/ una reseña de Vicente Duque /
Fotografías de Luis Marigómez
I
Una sentencia de confusa atribución dice que todo poeta que realmente lo es escribe en una suerte de lengua extranjera; ávido de obtener la significación exacta de las palabras, el poeta es un ser que se pone a distancia, que dista de lo que habla, acuciado por el lenguaje. La lírica sería, así, una continua exploración del limes, frontera entre lo que puede ser dicho y lo incognoscible. En esa frontera con el enigma, en el umbral que antecede al absoluto devenir lingüístico —el que se manifiesta en las especies disímiles de la verborrea de lo cotidiano y rutinario o el enmudecimiento de lo inexpresable— se ubican palabras como las de Tomás Sánchez Santiago, palabras de decidida dimensión materialista que buscan el rescate de los significados, incluso de aquellos que evocan las cosas aparentemente inútiles, pequeñas en su dimensión y transitoriedad, previas al oscurecimiento y la muerte.
II
Como quería Rilke, el poeta es el amigo de las cosas, el que las observa y las celebra de forma secreta en su mera nominación. Tomás escoge, selecciona cada objeto, por nimio que este sea, cada cosa en «sí-misma», con la ilusión de una primera vez, de una primera aprehensión. Contempla las cosas y, al mirarlas, las afirma en lo que son, desprovistas de todo accidente, las observa, diríamos, en su grado elemental, en su quietud exenta de contingencias, en su esplendor inadvertido e inmediato: celebración de la elementalidad de las cosas —tal vez y por un momento— sin la circunstancia atenuante de su fugacidad.
III
La palabra de Tomás es, pues, meditación sobre el nombre y sobre lo que el nombre invoca, por un instante a salvo de lo convenido y vulgarizado por el uso. El que menos sabe es el que posee la capacidad del asombro y la nominación, aun a riesgo de hollar los senderos poco transitados. La incertidumbre es el tributo que ha de pagar el zahorí que rehúye repetir lo que todos dicen con el «brillo» engañoso «de la facilidad» y atiende al rumor, a menudo confuso, de los veneros de los que surte la lengua poética, esto es, la lengua primigenia, la que nombra en origen. Quien «recibe los nombres» para fundarse en ellos es, paradójicamente, el que gusta de pasar inadvertido, sin ser importunado o alabado, aquel al que, por su torpeza o escasa habilidad para lo fácil, para lo práctico, todos tildan de inútil pero que viene a poner, en palabras de Heidegger, los fundamentos de lo permanente.
IV
Porque lo que permanece lo fundan los poetas. Y esa palabra fundadora, desprovista de lo accesorio y lo contingente, es la que rechaza su carga «ominosa», la que restaura el calor de su materialidad incluso en los «tiempos de hebras oscuras», en los tiempos aciagos que al poeta, como a todos, le ha tocado vivir. La empresa lírica de Tomás es también un proyecto de rescate de la palabra limpia, restaurada en su ser, frente al «odio y desprecio» en las conversaciones arenosas en las que «se advierte ahora / el cambio de compás del mundo», escorado hacia la ceniza verbal, hacia las «consignas ardientes» de «himnos», de «banderas», de términos llenos de soberbia con los que a menudo se nombra, desde la indigencia propia, a los más desgraciados, a los que, forzados, abandonan su hogar y cruzan un mar de olas desmedidas «encomendado a divinidades sin crédito».
V
Pero el que menos sabe es también quien recuerda, el que en cada uno de sus pasos reconstruye una genealogía, el que convierte la anécdota escolar del aula y el pasillo en «una pequeña alegoría / del paraíso y del infierno», el que, ya maduro y acaso desengañado, o al menos prevenido ante el discurrir del mundo y sus tiempos de compás variable, se observa sí mismo siendo todavía un «niño entero» que no sabe aún «ponerse lejos / de las cosas que acuden a sus nombres / cuando estallan en su boca llena de verdad». Con la inocencia del niño recordado, el poeta busca en la memoria la presencia protectora de la madre que va a «hacer la plaza» en el mercado de abastos y rememora aquel primer terror de verse a solas ante «el aullido del mundo». El huérfano adulto convivirá ya para siempre con ese mismo miedo, ahora continuo y desasosegante, cuando acuda a «deshuesar la casa» y entone una «nana última» dedicada a la súbita presencia silente de voces y brazos presentidos que, apenas intuida, se disipa «con prisa innegociable», «como un oscurecer de invierno» —como una nueva Eurídice— y regresa —«Madre. Muda»— «a los golfos sombríos» de un continente ignoto.
