Narrativa

El exceso de lo visible

Tomás Sánchez Santiago comenta 'Tierra de Campos infinitamente': libro «escurridizo y honesto» de Jorge Praga; itinerario por el «extraño acogimiento que presta Tierra de Campos a quienes saben buscar la belleza escondida en una sinfonía de negaciones».

Reseña de Tomás Sánchez Santiago · Fotografías de Manuel Abejón

Con ciertas variantes, el texto que sigue se leyó en la Fundación Ángela Merayo (Santibáñez de Porma, León) el 20 de agosto de 2021 como presentación del libro Tierra de Campos infinitamente (Ed. Difácil, 2021) de Jorge Praga y Manuel Abejón, que estuvieron presentes.

He aquí un libro prendido de la experiencia más pura y menos infectada de deliberación literaria que podemos suponer: ir trazando el mapa a la vez que uno se adentra en el bosque. Responde a lo que con exactitud económica verbal su autor, Jorge Praga, expresa en un momento dado, cuando habla de la última intención de su presencia en la Tierra de Campos: «Mirar, sentir, estar. Recibir». Verbos que hablan de una fértil pasividad: la de la contemplación, la de la escucha, la de la espera. Eso bastaría. Y ningún otro signo de perturbación en ese territorio castellano de apariencia infinita y soluble con el que dos hombres —el de las palabras y el de las imágenes— se encontraron; ninguna voluntad, tampoco, de dar significado a esa sensación de suspensión continua que puede experimentar quien recorre este espacio natural resistiendo «el exceso de lo visible» que acaba por hacer confundir deslumbramiento y ceguera, evidencia y estupor, elementalidad y misterio. Al contrario: todos los modos de la desaparición atraviesan esta obra desacomodada del cauce de los géneros literarios, sin intención alguna de emplazamiento, sin fijeza ni alcance previsto; una obra escurridiza como la propia llanura de Tierra de Campos batida por el aire y por el ímpetu solar en que todo sucede. O en que nada sucede. Quién sabe. Un territorio, en fin, metafísico y vasto donde «cuanto más se busca su centro, o su esencia, más páramo y silencio se encuentra»; eso también dice Jorge Praga, invitando ya desde muy pronto a quien lee a no crearse expectativas sobre la posibilidad de que el libro haya de ser el ejercicio de una delimitación.

Carretera a Aguilar de Campos

Porque eso es lo primero que gana la atención del lector: poder compartir con los autores la conciencia de estar asistiendo a un proceso de evaporación sin solución de continuidad (evaporación demográfica, evaporación topográfica, evaporación cronológica…), una evaporación que llega hasta buscar diluirse con todo lo demás ellos mismos, los dos gestores del libro. Uno, Manuel, con secreta evaporación onomástica, que hasta embosca su propio nombre; otro, Jorge, el que se aventura en la operación de nombrar, con esa honesta delegación —en las secciones del libro denominadas «Voces»— que deja fluir sin estorbos la narración monológica en la boca de pronto encendida de los habitantes que pueden hablar mejor que nadie de su Tierra de Campos. El caso es que, como se dice en cierto momento ante el pasmo de un atardecer castellano, «todo se evapora en pocos instantes, las voces callan, los pájaros se alejan, la luz se transforma. Grabadora, máquina fotográfica, ojos y oídos atentos, luchan contra la desaparición, sin más fortuna que la esperanza de estas palabras que se posan en la página, su decantación postrera».

Iglesia de San Miguel, en Villavelid

Pero eso no es todo. Hay un desafío a lo largo de todo el libro que consigue superar la sensación de que solo la Nada ha estado instalada en estos lugares. Es cierto que en el libro se da razón de todas las versiones de la contrariedad: despoblación, ruina, autismo geográfico, abandono, ausencia de futuro, desatención… En ese sentido, la obra sí se inserta en las de esa hilera de escritores que han narrado con palabras descarnadas la verdad incuestionable de esta geografía. Todos conocemos esa nómina. Son los venerables del 98, con Unamuno y Machado a la cabeza; es Jorge Guillén, de quien se toma el título de la obra; y son también Miguel Delibes, en sus historias de Castilla la Vieja, Jesús Torbado —cuya obra Tierra mal bautizada se cita como precedente ineludible—, Francisco Pino, Justo Alejo, Jiménez Lozano, Claudio Rodríguez, Marcelino García Velasco, Waldo Santos, Julio Llamazares, Gustavo Martín Garzo, Manuel Díaz Luis, Ignacio Sanz, Avelino Hernández, Fermín Herrero… De Jesús Hilario Tundidor son estos versos de hace más de cuarenta años que inician el poema «Homenaje a Revilla de Campos» —incluido en su libro Tetraedro (1978)—, un pueblo abandonado ya por entonces en el que se detienen también Praga y Abejón y al que el poeta zamorano recientemente desaparecido dedica un emocionante poema que comienza así:

