El runrún interior

El runrún interior (35)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la versión asturiana de un concepto de Baudelaire o la islamofobia como nuevo antisemitismo.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (34)

Martes, 25/1/2022. Comenta Jorge Dioni que «a veces, no hay ningún gran secreto que explique el ascenso de una opción política ni tampoco hay soluciones para evitarlo. Simplemente, es su momento». Yo también lo pienso, aunque no sé si es atinado o un errado fatalismo.

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En Francia, partidarios de Éric Zemmour atacan a Marine Le Pen, ante cuyo domicilio pintarrajearon, en Nochebuena, injurias sobre ella acompañadas de la leyenda «Z 2022», referencia a la campaña de este fascista redoblado, que llega a hacer a la candidata de la hoy llamada Agrupación Nacional parecer moderada. «Otro vendrá que bueno me hará». Da auténtico pavor la deriva del país vecino.

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Estampas y personajes del capitalismo tardío. Me pasa Israel Merino un reportaje sobre «Euskalnews, la web libertarista antivacunas editada por un vendedor carlista de NFTs». Un vendedor carlista de NFTs. El requeté de las enefetés. ¡Viva Cripto Rey! ¡Dios, Pasta y Fueros!

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Hay gente que no sabe envejecer ni retirarse con dignidad. Una de esa personas es la exministra Celia Villalobos, protagonista, hoy, de un deleznable momento televisivo que está dando mucho que hablar. Fue en el programa Todo es mentira, de Cuatro, presentado por Risto Mejide y que yo nunca he visto, pero del que me llegan de cuando en cuando chispazos con los que me compongo una idea de su tono, expresión suprema —percibo— de la frivolidad estridente de estos tiempos. Se hablaba en este caso de Pablo Iglesias, y Villalobos, mirando a cámara, se arrancó a espetarle esto al ya exlíder de Podemos, haciendo grandes aspavientos y entre carcajadas bobaliconas de los presentadores: «Mírame de frente, Pablo, estás mucho más guapo desde que estás en tu casita. ¿Y cómo están los niños, hijo? ¿Están bien? Oye, que si hace falta voy y te echo una mano para cuidártelos, porque tu mujer te hace muy poquito caso. Te quiero. ¡Ay, Dios mío! Oye, por cierto, los dientes te los has arreglado, ¿no? Estás guapísimo».

Responde bien Iglesias en sus redes sociales: «Esta señora solo puede dar lástima. Lo que es preocupante y repugnante es el tipo de televisión y el tipo de periodismo que fabrica estos espectáculos. No mires solo al juguete roto de cada día; la degradación es responsabilidad de los que hacen la escaleta y conducen el programa». Yo veo el corte varias veces, fascinado por cómo condensa el Zeitgeist en medio minuto. Todo está ahí, y no lo digo como hipérbole. Se podría escribir —pienso— un libro entero sobre ese medio minuto; uno que desplegase una antropología completa de estos tiempos enajenados. La bastardización del periodismo; la desideologización y espectacularización salsarrosizante del debate político; pero también, por ejemplo, la tiranía de lo juvenil, que hace a mujeres mayores como Villalobos prestarse a estos espectáculos degradantes con tal de parecer en la onda. Y también la lógica toxicómana de cierta tasa decreciente de la fama que hace que quienes la persiguen deban ir redoblando sus extravagancias a fin de seguir llamando la atención y continuar en el cada vez más exigente candelero.

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Un agudo comentario de Ramón González Férriz: «Un rasgo actual en la izquierda de la izquierda: realismo en relaciones internacionales («los intereses son los que son, y Rusia tiene los suyos, es duro pero hay que reconocerlo»). E idealismo en política doméstica («hay que cambiarlo todo y se puede porque es legítimo»)».

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El vértigo de un dato que resume el inconcebible desquicie de un sistema. De las en torno a 175.000.000.000 de prendas de vestir que se producen al año (ciento setenta y cinco mil millones), cincuenta mil millones van directamente de la fábrica al vertedero, y otros cincuenta mil millones, de las tiendas al vertedero, por no venderse.

