El runrún interior

El runrún interior: un dietario (18)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre el viaje de Díaz Ayuso a Estados Unidos, la entrevista de Jordi Évole a Iván Redondo o la relación entre el «amanecer del individuo» y el aumento exponencial de la manufactura y distribución de espejos en el Renacimiento.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (17)

Martes, 28/9/2021. Leído en Twitter: Francisco López Maíllo, el violador del Eixample, asaltó, agredió y abusó de 29 mujeres en Barcelona. Lo condenaron a 592 años de cárcel. Solo cumplió 13. Lo excarcelaron por una enfermedad degenerativa. Días antes de salir en libertad, recibió este telegrama: «Le rogamos que se ponga en contacto urgente con nosotros al teléfono […] para entrevista bien pagada en el programa Crónicas Marcianas de […] en Telecinco, gracias».

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Wittgenstein: «El lenguaje no es un mero vehículo del pensamiento, sino también el conductor del mismo».

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Una pintada en Francia: «Fin du monde, fin du mois. Mêmes coupables, même combat». Fin del mundo, fin de mes. Mismos culpables, mismo combate.

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Carlos Pujol en Cuadernos de escritura: «Norma de la menor cantidad posible. En algunos casos eso puede significar mil páginas».

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Thoreau: «No hay peor olor que el que despide la bondad corrompida».

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Se dice a veces que la intransigencia y el maximalismo, la rigidez en general, perjudicaron gravemente a la reivindicación lingüística en Asturias. Hoy pasa al revés. El asturianismo se ha vuelto creativo y resiliente, y es el antiasturianismo el sectario e inmóvil. Buena señal.

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Silvio Berlusconi: «Es muy difícil llenar un vacío como el que dejará la señora Angela Merkel en la política europea. Una Europa con una política exterior y de defensa común, por tanto, uno de los principales actores del mundo, requiere un liderazgo a un alto nivel político». Viene a mi memoria aquella ocasión en que pillaron a il Cavaliere refiriéndose al «infollable culo mantecoso» [sic] de la todavía canciller.


Miércoles, 29/9/2021. Na montanha en Twitter: «Últimamente pienso bastante en la desjerarquización de la información que facilita Twitter. Ejemplo: me sale una foto de la lava cayendo al mar, un tío dando gracias por la oportunidad de empezar como jefe de gabinete de una ministra, una ensaimada, un hilo sobre abusos sexuales». La modernidad es un poco así, en general: un triunfo del zapping que zapea nuestra propia mente, que fragmenta y dispersa nuestra atención y nuestra capacidad de profundidad.

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Víctor Muiña: «Que haya élites globalistas no quiere decir que los antiglobalistas sean antiélites». Distinción importante. No es el pueblo contra las élites, sino una élite decadente, estatal-nacional, contra una élite emergente, global, en un momento de tremendo reajuste del capitalismo.

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Resurge el debate sobre el botellón. En mis tiempos de botellones en Gijón, hace más tiempo del que no me deprime contabilizar, la Policía Local llegaba, pedía deneís, los apuntaba y se iba. Era legal beber en la calle y lo ilegal era ensuciarla o vandalizarla. Me parece lo más sensato. Me parece, también, que la persecución del botellón obedece a intereses de quien, desde luego, quiere que sea legal beber en la calle, pero en la terraza de su establecimiento. También aquí una colisión entre intereses privados y los del procomún.

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Hoy he estado consultando en un juzgado, para una crónica de La Marea, la documentación y sentencias de un caso de violencia de género de hace unos años, que terminó en asesinato. Nunca lo había hecho, y ahora tengo un mal cuerpo que no se me quita, y hasta náuseas. He visto fotos, con las que no sé si soñaré esta noche, de los dos cadáveres (la mujer asesinada y su exmarido, que se ahorcó), pero no han sido lo más perturbador. Lo ha sido ir leyendo sucesivamente la documentación de las denuncias previas por malos tratos o quebrantamiento de la condena, la demanda de separación, los informes psicológicos, los testimonios que disculpan al hombre a todo lo largo del proceso, los de la mujer desesperada, etcétera, sabiendo lo que va a acabar pasando. Toda la suciedad de la condición humana condensada en unos legajos.