La carie del adobe, el esqueleto de la tierra,
tufo que no es de brezos ni de encina
o carvallo sino de muerte, de ocre
desolación. Ved así, sobre los campos góticos: REVILLA,
su soledad, su caída o retorno, como barbecho es, barbecho que ya nunca
iniciará de nuevo su cauce de labranza,
ni ya de permanencia, ni de serenidad bajo los cielos
prósperos, luminosos, encendidos de julio […]

Iglesia de Villaesper (Valladolid)

Y, sin embargo, no estamos ante una obra que vuelva a cantar con sesgo elegíaco el fracaso histórico de Tierra de Campos ni el espectáculo de su agónico ensimismamiento o su tácita sumisión a los dictámenes del progreso. Tierra de Campos infinitamente es una obra audaz, que sin faltar a la verdad indaga en lo real y en lo legendario como para desmentir la sombra funeral que, tal una maldición, pareciera llevar siempre sobre sí este espacio. Sobrevienen así, más allá de una intoxicación de melancolía, sorpresas encerradas en la historia o en los lugares más inesperados. Los movimientos revolucionarios del campesinado en 1934, la huella regeneracionista de Macías Picavea, sibilas y sirenas lascivas junto a la severa iconografía religiosa del arte sacro, la delicadeza de los hermanos Corral de Villalpando frente a al estereotipo áspero de la austeridad castellana, las portaladas y el laboreo comunal contra la imagen machadiana del individualismo cainita y feroz del hombre de campo, los murales contra el olvido —en Villafrades y Boadilla de Rioseco, por ejemplo— que reflejan otra simbiosis entre la naturaleza y la actualidad, la socarronería desprejuiciada, como ese remedo de un anuncio por palabras en Boadilla: «Oveja churra negra busca ferocísimo lobo para lo que surja», la efímera historia de amor en 1808 entre el oficial Alexander Gordon y una muchacha de Villabrágima, la designación de Barack Obama como hijo adoptivo de Castroverde de Campos (hay un parque bautizado con el nombre del presidente norteamericano), la presencia en Villalpando de Andrés Vázquez, el torero que alguna vez llevó a Orson Welles a su pueblo a comer un cocido, la obra dispersa y risueña de Alejo de Vahía, «el artesano de la relajación», como aquí se le llama, el itinerario que persigue la denominada «carpintería de lo blanco», el enigma del origen del revolucionario Belarmino Tomás, el capítulo dedicado al escultor Baltasar Lobo, la búsqueda obsesionada de la desfiguración en los paisajes de Díaz-Caneja, que para él eran «estados de conciencia», una propuesta de rehabilitación de un edificio en Villalán de Campos al mismísimo Frank Gehry —quien contestó ya tarde— y hasta los desmanes mercantiles del legendario bucanero Erik el Belga

Pozo de Urama

Todos estos indicios quieren proponer que, bajo la pátina monográfica de una tierra desolada como una partitura vacía, hay argumentos que le dan aún un relieve que se necesitaría fomentar con otros ahondamientos. Pero ello no es tarea de estos dos viajeros. Jorge Praga y Manuel Abejón cumplieron esa misión intuida de encontrar sin buscar, de aceptar toda entrega que les llegó sin interpretarla bajo ningún prisma más allá de lo que debe conocer ese testigo privilegiado e infrecuente que es, en realidad, el viajero que sale de buena mañana de su casa a pisar el terreno sin norma ni programa; y esa es su libertad y su alegría, que traspasa a quien se sumerge en las páginas de Tierra de Campos infinitamente.

Por lo demás, quien ha tenido la fortuna de adentrarse ya en el alboroto feliz de estas páginas pudo aferrarse a algunos ejes de vertebración que fueron sin duda guías seguras para definir el espíritu del libro.

El primero de ellos es, naturalmente, «El viaje», concebido como la imposición del itinerario frente al destino; todo aquí lo preside una intersección entre lo que se busca y lo que se encuentra. Bajo el signo de lo inmediato —el único posible de concebir aquí— se conjugan los dos vectores que sirven de motor a cuanto sucede en esta obra: la curiosidad y el azar. Y ningún otro modo de programación que pudiera falsificar la naturaleza sin horizonte que todo viaje en estado puro ha de procurar.