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No lejos de la casa hay un extenso helechal que, a estas alturas del año, se presenta como una masa informe y marrón de helechos marchitos, achaplada por el peso de las primeras nieves ya disueltas. Hacia abril se verán brotar desde su interior los helechos nuevos; sus tallos tiernos, lozanos, verdes, rectilíneos. Año a año, sigue fascinándome esa imagen en la que vislumbro una metáfora poderosa: los jóvenes abonados y a la vez protegidos por sus ancestros muertos, y cuya podredumbre, algún día, abonará y protegerá a su vez la prosperidad de sus propios hijos. La muerte y la vida y su danza inextricable, inexorable.

Me acuerdo, siempre ante esa estampa para la que quedan unos tres meses a estas alturas del año, de aquello de Eliot sobre la crueldad del mes de abril; el que, en imágenes como esta, expresa a la vez la esperanza y la memoria. Y también de Benjamin y su Ángel de la Historia, aquel que, vuelto al pasado, donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, observa una catástrofe única acumular sus ruinas una sobre otra, sin que el vendaval que sopla desde el Edén, y que se enreda en sus alas, le permita correr a reconstruir lo destruido. En esto de los helechos muriéndose unos sobre otros, naciendo unos bajo la podredumbre de otros, aprecio una suerte de versión amable de lo mismo: la montonera de ruinas no es aquí trágica, sino plácida; no es una avería de la Creación, sino parte de su hermosura.

De los brotes futuros no se aprecia todavía, en este final de enero, el menor atisbo, pero pienso que ya estarán germinando inadvertidamente, a niveles infinitesimales, debajo de la tierra, tapada por la masa de helechos viejos. Y eso me hace pensar en la era. ¿Qué novedades germinan ya, ocultas en el fragor cotidiano de este mundo descompuesto? ¿Qué helechos crecerán en el humus de nuestra podredumbre?

Foto tomada en abril de 2020

Miércoles, 26/1/2022. Descubro por Olga Blázquez un concepto deslumbrante: accidental mountaineers. Montañeros accidentales; alpinistas tangenciales que lo son porque lo necesitan para otra cosa. Por ejemplo, nivólogos o botánicos que, para acceder a la nieve o a determinadas flores, necesitan trepar. La montaña como medio, no como fin.

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Un apunte interesante de Giaime Pala: «En los tiempos de la guerra fría la socialdemocracia europea sí que tenía una política exterior creativa. Los escandinavos se movían con mucha autonomía intelectual, los franceses y Brandt suavizaban el bipolarismo y los italianos razonaban sobre el Mediterráneo en su conjunto».

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En Polonia, una mujer ha dado a luz dos fetos muertos y ha muerto ella misma tras una agonía de un mes en que no han querido practicarle un aborto. También hay Dáesh católicos.


Jueves, 27/1/2022. Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Edgar Straehle lo recuerda con este pasaje de G. Bensoussan que nos habla del papel cómplice de las mayorías silenciosas:

«El campo de Mauthausen […] se construyó cerca de la ciudad y de la estación de ferrocarriles. En 1938 […], la noticia de su creación provoca el entusiasmo de parte de la población local. De 1938 a 1945, más de 1800 víctimas son quemadas en el crematorio civil de la ciudad vecina de Steyr […]. La existencia de ese campo es tan poco secreta, por lo demás, que figura en el listín telefónico: basta con llamar al 145… 4 km sólo separan la estación de ferrocarriles del campo de concentración, y mientras que los detenidos avanzan en convoyes, a pie, los actos violentos llueven sobre ellos a la vista y a sabiendas de todos. Los testigos son, pues, numerosos, comenzando por esa campesina de los alrededores, llamada Eleonora, que presenta una queja en 1941: “Solicito que se pongan de acuerdo para detener esos actos tan inhumanos, o si no, que los hagan donde nadie los pueda ver”».

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Hay un universo paralelo en el que el Solarón es a Gijón lo que el Cauce Viejo del Turia a Valencia. Hay otro en el que es una fila de torres de veinticinco plantas que arrojan sombra sobre la playa de Poniente. Seguimos más cerca de lo segundo que de lo primero.

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Se justifica a veces el dar cancha a malnacidos en los espacios de debate de la izquierda (y escribo esto pensando en un repugnante libelo antivacunas publicado en una revista que no lo es) en que «hay que hablar con todos/escuchar todas las voces». La mejor réplica a esto, aquello de Jipé Vernant: no se debate sobre recetas de cocina con antropófagos.


