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No hay nada más bello que lo que nunca ha existido

Escribe Francisco Abad sobre, y contra, los nacionalismos, sus relatos sobre una «Arcadia feliz donde todos danzaban alegremente alrededor de cálidas hogueras encendidas por antepasados que nunca existieron» y sus clamores «de venganza, restitución y reinstauración de un viejo orden y una vieja sociedad pretendidamente extinta, perfectamente inventada, pero útil a quienes, por diversos motivos, buscan el poder en el fraccionamiento».

No hay nada más bello que lo que nunca ha existido

/por Francisco Abad Alegría/

Permítanme titular con esta suerte de paráfrasis de la canción de Serrat, Lucía («No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí», 1971) porque de compungida pero agresiva realidad intento dar unas pinceladas de los fantasiosos nacionalismos que nos laminan a todos, nacionalistas violentos incluidos. Este pequeño trabajo es una reflexión sobre hechos, comprobables aunque matizables; no pretende ser un ensayo profundo o una tesina y pido que se valore desde esa perspectiva.

Mezcla de palabras; confusión del pensamiento

El Estado se estructura, la Nación se vive como continuidad histórica, la Patria se siente; van de mayor a menor cuantía y son de distinta cualidad, pero confluyen en una de las exigencias del humano social: integración y convivencia y al tiempo anhelo por algún tipo de protagonismo, al menos mental. Unificar conceptos tan diferentes, que en la práctica casi siempre van entrelazados, pero no amasados, con diferentes tamaños de nudo o eslabón, no suele llevar a nada bueno. Un supuesto ilustre político habló de la nación española como de un concepto «discutido y discutible»; su nivel intelectual y altura moral no eran discutibles ni según las reglas del pensamiento (es un modo de hablar) único e impuesto progresivamente discutidas; escuetas e inanes palabras pretendían camuflar la existencia de un proyecto implícito más que obvio.

En otro polo tenemos la poética expresión de Rainer Maria Rilke de que «la verdadera patria es la infancia», que matiza y redibuja nuestro Miguel Delibes. Y la más alejada en el tiempo que alude a la vivencia de la patria como un ente más extenso, pero profundo, sin llegar al criterio de nación, que formula el Caballero de la Triste Figura, cuando, deliberando de qué modo iba a darse a conocer en su gloriosa virtud caballeresca don Alonso Quijano y meditando sobre las virtudes y hazañas de Amadís de Gaula, decide, «como buen caballero, añadir al suyo el nombre de su patria y llamarse “don Quijote de la Mancha” con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre de ella» (finales del capítulo 1 de la primera parte del Quijote).

Sentimiento y vivencia, continuidad histórica común y estructura legal social, dan así pie para la confusión y consecuente manipulación.

En la más vieja nación de Europa, se ha adueñado la ignorancia histórica y sobre todo lingüística de tal modo (programada lenta y cuidadosamente sobre la base de la espoleta de acción retardada de la Constitución de 1978, verosímilmente calculada, de las nacionalidades y regiones) que ya incluso personas de supuesta formación superior no distinguen con nitidez conceptos como democracia, mayoría, asamblearismo o algarada. Y en esas aguas revueltas crecen parásitos de toda índole, con favorecedora invisibilidad y la glotonería de quien puede cazar emboscado en el barullo de palabras que tienen únicamente un elemento en común: el poder. El Génesis (3, 6) explica desde hace muchísimos años como del ansia de ser dioses (poder sobre los demás, poder pensar, hacer y decir lo que yo quiera, sin limitación) surgen todos los otros males de la humanidad. Aunque el poder ataca básicamente a la capacidad de cada persona de ser responsable de su vida, naturalmente engarzada e integrada en la de los demás. El poco sospechoso de conservadurismo Diego Abad de Santillán (1977), que no dejó obra escrita sistematizada pero sí numerosos artículos y conferencias de su credo y praxis anarcosindicalista, hacía, no sé si con plena conciencia de ello, una apología de la libertad radical, triturando palabras que remitían a conceptos aparentemente antitéticos, pero sustancialmente idénticos: «Se plantea una vez más, como un dilema la elección entre democracia y dictadura […] Pero democracia y dictadura no son términos opuestos, sino idénticos […] Tanto la democracia como la dictadura del fascismo significan la negación del hombre, su humillación forzosa ante una divinidad superior, que es el Estado, como antes había de humillarse y desaparecer ante un ídolo declarado nacional o local». Aparte la ortodoxia gramatical y rigor conceptual del dirigente, que se suma a la borrosa concepción del Estado, la clave podría ser en la práctica más sencilla: no muestre la Declaración Universal de Derechos Humanos intentando detener a un tropel de búfalos en estampida, porque acabará inexorablemente aplastado por la multitud de semovientes con pezuñas estúpidas pero eficazmente destructivas.

Pero, reconozcámoslo: no es impensable una concepción del Estado sin la correspondencia que ahora tiene como forma organizativa de nación. Parece que lo ahora discutible, hace decenios indiscutido y mucho tiempo atrás indiscutible, de la correspondencia, no equivalencia, Estado-nación requiere una reflexión mucho más profunda que actitudes como por ejemplo la China contemporánea, que ha liquidado la discusión cortando el nudo gordiano de los conceptos por medio de un método más simple, por la calle de en medio: Estado=Partido. Y eso se ha hecho hollando por la fuerza —de las armas, el manejo de la información y el adoctrinamiento— siglos de historia diferenciada, con distintos niveles de asociación, cooperación o hasta confrontación, con trazos de un sutil pincel caligráfico o un prosaico bolígrafo: la espoleta iniciadora de todas las fuerzas preparadas al efecto. Es la culminación de un hecho preludiado por la fagocitación del Tíbet, durante menos de un siglo unido a la pasada historia de China, allanado mediante asesinatos masivos, deportaciones e invasión también masivos, destrucción de millares de documentos y bibliotecas y derribo de miles de pequeños monasterios vertebradores de una cultura ancestral. El apunte (porque eso es por su brevedad y quizá intención) de un trabajo del pensador Batalla Cueto da algunas pistas sobre las que reflexionar al respecto, aunque ¿reflexiona el pueblo soberano? ¿O meramente sigue la línea tan nítidamente denunciada por Ortega en los años veinte y treinta del pasado siglo?

