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Las columnas del Partenón

Pablo Batalla Cueto reseña 'Apuntes de pragmática populista', una antología de artículos de Xandru Fernández, publicada por Suburbia.

Las columnas del Partenón

/una reseña de Pablo Batalla Cueto/

Pudiéramos escribir, simplemente, que en pocos columnistas se da, como en Xandru Fernández, una convergencia tan meritoria como la por él demostrada entre escribir certero y escribir bien; entre el tener algo que decir y el decirlo haciendo formar parte imprescindible de su impedimenta como opinante el martillo y el cincel del estilo. No siempre es así. Con frecuencia se encuentra uno con columnistas que parecieran haber entendido enfrentarse a un dilema, y hubieran elegido con pesar, bien el ejercicio de estilo admirable pero vacuo de un Francisco Umbral, bien cierta economía de los decires a la que la obsesión, muy de los tiempos, de la eficiencia hace olvidar cualquier otra consideración; que busca el pan sin buscar al tiempo las rosas. Fernández tiene claro que tal dilema no existe y lo explicita: «Cada vez estoy más convencido de que hay relación entre escribir bien y pensar bien, y de que hay ideas que huelen muy bien en su momento prediscursivo pero quedan en nada al articularlas en un discurso», comentaba con Juan Carlos Gea en una entrevista para La Voz de Asturias. A nada renuncia, no, la columnística de este asturiano de Turón, profesor de filosofía del que sus textos revelan bien la marca del oficio: didáctico, lo es sin el error frecuente de serlo descendiendo hacia el lector; y antes bien, le tiende la mano desde las alturas de su erudición a fin de que sea él quien ascienda. Algo así como un sherpa del intelecto. Puestos, por ejemplo, a cargar contra la voracidad cleptómana, amiga de lo ajeno, de las infames élites contemporáneas, uno puede escribir, lacónicamente, que no hay pan para tanto chorizo o también, como Xandru, que

Un caudillo de la Antigüedad, el rey Creso de Lidia, fue quien, deseoso de ganarse el favor del oráculo de Delfos, hizo ingentes sacrificios en los que quemó, entre otras cosas, “una gran pira de lechos dorados y plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura”, según Heródoto, tras lo cual ordenó a todos y a cada uno de los lidios que sacrificasen, de sus propiedades, cuanto les fuera posible. Si nuestros oligarcas hubiesen gobernado Lidia, no habrían arriesgado ni una onza de sus fortunas personales. Como a los lidios, nos han exigido a todos contribuir con nuestros bienes, aun sin tenerlos, mientras ellos ordenan y reciben el tributo en su triple y obscena condición de reyes, dioses y adivinos.

Procede la cita anterior de unos Apuntes de pragmática populista que agavillan por primera vez —y es lo que hemos venido a reseñar— una buena colección de artículos publicados por Fernández a lo largo de varios años en distintos medios, de CTXT a La Marea, pasando por Diagonal, El SOMA o EL CUADERNO. Varios años: concretamente, los que van de 2011 a 2018, una casi década que no ha sido, ni en la historia de España ni en la universal, esa paja mullida pero inane con que la gran novela de la historia se rellena a veces, necesitada de bajos que compensen y conviertan en tales sus altos. La década, casi-década, del 15-M y de un marianato que nos proporcionó la impresión de que «lo político era geológico, esa percepción de que el Partido Popular no era un partido sino un paisaje, que Mariano Rajoy no era un presidente sino una cumbre o una depresión, un golfo o un cabo, un accidente geográfico imposible de demoler salvo con una obra de proporciones faraónicas». La década, casi-década, también, del recorrer Europa del fantasma neofascista, de la guerra siria y la crisis migratoria resultante o, a un nivel local que sin embargo no deja de decirnos cosas universales, del fin de la minería en la Asturias natal de Fernández. Y a todo ello se asoman los artículos reunidos en este libro del que, como escribe otro grande astur de la columnística actual, Enrique del Teso, en su prólogo, «el carácter fragmentario no impide ofrecer al lector líneas de pensamiento y constancias reconocibles». Constancias como una firme preocupación por un auge posfascista del que Xandru no deja de detectar los siniestros picos del electroencefalograma característico en «algunos viejos y nuevos izquierdistas a quienes el tiempo y la semántica no les han sentado bien» o como una concepción de la democracia que desprende la fragancia necesaria de lo heleno, de lo perícleo, cuando afirma, por ejemplo, que «la política convencional nos ha hecho rehenes de una democracia no ya sólo representativa, sino también delegativa, sustitucional: delegamos en nuestros representantes para que nos sustituyan, y los abucheamos o los jaleamos por las mismas razones que nos llevan a ser de un equipo de fútbol o de otro: porque no nos interesa ser delanteros ni porteros, sino sólo espectadores». O que