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Mauro Entrialgo: «Ayuso es la figura más destacada del malismo. La gran mayoría de sus declaraciones tienen el objetivo de joder a alguien. Hasta sus fans lo primero que destacan de ella como uno de sus valores es eso: que jode mucho a sus enemigos políticos». Anda por Estados Unidos. Ayuso, digo. Autoerigida en paladín de la hispanidad, ya se sabe que asediada por una conspiración internacional formidable llamada leyenda negra, ya ha tenido para el Papa y para el indigenismo. Hay que defender nuestro legado, dice, frente a este asedio que la portada de un libro infumable del fascista argentino Marcelo Gullo, de reciente publicación, representa como doce dagas rodeando el mapa de España. Pero lo dice bien Alfredo González-Ruibal: «No. Díaz Ayuso no está defendiendo el legado español en América. No está defendiendo la música barroca guaraní ni la pintura virreinal peruana. Lo que está defendiendo son mitos imperialistas y supremacistas inaceptables en el siglo XXI».

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Si el Infierno tiene un departamento de castigos creativos y personalizados, a mí me castigarán a dar vueltas por una rotonda de Oviedo en hora punta durante toda la eternidad. No existe cosa que me estrese más.

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Pablo Casado sobre el Guernica: «Un icono del siglo XX que representa el testimonio de horror de la Guerra Civil y refleja desgarradores conflictos que no deben repetirse». No ha entendido el cuadro.

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Un titular: «Sánchez aboga por sacar de Madrid sedes de instituciones públicas como vía para afrontar el reto demográfico: «¿Por qué no pueden estar en otras partes de España?»». El Procés madrileño ya se ha apresurado a clamar contra esta propuesta que a mí me parece la mar de razonable, por muchos motivos. La instalación de instituciones en la España vaciada, de la que también se ha hablado, sería un acicate para su llenado. Pero incluso si no es a la España vaciada que las instituciones se sacan, si es a Valencia o Bilbao o Barcelona o Santiago de Compostela, veo en esta dispersión —nada extravagante: es el modelo alemán— dos grandes ventajas: corresponsabilizar a las distintas partes del país de la gobernación del Estado y romper una concentración física que facilita la espiritual; separar materialmente los poderes para que se separen también moralmente. España es un país extraño que combina una excesiva descentralización con una tremenda megacefalia. Madrid es un monstruo y hay que desmonstruizarlo.

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Uno de cada cinco jóvenes españoles cree que la violencia de género no existe: el doble que hace cuatro años. También uno de cada cinco jóvenes españoles ha votado a Vox. Más claro, el agua.

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Entrevista a Pablo Echenique en Infolibre:

«P. Recuerdo una vez que le criticaron por no saludar protocolariamente a la familia real. ¿Cómo fue aquello?

R. Yo llamé a Zarzuela y avisé a protocolo de la Casa Real de que yo no puedo darle la mano al rey. Quería evitar que en el acto él me la extendiera y quedara feo. Así que el rey estaba avisado y por eso no hizo el gesto.

P. Entonces, ¿por qué se lio?

R. Porque la reina me hizo un gesto de cariño, me agarró un poquito del brazo este, con el que manejo la silla. Y entonces se activó la palanca hacia adelante, la silla se aceleró…».

Excusar un atentado regicida en la invalidez de este Mateo Morral moderno: bien pensado. Nadie sospechará de un inválido.

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Juan Ponte: «Por muy bien argumentada que esté, la denuncia de las limitaciones impuestas por los poderes establecidos (manipulaciones, corrupciones…) no garantiza el deseo de transformación social. Constatar lo malísimos que son los malos no genera anhelo de cambio alguno. Así de duro».

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Tres tuits concatenados que lo resumen todo.

Tuit 1, de la Casa Real: «El Rey ha entregado el VII Premio Enrique V. Iglesias al desarrollo del Espacio Empresarial Iberoamericano a Ana Patricia Botín, presidenta del Banco Santander».

Tuit 2, con el que Ana Patricia Botín responde al anterior: «América Latina ha sido —es— mi segunda casa. Allí crecí profesionalmente. Me hace mucha ilusión este reconocimiento, porque lo es para todas las personas que han hecho del Banco Santander un líder en la región».

Tuit 3, con el que Jesús Calleja responde al anterior: «¡Enhorabuena, un premio merecido!».


Jueves, 30/9/2021. Estados Unidos. Se halla un arma en la mochila de un alumno. El instituto actúa rápida y contundentemente: decreta una prohibición rigurosa… de las mochilas.

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Apretada agenda de Ayuso en Estados Unidos: ser entrevistada por Telemadrid, ser entrevistada por Telecinco, ser entrevistada por Efe. ¿Estamos totalmente seguros de que Ayuso ha ido a Estados Unidos y no es todo una elaborada pantomima hecha con cromas, decorados y extras en un estudio improvisado secretamente en la Ciudad de la Justicia? Bueno, claro que lo estamos. Si hay algo que guste a los liberales españoles más que a un tonto un lápiz es cargar viajes a todo tren al erario público. «Seremos liberales, pero sabemos apandar».

