El runrún interior

El runrún interior (167)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre la defenestración prevaricadora del fiscal general del Estado, lo agrio y lo dulce de una visita a Salamanca o la lectura de ‘El cielo prometido’, de Gregorio Luri.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (166)

Lunes, 17/11/2025. Leo en El cielo prometido, la biografía de la familia Mercader escrita por Gregorio Luri —que había dejado a medias y he retomado—, que, cuando el médico catalán Wenceslao Dutrem entró en la casa de Trotski, inmediatamente después del pioletazo de Mercader, se topó con este, inmovilizado por los guardias y herido. Ramón, a quien conocía como Jacques Mornard, y con quien siempre había hablado en francés, le dijo entonces: «¡Doctor Dutrem, ajudi’m, si us plau!». Un sorprendido Dutrem le respondió: «Fill de puta, havies de ser català».


Martes, 18/11/2025. En mayo de 1347, se celebró una boda real en Bizancio. Se casaban Helena, hija de Juan Cantacuceno, y su coemperador, el joven Juan V. Estos casorios solían ser ocasiones alegres, pero a este se lo recordaría como envuelto de tristeza. Normalmente, se habría celebrado en Santa Sofía, pero parte del tejado se había hundido el año anterior y la basílica no podía utilizarse. Y normalmente, habría exhibido las fastuosas joyas de la corona bizantina, pero la emperatriz viuda Ana las había vendido para comprar el apoyo veneciano en la reciente guerra civil, así que hubo que reemplazarlas por imitaciones de vidrio; y la vajilla del banquete, por utensilios de peltre y loza barata. Bizancio seguía existiendo, pero ya no era el imperio deslumbrante que había sido. Sus dominios habían quedado reducidos a Constantinopla, un puñado de islas egeas, Tesalónica y una Tracia arrasada y desertizada por el paso de los ejércitos. Cualquier gasto importante dependía de donaciones y préstamos. Y entonces llegó la peste. Escribe John Julius Norwich en Bizancio: declive y caída que a los bizantinos «debió de parecerles la prueba definitiva de algo que sospechaban desde hacía tiempo, a saber, que después de más de mil años, la Santísima Virgen, la patrona y protectora de la ciudad, los había abandonado finalmente».


Miércoles, 19/11/2025. No conocía el origen ni las razones del éxito de la célebre canción Bésame mucho, y qué interesante es. Lo cuenta así Gregorio Luri:

«La canción “Bésame mucho” la escribió en 1940 Consuelito Velázquez, una joven de Jalisco de diecinueve años a la que no habían besado. […] Se ha dicho que pudo estar inspirada en una ópera de Enrique Granados y que Consuelito la cantaba para sí en voz muy baja, para que no la oyeran sus padres ni se rieran de ella los chicos de su barrio; pero un día, casualmente, se la oyó cantar el barítono Emilio Tuero, nacido en Santander en 1912. Tras muchos ruegos, consiguió su autorización para estrenarla en 1941. Era la canción que el momento estaba esperando, porque ponía la melodía y las palabras precisas al sentimiento de los soldados que iban a los frentes de la segunda guerra mundial. De esta manera, sin pretenderlo, “Bésame mucho” se convirtió en la auténtica “Internacional”, porque se oía en todas las trincheras. Tanto la pudo cantar Ramón Mercader en su cárcel mexicana como sus carceleros; su hermano Georges en el campo de concentración en que fue recluido en Alemania, como los SS que controlaban cada uno de sus movimientos. “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez” era la consigna melancólica que se extendía por Europa a medida que los frentes se iban ampliando y la propaganda de todos los países proclamaba que no había nada más noble que dar la vida por la patria, ese Dios insaciable. Carlos Monsiváis contaba que un soldado estadounidense perdió la vida en el Pacífico mientras cantaba “Bésame mucho” y que fue este hecho, convertido en noticia, lo que catapultó este bolero a la fama internacional».

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En 1941 escribía Ernesto Gullón, joven comunista de veintiún años, lo siguiente, desde Járkov: «La vida no tiene ningún valor cuando no sirve para ofrecerla, para arriesgarla por lo que se ama. La vida en sí es lucha y la vida en la lucha es la forma más honrada de vivir en el tiempo presente». Un año después, escribía en cambio desde Gabrilovo: «Pienso en mi vida y debo reconocer que nuestra juventud es la juventud más desgraciada de todas. […] He perdido todo lo que podía perder. Y deseo encontrar alguna cosa». Dos años después, murió de tuberculosis sin haber visto terminarse la segunda guerra mundial.

