El runrún interior

El runrún interior (47)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la segunda vuelta de las elecciones francesas o la lectura de una biografía de una suerte de Che Guevara carlista del siglo XIX.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (46)

Martes, 19/4/2022. Titular: «Iker Jiménez se rebela contra el lenguaje inclusivo: “¿Por qué tengo que aceptar lo absurdo, lo absolutamente inventado?”». Clamar contra «lo absurdo» y «lo absolutamente inventado» desde un programa sobre marcianos y chupacabras. Se tiene uno que reír.

Personaje siniestro este Jiménez, cuyo programa, que siempre fue disparatado, pero en su día proporcionaba un entretenimiento intrascendente, se ha ido despeñando por la pendiente resbaladiza de la conspiranoia neonazi, Plan Kalergi y así, y otras hierbas. Pero el problema no es él. Parafraseando un conocido refrán alemán sobre sentarse a la mesa con nazis, si en torno a una mesa están Eduardo Inda y otros nueve tipos, en esa mesa hay diez eduardos inda. Si en torno a una mesa están Iker Jiménez y nueve más, en esa mesa hay diez íkeres jiménez. Si en un vaso de agua se echa un chorro de cianuro, ese vaso es de cianuro.

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Leo que, en las marchas anti-OTAN de 1986, se gritaba: «¡Ni OTAN, ni Pacto de Varsovia: cochinillo de Segovia!». Yo digo sí.

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Moriche sobre el ayusismo y sus trapacerías; la última de ellas, un violento empujón de Miguel Ángel Rodríguez a la periodista Andrea Ropero: «Si un abuelicidio monstruoso no les tumbó, no lo hará el pufo de unos pijos canallitas ni aún menos el empellón de un asesor borracho. A un imaginario utópico —por falsario que sea— solo lo desbanca otro imaginario utópico más poderosamente movilizador, no una crónica de sucesos». Secundo: de nada sirve destapar hasta el último caso de corrupción de tu enemigo si él consigue consolidar una cosmovisión y un imaginario utópico en el que tú eres corrupto por naturaleza. La batalla es por los corazones, no por las mentes.


Miércoles, 20/4/2022. Saca pecho Isabel Díaz Ayuso por una Comunidad de Madrid «socialismo-free». ¿Se puede ser más esféricamente imbécil? Pues sí, se puede. Toni Cantó se hace eco de la ocurrencia de su jefa y tuitea: «El día de hoy es un día de alegría. Se ha conseguido un gran pacto entre PP y Vox. Me congratula saber que, para los próximos cuatro años, Castilla y León es una comunidad SOCIALISMO FREE». Oficinista del español, pero poquito, que tampoco hay que herniarse.

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Leo en un libro que estoy corrigiendo que escribía Louisa Tenison, viajera británica en España, lo siguiente en 1853, a la vuelta de su periplo de dos años por el país:

«En cualquier caso, la gente tiene que estar impulsando por principios mejores y más altos antes de que las cosas puedan mejorar en este triste país; tienen que aprender a preferir los intereses públicos a los privados antes de que haya un Gobierno en España que sea honesto y recto. Desde el más alto hasta el más bajo, todos son corruptos; el Gobierno soborna igualmente a elegidos y electores; los impuestos se condonan, se dispensa el mecenazgo, se fomenta el cambalache, todo motor sobre el que un ministerio apoyado por cientos de empleados puede mandar es puesto al servicio del candidato que vaya a ser más dócil cuando sea elegido. La gente en España solo desea ejercer un oficio por las ventajas que de él se extraigan o los beneficios que sus familias acumulen como resultado: de hecho, parecen no comprender que es posible que alguien quiera ejercer un oficio manifestando otro punto de vista. Algunas excepciones hay, sin duda, pero, muy evidentemente, la prevalencia de la queja es demasiado manifiesta, y el estado de la moral se ha hundido a un nivel tal que los pecados veniales se consideran el pan de cada día, sin que nadie se sorprenda de ellos, ni hablar de reprenderlos».

