texto de Tomás Sánchez Santiago · fotografías de Luis Marigómez
Este jugueteo que conocen bien mis allegados: cuando me piden un nombre para reservar mesa en un restaurante, suelo dar el de un escritor bien conocido. He comido con Virgilio, Julio Verne, Octavio Paz, César Vallejo, Gabriela Mistral, Blas de Otero, Claudio Rodríguez, con Ortega y Gasset (con los dos) y hasta en una ocasión con sor Juana Inés de la Cruz. Quienes tomaban nota de esas identidades usurpadas nunca sospecharon nada. A mis amigos, entre divertidos y escandalizados ante esa costumbre mía, les explico siempre que en el fondo es una lección de humildad. Si no se conoce públicamente a estos grandes, ¿qué vamos a esperar nosotros, pobres plumíferos de tan chata estatura? Así que entramos en el local junto a estos gigantes (al menos con su nombre), los sentamos a nuestra mesa, compartimos menú. Una vez sucedió el prodigio; un camarero se acercó al final de la comida y me preguntó sin rodeos: «¿Todo ha sido de su gusto, don Octavio?». Sospeché de inmediato que era él, en justa correspondencia, quien ahora se estaba burlando de mí.

Estar de bruces ante las palabras del poema. Ver casi salir vapor de ellas, de su delgadez aterida, y no atender más límites que los de esa combustión verbal. Es entonces cuando Ana entra a mostrarme un hueso de jamón que trajo ayer de la carnicería. Lejos de perturbarme, es esa pieza con su impúdica desnudez del color de los hematomas y los crepúsculos de invierno la que me devuelve del todo al distrito de lo inmediato, ahí donde los sentidos se dejan golpear por el ímpetu material. Siempre es en lo solar (de suelo) donde aparece inoculada la luz seminal de la poesía.
Se cuela una loncha del primer sol entre las lamas de la persiana. La hilera de luz deja ver cómo vibra el polvo, casi arenisca nerviosa, en el aire de la habitación. Parece un organismo vivo que estuviese pendiente de nosotros. ¿Lo será? ¿Se habrá posado durante el reposo de la noche sobre nuestros labios? ¿Habrá intervenido en nuestros sueños? Quién sabe.
Frente a la insistencia de todos, que exigen mirar de lejos, seguir restregando la vida contra la cercanía. Únicamente viajar con la memoria y la imaginación dejándome provocar por recuerdos y fabulaciones inconfesables en el gimnasio de los sueños. Activo en la quietud.

En cuanto podemos, los adultos metemos las manos en el universo de los niños so pretexto de educarlos o protegerlos o corregir el maravilloso sindiós de su mundo con el cepo fúnebre de la lógica o de la experiencia. Es lo que pasa con sus juegos, que hemos convertido en competiciones. Y ya se sabe lo que decía aquel aforismo de Vicente Núñez: «Si ganas, ya no has jugado». Con las denominadas actividades extraescolares ha ocurrido lo mismo: en vez de incitar el amor a la música, a la danza o al ejercicio físico, se ha optado por hacer de todo ello el simulacro nefasto de una profesionalización donde la exigencia se impone a todo lo demás. Los monitores vociferan y rozan el insulto, emulando a los entrenadores deportivos; y hasta los padres jalean a los niños para que no se arredren («¡Cómetelo!», le decía con aspereza uno de ellos a su hijo, que no se atrevía a encararse con otro jugador en el partido de baloncesto). En una de sus narraciones, Isaac B. Singer hace decir a un personaje que la forma más elevada del juego es la que incluye al amor; pero nosotros lo hemos convertido en una asignatura más de esa evaluación continua que ha llegado a ser la vida.
De todas las palabras que el joven vendedor empleó (un lenguaje astillado de siglas, tecnicismos y jirones de términos ingleses incomprensibles que él pronunciaba con énfasis triunfante) para explicarnos las bondades del nuevo televisor, solo entendí tres o cuatro. Ninguna relativa al aparato. Ni siquiera el nombre del modelo elegido tiene una resonancia verbal atractiva; ahora esos nombres parecen denominaciones algebraicas, tal como ocurre hace tiempo con los cuerpos celestes que se van descubriendo en el universo; nada de usar nombres mitológicos o alusivos a quien un día los descubrió sino una catarata de cifras y letras que semejan un código cifrado. Está claro: seguimos abandonando la carnosidad de las palabras.