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Un hilo estremecedor de Isabel Valdés en Twitter:

«Durante 10 años, un hombre estuvo drogando a su mujer con ansiolíticos, la dejaba inconsciente, la «ofertaba» por internet y grababa las violaciones. Ocurrió entre 2010 y 2020 en una casa de campo en Mazan, un pueblo de 5.800 habitantes en la región de Provenza-Alpes-Costa Azul. La operación empezó en septiembre de 2020, cuando la policía detuvo al marido, principal sospechoso, por grabar debajo de la falda de varias mujeres en un supermercado de Carpentras, un pueblo al lado de Mazan. Cuando revisaron su ordenador, encontraron los vídeos de la mujer. Ella ronda los 60 y tiene tres hijos. Él, ya jubilado, era artesano. Los hombres que la violaron durante aquella década, tenían entre 24 y 71 años, entre ellos un maquinista de montacargas, un periodista y un bombero. Algunos divorciados, algunos solteros, otros casados. Varios declararon no darse cuenta de que ella estaba dormida. Pensaron que eran una pareja de swingers. Hasta ahora han sido detenidas 44 personas. 35 procesadas y encarceladas; dos «testigos asistidos» (algo así como mitad testigo mitad acusado) y uno murió antes del arresto. Según la policía judicial de Avignon, a cargo de la investigación, es un caso «sin precedentes». Por la duración del delito, por el número de perpetradores y porque «es raro tener tanta evidencia en un caso de violación», dijo Jérémie Bosse Platière, comisario, a AFP ayer. Ese mismo policía declaró que era «imposible» que esos hombres no se dieran cuenta de lo que estaba pasando. Ella no recuerda nada. Lo ha sabido ahora, con la investigación, con los vídeos. No reconoce a nadie. «El mundo ha dejado de girar para ella», dijo ayer su abogado».

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Toni Cantó: «En España que los artistas se posicionen a la derecha tiene un coste». Él sabe bien de lo que habla: ha sufrido en sus carnes el dantesco castigo de que se cree un chiringuito fastuosamente pagado y de nebulosas competencias solo para él. Muy al contrario, en los últmos años, hemos visto desfilar por los juzgados a César Strawberry por unos tuits, a Guillermo Zapata por citar (ni siquiera contar) chistes, a unos titiriteros, a Willy Toledo por cagarse en Dios o a Javier Krahe por cocinar un cristo en 1977. No, en serio, no puedo con la desfachatez olímpica de estos lloricas. Mexan por nós e din que chove.


Viernes, 1/10/2021. En el pueblo —una aldea ganadera—, en verano y otoño, todo se llena de moscas, y también la casa, lo que obliga a un genocidio cotidiano de estos insectos. Bien podrían ser treinta, cuarenta, cincuenta, las moscas que mato al día. Empecé a hacerlo con torpeza cuando me instalé acá, pero con el tiempo he desarrollado una finísima habilidad para ajusticiarlas; para predecir dónde se posarán, anticiparme a sus movimientos, lanzar el matamoscas en el momento justo. Ya las mato incluso con la mano. El caso es que la observación atenta de estos bichos, aunque sea para matarlos, me ha proporcionado también una cierta sabiduría sobre ellos. He descubierto que las moscas tienen personalidad. Las hay torpes y ágiles, lentas y rápidas, activas y perezosas; las hay curiosas y no. Saber que la tienen no me impide matarlas, pero sí que ha ido generando en mí una cierta ética, extaña e involuntaria; un decálogo de piedades no pensadas, sino automáticas. Nunca mato moscas fuera de casa, no me parece justo: solo las mato dentro. Y cuando dos moscas se juntan en lo que seguramente no sea, pero a mí me parece, un apareamiento, o algo así como un juego, tampoco las mato, incluso aunque signifique cargarme dos de un tiro y ahorrarme esfuerzos.

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Nada más poderoso que una mentira a la que le ha llegado su hora. Pienso en la machaconería con que últimamente se nos cuenta y se nos insiste en que la izquierda se opuso al voto femenino durante la Segunda República. Alguna izquierda se opuso, sí. Lucida (Indalecio Prieto, Margarita Nelken…), pero minoritaria. Es pasmoso cómo se agarra eso y se convierte en una fabulada unanimidad. El PSOE aportó más de la mitad de los votos para aquella conquista democrática.

