Poéticas

Juventud en Gijón

Álvaro Valverde reseña 'Carta de marear', una 'plaquette' de 22 viejos poemas sobre Gijón de César Iglesias, escritos entre 1978 y 1984: «A esta ciudad me debo/ a su brea insumisa/ y al nordés de sus calles».

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Treinta años y treinta títulos resumen la andadura de los cuadernos Heracles y nosotros, que edita en Gijón (una primorosa tirada no venal de doscientos ejemplares numerados) Nacho González, autor, por cierto, del número 29: Cuaderno para un confinamiento, mucho más que un puñado de versos a cuenta del maldito encierro que hemos padecido meses atrás. El 30, puedo añadir, reúne diez sonetos (en la mejor tradición clásica) de Luis López Suárez (que vive en Castropol) bajo el título Ocho sonetos fúnebres (los otros dos corresponden la prólogo y al epílogo), de una emotividad lograda sin recurrir al patetismo, algo difícil si uno escribe acerca de la muerte de su amor. Pues bien, es el 28, Carta de marear, de César Iglesias, el que comentaré con más detenimiento. 

Fui uno de los sorprendidos al leer Lengua del duelo, su ópera prima, que vio la luz en 2016, cuando el poeta contaba 55 años de edad, lo que no es habitual en un principiante. «Una ética de la tristeza» titulé mi reseña. Publicó el año pasado Suena la nieve y volvió uno a ponderar su poesía, que llega al lector «a través de un lenguaje áspero, simbólico, tan contenido e intenso como doliente y preciso».

Iglesias nació en Mieres en el 61 y vive en Oviedo, pero en una entrevista que le hizo hace poco José Luis Argüelles para La Nueva España (donde aquél trabajó como periodista) afirmaba que «su carácter se formó en Gijón en la década que transcurre entre las postrimerías del franquismo y el primer lustro de los años ochenta, cuando se consolida la Transición». De esa época dan buena cuenta los «22 poemas recuperados (1978-1984)», como reza el subtítulo: la de su adolescencia y primera juventud, agrupados ahora en esta plaquette que, en realidad, no deja de ser un libro breve que incluye ilustraciones del pintor Melquiades Álvarez y del diarista Avelino Fierro, así como evocadoras fotografías de José Carlos Díaz.

César Iglesias

En la citada conversación con Argüelles (también poeta, por cierto), confiesa que «es un homenaje privado a la ciudad que conformó mi carácter, y destinado a amistades que también fueron protagonistas y testigos de aquel Gijón». Pero es en un hermoso texto en prosa que antecede a los poemas, «Cartografía menor», donde mejor expresa sus propósitos. «Hasta que arribamos al Gijón-Xixón luminosamente gris a finales de los años sesenta del siglo pasado yo era un habitante de ningún sitio». Un crío de «familia nómada». Cuenta que el asma ya le había llevado de niño a la playa gijonesa, veraneos que se alternaban con estancias «secas» en la provincia de León. Como todos (o casi), «en el tránsito de la adolescencia a la juventud me convertí en un extraño en la vida», lo que suele ir aparejado al ejercicio de la poesía, esa suerte de tabla de salvación. «Fue un tiempo de descubrimiento». De «la amistad, la política, la literatura, el cine, el arte, la música, el sexo y el amor». Los restos de aquel bello naufragio estaban guardados en una carpeta azul que «la persistencia de Eugenia en el amor» logró preservar más allá de «mudanzas y derrotas». «Del largo centenar de poemas, han sobrevivido veintidós, sometidos a las exigencias de quien ahora soy». Aunque el «latido emocional» permanecía, «el estilístico exigía cierta cirugía». 

Vaya por delante que el resultado no se queda en un mero ejercicio de nostalgia. Lo que leemos en Carta de marear son poemas que se sostienen como tales sin necesidad de recurrir a los vaivenes de la biografía. Distintos, sí, de los que hemos leído en sus dos libros, pero no por eso, insisto, muestras de vana retórica sentimental. Emociones y sentimientos hay en ellos, sin duda, pero ni menos ni más que en la mayor parte de los versos de cualquiera. 

Lo que a uno más le ha llamado la atención, por encima de esos logrados heptasílabos que con cadencia hipnótica seducen al lector, es la visión de una ciudad y, ya allí, del desnortado muchacho que la habita. Para los que amamos a Gijón, la suerte es doble. 

La señardá, esa forma norteña de la melancolía, lo tiñe todo. A las personas (algunas de ellas malogradas por culpa de la droga) y a los lugares: L’Atalaya (donde lee «L’ infinito» de Leopardi), el muelle del Fomentín, las calles de Cimavilla (que uno siempre ha nombrado Cimadevilla), el Campu les Monxes, la Punta de Liquerique, Los Mareantes, El Muro… Y el bar Escocia o el Islandia. Y el cine Brisamar y la librería Paradiso. Y el astillero. 

«Nadie nos avisó/ de que somos los náufragos», escribe, lo que nos lleva indefectiblemente al mar («en las olas escribo») y a los marinos de esa ciudad varada a orillas del Cantábrico. 

