/ por Pablo Batalla Cueto /
Martes, 19/12/2023. Termino Monstruos del mercado: zombis, vampiros y capitalismo global, un libro estupendo de David McNally. Subrayo hoy este interesante párrafo sobre cómo la clase obrera también fue racializada en los albores de la revolución industrial:
«Algo que rara vez se tiene en cuenta en la actualidad es hasta qué punto las clases obreras europeas fueron “racializadas” por el discurso del capitalismo industrial emergente. En la época en la que apareció el racismo científico con la intención de racionalizar la opresión de los africanos y de los pueblos colonizados, sus categorías eran lo suficientemente maleables como para racializar también a los trabajadores pobres de Europa. Por ejemplo, en su Histoire des classes ouvrières et des classes bourgeoises (1838), Granier de Cassagnac afirmaba que los proletarios eran una raza subhumana surgida del cruce de prostitutas y ladrones. Un registro similar aparece en London Labour and the London Poor (1861), de Henry Mayhew, donde la humanidad queda dividida en dos razas distintas: la de los civilizados y la de los vagabundos. Estos últimos, entre los que se cuentan los obreros pobres británicos, quedan definidos por su manifiesta incapacidad para ir más allá del cuerpo y de sus deseos».
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Jónatham Moriche y su espléndida mordacidad culta: «La grandeza de levellers, diggers o ranters no fue oponerse a Cromwell, sino acompañarle a pesar de sus discrepancias y de las renuncias que se les impuso, en favor de un bien mayor. Con estos levellers, diggers o ranters que tenemos ahora, Carlos I hubiera conservado la cabeza».
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El Principado otorga la Medalla de Asturias a la princesa Leonor con motivo de su mayoría de edad. Hay gente a la que se le cuelgan medallas por existir y gente a la que no se le colgará ninguna mientras exista, por portentosos que sean sus logros. Pero como dice la cuenta Rocío, Galician indigenous en Twitter, «puestos a dar una medalla a alguien de la Familia Real por llegar a los 18, yo se la habría dado a Froilán, que entre tiros en el pie y juergas varias, estuvo la cosa más en el aire».
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Sigue la carcundia estirando el chicle del «me gusta la fruta», esa manera codificada de llamar «hijo de puta» al presidente del Gobierno, con origen en la ocasión en que Ayuso le llamó exactamente eso en el Congreso y, preguntados por ello, sus asesores dijeron que había dicho lo otro. Ayer, en un mitin del PP, la presidenta madrileña dijo: «Vamos a gobernar de la mano de Feijóo. Y por eso, tenemos hoy de postre fruta». Y le dieron al gallego una cesta de fruta. Es todo de un infantilismo para no creérselo. Alguien debería preguntarse, en esos pagos dados a la nostalgia y a clamar por el ocaso de la grandeza y el heroísmo, qué pensaría, no sé, el general Moscardó si viera a sus descendientes ideológicos diciendo: «Gobierna el país un autócrata sin escrúpulos que conduce a la Nación hacia su destrucción: meneemos cestas de fruta mientras nos partimos de risa, para que se fastidie».
Miércoles, 20/12/2023. Marwan Makhoul, poeta palestino:
Para poder yo
escribir poesía
que no sea política,
debo escuchar los pájaros;
y para poder escuchar a los pájaros,
los aviones de combate deben permanecer en silencio.
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Feijóo, cinco meses después del 23J: «Ganar las elecciones no significa ser presidente del Gobierno». Las fases del duelo, ya se sabe: negación, ira, negociación, depresión, aceptación.
