La escritura encubierta

Clarín según Lissorgues

Leopoldo Alas fue mucho más que el autor de 'La Regenta', 'Su único hijo' y algunos logrados cuentos. Hay «todo un dédalo de páginas y textos fragmentarios que configuran un oculto universo literario, por el que solo se aventuran a transitar algunos lectores y estudiosos», cuenta Ricardo Labra en este artículo sobre el hispanista Yvan Lissorgues y su trabajo con tales textos.

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

De Leopoldo Alas, Clarín, se puede decir que vivió y murió escribiendo y creando.

                                   Jean-François Botrel

Puede aseverarse que Leopoldo Alas, Clarín es uno de los escritores más inasibles y complejos de nuestra tradición literaria, incluso más inaprensible que su prolífico coetáneo, Benito Pérez Galdós. Si bien todavía hoy son muchos los lectores que ingenuamente consideran a Clarín como autor de La Regenta, de Su único hijo y de algunos logrados cuentos —es decir, un autor aparentemente abordable—, esta supuesta sencillez bibliográfica pronto se transforma en una desconcertante complejidad. Pues detrás de sus reconocidas —y contadas— obras narrativas se oculta todo un dédalo de páginas y textos fragmentarios que configuran un oculto universo literario, por el que solo se aventuran a transitar algunos lectores y estudiosos de su obra. No olvidemos, si nos atenemos al cómputo realizado por Jean-François Botrel, que su obra periodística equivale a quince regentas, sin contar su abundante correspondencia y sus obras inconclusas, entre las que se encuentran algunas páginas memorables de su literatura.

Y es precisamente en esos textos menos conocidos y todavía insuficientemente organizados —de su literatura de «Alas adentro»— donde se encuentra, subrepticiamente fragmentado, el núcleo de su pensamiento y también los supuestos de su comprometido ideario como escritor. En ellos se hallan asimismo —y pueden extraerse como base para nuevas investigaciones— los elementos necesarios para comprender el alcance de su pensamiento filosófico y de su ideario político, así como los rasgos de su controvertida espiritualidad y el propósito de su incesante indagación creativa.

Leopoldo Alas —de ahí la complejidad de su literatura— era sobre todo, o al menos tanto como escritor, un intelectual, un pensador, un filósofo asistemático, que creía en la perceptibilidad humana y en el progreso histórico. Un pensador que concebía su misión intelectual —de catedrático, periodista y escritor— como la tarea de un transformador social y de un ensanchador de conciencias; de ahí su indesmayable activismo cívico y su pedagógica concepción literaria, como evidencia el alegato al obispo de Oviedo, fray Ramón Martínez Vigil, donde considera a La Regenta una «sátira de malas costumbres».

Sobre estos dos nobles ideales —la perceptibilidad humana y de progreso social histórico, veneros krausistas— Clarín edificó toda su obra literaria; y, además, sobre ellos proyectó su indesmayable acción social y su comprometida visión política.

Sobre estos significativos aspectos ha centrado su larga labor investigadora el hispanista francés Yvan Lissorgues —recientemente nombrado Hijo Adoptivo de Asturias, precisamente por su determinante aportación al conocimiento de la obra intelectual, periodística y creativa de Clarín—. Lissorgues no solo ha realizado una biografía esencial y monumental del egregio hacedor de La RegentaClarín, en sus palabras (1852-1901)—, sino que es además autor de una serie de trabajos e indagaciones inexcusables para cualquier clarinista y para cualquier lector que pretenda acercarse a la poliédrica —y compleja— personalidad del hacedor de Guimarán.

La editorial Luna de Abajo acaba de publicar cinco trabajos fundamentales de Lissorgues sobre el escritor que universalizó literariamente a Oviedo, bajo el propedéutico título Leopoldo Alas, Clarín, un clásico contemporáneo. Miscelánea. Y es que, para tener una idea cabal de la obra intelectual y creativa de Clarín, se plantea la necesidad —así lo manifiesta Lissorgues en el prólogo—de «conocer todas las facetas de la creación y de los impulsos del creador».

