/ por Pablo Batalla Cueto /
Martes, 26/12/2023. Cuando pensamos en el rojipardismo, pensamos en nacionalistas españoles, pero también los hay antiespañoles: romantización de la comunidad rural perdida, refunfuño contra los inmigrantes que al venir sentenciaron de muerte la lengua vernácula, concepciónes telúricas de la cutura, mitos nacionalcatólicos… Tuve una experiencia asturiana reciente que me inquietó bastante en ese sentido, con alguien que, de la versión más rancia del mito de Covadonga, lo compraba todo, salvo España, y también la arabofobia más soez, indistinguible de la de un Geert Wilders. Qué cuidado hay que tener con esa gente.
Detrás de toda romantización de una sociedad pretérita hay una mirada cristiana: el anhelo de reconstrucción de la comunidad mística; del cuerpo despedazado de Cristo. Y el cristianismo tiene cosas estimables, pero ese sueño reunificador de lo que, realmente, nunca estuvo unido no es una de ellas.
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Empiezo a leer Viento común: corrientes afroamericanas en la era de la revolución haitiana, de Julius S. Scott. El libro empieza con una anécdota maravillosa. Maravillosa, no por bella, sino por elocuente al respecto de aquella revolución que estalló cuando los esclavos de Santo Domingo decidieron tomarse al pie de la letra las proclamas de igualdad de todos los hombres de la que había estallado en Francia.
He aquí la estampa. En 1791, en La Rochelle, se agrupa una cohorte de jóvenes soldados preparada para sofocar, en nombre de la Asamblea Nacional, la rebelión que ha estallado en la mitad francesa de la isla de La Española. El general La Salle se encarga de inspeccionarlos y se va fijando en las consignas que han bordado en boinas y banderas: «Virtud en la acción», «Permanezco vigilante por mi país»… Todas le parecen bien hasta que se fija en una que le parece inadecuada: «Vivir libre o morir». Preocupado, reúne a las tropas y les explica los peligros que representan esas palabras «en una tierra donde toda propiedad tiene como base la esclavización de los negros, quienes, de adoptar también esa consigna, se sentirían impelidos a masacrar a sus amos». La Salle alaba el firme compromiso de la tropa con el ideal de libertad, pero les aconseja que busquen otra forma de expresarlo, menos incitadora. Los reclutas, entonces, deliberan, y finalmente deciden reemplazar el lema por: «La Nación, la Ley, el Rey» y «La Constitución Francesa». Pero para consternación suya, La Salle impone otros cambios. Cuando lleguen a Santo Domingo, en vez de sembrar un «árbol de la Libertad», un ritual adoptado en la metrópoli, lo que sembrarán será un «árbol de la Paz» que también llevará el lema «la Nación, la Ley, el Rey».
Lo demás es historia. El látigo que los jacobinos negros blandieron heroicamente contra sus amos blancos acabó expulsándolos y proclamando la independencia del país ahora llamado Haití (al cual Francia, a cambio de su reconocimiento, impuso una deuda draconiana en concepto de indemnización a los esclavistas, cuyo efecto de lastre para la economía del país dura hasta hoy). No habían aceptado el tocomocho de entregar la libertad a cambio de lograr la paz. Sabían lo que leemos en 2023 en una pancarta de una manifestación propalestina en Nueva York, que circuló hace unas semanas por las redes sociales: «Peace is the whiteman’s word; liberation is ours».
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Las empresas de gas en Argentina han presentado al gobierno las nuevas tarifas que funcionarán a partir de febrero después de la desregulación de Milei. En Buenos Aires aumentarán un 350% y en el resto de Argentina un 700%. A lo que se está asistiendo en Argentina es a la declaración de una guerra. Una guerra civil y de clases. Tal vez el final de la misma sean Milei, Villarruel, Macri y sus secuaces corriendo la misma suerte que Benito Mussolini en Giulino di Mezzegra.
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Leo la mejor definición de Alaska (no el estado, sino la cantante) que se haya dado. Lo dice Jorge Ilegal: «Algunos [en la Movida] decían que querían ser un bote de Colón y lo acabaron siendo».
Miércoles, 27/12/2023. Apaga la radio Wolfgang Schäuble, el ministro de la Economía de la era Merkel, paladín del austericidio, masacrador de Grecia. Como señala Fernando Hernández Sánchez, «se ha ido al infierno el ministro alemán que infligió más sufrimiento a un país europeo después de Hermann Goering». No derramaremos ni una lágrima.
