Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (60)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago los castaños en flor de los parques de su ciudad, cinco golpes de vista de Lisboa o el nacimiento de ocho orquídeas.

textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Desenvoltura)

Parece que el hombre no puede más y se detiene apoyándose con toda la mano abierta en la puerta de una fachada comercial; luego baja la frente y la aprieta mucho, casi la frota, contra el marco. No sé si está ebrio o enfermo. Viste ropa deslucida, muy gastada, y está solo, con esa soledad que ya no se esconde porque es lo único que puede ofrecerse al mundo. Y si el mundo no la percibe, ¿qué otro signo puede uno presentar para que se cuente con él? Así sigue el hombre por un rato, quieto y de espaldas al ajetreo civil que zumba a su alrededor. Caigo entonces en que está apoyado contra la fachada de una compañía de seguros, entre anuncios rutilantes de escaparate: «Tus preocupaciones son las nuestras», «Nosotros cuidamos de ti». El hombre espera así, vencido, un poco más; y, tambaleándose, prosigue su camino a alguna parte.



Llueve con ganas. El chaparrón me pilla en plena calle y he de refugiarme bajo un porche; desde ahí, contemplo un buen rato la danza nerviosa del agua contra el suelo. Cuando amaina y decido salir, paseo sin dirección fija y con falta de ansia por calles céntricas oyendo retumbar los dedos de la lluvia sobre el paraguas. Qué apacible sensación de no tener fijeza, de ser casi soluble. Mientras camino, recuerdo aquellos versos de Eugénio de Andrade: «Estoy donde/ siempre estuve: tan cerca de ser agua».


En todos los órdenes de la vida social, la ferocidad va convirtiéndose en la nueva naturalidad. Y el pensamiento es derrotado por las vísceras. Se trata de apabullar, aun con golpes bajos, el alma del contrincante. Pensadores y poetas han cedido el puesto en la vida pública a los vociferantes. Ahora sería el momento de revisar documentos históricos donde este enardecimiento malsano terminó por normalizar primero el menosprecio, luego el insulto, después la calumnia, al fin el coro de atrocidades que terminó con la dignidad de ser humanos, esa cosa tan turbia.


En todos los parques de la ciudad, los castaños ya están en flor. Han corregido con su corpulencia los últimos indicios de la larga anemia invernal. Y otra vida bullente y secreta —insectos, florescencias, abrazos de muchachas enamoradas— empieza a suceder bajo la majestad de su primera sombra.



LISBOA: CINCO GOLPES DE VISTA

UNO

En Rua Augusta, junto al arco, se ha formado un tumulto. Un mendigo se abalanzó desaforado contra un turista que lo estaba fotografiando. Acabó interviniendo la policía, que sujetó sin miramientos al mendigo pero no se dirigió en ningún momento al turista, que contemplaba todo a educada distancia. En Marruecos, hace ya años, no podían hacerse fotos ni a mendigos ni a ciegos, considerados seres indefensos. Pero la mendicidad es ya un reclamo, parte del tipismo de las ciudades entregadas al ocio de los turistas. Tras la escena en Rua Augusta, mientras aún oía al mendigo exaltado batiéndose contra quienes trataban de sujetarlo, recordé el aforismo de Elías Moro: «La limosna hiere dos manos de manera simultánea».

DOS

En el zócalo de un pequeño restaurante de Alfama alguien había escrito «La poesía pertenece a la gente». Aquí siempre fue así. He visto versos de Torga o de Pessoa en el envoltorio del pan, en el jabón enfundado del baño de un hotel… En Portugal cualquier soporte es bueno para posar el vuelo de la poesía.

TRES

¿Será posible? El zarandeo turístico de la ciudad —del que yo formo parte— no puede aquí con signos de calma que persisten como señales de un ritmo civil que ofrece resistencia al vértigo fourmillante. Aún se mantiene indemne esta ciudad blanca, con «una luz lenta, casi de cal», como la vio una vez Ángel Campos Pámpano.

CUATRO

Callejones oscuros en Alfama. Ropa en comba, colgada a pie de calle, secándose sola al sol. La discreción del mundo popular no entiende de miramientos pudibundos.

y CINCO

Engullidos por el sueño, derrumbados contra sí mismos, viajeros intempestivos duermen en el aeropuerto nocturno aprovechando locales cerrados, tomados ahora por el sueño. En estos escenarios (aeropuertos, estaciones) se produce también esa violenta fricción: junto al ajetreo urgente, la suspensión de la espera. Como en los hospitales y en las cárceles, el tiempo del vacío también aquí encuentra lugar apropiado. Cronología de la nada que ocupa los estambres de la conciencia, poco acostumbrada a transitar por solares desconcertados.



En Zaragoza. En el museo de Pablo Gargallo. Convertir la materia en pura cristalería; vuela el bronce en las obras del escultor aragonés como una invitación a la inconsistencia que parece ir hacia una irremediable desencuadernación; eso las acerca a nosotros, a nuestra precipitación hacia la fragilidad. Y luego eso otro: el palacio aprovechado como sede se ha sabido reinventar abriendo espacios de ejemplar limpieza. Mientras lo recorro, pienso con envidia en el museo que debemos a Baltasar Lobo en Zamora. Debería ser algo así: un espacio cuidado con amor donde reposaran las piezas en su emocionada estancia para siempre. Mi ciudad tiene aún esa deuda con el gran artista desatendido. Pero la política cultural está más pendiente de esas otras cosas que llevan al entretenimiento de la ciudadanía. Mientras tanto, las esculturas de Lobo aguardan con paciencia oscura a que alguien se digne darles la sede que merecen. Eso que sí ha ocurrido en Zaragoza con Gargallo.