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Se defiende así Luis Rubiales, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, del desvelamiento de sus apaños para llevar, jugosas comisiones mediante, la Supercopa de España a Arabia Saudí, en tiempo en que estaba aún caliente el cadáver —sus pedazos— del periodista Yamal Jashogyi, descuartizado por agentes del régimen saudí en una embajada: «Antes de ir nosotros, no había ni baños para las mujeres en los campos de Arabia Saudí». Ya hay que tener la estatura moral de una cáscara de plátano podrida para esgrimir semejante argumento contra un chanchullo de este calibre de indignidad.

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Leo en La democracia ateniense en la época de Demóstenes un interesante apunte sobre una diferencia crucial entre la democracia ática y la moderna: la distinción ateniense entre lo privado (to idion) y lo público (to koinon o demosion) no equivalía a la actual entre el individuo y el Estado. Explica Hansen que, en Atenas, «lo contrario de la libertad individual no es la autoridad del Estado, sino el control público. [… L]os atenienses distinguían entre el individuo como persona privada y el individuo como ciudadano en vez de entre el individuo y el Estado». Para los atenienses, «en lugar de libertad individual, es preferible hablar de libertad personal o privada, la cual a menudo tenía un carácter individual, pero no invariablemente»: se podía ejercer en esferas escasamente propicias al cultivo de la individualidad, tales como la familia, la industria o las cofradías religiosas.

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El mar Negro de noche, de Ivan Aivazovski (1879):

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Un comentario interesante de Guillermo Fernández Vázquez, experto en la extrema derecha francesa:

«Marine Le Pen le dice a sus potenciales electores: “mirad qué perversos son nuestros enemigos, mirad qué poderosos son, mirad qué mundo más desastroso nos están dejando. Es preciso un cambio: yo soy ese cambio». A diferencia de su padre, Jean-Marie Le Pen, Marine no pone las cartas de sus principios sobre la mesa, no busca una identificación explícita con ellos. Más bien deja entrever de soslayo cuáles son mientras critica a sus enemigos. De modo que sus compromisos políticos y filosóficos de fondo aparecen solo de una manera sutil, sugerida, en segundo plano. Jean-Marie Le Pen quiere adhesión directa; Marine Le Pen espera una identificación por contraste».

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Hay gente que se empeña en adherirse a principios fanáticos, pero su temperamento cordial, templado, se lo impide en la práctica. Y existe también lo contrario: gente cuyos principios son amables, comedidos, pero su idiosincrasia es tajante, categórica, y da lugar a la paradoja de una defensa fanática de la moderación. Prefiero con mucho a los primeros.


Jueves, 21/4/2022. Hay un cierto —un cierto, no todo él— PSOE rural que es carne de migración masiva hacia Vox en cuanto el partido se consolide definitivamente. El perfil es este: persona de moral conservadora que vio —o es hija de quien vio— en Felipe González el nuevo Caudillo, y en el PSOE triunfante del ochenta y dos el nuevo Movimiento Nacional, participando de una idea de España absolutamente continuista con la del tardofranquismo. Estiró el chicle hasta hoy por un sentido de lealtad familiar, de coherencia biográfica o de puro y duro interés clientelar, pero comenzó a distanciarse del partido con Zapatero y hoy está enloquecida contra el feminismo y el animalismo. Caza, toros, etcétera. Aprecia los cojones y a los líderes superlativos. No migró a Ciudadanos porque era demasiado urbanita; no migró al PP porque, en la lógica bipartidista, era pasarse al enemigo, migrar del Madrid al Barça, pero, periclitado el bipartidismo, no ve ese pasarse al enemigo en un partido nuevo como Vox.

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Detenido —leo— un joven de veintiún años por hacer ochenta grafitis con frases de Hemingway y Bukowski en Benasque. La elección de autores debería encarecer considerablemente la multa.