Por todo ello, conviene abandonar la tópica imagen de Clarín —aunque tampoco se deba prescindir de ella— como primer «obrero de la pluma» bien retribuido en España por su trabajo —siguiendo el modelo de Zola—, y por lo tanto encadenado a ella para cumplir con sus onerosos compromisos: «un zurdo muy nervioso de la que salen de la mano izquierda unos garabatos de penosa lectura para los cajistas irritados». Y sustituirla, por la más ajustada. la de un pionero «europeísta en una Europa que lo ignora».

En su primera cala —«Clarín periodista, lo épico y lo lírico en una escritura fragmentaria»—, Lissorgues dilucida una de las facetas más destacadas del escritor ovetense, por cuya actividad adquirió gran notoriedad pública, llegando a ser considerado por sus coetáneos —y así se definió él mismo— como acerado periodista o crítico literario antes que escritor.

El Clarín periodista, señala Lissorgues, a pesar de ser el más estudiado «por ser quien es (y es, entre otras cosas, el autor de La Regenta) y sobre todo porque, entre los escritores que se dedicaron al periodismo, es el más completo», todavía presenta numerosos arcanos abiertos a diversas interpretaciones. Lissorgues propone un acercamiento al Clarín periodista desde una perspectiva hegeliana, ya que para el hispanista francés: «Clarín periodista es, esencialmente repito, un yo épico enlazado más o menos armónicamente, según el momento, con un yo lírico».

Esta dualidad le permite diferenciar el Clarín épico —«el que quiere imponerse en el mundo, imponer sus ideas con afán de hacerlas dominantes»— del Clarín lírico, que «se vuelve hacia adentro para decir lo que experimenta y para confesarse». Esas dos perspectivas, intelectuales y anímicas, explican la ambivalencia y la pluralidad significativa de su escritura periódica en los periódicos. Por ello, Lissorgues propone su estudio como si se tratase de una literatura fragmentaria, al estilo de los Pensamientos de Pascal, del Diario íntimo de Amiel, del Athenaeum de Schlegel o los Ensayos de Montaigne.

Y es que, para Lissorgues, «la cuestión fundamental es saber si, bajo el desorden aparente de los fragmentos, hay un pensamiento, un ideario, una filosofía, o sea un orden original coherente a cuya luz el desorden aparente se vea como un fecundo proceso escritural». Una cuestión esencial que el hispanista francés logra dilucidar con rigor académico y perspicaz empatía.

En su segunda cala —«La naturaleza (y la Naturaleza) en la obra de Leopoldo Alas, Clarín»—, Lissorgues aborda uno de los temas capitales en la obra narrativa clariniana: la presencia de la Naturaleza. La relación especial que Alas establece con ella —por el sentido espiritual y, en ocasiones, metafísico que le otorga— dificulta explicar por qué «pone a veces mayúscula a la palabra “naturaleza” y otras veces no». Siguiendo la argumentación del hispanista francés, quizá estas dos grafías correspondan a visiones diferentes de un mismo concepto. En minúscula, designaría «el conjunto, orden y disposición de todo lo que compone el universo», según compendia el diccionario; mientras que “Naturaleza”, con mayúscula, aludiría a «su categoría filosófica de fuerza activa que mantiene el orden del mundo, o, en su versión metafísica, como realidad misma, objeto de varias interpretaciones».

Lo que ofrece pocas dudas es que ese paisaje del alma clariniana es, en esencia, el paisaje de Asturias, donde encuentra la bucólica poesía de sus más sensibles recreaciones literarias. Así se aprecia en Doña Berta, en ¡Adiós, Cordera!, en Mosquín, en Viaje redondo, en la luna leopardina de Pombal en Cuesta Abajo, o en páginas memorables de cuentos como Boroña, entre otros tantos. Asturias es el palimpsesto clariniano: el latido de su prosa y del lirismo poético de sus mejores páginas, perceptible también en La Regenta. Ese amor casi místico por el paisaje de su tierra lo expresó el propio Clarín en un artículo publicado en El Nalón (Muros de Pravia) el 1 de julio de 1897: «Entre los muchos proyectos de libros que quisiera escribir y que no escribiré, porque antes me sorprenderá la muerte […] habría de llamarse “Asturias estética” […] en que se va estudiando la hermosura del mundo». Para Clarín, la naturaleza asturiana no era un pretexto literario, sino «una revelación de sí mismo, y hasta un elemento de su seña de identidad».