Viernes, 28/1/2022. Leo en un libro que estoy corrigiendo un comentario sobre Georges Sorel y su escurridiza ideología, del que la manera de expresar cómo esta se fue configurando me parece de una brillantez inusitada. El pasaje es este: «Sorel había sido un monárquico tradicionalista que procedía de la pequeña burguesía. Su pensamiento quiso evolucionar hacia el marxismo ortodoxo alrededor de 1890, pero embarró en sus emociones de origen —el conservadurismo moral— y al final se le iluminó, cual anunciación renacentista, un modo heterodoxo de ser marxista». Embarró en sus emociones de origen: qué manera, ya digo, tan deslumbrante de expresarlo. ¿No nos pasa a todos que embarramos en nuestras emociones de origen?

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Llamaba Baudelaire l’ennui al aburrimiento de época, la necesidad de novedad, de hacerse visible en un relato épico, de individualizarse y ser parte de una epopeya. En Asturias lo llamaríamos de otra forma: el refalfiu. El Diccionario General de la Lengua Asturiana lo define así: «Hastío cansado por la abundancia. Abundancia sin comedimiento. Cansancio por exceso de comodidades. Cansancio de una cosa buena por el hábito del uso, del trato».

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Cápsulas de Zeitgeist. Leo en La Nueva España que «el fotórafo suizo René Robert murió por una hipotermia el pasado 19 de enero a los 84 años tras caer al suelo en una calle céntrica de París y no ser ayudado por ningún transeúnte […] El periodista y amigo del fotógrafo Michel Mompontet avanzó que Robert había sido “asesinado por la indiferencia” tras estar nueve horas en el suelo ya que no podía levanrarse hasta que un vagabundo llamó a los servicios de emergencia. El fotógrafo fue trasladado al hospital, pero los servicios sanitarios no pudieron hacer nada por salvar su vida».

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Se debate sobre el Festival de Eurovisión, adonde España enviará, parece, bien la propuesta folclórica de Tanxugueiras, con una canción en gallego con frases en todas las otras lenguas de España, bien un tema más indie con mensaje feminista, a cargo de Rigoberta Bandini. Yo bromeo con la posibilidad de enviar a una Salomé octogenaria a cantar Vivo cantando y que sea aquello una cosa iconoclasta e irónica a la par que conmovedora y una cavilación sobre el tempus fugit, el desamparo de la vejez y el anhelo nostálgico y revivalístico que atraviesa la era.

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Jónatham F. Moriche: «Mucha gente intentando promover sus microespacios políticos haciendo del rechazo a la reforma laboral un estandarte identitario. Pero un revolucionario lo es por hacer revoluciones, no por zancadillear reformas. La base social progresista, sabiamente, lo penalizará —y lo celebro». Secundo.

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Una confesión y, luego, una reflexión. Me gustan los cuadros de Augusto Ferrer-Dalmau aunque su significado ideológico me repugne, me emocionaron un par de partes de Feria, me gustaron las novelas de Arturo Pérez-Reverte que leí, hay cosas concretas de Gustavo Bueno que me parecen deslumbrantes… Un combate eficaz contra el enemigo debe comenzar por reconocer(se a uno mismo) su talla y su embrujo. Si uno está bien atado, cual Ulises, al mástil de sus convicciones, no creo que haya problema con ello, sino todo lo contrario: se luchará mejor contra lo que mejor se conoce. No es una cuestión de justicia; no tengo ninguna necesidad de ser justo con los malvados. Es una cuestión de eficacia militante. Despreciar al adversario como imbécil o incapaz es una magnífica manera de no derrotarlo jamás. Franco se murió en la cama mientras decían que era tonto.

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Con respecto al fascismo, creo que tenemos una tarea doble y paradójica en este momento: desbanalizarlo (dejar de frivolizar con él) y, a la vez, banalizarlo (dejar de considerarlo un cataclismo irrepetible, encarnado en demonios metafísicos y no en gente corriente y moliente). Ni llamar fascista a todo bicho viviente, ni no llamárselo a nadie o solo a gente que se parezca a una caricatura de nazi de El Jueves. No hace falta ir rapado y con esvásticas tatuadas para ser un nazi. Como me comentan en Twitter, «de Eichmann hemos destacado excesivamente el mal y hemos infravalorado la banalidad».