La historia de España contada al estilo Forrest Gump

Tom Hanks encarna a un individuo digamos que no muy dotado en el aspecto intelectual (no hablo de otras facetas) cuando relata la reciente historia de los Estados Unidos de América. Parece que desde hace tiempo somos espectadores pasivos de una historia similar, que más bien es historieta, de nuestro acontecer común. El profesor Jon Juaristi recoge una sobrecogedora visión del nacionalismo vasco en su libro El bucle melancólico, que muy bien puede guiarnos en el desbrozado de la maraña de arbustos y malas hierbas que ahogan el suelo común que hollamos desde hace muchos siglos, obstaculizando el camino y hasta la visión de la realidad (Madrid: Espasa-Calpe, 1997). Comenta que «nunca se perdió una patria gallega, castellana o vasca, sino un imperio —el español— del que habían sido fieles soportes los gallegos, catalanes, asturianos, aragoneses, castellanos, andaluces y, no faltaba más, los vascos» (ibídem, p. 33). Porque el Imperio español, ultramar aparte, no se construyó por la conquista, como el del ególatra macedonio ni la expansionista Roma, sino recreciendo sobre bases comunes, previamente conquistadas, es cierto, pero por una gran potencia expansiva y civilizadora, un territorio y población, haciéndolo de modo lento y heterogéneo. Y los imperios se hunden cuando falta el factor adhesivo de un destino y dirección unificadores (y no estoy hablando del Montañas nevadas…, ni mucho menos). Abunda en ello Juaristi recurriendo al anecdotario didáctico. En un drama del escritor antifascista F. Theodor Csokor, de 1935, «se narran los momentos finales de un regimiento austrohúngaro disuelto tras el armisticio: los oficiales, provenientes de diversas nacionalidades del imperio, que hasta aquel momento se habían sentido austríacos, se sienten de improviso pertenecientes a las nuevas patrias, que además se encuentran a menudo en una furibunda disensión recíproca» (ibídem, p. 32). Se confirma en la práctica la disolución de una gran nación, aunque proceda de un acuerdo secular unificador, pacífico o más o menos impuesto. Luego vino lo que vino, es decir, la segunda guerra mundial, que como todos sabemos se inició fundamentalmente no con la invasión nazi de Polonia, sino con el infame Tratado de Viena y la miserable alianza de Francia y el Reino Unido, adobada por el secreto tratado HitlerStalin y encendido por la miseria moral, consuetudinaria en los hijos de la Gran Bretaña, de lord Chamberlain.

En España ocurrió algo parecido tras la destrucción del espíritu que latía tras la Constitución de 1812, último estertor de un destino unido querido (con todos los conflictos que conlleva la unión familiar, los rencores parciales, las diferencias), que en el imaginario popular se ha inculcado como originado por las guerras carlistas (un alumno de bachillerato las atribuía con involuntario humor negro a «no querer cumplir la Ley Sádica» [sic]) (L. Díez Jiménez: Antología del disparate [6.ª ed.], Madrid: Studium, 1971, p. 137). Y como si las comunidades españolas se hubieran sumergido durante unos cuantos lustros en las aguas del río Leteo («La ideología dominante, según Barthes, se expresa con la voz de lo natural, de lo banal, y actúa para que las personas olviden que su mundo es fruto de un constructo histórico, voluntario o impuesto, pero histórico. Como puede comprobarse, este proceso de banalización se consigue no solo a través del recuerdo y la repetición, sino también a través del olvido», escribe Pérez Escohotado), la historia y proyecto común parecieron desvanecerse al tiempo que surgieron los neonacionalismos, impulsados básicamente por mentalidades esquizoides, masas ignorantes hasta la execración, caciques de todo color, insaciables de poder y riqueza, y eclesiásticos tan estúpidos como fanáticos, ávidos de un poder que hace tiempo han perdido y nunca recuperarán. Se ignoró, abrevada por la estulticia y el fanatismo, la común historia, estimulándose en paralelo un infinito victimismo «que impide que la herida cicatrice y suscita reclamaciones insaciables de modo que la historia académica de los últimos treinta años […] se ha ido construyendo con una visión muy distinta del pasado. Las guerras mencionadas [básicamente las carlistas y la del treinta y seis] fueron todas, sin excepción, guerras civiles» (Juaristi: o. cit., p. 20).

La carga de Zumalacárregui, de Augusto Ferrer-Dalmau.

¿Explicar los nacionalismos?

Y además, ilustrar, razonar, instruir sobre la génesis y razón de los nacionalismos españoles, es, como decía Simón Bolívar «lo mismo que arar en el mar»: labor estéril. Prosigue Juaristi:

Por supuesto, la historia académica no ha tenido efecto alguno en el arquetipo narrativo del nacionalismo. En rigor, no ha tenido lugar, en los últimos treinta años, nada parecido a una polémica entre historiadores nacionalistas y no nacionalistas […] Con todo, el nacionalismo institucional no busca el enfrentamiento con la historia académica. Se limita a ignorarla desdeñosamente y a vedarle el acceso al medio sobre el que detenta el control exclusivo: la televisión (ibídem, p. 21).

Concluye Juaristi (él lo dice tan bien que mutar sus expresiones para que parezcan mías sería una insensatez) con una síntesis de lo que cada día experimentamos quienes intentamos razonar sobre lo irracional, aunque potencialmente letal para el futuro de nuestra entera sociedad: «Mi experiencia es que los nacionalistas nunca entran en polémicas, no discuten. Descalifican, eso sí, y su procedimiento favorito de descalificación es aplicar al eventual crítico la etiqueta de nacionalista español, con lo que se ahorran entrar en argumentaciones más complejas» (ibídem, p. 25).

Y el arma fundamental para allegar adeptos a tan irracionales y antihistóricas actitudes es, como siempre, el sentimiento. Se ha creado una retórica nacionalista impactante, aunque carente del mínimo rigor histórico, lo que recientemente se ha denominado la fuerza del relato, que llega a los corazones imaginariamente agraviados de millones de sufridos oprimidos del presente y pasado, conquistados y sometidos por invasores extranjeros que los han sojuzgado, aplastando la Arcadia feliz donde todos danzaban alegremente alrededor de cálidas hogueras encendidas por antepasados que nunca existieron, dirigidos por leyes consuetudinarias inventadas, no escritas; y el sentimiento de agravio secular no vengado clama sacrificios de venganza, restitución y reinstauración de un viejo orden y una vieja sociedad pretendidamente extinta, perfectamente inventada, pero útil a quienes, por diversos motivos, buscan el poder en el fraccionamiento. El victimismo, convenientemente acompañado por la violencia de diverso tipo, es el caldo de cultivo de la supervivencia del fabulado folletín nacido de retazos de ripios melancólicos que aspira infatuadamente a la épica.

Mínimos gestos se han opuesto al delirio colectivo, surgidos de sangre injustamente vertida, dando al menos un leve fruto de cordura. Tras atentados sangrientos de ETA-Político Militar, surgida en 1973 de la 6.ª Asamblea de la Organización, la formación terrorista, presidida de hecho por la trinidad formada por Juan María Bandrés Molet, Mario Onaindía Nachiondo y Kepa Aulestia Urrutia, tras negociación secreta con el ministro de UCD Juan José Rosón, pasa a la acción puramente política, transformándose en el partido Euskadiko Ezkerra en 1982 y acabando por integrarse en 1993 en el Partido Socialista de Euskadi. Pues bien, aun partiendo de premisas difícilmente asumibles, muerto ya Onaindía, brotan esperanzadoras palabras de cordura de la organización. Por un lado, ya tardíamente, Aulestia declara que en la lucha por una emancipación total de Euskadi no tiene sentido la judicialización pura ni la confrontación violenta, sino que debe recurrirse al debate político, jugando con reglas democráticas, de modo que la convicción honrada de que una salida compatible con la ley es posible y además, lo que es muy significativo, que las condiciones para ello exigen la renuncia a una concertación rápida en el tiempo. Bandrés, que solía hablar clarito (falleció tras ictus hemorrágico en 2011) lo expresó, y presencié personalmente la declaración televisada, de un modo inequívoco (cito no literalmente): Euskadi, tal como lo concebimos, no ha existido nunca; pero es voluntad nuestra que acabe siendo una realidad en el futuro y para eso trabajaremos con todas las armas legales a nuestro alcance. Eso ya es otra cosa, don Juan Mari; no parece fácil pero podría ser y, sobre todo, es lícito defender una idea por descabellada que parezca, siempre que se respete el derecho de los demás a hacer lo propio y sin recurrir a la violencia, la manipulación o la fuerza de la mentira inoculada por los medios de comunicación.