Portales estrechos, abocados a una oscuridad interior inabordable. Estribados como guardianes de lo malsano, hombres y mujeres africanos, inmóviles, nos miran en silencio cruzar ante ellos en la mañana del sábado, en medio de un olor ácido de orines flotantes. Por un momento, su vida y la nuestra están en un mismo territorio. Pero somos nosotros los invasores ocasionales que perturbamos ese espacio simplemente con nuestra presencia. «Nos amontonasteis aquí para no saber nada de nosotros, ¿a qué venís ahora?», parecen interpelarnos simplemente con su mirada. Y siguen apostados, estudiándonos despacio con la indolencia de sus ojos de fósforo turbio. Barrio de El Gancho. Aún en Zaragoza.


«Mirad esas flores: son peonías, también llamadas rosas albardadas o matagallinas». Palabras que nos dice Ignacio Sanz al entrar en el soto de Revenga, un fresnedal asombroso, con árboles de insondable antigüedad y dolorosa quietud. Ignacio sigue hablando: «Cuando suben al monte los gabarreros a buscar leña muerta de estos fresnos boyales…». Él quizás no lo sabe pero en su lenguaje natural y limpio (el mismo que emplea en sus imprescindibles narraciones sobre el mundo de los desposeídos) se cuelan palabras que, como si fueran uvas perdidas, él nos va metiendo a ciegas en los bolsillos de los demás porque nos pertenecen a todos. Pero no lo sabíamos.



La orquídea ha dado al fin flores. Ocho flores. Ocho. Contemplo el sobrecogimiento de esos pétalos que parecen desafiar la gravedad de la materia. Y esos estambres menudos en torno a la gota sangrienta del corazón tembloroso de cada flor. Lo necesito todo ante mí, en la mesa de trabajo. Conviene estar siempre cerca de la belleza, de la fragilidad, para resistir ante la estampida brutal del orden del mundo humano. Ocho orquídeas. Ocho.


Tu quehacer: levantar un idioma de trapo donde caben las esquinas más luminosas de las palabras, esas que tú vas guardando poco a poco en tu corazón. Claudia de Santos: nadie más sabe traducir el temblor del mundo así, con amor minucioso y con la paciencia primitiva de las hilanderas. Aparejados, tiempo y lenguaje se han convertido en emoción textil, lana sin dueño, labor de parsimonia donde se detiene la angina negra de cuanto pudiera oscurecer la vida.


Aviso sin reservas de un puñado de científicos sobre el peligro de no poner límites a la inteligencia artificial, a punto de convertirse —si no lo es ya— en un electrodoméstico más. Dicen que podría acabar con la humanidad (y tal vez también con la Humanidad). Lo cierto es que ya va desterrando eso que nos define como humanos: ser gozosamente imperfectos, equivocarnos donde menos queríamos, entrar en contradicciones insuperables, empañarnos del simporqué de la emoción, apostar por la lucidez de los disparates, encontrar la felicidad en la majestad de la simpleza (el ruido de la lluvia sobre un tejado, el piar descontrolado de los pájaros al final del atardecer). Y es que vagar por el pensamiento y sus tramas ingobernables es siempre un acto más humano que resolver la más compleja ecuación matemática.


Ha llegado Olivia; se ha marchado Isabel. Las dos en el mismo día, como si dos flores se pusiesen de acuerdo para que una de ellas remediase el fracaso de la que ya no puede seguir entre nosotros. Nadie se va nunca del todo. Hoy lo necesito ver así. (Para Fernando Villamía).



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Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.


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2 comments on “Los cuadernos pálidos (60)

  1. Agustín Villalba

    «Mientras lo recorro, pienso con envidia en el museo que debemos a Baltasar Lobo en Zamora. Debería ser algo así: un espacio cuidado con amor donde reposaran las piezas en su emocionada estancia para siempre. Mi ciudad tiene aún esa deuda con el gran artista desatendido. Pero la política cultural está más pendiente de esas otras cosas que llevan al entretenimiento de la ciudadanía. Mientras tanto, las esculturas de Lobo aguardan con paciencia oscura a que alguien se digne darles la sede que merecen.»

    Museo Baltasar Lobo. Plaza de la Catedral, 2. Zamora.

    https://museobaltasarlobo.es/visita/

  2. Pedro Crespo Refoyo

    Extraordinaria escritura de un autor que rompe las fronteras o linderas que separar pudieran la poesía o verso de la prosa. Porque esta prosa, aquí contenida, alberga más poesía y lirismo que cientos de poemarios. No faltan las metáforas atrevidas y novedosas ni los símiles fuera de lo común.
    Todo es de una delicadeza incontestable. Cada línea es un racimo de luz en sazón de verso abierto y compartido.

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