquella espléndida pintura histórica, terminalmente decaída en el saltacaballo del siglo XIX al XX, vive un sorprendente y extemporáneo resurgir en la obra del pintor catalán Augusto Ferrer-Dalmau. Originalmente un paisajista hiperrealista deudor de Antonio López, autor de estampas de las ciudades y villas catalanas, este descendiente de la burguesía textil barcelonesa decidió virar, hace en torno a un decenio, hacia un nuevo hiperrealismo vuelto no ya al presente, sino al pasado; a la historia militar española que lo fascinaba desde una infancia en que una madre hija de militar «siempre nos estaba contando —recuerda el propio pintor— historias de batallas y soldados», «tenía cientos de libros de historia de España, que devoraba», e «incluso nos ponía marchas». Desde entonces, un Ferrer-Dalmau estajanovista ha ido facturando cientos de hermosísimas pinturas de hitos castrenses de todas las épocas, desde la batalla de las Navas de Tolosa hasta los modernos despliegues españoles en Iraq o Afganistán, pasando por la batalla de Bailén o las carlistas. Como Gisbert, Ferrer se documenta minuciosamente: según él mismo dice, «la mayoría de cuadros de la pinacoteca militar eran encargos de reyes y, por lo tanto, no eran reales. Yo he buscado la máxima realidad y para ello me he tenido que documentar. La gente no debe esperar encontrar en mis cuadros soldados bonitos de uniformes impolutos; son soldados tal y como eran». Dice Ferrer-Dalmau querer que sus cuadros «no precisen de interpretación alguna».

Rocroi, el último tercio, de Augusto Ferrer-Dalmau

Pero también como Gisbert, Ferrer considera su trabajo un deber patriótico: no cobra derechos por su reproducción y busca con ellos —dice— «recuperar nuestro orgullo, nuestro ser como españoles porque hoy en día tenemos una carencia de patriotismo». Y eso conduce inevitablemente a que, como sucede con los libros del rocabareísmo, los cuadros de Ferrer-Dalmau puedan ser muy ciertos en su literalidad, pero el asombro que nos producen nos escamotee que no se miente sólo —y esto vale también para el periodismo contemporáneo— a través de lo que se dice, sino también de lo que no se dice; de lo que uno, autoproclamándose «responsablemente español», escoge no representar. No hemos visto ni veremos un cuadro de Ferrer-Dalmau de la matanza de Badajoz; y sí varios de las batallas de la División Azul, pero no todavía, por más que Ferrer haya enunciado ese propósito en varias ocasiones, de la entrada de la Leclerc en París, ni tampoco —y a éstos no se los espera— de las hazañas republicanas o de un hecho del que podría ser tan hermoso el cuadro como la invasión guerrillera del valle de Arán. Según se desprende de sus declaraciones políticas, Ferrer, como su amigo y colaborador Arturo Pérez-Reverte, no es ningún fascista, sino una especie de jacobino conservador; alguien de anhelos franceses y no alemanes. Pero, desde luego, tampoco es un notario neutral de la historia de España, sino un demiurgo artístico de la misma que, realzando aquí y minimizando allá, transmite a través de sus pinturas una idea muy concreta sobre ella, y persigue por otro lado la satisfacción de intereses políticos presentes muy específicos. Uno de sus últimos cuadros, titulado Orgull, representa el momento en el que, en 1860, los Voluntarios Catalanes de Juan Prim formaron un castellet para asaltar, al grito de Prim de «Ala, minyons, feu la torre, i a dalt!», la alcazaba de Tetuán. Su intencionalidad —faltaría más, absolutamente legítima, pero ha de reconocérsela— es más que evidente. Y, en general, la obra de Ferrer —y esto también es muy legítimo— vendría a ser, como lo son los libros de María Elvira Roca Barea y sus discípulos, una especie de retrato de Dorian Gray inverso de la historia española; un filtro de Instagram disipador de sus fealdades.

