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Días de 2022 (5)

Nueva página de un diario no diario de Avelino Fierro, que reproduce una entrevista reciente.

/ por Avelino Fierro /

¿Todavía no ha llegado el fotógrafo? Eran las diez y cuarto de la mañana y Cristina, la periodista, era quien lo preguntaba. Al poco vinieron. Eran dos, el habitual y otro, que sería —digo yo— una especie de fotógrafo en prácticas, un becario. Me sentaron en el sofá que está bajo los dibujos y me hicieron unas cuantas fotos, muy de cerca. Como si me escudriñasen, me escaneasen, como si fuera necesario apresar un rostro en toda su singularidad: con sus marcas, arrugas y verrugas, ojeras y surcos, pelos en las orejas… todo al desnudo, toda su banalidad.

Habíamos quedado en Tula Varona, la librería de viejo que Berta ha abierto hace un año y pico en la calle Ruiz de Salazar. Yo tenía expuestas allí las ilustraciones de algunos capítulos de mis diarios, unos dibujitos en blanco y negro de pequeño formato, y les queríamos dar algo de publicidad.

La entrevista tuvo poco que ver con los dibujos. Quizá porque una semana antes, en otro periódico local, había aparecido un reportaje extenso sobre ello. Ahora nos dedicamos a hablar un buen rato de la escritura, de la poesía, de algunos amigos, de la ciudad. Repetí viejas cantinelas.

El domingo apareció el reportaje. En la página de inicio ya asomaba alguna irregularidad (no acertaban bien con el título del próximo libro ni con el nombre de quien lo iba a prologar), y no estaba el dibujo que yo había seleccionado para amenizar el desfile del batallón de hormigas de las letras. Error, no de la periodista, sino quizá de quien había maquetado el suplemento cultural. Pero las fotografías que acompañaban al texto no aportaban a las ideas, ni a las palabras, la necesaria serenidad. Ni su funcionalidad ni su diseño se ajustaban a lo que yo hubiera ansiado representar, que no era una imagen de mí mismo, sino del ambiente del lugar. Una de ellas reflejaba —no lo voy a negar— una expresión de soberbia. No me gustaban. Eran, además, fotografías enormes de mi cara, primerísimos planos. Fotografías faltas de aire, que para Barthes sería el término que mejor expresa la verdad. Ese aire que atendería a mostrar algo del alma. Eran las fotos de un rostro, pero sin sombra ni misterio. Fotos de las que no hay nada que decir, como las que Barthes quiere —y no puede— comentar en el reportaje de un accidente. Solo hay en ellas —dice— batas blancas, camillas, cuerpos extendidos en el suelo, trozos de cristal…

Así que volví a la librería con una cámara y le pedí a Eduardo que me hiciese alguna fotografía. Trataría de remediar en algo las disfunciones ocasionadas por las urgencias del periodismo. Y copiaría de nuevo en mi blog el texto de la entrevista. Con todo ello, crearía una escena más verdadera, una imagen más singular, más cercana a la verdad.

Transcribo ahora la entrevista.

¿Qué afán te lleva a escribir diarios?

En el año noventa y tres llevé un diario. Puede que porque había leído El cuaderno gris, de Josep Pla. Este diario está inédito. Pero llegó mi amigo Manuel Vicente González (Manolo Cerebro) y me obligó a escribir Una habitación en Europa, el primero de mis libros publicados, que comienza con esta frase: «Este es un diario por encargo». Y en todo ese libro hay un tira y afloja, continuas referencias al fastidio de tener que escribir: él me pide que le envíe más folios y yo le digo que me deje tranquilo, que no me agobie. Que no soy un escritor profesional.

A Manolo ya le había enviado dos cuentos. En uno recordaba un viaje con amigos a los Ancares —creo que lo titulé «Llamadas interurbanas»— y en otro narraba un suceso verídico, una tarde-noche trapisóndica, en la que mi amigo Jose S. y yo nos corrimos una juerga que pudo acabar mal. Lo titulé como aquel cuadro de un surrealista, «Dos horas de bondad y tres pecados capitales». A Jose le había encargado su pareja que fuera a recoger un pedido a la pescadería; llegamos de madrugada a casa, tras librarnos de varias tentaciones y algunos peligros, uno tan real que todavía me pongo nervioso al recordarlo.

En fin, que a mi amigo Manolo —que por aquel entonces tenía una editorial exquisita, Del Oeste— le dije que le iría enviando lo que se me ocurriera. Y para eso el diario es lo más socorrido: no hace falta inventiva, ni personajes literarios, ni trama. Rellenas algunos folios cada cierto tiempo. Buscas las palabras más adecuadas, vas dibujando los personajes y situaciones que te va proporcionando la ciudad, los días y noches, los viajes, la lectura… No se necesitaba mucho músculo para eso.

Y la lectura es esencial. Borges dijo que el que puede pararse ante la literatura como un lector, puede escribirlo todo. Aunque creo que él se refería a la poesía. Y eso es otro cantar. Yo no creo tener el don del poeta. Ni tampoco el de la fábula, aunque haya escrito ya algunos cuentos. Pero está claro que se escribe porque se lee. También lo digo al inicio de aquel primer libro: «Este es el diario de un lector agradecido». Después de Manolo vino Eloísa Otero —la editora de TamTam Press—, que me preguntó si quería colaborar en la revista. Y mi amigo editor Héctor Escobar, con quien he publicado todos los diarios, llevó al papel aquellos primeros textos, que yo iba a escribiendo y que no pudieron publicar en Del Oeste al desaparecer esa editorial. Ah, también quiero recordar aquí a Alberto R. Torices y al Club Leteo. En su revista publiqué por aquellas fechas algunas cosas.

Así que no sé si mis diarios son —como dice un autor de Valladolid que ha escrito un ensayo sobre este tipo de escritura— insustanciales o narcisistas o caen en una asfixiante cotidianeidad, o autocomplacientes o ensimismados, o un modo enquistado de mirarse el ombligo. Creo que no, a juzgar por lo que han dicho de mis libros los críticos, que me han tratado muy bien. Voy teniendo, por suerte, el favor de la crítica y la fidelidad de unos cuantos lectores.

De no haber sido fiscal…

Estudié el Bachillerato por Letras. En COU elegí Ciencias. Estuve en la cola de Filosofía y Letras con mi amigo Luis Santamarta para matricularme; aquello iba lento y nos fuimos esa misma mañana a la de Derecho, porque alguien nos dijo que había visto allí a unas chicas guapas. Acabé la carrera de Derecho y pensé en viajar a Madrid a ver al profesor Elías Díaz, porque su libro de filosofía del derecho era lo único que me había interesado de la carrera. Por aquellas fechas alguien me avisó de que se habían convocado oposiciones a fiscal. Lo estuve pensando, porque me parecía (yo era bastante izquierdoso y había sido delegado revoltoso en Derecho) ingresar en algo así como en los «cuerpos represores del Estado». Tenía buena memoria y empecé a preparar los primeros temas, que eran bastante filosóficos y generales. Ya ves, el azar y la necesidad, como el título de aquel libro de J. Monod que estaba entonces en boga.  ¿Que si me habría gustado tener otro oficio? Sin duda. Pero me lo callo, como otras tantas apetencias e ilusiones que mueren con la juventud. Solo diré que por aquel entonces la pintura me interesaba mucho.

No quiero que se me entienda mal. Llevo muchos años como fiscal de menores y es un trabajo apasionante. Creo que hacemos buena labor.

¿Con qué personaje de novela te gustaría tener una aventura?

Con cualquiera de los que titulan cada uno de los libros de El Cuarteto de Alejandría. Y también con Alonso Quijano. O con Gustav von Aschenbach, aunque imagino que sería una relación difícil, o con alguno de los personajes de El bello verano de Pavese, con el estudiante Törless, con Alfanhuí… Emma Bovary tampoco estaría mal.

¿Cuál es el mejor paseo literario que has tenido?

Tengo un buen recuerdo de un recorrido al mediodía, hace unos años, con una periodista, una tal Cristina Fanjul, por la ciudad intramuros, el barrio de Santa Marina, San Isidoro, Sierra Pambley, bajando hasta la Plaza Mayor. Lo relaté en un «Querido diario», el 115. Eso fue allá por agosto de 2018, ¿recuerdas?

Unos días antes yo te había enviado una larga carta hablando de las lecturas de los veranos. Y habíamos quedado en hacer una entrevista paseada. Yo te decía que a partir de los libros que tú citabas o de los que yo sugiriera, intentaríamos explicar la sociedad actual. Dimos un paseo, con sus saltos, acelerones, revueltas y marcha atrás. Como en el discurso platónico. En el Fedro, Platón critica la escritura basándose en un conocido mito egipcio y habla de que recurrir a ella va en contra de la memoria, nos hace perezosos. Y, como dice Steiner, sus argumentos son poderosos y difíciles de combatir: lo escrito es normativo, prescribe y ordena y da cuenta de cierto despotismo y de las relaciones de poder, lo oral permite la discusión y el cuestionamiento.

Me puse un tanto jeremíaco. Había leído a Pasolini, sus Cartas luteranas y sus Escritos corsarios. Y solté algunas parrafadas poco literarias. Dije que la última crisis no había servido para una revisión de las formas antihumanas del capitalismo financiero, sino para lo contrario: nos han metido en la cabeza que hay que mantener ese estado de cosas o será la hecatombe. Después ha venido la crisis provocada por el puñetero virus. Algunos nos han transmitido el mensaje de que el cuidado de la salud y el bienestar de las personas debe anteponerse a las ganancias, a las desigualdades. Que hay un resurgimiento de la ética del cuidado y la puesta en común, que hay que pensar en servicios básicos universales. Yo soy pesimista, escéptico. Lo digo en la última carta que escribí para mi epistolario Estatuas de sal, una carta diaria —durante un mes— a amigos y profesionales y que empecé el mismo día en que se declaró aquello que denominaron «estado de alarma». Me gusta decir que si alguien quiere un libro sobre la epidemia, que rechace imitaciones, que compre ese libro, que es el primero y cuenta esos días bastante bien.

¿Qué discusión tendrías con Josep Pla? ¿En dónde? Si hubieras tenido la oportunidad de vivir con él la revolución de Asturias, podrías haber mantenido con él una gran relación epistolar. ¿Cuál sería la primera carta que le habrías enviado?

No discutiría. Lo escucharía en una conversación sobre la Barcelona de sus años universitarios (que es la que él retrata en su libro Barcelona, una discusión entrañable). O sobre la de 1961, que es la que va describiendo en el libro de entrevistas con Joaquín Soler Serrano. Allí —al preguntarle sobre qué le sobra a Barcelona—, dice que él derrumbaría el monumento a Colón, que le parece un anacronismo arcaico y anárquico absurdo y que es contrario a la arquitectura de la parte baja de la ciudad. No estaría mal que el señor Pla opinase sobre la estatuaria que tenemos hoy en León, no sé si dejaría algo en pie.

En esas entrevistas es donde dice que escribir a mano con pluma, y haciendo cigarrillos, va muy bien para buscar los adjetivos. Sabes que yo escribo a mano —y me pasa al ordenador lo escrito Mar, mi mujer—, pero he dejado de fumar hace dos años. En febrero de 2020 tuve una infección terrible de garganta; mi médico me dijo después que seguramente había pasado el covid antes de que lo supiesen los mismísimos chinos. Pero si no fumo, algún adjetivo se me escapará. Qué le vamos a hacer. Yo hablaría poco, me dedicaría a escuchar. Porque Pla te puede contar que lleva tiempo tratando de escribir un artículo sobre el color de Roma, te dirá que lo ha intentado muchas veces, que no le sale. Que si es del tono del pollo asado, que las piedras tienen un color un poco dorado… o te hablará de otros escritores. O de articulistas. Para él, Julio Camba es el mejor. Y también González-Ruano que —decía Pla— cogía un adjetivo y construía con él una pequeña pagoda.

Y no me disgustaría nada que hablara de gastronomía. Le dice el entrevistador: «Recuerdo un artículo que publicó sobre la olla de pescado, que tenía hasta olor y sabor». Yo he recomendado mucho su libro Lo que hemos comido. Lo leí en unas vacaciones en el Mediterráneo, hice muchos dibujos en él de verduras, potajes y zampabollos.

Y no le escribiría ninguna carta. No me atrevería. Regalo a menudo sus Cartas de Italia y Cartas de lejos. Si lees la descripción que hace de Pisa, lo mejor que puedes hacer es dejar de escribir.

Creo que ya has vendido todos los dibujos que tienes expuestos en Tula Varona. ¿Me puedes hacer uno para ilustrar esta entrevista?

Mira, Cris, ando agobiadísimo. Mañana seré funcionario toda la mañana y a las cuatro de la tarde —una hora infame— estaré en un club de lectura, hablando de mi último libro Calendario. Y el viernes daré una charla en el Ateneo Varillas, porque me lo ha pedido mi amigo Toño, que coordina allí esos asuntos. Y el fin de semana tengo que terminar de redactar un prólogo para un libro jurídico sobre medio ambiente. Te citaré, porque has escrito alguna columna excelente sobre los parques eólicos, que van a fastidiar algunas zonas de la montaña central leonesa si salen adelante. Pero ahora que lo pienso, el sábado hice una versión de aquella catedral que ilustró nuestra última entrevista para Nico Llagaria. A ver si nos lo puede prestar. O podemos recurrir a un viejo dibujo de la Plaza Mayor, que fue donde terminó nuestro paseo literario, del que hemos hablado hace un rato. Aquel día sería sábado, porque yo compré algunas frutas en el puesto de Eliseo. Veré si lo encuentro y puedo enviártelo.

¿De qué hablasteis la última vez Julio Llamazares y tú?

Dimos un paseo un día de Semana Santa. Había venido para hacer, con escolares y maestros, ese recorrido literario con personajes de su libro Distintas formas de mirar el agua. Me contó que había viajado con Eduardo Martínez de Pisón, que le había escuchado una conferencia importante y que le había parecido un sabio. Yo le conté que lo mejor de las procesiones de Semana Santa estaba fuera de ellas, esas imágenes de la recogida cuando ha terminado el exhibicionismo, y que estaba leyendo a Eugenio Noel cuando habla de las ondulaciones del encaje negro de las mantillas de las manolas. «Blondas de luto y gloria», dice.

¿Qué libro estás leyendo?

Muchos a la vez, como siempre. En la habitación alta, donde está la biblioteca y donde trabajo, hay montoncitos de libros, en la mesa o en el suelo, que voy masticando poco a poco: poesías de Ana Blandiana, La belleza convulsa, de Umbral, el último ensayo de Steven Pinker, dos de arte de Azúa y Nathalie Heinich, otro que me acaba de llegar desde la Universidad de Sevilla, que es un regalo de la revista Cicus de poesía, de un autor argentino que cuenta la vida literaria española de los años veinte… Hay más. Las revistas de literatura o filosofía también están ahí. Y en el dormitorio, en la mesita de noche, otros pequeños zigurats con una antología de Pla, poemas de Miguel d’Ors, el Tratado de no sé qué, de Pepe Mateos, cuentos de Eloy Tizón, un libro sobre música de Alex Ross, Vida de Samuel Johnson, y varios más.

Creo que estoy en esto en perfecto estado de revista. Mi amigo Iñaki J., cuando acudía a los levantamientos de cadáver escudriñaba la biblioteca del muerto. Decía que era lo único que merecía la pena, que allí era donde mejor se reflejaba lo que había sido aquella vida.

Está a punto de salir el próximo Diario. ¿Qué época narra? ¿Cómo te encontrabas cuando lo escribiste?

Narra los dos últimos años de catástrofe. Sabes que en los diarios anteriores algunos amigos han puesto el prólogo: García Martín, Trapiello, Llamazares… En este no podré encargárselo a nadie; escribiré yo la presentación y puede que la titule «Crónica de un desorden». Tendría que haber enviado los textos al Tam Tam Press y llevarlos luego al libro en papel, como hice siempre.

Pero no hice nada de eso. Puede que el virus, al mantenerte tan en orden con controles y horarios, lo que ha hecho ha sido desordenarlo todo al no dejarte vivir. Así que hay ahí escritos del 2020 y 2021, algo del 19, una sección de textos cortos que nombraré «Migas de pan», otros «Textos dispersos»… Un cristo, vamos. Puede que lo titule Cicatrices. Y ya le he dado alguna idea para la portada a Fernando Ampudia, que no me hará ningún caso y será lo mejor.

¿Qué has aprendido desde Una habitación en Europa? Me refiero tanto a la vida como a la literatura.

Soy diez o doce años mayor. Poco más puedo decir. Sigo, afortunadamente, con las mismas rutinas, llenas de tramos horarios descabalados. El mundo no me está enseñando nada que no supiera. Los filósofos que nos hablaban en la época de la crisis sanitaria desde las ventanas digitales, han vuelto a la caverna. No escudriñaremos en nosotros mismos. Sigue la ceguera de los Estados. La cultura, el humanismo, la música… seguirán orillados antes esas ideologías belicosas, casposas, identitarias e insolidarias. Cada vez más estaremos inmersos en esos mundos digitales exhibicionistas, gritones y mercantilizados, cuando el medio del espíritu es el silencio. Si quieres ser alguien tienes que exhibirte en las redes. Importa más el tener que el ser. Así seguiremos, como un rebaño, y no vamos a cambiar como nos pedía Rilke en el verso final de su poema «Torso arcaico de Apolo».

Dice Elvira Lindo que el diario es una manera de salvarse de un tiempo hostil. ¿Es así para ti?

Es más o menos así. De eso estábamos hablando. Puede haber cierto ensimismamiento en la escritura diarística, una válvula de escape. Los teóricos dicen que hay factores que vienen ya de lejos que han llevado al hombre a la desestabilización individual, al nihilismo, la racionalización, la pérdida de trascendencia, un mundo demasiado despojado de humanidad… Ante todo eso el escritor se afirma en esa primera persona narrativa, en lo confesional, en la anotación de lo cotidiano, en ese refugio o egotismo del que hablaba Montaigne.

Maurice Blanchot —del que Cioran decía que era un espíritu profundo pero chiflado— tiene anotaciones que a mí me gustan sobre la escritura de diarios. Decía que el recurso al diario es el de alguien que no quiere romper con la felicidad, con la conveniencia de que los días sean verdaderamente días y que se continúen de verdad, de la humildad de lo cotidiano preservado por su fecha. Que el interés del diario reside en su insignificancia. Cada día anotado es un día preservado, así se vive dos veces. Y tiene esa frase que a mí me gusta tanto: «El diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano y se engancha en las asperezas de la vanidad». Se escribe un diario para buscar algo de felicidad, eso es. Y te vas aproximando a saber quién eres realmente.

¿Hasta qué punto muestras tu intimidad en los diarios?

