Mirar al retrovisor

Iconoclastas y justicieros de hoy

Joan Santacana escribe sobre la reciente oleada de derribo y vandalización de estatuas que «los pueblos, al igual que los individuos, tenemos una herencia que incluye por igual cosas extraordinarias y vilezas», pero «no podemos recoger de la herencia cultural sólo lo que nos plazca» y «eliminando la memoria del pasado tan sólo conseguiremos repetirlo».

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana Mestre /

Todos cuantos han sufrido una tiranía y por medio de una revolución o de un consenso más o menos pacifico se libran del tirano destruyen los monumentos que la tiranía les obligó a levantar. Así sucedió en las revueltas que la arqueología descubre en algunos yacimientos arqueológicos mayas, en donde los sublevados hicieron la damnatio memoriae de los tiranos. También en Europa, cuando Mussolini fue derribado del poder, la gente destruyó sus monumentos. Son reacciones lógicas y deseables, que tienen una función casi terapéutica. Pero estos actos de justicia popular no han de confundirse con los movimientos de bárbaros como los iconoclastas del presente. De todas maneras, la linde que separa lo terapéutico de lo bárbaro puede ser una línea muy fina. Intentaré explicar el porqué.

El racismo, la violencia gratuita, el machismo, los integrismos, las dictaduras sanguinarias y los asesinatos más viles han formado parte de la historia humana. Recordar hoy el esclavismo practicado en Europa y América desde el siglo XVI hasta finales del XIX es un ejercicio positivo. Lo es darnos cuenta que una buena parte de nuestro pasado se asienta sobre legiones de esclavos flotando en mares de sangre; lo es que las mujeres y los hombres descubramos la ocultación de la mujer en la historia, así como la opresión sufrida ella a lo largo de los últimos cinco mil años; lo es estudiar la historia de los caudillismos que ahogaron tantas voces en nuestra América durante décadas y, envueltos en banderas patrióticas, cometieron genocidios y tropelías. Al fin y al cabo, la historia sirve para esto. La construcción del conocimiento, la consecución de las libertades, el dominio de los mares, la conquista del espacio, etcétera, han costado vidas humanas en una larga epopeya. Todo esto es cierto.

Así, podemos juzgar a Aristóteles como un hombre insensible ante la esclavitud, misógino y mezquino, de la misma forma que podríamos denunciar a Kepler como nigromante y creyente en horóscopos y supercherías y a Colón como despiadado e introductor de prácticas abominables en América. También la mayoría de los próceres de la revolución norteamericana tiene las manos manchadas de sangre esclava y de sus propios conciudadanos. Voltaire o Rousseau no tuvieron vidas precisamente ejemplares; el rey Jaume I fue un genocida que exterminó poblaciones enteras; Isabel la Católica y Fernando de Aragón provocaron sufrimientos innombrables a inocentes familias judías a las que expoliaron y asesinaron, obligándolas a emigrar a una tierra que no era la suya; Napoleón fue el causante de tantas guerras y masacres, con tantas víctimas que difícilmente podríamos contabilizar. Leopoldo de Bélgica fue un siniestro administrador del Congo, y bajo su reinado se cortaron miles de manos a africanos y se violó a miles de chicas de color. También es probable que no haya general en la historia que haya ganado batallas sin ordenar fusilamientos y masacres. Además, la mayoría de las grandes obras de arquitectura del pasado han de atribuirse a manos esclavas. ¿Cuántos muertos costaron las pirámides egipcias? ¿Y cuántos esclavos perecieron en las canteras de las que se extraían los mármoles para las estaturas y construcciones de la Acrópolis ateniense? ¿Con que salarios se levantó el Coliseo o el Panteón de Roma? ¿Alguien se ha preguntado cuantos obreros murieron en la construcción de la cúpula de Santa María dei Fiori de Florencia? Y ¿quién recuerda a las chicas que violó Bernini, pese lo cual el Papa perdonó una y otra vez? Y si acudimos a los llamados conquistadores, ¿quién estrecharía la mano ensangrentada de Hernán Cortes o Francisco Pizarro?

