El runrún interior

El runrún interior: un dietario (15)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre el 'affaire' del obispo de Solsona, la muerte de Abimael Guzmán o el Día de Asturias.

/ por Pablo Batalla Cueto /

Martes, 7/9/2021. Montaigne, 1588: «¡A cuántas almas necias, en estos tiempos, les ha servido un aspecto frío y taciturno como título de prudencia y capacidad!».

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La comidilla estos días es la espantá del obispo de Solsona —ultraconservador y nacionalista catalán, exorcista para más señas— para ennoviarse con una escritora de novela erótica satánica. Está siendo todo de película de Berlanga; la historia en sí y algunos de sus comentaristas. En Twitter dice uno con toda seriedad: «Opinión que posiblemente no guste: si no tienes exorcistas, incardinas a alguno de otra diócesis. Pero no haces tú, obismo, un curso y te pones a hacer exorcismos sin las debidas protecciones y sin estar en gracia. Un obispo es un caramelito para el demonio». Hay otros mundos, pero están en este.

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Un restaurante de Lastres, leo, hace pizza de fabada con compango. Apabullado ante esta nueva creación dantesca del terrorismo gastronómico.


Miércoles, 8/9/2021. Día de Asturias. Soy poco dado a las efusiones identitarias. De Asturias no me chiflan ni la bandera, ni el himno, ni la Santina de Covadonga, ni varios platos estrella. Hace años que no bebo sidra. Y hay cierto populacherismo astur —Al Platu Vendrás, ese rollo— que me repele. Pero no me digo un ciudadano del mundo. Soy cosmopolita o me tengo por uno, pero soy un cosmopolita asturiano, oriundo de un lugar y no de otro y de la lengua en que me arrullaron diciéndome «güeyinos de ratu, boca de curuxu». Diría que siento sobre Asturias esto mismo que, a otra escala, también sobre España, y que escribiera José Emilio Pacheco: «No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible./ Pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques, desiertos, fortalezas,/ una ciudad deshecha, gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ —y tres o cuatro ríos». Yo daría la vida por el Jou Santu, los meandros del Nora, Horacio Fernández Inguanzo, Jovellanos, la playa de La Franca, el neutro de materia y los fritos de pixín.

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Leo a David Rivas en Facebook una diatriba que suscribo: ¿qué coño de costumbre es esta que se ha ido extendiendo de que los camareros llamen a los clientes «chicos»? Chicos, la carta. Chicos, la cuenta. ¿No hay un término medio entre la cortesía relamida y estas confianzas?

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José María Figaredo, de Vox (pariente de Rodrigo Rato, si mal no recuerdo): «Feliz día de Asturias a todos. Hoy se conmemora el aniversario de la batalla de Covadonga, inicio de la Reconquista. Pocos ganaron a muchos. Todo parecía perdido pero unos valientes dieron la vuelta a la situación». Todo mal: hoy no se conmemora la batalla de Covadonga, de la que nada se sabe fehacientemente, se asume que se trató de una escaramuza entre pocos y pocos y ni siquiera hay acuerdo sobre el año. Se conmemora a la Virgen de Covadonga en lo que en realidad es la festividad cristiana general de la Natividad de María. Y esta ni siquiera conmemora el natalicio de María, cuya fecha obviamente no se conoce, sino la consagración de la basílica de Santa Ana de Jerusalén. Mentira sobre mentira, ficción sobre ficción. Con estos muchachos es todo así.

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Una cita interesante de Eliseo Parra: «La única música que gusta a todas las edades es el folclore».

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Cuando no duermo, en lugar de contar ovejas me entretengo en traducir a la segunda guerra mundial las repugnantes equidistancias que se dicen de la de España. «Un fratricidio entre europeos, todos fuimos culpables», «Auschwitz estuvo feo, pero ¿y Dresde?», «Hitler mal, pero Weimar era un carajal», «hay que reivindicar la tercera Europa, ni Aliados, ni Eje»… Nuestra guerra y la mundial fueron exactamente la misma guerra, con exactamente las mismas fuerzas y alianzas en conflicto: el liberalismo y el socialismo contra el fascismo y sus cómplices. La diferencia, claro, es que acá ganó el Eje, pero pasma que haya tanta gente tan resuelta a insultar la inteligencia colectiva haciendo sin despeinarse como si no lo hubieran sido (la misma guerra, digo).