En su tercera cala —«Leopoldo Alas, Clarín: un realismo sin fronteras»—, Lissorgues intenta desentrañar la singularidad del pensamiento clariniano, aún insuficientemente conocido en toda su amplitud, pero «firmemente arraigado en la mejor tradición clásica e hispánica de las luces, [y que] se ha visto enriquecido por todas las corrientes europeas». Por ello, y por su obra, Clarín debe ser reconocido como un clásico contemporáneo, cuyo pensamiento, «tanto en su dimensión ética y religiosa como en la estética, merecería hoy ser conocido, difundido y discutido».

Clarín, en palabras de Lissorgues, debe leerse como a un clásico en su literatura fragmentada, un clásico histórico «que vislumbró otra modernidad frustrada». No ocurre lo mismo, sin embargo, con su obra literaria, que «goza de eterna primavera», precisamente porque supo vislumbrar —y concretar como narrador— un realismo sin fronteras. Ese realismo le permitió profundizar en el alma humana, a través de sus personajes, como ningún otro escritor de su tiempo, anticipándose a los desarrollos escriturales más innovadores del siglo XX, como la exploración de la “memoria afectiva” —que caracterizará estilísticamente la obra de Marcel Proust— y el uso del monólogo interior llevado a sus límites por James Joyce.

Clarín practicó un realismo sin fronteras —más allá del «lenguaje racional»— que le permitió ahondar en los interiores ahumados más velados del ser humano: «donde se rozan los mundos de lo inefable». Pero Clarín, reitera Lissorgues, «no es un fugitivo del realismo. Al contrario, bien arraigado en su mundo, es un poeta que busca en las fronteras de la realidad, de toda la realidad, un lenguaje acorde con la esencia de las cosas».

En su cuarta “cala” —«Leopoldo Alas, Clarín y la España de su tiempo: hacia una ética política, social y cultural para la España futura»—, Lissorgues descifra el pensamiento político del autor de La Regenta, el ideario de convivencia y progreso de un «intelectual constantemente comprometido con los problemas de su tiempo». Prueba de ello es que más de una tercera parte de su producción periodística se centra en cuestiones políticas: «siempre que se entienda esta palabra en su sentido etimológico: aquello que concierne a la sociedad, al Estado, al hecho de vivir juntos en un país, en una nación».

Para Clarín —como evidencia creativamente La Regenta— resultan despreciables y anacrónicas las políticas retardatarias de Cánovas, al considerar la Restauración un sistema enteramente corrupto. Para Leopoldo Alas, «es cosa absurda que un rey sea el supremo representante de una nación»; por ello, desde su juventud, se proclamó partidario de la República, «como una aspiración simbólica hacia un mundo regido por la razón y la justicia». Durante el Sexenio Revolucionario —hacia 1868— dejó constancia, en Juan Ruiz, de su oposición a los regímenes monárquicos: «Ningún rey es legítimo en nuestra época, porque la legitimidad no ha de venir de ser hijo de su padre, sino de ser rey por la voluntad de su pueblo. ¿Y hay rey que en la verdadera opinión de su pueblo puede serlo? Ninguno, absolutamente ninguno». Y si bien su relación con Castelar suavizó en parte sus planteamientos políticos, nunca dejó de declararse un republicano consciente y convencido: «Yo soy republicano, y toda mi progenie, si la tengo, lo será también».

Pero no solo la institución monárquica concentró sus críticas, sino también la Iglesia católica, que, tras el sobresalto del Sexenio, trató de recuperar sus privilegios, al tiempo que reforzaba el régimen retardatario mediante la dominación moral de las conciencias: «ya sea a través de la prensa adicta o de la enseñanza—incluso la pública—, sometida desde la primaria hasta la universidad a una solapada vigilancia».