Sábado, 29/1/2022. Dice Enzo Traverso algo que yo he pensado a veces: «La islamofobia estructura hoy en día los nacionalismos europeos, tal como lo hacía el antisemitismo en la primera mitad del siglo XX». A mi juicio, lo más interesante en relación con esta comparación es cómo hay una islamofobia light, condescendiente, pretendidamente ilustrada, que no prende solo en nacionalistas, sino que permea a porciones más anchas de la población, y también a cierta izquierda. En esto, el odio al islam también se parece al antisemitismo de hace un siglo. Había en aquel tiempo un antisemitismo popular basto, tosco, de raíces viejas; pero también uno culto que se daba a sí mismo una pátina de habilidosas argumentaciones intelectuales sobre el problema judío, acusando a los judíos de no integrarse en lugar de esforzarse en hacerse cargo de los procesos materiales, estructurales, históricos, que creaban el gueto y la mentalidad de gueto. Hoy no toleraríamos este segundo antisemitismo, y no dejamos de analizar que alfombró, aceitó, la apoteosis sanguinaria del primero bajo el signo de la esvástica. Pero con la islamofobia, hoy, sucede lo mismo: tenemos al tarambana tipo Ortega-Smith que vomita tocheces como que, de no ser por don Pelayo, las españolas llevarían burka, pero también al cultureta que se desenvuelve en frases hechas de aspecto sesudo, del tipo de esa según la cual el problema del mundo islámico es que no tuvo Ilustración (y no que los laicismos y socialismos árabes fueran implacablemente masacrados, allá donde surgían, por intervenciones occidentales que también pasaron por financiar y armar al fundamentalismo islámico). Pero la frontera entre el uno y el otro es mucho más porosa de lo que parece. El racismo es una pendiente resbaladiza.

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Detrás de las filípicas plomizas contra la cultura de la cancelación que padecemos día a día se esconde en realidad una pulsión demófoba; la rabia de vetustos gurúes (que no siempre lo eran por sus méritos intelectuales) por la pérdida del control del grifo de la opinión a causa del desborde, facilitado por las redes sociales, de una esfera pública plebeya. Como dicen por ahí, «la cultura de la cancelación al final no es más que otra forma de decir “¿pero tú no sabes con quién estás hablando?”».


Domingo, 30/1/2022. El festival de Eurovisión no es algo que me quite el sueño, pero es curioso, y he ido siguiendo, lo que ha sucedido estos días con el de Benidorm, encargado de designar al representante español para aquel. Las opciones masivamente preferidas y votadas por el público eran Tanxugueiras y Rigoberta Bandini, pero, mediante una oscura maniobra que implica conflicto de intereses, incumplimiento del reglamento del festival e intereses de grandes discográficas, lo designado ha sido finalmente un espantoso y perfectamente olvidable reguetón de Chanel Terrero, con letra en spanglish y versos como estos: «Yo vuelvo loquito a todos los daddies,/ yo siempre primera, nunca secondary,/ apenas hago doom doom/ con mi boom boom/ y le tengo dando zoom, zoom/ por Miami».

La cosa ha pillado con el pie cambiado a toda una claque de insufribles columnistas de sedicente izquierda que se gana las habichuelas perorando sobre la supuesta desconexión de la izquierda real con respecto a las preferencias populares. Acá ganaban de calle dos propuestas podríamos decir que de izquierda: una reivindicación de la España plural y otra feminista. Y su apartamiento en favor de un producto de laboratorio discográfico vendido bajo la etiqueta de cultura urbana y popular desvela bien la trampa majista de cierto despostismo ilustrado posmoderno: todo para el (arquetipo del) pueblo (que me saco de los cojones morenos), pero sin el pueblo (real). Lo de ilustrado es un decir.

Es muy elocuente, por lo demás, cómo el arquetipo del pueblo llano que pregonan estos sectores es, según el día y la hora, religioso, conservador, patriota, tradicionalista y antiyanqui o blasfemo, rijoso y aficionado a géneros musicales comerciales hipersexualizados en boga internacional y con epicentro en Miami. La cosa va, simplemente, de llevar la contraria (y de pescar clics y espacio en medios de derechas con ello).


Lunes, 31/1/2022. Baudelaire:

«Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.

Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.

Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.

Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar […]».

El runrún interior (36)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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