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Magnífica intervención, hoy, de Íñigo Errejón en el Congreso; un alegato apasionado y didáctico. Da gusto cuando, en medio del cementerio de la elocuencia que se han vuelto las Cortes, se escucha a un orador así, con pulso castelarino. Además, en la izquierda no nos sobran. Esto peroró Errejón, dirigiéndose a las bancadas de la derecha:
«Según ustedes, ya no hay separación de poderes, y además, nos encaminamos a una dictadura. A mí, esto de que no hay separación de poderes me ha interesado, así que permítanme que me detenga un momento. Yo les aseguro que este es el gobierno de la Democracia con más contrapoderes y más contrapoderes. Y como tengo tiempo, se lo voy a explicar. Vamos a hacer un pequeño mapa del reparto del poder en España.
En el poder institucional, ustedes dicen que este gobierno no tiene contrapoderes, mientras que ustedes tienen 11 gobiernos autonómicos de la derecha y la extrema derecha; mayoría absoluta en el Senado; el Consejo General del Poder Judicial secuestrado desde hace cinco años, y hay mayoría conservadora en casi todos los aparatos del Estado, en las asociaciones profesionales de la Policía, de los jueces y de las altas magistraturas del Estado. Y esto no es todo el poder, ¿verdad?, porque, por mucho que ustedes se declaren “liberales”, no pueden ser tan cínicos. Ustedes saben que esto es solo el poder dentro del Estado, pero que hay muchas más fuentes de poder político, ¿verdad que sí? El poder económico, el poder mediático: ¿a que esto también juega? Vamos con este mapa.
Resulta que, en nuestro país, ha habido efectivamente concentración de poderes. ¿Ha habido concentración de poderes porque haya habido 179 diputados que hayan votado a favor de este Gobierno? No: en nuestro país ha habido concentración de poderes porque los últimos doce años, tres grandes bancos acumulan el sesenta por ciento del mercado financiero; porque en el oligopolio energético, el 90% de los kilovatios/hora que consumen las familias proviene de cinco grandes empresas que se reparten beneficios millonarios; porque ha habido una concentración brutal de poder y de riqueza en manos de los propietarios y de los rentistas y porque la comunicación en España depende en lo fundamental de dos grandes grupos, a lo sumo tres. ¿De dónde viene entonces la concentración de poder en España? ¿De que 179 hayamos votado a favor del Gobierno, o de un desequilibrio masivo, brutal y oligárquico que hace que, cuando ustedes ganan las elecciones, tienen el cien por cien del poder, y cuando las ganamos nosotros, ustedes tienen el ochenta por ciento del poder, y a eso le llaman “polarización”, y a eso le llaman “dictadura”?».
Jueves, 21/12/2023. En la Argentina de Milei, leo, «la licencia de conducir deja de ser obligatoria. Todos los ciudadanos son libres de manejar autos sin frenos, sin importar la edad ni su conocimiento al volante». Asistimos a la puesta en marcha de una utopía desquiciada. Se podría escribir un Tintín en el país de los ancaps.
Viernes, 22/12/2023. Leo en La invención del marxismo, un libro muy interesante de Montserrast Galcerán, unos pasajes interesantes sobre el debate que se dio entre Marx/Engels y Wilhelm Liebknecht en torno a la unidad alemana. ¿Qué era mejor para las perspectivas revolucionarias del proletariado: un rosario de Estados pequeños y débiles, o acelerar el capitalismo y, por lo tanto, también sus contradicciones con uno grande y fuerte? Liebknecht decía:
«No hay ninguna duda de que con los acontecimientos de los últimos años, el trabajo se ha simplificado, pero al mismo tiempo se ha complicado. Un par de docenas de enemigos separados o cuando menos que no actúan conjuntamente de buena fe son más fáciles de vencer que uno solo que concentre en sus manos el poder de ese par de docenas. Si Prusia se consolida, no será posible derribarla con ninguna violencia externa, ni siquiera con un levantamiento (revolución) al estilo de la anterior Revolución francesa, sino que solamente caerá cuando el proletariado alemán (por número e inteligencia) se haga capaz de dominar. Pero hasta ahí quizá tengamos que esperar varias generaciones. […] Hay que impedir que Prusia se consolide».