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Me estoy topando ya con esta cosa tan típica de que te riñan por escribir un libro y no escribir otro. «¿Por qué haces un libro sobre el nacionalismo español y no sobre el catalán?». Algo así como reñir a Cervantes por escribir el Quijote en lugar de la Celestina. También con la matraca esa de «¿qué hay de malo en querer a tu país?». Como cuando los creyentes te preguntan qué hay de malo en creer en Dios. Pues depende, Joseluis. Depende si creer en Dios te hace amar al prójimo o disparar a musulmanes a la salida de una mezquita, ¿no te parece?


Sábado, 2/10/2021. Jorge Dioni en La Marea:

«El neoliberalismo no cree en la utopía del mercado autorregulado, puesto en cuestión en 1929, sino en la necesidad de protegerlo a través de una estructura institucional segregada de la capacidad de acción de los estados. […] Se trata de proteger al capitalismo financiero de la amenaza de la política. Las ideas de democracia, voluntad popular o soberanía nacional, el liberalismo clásico, eran una amenaza y había varias formas de resolverla. Primero, la violencia, el golpe de estado o la represión directa. Sin embargo, aquella dejaba de ser necesaria cuando se podía influir en la estabilidad de un país a través de elementos como la inflación, el desabastecimiento o, sobre todo, la deuda. Es decir, presionar incruentamente. El proyecto neoliberal es crear una infraestructura de instituciones supranacionales que haga que los estados estén incrustados dentro de un orden internacional que rediseñe desde fuera su propia organización. Si no es posible, se regresa a la primera opción. Entre democracia y barbarie, lo segundo podía ser una buena opción. Es preferible un cierto caos que permita el funcionamiento del modelo económico a un orden que lo ponga en cuestión. Así, es entendible lo que ha sucedido con países que situaban hace medio siglo en la órbita socialista, como Siria, Iraq, Yemen, Somalia o Libia. Entre socialismo y barbarie, barbarie.

Nada del proyecto ilustrado. La democracia había sido ineficiente para la salvaguarda de los mercados y tanto la voluntad popular como la soberanía nacional eran un peligro para la defensa de la propiedad privada o la circulación del capital. El neoliberalismo es un proceso que no incluye civilización o ilustración, al contrario de su antecesor. Por eso, el modelo puede apoyarse en elementos autoritarios, incluso si son preilustrados, como los estados teocráticos. La religión, el nacionalismo o la tradición podían ser símbolos frente a los modelos redistributivos y figuras como la monarquía o las juntas militares garantizaban esos pilares básicos. La extensión del islamismo como proyecto político dentro de Asia y del mundo árabe se entiende mejor como fuerza de choque sobre el terreno frente a los proyectos alternativos. Sucede lo mismo con las iglesias evangélicas en América Latina o con el integrismo católico en el Este de Europa».  

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Francisco Álvarez Velasco: «El utópico busca ligero la verdad en el horizonte; el dogmático la lleva en las pesadas alforjas con que le cargaron».

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Antonio Miguel Carmona el 18 de agosto: «Cuando Antonio Maestre y otros activistas, que no periodistas, me acusan de defender a las eléctricas, forma parte de la basurilla del politiqueo. Hay que defender un periodismo limpio, riguroso y honesto. Pueden seguir insultándome. Yo no lo haré». Defendía entonces este señor a las eléctricas de la acusación de que estaban vaciando los embalses deliberadamente para encarecer el precio de la luz. Acabamos de conocer que este sujeto es el nuevo presidente de Iberdrola. Cómo debe de ser el chaparrón de billetes y prebendas en el que te entierran para que te compense que tu dignidad y tu credibilidad queden tan por debajo de la altura del betún.


Domingo, 3/10/2021. Si supiera escribir novelas, mi próximo libro sería una sobre un académico de la lengua de edad provecta que se inventa un seudónimo de mujer para poder despotricar a gusto contra libros feministas haciéndose pasar por «una feminista sensata». Me basaría en hechos reales. Chapotee el lector en los artículos de María L. Soto en la revista Zenda; en su temática, sus obsesiones y sus giros. Y luego, googlee ese nombre: «María L. Soto». Saque entonces su propia conclusión.

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«Un pueblo que no conoce su historia está condenado a desaparecer», dice Vox, y es un poco izquierda involuntaria. La historia nacionalista, falsa, mentirosa, que Vox esgrime une artificialmente a un pueblo al que conduce hacia objetivos siniestros. Y eso debe desaparecer.