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Lenin, 1918: «Dejad que el campesino rece a la electricidad; sentirá más el poder de las autoridades centrales que las del cielo».

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Caridad Mercader era una mujer pasional, una mujer de acción, pero también una persona de gustos refinados. Venía de una familia catalana pudiente. Moscú no le gustó. Carmen Parga contaba que, cuando veía los escaparates de la capital soviética, se deprimía: «¡Y pensar que por esta mierda hemos dado tanto y arriesgado tanto!», le dijo una vez. Yo le hubiera replicado preguntándole qué había de la gente que se había pasado siglos retorcida de hambre, muriéndose de ella, y para quien esa mierda era un lujo inédito. Parga, por su parte, le contestó que tuviera en cuenta la guerra. Pero Caridad le dijo: «No, no me hables de la guerra. Yo estaba en París cuando empezó y convirtieron los escaparates en verdaderas obras de arte imitando cuadros con las tiritas de papel que pegaban en los cristales, por si se rompían con las bombas».

Su hijo Luis contaba también que, allá en la URSS, todo el mundo se esforzaba considerablemente en ofrecerle las mejores condiciones de vida posibles:

«Nos costaba muchísimo dinero. Incluso pedíamos prestado a los amigos. Para ella, nunca era suficiente. No sabía apreciar nuestros sacrificios. Teníamos grandes discusiones. Siempre estaba tratando de buscar chivos expiatorios para sus decepciones en la URSS. Si íbamos a un restaurante, organizaba un escándalo porque no podía esperar treinta minutos para que la sirvieran. Pero en la URSS esta era la regla: llegabas a un sitio y esperabas a que te atendieran. Recuerdo que una vez la invitamos a Gagra y alquilamos una habitación. Eso no era suficiente para ella. Quería un hotel. Con muchas dificultades conseguimos instalarla en el Hotel Gagripch. Nuevo escándalo. No podía comprender que en el mejor hotel de la ciudad solo hubiese un aseo por piso».

La cabra pija siempre tira al monte. Pero esta murió a los 82 años bajo un retrato de Stalin. En París, eso sí.

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Qué agudo esto de Luri: «Los musulmanes explican muy bien a sus fieles lo que hay en el cielo, pero les ocultan lo que hay en el infierno. Los cristianos hacemos lo contrario. Somos muy detallistas con los tormentos del infierno, pero dejamos el cielo en una beatífica ambigüedad. Marx, comportándose como un cristiano, veía con toda claridad el infierno en los barrios obreros de las grandes ciudades industriales del capitalismo, pero su mirada teórica era muy miope para describir el paraíso socialista».

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Dice un refrán búlgaro que «la vida es una ermosa frase yena de faltas de ortografía».


Jueves, 20/11/2025. ¿La ultraderecha es el nuevo punk? Lo inquietante ya no es eso, dice Ignacio Peyró en El País. Es que igual ya es el nuevo pop.

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Salamanca. Hacía años que no venía. Y siempre que vengo, llego esperando unos sentimientos que, al final, no noto aflorar: o bien la alegría viva de reencontrarme con un ser querido añorado, o bien un arrobo de melancolía, ese «placer de estar triste». Un sentimiento intenso, en cualquier caso. Pero no hay tal. Encuentro recuerdos, pero no me avasallan, no me golpean, sino que se presentan como fantasmas muy ligeros que me atraviesan sin dejar mella, sin insuflarme un escalofrío, ni una súbita calidez.  ¿Indiferencia? No exactamente. Tristeza de no alegrarme, o tal vez alegría de no entristecerme, que luego me entristece un poco a su vez… Una cosa quieroynopuédica, un rango de emociones de gama baja. Como esas veces en que quedamos con un antiguo amigo de una época concreta de nuestra vida, y lo pasamos bien, y podemos reírnos evocando anécdotas, pero la cita, de cualquier modo, solo sirve ya para constatar que aquello se acabó, que esa parte de nuestra vida es un estrato sellado.