Casa solariega en Arroyo de Pozopedro

El segundo eje lo constituye «La mirada». Entrar en la demasía de Tierra de Campos exige dejar de lado la mirada contemporánea, una mirada fundada para rebotar, para encontrar límites: los límites de las distancias cortas. En efecto, la vida moderna, según la propuesta de Baudelaire, engendra el miedo a la lejanía y a la soledad. En la Tierra de Campos la realidad se disipa en tanto aire, en tanto cielo. No debe extrañarnos que aquí surja la mística de Juan de la Cruz o de Teresa de Jesús. El vértigo del alma y el arrobo se comprenden mejor en esta ausencia de perímetro y en esta prolongada desfiguración que es este espacio casi de vocación lunar. Un pintor castellano como Díaz-Caneja acaba por decir: «No recuerdo haber pintado nunca ningún paisaje». Y es que ese concepto de paisaje aplicado a la pintura supone un constructo cultural, una premeditación estética que queda muy lejos de lo que da de sí este lugar insólito.

«El tiempo» podría ser el tercer eje en que se sustenta Tierra de Campos infinitamente. Hay una articulación temporal —en las secciones tituladas «Días»— que parece compensar esa otra falta de definición espacial que así se impone. La constatación, la consignación a modo de diario en muchas de estas páginas mitiga en cierto modo tanta intemperie.

Por último, todo el libro está recorrido por «El respeto», un continuo respeto a fin de no perturbar la frágil realidad que asiste a esos viajeros que para todo empuñan la decencia de una pasividad («Mirar, sentir, estar. Recibir»). El susurro de la delicadeza atraviesa cuanto Praga y Abejón van hallando al paso, empezando por ese lenguaje en retirada, lleno de sabor agrario y de sabiduría ancestral, que explota ante ellos en un glosario de vocablos impagables: cardenchas, vezas, morenas, mecal, tierra barrial, cisquillo, quitameriendas… Ninguna intromisión, pues, por parte de los autores en cuanto iban advirtiendo. Pasaron como huéspedes discretos por la extensión castellana. Y dejaron tras ellos esta obra en que los signos de abandono y desestimación se diluyen en otros nombres, hechos y menciones que muestran cómo todo cuanto forma parte de la historia humana guarda un rescoldo capaz de alzar su estatura de nuevo encendida si alguien es capaz de volver a ponerlo en la memoria colectiva con gracia justa y rigor. Este libro, escurridizo y honesto, lo demuestra a las claras. Leerlo es emprender ya ese mismo camino en pos del extraño acogimiento que presta Tierra de Campos a quienes saben buscar la belleza escondida en una sinfonía de negaciones.


Fragmentos


La salida de hoy ha abarcado el día en su totalidad. Salí de casa a las nueve de la mañana, volví a las diez de la noche. Muchas horas. Horas hacia fuera, exóticas, nuevas, abiertas, sin el menor apoyo de la rutina, tampoco de la confianza de rutas prediseñadas. Horas muy intensas, sin más refugio que la conversación y la orientación de los mapas. Manuel y yo ensayamos sin cesar la palabra despreocupada, la decisión intuitiva, la confianza en que lo que topemos va a merecer la pena. La soledad viajera no sería buena consejera para estas libertades, siempre necesitadas del gozo de compartir las capturas. A la noche, de vuelta a casa, las palabras salen a borbotones enlazando paisajes, personajes, pueblos, un caudal de risas. Es el aterrizaje de una extrañeza. Sí, de una extrañeza. El cuerpo llega zarandeado por soles y vientos, por lluvias. Hoy nos alcanzó también el pedrisco. Por horizontes de luz. Por ese color verde que se mezclaba con los primeros amarillos, con el rojo de las amapolas, con el marrón claro de las tierras removidas. La mente carga con mil experiencias distintas e intensas, sin paralelismos conciliadores con la experiencia urbana. Exotismo. Tan cerca, tan lejos. Es difícil reposar esas sensaciones. En la noche, en las revueltas de la vigilia, arrastran un fondo de desazón de difícil acomodo inmediato. «Y yo viví eso —ronda por mi cabeza— y lo tengo ante mis ojos, cómo fue posible». Una invasión del exceso que tambalea el equilibrio. La piel conserva el ardor del espacio abierto, quedan olores, voces, cantos de pájaros, cielos, llanuras que se resisten a irse, a desaparecer en el pasado. La escritura oficia de cómplice del encierro.