Jueves, 9/9/2021. Le leo a Jesús Rodríguez Rojo que Marx jamás dijo «el motor de la historia es la lucha de clases»; Hegel nunca habló de «dialéctica del amo y el esclavo»; la expresión de Weber no se traduce como «jaula de hierro»; Smith solo una vez dijo «mano invisible». Y me hace acordarme de que anoche leí (a Gregorio Morán, poco sospechoso) que probablemente Xabier Arzalluz nunca dijo aquello de que unos menean el árbol y otros recogen las nueces: «procedía —escribe Morán— de un adversario político de ETA poli-mili a quien supuestamente se la había dejado caer al despedirse» y en origen era una metáfora acuñada por el Irgún, la organización paramilitar sionista del tiempo de la lucha por la independencia israelí.

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Un titular: «Un arqueólogo aficionado halla un tesoro previkingo de objetos de oro». Un arqueólogo aficionado, o sea, un expoliador. Cuánto peligro tienen algunos periodistas. El arqueólogo no simplemente descubre o desentierra: mapea cuidadosamente e interpreta lo desenterrado. Ir por ahí con un detector y arramplar con lo que uno encuentre no es ser un arqueólogo más de lo que abrir a alguien en canal con un cuchillo de cocina es ser un cirujano. Lo de siempre: el menosprecio de las humanidades como meros hobbies en lugar de como ciencias de pleno derecho.

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Ha muerto Luis del Olmo, el autor vasco de una tira cómica mítica sobre un personaje a quien todo le salía mal, que en El Correo se llamaba «Don Celes», pero en El Comercio de Gijón conocíamos como «Pepín de Celes». Llevaba publicándose diariamente nada menos que desde 1945. En El Correo han publicado un obituario muy bonito.

«Don Celes, con su chaqueta roja, su corbata, su barriga y su bigote, es un antihéroe con hechuras de contribuyente medio, espartano en su ocio, perdedor en sus batallas de medio pelo, responsable único de sus derrotas de baratillo, diana de la mala suerte, que se cebaba con él. […] Las de Don Celes han sido unas viñetas confortables, mudas en mitad del ruido, de trazos sencillos que contaban historias muy sencillas, y que nos procuraban una sonrisa blanca. A medida que fuimos creciendo, comprendimos que las derrotas son más frecuentes que las victorias y nos fuimos viendo reflejados en su antiheroísmo».

Una tira diaria desde 1945: marea pensarlo. Algún otro reportaje leí hace años sobre Luis del Olmo, en que lo entrevistaban en su casa y mostraba la larga colección de volúmenes en que tenia archivadas todas las tiras: eran decenas de miles. Siempre me han despertado una enorme admiración estos estajanovistas de la cultura, tan de una época: pienso en Corín Tellado, Francisco Ibáñez, José Luis López Vázquez… Proletarios de la tecla, la pluma o el celuloide sin pretensiones olímpicas, honrados y esforzados picadores de las minas del arte y el entretenimiento.


Viernes, 10/9/2021. Le leo a Edgar Straehle un comentario sobre la gran influencia que un señor de derechas como François Guizot ejerció en Marx, que tomó de él el concepto de lucha de clases. «Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de estas», escribía en carta a Joseph Weydemeyer en 1852. Marx, explica Edgar, no solo leyó a sus rivales, sino que aprendió mucho de ellos. Un ejemplo a seguir que seguimos poco.

Guizot había escrito concretamente esto:

«El tercer resultado de la libertad de los comunes es la lucha de las clases, combate que constituye el mismo hecho, y llena las páginas de la historia moderna. La Europa de los tiempos más adelantados nació de la lucha de las diferentes clases de la sociedad. […] La lucha, en lugar de convertirse en un principio de inmovilidad, ha sido una causa de progreso; las relaciones de las diferentes clases entre sí, la necesidad en que se han encontrado de combatirse y cederse el campo á su turno, la variedad de sus intereses, de sus pasiones, la necesidad de vencerse sin poder llegar al cabo; de aquí ha procedido tal vez el principio más enérgico, el más fecundo del desarrollo de la civilización europea. Las clases han lidiado constantemente, se han detestado; una profunda diversidad de situación, de intereses, de costumbres, ha producido también entre ellas una profunda hostilidadm oral; y sin embargo, se han reunido progresivamente, se han asemejado y entendido; cada país ha visto nacer y desenvolverse en su seno cierto espíritu general, cierta comunidad de intereses, ideas y sentimientos que han triunfado de la diversidad y de la guerra».

