Poéticas

«Con mi corazón pasé el invierno». En torno a ‘Maestro de distancias’, de Jordi Doce

José María Castrillón reseña 'Maestro de distancias', de Jordi Doce, un poemario en el que palpitan la abrasión y el cansancio de existir, presagio de la pérdida y la desposesión, donde, acaso, con lúcida resignación se persiga el rastro de la entereza: «La tarde no era nuestra, pero seguimos caminando como si lo fuera».

/ por José María Castrillón /

«Así no hay forma de vivir. El ojo vigilante que todo lo interroga. El ulular heráldico de la lechuza. Esa sombra de ala cazadora. Dejemos que las noches entierren a las noches»

Este breve poema en prosa es uno de los más inquietantes del centenar que conforma Maestro de distancias. En otras ocasiones hemos tenido la oportunidad de situar en el centro de la poética de Jordi Doce (Gijón, 1967) la estricta actitud de vigilancia sobre el propio yo, no únicamente como exigencia moral, sino igualmente como procedimiento que decanta lo que la palabra está dispuesta a asumir de su entorno. De otro modo: la conciencia vigilante se erige en la obra del poeta asturiano como espacio interior en el que habitar el mundo (compromiso ético) y como instrumento para entenderlo (principio poético). Pero el poema citado se vuelve singularmente significativo al asociar el ojo vigilante del pensamiento escrutador, que hizo del ave nocturna un emblema del conocimiento filosófico, con el presagio de su sombra cazadora. Parece evidente que la extensa tradición antropológica y literaria que vincula el vuelo y el canto de la lechuza con la muerte alimentó la fuerza imaginativa que urgió a la escritura del fragmento. La presencia de las aves, tan recurrente por otra parte en el imaginario poético de Doce, se recorta en el texto con el perfil de la amenaza y, a la vez, como símbolo de un modo de conocimiento que prospera en el aparte (en la distancia), en esa detención del paso diario que implica la noche.

Ya en un libro temprano, Anatomía del miedo (1994), se depositaba en el tiempo nocturno la potencialidad del advenimiento: «Así pasa el tiempo/ hasta que luego, ya entrada/ la noche, arriadas las velas/ de otro silencio, la urna/ se rompe; muy lentamente,/ con el tacto de una herida […] largo tiempo deseado.» Sin embargo, en Maestro de distancias el poeta está lejos de esa inocencia joven que acepta, venturosa incluso, el (des)concierto de la escritura. En efecto, más allá de aquel aire que, en un libro igualmente inicial, Diálogo en la sombra (1997), «en tu garganta se hace canto», el arranque de la expresión poética se vuelve aquí ahogadizo y áspero, pues en la voz, «pájaro en la traquea», palpita «este lento, penoso aprendizaje […] furia de las hojas que caen». El acompañamiento envolvente del canto se hace apremio en el ahogo: «boqueas como un pez fuera del agua».

Este conocimiento apartado, y como «a deshora», desemboca en el dudoso estado de la confusión: «la flaqueza es tu espuela, y una vez más las páginas se llenan de manchas, de borrones. El sentido es confuso. ¿La confusión es sentido?». Así, «lo que brilla en el cuaderno [es] lo que no supo amanecer» sino como incerteza: el mal sueño que opera como válvula del cansancio y el miedo. Si las escenas oníricas de Otras lunas (2002) «buscaban en muchos casos tomar por sorpresa a la razón, sortear la camisa de fuerza de la voluntad reflexiva» (en Nota del Autor), la visión onírica de Maestro de distancias es una fuerza sobrevenida, síntoma febril de un estado de aflicción. No hay remedio: «es hora de purgar, de limpiar los establos», de «seguir tomando muestras en la charca del inconsciente». Al otro lado de la jornada, en el discurrir del día, en el tiempo de la percepción consciente y del «llavero memorioso», solo asiste la voluntad ciega y vacía de existir, de resistir: «polen viejo».

Aflicción y cansancio de quien ha arribado, en una derrota imperceptible, a una orilla vital desconocida y amenazadora: «luces, preguntas, dársenas de miedo» Confusión y temor. Pero, ¿qué temor?, ¿de dónde la amenza? En este punto, debemos hablar de otro libro y de otro autor.