También podría pasarme, pero no me pasa en Salamanca, que al haber transcurrido tantos años de mi marcha viera la ciudad con ojos despejados, nuevos o casi, y la belleza renacentista de la ciudad volviera a cautivarme como la primera vez. Mas no hay síndrome de Stendhal: me sigo sintiendo en un lugar muy conocido, sin margen para el extrañamiento ni la sorpresa. Y también podría pasarme, pero tampoco me pasa, que al menos disfrutara del conocerlo; de ver que sigo sabiendo caminar ágilmente de un punto al otro de la ciudad, sin abrir Google Maps en el smartphone. Pero descubro que eso tampoco. Reconozco todas las calles, esquinas y edificios; todo me es familiar. Pero han ido esfumándoseme de la cabeza sus ligazones, y no consulto el mapa, pero ando atolondrado, doy algún tumbo, camino en algún círculo, como alguien que hiciera mucho tiempo que no hablara un idioma que habló bien y conservara muchas palabras y giros sueltos, pero se le hubiera extinguido la gramática.

Salamanca, en fin, ya no es para mí una llama, ni tan siquiera unas brasas siquiera tenues, sino tan solo cenizas. Muchas, eso sí. Una formidable pila de cenizas. Cenizas al cabo. Salamanca, decía el licenciado Vidriera de Cervantes, enhechiza la voluntad de todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado. Pero yo no encuentro un hechizo: solo un gris vacío existencialista… hasta que paso por una calle anodina que recuerdo de pronto que era frecuente que me hicieran recorrerla en mis prácticas de autoescuela. Y entonces llega, ahora sí, el escalofrío, el vértigo, el tortazo del fantasma ahora corpóreo. Qué extrañas son las cosas del cerebro. Qué impredecibles sus espitas.

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Se cargan al fiscal general del Estado en un acto de prevaricación flagrante y grotesco, y un 20-N. Como dice Moriche, «era más discreto El Vaquilla puenteando cuatrolatas». Pero los que pueden hacer, hacen.

A Diego E. Barros le leo esto, que me parece agudo: «Salvando las muchísimas distancias, pero no ciertas analogías, diría que al Sánchez de 2025 se le está poniendo cara del Suárez de 1980. Sé quien es el Carrillo de ahora. No sé si tiene todavía un Gutiérrez Mellado. No tengo duda de que, cuando no esté, con el tiempo, lo añorarán/añoraremos».

Esto lo señala Ramón Espinar: «Por la comisión del hermano cayó Casado. Por el delito fiscal del novio, el Fiscal General. Todo el que se interpone entre Ayuso y la impunidad, cae».

La fetidez del ayusismo madrileño es, sí, cada vez más insoportable, sin que ello signifique que no vaya a arrasar de nuevo en las próximas elecciones. Madrid está podrido y no tiene remedio. Y podría darnos igual si los problemas de Madrid afectaran solo a los madrileños: disfruten de lo votado, etcétera. Pero Madrid, la política de Madrid, el dinero de Madrid, influyen sobre España entera, corrompiendo y comprando voluntades judiciales y mediáticas que nos afectan a todos. Ayuso puede cargarse a un fiscal general del Estado con la más inconcebible desfachatez prevaricadora. Ya se cargó hace años al secretario general de su propio partido por meterle el dedo en la misma llaga. Ayuso llama a dictador a Sánchez, pero es ella quien dicta cosas más allá de sus competencias; quien firma sentencias de muerte civil contra todo el que se atreva a molestar sus saqueos y el reparto del botín entre sus parientes. España tuvo un sistema judicial suficientemente fuerte como para asfixiar —a diferencia de Italia y otros Estados fallidos— varias grandes infiltraciones mafiosas en la política, del narco gallego a Jesús Gil o la Gürtel. Las rías gallegas, la Costa del Sol o Valencia han sido focos de corrupción pertinaz y vergonzosa, pero nunca dieron el salto a ser una Sicilia; a una metástasis de ese cáncer delincuencial; a adueñarse los mafiosos de todo el poder. Hicieron mucho daño, pero se les detuvo. De vez en cuando hay réplicas, secuelas, el cuerpo en el Estado de derecho sigue pocho, pero no hay peligro de muerte. Ahora el tumor se manifiesta en Madrid, pero un tumor madrileño, ¿quién lo para? Madrid es otra liga, e igual ya la hemos perdido. El ayusismo no será derrotado electoralmente y parece que tampoco judicialmente. Y yo no sé como, pero hay que acabar con él o al menos con Madrid, con el poder de Madrid; dejarse de melindres habermasianos y cortarle y quemarle todas las cabezas a esa hidra. Nos va la vida en ello.