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Morris Berman en Cuerpo y espíritu, citado en Twitter por Jónatham F. Moriche:

«Desde alrededor de 1500 adelante, la manufactura y distribución de vidrio plateado aumentó exponencialmente. Los espejos empezaron a aparecer en todas partes, junto con el “amanecer del individuo” que tan claramente caracterizó al Renacimiento. Encontramos un aumento agudo y simultáneo en autoconocimiento y en la cantidad y calidad técnica de la producción de espejos. El nacimiento de la fabricación moderna de espejos coincidió con el surgimiento de la nación-Estado, grandes ejércitos permanentes (aun en tiempos de paz), la noción de la perspectiva en el arte, la aparición del autorretrato como género independiente y la fase más temprana de la Revolución Científica, que anunciaban el fin de la visión mágica del mundo».

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Leo en el Diario Vasco una pequeña reseña de un libro reciente que suena interesante, basado en conversaciones entre Borja Sémper y Eduardo Madina, víctima el segundo de un atentado de ETA que le seccionó una pierna (la vida se la salvó, se cuenta en este artículo, su más de 1,90 de estatura; de haber sido un par de palmos más bajito y haber tenido la cabeza más cerca del volante, se la habrían volado), y el primero de sucesivas amenazas de asesinato que nunca se consumaron, pero lo obligaron a modificar sus hábitos y lo mantuvieron durante años en el terrible estrés de temer por su vida y la de los suyos. Hace ya diez años del cese de la actividad terrorista de ETA y es importante hacer estos ejercicios, duro pero sereno de una memoria histórica muy necesaria.

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Tamara Falcó, hija de Isabel Preysler, sobre Mario Vargas Llosa: «Le interesa todo. Yo le veo hablar con el jardinero, con el guarda de la caseta… con todo el mundo». ¡Habla con el jardinero! Qué campechanía, qué llaneza.

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Émmanuel Macron, instalado en una preocupantísima ultraderechización, realza el legado colonial y habla de una «historia oficial» basada en el «odio a Francia». La misma matraca que acá nos dan los telepredicadores de la leyenda negra y la hispanofobia: España no es especial tampoco en esto. En la anterior campaña, Macron visitó Argelia y dijo allá que la colonización había sido un «crimen contra la humanidad» (para indignación de los pieds-noirs). Es terrible lo que está sucediendo en Francia. No solo ya Marine Le Pen, sino otro enloquecido ultraderechista, Éric Zemmour, arrasa en las encuestas. Las tres opciones de izquierda (la socialista Anne Hidalgo, la izquierda alternativa de Mélenchon y el ecologista Jadot) llegan malamente, juntas, al treinta por ciento de los votos. Serán casi con toda seguridad la ultraderecha o Macron, ni siquiera la derecha gaullista, quienes ganen las próximas presidenciales, donde habrá una segunda vuelta en la que haya que decidir entre la ultraderecha original o esta ultraderecha copia, sobrevenida al calor de la demoscopia. Tiempos recios, tiempo de bárbaros.


Lunes, 4/10/2021. Ha hecho ruido la entrevista de Jordi Évole a Iván Redondo, el defenestrado rasputín de Pedro Sánchez. No la he visto, no me interesaba. Pero, por lo que leo, parece que el gran mérito de este hombre no fue vender a ningún cliente, sino venderse a sí mismo. Escribe Carlos Prieto en El Confidencial, e intuyo que es una reseña certera, lo siguiente:

«Iván Redondo resucitó a Sánchez. Iván Redondo tumbó a Rajoy. Iván Redondo se adelanta al futuro. Iván Redondo maneja la estrategia política a tal velocidad que Kissinger es un paleto a su lado… He aquí un mito hinchado a conciencia entre todos: los redondistas veían en él al gurú, y los anti-redondistas exageraban sus poderes para atacarle. Todos contentos. Redondo también. Pero Sánchez purgó por sorpresa a Redondo, y pasado el verano, el exfontanero mayor del reino decidió someterse al confesionario de Jordi Évole. Pues bien: por la puerta de Évole entró el mito que movía los hilos y salió un señor flipado de Donosti. El mayor consejero español desde Séneca ha resultado tener la cabeza más llena de serrín de lo previsto».