La democracia no es gratis. Ni siquiera es barata. Tampoco puede serlo: es un mecanismo complejo que requiere un mantenimiento delicado, y esas cosas se pagan. Ese ruido de fondo sobre el despilfarro de las instituciones democráticas, tan audible en mentideros no precisamente desinformados, no deja de ser pura y simple demagogia: suprimir el sueldo de los diputados equivale a convertir la política en una ocupación de la clase ociosa, y eso es algo que saben muy bien cuantos ociosos se sientan en esos escaños tan caros.

O este pasaje sobre el 15-M:

El quincemayismo me genera una simpatía vaga y poco fundamentada, más proclive a resaltar sus efectos sobre la formación intelectual de las elites futuras que su más que discutible eficacia en el aquí y ahora. Con todo, no conozco ejercicio más sano de democracia real que la fluidez intransitiva con que una multitud hace suyas las calles y se hace oír incluso por quienes no desean escuchar.

Revisten singular interés, en Apuntes de pragmática populista, dos conjuntos de artículos que funcionan como subantologías dentro de la antología. El primero de ellos son las reflexiones que el Xandru profesor hace sobre la educación, algunas de las cuales recobran vigencia hoy al albur de la polémica sobre el pin parental:

No se subraya lo suficiente que, en España, desde la suspensión del servicio militar obligatorio, la única obligación jurídica constrictiva del tiempo es la escuela. […] Si la educación es el último bastión constrictivo del Estado, no es absurdo preguntarse si estos «ataques» a la autoridad educativa no estarán enmascarando el último envite del mercado contra las constricciones heredadas. Así fue como el servicio militar dejó de ser obligatorio: cierto que fue determinante la resistencia de miles de jóvenes insumisos, pero también es cierto que esa constricción limitaba el desarrollo de las fuerzas productivas en la sociedad española del siglo XX. ¿Eran compatibles el desarrollo de la libre empresa, la flexibilización de los horarios laborales, el fomento de la formación continua, la inoculación de espíritu emprendedor y todas las demás zarandajas liberales con la costumbre de tener a miles de reclutas perdiendo nueve meses de su vida sin hacer nada productivo? Por supuesto que no lo eran.

Son asimismo del mayor interés las piezas que Fernández dedica a Podemos, partido sobre el que, por ser uno de sus miembros de primera hora, no es poco ni falto de enjundia lo que tiene que decirnos. No se encontrará el lector un retrato amable; y antes bien, el salto de uno a otro de tales artículos, escritos sucesivamente durante años, más probable será que lo conduzcan a la melancolía; a la desesperanza de una crónica de la capitidisminución anunciada de la formación que prometía un asalto celestial que fue quedándose en (casi) nada. «Queríamos un partido y por nuestros pecados nos dieron uno», titula Xandru esa sección cuyo primer artículo, «Charlie no hace surf», aún está transido de optimismo: «he estado esperando con verdadera impaciencia una sola crítica fundada, sólida y bien argumentada, contra Podemos. No la he encontrado».