Xan López señala una coincidencia interesante: «Este año han muerto Tronti y Negri, por un lado, y Kissinger y Schäuble, por otro. Daba para un par de ediciones contemporáneas de un Vidas paralelas a la Plutarco».
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Una pintada reciente en una de las tapias del parque del Lauredal, en Gijón: «¡Contra la guerra interimperialista, revolución proletaria mundial!». Hay cartas a los Reyes Magos de papel y hay otras de ladrillo.
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Releyendo mis notas de Revolución: una historia intelectual, de Enzo Traverso, topo un comentario sobre Donoso Cortés y su celebración, en 1849, de la represión de la insurrección abortada en Barcelona, Sevilla y Valencia con un enérgico discurso que proponía sin tapujos una dictadura contra la revolución: «Cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura». En ciertas circunstancias, estimaba, «la dictadura […] es un gobierno legítimo». Vale esto, pienso, como resumen del neoliberalismo: si sois buenos, Tony Blair. Si os ponéis tontos, Margaret Thatcher. Y si os ponéis aún más tontos, Augusto Pinochet. En Argentina ya transitan, ay, de la segunda opción a la tercera.
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Se inaugura un McDonald’s en Mieres, y en el acto participa el Coro Minero de Turón, con sus monos azules y sus cascos. No me parece mal, pero me quedo pasmado mirando las fotos. La posmodernidad —de la que creo que no hay que ser enemigos furibundos, sino solo prudentes y ecuánimes críticos— es un lugar ciertamente extraño, desconcertante.
Jueves, 28/12/2023. Leyendo sobre Serge Gainsbourg me topo con una anécdota divertida. En Jamaica, en 1978, grabó Aux armes et caetera, versión reggae del himno nacional francés, con Robby Shakespeare, Sly Dunbar y Rita Marley. «A las armas, etcétera». Una cosa paródica que le costó amenazas de muerte por parte de los veteranos de la guerra de Independencia de Argelia. Nacionalistas de cristal, ya se sabe. Ello es que poco después, Gainsbourg compró un manuscrito original de La Marsellesa en una subasta, por 135.000 francos, y pudo probar a sus críticos que su versión era fiel al original, pues el manuscrito muestra claramente las palabras «aux armes et caetera» en el estribillo.
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Un comentario agudo de Lavín: «La derecha española haría bien en reconocer que el único liberalismo español del que desciende espiritual y orgánicamente no es el de Riego y Torrijos, sino del doctrinarismo de Donoso Cortés, pasando por Ramiro de Maeztu y Carl Schmitt —“don Carlos”, como lo llamaba Fraga».
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Un interesante análisis de Elvin Calcaño Ortiz:
«Milei encarna algo que, en el contexto del actual capitalismo en su forma neoliberal, se viene configurando desde los años ochenta, que es el paso del marco de democracia mínima de signo liberal al de la posdemocracia fundamentada en el totalitarismo del mercado.
Para el capitalismo en su forma neoliberal, la democracia siempre fue un obstáculo. Primero, porque implica política, y para la racionalidad neoliberal la política, en tanto discusión pública, abierta y plural, es un problema para garantizar que decidan solo los del capital. Segundo, la democracia, incluso en su concepción liberal, requiere la existencia de un “sentido común democrático”, como nos dice Mouffe. Esto implica ciudadanos que interpretan la realidad en términos de discusión y participación en los asuntos públicos. El neoliberalismo, en cambio, no requiere ciudadanos sino clientes y compradores que se mantengan alejados de aquello que Maquiavelo decía eran los asuntos “fundamentales”. Esto es, la res publica; la societas desde la que se configuró el espacio público como algo de todos. Tercero, la democracia tiene un sustrato político. Con ello, cuestiones como la libertad se definen y determinan en la práctica desde su inscripción política. Pero para el neoliberalismo la libertad tiene solo un sustrato económico. La saca de su fundamento político.
Cuando analizamos las propuestas del Milei ya presidente, vemos que en absolutamente todas hay un ataque directo a la democracia. Recuerdo sus entrevistas como candidato —y antes como figura televisiva pintoresca— donde nunca hablaba de democracia; solo hablaba de “libertad”. Otras figuras de ultraderecha como Trump, Le Pen o hasta Vox sí reivindican todavía la democracia (en clave reaccionaria, obvio). Pero Milei no. Por ello digo que encarna el paso directo a la posdemocracia. De ahí que lo apoyen predicadores de la posdemocracia como Musk.
