El runrún interior

El runrún interior: un dietario (20)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la publicación de un diario de Chirbes, el Premio Planeta a Carmen Mola o una visita a Covadonga.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (19)

Martes, 12/10/2021. Me topo por ahí con este dicho mexicano: «La Conquista la hicieron los indios, y la Independencia, los españoles». La historia es más compleja que un par de memes.

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Absolutamente sobrecogido por una historia que acabo de leer en El País.

En una cordada en los Andes peruanos en 1985, Joe Simpson, de 26 años, y Simon Yates, de apenas 22. Se conocían solo de vista. Alcanzan la cima del Siula Grande (6334 metros) por una ruta sumamente técnica, pero la alcanzan con mal tiempo que vuelve durísimo el descenso por la arista norte. En un momento dado, Simpson resbala, cae y se fractura una tibia: es incapaz de caminar y no hay visibilidad. Sin embargo, Yates, en lugar de dejarlo allá, salvar su propia vida y tratar de regresar con ayuda, decide auxiliarlo. Lo descuelga con la ayuda de dos cuerdas de 50 metros convertidas en una de 100 atándose uno de sus cabos y el otro al arnés de Simpson y así van descendiendo lenta, penosamente, afianzándose en la nieve con sumo cuidado. Pero de pronto todo se complica horriblemente. La niebla impide a Simpson ver un corte radical en la ladera, una grieta escondida, cae a plomo y se queda colgando en el vacío. Yates intenta pero no puede tirar de él; su peso resulta insoportable. El accidentado Simpson, entonces, piensa en salvar a Yates cortando la soga con una navaja, pero la única que tenían estaba en la mochila de Yates. Este, tras una hora de indecible sufrimiento, entiende que no había remedio: su vida dependía de cortar la cuerda. Y la corta. Simpson cae, se pierde en la inmensidad, muere con toda seguridad.

Yates vuelve, exhausto y turbado, al campamento base. Pero tres días después, cuando está a punto de marchar —escribe Óscar Gogorza en el reportaje de El País— «un espectro apareció arrastrándose entre las rocas: era Simpson, que había sido capaz de salir de la grieta, reptar, orientarse y sobrevivir sin comida y bebiendo a ratos hielo derretido». Termina así Gogorza el reportaje:

«Ambos siguieron con su vida de alpinistas, pero jamás volvieron a escalar juntos. Lo que tanto les unía también les repelía. Yates fue blanco de críticas severas, sufrió un juicio popular tremendo y aunque Simpson siempre lo defendió, quedó marcado como el hombre que cortó la cuerda. De nada sirvió que Simpson asegurase que él también hubiese cortado la cuerda. Casi todos olvidaron que para sufrir el papel de villano, Yates tuvo primero que ser un héroe».

Sobrecogido, ya digo. Por la historia en concreto y por cómo la vida tiene rebordes extremos en los que son reales esos dilemas éticos, esas decisiones de Sophie, que jugamos en ocasiones a imaginarnos.


Miércoles, 13/10/2021. Marx: «Nadie combate la libertad: a lo sumo combate la libertad de los otros. Por lo tanto, cualquier forma de libertad existió siempre, unas veces como pri­vilegio particular y otras como derecho general […] No se trata de preguntar si la libertad de prensa debe existir, ya que siempre existe: se trata de saber si la libertad de prensa es privilegio de algunos in­dividuos o del género humano. Se trata de preguntar si lo que es un delito para unos puede ser un derecho para otros».

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La guerra de la cooficialidad del asturiano tiene momentos divertidos. Lo es, por ejemplo, que refute la existencia de la llingua una diputada del PP de nombre Ángela Pumariega. Habrá que empezar a llamarla Ángela Terreno Apto Para La Siembra De Manzanos.

«El identitarismo es el nuevo comunismo», dice Pablo Casado rodeado de un cegador tsunami de banderas rojigualdas. Otro que tal baila.


Jueves, 14/10/2021. Alfonso Guerra sobre los abucheos a Sánchez en el desfile del 12-O: «Hay quien abuchea a un presidente y aplaude a una cabra, cada uno elige quién le representa mejor». Me pasa con Alfonso Guerra algo así como lo que con Jiménez Losantos: al mismo tiempo que me parece un sujeto despreciable, su talentazo para desenvolverse en el barro populista no deja de despertarme cierta admiración del orden del «qué buen vasallo, si oviesse buen señor».