Orgull, de Augusto Ferrer-Dalmau

Arturo Pérez-Reverte y los mandarines de la nueva Weimar

Con Ferrer-Dalmau viene formando un tándem prolífico el ya citado Arturo Pérez-Reverte, guionista de algunos de sus cuadros, y que ha empezado a ilustrar con ellos sus propios libros. Su fama es mayor y más antigua que la del pintor: periodista y corresponsal de guerra, Reverte comenzó a escribir, a finales de los años ochenta, novelas rápidamente exitosas que lo han convertido en uno de los novelistas españoles más vendidos, muy conocido tanto en España como fuera de ella, en Latinoamérica y también en Europa. Novelas no siempre, pero con frecuencia históricas, ambientadas en momentos de la historia española como el Siglo de Oro (la muy popular serie Alatriste), la guerra de la Independencia (Un día de colera, El asedio…), la civil del treinta y seis (la serie Falcó) o la Edad Media (su última novela, Sidi, sobre el Cid). Además, es desde hace lustros un prolijo columnista, famoso por un estilo vitriólico y cascarrabias, obsesiones como el por él llamado feminazismo o la incultura general que percibe en España o un acendrado antipoliticismo; y ha publicado varias recopilaciones de sus artículos. Una de ellas, muy reciente, reúne una larga serie de ellos sobre la historia de España desde la prehistoria hasta la Transición, que había ido publicando en la revista XLSemanal con el propósito de conformar «un relato ameno, personal, a ratos irónico, pero siempre único, de nuestra accidentada historia a través de los siglos». Y como todos los libros revertianos, ha alcanzado un éxito enorme: Reverte concita en torno a sí una nutridísima legión de seguidores que convierten en superventas todo lo que publica.

La visión de la historia de España y de su presente que toda esta vasta obra histórica trasluce es muy peculiar: un tremendismo plúmbeo, exagerado de toda exageración, que se regodea con deleite febril en la naturaleza «cainita y suicida» de España, en la ontológica «ruindad cainita» y la «miserable naturaleza» de sus habitantes; en el «cable suelto» que los españoles tendríamos «sumergido en bilis en algún lugar del corazón»; en una España «sucia», «enferma de sí misma», que «desprecia cuanto ignora y odia cuanto envidia» y que a juicio del escritor retorna eternamente «pidiendo cerillas y haces de leña, exigiendo cunetas y paredones donde ajustar cuentas» y «sólo se calma cuando le meten dinero en el bolsillo o ve pasar el cadáver del vecino de quien codicia la casa, el coche, la mujer, la hacienda». Somos los españoles —decía Reverte en un artículo de 2007, nada excepcional en su tono desquiciado— «gentuza que si no extermina al adversario es porque no puede; porque ahora está mal visto y queda feo en el telediario. Pero si retrocediéramos en el tiempo y nos dieran un Máuser, un despacho de Gobernación, una toga de juez en juicio sumarísimo, llenaríamos de nuevo los cementerios». Nacionalista herderiano al revés, viene a creer el escritor cartagenero en un Volksgeist maligno pero no menos imprescriptible; en una esencia perenne que convertiría inevitablemente a España, a una España acientíficamente different para mal, en un dechado de todas las inmundicias del que cualquier análisis desapasionado revela disparatada la creencia. España no ha vivido ni vive ahora dramas sustancialmente distintos que los que han atravesado a cualquier otro país del entorno. Como ejemplifica Enrique San Miguel Pérez,

Si se examina la serie de textos constitucionales franceses entre 1791 y 1814, nos encontramos con más de los existentes en España entre 1808 y 1978. España no es una nación más inestable o más turbulenta que cualquiera de las europeas. De hecho, es la única nación europea en donde no se producen movimientos revolucionarios en 1830 y 1848. Y las revoluciones de 1820 y, sobre todo, 1868, son prácticamente incruentas.

El historiador catalán Jordi Canal argumenta convincentemente a su vez en Guerras civiles: una clave para entender la Europa de los siglos XIX y XX que

si la experiencia europea no careció desde 1914 de guerras, culturas bélicas y violencias de masas, cabría deducir que el caso español no fue tan divergente. La falta de una «cultura cívica» y la presencia de tradiciones de enfrentamiento interno serían menos una excepción que un hecho habitual en buena parte del continente. No se trata con ello de blanquear o «normalizar» la historia española, algo imposible habiendo de por medio una guerra civil tan devastadora y una cruel dictadura que llegó hasta los albores del último cuarto del siglo XX. Pero tampoco conviene olvidar que los pasados inmaculados no abundan entre los países vecinos. Ni siquiera sería necesario aludir a las matanzas, guerras sangrientas y prácticas genocidas que asolaron la Europa de la primera mitad de esa centuria. Bastaría con evocar el imparable descrédito en que fue cayendo el parlamentarismo liberal a partir de la Gran Guerra. O sería suficiente con recordar el amplio recurso a la violencia que se puede ver en las políticas internas de la mayor parte de los Estados y en los discursos y prácticas de los proyectos políticos, tanto los reaccionarios y fascistas como aquellos que aspiraban a un nuevo orden social de naturaleza revolucionaria. La crisis de legitimidad de la democracia y el «abandono» de la misma, sus «carencias» y límites, la falta de canales reales de participación y mediación o los problemas planteados de cara a la resolución pacífica y normativa de los conflictos no eran una realidad privativa de España […]