Se dice a veces que cuando la Iglesia o la Monarquía, instituciones rodeadas de un aura de misterio, se vuelven transparentes, cuando abren y muestran las estancias de palacio, empiezan a irse al garete: el misterio se deshace; el pueblo descubre que allá viven seres humanos como los demás, hombres y mujeres que cagan y mean, aunque sea entre oropeles. A Iván Redondo, me parece, le ha pasado un poco eso. Ha sido muy comentada la escena bochornosa del tipo sacándose dos piezas de ajedrez del bolsillo de la americana —asegurando que no lo tenía preparado: ¿quién no lleva un alfil en el bolsillo de la americana?— y soltando el filosofema de baratillo de que, al acabar la partida, el rey y el peón vuelven a la misma caja, no sé si pensando que va a deslumbrar a alguien. Yo pienso que un Cervantes de hoy escribiría una novela sobre un Alonso Quijano que enloquece de ver tantas series de política, se hace spin doctor y recorre la Piel de Toro buscando candidatos a los que asesorar, portando, en vez de adarga antigua, un rey y un peón de ajedrez del todoacién.

Leemos hoy también que Redondo se incorpora a La Vanguardia como columnista y consejero en Madrid. Escribirá todos los lunes en una sección titulada «The Situation Room». La paletada del título en inglés. ¡Basta ya de colonización cultural anglosajona! Una columna española sobre los entresijos y los reservados de la política debería titularse «El Puticlub».

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Mientras preparo una visita a Covadonga que me han encargado organizar, y donde oficiaré de explicador de la historia y el simbolismo del lugar, y tras darme cuenta de lo mucho más cómodo que es contar el mito que la historia real del lugar (los mitos son simples; la historia, siempre compleja), pienso que vivimos una era fatigada y perezosa y que la pereza, en España, nos vuelve nacionalcatólicos. El relato histórico nacionalcatólico es un relato para perezosos. Apretuja los siglos y reduce cada acontecimiento a un guiñol sencillísimo de moros y cristianos, españoles y antiespañoles, misiones seculares y caminos rectilíneos.

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Hoy sabemos por una filtración del fraude a Hacienda de personajes como Pep Guardiola o, ay, el Vargas Llosa que hace nada nos advertía, desde la convención del PP, de que hay que votar bien en lugar de mal (sobre tributar bien no dijo nada). Comenta un tuitero amigo: «Yo ya he vivido la lista Falciani, los papeles de Panamá y los de Pandora. Lo que no he vivido es consecuencias». Pero le responde bien Jónatham F. Moriche: «Porque las consecuencias no vienen solas, como resultado mecánico de la información revelada, sino que dependen del poder político de que dispongan aquellos a quienes esa información resulta relevante e indignante. No es la verdad contra la mentira, es un poder contra otro poder».

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Tremenda indignación la de Arturo Pérez-Reverte de estos días por el nuevo James Bond de Daniel Craig, un Bond tan eficaz como siempre en lo suyo, pero sensible y enamorado, expurgado de masculinidad tóxica. Entre las imágenes que sacan de sus casillas al académico, una de una mujer conduciendo una moto y Bond detrás. Pienso que en la escala de dureza de la masculinidad, el equivalente del mineral de talco es que te arruine la semana hasta el borde del consumo compulsivo de ansiolíticos que James Bond vaya de paquete en la moto de una moza en lugar de conduciéndola. Lo divertido es que estos son los mismos tipos que, después, tienen siempre la palabra «ofendiditos» en la boca. Machos destronados: pocas figuras más patéticas.

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«Escribo para ordenar las estanterías de mi interior, para poner al día mis recuerdos, para racionalizar mis miedos, para analizar las huellas de una vida paralela… para no olvidar quién soy». Me gusta esto que dice Miren Agur Meabe, de cuyo Espuma en las manos hoy publicamos una reseña en El Cuaderno. Me impresiona tremendamente, también, este largo poema, «La tumba», donde veo reflejadas a mis abuelas y tías abuelas, carnales y políticas, y que termino de leer con los ojos vidriosos:

Nací en Bilbao el 5 de junio de 1933
y morí en Lekeitio el 28 de enero de 2002,
a la edad de sesenta y nueve años,
bastante joven, en tres meses.
Un cáncer de ovario se me llevó a traición.
Me puse amarilla, la piel me picaba.
Se me infló tanto el hígado
que hubieron de instalarme una sonda bajo el pecho
para expulsar el pus.
Me decían, por calmarme, que las manchas pardas
en el camisón eran de betadine.

Mis mayores valores fueron mi piel fina y mi carácter.
Aprendí a coser y a bordar:
iniciales en sábanas de hilo, vainicas en manteles.
Mi caligrafía era menuda; no obstante, los rabos finales
delataban la discreta energía de mi apellido.
De pequeña fui buena en Matemáticas.
Me enseñaron a imitar a mártires y santos.
Aunque no he sido una experta cocinera,
no tuve rival en croquetas, flanes y bizcochos.
Goberné una tienda de telas, ropa de hogar, varios.