Las lenguas propias

Cuando el identitarismo sale a escena, el protagonismo está ejercido por el triunvirato idioma-cocina-arte, como sabiamente explicaba el profesor Lisón Tolosana. Por eso los nacionalismos machacan a la población con esa historia inventada de las lenguas propias, englobando en ellas a algunas de suyo muertas, de las que permanecen locuciones parciales, vestigios o perversiones de la ortodoxia que los franceses denominan genéricamente patois, sin andarse con tanto miramiento localista. Ya no se emplea el latín en Hispania, que además no es Hispania hace tiempo, ni la militar koiné de raíces griegas, a modo de jargoon o swahili, en una cultura que fue nuestra base pero ya no existe y parece a menudo que ni siquiera sub-siste. La lengua es algo vivo, repiten todos los degradadores del idioma, anatematizando la ortodoxia con remoquetes de pedantería, purismo, arcaísmo y otros adjetivos que realmente ocultan un propósito disgregador, agarrándose al clavo ardiendo de una expresión que sirve tanto para un roto como para un descosido.

La lengua propia es la propia, es decir, la que tendió la urdimbre del pensamiento, y en España esa es el español. Cuando en muchos medios se insiste en llamar castellano al español, aunque otra de las cuñas que nos colaron en la Constitución de 1978 fue esa del castellano o español, realmente inician un movimiento disgregador y conformador de fronteras, un apartheid lingüístico perfectamente programado, listo para activarse en el momento predeterminado por quienes estaban tras la cocina real de la Transición. Son españolas todas las lenguas de España; nuestras, de todos. Y es derecho e incluso deseable aspiración conservar su existencia, aunque ya no sean el vehículo ordinario de comunicación universal español y de la hispanidad. Pero la tozuda realidad empuja al desuso a todo aquello que pierde utilidad. Y ese es el caso de las lenguas propias. Por cierto, un reciente trabajo de Pedro Luis Menéndez traza un panorama bastante triste en el que las lenguas propias españolas, entre las que me atrevo a incluir el español, que es común y propio de todos, muestran un notable afán de vivir de espaldas unas a otras, ignorándose mutuamente, lo que refuerza una conciencia de frontera (de lo que algo se dirá después) y además empobrece a todos, los protagonistas de lenguas propias específicas y, por supuesto, de la lengua propia común. Toda estulticia crece en un terreno que genéricamente llamaremos ignorancia, falto de la urdimbre del tejido final que denominamos pensamiento.

Aunque hay que matizar que sí tienen una utilidad: separar, dividir, compartimentar. Un instrumento inicialmente comunicativo deviene incomunicador. Un ejemplo de camino inverso nos lo ofrece la martirizada África, en la que se mezclan en forma de instrumento comunicativo, prescindiendo de lenguajes propios de reducidas poblaciones, las macrolenguas swahili y bambara. Lo propio ocurrió con los judíos ashkenazíes con el jargoon o yiddish (tan eruditamente explicado por Franz Kafka o el admirado escritor Isaac Bashevis Singer). En España el proceso disgregador ha surgido justamente a partir del momento del hundimiento global de principios del XIX (vean las fechas anotadas) y ya se ha acelerado meteóricamente desde la promulgación de la nueva Constitución asociada al momento denominado la Transición. Para no ser prolijo, intentaré resumir al máximo algunos datos elocuentes y poco discutibles.

La lengua catalana se conforma a partir del latín vulgar desde finales del siglo IX a principios del X (como el resto de las lenguas romances peninsulares), con numerosas variantes que se hacen patentes en los diferentes condados que se integraban en la fluctuante Marca Hispánica, y se mantiene con vacilantes variantes dialectales durante siglos, conviviendo con otras lenguas romances como el navarro-aragonés, el occitano o el valenciano, por ejemplo. Son hitos en su empleo escrito y estable los documentos de Jaime I de Aragón y el mallorquín Ramón Llull. En realidad no es una hasta que a partir de la Renaixença de la segunda mitad del siglo XIX y la unificación normativa consecuente de principios del XX por Pompeu Fabra Poch, que remodela, unifica y recorta las variantes catalanas para hacer una especie de batua catalán, se establece un única lengua oficial catalana.

El vascuence o euskera surge de la noche de los tiempos, adornado por leyendas ibéricas, armenias y hasta bereberes, pero lo único claro es el doble hecho de que su origen sigue indemostrado y de que prestó las vocales abiertas a la naciente lengua romance castellana, que acabó rápidamente imponiéndose por España a ritmo de Reconquista. Hay evidencias lingüísticas de que existió un romance navarro-aragonés, cuidadosamente analizado por el profesor González Ollé (gesto sobrio y serio, paso legionario cuando acudía a su universidad de Navarra, independientemente de la climatología), que cayó en rápido desuso por la imparable progresión del castellano a partir del siglo XIII («El romance navarro», Revista de Filología Española, 53 [1970], pp. 45-93 y «Vidal Mayor, texto idiomáticamente navarro», Revista de Filología Española, 84 [2004], pp. 303-346), borrándose de Navarra y originando fragmentos de lo que ahora llaman lengua aragonesa o fabla. Tuvo la importancia decisiva de romanizar lingüísticamente buena parte del septentrión peninsular y arrinconó, por pura funcionalidad, a los escasos restos del euskera en el altus prepirenaico. Aparte algunos esbozos escritos, breves y de vacilante ortografía, del siglo XVI (Etxepare, 1545; Leizarraga, 1571, etcétera) el primer libro íntegramente escrito en vascuence estable es Gero, del sacerdote bajonavarro Pedro de Axular, publicado en 1643, aunque escrito décadas antes, con temática puramente religiosa (Gero, Pamplona: Ediciones y Libros, 2003). El navarro Arturo Campión editó por suscripción la primera gramática del euskera y sus cuatro variantes dialectales a finales del siglo XIX (Gramática de los cuatro dialectos de la lengua eúskara, Tolosa: López, 1884), pero ya estaban tras la pista de la unificación a lo Pompeu Fabra los miembros de la Euskaltzaindia (Academia de la Lengua Vasca), que desde 1918, con protagonismo postrero del sacerdote navarro de infausto recuerdo José María Satrústegui Zubeldía, logró imponer el euskera batua, es decir, unificado, laminando las variantes euskéricas.