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Íñigo Lomana: «La prosa académica es un atestado policial con dos millones de citas y un par de giros cursis».

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Paseando por la calle Toro, escucho —lo prometo— el siguiente jirón de conversación, pronunciado por una mujer entrada en años que habla con un hombre de la misma edad: «…hoy también fue el día en que mataron a José Antonio Primo de Rivera, un gran hombre…». El hombre asiente. Salamanca.

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Se publican más libros que nunca, le comento a un librero que me lo confirma. En parte se debe a que la edición es más fácil y rápida que nunca gracias a las herramientas digitales de nuestro tiempo; pero también a la concentración editorial en un par de grandes grupos que pueden permitirse tirar libros a cholón y perder dinero con la mayoría de ellos, pero ganar muchísimo con unos pocos y, en todo caso, conseguir que la cantidad también juegue un papel, en cuanto a avasallar a la competencia en los escaparates y anaqueles de las librerías. «Si tú quieres, te montan una librería completa», me dice el librero. Pero también me advierte de que este turbocapitalismo librero no es solo cosa de los grandes grupos. Las editoriales independientes, las medianas, las de izquierdas, terminan por jugar al mismo juego, a la escala de sus posibilidades: avasallar a otras editoriales independientes, medianas o de izquierdas en la Segunda División del negocio de los libros. Él conoce —me cuenta— a uno de los responsables de cierta editorial muy de izquierdas de reciente aparición, quien, justo antes de lanzar el proyecto, le comentó la agresiva estrategia que iban a seguir: «Durante el primer año o año y medio, vamos a inundar el mercado; a sacar dos, tres libros a la semana». Usó literalmente el verbo inundar, me dice el librero, todavía perplejo.

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Me cuenta este espeleólogo que, hace poco, estuvo explorando una cueva en un paraje agreste de la provincia de Soria. No desconocida (los campamentos de la OJE de la zona la visitaban a veces), pero sí bastante recóndita. La recorrió hasta el final: un angosto pasillo que se iba estrechando más y más, y donde había que abrirse paso penosamente por un suelo enfangado de barro y excrementos de murciélago y otros animales. El último tramo lo hizo gateando, y al alcanzar la última pared del último camarín, se quedó pasmado al descubrir una asombrosa pintura rupestre, pintada con azulete. Consistía en lo siguiente: una hoz y un martillo chiquitines y la leyenda «Franco hijoputa».

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«Esta es una ciudad gobernada por la patronal hostelera», me cuentan. «Una mafia», añaden. Gente voraz, insaciable, que anda quejándose de la Feria del Libro que se organiza desde siempre en la Plaza Mayor. Llenan la prensa (mejor dicho, el periódico, pues solo queda uno, La Gaceta, y es suyo) de tribunas en las que claman que las casetas afean el conjunto arquitectónico y que además limitan la extensión de las terrazas, perjudicando al motor económico crucial que es la hostelería para la ciudad, etcétera etcétera. A mí todo me suena bastante, porque en Asturias —como siempre dice Luis Ordóñez— OTEA es nuestra Asociación Nacional del Rifle. Su influencia es muy poderosa y justamente hoy leo que Barbón ha acudido a un acto suyo en el que les ha colmado de elogios. En una Asturias que se derechiza a marchas forzadas y en la que es cuestión de tiempo que el PSOE pierda el poder, OTEA, pienso, va a acabar convertida en el nuevo SOMA: la organización no política y nada democrática que amasa un poder capaz de poner y quitar presidentes y de determinar que se tome o no se tome cualquier decisión política. Ya pasa en Oviedo, donde han arruinado las fiestas de San Mateo, consiguiendo que el Ayuntamiento desterrara las casetas de asociaciones y colectivos para sustituirlas por casetas de bares, todas iguales, todas con las mismas copas y los mismos pinchos, todas con la misma música. En cuanto el PP ocupe el Gobierno autonómico, el modelo escalará a toda la región. Ojalá me equivoque.