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Leo que, en 1559, un tal Realdo Colombo declaró haber descubierto el clítoris, pero fue acusado de plagio por Gabriel Falopio (el de las trompas), que declaró que él lo había descubierto antes. Renacentistas apellidados Columbus que dicen descubrir cosas ya descubiertas: más ejemplos de los que parece.

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Leo que los wagnéristes, seguidores franceses de Wagner, tenían una tendencia a valerse de las mayúsculas a la manera germánica. Lo cuenta —y lo citan en Twitter el tuitero Petruciu— Alex Ross en Wagnerismo, un libro que tengo ganas de leer.

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Catherine Keller: «La esperanza es la dimensión temporal de la lucha».

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Descubro este retrato, que me deja absolutamente maravillado.

Se trata de Michelina di Cesare, la más célebre brigantessa de las Dos Sicilias, ataviada con el traje tradicional napolitano, revólver, carabina y puñal en la faja. Hubo muchas mujeres en el brigantaggio, guerrilla meridional de resistencia a la unificación de Italia, que fue durísimamente reprimida por el Piamonte triunfante. Michelina cayó en 1868 y fue víctima —leo— de una práctica macabra que daba entonces sus primeros pasos: el fotografiado y la difusión de la imagen del cadáver vejado, para escarmiento de la población. En su caso, no importó que estuviera embarazada de cuatro meses: la propaganda, de hecho, no dejó de contarlo.

La historia la leo en un librito espléndido, que he devorado en un par de días: José Borges: el carlista catalán que murió por la independencia del sur de Italia, de Manuel Martorell, biografía de una especie de Che Guevara reaccionario del siglo XIX; un catalán que, tras luchar en las dos primeras guerras carlistas, en las que alcanzó el grado de general, partió para el Mezzogiorno con la intención de organizar a las dispersas partidas de briganti y convertirlas en un ejército con todas las de la ley, pero acabó siendo capturado y fusilado. Sus andanzas —que conocemos bien porque, cultísimo como era, hablante de cuatro idiomas y lector de Julio César, escribió un minucioso diario de campaña— son muy interesantes, pero el libro lo es sobre todo por su relato del contexto; de aquel momento y sus paradojas: el componente popular del legitimismo, la colaboración que llegó a darse entre legitimistas y republicanos…

El liberalismo traía una modernidad con muchos aspectos positivos, pero fue correctamente percibido por muchos humildes como un mero cambio de amos («todo ha de cambiar para que todo siga igual», como se dice célebremente en El gatopardo, novela ambientada justamente en el Mezzogiorno en el tiempo de la unificación), y no para mejor: del poder de la Iglesia y la aristocracia al de la burguesía, pero con pérdida de muchos derechos históricos valiosos. Recordamos, por ejemplo, la desamortización como un feliz arrebatamiento de tierras a la Iglesia, pero también comportó la privatización de pastos comunales, precarizando a labriegos que se vieron así abocados a dar con sus huesos en las fábricas esclavistas de la primera revolución industrial. En el caso concreto de las Dos Sicilias —reino con una industria incipiente y una fertilísima vida cultural que la unificación, forzada con las malas artes de un referéndum amañado, agostaría, convirtiendo al Mezzogiorno en algo así como una colonia, mera productora de materias primas y mano de obra, del próspero Piamonte—, sucedió que muchos garibaldinos y mazzinianos acabaron uniendo fuerzas con los legitimistas contra los Saboya y el Gobierno de Turín, decepcionados por el rumbo antipopular que tomaba el Risorgimento y el papel mojado en que se convertían las altas esperanzas de justicia social que la unificación había comportado.