El asunto del aragonés ya es preocupante. Las diversas fablas, porque de fablas variadas hablamos y no de un idioma unitario, del Aragón nororiental se compilaron a partir de mediados del siglo XIX básicamente en forma de vocabularios de modismos lingüísticos, que no lenguaje estructurado, a través de los diccionarios de Mariano Peralta (1836) y Jerónimo Borao (1859) y solo a partir de 1920 se hizo una labor de sistematización y unificación filológica sobre las siete variedades fragmentarias de fablas aragonesas, a partir del trabajo del filólogo francés José Saroïhandy (Lengua aragonesa: historia y situación actual [trabajo de fin de carrera de humanidades], Universidad Abierta de Cataluña, 2012). Estos trabajos fueron ávidamente aprovechados por los actuales identitaristas aragoneses, que inventaron un pasado tan pasado que realmente no es más que la sistematización de restos del desaparecido romance navarro-aragonés que tan detalladamente estudia González Ollé (o. cits.), y que demuestra, entre otras cosas, que el famoso Vidal Mayor (1247), compilación legal encargada por el rey Jaime I, es una versión aragonesizada de la auténtica redacción original del notario pamplonés Miguel López de Zandio. El aragonés es una barrera idiomática ficticia, basada en reliquias fragmentarias del romance navarro-aragonés con incursiones en las fablas limítrofes catalanas.

Por lo que se refiere al gallego, poco se puede decir, ya que la trayectoria es clara. Produce sonrojo oír a los actuales gallegos que, empezando por el apóstol del poder puro, el profesor Manuel Fraga Iribarne, ex ministro cuasiplenipotenciario y de las JONS (como algunos de sus coetáneos y camaradas le llamaban) hasta los actuales próceres galleguistas, que asumen que un español asintáctico pronunciado confusamente y salpicado de nos, vos, oas, iños y eirás, dando en un lamentable patois que haría revolverse en la tumba a doña Rosalía de Castro —que arroba el pensamiento con palabras cantarinas y ejemplarmente engarzadas capaces de llenar de dulce tristeza las noches más inquietas— y denominan o noso galego. Los suevos, invasores procedentes del Báltico, al parecer cruzaron los Pirineos acaudillados por Hermerico y se establecieron en parte de lo que hoy es Galicia, compartiendo, poco pacíficamente, territorio con los los vándalos asdingos. Al cabo, lograda la hegemonía de los suevos (los vándalos migraron hasta llegar a África, haciendo el vándalo), constituyéndose el reino suevo de la actual Galicia y buena parte de Portugal, casi hasta Lisboa; con su rey Cararico son convertidos al cristianismo por san Martín de Braga, pasando después a la herejía arriana. Leovigildo anexiona el reino suevo al visigótico de Hispania y Recaredo ya convierte a los gallegos al catolicismo ortodoxo (todo ello manu militari, según inveterada costumbre). El entronque con el problemático pueblo celta se documenta en parte por algunas costumbres y por la presencia del haplotipo genético R1b muy común en Galicia, Bretaña e Irlanda, pero todo ello se viste con un ropaje mítico en el que Breogán, rey de Brigantia, lleva, que no trae, el celtismo galaico hasta Irlanda, dicen que hacia el siglo XI, falleciendo en tan lejanas tierras. No es chocante que el renacer del gallego común, lógicamente entroncado con el portugués, se expansionase desde las microaldeas hasta la política a partir de finales del siglo XIX, como ocurrió con las otras lenguas de España, y que su himno nacional, Os pinos, de Eduardo Pondal y Pascual Veiga (1890), impulsado por el patrocinio de Currros Enríquez, ocurriera en La Habana, la América llena de gallegos nostálgicos que emigraron por necesidad, en 1907. Las verdes tierras y el inventado Breogán dieron la excusa perfecta para sostener un languideciente aunque activo galleguismo que ya se ha convertido en plaga en los últimos decenios, dando la espalda a las otras realidades lingüísticas, «incluida la española» global, como delinea sintéticamente el precitado Pedro Menéndez.

Por fin, hablando en términos cronológicos de reclamación identitaria, aparece el bable asturiano, que algunos políticos actuales quieren hacer cooficial con el español. Técnicamente, bable significaría habla, es decir, praxis idiomática, aunque se pretende transformar en una lengua con todas las de la ley. No puedo meterme en terreno tan espinoso y sobre todo tan desconocido para alguien como yo, neurofisiólogo, es decir, ignorante absoluto de la filología, incluido el caló, si es que alguien se pone tozudo defendiendo que es un auténtico idioma y no un conjunto de modismos. Sabios hay que afirman que el Fuero de Avilés del siglo XI se redactó en bable, por entonces vacilante evolución asturleonés, como todos los nacientes idiomas procedentes de la romanización; y parece ser que Carlos González de Posada menciona una lengua propia de Asturias que denomina Vable. Me da igual, porque el bable que yo he conocido de primera mano, por parentesco y por frecuentes temporadas vividas en el entorno de Villaviciosa, no se comportaba como una lengua propia, sino como una salpicadura de modismos muy peculiares y agradables al oído, que se oían escasamente en Gijón (Xixón) y prácticamente nunca en Oviedo (Uviéu). Lo importante no es que se resucite o cree una lengua de suyo problemática como tal, sino que se imponga autoritariamente como cooficial, porque parece inevitable que la evolución sería similar a la que han seguido las otras lenguas españolas.

Y esa ha sido en primer lugar la inmersión e imposición con persecución activa en Cataluña y a continuación de los territorios baleares y valencianos, de la OTRA lengua española, el español (que dejó de ser castellano hace siglos, más o menos cuatro) hasta el delirio reciente del ayuntamiento barcelonés de prohibirla; que encierra endogámicamente a la Administración mediante la obligatoriedad y preferencia en el mejor de los casos del euskera batua a los territorios vascongados y ya a Navarra, que lamina en la actividad oficial al español en Galicia; incluso han dado signos de afán de oficialidad el panocho murciano y preclaros majaderos andaluces han insistido en un lenguaje andalú, empezando la idiotez, para variar, por algunos eclesiásticos, que se han tomado la tontería en serio y han hecho una versión en andalú del Nuevo Testamento. No quisiera para mi amada Asturias paterna un destino tan aciago.

La cocina se suma al delirio

La segunda base de la cultura de una nación no podía faltar a la cita del desatino nacionalista. Gentecilla como Jaume Fábrega, abrevado por dineros públicos autonómicos, que pagamos los espanyols siempre, afirma que la actual y laureada cocina española es «una apropiación indebida de la catalana», ignorando que hay más mundo que el estrecho que le rodea y protege en sus majaderías y siguiendo el camino ya claramente separatista público de Lladonosa, que considera a Cataluña como «un país de Europa, establecido a ambos márgenes de los Pirineos y, por tanto, solo coyunturalmente adscrito a nociones políticas como España o Francia» (El gran libro de la cocina catalana, Barcelona: Antártida, 1992, p. 8) (al parecer España y Francia no son naciones, sino nociones); y estas insensateces se hacen desde el campo estricto de la cocina, autóctona a más no poder, faltaría más, cuando los primeros recetarios culinarios europeos no ven la luz, tras el desgarro del Imperio romano, hasta principios del siglo XIII. En el mismo sentido se pronuncia el muñidor del montaje adriático Alìcia, Antonio Massanés Sánchez (y sus acólitos) en fechas más recientes (Corpus de la Cuina Catalana, Barcelona: Institut Català de la Cuina, 2006).

