Calendario

Calendario (40): Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza

Cuadragésima y última entrega del 'Calendario' de Avelino Fierro.

Calendario (40)

Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza

/por Avelino Fierro/

Para Javier, mi hijo, que nació un 27 de enero.

A eso de las seis me desperté. Soñaba. Estábamos en una fiesta tranquila, entre el campo y la casa. Celebraban algo las mujeres del bar al que vamos a diario algunos amigos. Un móvil sonó dentro del sueño y, sin embargo, me despertó. Parecía que iba a enredarme otra vez en el dormir, pero me levanté al servicio. Sin dar la luz —para no despertar al resto de los durmientes— y con cuidado, extendiendo los brazos como un ciego o un sonámbulo, llegué al baño. En esos momentos se colaron en aquella oscuridad dos flashes de la película Amarcord. Una imagen en blanco y negro de su director en el rodaje y esa foto fija que está en el libro Cine contemporáneo, que editó Salvat en 1973: una novia corre arrastrando su vestido blanco al lado del novio vestido de carabiniere. Los mayores recordaréis esa colección maravillosa. El texto de este libro es de Roman Gubern y la personalidad entrevistada es Carlos Saura. Y las ilustraciones: Antes de la revolución, La noche americana, La caza, Pierrot el loco, Paths of glory, A Clockwork Orange, Muerte en Venecia, Un chien andalou, Last tango in Paris, Le genou de Claire, Mamma Roma… y esa fotografía para enmarcar de dos bellezas: Silvana Mangano y Helmut Berger en Ritrato di famiglia in un interno.

Volví a la cama y a soñar. Un abogado de Astorga había hecho una colecta popular y se me iba a dedicar una placa en algún lugar. La ciudad aparecía borrosa. Fui con el decano y un amigo arquitecto. Llegó más gente para la foto del periódico. Y delante de mí se pusieron los políticos y unos chicos, antiguos exalumnos, muy altos. A mí no se me veía, pero no hice nada. Todo aquello me daba un poco de vergüenza. El texto no se entendía, eran unos caracteres extraños; a mí me recordaron las huellas de unas garzas que vimos aquella vez sobre el barro en las márgenes de un pantano. Vaya resumen de toda mi vida, algo embarullado, ininteligible. Y no había música, tan importante en mi familia. No era necesario Wagner, habría servido un pasodoble. No había banda municipal.

Hubo algunos sobresaltos más, que no recuerdo. Me levanté y tuve muchas dudas con el desayuno. Dulce o salado, magdalenas, fruta o agua caliente con limón y miel. Ni súplica, ni sírvete, la mañana a punto de romperse. Pensé en la noche de ayer, por si tuviera que ver algo con los sueños. Y no encontraba ninguna relación. Había ido a la taberna habitual, haciendo una línea poco recta: las calles traseras de la catedral y esa otra que está desde hace tiempo en obras y que recorre el muro del colegio de las monjas. Las personas y astros me miraban con tristeza mientras yo los estaba defraudando, como en el poema de Sylvia Plath. En la televisión había un festival de entrega de premios para gente joven que está cantando por ahí; no conocíamos a nadie. Hablamos del último temporal y de un correo que había recibido yo esta misma mañana desde Barcelona, en el que Elías me contaba con detalle cómo saltaban las olas por encima de un hotel construido en la playa del Garraf y el viento azotaba las palmeras. Yo le escribí: esa imagen está en uno de los episodios del tebeo La noche del Mocambo, que dibuja Serge Clerc. La pálida luz del Café des Bains, con el temporal mordiendo la escollera, las gaviotas a las que tiene pánico el personaje de Phil Perfect. Cuando T. y M. hablaban de las mejores albóndigas para perros, llegó José Ramón. Era su cumpleaños. Le pregunté por nuestro amigo Agustín y por la edad que tendría ahora. Me dijo que un año menos, que cumpliría el veintitrés de febrero, y todo derivó hacia aquella tarde noche del Golpe. Yo estudiaba, estaba preparando la oposición. Me llamó Luis: «Déjalo, todo ha acabado. Me llamarán, nos llamarán a todos; tú, y tú, y yo. Nos tornaremos en torno de cristal ante la muerte». De ese día recuerdo que salí a pasear al anochecer, como hice ayer, hacia la carretera que va al norte y que arranca desde los pabellones militares. Hacía frío y había una luz anémica. Como la que tenemos en la ciudad desde hace varios meses para consumir menos y que nos pone a todos cara de vampiro. Y no pasaba nada. El frío.

Yo quería haber escrito esta última página sobre el invierno y los días de los pequeños sueños y los besos marchitos. O sobre los colores graves de los finales de estas tardes. O sobre los finos cielos de telaraña y ceniza de perla, de ese poeta que todo el mundo tiene en el olvido y a mí me gusta tanto. O sobre nombres alados de mujer, como los copos de nieve, posándose en el pelo y por encima de los hombros como lenguas de Pentecostés. Voy acabando. Deshaciendo mi pequeño refugio, estos libros que me han acompañado estos meses. No sé si cité algún verso de esos poemas de Justo Navarro tan adecuados para las luces de días más cálidos, Luciérnaga y Muerte en mitad de la primavera. Ni aquellos otros de Carlos Sahagún: «Inútil como las palabras./ Necesario como la vida». Quería escribir estas últimas líneas el día 27. Leí en Una leve exageración, de Adam Zagajewski: «El 27 de enero nació Mozart. El 27 de enero los soldados rusos entraron en el campo de concentración de Auschwitz». Y despedirme con los adioses del poema de Andrade, que comienza con una perezosa y fina niebla entre los ojos y el río. O con esa reflexión de Cernuda en Ocnos: «Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza».


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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