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Wittgenstein: «Una de las ideas filosóficas más peligrosas es la de que pensamos con la cabeza o en la cabeza. La idea del pensar como un proceso en la cabeza, en un espacio absolutamente cerrado, le da el carácter de algo oculto».

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Escribe Jorge Dioni sobre «uno de los rasgos actuales de la izquierda: el mosquitismo. Es decir, la fascinación por cualquier elemento que moleste al poder. Como la base ideológica que permite el examen es escasa, da igual desde dónde lo cuestione o la posibilidad de que lo refuerce. Ver gente en las calles, cosas ardiendo o a alguien poderoso cabrearse borra la posibilidad de analizarlo. Algo está despertando, se dice, sin tener en cuenta que esa es una frase habitual en el Kaiju, las películas japonesas de monstruos gigantes». Muy bueno.

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Jónatham F. Moriche: «La izquierda de este país debería intentar dejar de ser alguna vez una interminable sucesión de generaciones inútilmente estampadas contra el espigón de la derrota». Soñaba un ciego que veía.


Sábado, 11/9/2021. «¡¡ALERTA, ALERTA!! ¡En un parvulario de Saskatchewan están quemando ejemplares de Tintín en el Congo! ¡Cancelación! ¡Inquisición! ¡Los mismísimos cimientos de la civilización occidental se estremecen!».

Esto es solo una leve sátira de la indignación histriónica de lo que Jorge Dioni llama arqueólogos de la cancelación, con el rádar permanentemente encendido para detectar en tiempo real si se está cometiendo un atropello contra la Razón™ y la Ilustración™ en alguna pedanía de Wisconsin o alguna radio amateur de Poughkeepsie. Estos días están que trinan porque una (1) escuela canadiense ha decidido deshacerse de algunos libros que considera que incluyen estereotipos racistas inaceptables.

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Santiago Carrillo, 1974: «Esa monarquía fascista será repudiada por la opinión europea y mundial como la continuación pura y simple de la dictadura de hoy. Frente a esa monarquía los españoles no tendrían más que una salida: ¡La República democrática! ¡Hasta el gato se haría republicano!». Ay, las profecías del PCE. Guillermo Rendueles me contaba hace unos años, cuando lo entrevisté en su casa, que dejó el PCE harto de esto mismo; de estas profecías grandilocuentes permanentemente incumplidas, de los mundo obrero que anunciaban número a número que las masas proletarias españolas estaban a punto-a punto de declarar la Huelga General Revolucionaria que tiraría abajo el franquismo. Lo comparaba con el pensamiento sectario, acordándose de los estudios de Festinger; con cómo las sectas se rehacen después de ver que el vaticinio en el que habían creído no se cumplía: no rezamos bastante, malinterpretamos las señales y no fue ayer sino dentro de un año… Una comparación un poco excesiva para mi gusto, pero algo de ello había, no cabe duda.

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Miguel Torga sobre la patria:

PATRIA

Supe la definición en mi infancia.
Pero el tiempo borró
las líneas que en el mapa de la memlria
la maestra palmatoria
dibujó.

Hoy
solo sé gustar
de una nesga de tierra
ribeteada de mar.

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Edgar Straehle: «Un gran malabarismo de la retórica histórica de derechas es retratar al fascismo como algo secundario y menor en el franquismo, mientras considera al comunismo, claramente minoritario antes de 1936, como lo esencial de la Segunda República».


Domingo, 12/9/2021. Leo que ha muerto Abimael Guzmán, encarcelado líder de Sendero Luminoso (y profesor de filosofía). Un personaje tan siniestro como fascinante. Siempre he pensado que aquel milenarismo maoísta y su culto a la brutalidad más desenfrenada son, por encima o al menos a la par que Auschwitz —no numérica, pero sí cualitativamente—, la gran sublimación de la vesania del siglo XX; el non plus ultra de la demencia política que atraviesa toda la centuria.