Engels, en cambio, pensaba —escribe Galcerán— «que Bismarck ya había ganado, pero que esa victoria iba a ser pírrica, pues al sacar a Alemania de su secular atraso, la introduciría en la historia moderna y crearía un proletariado fuerte. La unidad, para Engels, no solo era una necesidad económica de la burguesía, sino una necesidad política para el movimiento obrero».
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Cautivado por este haiku de Bashō, que leo en el precioso artículo que publica hoy Antonio Monterrubio en El Cuaderno:
Este camino
nadie ya lo recorre,
salvo el crepúsculo.
Sábado, 23/12/2023. Leo hoy en La invención del marxismo sobre el papel crucial del Anti-Dühring de Engels como consolidador del triunfo de la versión marxista del socialismo, frente a versiones anteriores, más idealistas. Escribe Galcerán que
«solo la conjunción entre los efectos a largo plazo de la obra de Engels y la imposibilidad de proseguir el desarrollo teórico y político del socialismo en el periodo de excepción (1878-1890) por la dureza de la represión política consolidaron la versión “marxista” como único socialismo posible, eliminando del horizonte versiones anteriores, más idealistas, que solo fueron redescubiertas por la nueva generación bastantes años más tarde. Como Kautsky se encargó de explicar con claridad sin par: “Todo el mundo se queja de que Marx es incomprensible… mientras que Engels es muy leído… y casi todo el mundo saca de él su conocimiento y su comprensión de la teoría de ambos; en consecuencia recomiendo no romperse los dientes con la teoría del valor e ir a los textos de Engels, para pasar luego a El capital”. Él mismo, lector concienzudo y alumno aplicado, reconoce haber encontrado en esa obra, cosa que no encontró en El capital, su libro de cabecera. Fue pues el Anti-Dühring y en consecuencia la teoría económica de la historia la que permitió leer El capital y no este, y por tanto el análisis económico en él explícito, el que abrió una nueva concepción de la historia, como de hecho había ocurrido en la génesis de la teoría, trastocando la posición respectiva de economía e historia en el marxismo posterior.
Con todo, en 1878, año de la promulgación de la ley de excepción, la historia del libro no había hecho más que empezar. Exagerando un poco, puede decirse que el Anti-Dühring, después del Manifiesto comunista, fue el libro más leído por los socialistas de los años ochenta y constituye el elemento fundacional del marxismo con sus ventajas y sus defectos».
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Bebel a Engels, 1882: «He hecho un pacto de cuarenta años con la de la guadaña, pienso que es tiempo suficiente no solo para vivir el hundimiento de lo viejo, sino además para disfrutar un buen pedazo de lo nuevo».
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Escucho contar de un niño al que el Ratoncito Pérez le deja veinte eurazos por diente. De diente en diente, el chaval va a acabar pudiendo pagar la entrada de un piso. Lo sensato, creo yo, es dejarles, no sé, un euro, un muñequito, un detalle. De eso iba la cosa cuando yo era pequeño: de que te dejaran cinco, veinte duros a lo sumo. Nuestros dientes no eran tan valiosos, pero nuestra ilusión por aquel juego de fantasía no era menor.
