Arte

Los locos (y no tan felices) años veinte

Arturo Caballero reseña la muestra que es exposición de enganche de este verano del Museo Guggenheim de Bilbao: un juego de supuestas similitudes entre los años veinte del siglo XX y los del XXI.

/ por Arturo Caballero /

El Museo Guggenheim de Bilbao ha programado como exposición de enganche para este verano la muestra Los locos años veinte (ya mostrada en el Kunsthaus de Zúrich), que publicita atendiendo a las supuestas similitudes entre aquella década del XX y esta del XXI y no solo por las pandemias (gripe española en un caso, Covid en otro) y las crisis humanas y económicas aparejadas, sino por otros aspectos positivos, como la emancipación femenina, el desarrollo de las libertades individuales, el auge del consumo, la creatividad desaforada y muchas otras que, de una forma u otra, siguen siendo referentes para el hombre de hoy.

El intento de comparar momentos históricos sin que se hayan completado los ciclos de forma total es un voluntarioso ejercicio que solo podrá verificarse, en este caso, dentro de doce o quince años. Es cierto que semejanzas han existido a lo largo del tiempo entre unas y otras épocas y que ello ha dado origen a unas cuantas obras tanto de teoría como de historia. Que esto pueda aplicarse sistemáticamente al arte contemporáneo ya es harina de otro costal. Sea como fuere, no deja de ser una buena excusa para visitar Bilbao, remodelada en parte por el efecto Guggenheim, comprobar si se muere o no se muere Puppy e imaginarse cómo será la txapela que Foster, con la oposición de las instancias académicas y las defensoras del patrimonio, quiere poner al museo de Bellas Artes.

La exposición, un poco desequilibrada en sus partes, es impactante. Cada vez resulta más común trabajar artísticamente el entorno que se proporciona a una muestra no limitándolo a la mera disposición de los objetos sobre una pared o una peana. En este caso, de ese aspecto se ha ocupado Calixto Bieito, que ha convertido los espacios en auténticas propuestas artísticas —lo que le facilitaba el volumen y la superficie del museo— a través de siete propuestas: Dejando atrás el trauma; Nuevos roles nuevos modelos; Nuevos modos de ver; Deseo; Trabajo, diseño, ocio y arquitectura; Nuevas nociones del cuerpo y La revolución de la moda. Además, se han incorporado creaciones contemporáneas que proporcionan un contrapunto unas veces y que completan otras el hilo argumental de la exposición. Es el caso de la instalación de Kader Attia, trasunto a pequeña escala del que mostró en la Documenta 13 sobre las mutilaciones faciales de los soldados de la Gran Guerra y sus semejanzas con el arte coetáneo y con las máscaras africanas.

Instalación de Kader Attia

A partir de la catástrofe que supuso esta y, oportunistamente, la denominada gripe española, y centrándose en Berlín, Zúrich, Viena y París, asistimos a una determinada visión de esos años que, a pesar del dadaísmo, las aportaciones de la Bauhaus o la Nueva Objetividad, en absoluto fueron los más creativos de la primera mitad del veinte. Y no es necesario insistir mucho en que el decenio que se inicia en 1905 vio nacer y desarrollarse el fovismo, el expresionismo, el cubismo, el futurismo y se habían puesto las bases de lo que sería el arte abstracto. Todos ellos mantendrán una tensión que se prolongaría hasta la cesura que supuso la segunda guerra mundial convirtiéndose el surrealismo en puente entre una y otra mitad de siglo. Incluso podríamos ir un poco más lejos: desde muchos puntos de vista el periodo artístico que sucede a la primera guerra es, formalmente, de un retroceso de las vanguardias y de un cierto conservadurismo que facilitará la asimilación de las innovaciones de los ismos por sectores de población más amplios.

Por otra parte, la exposición, que incorpora integrándolas con las bellas artes a la fotografía, el cine, la moda y el diseño industrial (que atraen la atención del público tanto o más que las obras de arte) se centra fundamentalmente en el mundo germánico puesto que incluso lo francés queda, en cierta manera, orillado y casi reducido a lo meramente epidérmico. Además, se obvian los dos extremos en los que se polarizaría el mundo en la segunda mitad del XX (Estados Unidos, que aquellos años supuso la muestra más desenfadada del decorativismo art decó, y la URSS, que liquidó sin contemplaciones el vanguardismo de constructivistas y suprematistas para retroceder artísticamente hacia el realismo socialista en una política promovida sistemáticamente —y por un grupo de artistas— desde 1922).

Vaya por delante que salvo unas pocas piezas (algún espléndido dibujo de Grosz; un mínimo, pero exquisito, collage de Schwitters; el inmarcesible Pájaro en el espacio de Brancusi, algún divertido František Kupka, un Leger, un Le Corbusier, algún retrato de Schad…), el resto son perfectamente intercambiables. Esto no quita, en absoluto, interés a la muestra, interés acrecentado por el papel que, al hilo de los tiempos, juegan en la exposición las creadoras.