Aunque una de las cosas más sangrantes en este pegajoso campo es el lacayismo del profesor Antonio Riera Melis, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona, mallorquín (con quien en una ocasión he compartido jamón ibérico —¡lagarto, lagarto!— y otra defendido públicamente que el azafrán, triploide, no se reproduce por semillas) que se ha puesto a presidir, pastueñamente, el Proyecto Cocina Catalana, Patrimonio de la Humanidad, y que tiene el rostro pálido de afirmar que la cocina catalana autóctona ya está definida en el siglo XIV (Europa, por lo visto, era una cosa extraña que estaba ahí fuera…) a partir de influencias mediterráneas, que tuvo alguna influencia francesa, italiana y hasta española y más tarde fue modulada por los productos del Nuevo Mundo desde los refectorios conventuales (¡!) a partir del siglo XVI. Escuchar la alocución del profesor, que solo por estas afirmaciones merecía la expulsión de la cátedra, aún emérita, produce sonrojo, aunque el mercenariato no es proclive a efusiones vergonzosas.

Los aragoneses también tenemos de qué avergonzarnos en este campo, naturalmente en fechas recientes y con gobiernos recientes. Por ejemplo, un recetario de cocina que presume de recoger la cocina autóctona del año mil (¡la imaginación al poder!), escrito en patués —variante del presunto aragonés— y español, detalla una serie de recetas absolutamente vulgares, imaginadas obviamente, porque no existen, que se sepa, recetarios escritos de la época, en que Aragón era un ente aún en formación. Entre ellas destacan con deslumbrante ridiculez un recao y unas tabillas verdes, dos confecciones de alubias que tardarían seis siglos en llegar a nuestras tierras (S. Navarro Bellonga, J. Velasco Miguel, C. Castán Saura, M. P. Galindo Alegre: Resetas de cosina de l’an mil, Zaragoza: Dirección General de Política Lingüística, Gobierno de Aragón, 2019)Es miserable que la edición de este bodrio se haya hecho con dinero público, supongo que con el objetivo fundamental de fomentar la sublengua patuesa, involucrando a alumnos de 4.º de ESO desde la más tierna infancia. Aquí ya no hay afirmaciones absurdas, sino adoctrinamiento puro y duro, sumado al fomento de la ignorancia ya desde la escuela. Mi calificación está contemplada en el Código Penal, por lo que la omito.

Receta de pollo al batzoki

Los métodos del fraccionamiento-enfrentamiento

Los Estados-naciones se basan en la unión de acción, historia y normativa de diversos pueblos, previamente fraccionados, desde la tribu a las pequeñas comunidades de lengua y sentimientos comunes, aunados de forma estable durante largo tiempo, recorriendo un largo camino histórico que resulta ventajoso para la mayoría, remedando la psicología práctica de la hinchada futbolera que se aúna en torno a un equipo y su directiva, al menos por un tiempo, lo que no obvia la opresión o el abuso (Introducción a la antropología general [6.ª ed.], Madrid: Alianza, 1998). Los métodos para lograr esta unificación que se pretende desgarrar mediante los nacionalismos son tanto el acuerdo estable como el sojuzgamiento violento, pero al cabo constituyen un cuerpo razonablemente homogéneo y con delimitación no solo histórica sino también fronteriza. No es raro que los partidarios de un Nuevo Orden Mundial, entre los que se cuenta el lamentable actual obispo de Roma y gente de discutida limpieza ética como el húngaro Soros o la joven intelectual Thunberg (dice el adagio popular: «Dios los cría y ellos se juntan») coincidan en diversas insensateces, entre las que destaca el desdibujamiento de los límites fronterizos físicos y sobre todo culturales, porque de una masa bien trabajada se pueden obtener multitud de pequeños bollos moldeables, de tamaño, forma y grado de cochura sometidos a la estricta voluntad del panadero. ¿Y quién es ese señor tan importante o cuál su equipo de tahona?

Los métodos básicos para destruir la concertación nacional son la transmisión de valores culturales o anticulturales hecha de forma masiva durante largo tiempo por los medios de comunicación controlados por determinados grupos de poder (dice Slavenka Drakulic a propósito de la guerra de los Balcanes que «cuando cayó el enclave de Srebenica, la máquina de propaganda serbia, especialmente la televisión, llevaba demonizando al enemigo casi diez años»),[1] lo que en España y especialmente en Cataluña, Vascongadas y Galicia es ya de puro hartazgo. El aunamiento artificial de sectores cada vez más numerosos del pueblo alrededor de actos culturales o folclóricos identitaristas y nacionalistas y el control y manipulación de la información por reducidos grupos de presión ligados a una voluntad de fragmentación, mediante magnificación de algunas informaciones y noticias, tergiversación de otras y ocultación descarada de muchas otras. Pido perdón por no poner ejemplos muy concretos, pero si piensan un poco les saldrán a borbotones; es que soy pobre y además no tengo más carné que el de identidad, y ya se sabe (Harris: o. cit.).

El control de la enseñanza, tanto escolar como superior, es absolutamente decisivo, como lo prueba la pugna encarnizada que las diferentes autonomías y grupos de todo tipo pretenden y obtienen sobre ella, y además se ejerce desde hace tiempo también sobre la mayoría poco ilustrada del pueblo; las vergonzosas y asumidas como verdades fuera de toda discusión, promovidas desde medios universitarios, como las de los profesores Trueta o Sabaté, a guisa de ejemplo, dan idea del fraude consolidado y al tiempo intencionadamente influyente (F. Sabaté Curull [ed.]: Breu història de Catalunya, Universidad de Lérida, 1997; J. L. Trueta Raspall: L’esperit de Catalunya, Barcelona: Edicions 62, 2003). Eso ha fomentado además una endogamia compleja en la que lo político y autonomista se ha infiltrado en la universidad, llevándola en general a la lamentable situación que ahora vivimos, con pocas excepciones.

Como la autoridad intelectual y moral del maestro no suele ser de eficacia total (basta con alternar con la mayoría de la gente que ha pasado por un proceso de escolarización normalizada para comprobarlo), el método de efecto probado para mover la acción es motivar afectivamente a las personas; en eso la coincidencia con los medios de comunicación es absoluta, aunque en este segundo caso se complemente con la manipulación informativa (aún más cuando se consigue que la noticia se transforme en información, según convenga). Sin ir demasiado lejos, sirva como ejemplo la actitud del votante medio, que ante la conducta de los políticos electos, que no calificaré pero es tan lamentablemente calificable, sigue echando el papelito en la urna, en una mezcla de optimismo mágico y de motivación evidentemente irracional, digamos que directamente visceral. Pues bien, aun el análisis más superficial de los mensajes nacionalistas es indefectiblemente afectivo, jamás histórico, y además melancólicamente añorante, algo sencillo porque además de que hacer llorar es mucho más fácil que hacer reír, la melancolía suele buscar reparación, aunque no esté objetivamente motivada, y eso genera normalmente agresividad y violencia. Ya he mencionado en síntesis el himno gallego Os pinos y cómo y cuándo nació. El himno oficial catalán, Els segadors (completado sobre tonadas antiguas por Francesc Alió y Emilio Guanyavents entre 1892 y 1899) aúna la melancólica remembranza de la guerra de Sucesión de 1640 (un asunto dinástico que al pueblo ni le va ni le viene, a diferencia de sus dominadores) con el duro trabajo y, sobre todo, la eficacia lesiva de las hoces bien afiladas.