Tampoco hoy tienen España y sus convulsiones demasiado de particular, por más que quieran verse de ese modo cuestiones como el independentismo catalán o la corrupción política. Nadie considera una nación fallida la británica por más que el Brexit esté sacando a relucir sus peores demonios y amenazando seriamente al Reino Unido con una balcanización como la que desde hace siglos vienen profetizando para España aspaventosos augures sempiternamente errados. Tampoco Italia, un país en el que la Mafia ha infectado las instituciones de un modo como jamás lograron hacerlo aquí el narco gallego o el gilismo (y lo intentaron, pero se toparon con una justicia eficaz, como el exdirector gerente del Fondo Monetario Internacional Rodrigo Rato o el yerno del rey, Iñaki Urdangarin, encarcelamientos que despertaron sorpresa y admiración fuera de España). Ni la Francia de los guetos en incendio permanente. Y como dice bien el historiador Diego Díaz, autor de un interesantísimo Disputar las banderas: los comunistas, España y las cuestiones nacionales, «los militantes de izquierda pensamos muchas veces en España como un espacio autoritario, hostil hacia las ideas nuevas y en general poco democrático, mientras que para los jóvenes europeos que nos escogen masivamente para pasar su año de Erasmus somos un país tolerante, tirando a progre y abierto a la diversidad».

Reverte no es, en cambio, más amable para con el presente de España que para con su pasado: antes bien, se revela más inconcesivo para con el primero que para con el segundo. De la España antigua es capaz pese a todo de señalar —y las señala con delectación en sus columnas y textos sobre historia, que frecuentemente consisten en relatos épicos de batallas y otras hazañas, incluidas las de la División Azul— valentías, audacias y heroísmos; y cuando el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador propone un acto de perdón a los indígenas por los desmanes de la conquista española del que participen el rey español, él mismo y el papa, salta como un resorte y clama esto que lo hace incurrir en flagrante contradicción con su propio discurso, que en realidad valdría para calificar: «Acaba uno harto de que la historia de España, con tantas luces y sombras como la de cualquier otro país, se haya convertido en el tiro al blanco de todos los demagogos, oportunistas y golfos de dentro y de fuera. Ya parece un concurso para ver quién escupe más fuerte y más lejos».

Reverte, como Marta Sánchez («Rojo, amarillo/ colores que brillan/ en mi corazón/ y no pido perdón», dice su letra para el himno, lo que bien parece una excusatio non petita, accusatio manifesta), no pide perdón, pero tampoco se lo concede a la España presente. Es un desprecio total, monolítico, inasequible a índices de prosperidad, libertad, seguridad y nivel de vida o encuestas que nos sitúan a la vanguardia mundial del respeto a la diferencia, el que en el escritor despierta una España a la que vilipendia como «un Titanic con capitanes incompetentes y pasajeros aplaudiendo y haciéndose selfies con el iceberg»; «un país de fantoches, surrealista hasta el disparate», gobernado por «la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida»; «una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan». Y en ese desprecio total cuesta no adivinar —si bien justo es consignar que Reverte no lo ha formulado jamás— el embrujo inconfesable de los cirujanos de hierro que parece su corolario lógico; la aprobación del palo largo y la mano dura de los que en la Libertad sin ira de Jarcha se rechazaba que sólo ellos valieran para gobernar a los españoles; una prístina reedición española de esto que sobre los intelectuales de la Alemania de Weimar escribía Rüdiger Safranski en su espléndida biografía de Heidegger:

Es sabido que los mandarines, acuñados por una tradición apolítica o antidemocrática, sólo en contados casos entablaron amistad con la democracia de Weimar. Ellos despreciaban lo que pertenecía a la democracia: los partidos políticos, la multiplicidad de opiniones y de estilos de vida, la relativación alternante de las llamadas «verdades», el término medio y la normalidad sin heroísmo. En estos círculos, el Estado, el pueblo, la nación, se consideraban como valores en los que pervivía una substancia metafísica en decadencia. Desde ese punto de vista, el Estado está por encima de los partidos y opera como idea moral que purifica el cuerpo del pueblo; y las personalidades directoras, los carismáticos, dan expresión al espíritu del pueblo. En el año en que apareció Ser y tiempo tronaba el rector de la Universidad de Munich, Karl Vossler, contra el resentimiento antidemocrático de sus colegas: «Siempre bajo nuevas transformaciones la antigua sinrazón: un politizar metafísico, especulativo, romántico, fanático, abstracto y místico… Se pueden oír sollozos acerca de lo sucios e incurablemente mancillados que son todos los negocios políticos, sobre lo falsos que son la prensa y los gobiernos, sobre lo malos que son los parlamentos, etcétera. Los que así gimen, presumen con tono de importancia de ser demasiado elevados y espirituales para la política».