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Publica hoy en El País cierta columnista de moda una comparativa de la patria con una teta: la teta, dice, no solo suministra leche, sino que procura calorcito, que hace al bebé sentirse protegido. La leche serían los servicios públicos y el calorcito el comunitarismo. Las tetas nórdicas son grandes pero frías, dice. Y yo me reafirmo en que las metáforas orgánicas para las cosas políticas nunca, jamás, cero veces, en la vida, never, jamais, niemals, son buena idea. Una polis no es un organismo en absolutamente ningún sentido. Como escribe Jónatham Moriche, lo que se pretende

«descalificar con esa sandez de la «teta gorda pero fría» es la aspiración irrenunciable del socialismo ilustrado de construir una sociedad capaz de proteger materialmente a sus miembros sin imponerles una gregarización comunitarista (en torno a la nación, la religión, la sexualidad,…) que les anule como sujetos capaces de desarrollar autónomamente sus proyectos vitales. Es un retroceso ideológico bestial que pretende devolvernos a esas formas de «socialismo medieval» que con toda razón deploraba Engels».

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Me ha divertido mucho este chascarrillo:

— He ido a la India y me he encontrado conmigo mismo.
— Pues ya es mala suerte, no me jodas.

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Hace en Twitter la cuenta de Lecturas en Común un apunte que le he leído otras veces sobre lo implacable que puede ser la posteridad con los superventas de su época: ¿quién se acuerda hoy de Vizcaíno Casas?


Lunes, 13/9/2021. Una convicción: va en el ser buen estudioso de un fenómeno siniestro dejarse fascinar por él, aunque sea controladamente; buscar en las profundidades de uno mismo semillas de esa fascinación. Incluso dejarlas crecer un poco. Y luego, claro, arrancarlas en el preciso momento en el que aquello deje de ser asomarse al abismo y se convierta en que el abismo se asome a uno. Ulises, las sirenas y el mástil: no taparse los oídos, pero habiéndose amarrado bien al palo.

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@Dzheyms3 en Twitter: «El pensamiento mágico del dentro-afuera nacional-global es el cartílago fascistoide capaz de adherir y arrastrar cualquier posición «altermundialista» desprevenida y/o ingenua, por más progresista y popular que se presente, susceptible al cinismo por la crudeza de las crisis».

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Hoy nos cuenta Edgar Straehle que una de las sentencias más célebres en filosofía, «pienso luego existo», tal y como se traduce al español, no procede en verdad de Descartes, sino que fue parte de la crítica que le hizo uno de sus grandes opositores: Giambattista Vico:

«Lo que realmente afirmó Descartes fue “pienso luego soy” (cogito ergo sum, je pense donc je suis), y esa afirmación fue la que precisamente escandalizó a Vico, pues lo que en su opinión hacía Descartes era priorizar el reino de las esencias y de la realidad interior. De ahí que en su texto “De italorum antiquissima sapientia” contrapusiera su “pienso luego existo” (io penso dunque esisto) al cartesiano “pienso luego soy” (io penso dunque sono). Paradójicamente, la frase más famosa de Descartes tal y como se traduce al español (mas no en otras lenguas) fue en realidad una réplica pronunciada por un rival suyo».

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David Graeber: «Creo que una de las grandes preguntas es cómo se negocia entre el hecho de que el conocimiento se construye de manera casi poética y el hecho de que, sin embargo, puede ser verdad».

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Agudísimo esto de Ángel de la Cruz: «Algunos izquierdistas que hace diez años construían su posicionamiento político a partir de la valoración del XX Congreso del PCUS hoy se tragan todos los artículos canallitas de los medios de derechas porque identificar a un revisionista será fácil, pero a un reaccionario menos».

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Un incidente que no viene al caso me hace pensar que la irreverencia, el no tener pelos en la lengua, esta cosa de ensayista/columnista deslenguado y castigador, son casi siempre una manera de camuflar la mediocridad intelectual: algo así como estos peces que se hinchan para parecer más grandes y asustar a sus depredadores. Si uno se fija bien, todos los autoproclamados librepensadores librepiensan las mismas cuatro (literalmente cuatro) simplezas soeces.