Oponerse a Milei, en lo fundamental, no es oponerse a su ideología ultra. Luchar contra ese personaje es defender la democracia. La democracia en su inscripción política y como sentido común democrático. Para defender lo público que es de todos y todas: la Res publica».
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Sigo con Viento común, el estupendo libro de Julius S. Scott sobre la era de la revolución haitiana. Hoy marco un pasaje en el que el autor cuenta que
«Los marinos mercantes que frecuentaban tabernas y tugurios mientras sus barcos permanecían en puerto constituían una fuente constante, si bien con considerable retraso, de noticias sobre la Revolución francesa en los pueblos del Caribe. Un antiguo colono acusó a los marineros de ser poco más que “agentes de los negrófilos” de Francia. Acusaba a los marinos no solo de introducir materiales impresos prohibidos, sino incluso de proporcionar a los negros pólvora y otros explosivos. No obstante, el mayor perjuicio que los marinos mercantes hacían a la clase de los hacendados no era el intercambio de objetos tangibles, sino de informaciones. Como los marineros franceses y los esclavos locales estaban “siempre juntos” cargando y descargando los barcos o realizando otras tareas, los muelles se convirtieron pronto en “focos de insurrección”, donde los marineros, “bien pertrechados con las consignas de los clubes [y] los amigos de la Constitución”, compartían con sus compañeros de trabajo (negros) la efervescencia de la revolución que tenía lugar en Francia».
En tiempos revolucionarios, el suministro a los insurrectos más aterrador para las élites odiadas no es el de armas, sino el de información. Me hace acordarme de cuando, durante la Güelgona de 1962, las autoridades franquistas difundían fake news sobre una cuenca en la otra: contar, por ejemplo, en el Caudal que el Nalón había claudicado, y viceversa. Y cómo los huelguistas organizaban encuentros clandestinos en el alto de Santo Emiliano para compartir información veraz.
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Se pone caliente la cosa entre Venezuela y Guyana, una de cuyas regiones, el Esequibo, es una antiquísima reclamación venezolana, del tipo de la argentina de las Malvinas, que ahora el Gobierno de Maduro ha decidido reactivar. En el Esequibo hay mucho petróleo. Siempre hay mucho de algo en estos territorios reclamados; nadie reclama un improductivo secarral. Yo no tengo ninguna simpatía por esta reivindicación venezolana, que me da exactamente igual a qué venerables legajos se acoja, y más ahora que no está el horno para otro bollo geopolítico. A mí solo me ablandan el corazoncito dos irredentismos (aparte, claro, del Sáhara, Palestina, Kurdistán… Hablo de reclamaciones de Estados ya constituidos): el mar para Bolivia, porque me parece de justicia, y la reunificación de Irlanda, por un resto de romanticismo celtista adolescente.
Viernes, 29/12/2023. Una perturbadora noticia de El Comercio: «Nueve meses de cárcel por colarse en casa de su amor platónico para llevarse un recuerdo. Hizo copia de las llaves de la profesora de su sobrino y le sorprendió el padre in fraganti, a quien confesó su estado». Hay gente muy mal del tanque. También hay, dicho sea de paso, titulares más afortunados. ¿Cómo que «amor platónico»?
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El nuevo ministro de Economía se llama Carlos Cuerpo. Parece el nombre de un personaje de Rulfo.
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Cuenta Sergio C. Fanjul que, en un bar asturiano, pidió una botella de sidra y le pusieron una botella de Seagram’s. Cosas de la turistificación.
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César Rendueles: «También odio la ideología meritocrática porque te impide disfrutar de cosas que se te dan mal, pero te gusta hacer. Nos induce a ver cualquier actividad, incluso el ocio más trivial, como una especie de criba selectiva destinada a nutrir el Olimpo de los talentosos. Escribir ripios, cantar desafinando, subir montañas bajitas, correr con trote cochinero… No solo son fuentes de satisfacción de las que nadie debería avergonzarse. También ayudan a quienes hacen todo eso con más talento a liberarse de una presión competitiva absurda».
Sábado, 30/12/2023. Me cuentan una historia preciosa, de hacia el año 2000. Se la relató Jacobo Rivero a Diego Díaz, que es quien me la cuenta a mí.