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En 2022 se estudiará dónde pueden habilitarse nuevos espacios verdes en Gijón para que los niños puedan jugar. Solo lo rechaza Vox porque no quiere «convertir Gijón en un enorme parque infantil». Vox: una secta necropolítica cuyo credo consiste en escoger invariablemente la opción más maligna en cada dilema, ante cada disyuntiva. Este mismo día se nos ha anunciado también que Vox pide que «los restos humanos del hijo muerto por aborto» se entreguen a los padres. Mala gente que camina y que va apestando la tierra. Qué espanto causa el rostro del fascismo.

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No conocía este poema de Miguel Hernández:

YO NO QUIERO MÁS LUZ QUE TU CUERPO ANTE EL MÍO

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

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Jorge Dioni, tan lúcido como siempre:

«Hay gente que cree que un Estado mínimo es un lugar sin impuestos ni legislación, donde cada uno gestiona su propio dinero y desarrolla sus proyectos sin burocracia. No, un Estado mínimo es un sitio en el que todo el mundo tiene que gestionar su propia mierda. El Estado es que salga agua potable del grifo y poder tener la misma confianza en todo lo que nos llevamos a la boca, ya sean manzanas, yogures, carne mechada o los órganos sexuales ajenos, ya que existe un sistema sanitario público. El Estado es que haya luz por la noche y que, al otro lado del teléfono, haya alguien si pasa algo. No hay nada más Estado que sanidad, educación y seguridad. El que los tres sigan siendo servicios públicos será una de las grandes cuestiones de los próximos años. O no. Igual ya hemos decidido que cada uno se apañe como pueda». 


Viernes, 15/10/2021. Iván de la Nuez: «Durante la Guerra Fría, la guerra cultural se libraba por el futuro. En la Postguerra Fría, se libra por el pasado».

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En Gran Bretaña, el diputado conservador David Amess muere tras recibir varias puñaladas en un encuentro con votantes en la ciudad de Leigh. Hace apenas cinco años del asesinato de otra diputada, laborista en este caso, Jo Cox. Se está poniendo chunga, chunga la cosa británica.


Sábado, 16/10/2021. Se publican unos diarios de Chirbes que incluyen una serie de comentarios maliciosos sobre Arturo Pérez-Reverte, lo que desata un pequeño zipizape tuitero, con los pretorianos de don Arturo injuriando al autor de Crematorio, libro que da la casualidad de que estoy leyendo en este momento. Mi aportación: tengo la absoluta convicción de que, dentro de treinta años, absolutamente nadie se acordará de Arturo Pérez-Reverte, pero se leerá mucho a Chirbes. Me dice uno: «Cuando Chirbes sea el español más traducido en el mundo y se adapten al cine o la televisión 16 de sus obras, me das un toque al móvil». Le respondo: «Un escritor puede vender muchísimo y que nadie se acuerde de él un año después de entregar la cuchara. La posteridad es implacable con quien no tiene nada perdurable que decir. ¿Tú te acuerdas de Vizcaíno Casas? Yo tampoco».

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Premio Planeta para Carmen Mola, que resultan ser tres tipos. Yo no he leído sus libros y no puedo opinar, pero dicen quienes sí lo han hecho que ya se notaba que la voz de esta supuesta Carmen era masculina. Y ello es que suele notarse; que, cuando es el caso, hay un algo que chirría y que hace darse cuenta del engaño si se es perspicaz. Una voz femenina no es fácilmente falseable, como no lo es una voz proletaria por un escritor burgués o viceversa. No es tanto, me parece, cosas que una mujer no diría como cosas que diría de otro modo. No creo que sea una cuestión biológica, ojo. Pero eso es, creo, lo interesante: cómo el patriarcado genera esas diferencias sutiles, en la línea de lo que decía David Graeber sobre la sensibilidad de los oprimidos. Antonio Maestre me habla de un relato de Chesterton, «Novelistas de los barrios bajos», que yo no conocía y que sirve, me dice, para comprender esta cuestión: al intentar representar una clase que no es la propia, lo único que se hace es mostrar la propia, porque no es posible despojarse del habitus. La clase social, el género, no se pueden ocultar: aparecen en el modo de mirar y en qué se mira.