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Pregunto a este excompañero de universidad qué tal están las cosas en la que fue mi facultad, que hace trece años que dejé. Me dice que mal. Cada vez menos alumnos y cada vez menos profesores. Por el desinterés creciente hacia las humanidades y porque todo un hinterland que antes caía naturalmente hacia Salamanca —como su provincia natal, Ávila, donde Salamanca siempre fue el horizonte de cualquier universitario— ahora cae más bien hacia Madrid, esa aspiradora insaciable. Los profesores también se van. «De toda mi promoción, y había varios de Salamanca, en la ciudad solo sigo yo», me cuenta. No hay apenas vida académica ni política. Por ejemplo, ya no se hacen presentaciones de libros en la facultad, como las que yo todavía conocí multitudinarias. La universidad se ha convertido en un trámite que la gente cumple con desidia; ya no es una experiencia rica y transformadora. Por supuesto, es generalizar, y hay de todo, pero la tendencia es esa y no hace sino acelerarse. No hay dinero para nada, me cuenta también, y solo un grupo de investigación. Bolonia puso la primera banderilla y la pandemia la última. Está por ver cuándo llega el estoque.

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Me cuentan en Letras Corsarias que el otro día apareció por la librería un chaval de trece o catorce años, acompañado por su abuela. «Quiere preguntaros por un libro», les dijo esta. Y cuando le preguntaron cuál, respondió que Padre rico, padre pobre, un bestseller sobre cómo invertir.


Viernes, 21/11/2025. Me paro a pensar en la expresión «tener tacto», en qué buena metáfora es para aquello para lo que se usa: un don del habla, y no de la mano, pero que se parece al de una buena mano. Tocar sin golpear ni desagradar. Palpar, acariciar o tal vez empujar —pues también se usa para eso: el tacto del bien reñir o del bien forzar—, pero hacerlo con delicadeza. Arquear la mano haciéndola adoptar la forma exacta del cuerpo ajeno que va a tocar, para que el cuerpo la note, pero no la note demasiado, ni como un contacto disparejo, que active receptores nerviosos aleatorios, sino un palpo uniforme, un acorde perfecto.

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Me lo cuenta un amigo granadino y me parto de risa: «A un viejo asalvajado de mi pueblo le metieron un puro por talar chaparros en sus olivos. En el juicio, el juez preguntó cuántos chaparros había talado. Respondió: yo no sé cuántos fueron, señor juez; yo solo sé que me dolían los cojones de talar chaparros».

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Interesante tribuna en El País sobre el «neopaquismo», el estilo decorativo doméstico que caracterizaría a mi generación. «Paquismo» fue como se llamó a veces al de la Transición y el franquismo: paredes de gotelé, suelos de terrazo, muebles de madera maciza oscura, fotos de la familia, distribución pasillera. Nuestra versión neo- consta de mobiliario de Ikea, paredes lisas sin rastro de gotelé, referencias a viajes y cultura pol, funkos, videojuegos, elefantes de madera comprados en Tailandia, láminas de budas y mapamundis, una tele que ocupa el centro del salón, cocina americana y despachos de teletrabajo en lugar de cuartos infantiles. Se puede trazar una explicación económica y sociológica. Mr. Pistacho, un tuitero que la elaboró y del que se hace eco este artículo de Delia Rodríguez, escribe que

«el neopaquismo no es solo una elección estética libre. Es la consecuencia inevitable de las condiciones materiales de nuestro tiempo: alquileres caros, contratos temporales, movilidad laboral forzosa, natalidad aplazada o directamente cancelada y atomización social. Donde el paquismo era feo pero honesto, una estética de clase trabajadora que aspiraba a la estabilidad, el neopaquismo es bonito pero vacío. Promete modernidad, amplitud, libertad, pero lo que realmente refleja es la vida de quien no puede permitirse (o le da miedo) echar raíces […] Con toda su blancura y limpieza escandinava, es también la estética de la renuncia. Renuncia a la permanencia, a la comunidad, a la familia, al barrio. Renuncia, en definitiva, a la idea misma de hogar. El neopaquismo es, en el fondo, un interiorismo para una vida que aún no ha empezado del todo y que quizá nunca empiece».


Sábado, 22/11/2025. A mi amigo P., el otro día, una amiga —española, asturiana, no extranjera— le dijo que le gustaba mucho echarse una power nap después de comer. «¿Qué es eso?», le preguntó. Una siesta corta, ligera, le dijo. O sea, lo que en este lugar del mundo siempre llamamos pigaciu, y al otro lado de la cordillera, una cabezada.