Un año antes de la aparición de este Maestro de distancias, los lectores más avezados en la poesía actual tuvieron la oportunidad de acercarse a una obra conmovedora: Sacrificio (Bartleby Editores). Su autora, Marta Agudo, plasmaba la experiencia de la enfermedad como un tiempo predestinado a la ausencia. Tiempo que cursa como un aciago y laberíntico discurrir de la química corporal «sin migas para el retorno, cáncer que no supe». Química y estupor, como Emil Cioran definió la vida (¿miedo y confusión valdría decir ahora?). Tan solo la presencia del mar aparecía en Sacrificio como imagen en negativo pero más alentadora de nuestra disolución en el no-tiempo. La autora expresaba un nuevo orden personal en el que el cuerpo se somete a «la articulación del miedo» y certificaba, en una suerte de ritornello secuenciado cada siete poemas, la llegada a un territorio existencial nuevo y precario: «he tenido que llegar hasta aquí para…». Idéntico ritmo estructural hallamos en Maestro de distancias, donde con la misma secuencia numérica Jordi Doce desliza una reflexión iniciada siempre del mismo modo: «Del tiempo que…». Con inequívoca alusión al célebre verso de Mallarmé que encabeza el libro, tampoco obedece a la casualidad la invocación al mar como consuelo: «Ramas que cuelgan sobre la orilla […] Arrecife y estrella, soledad, para que puedas ovillarte y prender fuego, gastar la yesca de ti misma». Se establece igualmente un diálogo íntimo con Sacrificio a través de las referencias a los procesos callados y determinantes del cuerpo («La sangre es laberinto suficiente» con su «trama imperativa») y a los cuidados invasivos bajo la luz descreída de los halógenos («El árbol de la vida es una bolsa de color eléctrico, una vejiga densa que gotea lentamente»). La dedicatoria inicial (Con M. A.) ha de ser interpretada, por tanto, en un sentido discursivo y no únicamente biográfico.

No se trata —dejémoslo claro— de libros complementarios. La singularidad existencial de Maestro de distancias, las imágenes recobradas por la memoria o extrañamente hilvanadas en el sueño dicen sin más exigencia que el propio abatimiento. Pero no es menos cierto que, al hilo de este diálogo velado y conmovedor, se abre un paso relevante hacia su interpretación, pues ayuda a determinar uno de los filos del sufrimiento. Le bastaría al lector, sin embargo, con repercutir el desaliento y la perplejidad que el tiempo («el ámbar de la edad») proyecta sobre este libro interrogativo y, por momentos, desolador, donde el sujeto poético resiste, paradójicamente, por y a pesar de su consunción en un «ciego yo, insome yo, caníbal», en un «Pinocho de aserrín», poco más que  «la pura inercia del cuerpo, que es temor encorvado en tus costillas, que es amor sin objeto ni comercio». El ya apuntado asidero de la conciencia como modo de enfrentar el caos del mundo pierde fuerza y se reduce a la visión de una sala de máquinas que ya no es más que «lugar del hollín», un entramado de «cables que nadie reclama» y en donde se alcanza a escuchar el lamento de un niño extraviado en su propio cuarto, traspasado «el pasillo de sombra».