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De visita en Covadonga y Cangas de Onís con un grupo de estudiantes de la Universidad de Minnesota que hacen un viaje por España y a los que me encargaron hablar, entre otros temas, de nacionalcatolicismo y turistificación (lo que hice ayer en una charla en Oviedo), nos topamos sin preverlo con una maratón llamada Ruta de la Reconquista: ni preparado. Más tarde, un momento divertido cuando entramos en la basílica covadonguesa. Hay misa. El cura está saludando a los espectadores de su canal de YouTube. O tempora, o mores.

La visita resulta poner muy nerviosa a una chica judía a la que abruma el lugar; este condensado de fanatismo hispánico, católico y monárquico. Parece ser que ya lo está —nerviosa— desde hace varios días, tras ver unas esvásticas pintadas en alguna tapia de Madrid. Llorosa, se deja abrazar por sus compañeros; más tarde nos cuenta que nunca ha vivido un antisemitismo tan intenso como el que está encontrándose estas semanas en España. Mi reacción inicial es pensar para mis adentros: «Diablos, no será para tanto». Pero luego intento meterme en la piel, ponerme en los zapatos, de esta joven a la que pregunto por curiosidad si es sefardí o ashkenazí, y me dice que ashkenazí; hacerme a la idea de lo que significa toparse con una esvástica para un judío, para una judía; para alguien que posible, probablemente, tenga ramas enteras de su árbol genealógico consumidas en los crematorios del Tercer Reich, y ahora visite este lugar que es todo él una celebración de la España —no de España: de cierta idea concreta de España— que expulsó de sí a los judíos. He explicado antes a estos chavales que hoy hay publicistas infames como Pedro Insua que razonan que, en aquella expulsión, los fanáticos no eran los expulsadores, sino los expulsos, por negarse a convertirse: el mismo volver del revés las cosas que es hoy una línea fértil del propagandismo imperiófilo y, por ejemplo, hace a Marcelo Gullo proclamar que los conquistadores de América eran en realidad libertadores. Más tarde, cuando les explico que en Asturias hubo comunidades de criptojudíos, y al preguntarme qué significa esa palabra les digo que judíos en secreto, judíos oficialmente conversos que seguían practicando discretamente su fe, advierto la zozobra que vuelve a apoderarse de esta chica. Y pienso: ¿puede no zozobrar a alguien escuchar, recordar, que venimos de siglos y siglos de violencia contra su propia etnia? Por más que los que no somos judíos pensemos que el antisemitismo, en las sociedades occidentales, es algo del pasado, más allá de algún resabio, de algún rescoldo, ¿puede un judío no sentir terror a la vista del rescoldo más pequeño? ¿Puede fiarse lo más mínimo de la garantía que queramos darle de que no va a avivarse ese rescoldo, de que está completamente conjurada la posibilidad de un nuevo incendio?

La chica también comenta que le ha impresionado para mal ver tanta gente acá en Covadonga llenando la cueva, la explanada, las tiendas de souvenirs, la misa en la basílica. Y de algún modo eso me hace pararme a pensar también, como nunca lo había hecho, en mis propios sentimientos hacia Covadonga, donde puedo haber estado algo así como cien, ciento cincuenta veces. La última, hace tres días, para rodar una entrevista sobre mi nuevo libro para la tele autonómica. Ni monárquico, ni cristiano, ni partícipe de la idea de España que acá sublima hasta el último ladrillo («Aquí en el monte Auseva, morada inmemorial de la Virgen, renació la España de Cristo con la gran victoria de Pelayo y de sus fiekles sobre los enemigos de la Cruz»), tengo, sin embargo, un vínculo afectivo intenso hacia el lugar. Un vículo forjado a lo largo de los años en los picnics familiares en el Repelao, las cinco o seis veces que he venido caminando o en bici desde Gijón acompañando a S. en su peregrinaje anual para ponerle una vela a la Virgen, las que traje acá a amigos de fuera de visita en Asturias, las que pasé por acá de camino a alguna excursión por Picos, el recuerdo entrañable de la imagen de la Santina que tía R. había recortado de un calendario y tenía pegada en la pared de su casa en Tazones, etcétera. He contado también a estos estudiantes, para ilustrarles la fuerza tremenda y transversal del mito de Covadonga, la historia de cómo la Santina fue salvada, durante la guerra del treinta y seis, por un socialista (Indalecio Prieto), un republicano (Faustino Goico Aguirre) y un anarquista (Eleuterio Quintanilla) que se encargaron de sacarla de la cueva, enviarla a Gijón, protegerla en el Ateneo y, de allá, sacarla en barco a la embajada de España en París. ¿Conseguí ilustrarles con ello que no todos los que guardan cariño a este lugar o vienen a él participan de la ideología nacionalcatólica?, me pregunto después. ¿Es verdaderamente así?, me pregunto seguidamente.