Reverte no es exactamente un intelectual, pero sabe parecer uno a los ojos deslumbrables de una cultura media, como un Joaquín Sabina sabe parecer un poeta en lugar del rey del ripio a los ojos impresionables del lego en poesía. Formula teorías de aspecto sesudo (como la del, por él muy subrayado, presunto doble error histórico de España: haberse equivocado de Dios en Trento y de rey durante la guerra de la Independencia; sobre el error de equivocarse de bando en la guerra del treinta y seis no dice nada Pérez-Reverte) y sabe parecer preclaro al advertir sobre tendencias de época que, en cambio, no es original en absoluto al señalar, como la crisis supuesta de una Europa acechada por nuevos bárbaros. Pero son teorías y advertencias de tetrabrik; paisajes intelectuales de cartón piedra; intuiciones elementales, simples y erradas por lo tanto, pero diestramente estucadas con el oropel de la finura estilística y el brillo de la cita erudita; algo así como una meritoria bisutería. Reverte, por otro lado, se vende a sí mismo como valeroso; como un hombre sin pelos en la lengua, de arriesgada y brutal sinceridad; pero ello también delata sus hechuras bisuteras a poco que se lo somete a un microscopio inmisericorde. En su meterse con todo y con todos (menos con el Rey y con el Ejército), Arturo Pérez-Reverte termina por no meterse con nadie en realidad y por volverse, así, el prosistema más dócil. No hay como disparar cañonazos a un enjambre de mosquitos para no matar ni uno.

Las obsesiones de presunto jacobino de Pérez-Reverte coinciden, por lo demás, punto por punto con las de la moderna ultraderecha, de la que ya se ha dicho que hoy no es ni antiilustrada ni necesariamente religiosa, por lo que el Reverte que ensalza la guillotina y carga contra los obispos no tendría el menor problema en ser admitido a ella, si solicitara la admisión: España se derrumba, Europa se derrumba, los bárbaros nos cercan, nos devoran las feminazis, la democracia no funciona, ya no hay héroes. Su furibunda antiespañolía tampoco es incompatible en realidad con un nacionalismo español que no en vano lo admira, y que como todo nacionalismo, no es el amor a España, sino muy precisamente su odio. El nacionalista quiere a su nación sólo en la medida en que se atenga estrictamente a su idea de ella; y como toda nación es compleja y variopinta, pues todas las colectividades humanas lo son, tolera mal la democracia pluralista que expresa y articula esa complejidad. «Quiero demasiado a mi país para ser nacionalista», decía el benemérito Albert Camus. El amor del nacionalista es el amor enfermo del maltratador a la mujer a la que maltrata o el del amante de los pájaros que les corta las alas y los enjaula; un amor que hiere y mata pero que, como Marta Sánchez, jamás pide perdón.

Sobre cómo amar correctamente a los pájaros versa precisamente la mejor canción española de todos los tiempos, que se escribió en euskera y es el Txoria txori que cantaba Mikel Laboa:

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen alde egingo.

Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango.

O sea: «si le hubiera cortado las alas, habría sido mío, pero así habría dejado de ser pájaro».


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro, Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’, y en 2019 el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

5 comments on “«Y no pido perdón»: el rearme simbólico del nacionalismo español, de Marta Sánchez a Blas de Lezo

  1. Joaquín Ángel Vallina

    Muchas gracias.

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  2. Pingback: FOCUS PRESS 168 – Taller de Política

  3. Muy buen artículo. Y me ha encantado encontrar la mención de el Txoria txori que cantaba Mikel Laboa y que, casualmente, usé hace poco en un montaje de vídeo con trabajo de mi alumnado https://www.youtube.com/watch?v=E1KZ95HSBNE

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  4. Pingback: Imperio y arraigo. Dónde estamos. – El Corro

  5. Pingback: Los que el monumento de Los últimos de Filipinas nos cuenta del nuevo nacionalismo español | Somos Chamberí

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