«Ser maldito no renta/ si de la vida hablamos», leemos en el poema 17, el de «al volante del Seat,/ ebrio y desesperado,/ camino de Cabueñes», que nos recuerda al Pessoa del Chevrolet por la carretera de Sintra. O por la de Deva, donde tres amigos encontraron la muerte.

Sí, Gijón («A esta ciudad me debo/ a su brea insumisa/ y al nordés de sus calles,/ donde la resistencia a tanto sufrimiento/ es hermosa y más cierta»), esa atmósfera: «este es nuestro paisaje/ con sus desolaciones/ de tarde de domingo». El de, por ejemplo, la estación de autobuses, a la entrada, «siempre tan gris, tan Alsa». 

Quien deambula por la ciudad (una ciudad que es todas las ciudades, ya se sabe) es un muchacho confundido que acierta a balbucir cuanto le pasa y lo traslada, ya en forma de poema, antes que a nadie a él mismo. «Nos creemos felices/ tal vez un poco eternos./ La lluvia y las mentiras/ ocultan nuestro error». 

Un acierto ha sido rescatar del olvido estos poemas. Este «autorretrato con retoques», que diría Jesús Pardo, por más que, como recordaba aquí atrás Arcadi Espada: «La autobiografía no existe. Siempre es otro el que escribe de uno». 

Hace bien en agradecer a algunos amigos el impulso y la lealtad para conseguirlo. Completan, a su manera, la obra, no por breve menos interesante, de este poeta asturiano que cierra el cuaderno con un sencillo poema de amor que estremece.


Selección de poemas 

1.

Habito una ciudad
que acoge los delfines
en busca de eutanasias,
enclave donde Melville
encontró la guarida
a su ballena blanca,
puerto al que llegó Larsen,
un tal Juntacadáveres,
fundador de prostíbulos.

Esta es una ciudad
con casas que sombrean
las playas y sus aguas,
paraje de marinos
que conocen la doma
de las olas más fieras,
territorio de ancianos
que a paso lento viven
el ocaso previsto.

También esta ciudad
da cobijo a las gentes
que expiran a tres turnos,
gremio de los tenaces:
amansan los aceros,
doblegan los ladrillos,
excavan en lo oscuro,
embridan las tormentas…

A esta ciudad me debo,
a su brea insumisa
y al Nordés de sus calles,
donde la resistencia
a tanto sufrimiento
es hermosa y más cierta.

2.

Miro el atardecer,
tan rojo, tan oscuro.
Tránsitu les Ballenes:
hablas de otros lugares
más al norte del norte,
de hielos e infortunios
cercados por las olas,
de la sangre y la grasa
para viejas hambrunas,
del gremio mareante
en laboral sudario,
de otras tripulaciones
sin brújula ni mares.
La alegría del náufrago
me precede, me acecha.
Hora es ya de embarcarse.

Fotografía de José Carlos Díaz

3.

Dique de Liquerique,
Turner de mar y cielo.
Tu mirada se muere
con el atardecer.
Hoy sólo ya tiniebla,
tú que fuiste luz toda:
Beatriz, tal vez Laura.
Urgente se nos hace
vagar por los peligros
de venenos inciertos.
Vamos a los suburbios
con aceras de miedo
y esquinas de miseria.
En la niebla de un bar
vi venir a los monstruos
y a ellos te entregaste.
Tu cuerpo devorado
reside en mi terror.

4.

Muelle de El Fomentín,
sabes que no he venido
a atrapar el ocaso
ni palabras mayores.
Me atraes otro día
con tu oferta de mar
y de lanchas varadas,
de paseantes solos
con gabardinas tristes,
bajo un cielo de grúas
y de graznidos blancos.
¿Qué busco? Cierta calma,
tal vez una emoción
pequeña, cotidiana,
en los rostros anónimos
que en lentas sucesiones
regresan a sus casas,
abrazan a sus hijos,
cenan, aman y duermen,
combaten el hastío
con una fe menor,
pero hermosa y sincera.

5.

Llegas a la estación,
siempre tan gris, tan Alsa.
Se acumulan los humos
del gasoil y la espera:
pasajeros en tránsito,
chaperos en los váteres,
siluetas del hastío
camino del desguace.

Desciendes al arcén
y la ciudad te acoge.
Llegas con la alegría
e iluminas mis calles,
maltratadas de lluvia,
alquitrán y neumáticos.
Conviertes estas horas
en un sábado eterno.

Veintiocho kilómetros:
ese es nuestro infinito,
tan lejano, tan próximo.
También nuestra esperanza.

6.

Tú me hablas del cascayu,
de tus días en Wimbledon
y el verano en Cambrils,
burguesita de Oviedo.
Yo te aburro con Quini,
Cernuda y Ungaretti,
con la beca en Perugia
y algunos heptasílabos.

Pero cuando me besas
aprendo a desertar
de los males a plazos,
a descubrir lo justo
y una manera honesta
de vivir sin mentiras.

[EN PORTADA: Fotografía de José Carlos Díaz de la punta Liquerique, en Gijón]


Carta de marear
César Iglesias
Heracles y Nosotros, 2020
32 páginas
edición no venal

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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