De joven era flaca y plana
(por eso los muchachos no me pedían baile);
pero cuando di a luz mi leche fue abundante
(mis amigas, en cambio, biberón de pelargón).
Me habitué a apretar las piernas hasta el día de mi boda,
y a santiguarme con pasión
al recordar el juramento de Scarlett O’Hara.

Me casé de negro,
con ramo de azahar y mantilla de encaje.
Escogí a un marino;
de poco nos servía el sistema de Ogino.
Cada vez que volvía, nueva luna de miel.
Yo le enviaba al barco fotos dedicadas.
En todas dejó marcas de labios o de lágrimas.
Yo también le quería, con su genio del demonio.
A veces se enfadaba sin motivo, mierda.
Yo le abrazaba cuando se serenaba,
le pedía perdón. Cuánto le rogaba y cuánto lloraba
por él, por mí, sin saber bien la razón.

Mis dos partos me dejaron hemorroides de por vida.
Tuve un hijo; luego una hija.
A mi niño le quise dar lo mejor.
Le costó coger el pulso a sus asuntos. ¿Cómo andará ahora?
A mi niña la crié como se crían los sueños.
Fue fácil, menos cuando perdió un ojo
o en la época de todos sus abortos.
Las dos llorábamos, una a cada lado del teléfono.
Así y todo, pronto hallábamos consuelo,
yo en mis labores, ella en sus cuadernos.

Siempre tuve claros mis principios:
cuidar de los míos, mayores y menores;
cumplir las leyes del cielo y de la tierra;
anteponer la obligación a la devoción.
Las infusiones me ayudaban a dormir;
más adelante necesité pastillas.
¿Cuál es la recompensa de la mujer modelo?
Oro a manos llenas: espuma en las manos,
y, entre esa espuma, astillas.

Ahora estoy a oscuras. Soy un esqueleto
con traje de chaqueta y bulsa de raso,
crucecita de madera en el enfaldo,
una rosa de fieltro y una espiga artificial,
los últimos regalos de aquel hospital.
Me taponaron narices y boca con áspero algodón.
Esta hija mía no callaba en los pésames,
por qué tantos detalles, tanta explicación,
siempre tan formal, siempre tan servicial.

Ahí arriba hay ángeles de granito,
lauburus esculpidos, coronas marchitas, ikurriñas.
La lluvia arrastra capullos de flores,
guijarros, siglas doradas, huellas.
Aquí abajo no hay nada.
Echo de menos las charlas con mi amiga,
mi tienda, los ronquidos de mi hombre, a mi hija.
No ver crecer a mi nieto ha sido mi castigo,
no poder oír jamás cómo me nombra «abuela».
A pesar de ello, no me quejo.
Esperando el alba, en paz descanso.

*

Por la noche, termino de leer En el valle del paraíso: viaje a las ruinas de la URSS, de Jacek Hugo-Bader, que había dejado a medias. De sus últimas cien páginas, me impresionan con viveza estos pasajes en los que veo pavorosamente resumida la decadencia de la URSS, pero, en cierto modo indirecto y menos brutal, también la de nuestro propio mundo.

«Nadie sabe por qué, entre los ciento treinta mil habitantes que tenía Liúbertsi en los años setenta, varios cientos o incluso miles de adolescentes empezaron a pasar el tiempo libre en los sótanos. Les pusieron el nombre de kachalkas, que viene de kachat (que significa balancearse y que ellos entendían como entrenarse), porque no hacían otra cosa que entrenar, hacer ejercicio, trabajar la musculatura. No fumaban, no bebían, evitaban a las chicas. Lo único importante eran el cuerpo, los músculos y la fuerza. Levantaban pesas hechas con sus propias manos a partir de hierro robado en las chatarrerías. También había sótanos para boxeadores y karatekas. En la mejor época de Liúbertsi llegó a haber más de cien kachalkas y en cada una se entrenaban entre veinte y treinta chavales.

En 1980 se celebraron en Moscú los Juegos Olímpicos. Los alumnos de institutos y universidades recibieron la recomendación de irse de vacaciones: cuanto menos contacto con los extranjeros, mejor. Sin embargo, hubo contactos. Aparecieron productos antes inaccesibles como pantalones vaqueros, chicles, casetes de música occidental… y sobre todo se despertó el ansia por conseguir esos mismos artículos. Después empezaron a aparecer hippies, punkis, heavies, gente que hacía breakdance, nazis, rockeros y Hare Krishna. Los metieron a todos en el mismo saco y los llamaron neformaly. Las autoridades los miraban con asco. Después la Unión Soviética empezó a debilitarse, comenzó la perestroika y el mundo, y más concretamente Moscú, conoció a los liúberes. También eran informales, solo que agresivos, y eran los únicos que no tenían ningún tipo de relación con las subculturas occidentales. Salvo porque iban a por ellas.