Es páginas después que comienza a advertirse una brizna de sombra cuando Xandru advierte, en otro artículo, que «este es el clima propicio para que prosperen los cambiapieles, personajes de oscura trayectoria a los que la marea política de las últimas décadas fue arrinconando en el anonimato y que ven ahora su oportunidad para saldar cuentas con sus supuestos verdugos»; o que «las caras viejas de la nueva política […] no han evolucionado un ápice, y aunque haya ido migrando de partido en partido y de sindicato en sindicato, probando suerte en asociaciones de vecinos y en tertulias deportivas y culturales, en el fondo siempre les ha sido indiferente el forro ideológico con el que envolvían su férreo individualismo y su inveterada voluntad de poder». Nos dirá más tarde el Xandru del pasado que «a veces tiene uno la sensación de que [Podemos] se ha abandonado a una especie de determinismo fantástico, como si en algún lugar estuviese escrito que tuviera que ganar. No lo está, y no sólo por causas exógenas: una estrategia brillante puede dejar de serlo en cuanto deja de ser flexible»; que «Podemos se ha empeñado en embestir al PSOE no como si lo mereciera (que seguramente lo merece) sino como si ésa fuese su principal razón de existir»; o este pasaje que —dirigido a Pablo Iglesias— revela una vez más la refrescante capacidad de Xandru para la metáfora sorprendente y brillante:

A finales del siglo XIX, Johann Martin Schleyer se inventó una lengua universal, susceptible de ser usada por todos los habitantes del planeta. Ese idioma, llamado volapük, era universal porque él lo decía, no porque lo hablara todo el mundo, pero ésas eran al menos sus intenciones: que el volapük sustituyera a las lenguas nacionales, englobando a todas las culturas en un único sistema de comunicación. La empresa era ambiciosa, pero si se frustró antes de tiempo no fue por lo imponente (o por lo absurdo) del objetivo que se trataba de conseguir, sino por la tozudez de su creador: Schleyer se empeñó en que el volapük, al ser creación suya, no podía ser modificado bajo ningún concepto. Cualquiera habría podido decirle que un idioma que aspira a ser universal tendría que poder plegarse a la voluntad de millones de hablantes potenciales (y reales, si los hubiera), pero Schleyer no quiso escuchar. La mayor parte de sus frustrados seguidores decidió apostar por su más flexible competidor. Así nació el esperanto.

Continuar enumerando los temas en los que Xandru incurre en este libro (la llingua y la minería asturianas, crítica cinematográfica o cómo «los votantes de Trump o Le Pen no pretenden regresar a una Edad de Oro monocolor, monolingüe y gerontocrática. De hecho, es justo al revés: los cantos de añoranza por los tiempos pasados los entona hoy una izquierda instalada en la perplejidad que suspira idealizando democracias escandinavas, consensos habermasianos y pactos interclasistas») sería hacerle a esta reseña lo mismo que los cartógrafos de cierto cuento de Borges a un mapa que dibujaban, y que querían que fuera tan exacto que acabaron convirtiéndolo en una mera copia del mundo que mapeaba. Hagamos simplemente un último apunte: que hay también humor en este libro; un humor muy asturiano para más señas; la retranca jovial característica de aquellas tierras. A «el Ministerio del Interior (que es mi ministerio favorito porque al menos reparte cosas, aunque sean hostias, mientras que los demás se obstinan en quitárnoslas)», se refiere por ejemplo Xandru al principio del artículo «Violentos itinerantes» y es botón de muestra de lo dicho, como lo es este impagable retrato-robot («Cuando la tuna te dé serenata») de cierto intelectual español:

Sin entrar a valorar lo incognoscible (los temores más escondidos, las convicciones más íntimas, indignaciones que no llegan a pronunciarse pero que sin duda harían más complejo y rico al personaje), todo lo que sabemos de muchas de esas almas opinantes es que les asustan las mujeres. Al menos, las mujeres que no han conocido, las que no se quedan en casa preparando la cena mientras el ilustre académico se toma unas copas con sus colegas, las que no aplauden humildes el gracejo del marido en chispeantes conversaciones con sus pares literarios o políticos o lo que toque. Lo que queda, uniendo los puntos, es la caricatura del intelectual español posfranquista, un tipo de porte elegante, maneras exquisitas, vocabulario selecto y costumbres de tuno en celo […]

Suburbia es la editorial gijonesa, y no quiere este reseñista dejar de consignar lo hermoso del nombre de la colección: «Afectos sonoros».


Apuntes de pragmática populista
Xandru Fernández
Suburbia, 2018
18€
278 páginas


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl, La Soga y Nortes; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro, Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’, y en 2019 el segundo: La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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