La luz o su ausencia. Las formas de la luz. La luz es tal vez el correlato poético más característico en la poesía de Jordi Doce. Aparece en su obra como centro de la observación y, asimismo, como signo exterior de las posibilidades de expresión y de los estados anímicos del poeta. A propósito de la versión al inglés de No estábamos allí (2016/traducción: 2019), el crítico Brian Morton observa que «The pleasure of Doce’s poetry […] lies in the way everything is bathed in an «incomplete light»» y asocia este rasgo, aunque sin explicitar la idea, con las escenas oníricas en suspensión y con el desajolo en sus poemas de coordenadas explícitas a lugares y situaciones (Poetry Nation Review, CCLXIV, 2022, p. 64). En Maestro de distancias el poeta hace de la luz un marcador entre dos planos: entre la noche confusa y acechante, pero germinal, y el espacio diurno de la rutina resistente o del puro dejarse ir entre los otros: «El olor del café frío en el estudio. Estos lápices afilados, esta mente embotada […] Y todo sucede bajo un sol sin tacha […] ¿Tan importante se volvió cuidar los instrumentos? ¿En qué momento el medio se convirtió en el fin?». La luz acoge signos de un vivir estéril, árido («Es la luz de finales de septiembre, como polvo en la garganta, o esa hierba pajiza que se pega a la tierra desnutrida […] La sequedad afásica del ojo, que da vueltas sobre sí mismo») o de la ausencia de vínculo firme con lo que acontece («Nada sucede para ti, nada contigo. Sordina y disturbio. La luz se quiebra en la ventana como un remo en el agua»). Habrá ciertamente momentos de luz gozosa, pero el esplendor se experimenta como un sentimiento ajeno, de extrañamiento incluso: «Los poemas de mis vecinos ondean en el patio, bajo el martillo de la luz. Esplendor del afuera. […] Hálito y transparencia. Y el ojo, de este lado: mirilla de la fe». Tiene lugar, sin embargo, una hermosa excepción cuando de regreso a casa (¿acompañando a la mujer convaleciente?) el poeta advierte «los prodigios: un círculo de setas blancas donde la hierba cambiaba de color; anillos que bajaban por el tronco del álamo reflejando la luz, la paloma torcaz entre dos sombras». Pero en el discurso poético estos instantes de plenitud aparecen como inesperada rareza y la luz opera como reactivo de lo ajeno, estéril y rutinario. O del (mal)presagio: «Allí vimos el mar embravecido […] bajo una palidez de fin de los tiempos. El cielo, de repente, cargado de barruntos».

El estado de aflicción, y el estupor ante lo imprevisto, somete al pasado a una operación que nos atrevemos a llamar de presentización. Se trata en Maestro de distancias de una resignificación viciada por la zozobra, de un sesgo mental desde el presente, y que, a través de la intuición y el sentimiento extralimitados (pensamiento mágico/poético), busca reordenar nuestro presente en el devenir de un pasado incierto pero narrativo, es decir, en una suerte de relato mítico protagonizado por recuerdos que ahora, y solo ahora, se han hecho augurios, como episodios de un tiempo recreado «que estuvo siempre en el secreto». En la medida en que el pasado se reactualiza o, como decíamos, se resignifica, el recuerdo vuelve como negro presagio y como imagen simbólica de la quiebra interior. Así, los cuervos portaron durante el invierno («con mi corazón pasé el invierno») un lagrimal en sus picos, las fotos del pasado nos traen a un niño «que lleva horas, décadas» ovillado sobre sí mismo y vienen a la memoria los paisajes urbanos más desapacibles y desangelados, rescatados casi con certeza de los años en los que el poeta vivió en Inglaterra: «Retengo una ciudad de casas reiteradas, de muros en penumbra y jardines negruzcos, donde el viento roía con la ferocidad de quien siempre ha sabido».

En Maestro de distancias, la actualización del pasado es una de las variaciones del término distancia, como lo es el presagio, el discurrir de la vida en planos distintos (sueño-noche/consciencia-día), la ausencia de vínculos, la retracción o el desdoblamiento interior. Todas sirvieron para decir-se o incluso como resistencia («La lejanía es tu refugio, tu defensa»); pero el sujeto poético sufre un agrietamiento interior producto de filtraciones emocionales que niegan (irónicamente) cualquier modo de restauración inmediata: «Hemos andado mucho juntos: horas, semanas, años, pero tú, mi querido amigo, vas siempre inmaculado, nada te mancha […] Tú, mi doble siamés […] Tú, a quien otros llaman esperanza con la boca pequeña porque no hay esperanza […] Es el barro lo que existe, lo que nace del barro». Fue necesario tapiar la casa en ruinas, cegar sus ventanas, clavetear la puerta, extender una pudorosa sábana de formas hasta que «volvió una mañana para rematar el trabajo, pero nunca se le vio salir». No se encuentra otra salida que asumir la inclemencia del Tiempo, el socavamiento de la vida, el «saber de la extenuación». Y entonces, mientras aún es posible, mirar el suelo con salvaje gratitud». El coraje de aceptar, como se afirma en el último fragmento, que «más te vale jugar con esta polvareda».