Es un momento interesantísimo. El libro recoge una anécdota que ilustra estupendamente esta paradoja del componente popular de la contrarrevolución y cómo el imaginario legitimista era un mero aglutinante de la heterogénea alianza que unía a los perdedores de la unificación. Un abogado, rehén del jefe brigante Cipriani La Gala, intentó convencerle de que le dejara libre porque también simpatizaba con los Borbones depuestos. El brigante le respondió con sorna: le respondió con sorna: «Tú has estudiado, eres abogado… ¿y te crees que luchamos por Fernando II?». Como había sucedido en España con Fernando VII, el pueblo contrarrevolucionario no necesitaba idolatrar al Rey para levantarse por él, sino que simplemente veía en él la encarnación de un orden que podía distar de ser perfecto, pero en el que, ciertamente, habían vivido mejor. Uno puede alzarse en defensa de un régimen, no para venerarlo, sino para seguir luchando contra él, prefiriéndolo de todas formas a uno nuevo y más despótico. Puede aliarse, al hacerlo, con enemigos históricos que lo seguirán siendo, pero que se prefieren a una revolución que los quiere arrasar a todos. Y el rey legítimo es meramente un símbolo. Uno que, por supuesto, será objeto de ataques por parte del liberalismo: en las Dos Sicilias, otra mujer vejada fue la reina depuesta, la adorada María Sofía de Baviera, víctima, en su caso, de un arcaico photoshopeo perpetrado en un estudio de Roma, donde pegaron su rostro a la imagen del cuerpo desnudo de una prostituta; montaje que luego se difundió por doquier. Era muy burdo, pero en 1862, en los albores de la fotografía, tiempo en que no se concebía que una foto pudiera ser falsa, la trampa no cantaba como ahora.


Viernes, 22/4/2022. La España de «Un pueblo es», la de «Libertad sin ira» y la de «A galopar». Creo que no hay alegoría mejor que esa de las tres Españas (porque siempre fueron tres, no dos; otra cosa es que la buena fuera la de en medio).


Sábado, 23/4/2022. Peroraba —leo— Benito Mussolini el 4 de octubre de 1922, en Milán, que «el Estado liberal es una máscara detrás de la cual no hay ningún rostro. Es un andamiaje; pero detrás no hay ningún edificio. Hay fuerzas; pero detrás de ellas ya no está el espíritu». Tenía razón. Decía también por las mismas fechas: «Si en Italia hubiese un gobierno digno de este nombre, hoy mismo debería mandar aquí a sus agentes y carabineros para disolvernos y ocupar nuestras sedes. […] Con la salvedad de que en Italia el Estado no existe». El fascismo no hizo un butrón en los muros del Estado liberal: entró plácidamente por los boquetes de su decadencia, sin que nadie se molestase en impedírselo.

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Señala Jónatham Moriche un problema gordo y cierto: «Además de millones de muertos, la pandemia deja una lección a futuro: toda política rotunda contra la crisis climática será resistida por parte de la poblacion, y habrá de imponerse mediante ingentes dosis de coerción. El ecologismo convivialista no da respuestas a este problema».


Domingo, 24/4/2022. En un bar de Gijón en el que antes ponían música de los ochenta, Loquillo y así, escucho, ahora, un hilo musical hegemonizado por los primeros 2000: Amaral, La Oreja de Van Gogh, las primeras canciones de El Canto del Loco… Los 2000 son los nuevos ochenta y yo que los recuerdo me siento, de pronto, más viejo que un bosque. Suena de pronto el Libre de El Chaval de la Peca y veo a chavales muy jóvenes emocionarse con ella, pero viendo en ella un oldie but goldie. Yo me acuerdo perfectamente de cuando era la sintonía de Amena y de la llegada de la propia Amena, rompiendo el monopolio de Telefónica, del que también me acuerdo perfectamente, como me acuerdo de los teléfonos de disco o de cuando empezó a tenerse que marcar el prefijo regional para hacer llamadas. «El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos…».

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En Francia, gana Macron y, según los sondeos, lo hace en todas las franjas de edad menos una: la que va de los 50 a los 59 años. Arrasa entre los más jóvenes (18-24) y los más viejos (60-69 años y 70 años y más), pero gana por los pelos entre los votantes de entre 25 y 49 años. Pienso que, entre las muchas cosas que la ultraderecha es, también se cuenta una expresión de la crisis de mediana edad: cuarentañeros frustrados porque les duelen las articulaciones cuando va a llover e idealizan el tiempo en que tenían veinte años.