Sobre los delirios melancólicos de literatos de dudosa entidad (según quien la califique, claro), Garay de Monglave, de la Bayona bajonavarra (1834) falsea la batalla de Roncesvalles, en la que nada menos que el ejército carolingio es vencido no por moros sino por los viejos vascones, que a pelo y sin instrucción militar reglada le hacen un roto considerable, de retorno de una especie de aceifa (si vale el término para las huestes cristianas) por terrenos pamploneses, lo que es cantado por un romance de dudosa autenticidad y conservado fragmentariamente, que supuestamente se remonta a mediados del siglo XIII, proclamando el famoso verso «un grito ha sido oído en medio de los montes vascos», apoyándose en algunas notas de don Ramón Menéndez Pidal. Francisco Navarro Villoslada fuerza la leyenda, metiendo por cierto a los judíos por medio (no parecían gustarle mucho), en su afamada novela Amaya o los vascos en el siglo VIII. No conforme con ello, además de inventarse un Reino de Navarra, porque en la época a que se refiere era el Reino de Pamplona, habla en algún opúsculo fantasioso sobre la idiosincrasia de la mujer navarra, atribuyendo esencia de nación a un pueblo vasco que de ningún modo estuvo organizado como tal: el vasco era dulce de costumbres, atlético, no invasor de terrenos limítrofes y poblador de los territorios limitados por el Ebro y el Garona, que al parecer estaban vacíos de todo vestigio de humanidad, y «no encuentra satisfactoria explicación a tan singular fenómeno, sino el fiero amor de nuestros aborígenes a la independencia» (F. Navarro Villoslada: «La mujer de Navarra», Revista Euskara, 4 [1881], pp. 225-314). A partir de estos presupuestos se componen los dos subhimnos euskádikos: el Gora ta gora Euskadi, basado en una vieja melodía popular, a la que puso letra Sabino Arana Goiri en 1902 y que el Parlamento vasco modificó en letra y título (Eusko abendaren ereserkia) respetando la tonada y sentido originales y que rezuma dulce añoranza por un pasado imaginario, y el Gernikako arbola de José María Iparraguirre (1853) cuya paternidad se disputan carlistas legitimistas y peneuvistas. En todo caso, sentimiento, mucho sentimiento, mucha melancolía; ni una descripción de hechos.

Mas estamos controlados en lo colectivo (tribal o estructuradamente social) por otra variante: la dimensión religiosa. Ya el Código de Hammurabi, fechado hacia el siglo XVIII a. C., organizaba la sociedad babilónica comenzando y concluyendo con la afirmación indiscutible de que las leyes promulgadas procedían de su condición de pontífice o emisario de la voluntad de los dioses y si alguien se rebela contra los dioses, ya se sabe (permítanme la licencia vulgar): matarile. En todas las sociedades primitivas (y por ello algo parecido va a ocurrir en las que desde tiempos actuales pretenden retroceder artificialmente a idílicos primitivismos) la religión o sus sucedáneos impregnan o al menos contaminan la realidad estrictamente humana: «el sobrenaturalismo está tan difundido en el mundo primitivo, que colorea a todos los Gobiernos en mayor o menor grado. Quienes desempeñan cargos políticos poseen invariablemente algún poder mágico o sagrado. La guerra, la legislación y los procedimientos judiciales incluyen inevitablemente algún ritual religioso» (E. Adamson Hoebel: Antropología [2.ª ed.], Barcelona: Omega, 1973, p. 461). Ahora recuerdo el cardo maximus de gran longitud que recorría el camino religioso-civil de las ruinas de Celsa o Termancia, recorrido por la ceremonia mixta de religión de Estado que vertebraba parte de la vida romana clásica. Y eso resulta patente incluso ahora, de forma anecdótica, cuando por primavera se bendicen los términos de una localidad agrícola (¡pero no la vecina!) impetrando tiempo propicio para los campos y salud para los habitantes del término (Lisón Tolosana: o. cit.).

No debe llamar la atención, por tanto, que los primeros nacionalismos fuesen no solo amparados sino claramente alentados desde medios religiosos. No tiene mucho sentido extendernos en el papel que enclaves como Montserrat, Núria, Poblet, Belloc, Loyola o congregaciones como escolapios, capuchinos y jesuitas tuvieron en la génesis y evolución de los nacionalismos españoles, en esa cerril unión entre sociedad política y dominio de todo por la alta y no tan alta clerecía, también coincidiendo con la auténtica revolución social que supuso el siglo XIX y que tan cautelosamente describe el criptonacionalista, tolerado durante muchos años, Jaime Vicens Vives (Aproximación a la historia de España [5.ª ed.], Barcelona: Vicens-Vives, 1968, pp. 154-176). Poco a poco, el desprestigio que se ha labrado la clerecía oficial católica y la cada vez menor relevancia de la Iglesia en la vida pública española, en parte acosada por gobiernos activamente anticatólicos y no menos por la degradación de un clero que antaño fue ejemplo de cultura, aunque también de caciquismo, ha dejado las riendas de la evolución social real no en manos del pueblo soberano, según los hechos cada vez más irrelevante, sino en las de quienes manejan la economía y la información, que al fin y al cabo, son los mismos. En Semana Santa, la inmensa mayoría de la población española no participa del Triduo de Pasión-Resurrección, sino que se va a la playa si puede o al pueblo con los chicos.

Fomento de lo fronterizo

El profesor Carmelo Lisón Tolosana, catedrático emérito de antropología social, nacido en Aragón (La Puebla de Alfindén), desbroza el concepto antropológico de frontera de un modo magistral en una densa monografía (Lisón Tolosana, 1994); me limitaré a citar algunas de sus afirmaciones que creo que aclararán bastante de lo que pretendo contar.

Toda frontera divide y al tiempo acota permanentemente; dividir es sencillo, porque requiere un poco de fuerza y un filo bien repasado con chaira diamantífera, pero acotar supone un esfuerzo de impedimento mantenido en el tiempo. Hay fronteras naturales que a veces se pueden superar por artificios como pasarelas o puentes, pero las artificiales tienen otros matices. Algunas son básicamente físicas, como las diferencias de clase, de estirpe, de creencias, de valores y de educación. Mas la que combina todo ello con una delimitación física que se puede trazar simultáneamente en las mentes y en un mapa físico, es la buena. Y además no surge de forma natural, como el magno lecho paleoglaciar del Gran Cañón del Colorado, sino que se construye con el tiempo por humanos agrupados y concertados, inmersos en su propia frontera mental y cultural. La menor de todas es la que se genera como protección contra peligros objetivos no humanos, como la proximidad de la selva, repleta de peligros animales o de crecimientos vegetativos de tendencia invasora. Pero la otra, la más amenazante que protectora, es la que se estructura como dique contra humanos presuntamente expansionistas o rapaces. La casa en que habitamos es una frontera contra los males de la intemperie y al tiempo los semejantes objetivamente peligrosos o así concebidos.

De modo que mientras que el humano aislado busca protegerse de la intemperie y de posibles enemigos animales o también humanos, con remedios de fortuna o de ocasión, un grupo de estructura social más o menos compleja, pero estabilizado, pretende los mismos objetivos, creando una conciencia defensiva más o menos estable, a veces nómada pero siempre delimitada y simultáneamente asociando coherencia interna con socorro mutuo y, sobre todo, potencial enemigo común: La frontera «detiene, separa y opone; marca la ruptura de la bandera de la disyunción y la antítesis; su código es la exclusión: pero precisamente por serlo, su misma naturaleza o modo de ser necesita de la existencia del Otro del que se separa y enfrenta» (ibídem).