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Titular de una revista rosa: «LAS CAMPOS SE DESINFLAN. Su presencia en televisión es mínima desde que no protagonizan polémicas familiares». Sic transit gloria mundi…

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Decía un chiste búlgaro de los años del comunismo que, en los años de la Resistencia, hubo dos hermanos de ideas tan opuestas que uno se hizo partisano, y el otro, colaboracionista de los nazis. Cuando llegó el socialismo, el colaboracionista no paró de recibir parabienes, y el partisano acabó en la cárcel. El segundo le preguntó al primero si entendía lo que pasaba, y este le dijo: «Claro. Yo tengo un hermano que estuvo en la Resistencia, mientras que tú tienes un hermano que fue colaboracionista». Me recuerda a aquel chiste del dominico y el jesuita fumadores, que hacen al Papa por separado la misma pregunta, pero ordenada de forma distinta. El dominico pregunta si se puede fumar mientras se reza, y le responden que no. El jesuita pregunta si se puede rezar mientras se fuma, y le responden que sí.


Domingo, 23/11/2024. Asegura Fosco Maraini en El secreto Tíbet que una comunidad de monjes japoneses tenía una regla que solo les permitía comer carne de animal marino. Decidieron llamar al jabalí «ballena silvestre» y pudieron comer su carne sin escrúpulos.

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¿Qué queda del pasado, cuando el pasado pasa? Esto que cuenta Gregorio Luri, de un paseo por el mercadillo de una plaza búlgara:

«Llega lejano el sonido de una trompeta. Fragmentos de la Jazz Suite de Shostakóvich. Aquí se mezclan las cruces gamadas con la hoz y el martillo y las imágenes de Hitler con las de Stalin. Veo alguna pieza que quieren hacer pasar por tracia, monedas con todas las efigies. Muchos de los símbolos que se ofrecen a los turistas desganados como souvenires costaron miles de vidas. Seguimos andando entre iconos, imágenes de los grandes héroes espaciales del socialismo, armas herrumbrosas, instrumentos musicales, muñecas rusas, más iconos, objetos de cerámica, huevos de Pascua, caballitos de madera, diversas representaciones del héroe nacional, Vasil Levski… Me detengo ante un pequeño Don Quijote de alambre que está sobre una bandera de la RDA».

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Jean Dudoyt, hijo de Montserrat Mercader, una hermana de Ramón, se hizo trotskista en el contexto de Mayo del 68. Pero quería a su tío, y una vez fue a visitarlo a Cuba. Charlando en aquel encuentro sobre la actualidad, el asesino de Trotski le dijo que, si él tuviera su edad, también se haría trotskista.

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Visito, en el Palacio de Revillagigedo de Gijón, una exposición de pintura contemporánea de la Fundación Unicaja. Ha mejorado bastante la cosa en este edificio en el que la antigua Caja de Ahorros de Asturias había practicado una sofisticada obra cultural, pero que, cuando la caja se volvió banco, acabó albergando exposiciones grotescas, como una itinerante de Iker Jiménez sobre ovnis y extraterrestres, con marcianos de cartón piedra, que había que pagar diez euros por visitar.

Veo cuadros muy buenos. Pero, sobre todo, salgo con ganas de quedarme a vivir en este de Evaristo Valle, El rinconín:

El runrún interior (168)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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5 comments on “El runrún interior (167)

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  2. Miguel de la Guardia

    Siempre encuentro algo interesante en el dietario. En esta ocasión, me guardo la historia de la canción «Bésame mucho»
    Mil gracias, Pablo

    miguel

  3. Por lo general me gusta este dietario, pero éste en particular tiene un par de pasajes que me han llegado al cora, el de la crisis de la ciudad universitaria, el de la crisis de la universidad como institución y el de la crisis del sector editorial. Tres pilares de un mundo que está mutando a marchas forzadas. La reflexión sobre la corrupción en/de Madrid y su peligrosidad la comparto plenamente, también el del lobby hostelero asturiano, tan parecido por lo que se ve al de otros lares. Gracias y quedo a la espera de la siguiente entrega.

    • Iba a decir exactamente esto. Añado que le he pasado capturas y copiaspegas a una persona muy importante para mí que vive en Salamanca y que no pudo ir a tu presentación. El grumete pidiendo en Letras Corsarias ese libro: espectacular.

      En la historia del espeleólogo ha sido inevitable no acordarme de I.

      Me pregunto si hay cosas que dejas fuera del runrun. Es decir, si normalmente te falta o te sobra.

      Gracias Pablo por tu generosidad compartiendo las cabilaciones.

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