Un entramado de distancias en conflicto atraviesa y tensa la estructura de este poemario singular y exigente. La destreza de su autor hace que la precisa distribución de los textos (en torno a las variaciones en que se medita acerca del tiempo), la dosificación exacta de la cita (Mallarmé, Gamoneda, Dylan) y la reticencia hacia el exceso discursivo y retórico se compadezcan con el flujo visionario y enigmático de la adivinación, con los sueños inconclusos o con espacios casi irreales bajo la luz saturada o quebradiza. En Maestro de distancias la poesía de Jordi Doce resiente, como en ninguno de sus libros, la abrasión y el cansancio de existir, presagia la pérdida y la desposesión y acaso con lúcida resignación persigue el rastro de la entereza: «La tarde no era nuestra, pero seguimos caminando como si lo fuera».


Cinco fragmentos de Maestro de distancias

Bajo cada vez menos a la sala de máquinas: el pasillo de sombra, la pared despintada y el hombre que recoge casi a tientas la cuerda de su tarareo. Pero quien acerca su oído a esa pared escucha ruidos de animales, vidrios rotos, y a veces el lamento de algún niño que sin saber por qué se ha perdido en su propio cuarto.

·

Una zanja inundada donde tu cuerpo flota boca abajo. Una urna de barro anaranjado y la piel blanca, casi incolora, como papel cebolla. Así podría ser tu sueño. El sueño que ahora mismo va hacia ti sin recelos, con liviandad de cosa joven. El sueño que te estaba destinado y hoy llega, después de un largo viaje, en forma de inocencia. Cada vez que alguien se asoma a mirarte, te haces un poco más borroso.

·

Detrás de una cerilla vacilante está la soledad. Detrás de la cabeza de alfiler de una estrella. O aquí mismo, bajo la luz estricta de una sala de espera donde el tiempo se mide con las manos cruzadas. Son las declinaciones de la sangre, sus índices y derivados. Informes, analíticas, cuadraturas del círculo vicioso del tratamiento. Una mujer se mira en su espejo de mano. Una mujer se mira atentamente por miedo a no encontrarse y desaparecer. Con la cerilla de los ojos se adentra en el pasillo de sí misma, pero sólo distingue el murmullo del mar y, más cerca, un batir de puertas entreabiertas. Soledad, arrecife, estrella.

·

La curva del dolor se desprende a hurtadillas del árbol de la noche. Y aquí brilla, cercana, concluyente, en el suelo de las incertidumbres. No podemos apagarla. No hay forma de guardar esa hoja entre las páginas de un libro. Así la sangre rutinaria se hiere en las esquinas: un estambre de espera, un filamento al rojo. La noche lo encendió. Desnudamente significa.

·

Ventanas cegadas desde dentro con listones y maderos. Una puerta claveteada torpemente. Ronchas, ladrillo visto. Los ojos de la casa se vuelven hacia adentro para cuidar la ruina. Las manos extienden una sábana pudorosa que aún guarda las formas. Maestro de distancias. Volvió una mañana para rematar el trabajo, pero nunca se le vio salir.


Maestro de distancias
Jordi Doce
Abada, 2022
109 páginas
15 €

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José María Castrillón (Avilés, 1966) es doctor en filología hispánica por la Universidad de Oviedo. Es autor de artículos y libros de didáctica de la lengua y la literatura. Ha publicado los textos poéticos La sonrisa de un delfín (Heracles y Nosotros, 1991), Animal de compañía (Nómadas, 1998), Aún por recorrer (Magua, 2004), La vieja munición (Idea, 2005), el círculo y la piedra (Trea, 2006), gramos (Trea, 2010) y Formas de saber que sigues vivo (La Garúa, 2021). Es autor de la antología Subir al origen: antología comentada de poesía occidental no hispánica (1800-1941) (Trea, 2018). Codirigió el monográfico Antonio Gamoneda: en la lógica mortal (Ínsula, abril, 2008) y editó la antología La sien en el puño (Eolas, 2017) del poeta colombiano José Manuel Arango. Perteneció al consejo de redacción de la colección literaria Nómadas y de la revista Solaria. Es profesor y crítico literario.

1 comment on “«Con mi corazón pasé el invierno». En torno a ‘Maestro de distancias’, de Jordi Doce

  1. Sergio Gaspar

    Hay textos que me alegra leer. Este, por ejemplo. Por lo que comenta Castrillón de Jordi Doce, por los poemas y fragmentos que reproduce, por los libros y autores que menciona, entre ellos, Marta Agudo, cuya poesía he leído siempre con gusto y estremecimiento.

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