Salen dos tipos de una casa okupa de Madrid y se les acerca una anciana a la que, antes, habían visto muchas veces quedárseles mirando con extrañeza y curiosidad. Les espeta:
—Ahí dentro, ¿vais desnudos?
Suponen que lo que le mueve a preguntárselo es algún grado de espanto conservador.
—No, señora, no vamos desnudos.
Pero entonces, la señora les cuenta que es que ella militó en la CNT en los años treinta —les enseña el carné—, y que formaba parte de un grupo naturista.
En España sí hubo abuelas liberadas y molonas como las de ese meme que circula por las redes, de origen británico, maltraducido del inglés y propagado por el entusiasmo de los boomers de derechas. Lo que pasa es que se les declaró una guerra para masacrarlas, y la perdieron. Pero el Guadiana revolucionario siempre resurge. O eso pensaba aquella naturista nonagenaria.
Hablaba otra cosa con Diego Díaz ayer: con frecuencia la memoria histórica republicana se despliega como un angustioso martirologio; un contar cómo murieron nuestros ancestros. Deberíamos construir una memoria alegre que relate cómo vivieron.
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Es curioso cómo «los territorios» se ha vuelto la manera de izquierdas de decir «las provincias». Madrid, Cataluña y… los territorios.
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Leo en Viento común que, en la isla holandesa de Curazao, en los años de la revolución haitiana, muchos padres negros comenzaron a bautizar a sus hijos con el nombre de Toussaint, por Toussaint Louverture. La onomástica como expresión de la esperanza revolucionaria, un tema que me fascina, y al que dedico unos pasajes de La ira azul. Lástima no haber conocido este apunte a tiempo para hacer alusión a él.
Leo también que en 1795, el alcalde de Norfolk, Thomas Newton, detectó «aviesa la mirada de la libertad» en los ojos de algunos de los negros franceses a quienes, a pesar del Decreto de Abolición de la Convención, Estados Unidos consideraba esclavos. La revolución es, sí, también una mirada.
En aquel Caribe incendiado por la rebelión esclava, las autoridades coloniales registraban obsesivamente, cuenta Scott, «los cargamentos que llegaban a los puertos, en busca de otras expresiones de la cultura material de la etapa revolucionaria: monedas, relojes, joyas, medallones y otros artículos que aludieran a las revoluciones». En Caracas, por ejemplo, se habían puesto en circulación monedas de plata con «inscripciones degradantes de la autoridad real», y también se persiguió con saña un extraño sermón impreso que circulaba entre los negros y mulatos de la ciudad, que se atribuía al arzobispo de París, y que estaba «lleno de las más detestables máximas de libertad e igualdad». Cada revolución tiene sus materiales. En el siglo XVIII, monedas, escarapelas, sermones. Las del XXI se harán con memes.
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Nancy Fraser: «Esta crisis no se puede resolver restituyendo el civismo, fomentando la imparcialidad, oponiéndose al tribalismo o defendiendo un discurso que busque la verdad y se base en los hechos». Necesitamos, sí, desobediencia civil progresista, apasionada parcialidad por la clase trabajadora, tribalismo del bien y buenos y potentes mitos movilizadores.
Domingo, 31/12/2023. Termina el año. C. me lo felicita con este poema de Marcos Ana, con el que me pongo a felicitarlo a mi vez a algunas amistades:
¡Camaradas, a las doce,
Todos los pulsos en hora!
Que suenen como campanas
en una campana sola.
Que fundan los corazones
en un corazón y todas
las ramas del pueblo sean
árbol de luz en las sombras.
Amigos, todos en pie:
sobre las montañas rojas
de nuestra sangre sin yugos,
la voz erguida en la boca.
Si alguno siente que tiene
las alas del pulso rotas,
¡que las componga! A las doce
todos los pulsos en hora.
Lunes, 1/1/2023. Vuelve el facherío a Ferraz, donde se ensañan con una piñata antropomórfica que dicen que representa a Pedro Sánchez. Gritan que el objetivo es hacérselo al de verdad. Dicen que vivimos en una dictadura. Pues vaya dictadura de mis cojones, esta en la que se permite invocar el asesinato del conducátor delante de la sede de su partido.