Hay que concluir que la historia de Occidente está plagada de ignominia, pero no es mejor la historia de Oriente, que supera en crueldad, aunque parezca imposible, a la de Occidente, aun cuando es ignorada por nuestros conciudadanos; algo en lo que concordarán cuantos conozcan el pasado. Pero, ¿queremos derribar nuestro pasado? ¿Queremos borrar a Aristóteles de la memoria? ¿Queremos también borrar a Colón? ¿Eliminaremos a Jaume I o a Fernando el Católico? ¿Eliminamos de la historia del pensamiento a Rousseau y a Voltaire? El pasado no se puede borrar; la historia siempre persiste; cuando se le quiere eliminar, resucita al cabo de un tiempo con nuevas fuerzas. Los norteamericanos no pueden eliminar de su pasado el hecho de que la mayoría de los padres de la patria fueron esclavistas; los europeos no podemos eliminar de la nuestra el profundo racismo que impregnó el continente desde el siglo XVIII hasta los años treinta del siglo XX. ¿Quieren averiguar si tenían ideas antisemitas Wagner o Beethoven?

Cada individuo es hijo de su tiempo. El machismo, el antisemitismo, el racismo y el esclavismo han sido ingredientes con los que se ha construido el pasado. Están en los basamentos del edificio cultural de Occidente al igual que en el de Oriente y no podemos ignorarlos ni depurarlos, so pena de que se nos caiga todo encima. Los pueblos, al igual que los individuos, tenemos una herencia, un patrimonio heredado, que incluye por igual cosas extraordinarias y vilezas. Pero no podemos recoger de la herencia cultural sólo lo que nos plazca. No: la herencia se percibe integra, con lo bueno y con lo malo. Y la historia no hay que depurarla, ni esconderla. Hay que estudiarla y comprenderla. Es necesario darnos cuenta de que eliminando la memoria del pasado tan sólo conseguiremos repetirlo.

Es una estupidez plantear derribar el monumento a Colón. Colon vivió en una época en que los jóvenes amantes pasaban el tiempo despiojándose amorosamente. En su época, lavarse era propio de moriscos y de gente sospechosa de herejía; y obtener una confesión mediante tortura, no sólo licito y normal, sino deseable. En su tiempo, menospreciar a las mujeres era lo más común, y eran raros los individuos que no lo hacían. La vida valía muy poco y se arriesgaba continuamente. Pero a pesar de ello, a pesar de los condicionantes de su tiempo, Colón supo desafiar los conocimientos adquiridos y emprendió una epopeya difícil de emular. También Aristóteles, a pesar de sus costumbres, era mucho más humano que la mayoría de sus semejantes y su herencia positiva supera sus prejuicios. ¿Cómo nos juzgará el futuro a nosotros? ¿Cómo se interpretarán cosas tan normales para nosotros como la existencia del salario a cambio de trabajo? ¿Comprenderán los hombres y mujeres del futuro nuestras actuales normas ético-morales? Probablemente no, y nos juzgarán severamente, a no ser que intenten meterse en nuestra piel; ponerse en nuestro lugar. La historia es esto: ponerse en el lugar del otro para comprender el pasado y aprender para el presente. No nos engañemos: derribar monumentos, arrasar las pirámides o dinamitar la estatua de Colon o los famosos Budas de Bamiyán no cambiará las cosas: sólo las empeorará. También los bárbaros derribaron las estatuas de los emperadores y los cristianos aniquilaron los templos paganos. Hoy veneramos sus reliquias hechas pedazos. La historia no se puede dinamitar: resucita siempre, y con más fuerza. Eliminando los monumentos del pasado, borrando la historia incómoda, no ganaremos las batallas del racismo, la xenofobia, el machismo y la ignorancia en el futuro. No es la estatua del general Lee la que se quiere lacerar cuando se ataca un monumento del pasado, sino la política racista de Trump la que se quisiera derribar; no es Colon quien sobra en su añejo monumento, sino nuestras sectas políticas xenófobos y racistas. En todo caso, puede que sea urgente reescribir la historia.

[EN PORTADA: Protestas en el monumento a Churchill del Parlamento británico]


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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