Un pieza de Le Corbusier
Tres mujeres con naturaleza muerta, de Ferdinand Leger

Una exposición no tiene por qué ser una reproducción en miniatura de lo que nos imaginamos que debió ser la realidad. Al contrario, se agradecen propuestas novedosas que nos obliguen a variar nuestra perspectiva acomodada a los discursos dominantes. La introducción de películas de arte es una notable aportación, siendo destacable la obra de Hans Richter Ritmo 23, realizada con la técnica stop-motion a partir del óleo sobre lienzo del mismo título y fecha. Sobre si se logró con ella el pretendido lenguaje universal con el que devolver al arte su función social o no, es otro tema. Y, como piedra de toque, puede compararse con el fragmento de Metrópolis (Fritz Lang, 1927) que contiene las secuencias de La ramera de Babilonia y la Danza de la muerte. También me resultó interesante comprobar cómo las viejas y las nuevas formas se integran en la interpretación que realizó Kandinsky del baile de Gret Palucca o cómo se plasma la creatividad en objetos tan aparentemente nimios como las partituras (el correlato —hasta hace unos años— podría haber sido las portadas de los discos) de piezas populares en la época firmadas, entre otros, por Lariónov, Goncharova, Dalí, Picasso o Magritte.

Ritmo 23, de Hans Richter

En resumen, que en función de quienes somos y de nuestras preocupaciones en esos momentos nos van interesando unas cosas u otras.

No podemos predecir qué ocurrirá en esta década, pero, a raíz de lo visto en esta exposición, sí podemos realizar algunas reflexiones sobre aquella. Por ejemplo, y sin afán de ser exhaustivo, que la memoria suele ser frágil y selectiva; que nada -—ni la desgracia ni la felicidad— duran para siempre; que el nacionalismo generó desgracias sin cuento y en especial la guerra, fuente de destrucción de vidas, bienes e ilusiones; que una inadecuada formulación de las condiciones de la paz es fuente directa de nuevos enfrentamientos bélicos; que la falta de solución por parte de los poderes públicos de los problemas que se plantean ya desde la infancia es la fuente de una violencia social que antes o después termina por explotar; que las imágenes solo nos ofrecen un aspecto de los muchos que presenta la realidad y que suelen recoger los usos y costumbres de la clase dominante; que el arte, artículo de lujo en la mayoría de las ocasiones, es un instrumento muy limitado para la transformación del mundo.

Aquella época (hablar de sociedad como algo homogéneo sería irreal) soportó en su seno la coexistencia de posturas antitéticas que componen una realidad compleja que podemos entrever visualmente, aunque sea de forma fragmentaria, gracias a una exposición como esta. Se hacen evidentes en ella las contradicciones, además de económicas y sociales que son en definitiva las importantes, también las que afectan al mundo de lo visual. Y hasta algunas veces saltan del lienzo al papel impreso. Como cada uno tiene sus debilidades (algunos muchas) me permito hacer referencia a dos de los más grandes creadores —también para mí— presentes en la muestra.

Justo al final de la época de la que estamos tratando, Mies van der Rohe (director de la Bauhaus entre 1930 y 1933) no tuvo problemas en trabajar para los nazis (proyectos del Reichsbank y del Pabellón para la Exposición de Bruselas de 1935), mientras que Grosz tuvo que huir cuando estos llegaron al poder. Tesis y antítesis que se terminaron sintetizando cuando, al final, los dos recibieron cobijo en el mundo intelectual y laboral americano. La Bauhaus era el referente, a finales de los 20, del diseño europeo y sus profesores realizaron notables avances en el campo de arte no figurativo; George Grosz, una de las figuras más provocadoras de la Nueva Objetividad, escribía en 1925:

«Acudid a las exposiciones y contemplad los contenidos que reflejan las paredes! Y es que esta nuestra época es realmente tan idílica, tan melodiosa, tan a propósito para el culto gótico a los santos, para las beldades tribales africanas, para círculos rojos, cuadrados azules o inspiraciones cósmicas: «La realidad ¡ay! es espantosa; su estruendo conmociona el fino organismo de nuestras armónicas almas» […] Y es que hoy todo resulta tan yermo, tan frío, tan vacío, y la actual revolución se muestra tan desapasionada, tan insulsa, tan falta de ímpetu […] El género humano se ha olvidado por completo que desciende de Dios».

Pues eso: que aquí andamos cien años después, gestionando como podemos las contradicciones de las que nos hemos hecho herederos y las que nosotros mismos vamos configurando.

IMAGEN DE PORTADA: Crecen entre piedras, de Karl Hubbuch


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es profesor, historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con otras actividades relacionadas con la organización escolar. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Por encima de todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publica profusamente ilustrado Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En la actualidad, y en colaboración con la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, coordina un proyecto de la misma Junta: el Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.

0 comments on “Los locos (y no tan felices) años veinte

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: