Arte

ARCO 2023

Arturo Caballero visita la feria de arte contemporáneo madrileña, con propuestas tan diversas como de costumbre, de Sandra Gamarra a Diana Larrea, pasando por Maja Bajevic.

/ una reseña de Arturo Caballero /

Hace cien años, recién salidos de la Gran Guerra y caminando despreocupadamente hacia la debacle económica, las artes plásticas habían realizado casi por completo (el Manifiesto surrealista se publicaría al año siguiente) la ampliación de las posibilidades formales de sus propios lenguajes. Lamentablemente, todavía hoy se sigue haciendo chanza de algunas de las manifestaciones de aquello que se nos presenta como arte moderno sin tener en cuenta un par de hechos fundamentales que ya se encontraban explícitos en el pensamiento de Immanuel Kant: uno, el hecho de que la apreciación estética —no podía ser de otra forma— no depende del objeto sino del observador; dos, lo bello —a diferencia de lo agradable y lo bueno— no se encuentra mediatizado por el interés sino que podría considerarse una actitud altruista. O lo que es lo mismo: para disfrutar estéticamente algo, no es imprescindible ser su dueño.

Sirva este preámbulo no como justificación sino como brújula para que el lector se mueva, en la dirección que piense oportuna, por los párrafos de esta visión personal de un Arco 2023 que parece haber recuperado niveles previos a la pandemia, superando los 95.000 visitantes de los que más de 38.000 han sido profesionales. Las 211 galerías, de 36 países, estaban en algunos momentos excesivamente ocupadas por un público heterogéneo y la oferta era lo suficientemente variada como para que cualquiera encontrase algún objeto (o muchos) que coincidiese con sus gustos. Porque no hay que olvidar que Arco no pretende ser una muestra absoluta del gusto artístico de 2023. Es una feria donde los galeristas intentan vender obras de pintores, escultores y artistas de la idea que, a través del precio, nos indican más o menos justamente, de por dónde anda el actual sistema de valores plásticos.

Antes de que se abran al público general las puertas, cualquier periódico que se precie, en papel o digital, encarga a especialistas propios o contratados ad hoc un elenco de obras que el visitante no puede perderse en este evento. Como es posible acceder a estos indicadores de gusto, no voy a referirme a ellos y, sin darles más importancia de la que tienen, inicio mi paseo anual (como llevo haciendo desde 1982) peinando ordenadamente los pasillos y registrando aquellas imágenes que me parecen llamativas. Por lo general, me intereso más por las últimas producciones, porque para ver artistas de las vanguardias clásicas y no tan clásicas es mejor ir a un museo. Ello no impide que, de vez en cuando, me tope con alguna sorpresa. Como una composición cubista de 1917 obra de María Blanchard en Guillermo de Osma ,donde también se ofertaba una Evocación andaluza (1955) de Francisco Bores. Tampoco me pasó desapercibido (cada uno tiene sus perversiones del gusto) el políptico de Manolo Millares Mutilados de Paz, datado en los años sesenta.

Los exquisitos pueden rechazar la masificación, pero se me antoja que no es muy diferente a la de los salones de los independientes o de otoño donde exponían sus obras fovistas, expresionistas, cubistas, futuristas, dadaístas y otros vanguardistas diversos que luchaban por abrirse un hueco en el mercado de arte de comienzos del XX. Es cierto que algunas veces sentí un cierto agobio y que las condiciones tal vez no fuesen las más idóneas para una contemplación reposada pero sí para el primer choque visual que incita al acercamiento y a la consideración de las obras. ¿De cuántas? Imposible decirlo.

No todos vemos el mismo Arco. Nunca se ve el mismo Arco. Hay que asumirlo.

Sacralizar lo expuesto allí es una tontería. Se está perdiendo aquella idea de Ortega de que para los artistas de la sociedad deshumanizada el arte, además de otras muchas cosas, es juego y nada más. Por el contrario, hay en gran parte de estas obras una seriedad moralizante, un vano deseo de trascendencia sin que, la verdad, tampoco lo que se ofrece sea para tanto. Por eso no me extrañó el interés suscitado entre el público por una obrita de Gino Rubert, Red Birthday, 2023, en la galería Senda, en la que por medio de una luz que ilumina el lienzo desde su zona posterior alcanzamos a comprender el inquietante sentido del mensaje. Una trivialidad, ya lo sé, pero hay tantas y de tantos tipos…

Hemos colocado el arte en un pedestal como si la función de estas nuevas imágenes fuese similar al de las antiguas. Y no deja de ser un contrasentido que, en una época de incertidumbre social y personal como en la que vivimos, hayamos cambiado las rocas a las que nos anclábamos por otros amarraderos —como el Arte, con mayúsculas, ese al que Gombrich negaba su existencia— a los que exigimos lo que, por su inconsistencia, no pueden darnos. Al hilo de esta reflexión, he recordado a Carlos Aires, quien recrea, en la galería Sabrina Amrani, una capilla provisional titulada Il Mondo en la que se entremezclan, enajenados de su función original, elementos propios de nuestras bases culturales y ante los que rendimos pleitesía a través de nuestras cámaras.

Se critica, algunas veces, que este tipo de arte se aleja de la vida. No es cierto. Con independencia de que al artista es un hombre y que lo que hace de forma directa o indirecta tiene que ver con la existencia, hay obras expuestas, muchas, que establecen un diálogo irónico, nostálgico, crítico, desgarrador con lo que nos preocupa hoy.  La Galería ucraniana Voloshyn presenta obras de Mykola Ridnyi y Nikita Kadan realizadas bajo las explosiones de misiles rusos. Y, aunque no están originadas por el reciente terremoto porque están fechadas entre 2019 y 2022, no es posible contemplar las cerámicas de Gereon Krebber en Alexander Levy sin que nuestra memoria establezca amargas relaciones.

La «diplomacia por otros medios» es diferente, por supuesto, a los desastres naturales. Aunque en cierto sentido el arte es algo opuesto a la naturaleza, también nuestra relación con el medio ambiente está sobre la mesa de debate. Y adquiere forma algunas veces de forma trivial como los Pájaros en la cabeza, de Bernardo Oyarzun, en Patricia Ready. Otras al modo sutil que usa Cristina Almodóvar en de su Interrupción. Rama, de 2023, expuesta en Fernández Braso. También la más combativa de Mark Dion en Waldburger Wouters con la esculturita de un oso blanco metida en un cubo de brea y la carretilla con desechos encontrados en la playa que, el dinero es el dinero, compartían espacio con los poliedros móviles coloreados de Tomás Saraceno.

Y como la ocasión la pintan con un solo pelo, aprovechamos y tomamos como excusa que Picasso murió hace cincuenta años para airear su memoria y recrear algunas de sus obras emblemáticas, como ocurre con las hibridaciones de sus mujeres llorando con el rostro de la propia artista, Orlan, en RocíoSantaCruz, o la interpretación (¿copia, apropiación? ¡Yo qué sé!) debida a Julio Anaya o el ultra fotografiado Aquí murió Picasso de Eugenio Merino, en ADN. En este orden de cosas, Álvaro Barrios, en W-Galería, presenta una viñeta pop que deja a las claras su visión (y la de otros muchos) de quiénes son los creadores más importantes del pasado siglo y, además, estableciendo un claro orden de prelación: Duchamp, Picasso, Matisse. Es discutible, pero se trata de una propuesta que a las alturas de nuestro desarrollo histórico resulta plausible, pese a quien pese. Dicho lo cual, creo que, por mucho que se le critique, Picasso es punto de referencia capital para nosotros. Y alguna de sus obras, el Guernica, es imaginado por Eugenio Ampudia, reproduciéndolo a tamaño real, como el Refugio 23 prefabricado para tiempos de crisis que se puede ver en la galería Max Estrella.

¿Arte y realidad? Al lado de la obra anterior, y aprovechando el espacio de almacén de la misma galería, se sitúa Emosio engañado, de Marco Godoy, quien otorga categoría artística, convirtiéndola en neón y trayéndola al pabellón 9, una pintada que alcanzó notable difusión en las redes.

Hay obras para todos los gustos, combinando la búsqueda de la innovación con una puesta al día de los lenguajes de todo tipo. Nada se desaprovecha, nada queda del todo en el olvido a pesar de la obsolescencia de la imagen. Desde el hiperrealismo en grises (hay que buscar el distanciamiento de la obviedad) de las esculturas de Hans Op de Beeck (Vanitas Table, 2017) hasta la reactualización del suprematismo en Bandage I (2014), de Ángela de la Cruz. Incluso si te despistas un poco, puedes creer que una pequeña joyita como la obra de Diana Fonseca Sin título (2023) de la serie «Degradación» está pintada al estilo de un Jasper Johns cuando se trata de la minuciosa construcción de un cuadro a partir de fragmentos de pintura de exteriores arrancados a paramentos de madera o cualquier otro soporte. En la galería Álvaro Alcázar hay figuración desinhibida (que no sé por qué me atrae tanto) de Ariel Cabrera (Summer Time nº 7, 2023) que a su vez me remitía a otro artista de centenario como Sorolla y también  ecos lejanos de un Land Art, domesticado para la ocasión, en la Red Column (2020) de David Nash. Y no se pelean.

Arte más contenido en lo político y en lo sexual que en años anteriores, aunque aparecen algunas manifestaciones aquí y allá. Las recreaciones de las cartas de una monja portuguesa, de Victoria Gil, pierden —a mi entender— su carga pornográfica cuando se convierten en caricatura y lo mismo podíamos decir de la vagina (Marcela Astorga) y el pene (Herbert Rodríguez), que tampoco van mucho más allá de la mera curiosidad. Y en cuanto a lo político y social, pues entiendo a quienes consideran que este, quizá, no sea el sitio; aunque ya que están prefiero la obra de Huanchaco, en la que recrea una obra de la cultura Chavin peruana explicada por la voz de Siri, a Cartográfica, de Marcelo Brodsky.

Pero hay libertad para todo, y eso está bien. Aunque no se aprecie a simple vista la policía sigue vigilante. Para una vez que, después de tanto tiempo, me reconcilio con la obra de José María Sicilia, resulta que sus trabajos (cuatro interesantes obras de técnica mixta con el título Racconte toi, de este mismo año) han sido incautados por orden judicial para hacer frente a deudas con su anterior esposa. Y es que, con el arte, también se paga.

No rechazo, en contra de las normas clásicas que recomiendan trabajar con un único medio, el recurso a la acumulación. No tanto, desde luego, como el tendedero que parece estar pidiendo a gritos que lo compre el Reina Sofía, pero sí como la Declaración de principios (2022) de Jonas Englert (Beckers&Kornfeld) en el que se mezcla en video con la fotografía o el Taedium vitae (2020), de Oriol Vilapuig (RocíoSantaCruz).

En mi ingenuidad, siempre he creído que en arte es más importante lo que se hace, el producto, que quién es el productor. Y desde ese punto de vista he defendido en otros foros que la incorporación de las mujeres al mundo del arte trajo una frescura en cuanto a que proporcionaban una visión nueva a los temas y una perspectiva original que venía acompañada, también, de una calidad formal idéntica a la lograda (unas veces sí y otras no tanto) por los hombres.

Pero mi sistema no parece estar asentado en roca firme y se tambalea por momentos. Nada más inaugurada la feria, la Asociación de Mujeres en las Artes Visuales Contemporáneas (MAV) denuncia la escasa presencia de este colectivo en Arco, la desigual distribución de los fondos públicos que favorecen de forma abrumadora a la creación realizada por hombres, la desaparición de espacios específicos dentro de la feria para los proyectos de mujeres artistas y las declaraciones de la directora de Arco, Maribel López, quien se justificaba ante la Agencia EFE manifestando del apoyo al colectivo femenino: «Me parecía muy binario, hacemos mujeres contra hombres. Y de alguna manera excluye a aquelles que no se entienden ni hombres ni mujeres. Me pareció que era demasiado reductor». Y detrás de todo ello se encuentra la política, con mayúsculas, es decir, entendida como la preocupación por los asuntos de la colectividad.

Como se habrá podido comprobar en los párrafos anteriores, han ido saltando aquí y allá los nombres de artistas con independencia de su identificación de género solo porque sus ejemplos servían al discurso que se hilvanaba en ellos. Parece lógico que el arte también se preocupe por los grupos preteridos, sean cuales sean. Otro tema es si apoyamos la discriminación, por muy positiva que resulte. Como me he dedicado tantos años a la enseñanza soy consciente de la importancia numérica de las mujeres en este ámbito. A partir de ahí, cumplida la misión formativa de la escuela, serán los propios creadores quienes habrán de hacer valer sus obras ante un contexto muy competitivo del que debiera estar ausente el dopaje de las subvenciones entre otras cosas porque generaría, al final, otra desigualdad y sería reconocer que hemos fracasado en nuestra idea de construir una sociedad igualitaria. Pero ya no es el tiempo de algunos y llegará el de otros que tratarán de hacerlo de diferente forma.

Mientras tanto, queden como muestra de mi interés por el asunto obras como la presentada por Maja Bajevic Todos somos DESiguales (2022) en la galería Peter Kilchmann que resume palmariamente mis principios, tal como lo plasmaba en mi despedida como docente; o la de Sejla Lameric Liberty (Cursiva), de 2023, en la Eugster II Belgrado, que bien podrían juntarse en una sola que me atrevo a formular, sin que las artistas tengan ninguna responsabilidad en ello, del siguiente modo: «Libertad para todos y cada uno de nosotros en nuestra desigualdad». Como se ve, ni una ni otra tienen adscripción de género o de orientación sexual, sea la que sea.

Otras sí. Como la de María María Acha Kutscher, en ADN, La rabia de Proserpina (2022) doce imágenes de rostros femeninos del renacimiento y el barroco extraídos de composiciones bíblicas y mitológicas cuya identificación dejo a los interesados en el asunto como simple curiosidad porque —creo yo— no se trata de algo que vaya más allá de la mera adscripción de género. O la revisión que realiza Diana Larrea en su proyecto de cómo en los Inventarios reales (Espacio Mínimo) se adjudican autorías de obras a mujeres que luego se atribuyen a autores masculinos poniendo en evidencia la poca fiabilidad de estos registros. De entre la enormidad de obras presentadas por mujeres (prácticamente todas las galerías tienen alguna) voy a cerrar mi recorrido con una que, para mí, presentaba una mayor carga de profundidad y es, además, la más abierta y polisémica. Se trata del proyecto Querían brazos y llegamos personas (2022) de la artista Sandra Gamarra para Galería 80M2 Livia Benavides, donde juega, a partir de las pinturas coloniales de mezcla de razas con los productos obtenidos de América que parecen, en principio, lo más llamativo por su color pero cuyo contexto más importante es el resultado de la unión de españoles, indios y negros (uso los términos originarios tal como aparecen en las pinturas de castas, tan comunes en el s. XVIII) en sus infinitas variaciones.

Suelen preguntarme mis amigos (cuya benevolencia en mi criterio me abruma) cuando regreso cada año más derrotado: «¿Qué te ha parecido este año Arco?». Y esta vez ya tengo preparada la respuesta: con mucha gente, variado, amable y —como siempre— un buen punto de partida para el placer y la reflexión.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con la docencia y otras actividades relacionadas con la organización escolar, entre ellas la coordinación del Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Sobre todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publicó Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.

3 comments on “ARCO 2023

  1. Agustín Villalba

    Dentro de 50 años, ¿cuántos “artistas” contemporáneos expuestos en “Arco 2023” serán conocidos? ¿Cuántas obras expuestas en él existirán aún? Hace unos años oí decir al director del Musée d’Art moderne de Paris que no sabían qué hacer con las miles de obras que tenían en los sótanos del museo y en diversos almacenes, compradas en los años 50 a precio de oro (obras de “artistas” entonces famosos y hoy totalmente olvidados) y muchas de las cuales se degradaban, por no decir desmonornaban, a ojos vista. El problema, decía, es que no había dinero para restaurarlas y que en muchos casos era imposible hacerlo. Se habían intentado vender pero no interesaban a nadie, incluso a precios irrisorios. Y daba a entender, sin osar decirlo claramente, que muchas de ellas acababan sencillamente en la basura…

    “con el título Racconte toi”… Más bien “Raconte-toi”

    • Agustín Villalba

      “por no decir desmonornaban”… por no decir se desmoronaban

  2. Yo no sé qué habría pensado Kant acerca del arte actual, y no me refiero al surrealismo, que produjo obras maestras a montones

    Tal vez sus ideas no habrían estado tan claras al respecto

    También dijo que el juicio estético carece de contenido, aunque le confieso que no sé lo qué significa esto. Debería haber estudiado a Kant más a fondo

    El hombre es un ser social y también histórico como apreció Ortega, discípulo de Mommsen, de Dilthey y de Heidegger

    Es decir que la historicidad forma parte esencial de su ser, y no es posible entenderlo sin ese ingrediente, sería como definir un cocido sin garbanzos

    En cambio los filósofos siempre han querido dar una imagen del hombre sub especie aeternitatis

    Por eso Borges afirmaba que la metafísica es una rama de la literatura fantástica, haciendo alusión a este hecho extraordinario

    Pero centrándonos en el arte moderno o actual, es decir, desde hace unos cincuenta o sesenta años para acá, me hacen gracia muchos fenómenos que causan admiración general, o al menos la prensa se hace eco de ellos, como el artista que va por ahí envolviendo edificios o monumentos en papel de envolver, o ese otro que se dedica a retratar a miles de personas desnudas, o Warhol, cuya obra está considerada una maravilla, y tantos otros que proponen como obra de arte lo que a ellos se les ocurra

    Mi suegra tenía en su casa del campo montones de trastos viejos con los que hacía parapetos para las gallinas y otros artilugios que si los hubieran expuesto en algún museo avanzado o de arte povera habrían causado sensación, estoy convencido
    En esto le doy a Kant toda la razón, sólo el ojo que mira sabe lo que ve

    Esto, si lo viera Kant como una manifestación artística, supongo que diría alguna cosa inteligente

    En todo caso, no creo que, en lo que he llamado arte moderno, este tipo de manifestaciones sea tan escasa como dice

    Al menos en lo que a mi experiencia respecta

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