VI
«No sabemos / lo que los muertos hacen / desde su quietud», dice un verso de Valente. Sin embargo, sí somos capaces de sabernos y reconocernos en palabras como las de Tomás, que obran como signos de un rescate en el ámbito de la memoria de los vivos. El simple inventario de objetos de la casa materna se convierte en un sencillo hacer, un conjuro hacia ese otro lado en tinieblas desde el que probablemente se nos sigue llamando con palabras que nosotros no podemos escuchar. Si la escritura comienza con la mirada de Orfeo, como afirmaba Maurice Blanchot, cada una de las palabras del poeta es, a un tiempo, evocación de una presencia y presentimiento de una ausencia irreversible; la escritura del poema, un íntimo rito órfico, una tentativa malograda de rescate de cuanto huye y se apaga, de todo cuanto «se pierde y duele».
VII
Hondura elegíaca y duelo, pues, en la escritura de El que menos sabe, pero la lírica de Tomás sabe también adherirse a lo vivo con gesto irrenunciable, y esa adhesión a lo vivo es participación de las palabras de los otros, de aquellos que, como el propio José Ángel Valente, Kenji Miyazawa, Constantino Cavafis, Max Blecher, Miguel Marinas, Philippe Jacottet, Olga Orozco, Adam Zagajewski, Tomás Salvador González o Ana Blandiana —cuyas citas se insertan de una forma orgánica en el texto— entran «todos los días en contacto con la grandeza», según la fórmula feliz de Imre Kertész que Tomás integra y hace suya. Y las palabras de celebración del amigo de las cosas también van, como las palabras del duelo, más allá de sí mismas para entrar en contacto con otras formas estéticas —imágenes, esculturas…— con las que Tomás, poeta de la materialidad y de lo menudo y desatendido, advierte secretas analogías e isomorfismos, análogas tensiones desde un extrarradio de lo que se nos presenta a los ojos y los sentidos; pinturas y piedras y contornos con el siempre ambiguo impulso de la perdurabilidad y la desfundamentación: Alberto Giacometti, Delhy Tejero, Antonio Pedrero, José María Mezquita, Manuel Sierra, Fernando Zamora, Raúl Urbina, Benjamín de Pedro, Encarna Mozas… Todos, artistas de esa misma materia en su grado pequeño, elemental, en torno a la cual el poeta —el explorador del limes— intenta erigir un círculo de palabras a resguardo de los tiempos.
VIII
Nombrar, enumerar, inventariar las cosas y los tiempos en los que las cosas se insertan: las fotografías de «los antepasados desecados en sus gestos», las ropas desusadas, las letras casi algebraicas de la escritura paterna, las vajillas incompletas, las copas desparejadas de la sección Quieta casa ya, pero también el Almanaque desconcertado de los días infantiles del mercado, de la mano de la madre, la travesura escolar, las «tardes enquistadas de sopor», los dolores diferentes e idénticos de dos mujeres —la poeta Ana Blandiana en un patio de Timisoara y una mujer del barrio de San Lázaro— expresados en el idioma común de las desapariciones… El gesto órfico de la escritura ensaya, con su selección de palabras acordadas, el rescate de cuanto nos rodea, espléndido en su particularidad. Escribir es, para Tomás, la exploración liminal de «ese modo de estar en lo otro, atenderlo / hasta dejarse rozar uno mismo por la desaparición», su buen hacer con las palabras una poética esmerada, cuidadosa, cifrada en los ritos de la invocación, la celebración y el duelo, previos a la disolución en el silencio y el «destino exterior más fuerte / que el peso de la propia sangre»: escritura que fluye mansamente y en su caudal dispersa y disuelve las cosas que acuden a sus nombres, como si nunca hubieran existido.
[Todas las palabras entrecomilladas (salvo referencia explícita) pertenecen al libro de Tomás Sánchez Santiago El que menos sabe, publicado por Eolas Ediciones en 2024.]