Los puntos de interés son numerosos en este epígrafe sobre el pensamiento político de Leopoldo Alas, en gran parte por el paralelismo que mantienen con los debates que centran nuestra actualidad. Sorprende, por ejemplo, su visión descentralizadora de España, sin que las partes sumen más que el todo. Para Clarín, según señala Lissorgues, «los separatistas catalanes o cubanos desean la independencia porque no se reconocen en esa España reaccionaria que se empeña en que la España de ayer sea la España de siempre».

Clarín sostenía una visión casi olímpica —al estilo de Carlyle—de la sociedad, que, a su juicio, debía ser gobernada por los mejores: por los más preparados, por los más capaces, los de mayor y mejor cultura, aquellos que hubieran hecho suya una verdadera ética social de justicia y de armonía; es decir, por quienes fueran incorruptibles y estuvieran dispuestos a sacrificarse por los demás: «el triunfo de los mejores dentro de la democracia misma».

Pero Clarín no esa ningún ingenuo. Aunque creía firmemente en la perfectibilidad humana y en el progreso histórico, sabía que el camino hacia una sociedad mejor siempre es escabroso. Y entendía que la misión del intelectual consistía en aguzar el sentido crítico y sembrar las semillas de la razón y del derecho, como expresión de la justicia humana.  

En su quinta y última cala —«Leopoldo Alas, Clarín: un español universal en el panorama europeo»—, Lissorgues subraya el asombroso conocimiento que el escritor y catedrático de Oviedo poseía de las vanguardias creativas y de las corrientes filosóficas europeas. Este bagaje le permitía no solo participar con entusiasmo en el universo intelectual de Víctor Hugo, Renan, Carlyle, Goethe, Baudelaire, Zola, Tolstói, Nietzsche o Bergson, entre otros, sino también oponerse —e incluso combatir con lucidez— algunas de las ideas que estos autores propugnaban.

El hispanista francés analiza, por ejemplo, sus discrepancias con el positivismo de Zola y su firme oposición a las teorías cientificistas de Lombroso, Ferri y Garofalo, que pretendían detectar en los rasgos físicos —como el tamaño del cráneo— signos de una criminalidad latente y predeterminada. Pero donde Clarín revela un discernimiento superior es en su oposición frontal a las teorías racistas del sociólogo positivista Gumplowicz, del reaccionario Brunetière y del declarado antisemita Drumont.

Lissorgues lamenta que Clarín dialogara con los intelectuales europeos como un sermón perdido, sin que estos pudieran alcanzar a recoger sus ideas y sus preclaras intuiciones. Ideas e intuiciones a las que otros intelectuales llegarían, ulteriormente, con años de retraso: «Lo que es importante poner en realce, cuando se habla de Clarín en el panorama europeo, es que la lectura que el autor de La Regenta hace de la obra teórica de Zola anticipa en un siglo los “descubrimientos” al respecto de los destacados estudiosos de nuestros días».

Lissorgues escribió este libro a lo largo del tiempo, a través de publicaciones periódicas, siguiendo, casi sin proponérselo, el modelo de su admirado Clarín. Un libro que refleja la vida del autor de La Regenta —sus interiores ahumados—, pero también la propia del hispanista como investigador.

Lissorgues deja tareas pendientes para los nuevos clarinistas; sin embargo, su legado —como constata su Leopoldo Alas, Clarín, un clásico contemporáneo. Miscelánea, de lectura imprescindible— no solo ilumina y enriquece la obra de Leopoldo Alas, sino que también ensancha la conciencia crítica y cívica de quienes se adentran en su universo literario.

Imagen destacada: detalle de una poco conocida caricatura de 1885 del joven Clarín, en la sección de «Celebridades» de la revista La Caricatura, donde la celebridad se le atribuía a Clarín en tanto que crítico. El dibujo iba acompañado de este ripio: «Como crítico no tiene / su laboriosidad fin. / ¡Cuántos sentirán que suene / tal Clarín»


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Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.


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