Domingo, 24/12/2023. Me quedo absolutamente anonadado con una crónica que leo hoy en El Comercio, escrita por Olaya Suárez. Recuerda el descubrimiento, en enero de 2015, de un extraño cadáver en un paraje aislado de la ya de por sí aislada Somiedo: un varón de unos cincuenta años, raza caucásica, 30 kilos de peso y 1,30 metros de estatura, con graves deformidades esqueléticas, retraso mental y ceguera provocada por unas gruesas cataratas en ambos ojos. Lo encontraron unos excursionistas a doscientos metros de la población más cercana: El Puerto, a 1400 metros de altura. Y su identidad, pese a lo que los investigadores se han volcado en el caso durante estos nueve años, sigue siendo un enigma. No hay la menor pista de quién era este hombre del que lo que sí se sabe es que no fue asesinado, ni se hallaba, antes de morir, en situación de abandono: la autopsia determinó que estuvo cuidado «en perfectas condiciones» hasta que falleció por causas naturales, atribuibles a su patología, por la que nunca recibió atención médica. Cuenta Olaya que
«cuando fue localizado por los senderistas […] el cuerpo estaba pulcro, e incluso atusado. Tenía el cabello cortado de hacía escasos días, la barba rasurada, las uñas limpias y arregladas. Ni una sola cicatriz. Ni una sola marca en su fina piel que pudiera reflejar un maltrato. Muy al contrario. Quien fuera que lo tuvo escondido durante cinco décadas se desvivió por él, por prestarle unos cuidados dignos de alguien a quien se quiere. Pero no se enseña. La autopsia determinó que tenía sustancias semisólidas en el estómago. Había comido y bebido poco antes de morir. No había llegado a hacer al completo la digestión».
La investigación también determinó que el lugar en el que apareció no fue aquel en el que falleció, sino que fue trasladado allí. Y que ese allí, el mirador de los Rebecos, era un lugar escogido con cuidado; un lugar en el que todo el que por allí pasa se detiene a mirar el paisaje. «Las investigaciones —explica un cabo primero de la Guardia Civil— nos llevaron a pensar que quien dejó el cuerpo allí quería que lo encontrasen. Si lo hubiesen dejado a apenas 20 metros no lo hubiésemos localizado nunca, porque hay una cortante y un precipicio. Lo llevaron en coche, probablemente durante la noche, lo sacaron y lo depositaron justo al borde de la carretera para que alguien se lo encontrase. Lo que nos dice la experiencia es que querían darle una dignidad». La dignidad que de hecho se le dio: después de practicada la autopsia y descartados los indicios de criminalidad, el cuerpo fue sepultado, bajo una lápida sin nombre en el cementerio de Arbeyales, que los guardias civiles guarnecieron de flores: «¿qué menos?», dicen.
La investigación, ya digo, no ha obtenido, tras hablar con centenares de vecinos, curas, médicos, farmacéuticos a los que se pudiera haber comprado medicación especial, panaderos, carniceros, taxistas, más pistas que las extraídas de la investigación científica del cuerpo. Nadie sabe nada, o si lo sabe no lo cuenta. Lo que el ADN del cadáver sí dice lo hace comprensible: las deformidades de este hombre misterioso (microcefalia, joroba, pecho abombado, etcétera), compatibles con el síndrome de Marfan, se derivaban probablemente de una relación incestuosa. Se deduce con facilidad que los aterrorizados padres de la criatura, por vergüenza, debieron de mantenerla escondida durante toda su vida, sin que ello obstase para cuidarla con amor y mimo.
Qué historia terrible y asombrosa, en fin. Cabe en ella la condición humana entera.


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Leo, y me hace mucha gracia, que cuando al Papa Francisco se le plantean planes o compromisos a medio plazo, responde con este chascarrillo: «Eso ya lo dejamos para Juan XXIV».
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Nochebuena en casa de mis padres. Me fijo en unos extraños polvorones que han comprado este año en el Mercadona: «Mantecado de aceite de oliva». A partir de ahora, voy a recordar estos mantecados de no-manteca cada vez que discuta con la brigadilla etimológica del amanecer; esa gente para la que la etimología legisla, y que te dice que no se puede llamar antisemitismo al odio a los judíos, porque hay más pueblos semitas; o que los nazis eran de izquierdas porque se llamaban nacional-socialistas; o que no se puede llamar matrimonio a la unión entre dos hombres, porque la palabra lleva el prefijo matri-.