Selección de poemas
Poética de las inmediaciones
las cosas sin cifra ni denominación
Miguel Marinas
Estima la mirada también
lo que solo se encierra, avergonzado,
en sus nombres.
El atardecer viene despacio,
golpeándolo todo con la cascarilla
de sus últimas luces maniatadas.
Y algo pide ahora salir
al aire, acoger
esa vida inmunda que terminó entre pactos
firmados en el idioma oscuro
de las claudicaciones.
Son los vestigios de lo desheredado.
Así que allá voy, en busca de lo árido,
un mundo impresentable —pero no para mí—
de cunetas y alrededores turbios
donde prosperan, como pequeñas encrespaciones,
flores sin responsabilidad junto a objetos vencidos,
lo que el uso arrojó
en cuanto al auge de la utilidad
siguió el desdoro.
Y una vez más, de cara
al vértigo de lo desechado,
entono cánticos sobre la desatención,
espero algo
de esta población desolada
que limita con la vergüenza, que limita
con los últimos ángulos de lo inaceptable
hasta que la voz
le da de plano y consigue arrancar
un resplandor oscuro y montaraz
de tanto como ahí, quieto y fallido,
vigila con aliento entrecortado
la herida interminable de la ciudad.
Siempre cantaré cerca de lo innombrable,
cerca del hospedaje impuro de estos alrededores
donde ha llegado, tras el chasquido de lo inservible,
una melodía que a todo lo encamina
hacia otro alojamiento.
Día por día
Uno tras otro. Faros. Mansedumbre
de coches. Bajan a la ciudad cada mañana
a someterse a un ruido sucio de relojes
y al súbito sabor de los abusos
en la rapacidad de los contratos.
Tú ya estabas ahí, los esperabas
despierto y alentando en lo oscuro, registrando
el latido del alba, los crujidos primeros
del mundo, que parece no conmover nada
a esa fila de ruedas sigilosas
manejadas por quienes vienen del sueño y sus relámpagos
y van a entrar así,
día por día,
en la luz laboral de otra mañana,
entre canciones desencadenadas
para apagar el peso de invisibles martillos oscuros,
achuchones en el alma que logran infligir
horarios extendidos y vigilancias ásperas.
Canción de ánimo
No te vengas abajo, corazón.
Tú nada has de saber de esos pozos
nocturnos que llenan de trallazos
el alma de las cosas.
Ánimo, ánimo,
sigue, mi pequeño cordero maniatado,
sigue adelante, álzate ahora y busca
pasto aunque sea entre las zarzas últimas
del día
y no hagas caso nunca
de ese sabor a lágrimas,
a pescados oscuros
que el aire arrastra hasta los callejones
donde hombres abandonados tiran sus ropas
a la cal, llenas de pesadumbre
y aún con restos hirvientes del amor.
Ahora tú
alza la cara, alza
la voz
y canta sin crujidos,
corazón mío,
suelta tus huevas blancas otra vez
y aguanta el oído contra el mundo
aunque oigas solo,
ahí,
el jadeo asustado
que a todos nos retiene
en la espesura atroz de nuestros domicilios.
El que menos sabe
Nunca supe negociar.
Viví entre patadas en ciudades de nombres casi largos,
tomados por el desagrado.
No me acostumbré
a su oscuro resplandor, siempre me fui
a otro lado con la respiración encabritada.
También me fui de todos los lugares
donde había amos, donde la seriedad
esperaba a los niños al final de la tarde
pero perdí la gracia de no dar por cierto
que la vida solo se revelaba
en los alejamientos y en las pérdidas.
Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban.
Vivo de preguntar. Ignoro
el peso azul de los relámpagos
y la intimidación de las brújulas.
Bajo la carne de las cosas pongo palabras pálidas
y espero.
Eso es lo mío.
Esperar
el atropello silencioso del tiempo, verlo pasar
con suministros helados, con adjetivos veloces
y hacer algo por detenerlo, un gesto
o una bola de lágrimas.
Soy el que menos sabe. Solo conozco
a las cosas por su nombre.
Qué oficio extraño este.
Te acusan de tocar sin dedos limpios a las palabras
peligrosas, sacarlas de la fila y ponerlas
a hervir fuera de sitio.
Te llevan maniatado por los distritos de la melancolía.
Te escuchan todos con oídos sellados.