Hace unos días, en un papelito, para paliar algo el desorden, anoté que tendría que escribir de mis problemas intestinales y de entendederas. Relatar cómo me había ido mi resonancia magnética en el hospital, cómo cruzaba el pasillo desde el lugar en que uno se desnuda hacia esa máquina que te engulle y analiza tus latidos y pensamientos, cómo iba con una bata que me quedaba pequeña, abierta por detrás, dejando al aire mis posaderas, de la mano de una enfermera jovencita, un ángel de la guarda, a la que yo le había pedido ese favor —que me guiase— porque mi miopía no me permitía orientarme en aquel lugar ignoto. No voy a contar, ni lo haré aquí, mis pensamientos durante los cuarenta y cinco minutos que duró la prueba.

Cuando aquello acabó, en el coche puse unas cantatas de J. S. Bach —ese que nunca defrauda, que dice también Cioran— en vez de rezar. En fin, Cristina, creo que tienes aquí un adelanto, unas buenas dosis de intimidad.

Pessoa, Virginia Woolf, Tolstoi, Kafka… Parece que no eres escritor a no ser que te atrevas a escribir diarios. ¿Para qué los escribes tú y cuándo saltarás a otro género?

Déjame que cite a Umbral: «el memorialismo es la literatura en estado puro; he llegado a odiar el asunto, eso que Bretón llamó «la odiosa premeditación de la novela»». Y ya sabes lo de Pla, eso de que leer novelas después de los treinta y cinco años es un síntoma de primitivismo muy acentuado. Escribo diarios porque me salen de corrido, aunque te parezca presuntuoso que lo diga. Porque esta novela del ego va más con mi carácter, con aquello del «fondo sentimental del escritor» de que hablaba Baroja.

Y quizá no escriba novela porque me considero más lector que escritor. Y desde luego no escribo poesía porque no me llegan las Musas a visitar como a Hesíodo mientras cuidaba sus rebaños en las laderas del monte Helicon. Le tengo demasiado respeto a la Diosa, aunque es el género que más leo. Creo que tengo una muy buena biblioteca de poesía. He contado anécdotas en mis diarios. Y he recordado a Biedma o Seferis dándole vueltas a un poema durante años, sudando sangre.

Sí he intentado acercarme algo a ese tipo de escritura poética con mi último libro Calendario, que les ha gustado mucho a los poetas; me siento muy honrado. Fermín Herrero, Luna Borge y otros me han tratado bien en sus reseñas. El crítico de este periódico, José Enrique Martínez —aunque publicó su reseña en una revista sevillana de poesía— ha llegado a decir que esos textos de Calendario están escritos en un estado de «sobreexcitación poética», lo que los antiguos llamaban inspiración o expresión sublime y éxtasis de los místicos. En todo caso poesía, elevación, iluminación; vamos, que estoy encantado con que vean en mí a uno de los suyos, al nuevo místico de la literatura española. Casi nada.

Dime cuáles son las dos primeras frases de tu Diario de hoy (4 de mayo de 2022).

Las palabras del inicio de cualquiera de mis diarios; no vamos a entrar a diseccionar esta actualidad tan prosaica o farragosa. La literatura tendrá que servir para otras cosas.

Andrzej Stasiuk, un autor que me descubrió mi amiga Cecilia Orueta, dice que lo único que vale la pena describir es la luz, sus variedades y su eternidad; que los actos le interesan bastante menos.

Podemos poner aquí un párrafo de otro diario escrito un anochecer de un día de abril de hace unos años.

«Escribir un diario para apurar este tiempo que calla y huye; para notar que los sueños se posan en mis ojos; para no sentir el miedo del futuro; para que mis pies se mojen en la espuma de los días; para sentirme a veces feliz; para transitar un poco más atento por este mes de abril; para refugiarme, sentirme protegido, ovillarme, buscar un lugar más mío, un cobijo; para hacer que cuando salga de esta habitación en penumbra llena de libros y bañada por la luz fría de la luna, quede temblando una luciérnaga, una lucecita azul como esa que protege el sueño de los niños; para que en ella quede habitando un poco el amor».


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas. También ha publicado Estatuas de sal: cartas (2020) y Calendario (2021).

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