Lunes, 25/12/2023. La comidilla del día en redes sociales es un artículo absurdo de Javier Cercas, titulado «Un llamamiento a la rebelión». Se declara el literato en contra de la amnistía para los líderes del Procés, pero lo absurdo no es eso, que es legítimo, sino la conclusión de la columna después de una perorata apocalíptica y puerilmente antipolítica («Tenemos una clase política cínica, irresponsable y envenenada por el poder. Hemos tocado fondo»). Dice Cercas, a quien habrá que empezar a llamar —bromea Alana Portero— subcomandante Cercas:
«A partir de este momento me declaro antisistema, paso a la clandestinidad y llamo a la rebelión general. Esto se traduce en dos cosas. Una: de ahora en adelante votaré en blanco. Y dos: abogaré por la lotocracia, un tipo de democracia que propugna la elección por sorteo de nuestros representantes políticos […] Por lo demás, prometo solemnemente no estrecharle la mano a ningún político español a menos que sea en presencia de mi abogado (o bajo amenaza de torturas)».
A mí, esto de la intifada del voto en blanco y el no estrechar manos me recuerda a un profesor repipi que tuve, que en una ocasión pidió perdón porque se disponía a decir una terrible grosería, y acto seguido, se refirió a no recuerdo quién como «jesuitón».
Da en el blanco Ángel de la Cruz: «Lo que no entiende Javier Cercas —y esto es extensible a los intelectuales coetáneos— es que podría cagarse en los muertos de Pedro Sánchez y a todo el mundo le daría igual. “Otro”, diríamos, y a otra cosa. Se creen demasiado importantes. Se tienen demasiada estima».
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Leo, compartida por Iker Madrid, una cita espeluznante sobre los linchamientos de personas negras en Estados Unidos hasta la primera mitad del siglo XX:
«En los periódicos locales se publicaban anuncios del linchamiento y se añadían coches suplementarios a los trenes para los espectadores, a veces millares, procedentes de localidades situadas a kilómetros de distancia. Los niños podían tener el día libre en el colegio para asistir al linchamiento. El espectáculo podía incluir la castración, el desollamiento, la hoguera, el ahorcamiento, el empleo de armas de fuego. Se vendían souvenirs que podían incluir los dedos de las manos y los pies, los dientes, los huesos e incluso los genitales de la víctima, así como postales con ilustraciones sobre el evento».
Cuando Donald Trump propone Make America great again, se refiere a esta época.
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El rey Carlos de Gran Bretaña dará su segundo mensaje navideño —leo— desde el Palacio de Buckingham frente a un árbol decorado con «adornos sostenibles». Él es a su vez un adorno insostenible.
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Un titular de La Nueva España: «La industria de Asturias es gustar: así vive la región su reconversión al turismo». Cómo lo vivo yo: con frustración de perder pequeños paraísos que me eran muy queridos y ahora son un Chiquipark, con pasmo por lo caro que se está poniendo Gijón, con preocupación por la precariedad que sé por amigos mediterráneos que viene.
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Engels a Bloch, 1890, sobre el peligro siempre activo de que las teorías complejas pudieran transformarse en una calderilla de aforismos: «Todo se puede transformar en frase».
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Marx en carta a Kugelmann, contra el determinismo histórico: «Sería muy cómoda de hacer la historia universal si la lucha solo se emprendiera en condiciones de resultado favorable. Además, sería de naturaleza muy mística si las «casualidades» no jugaran ningún papel».
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Qué cosa distópica esos christmas digitales que se ven sobre todo en Facebook, consistente en una foto de familia con las caras de los niños pixeladas o emborronadas, compartida por madres y padres preocupados por la protección de sus nenes, pero a las que no deja de picarles el niqui del exhibicionismo digital, y se resisten a felicitar la Navidad con un motivo navideño impersonal, o con una foto en la que no aparezcan los niños. A mí esas fotos siempre me dan una sensación turbadora; me evocan, no una estampa entrañable, sino uno de esos anuncios concienciadores de la DGT: la vida que tus hijos podrían haber tenido y no tuvieron porque aquel día fuiste irresponsable, te bebiste dos Bacardi Pepsi de más, te estampaste contra un tráiler y te los cargaste, y ahora son fantasmas.
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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