Te suben a cadalsos. Confunden lo que dices.
Te aplauden por llorar.
A su debido tiempo
De aquel desorden de la dicha, ¿quién se acuerda
ya?
Tiempo de potros y pájaros, de ventanas
abiertas como llagas risueñas.
Cada día
alguno preguntaba por el verano
y el cuerpo, húmedo de juventud, sabía ir a buscarlo
hasta dar con abejas en esquinas sin nombre.
No sabíamos calentarnos contra el pasado. Más bien
apostábamos por lo desprevenido: uvas
en el bolsillo, risas sin porqué, noches atravesadas
por jabalinas que las descomponían…
Y todo eran vísperas y todo relaciones
ávidas.
Nos venía a buscar la despreocupación,
sobre nuestras cabezas caía
un cuchicheo de cristales: el ruido
de lo no apalabrado con la seriedad
todavía.
Y eso bastaba. Entonces. A su debido tiempo.
ALMANAQUE DESCONCERTADO (V)
El esmero
Era un plato, un plato lleno hasta arriba de sopa y había que atravesar
cada noche los flecos del frío de una cocina, poner esmero en los pasos,
subir así una escalera, agarrada la vida
a los caldosos bordes rebosantes, sin dejar de mirar
fijamente el temblor amarillento y llegar al comedor
donde ya estaban todos.
Luego, años más tarde, en la tienda sombría vi ese mismo temblor
en frascos donde dejábamos caer, a pulso, el espíritu espeso
de lo que llamábamos disolución, un líquido de alma verdosa y soñolienta,
la misma de algunas obsesiones que nos dejaban ya entonces así,
maniatados y absortos como príncipes desconcertados
bajo la niebla impura de ciertos sueños tomados por la inmensidad.
El plato, los frascos… esmero y tino
para esas dos operaciones. ¿O es que era la misma?: poner cuidado
para desmarcar de la vida esas sustancias
y que nunca lo demasiado real les haga daño.
Después fueron empresas más difíciles: cuerpos dulces, nerviosos, atascados
en golfos desconocidos, estrellados contra los himnos rotos
de la noche. Y en ellos también el esmero, sus tentáculos indecisos
sobre el hervor de una piel escurridiza y alegre.
Y hubo también palabras que apenas se dejaban atrapar al vuelo
hasta que una mano llegaba a posarlas con amor y riesgo
en el cielo del orden -este otro orden- del poema.
Pero siempre el esmero. Sopa, frascos, cuerpos, palabras. Siempre
el esmero. Un poner atención: ese modo de estar en lo otro
hasta dejarse rozar uno mismo por la desaparición. Algo así
debería ser la muerte al llegar: pasar a formar parte, sin saberlo,
de un destino exterior, más fuerte que el peso de nuestra propia sangre,
ya sin fe ni dictados donde asentar su fondo.
Mi vida hasta hoy no fue más que eso: cruzar sobrecogido
una vieja cocina, poniendo cuidado entre las manos
—sopa, frascos, cuerpos, palabras—
para no arruinar lo que debo atender bien.
O acaso soy yo quien siempre hago temblar eso mismo, eso
que apenas si acierto a sujetar, lo dejo suelto
por no arruinar el vuelo de lo que me encontré sin esperarlo.
Y cuánto, cuánto me sigue persiguiendo por mi memoria en llamas.
Pero nada, nada como aquella sopa que yo miraba humear y temblar
mucho en el estanque del plato, a punto siempre
de desbordarse, de caer en el fracaso del exceso.
Y siempre que lo necesito, siempre que necesito salvar algo de la desatención,
pienso en aquel plato, en aquel humo amoroso que nublaba mis ojos
y hacía aún más difícil seguir hacia adelante.
Aunque siempre llegó entero al comedor
por aquel itinerario, el primer itinerario incierto
antes que otros donde a menudo dejaba a tiro el corazón.
Y se salvaba.
Sopa, frascos, cuerpos, palabras.
El esmero.

Tomás Sánchez Santiago
Eolas, 2024
152 páginas
18 €

Vicente Duque (1965) es licenciado en Literatura y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Es autor de Enigma y simulacros. Sobre el devenir trágico de la escritura literaria (2011). Ha colaborado en las revistas Clarín, El Cuaderno y Nayagua.
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