Una de las dificultades de acceso a Tierra de Campos tal vez resida en esa carencia de mediadores que nos permitan su transformación de país a paisaje. La comarca tiene una geografía aparentemente monótona, unos pueblos escuálidos y olvidados con una población en vertiginoso descenso. Un clima extremado de pocos días tibios o dulces. Pero antes de estos, otros parajes objetivamente más ásperos han logrado la atención o la visita de personas atraídas por la circulación de una lectura que los presentaba dignos de curiosidad. Desiertos ardientes o congelados, costas ásperas y de escasa habitabilidad, selvas acechantes, caribes de tórrida humedad…, han sido transformados en imán irresistible para una mirada orientada, encauzada por el arte o la literatura que la ha recorrido previamente. Tierra de Campos no se ha beneficiado de esos hacedores del paisaje que pudieran reelaborar y descubrir la singularidad de sus horizontes, el brillo de sus tesoros artísticos, la profundidad de sus silencios.


Los cambios de río apenas son perceptibles en esta planicie, pero entre el arroyo Bustillo que rodea Villamuriel, y el Valderaduey que nos espera en Bolaños de Campos, hay un ascenso reptante por la carretera comarcal que marca una cima. En ella, las vistas sin confines siempre son el premio seguro. El Valderaduey, abajo, viene delineado por la hilera de chopos. En Bolaños de Campos buscamos la plaza, con un rollo austero, encaramado en rodetes de piedra. Siglo XV, gótico incipiente, dicen las clasificaciones académicas. En el bar encontramos algún parroquiano con ganas de dar la lengua. Por cuatro claretes de Valderas y un acompañamiento de champiñón pagamos 4,60 euros. Un vino que la dueña nos asegura que no es cabezón.

Autilla del Pino

El paso por cualquier pueblo siempre nos deja la cercanía de algún inmigrante: búlgaros, rumanos, norteafricanos. Estos son más visibles por el velo de la de cabeza de sus mujeres. «A mí me parece que hay demasiados», oímos en Villafrechós. Pero nadie niega su presencia benefactora en trabajos que otros rechazan: pastoreo, limpieza, basuras, ayudas domésticas… Y los hijos de los inmigrantes mantienen abiertas escuelas que en su ausencia estarían cerradas. En Revellinos se juntan dieciocho niños en la escuela. Cada uno ha hecho un dibujo para alegrar la entrada de la iglesia en Navidad. «Muchos van con la media luna», nos dice sin acritud nuestro informante.


Una golondrina posada en un cable que va de casa a casa. Ella sola, quieta, inquieta, su cabeza negra y su pecho claro sobre el fondo azul del cielo, la cola como una tijera entreabierta. Aguanta la curiosidad, la fotografía, nuestras miradas. De repente ya está en el aire, y en unos instantes desaparece.


En mayo algunas casas se van abriendo. El largo invierno, el oscuro invierno, ha quedado atrás. Un señor espera en la calle, y cuando nos ve acercarnos nos pregunta si somos los técnicos de Iberdrola. Acaba de instalarse, y la casa necesita remiendos. Viene de Bilbao, y la ilusión por los nuevos días le salta a los ojos. Se queda hasta los Santos, nos dice, aunque este año han citado en el hospital a su mujer el 28 de octubre. No podrá completar por pocos días el ciclo habitual que se alarga desde la primavera a los difuntos, el ciclo de lo que nace y lo que regresa a la tierra. «Por mí me quedaría todo el año, pero cuando se acerca el invierno todo el mundo se va, no se puede seguir aquí». Tiene una pequeña huerta que el año pasado le dio unas calabazas gigantes. Nos invita a volver dentro de unos meses, y si la cosecha es buena nos regalará alguna.


Pasamos y paseamos entre veinticuatro esculturas de Alejo de Vahía, su mayor colección. Descubrimos con gozo al artesano de la relajación, al escultor del valium. Caras de agrado, gestos que bordean el dibujo de la sonrisa, cuerpos danzantes y armónicos, sin tensión. Un cristo colgado en la cruz se olvida del sacrificio y ofrece un rostro somnoliento. Los evangelistas posan con dulzura sobre sus atributos, San Lucas ensimismado, San Juan contento en su galanura juvenil. En el grupo escultórico del santo entierro están excluidos el dolor y la pena, el personaje que sostiene al cuerpo de Cristo sonríe abiertamente. Al fondo de la nave nos espera el Padre Eterno, realzado en una escultura de mayores dimensiones. Es un buen anciano, algo cansado, con los pies desnudos llenos de nervaduras. Una corriente común recorre todos estos trabajos de hace quinientos años, una atmósfera de tranquilidad y relajación cobijada en este museo que tiene algo de refugio salvífico. Alejo de Vahía vino de muy lejos para esculpir sobre troncos bien curados de nogales el mensaje del sosiego, de la paz, antes de que el barroco y la contrarreforma invadieran los retablos con sangres y agonías. Alejo el pacífico.

Alejo de Vahía

Tierra de Campos infinitamente
Jorge Praga
Fotografías de Manuel Abejón
Difácil, 2021
362 páginas
22€

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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