Poner atención a los actos cotidianos es ya convertirlos en actos de amor: al hacer la cama, ver caer la sábana lentamente, casi sin gravidez, sobre la que abajo la está esperando (qué maneras tan graciosas de llamarlas: «la encimera», «la bajera») y observar sin prisa las pequeñas dunas que van corriendo ligeras sobre su superficie, como si un viento suave las empujase hasta deshacerlas en la orilla del embozo. Orografía menuda en la mañana.
Después de casi un año, otra vez ha dado brotes la orquídea. Se la había llevado a casa alguien que con toda certeza sabía cuidarla mejor que yo. Y así ha sido. Ahí están ya las yemas verdes, apuntando con su ímpetu callado hacia el Este, por donde ahora va a salir el sol. Basta eso para seguir creyendo en la energía pujante de la vida de marzo.
Cartelas del despiece de animales en el mercado de abastos. Entre otras palabras jugosas (blanqueta, abanico, lagarto, pluma, brazuelo, pez…), me llama la atención una que pertenece al pollo: el obispillo. De inmediato me acuerdo de mi madre, que llamaba cómicamente y por su cuenta «la mitra» a una tajada que se asemejaba al tocado de un obispo. Ahora sé que también existe en el pollo la propia y venerable figura, que nos invita a un acto de canibalismo episcopal.
El joven médico pregunta por la edad del enfermo que le han llevado. Y al responderle («ochenta y nueve años»), tuerce la cabeza y hace ese gesto que exige a los familiares aceptar con naturalidad dolorosa una claudicación («¿y qué quiere usted que ocurra a sus años?»). El paciente entonces ya no es un ser humano: se acaba de convertir en un electrodoméstico cuya vida programada se agota; y no merece la pena repararlo. Al igual que a partir de cierta edad ya no se encuentra trabajo fácilmente ni los bancos conceden créditos hipotecarios, en la vejez parece que no tenemos derecho del todo a restablecer nuestra salud, cueste lo que cueste. Eso hemos aprendido de nuestras viejas lavadoras y frigoríficos: lo que ya no funciona bien ni debe ocupar sitio ni procurar gastos. Es la eutanasia enmascarada del neoliberalismo.
Pliegue a pliegue. El libro de Tomás. Así se llama el que Ildefonso Rodríguez acaba de publicar en «libros de resistencia» sobre Tomás Salvador González. Libro de bandazos, feria de voces que se interceptan unas a otras, sueños de lógica desmadejada, cartas guardadas y anotaciones retenidas, estupor de recuerdos humedecidos por la ausencia, palabras del propio Tomás puestas a vivir… Un almacén de dispersiones y convergencias. La soltura sin amo de la memoria en libertad: ráfagas que vienen y van. Una escritura —la única posible aquí— que es como emprender conversaciones de viajero en cruces de caminos; nada de explicaciones disecadas. En un momento dado, se dice que «su poesía tiene la capacidad para la precisión absoluta en medio de la veladura». Y creo también que la poesía de Tomás era así.

El hombre orondo que pasea sin parar durante todo el día tres perros diminutos, el matrimonio que da vueltas y vueltas al anillo de esta zona (ella detrás, acezando trabajosamente; él delante, como si siempre estuviese deseando escapar), la muchacha de la gorrita rosa que cada mañana espera impaciente a que la recoja el vehículo de los servicios sociales, el hombre solitario de bigote otomano que se sienta a pensar en los bancos del parque y nunca habla con nadie, ese otro que viste como un leñador que se podría talar a sí mismo —es espigado y muy fibroso aún— y a quien un día, por jugar, identifiqué con la muerte (Ana desde entonces lo esquiva al ir a cruzarse con él), el que anda deprisa en el amanecer con una sudadera roja y encastrada la cabeza en un gorro azul de pescador de alta mar, y mira una y otra vez el reloj como si tan temprano ya pudiese llegar tarde a una cita… Y otros y otras… Todos me acompañáis sin saberlo cada día. A todos os saludo diariamente desde mi atalaya. Pobláis mi corazón, convecinos anónimos que me salváis de la molicie del día solo por vuestra presencia, vuestra forma de andar, vuestros modos repetidos de cuidar del ritmo secreto del mundo. Sois los apóstoles del barrio. Yo debería saber inventar, desde aquí arriba, un argumento hermoso para vuestras vidas.
Desde la cama oigo cantar ya a los pájaros. No ha amanecido todavía y ellos están ahí avisando al mundo para que confíe en la mañana, a punto de llegar. Vamos a hacerles caso. Pero, por favor, déjenme estar un poquito más de tiempo arrullado por esta fantasía esponjosa donde se combinan hebras del sueño, pereza pegajosa, cartón blando de músculos, un alegre piar enloquecido…
«Tanto el lector como el poeta son dos incautos, dos seres no pertrechados con esos solucionarios que la vida ofrece para poder vivir sin riesgo en la triste soberanía de lo seguro, de lo dado por cierto. Quien escribe un poema ya ha salido del mundo; y nunca regresará a él del todo, pues el poeta se aleja de la lengua de los hombres mientras escribe y acaba, desde entonces, por no entenderla suficientemente; y el lector acepta ese mismo extravío como la invitación a una incertidumbre». Vuelvo a leer estas palabras que escribí hace años para un libro de Carmen Busmayor. Aún las mantengo.


Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.
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