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«El neoliberalismo ha sido una deformación que ha generado mucha desigualdad en la redistribución del ingreso». Lo dice Felipe González, que tuvo un ministro que se enorgullecía de que España fuera el país en el que más rápido podía hacerse uno rico. Hay rostros de hormigón armado y luego está el de este caballero.

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Maximiliano Jozami: «Si a una denuncia de la persecución contra los Uyghur en China contestás criticando al terrorismo islámico, es islamofobia. Análogamente, se deben criticar las políticas de Israel contra los palestinos, pero hacerlo en un post de la Shoà es antisemita, aunque no sea tu intención».


Domingo, 17/10/2021. Jónaham F. Moriche: «Toda política natalista o familista es por definición fascista. Toda política antinatalista o antifamilista, también. Lo antifascista es poner los medios necesarios para que la peña viva su vida íntima como le de la puta gana, sin joder a los demás ni imponer nada a nadie. Punto».


Lunes, 18/10/2021. Isabel Díaz Ayuso, sobre la abolición de la prostitución: «Yo lo que veo es la nada. Es el mismo camino de siempre. Destruir empleo, dividir a España y más socialismo». Interesante esto de considerar la prostitución un pilar de la unidad de España. No digo yo que no. Posiblemente se hayan tomado más decisiones trascendentales sobre España en puticlubs que en el Congreso de los Diputados.

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Qué bueno este pasaje de Crematorio:

«Qué me vas a contar. El paraíso perdido, la serpiente y la manzana. Del futuro no tenemos ni idea, un líquido químico, un abrasivo en el que todo se disuelve. Tú que eres literato, le dice a Juan, acuérdate de aquellos versos: Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!, y en Roma misma a Roma no la hallas. Es Quevedo. Ayer se fue, mañana no ha llegado: ése es el tema del arte, de todas las artes, no hay otro. Juan piensa que el futuro es siempre un alambicado regreso de lo que se considera extinguido, mientras que Silvia está convencida de que nunca se sabe hacia dónde derivarán las cosas. Qué zigzag harán. Cuál será el próximo perro rabioso que vendrá, dice. Y Juan: Mira hacia atrás para descubrirlo, está escondido en lo que se ha quedado atrás, mira hacia los muertos que la historia deja a medio enterrar y verás que alguno empieza a mover unos dedos que salen de la tierra. Cada vez que se acaba una etapa de ideas más o menos racionales, vuelven las viejas supersticiones con renovada alegría. Mira el islam, creíamos que había muerto, pero no, ese huevo estaba enterrado calentándose bajo la arena de los desiertos, incubándose. Juan cita las películas de monstruos que estuvieron de moda en los años cincuenta, en las que se suponía que el calor de la bomba atómica había incubado huevos de animales desaparecidos millones de años antes. El pasado es un alien que llevamos todos dentro, que engorda, que está ahí siempre a punto de reventarnos el pecho y escapar. En esa conversación también participó Matías, manteniendo ideas cercanas a las de Juan: Los momentos de luz son pasajeros, inestables. Hoy llamamos progreso a algo que no sabemos cómo lo llamarán los que vengan. La oscuridad es el estado natural: en cuanto el hombre se descuida, vuelve lo oscuro. En la vida privada ocurre lo mismo. En cuanto te descuidas tres o cuatro días sin hacer limpieza, lo oscuro, lo sucio, lo prehumano, empieza a comerte. Cuesta mucha energía mantener encedida la lucecita de la civilización».

El runrún interior: un dietario (21)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

2 comments on “El runrún interior: un dietario (20)

  1. «Tocando el vacío», de Joe Simpson, clásico entre los clásicos de literatura de montaña, imprescindible lectura. Y en los 2000 hicieron película/documental del mismo título, que también está muy bien. Facil encontrarlo en las plataformas de streaming, incluso en Youtube.

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