A principios de 1987 los ya creciditos muchachos de los sótanos de Liúbertsi emergieron a la superficie. Lo que por separado no llamaba la atención, al unirse en una masa, suscitó un miedo atroz. Aquellas malas bestias se juntaban en grupos de entre cincuenta y cien, y partían rumbo a Moscú.

—Lo que hacíamos era una zachistka, una limpieza de extranjeros —dice Misha—. Organizábamos cacerías de hippies, punkis, de todos esos melenudos… En los días festivos solían reunirse en el Parque de la Cultura y el Ocio Gorki. Y allí los pillábamos.

[…]

—Les dábamos de hostias a base de bien, les cortábamos las melenas, los dejábamos en pelotas —cuenta Misha entusiasmado—. Ellos no eran de los nuestros, no eran soviéticos. Tomaban drogas, escuchaban música extranjera, tenían dinero, padres con buenos cargos, ropa de fuera. Nosotros teníamos el principio de «nada importado». No teníamos nada que ver con esa juventud dorada. Éramos una base sana formada por proletarios e ingenieros.

[…]

Seriozha […] usa el pogonialo —es decir, el apodo— de Seri, o sea, Gris. Era un liúber, huido de la sección de boxeo del club Spartak. Prefirió entrenar con los chavales del sótano. Tiene cuarenta años. Pertenece a la generación de liúberes que alcanzaron la edad de reclutamiento durante la guerra de Afganistán. Eran chavales fornidos, fuertes, deportistas, así que casi todos recalaron en el spetsnaz, los destacamentos especiales que más sufrieron durante aquella guerra. De los veinticinco que entrenaban en su kachalka, dieciséis fueron a parar al frente. Cinco no regresaron. Seri fue herido. A la reputación de matón añadió una condecoración de guerra.

—Los chicos de nuestro sótano hacíamos piña —cuenta—. El individualismo estaba mal visto. Entre nosotros regían costumbres muy rusas, campesinas. Todas las fiestas, por ejemplo, los cumpleaños, se celebraban con los vecinos. A las que organizaban mis padres acudían los vecinos de toda la escalera, venían en zapatillas de andar por casa. Cada uno traía una silla, una botella de regalo y tres claveles. La célula social básica era la familia y justo después venía la escalera. La gente se prestaba dinero, criaba en común a los hijos., y si alguien de fuera pegaba a un niño en el patio, todas las mujeres de la escalera salían en bata en su defensa. Las relaciones de vecindad habían sustituido a las familiares, rotas debido al tamaño de la Unión Soviética. Yo tengo un primo hermano en Jabárovsk. No lo he visto en mi vida. Los chicos de la escalera son mis hermanos. Y los del bloque, digamos que mis hermanastros.

Ya no queda un solo chico de ese sótano viviendo en Liúbertsi. Se han establecido en Moscú y Járkov, en Ucrania. Allí fue donde se especializaron en campañas electorales. Seri las llama «campañas de partisanos»»

—Somos chórniye piárschiki —se carcajea—. Especialistas en mala prensa. En los países de la antigua Unión Soviética nada ayuda tanto a un candidato como que atenten contra su vida. Basta con lanzar una granada en la puerta de su sede electoral, por la que no aparece nunca, para que los periódicos de toda la región se hagan eco del atentado contra nuestro queridísimo candidato. Y nuestro pueblo lo sabe muy bien: si quieren matar a alguen, eso quiere decir que es bueno, honrado.
Con quien más le gusta trabajar a Seri es con los ancianos.

—Son los mejores, porque son los que más tiempo han vivido en la URSS, son temerosos, confiados y pobres.

En cada ciudad a la que lo envían siempre empieza por las organizaciones de veteranos de la lucha y el trabajo, a las que pertenecen todos los jubilados. Allí, a cambio de un pequeño soborno, se hace con las direcciones de los ancianos. A continuación toda su brigada se echa a la calle. Si les abre la puerta una persona joven, se disculpan por haberse equivocado, pero si es un viejecito, le dicen que son encuestadores y le preguntan por quién va a votar. Si por Kuchma, está bien. Si es por otro, le dicen que en el bloque donde no gane el presidente en funciones subirá el precio del alquiler o cortarán el gas».

El runrún interior: un dietario (19)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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