Lunes, 25/4/2022. Pide Max Pradera la implantación de un sufragio censitario por formación, seguro de que ello prevendría el éxito de la extrema derecha. Es una estupidez. El fascismo no es cosa de tontos: es cosa de malvados. Y eso no se cura ni leyendo, ni viajando.

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Silvia Cosío, a quien secundo: «A mí lo que realmente me acojona del fascismo es saber que hay mucha gente con la que me relaciono cordialmente cada día a la que le daría realmente igual si un día me meten en un campo de concentración o en una fosa común».

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Preparando una cosa sobre Covadonga, leo esto de Pidal en 1916, defendiendo la ley de Parques en el Senado: «Resulta tan viril el paisaje que el señor Pérez Galdós, no pudiendo contener su admiración […], exclamó: «Esto no es Naturaleza, es Naturalezo»». Masculinidad y nación: un tema interesantísimo.

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Una cosa de la que estoy harto: las putas encuestas. Se hacen demasiadas. Encuestas todos los días, a todas horas, encuestas por doquier. Cierro los ojos y veo hemiciclos de colores. Basta ya de este extractivismo demoscópico enloquecido.

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Anuncia la tele un entrevista-masaje de Bertín Osborne a Alberto Núñez Feijóo con un tráiler en el que se ve al gallego decir: «Voté a Felipe González con convicción, y lo volvería a hacer». Decíamos ayer.

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Leo en Twitter una reflexión interesante del tuitero gonzaire: tenemos, dice, nostalgia del futuro; la melancolía característica de nuestro tiempo «no es tanto añoranza del pasado, sino de la imagen optimista que se tenía del futuro en el pasado. Algunos echan tanto de menos el (tener un) futuro delante que incluso lo buscan mirando atrás. Pero pasado y recuerdo no son sinónimos. Nunca lo fueron».

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Me topo con una cita preciosa de Héctor Abad Faciolince en Lo que fue presente:

«Lo malo de los malos es que no son malos perfectos. Quiero decir que ellos también tienen sus rendijas de bondad, pequeñas grietas donde se les cuela algo de dulzura. Nietos, sirvientes, sastres, parientes cercanos de dictadores sangrientos, de mafiosos bestiales, no pueden creer lo que se les dice de la conducta de sus allegados, tan tiernos con los niños, tan buenos con los perros, tan puntuales en el pago, tan amplios en la propina, tan deferentes aquella tarde de domingo. Ojalá los malos fueran malos totales, como imaginamos a los diablos».

El runrún interior (48)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

3 comments on “El runrún interior (47)

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  2. Agustín Villalba

    «La candidate RN ressort largement devant son adversaire chez les employés (57 % des sondés comptaient voter pour elle) et surtout chez les ouvriers (67 %), tandis qu’elle sous-performe chez les cadres. […] Ce clivage se répercute sur le vote selon le diplôme et le niveau de revenus : les sondés ayant un bac + 3, ceux dont le foyer gagne plus de 3 000 euros net par mois et ceux qui disent « arriver à mettre beaucoup d’argent de côté » se sont très majoritairement portés sur le vote Macron (respectivement 74 %, 65 % et 75 % d’entre eux comptaient voter pour lui, contre 26 %, 35 % et 25 % pour Marine Le Pen).»
    (www.leparisien.fr)

    «El fascismo no es cosa de tontos: es cosa de malvados.»

    De lo que se deduce que en Francia, según las cifras de las Elecciones Presidenciales del domingo pasado, hay 13,2 millones de malvados, y que el 67 % de los obreros lo son.

    Con lo cual, podríamos definir a Francia como el país en el que 67 % de los obreros son nazis.

    Otra deducción: dado que Macron fue votado por «la France d’en haut» y Le Pen por «la France d’en bas» (entre los que ganan menos de 1250 € al mes fue mucho más votada que Macrón), se puede decir que los ricos franceses son demócratas y los pobres franceses, nazis.

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