Yo he conocido a cuatro o cinco personas heterodoxas en el sentido más amplio de la palabra; gente de ideología genuinamente inclasificable. No solo ninguno se dice librepensador sino que, por el contrario, todos se declaran humildes devotos de tradiciones y autores concretos. Pienso, por ejemplo, en mi querido Michel Suárez: un cruce imposible de clasicismo, dandismo y anarquismo que también lee con interés a Marx y a los reaccionarios franceses. En su veneración por Castoriadis, Orwell o Simone Weil, su reivindicación de la idea de tradición y cuánto usa la expresión leer de rodillas a alguien. Michel bien podría decirse librepensador porque verdaderamente lo es, pero, como todas las personas brillantes que no necesitan camuflar su mediocridad tras etiquetas rimbombantes, conoce el placer de no pretender ser libre ni único, sino un enano a hombros de gigantes.

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Ha salido una novela de la que no hablo en mi nuevo libro porque no llegó a tiempo, pero es un ejemplo paradigmático de las novelas históricas nacionalistas de las que hablo en uno de los capítulos. Se titula ¡Pelayo! Su narradora es su hermana Adosinda. Y su comienzo es este:

«En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, yo, Adosinda, me apresto a comenzar la crónica de los hechos sucedidos en este rincón de la cristiandad entre el aciago año 711, cuando se perdió Spania, y el 722, cuando mi hermano Pelayo, coronado rey de los godos, ganó la batalla que permitió iniciar la reconquista del territorio cedido al islam. Mi deseo, al escribir el nacimiento del nuevo reino, ha sido penetrar en la entraña de los hechos y revivirlos con los pensamientos y pasiones de quienes los protagonizaron. Porque ya nadie niega que Pelayo y sus hombres hicieron algo más que ganar en Covadonga: juntos sembraron una idea, algo que vale tanto como un mundo nuevo, pues las ideas se agitan en el aire sin que se puedan aprisionar y fecundan a las naciones… Esta es una historia verdadera de cómo Pelayo y sus valientes astures iniciaron la más extraordinaria de las aventuras: la Reconquista de España».

La historia es el abecé del más antediluviano relato nacionalcatólico: Pelayo es un noble godo refugiado en Asturias, la rebelión se desencadena por el casamiento de Adosinda con Munuza, Covadonga no es una escaramuza, sino una gran batalla en la que los astures son conscientes de estar iniciando la reconquista de España… Y, por supuesto, el autor asegura haberse documentado minuciosamente, algo de lo que estos novelistas presumen siempre. Si se documentó, desde luego, no lo parece, porque ignora por completo el acervo historiográfico actual sobre Covadonga y se ciñe a un relato periclitadísimo. Parece que se basó en las crónicas Rotense, Sebastaniense y Albeldense (escritas siglos después de los hechos) y las Antigüedades y cosas memorables del Reino de Asturias de Luis Alfonso de Carvallo: siglo XVII. ¿Hay que explicar a estas alturas los problemas de las crónicas, las prevenciones que el historiador debe tener para con el registro documental, siempre mediatizado por intereses del momento?

Me hace mucha gracia ese primer párrafo porque está absolutamente repleto de anacronismos, pero, eso sí, dice «me apresto a» y «Spania». Lo de solventar la papeleta con un par de arcaísmos es una triquiñuela habitual, como en la serie El Cid cuando los personajes dicen foder en vez de follar en parlamentos, por lo demás, absolutamente contemporáneos. La novela también evidencia el uso de una cobertura pseudofeminista para camuflar mensajes reaccionarios, típico de autores como Isabel San Sebastián y otros, del que hablo en un subcapítulo de mi libro dedicado al «Feminismo antifeminista»: aquí se presenta a Adosinda como «mujer fuerte, valiente y decidida».

Es divertido imaginarse a don Pelayo, muy probablemente un señor bajito y con mala leche, oriundo de la zona y con menos pedigrí que un gato de callejón, viendo toda la sarta de sandeces neogoticistas y estatuas de culturista sueco que se irían escribiendo y haciendo sobre él.

El runrún interior: un dietario (16)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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