Con la permanencia de las fronteras durante largos periodos históricos, surgieron fenómenos como la literatura de frontera, habitualmente de tema bélico, que contribuye a estabilizar límites y al tiempo idealizar gestas y cronologías, no siempre de modo fiel. La literatura de frontera, escasamente objetiva, contribuyó decisivamente (y contribuye) a fijar poéticamente límites que siempre acaban sirviendo a fines políticos en amplio sentido. Y no solo eso, sino que lo fronterizo actúa cual imán con todo tipo de «individuos o grupos inquietos, insatisfechos con la común y monótona experiencia cotidiana; los aventureros que rechazan moldes estructurales que consideran rígidos, buscando posibilidades más excitantes en otros ámbitos» (ibídem). Y así, entre las pulsiones defensivas enfrentadas a las ofensivas, motivadas por intereses justos o injustos, lo fronterizo acaba siendo semillero de discordia en el mejor de los casos, a menudo de enfrentamiento y no pocas veces, según el equilibrio de fuerzas, de invasión o expansión; por eso a la aparente denominación de frontera como una simple denominación sustantiva (el viejo limes o delimitación territorial de una población) se añade el valor bélico de frontero (adversus), lugar en que se desarrolla un frente bélico, de oposición más o menos continua o agresiva de territorios o entes nacionales colindantes. Y de este modo lo que aparentemente es mera delimitación territorial que alberga una sociedad de cultura o estructura peculiar, la frontera realmente es mucho más. Significa que YO soy yo y tú eres EL OTRO, y lógicamente YO soy el bueno (no conozco más que una estirpe que presume de su origen bastardo —ya nos entendemos— y es la de los Fitz-James Stuart, duques de Alba) y tú el potencial o real enemigo, estableciéndose un variable grado de intolerancia hacia EL OTRO, de hostilidad. Pues ya vemos de qué modo tan elegante surgen conflictos graves y enfrentamientos donde antes únicamente existían los roces propios de una familia que viaja un poco apretada en el utilitario o se intenta procurar un poco más de amplitud en la mesa que comparte. Y eso, supongo que ha quedado claro, no surge espontáneamente, porque todo lo que se agrupa cronológica y fenomenológicamente tiene inevitablemente una dirección en la maniobra.

Don Santiago y don Guillermo

Permítanme recoger palabras mucho más sabias que las mías (lo que no es nada difícil) para contarles al oído unas reflexiones que a algunos nos duelen y hasta atenazan la fisiológica excursión respiratoria. En 1934 don Santiago Ramón Cajal dejaba escritas algunas reflexiones sobre la España que vivía con la perspectiva de la que vivió, aludiendo al cambio de sistema de gobierno nacional y algunas de sus consecuencias. Que hable el sabio:

No es que me asusten los cambios de régimen, por radicales que sean, pero me es imposible transigir con sentimientos que desembocarán, andando el tiempo, si Dios no hace un milagro [es modismo más que indicio de conversión religiosa], en la desintegración de la patria y en la repartición del territorio nacional. Semejante movimiento centrífugo, en momentos en que todas las naciones se recogen en sí mismas, unificando vigorosamente sus regiones y creando poderes personales omnipotentes, me parece simplemente suicida. En este respecto, acaso me he mostrado excesivamente apasionado. Sírvame de excusa la viveza de mis convicciones españolistas, que no veo suficientemente compartidas ni por los sectores políticos más avanzados ni por los afiliados a los partidos históricos (Ramón y Cajal: El mundo visto a los ochenta años, en Obras literarias completas, Madrid: Aguilar, 1961, p. 287).

Obsérvese que Ramón Cajal habla de suicidio y desintegración. Y no añado más. Pero aún se puede afinar en el pensamiento de don Santiago:

Cada día aparecen síntomas menos tranquilizadores. Descuellan, entre ellos, la catalanización de la Universidad; los ultrajes reiterados a la sagrada bandera española; las manifestaciones francamente antifascistas, pero en realidad francamente separatistas, con los consabidos mueras a España, por nadie reprimidos…el hecho incuestionable de que son o fueron separatistas los gobernantes de la Generalidad… Iguales recelos suscita la demanda autonómica de los vascos. Si casi todos los defensores de la autonomía catalana y vascongada han sido separatistas… ¿Cómo evitar que los Estatutos se vicien y desvirtúen, derivando en la práctica hacia la plena independencia? (ibídem, p. 379).

Han pasado 85 años desde que esto se escribió, y no por un gacetillero juntaletras, sino por un sabio médico, humanista y sumamente activo en la vida política nacional, en lo que no resultaba nada desdeñable su peso como formador desde la influyente órbita masónica, en la línea de los ilustrados que impulsaron más o menos soterradamente las Sociedades de Amigos del País, promotoras del progreso hasta que la barbarie genocida del emperador Napoleón y la traidora y miserable conducta de sus coetáneos reyes borbónicos allanaron el camino del primer proyecto claramente disgregador no solo de la Nueva España sino de la Vieja y secular España.

Y en la línea de pensamiento (perdón por prostituir el concepto, pero intento expresar, esta vez sí, un pensamiento) de quienes porfían por la desunión, no solo por la vía del secesionismo más o menos explícito sino patentemente confrontador, no es insensata la reflexión del motivo por el que las cosas no pueden variar acelerada y radicalmente de enfoque en la convivencia. Se me ocurre que en primer lugar porque convivencia y confrontación como discurso suponen una aporía. También se me ocurre que la historia tiene la inveterada costumbre de avanzar siempre y que cuando intenta retroceder, o no es historia o es un artificio manipulador. Y sobre todo ello, el regreso a un estado antiguo de las cosas que está cimentado íntegramente sobre falsedades, es decir, inexistente, apoyadas por la incultura, la irreflexión y el alma pecuaria, burdamente manipulada por concretas entidades o grupos, nos lleva a una deriva claramente progresista, pero progresista hacia la impostura y el desastre.

Nuestro querido y admirado profesor Guillermo Fatás Cabeza, historiador de los de antes, es decir catedrático de historia antes de que la universidad española llegase, con honrosas excepciones, al nivel a que ha sido empujada por controladores sin escrúpulos y masas ansiosas de un pomposo (y devaluado) título oficial, escribía recientemente una nota luminosa que redondea lo dicho por su colega catedrático Santiago Ramón Cajal, muy alejado en el tiempo y la disciplina, aunque durante un tiempo de la misma universidad de Zaragoza. Y lo dice tan bien, sobre la excusa de la Corona de Aragón, ampliable a toda España, que abusaré de nuevo del derecho de cita, cediéndole respetuosamente la palabra:

Históricamente, tampoco se explica la fe en un Estado federal español. Es obvio que la organización federal es un objetivo para unidades que desean lograr constituir funcionalmente una unidad no meramente mayor, sino superior, porque carecen de ella, caso contrario al de España. Y, además, la experiencia federal española ha sido un fracaso doloroso y dañino cada vez que se ha intentado; más notoriamente, durante la I y la II Repúblicas. En fin, quienes apoyan (solo tácticamente) esa vía son, principalmente, partidos que no son federalistas, sino separatistas y, acaso, confederalistas, que no lo ocultan, aun sin contar con respaldo social bastante.[1]

Cartas boca arriba y basta de engaños.

Unión, fortaleza; desunión, debilidad

No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que las grandes obras se hacen siempre aunando esfuerzos. Las recíprocas simpatías, las estólidas empatías y los sentimientos tienen poco que ver con la labor de construir una gran autopista, una presa para almacenar agua, un sólido cuerpo docente universitario o para defender una ciudad del ataque de asaltantes rapaces. Por naturaleza, las uniones surgen y se consolidan como sistema de mutuo socorro y enriquecimiento común en todos los órdenes (lo sentencia luminosamente Mario Pérez Antolín en un aforismo: «Estado es la suma significante de los insignificantes») y el fraccionamiento o debilitamiento de tales uniones consolidadas con un fin básico común, que no anula otros locales o particulares sino que los facilita, busca debilidad de la que aprovecharse. En general el aprovechamiento de entidades débiles lleva al sometimiento hasta el grado de la esclavitud por quienes las acaudillan o invaden. Y eso que es tan evidente, intenta disfrazarse con palabras que ni quienes las esgrimen comprenden: no logro imaginar un cuerpo de ejército que actúe eficazmente por la empatía mutua de sus integrantes (por no decirlo con las palabras que me apetecería escribir…).

Dice el precitado profesor Fatás:

Jaime II, no en vano llamado el Justo, promulgó un estatuto de importancia excepcional. El rey —y sus juristas—, apoyado en el Evangelio (Mateo 12, 25; Lucas 11, 17) y sabedor de que «todo reino dividido contra sí mismo será destruido», dispuso que sus estados hispanos permaneciesen unidos e indivisos, «porque la fuerza unida de muchos sea más capaz de defender la justicia […] y la cosa pública se preserve» […] Con superior visión, Jaime disponía que los reinos de Aragón, Valencia y el condado de Barcelona, con sus derechos en el reino de Mallorca, en los condados de Rosellón y Cerdaña, y otros territorios, permanecieran perpetuamente unidos sin que pudieran ser separados por ninguna causa ni bajo ninguna excusa […] «Ordinamus quod regna nostra Aragonum et Valentie ac Comitatus Barchinone […] sint et maneant perpetuo unita, et in unum ac sub uno solo dominio atque domino perseverent» (ibídem).

Pero este modesto transcriptor, ante tal lectura, no puede quitarse de la cabeza, acorde con la motivación evangélica unionista del rey aragonés, la única exclamación pesimista de Jesús, aparte la queja por el sentimiento de abandono en la cruz (Mt 27, 46) que trae Lucas (18, 8): «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». Y lo digo a propósito de la aceleración en el proceso de reinvención y fraccionamiento de nuestra nación. ¿Habrá consumado el pueblo soberano el seppuku nacional, no de forma honrosa pero sí irreversible?

La ponzoña nacionalista, especialmente cuando es manejada por poderes situados en la cúspide de las naciones, no únicamente en alguna de sus áreas, puede ser extraordinariamente dañosa, creando problemas donde no los hay, empobreciendo hasta el límite de la esclavitud (lo que parece un efecto buscado) al pueblo, siempre haciendo daño. Michael Billig lanza al respecto una advertencia: aunque el futuro sea incierto, conocemos la historia del nacionalismo. Y eso debería bastar para fomentar cierto hábito de desconfianza vigilante.

El grito del coronel

Se extiende lentamente la palabra balcanización al hablar del futuro de nuestra nación y sobre lo expuesto no parece una fantasía etílica o un parche apocalíptico gratuito.[1] Invocar la guerra de los Balcanes es expresión de mayor cuantía, pero balcanización en sentido amplio de desagregar lo previamente unido no de modo circunstancial o reciente sino multisecularmente, como separación y al tiempo enfrentamiento de los vecinos, no necesariamente a tiro limpio, aunque suele ser la conclusión de buena parte de los nacionalismos exacerbados, parece que es algo activamente buscado desde el poder: «Como salvaguardia intelectual, hay que adelantar que mal y nacionalismo no se pueden equiparar necesariamente; sí, en cambio, se puede afirmar que, históricamente, determinados nacionalismos han provocado conflictos y desastres con mayor frecuencia de la deseable». Y eso puede tener muchas formas, no necesariamente bélicas. El coronel Roger Taylor, interpretado por Charlton Heston en la película de Franklin Shaffner El planeta de los simios (1968), huye de sus captores simios, a caballo, bordeando una playa, llevando a la grupa a su mujer, tras maniatar al Ministro Inquisidor del Conocimiento, el simio Zaius, que impide que sus soldados simios persigan a la pareja, diciéndoles: «Dejadlos ir; descubrirán su destino». Y que a continuación ordena dinamitar los últimos vestigios del pasado real, localizados en una cueva antaño habitada por humanos y parcialmente excavada. La película concluye con una escena en la que el fugitivo descubre semienterrados restos de edificios humanos, entre los que destaca el remate de la Estatua de la Libertad, y entiende que tras un largo viaje en el tiempo ha vuelto a la que fue su tierra, explicitada por tal megaicono neoyorquino regalado por una nación llamada Francia muchos (¿cuántos?) siglos antes de la evidente hecatombre humana. Desmonta y arrodillado en la arena, grita: «¡Maniáticos! ¡Lo habéis destruido todo! ¡Yo os maldigo a todos!».


Francisco Abad Alegría (Pamplona, 1950; pero residente en Zaragoza) es especialista en neurología, neurofisiología y psiquiatría. Se doctoró en medicina por la Universidad de Navarra en 1976 y fue jefe de servicio de Neurofisiología del Hospital Clínico de Zaragoza desde 1977 hasta 2015 y profesor asociado de psicología y medicina del sueño en la Facultad de Medicina de Zaragoza desde 1977 a 2013, así como profesor colaborador del Instituto de Teología de Zaragoza entre los años 1996 y 2015. Paralelamente a su especialidad científica, con dos centenares de artículos y una decena de monografías, ha publicado, además de numerosos artículos periodísticos, los siguientes libros sobre gastronomía: Cocinar en Navarra(con R. Ruiz, 1986), Cocinando a lo silvestre (1988), Nuestras verduras (con R. Ruiz, 1990), Microondas y cocina tradicional (1994), Tradiciones en el fogón(1999), Cus-cus, recetas e historias del alcuzcuz magrebí-andalusí (2000), Migas: un clásico popular de remoto origen árabe (2005), Embutidos y curados del Valle del Ebro (2005), Pimientos, guindillas y pimentón: una sinfonía en rojo (2008), Líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2009), Nuevas líneas maestras de la gastronomía y culinaria españolas del siglo XX (2011), La cocina cristiana de España de la A a la Z (2014), Cocina tradicional para jóvenes (2017) y En busca de lo auténtico: raíces de nuestra cocina tradicional (2017).

1 comment on “No hay nada más bello que lo que nunca ha existido

  1. Artículos con sustancia que suscitan reflexiones…es de aagradecer!!!!

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