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Qué hermoso este texto de Manuel Vicent del año en El País, que veo rescatar en Twitter:
«El tiempo no existe. El tiempo sólo son las cosas que te pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno ya no le pasa nada. Después de Reyes, un día notarás que la luz dorada de la tarde se demora en la pared de enfrente y apenas te des cuenta será primavera. Ajenos a ti en algunos valles florecerán los cerezos y en la ciudad habrá otros maniquíes en los escaparates. Una mañana radiante, camino del trabajo, puede que sientas una pulsión en la sangre cuando te cruces en la acera con un cuerpo juvenil que estalla por las costuras, y un atardecer con olor a paja quemada oirás que canta el cuclillo y a las fruterías habrán llegado las cerezas, las fresas y los melocotones y sin saber por qué ya será verano. De pronto te sorprenderás a ti mismo rodeado de niños cargando la sombrilla, el flotador y las sillas plegables en el coche para cumplir con el rito de olvidarte del jefe y de los compañeros de la oficina, pero el gran atasco de regreso a la ciudad será la señal de que las vacaciones han terminado y de la playa te llevarás el recuerdo de un sol que no podrás distinguir del sol del año pasado. El bronceado permanecerá un mes en tu piel y una tarde descubrirás que la pared de enfrente oscurece antes de hora. Enseguida volverán los anuncios de turrones, sonará el primer villancico y será otra vez Navidad. La monotonía hace que los días resbalen sobre la vida a una velocidad increíble sin dejar una huella. Los inviernos de la niñez, los veranos de la adolescencia eran largos e intensos porque cada día había sensaciones nuevas y con ellas te abrías camino en la vida cuesta arriba contra el tiempo. En forma de miedo o de aventura estrenabas el mundo cada mañana al levantarte de la cama. No existe otro remedio conocido para que el tiempo discurra muy despacio sin resbalar sobre la memoria que vivir a cualquier edad pasiones nuevas, experiencias excitantes, cambios imprevistos en la rutina diaria. Lo mejor que uno puede desear para el año nuevo son felices sobresaltos, maravillosas alarmas, sueños imposibles, deseos inconfesables, venenos no del todo mortales y cualquier embrollo imaginario en noches suaves, de forma que la costumbre no te someta a una vida anodina. Que te pasen cosas distintas, como cuando uno era niño».
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Prendo la chimenea en casa, en el pueblo, y aprovecho para quemar una carpeta de cartón y unos papeles ya inservibles. Arde con lentitud. Cuando termina, me fijo con curiosidad en la forma de sus cenizas, que no se han pulverizado, sino que han permanecido unidas en forma reconociblemente cuadrangular, a pesar de la carbonización y su condición quebradiza, desmantelable con un suspiro. Me quedo pensando en esta tendencia a permanecer unido de lo que una vez lo estuvo, incluso en medio del peor de los apocalipsis.
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Acometo una tarea desagradable. Hay cosas peores, desde luego, pero me cuesta hacer esta: tirar a la basura una muñeca. Un muñeco grande, feo y del año de la pera, que T. tenía guardado en casa y le daba pena tirar a su vez, por lo que resolvió dárnosla, por si queríamos dársela a I. No estoy seguro de si, a sus noventa años, entiende bien la razón (nuestro repudio de los roles de género que esos juguetes buscan instilar en las niñas), pero sabe que no nos gustan las muñecas, si bien es cierto que I. ha acabado teniendo un par de ellas que le regalaron otras parientes y con las que se encariñó rápidamente. Pretendemos ocultarle esta nueva muñeca, pero la ve, y vuelve a pasar lo mismo. Se emociona, le encanta, dice que la llamará Julia. La lleva abrazada cuando volvemos a casa. Y estamos por claudicar, pero sucede una cosa: la muñeca huele muy mal. A cerrado, a viejo, a húmedo. Lo notamos, sobre todo, en un momento dado en el que volvemos a casa después de unas horas, habiendo dejado la muñeca allí. Al entrar nos invade una vaharada de ese áspero olor, que permea todo el piso. I. parece no acordarse ya de ella: con los niños pequeños también pasan estas cosas. Así que la agarro sin que me vea, mientras R. ducha a I., y bajo adonde los contenedores para tirarla. Pero la tarea, ya digo, me resulta desagradable. El contenedor está repleto de bolsas, así que no la tiro, sino que más bien la deposito encima de la basura. La muñeca resplandece entre las bolsas negras y las inmundicias y a mí aquella visión algo me rasguña el corazón, porque no dejo de pensar que no se trata de un simple amasijo antropomórfico de plástico, sino de un objeto impregnado, por efímero que fuera, del cariño infantil de I., de sus abrazos, del nombre que le puso.
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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