/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /
I
Harari y Macron se congratulan por el Homo Deus en el Elíseo
¿Dónde están filósofos, los críticos, los humanistas, en esta hora decisiva del transhumanismo y la digitalización de la existencia? ¿Dónde están quienes deberían ayudarnos a juzgar estos asuntos de acuerdo a su gravedad?, os preguntaréis. Eso quisiera saber yo. Desde luego, existen algunas voces críticas ahogadas en un océano de elocuencia, distracciones y ruido. No son muchas, la verdad. Además de una amable revisión del Caudillo, ensalzar la nación española, despellejar la «cultura de la cancelación», azuzar la polarización política para después lamentarse de la polarización política, agarrarse al clavo ardiendo de la transición energética y devanarse los sesos sobre Eurovisión o el Premio Planeta mantienen en vilo a la intectualidad patria. Por su parte, los franceses, que tratan con la misma ligereza los temas importantes, no descuidan, sin embargo, la pompa oficial tradicionalmente reservada a los intelectuales. En París, Yuval Harari, especialista en groseras simplificaciones históricas y en irse por las ramas antes de ensalzar al nuevo «hombre aumentado», fue recibido por el presidente Macron con honores de Estado. «Homo Deus debuta en el Elíseo», escribía el editor francés de Harari, bajo la foto de un exultante Macron junto al profeta de la resignación. «Ya que nuestra conversión ciborgs es inevitable, adelante, amigos, ¿a qué esperáis para aceptarlo?», viene a decirnos el israelí. Hay que ver las vueltas que dan algunos para acabar predicando la mansedumbre.
Intelectuales como Harari son la conciencia de nuestro tiempo. Al menos, los más promocionados. ¿Que sus discursos están llenos de argumentos huecos y quebradizos? ¿Que no aportan una visión crítica ni constituyen una muestra de penetración intelectual? Los promocionamos igual. La mayoría de los intelectuales, apunta Paul Virilio, se han convertido en colaboradores del progreso tecnocientífico. ¿Alguién lo duda aún? ¿Cuántos se han hecho verdaderamente cargo de los peligros a los que nos enfrentamos? ¿De qué lugar común, de qué razonamiento demagógico, cínico o lisonjero con el poder han prescindido?

II
Científicos a golpe de tacón
Ya sabemos qué podemos esperar de los intelectuales, pero, ¿y de los científicos? Como en el caso de los intelectuales, en la comunidad científica hay de todo, obviamente. Ahora bien, ¿cuántos han dado un paso al frente para denunciar que una ciencia al servicio del capitalismo industrial está volviendo el planeta inhabitable? ¿A cuántos habéis visto alzar la voz para denunciar las promesas garrafales sobre criaturas híbridas y el alargamiento de la vida? ¿No legitiman con su silencio todas las barbaridades de un modo de vida erigido sobre el consumo energético y la devastación ecológica? ¿Dónde están los que reclaman una urgente discusión sobre la tecnocracia, el gran debate político de nuestro tiempo?
El escepticismo entre la comunidad científica, que debería ser enorme, ha cedido a la ilusión faústica de omnipotencia, la promoción profesional y a una vanidad que ha sepultando el remordimiento y el deber moral. Nada nuevo bajo el sol. Escuchemos a Bauman rememorando la actitud de Werner Heisenberg, físico alemán al mando de proyectos de investigación nuclear bajo el Tercer Reich: «Heisenberg fue a ver a Himmler para asegurarse de que a sus colegas y a él, es decir, a todos menos a los que habían desaparecido, se les permitiría hacer todo lo que quisieran. Himmler le aconsejó hacer una cuidadosa distinción entre los descubrimientos científicos y la conducta política de los físicos. A Heisenberg le debió sonar a música celestial, ¿no era eso lo que le habían enseñado desde el principio?». Así pues, «apoyó activamente la causa nazi, especialmente en el extranjero y durante las hostilidades, y dirigió diligentemente uno de los dos equipos encargados de diseñar explosivos atómicos, estimulado, sin ninguna duda, como inveterado animal científico que era, por el deseo de «ver y conseguirlo”». En otras palabras, Himmler le concedió plena libertad profesional, siempre que levantase el brazo y diese un golpe de tacón al entrar en una sala. «Trabaja para el Reich y no te metas en política» sigue siendo la consigna entre la comunidad científica.

III
Ocho estudiantes contra la vida adocenada
Por fortuna, en los dominios de la ciencia y la ingeniería no todo es desierto. El treinta de abril de 2022, ocho jóvenes egresados de AgroParisTech, escuela de ingeniería vinculada a la universidad de París-Saclay y dependiente del Ministerio de Agricultura, Soberanía Alimentaria y Bosques, acusaron a la institución de lavarse las manos ante las consecuencias de una investigación científica esclava de la gran industria. «¿Qué vida queremos?», se preguntaron los estudiantes durante la ceremonia de graducación. «¿Un jefe cínico, un sueldo que nos permita viajar en avión, un préstamo a treinta años para una casa unifamiliar, apenas cinco semanas al año para descansar en una casa rural insólita, un SUV eléctrico, un fairphone y una tarjeta de fidelidad de Biocoop? Y luego… ¿un agotamiento a los cuarenta años?». En su manifiesto, los «desertores» no se olvidaron de los empleos «destructivos», los «estragos sociales y ecológicos» y la «guerra» contra la vida y el campesinado librada por la agroindustria. Tampoco escaparon a su crítica los irritantes lugares comunes de la burocracia : «retos», transición «ecológica», energías «verdes».
IV
No seáis fatalistas
Concluida la ceremonia, repuesto ya del susto, al director de la institución no le quedó más remedio que darles la razón y acusarlos de fanáticos. Sí, amigos, no penséis que negar y estar de acuerdo al mismo tiempo es imposible; al contrario, para los burócratas es la mar de fácil. Primero se mostró tolerante y comprensivo con los rebeldes. En los asuntos humanos siempre hay «una multiplicidad de puntos de vista» y una «diversidad de soluciones», concedió amablemente, para recordar enseguida que «los puntos de vista» expresados en el escenario eran francamente marginales. La mayoría de alumnos, enfatizó, «ha escogido otros caminos». El argumento numérico era previsible. Ya sabéis que a los burócratas les encantan las estadísticas: «son pocos, no representan a nadie. Por tanto, no pueden tener razón».
Tras recalcar el carácter estadísticamente anecdótico de la protesta, se mostró indulgente: «Parte de su declaración no me sorprendió, ya que sabemos que los jóvenes están muy preocupados por los problemas ambientales. Hacen hincapié en la urgencia. Compartimos esa preocupación y les decimos que estamos tan comprometidos como ellos». De acuerdo; entonces, ¿dónde estaba el problema? «Lo que me sorprendió fue la naturaleza excesiva y radical de su discurso», confesó el director, «un discurso un tanto fatalista, que rápidamente resulta agresivo e injusto».
Para que no faltase de nada, después del fatalismo vino la autocrítica. «¿Podríamos haber convencido a esos ocho estudiantes durante su formación? No lo sé. En cualquier caso, para quienes vengan después de nosotros, tenemos que esforzarnos más en persuadirlos. Vemos claramente sus dudas, y eso es normal. Un científico que no duda no es un científico».
Así es, las dudas son normales, y más en un científico. ¿Y cuál es la labor de los profesores ? Erradicarlas mediante la «persuasión». Más claramente, el objetivo de la formación es aniquilar la inquietud. Por encima de todo, proseguía, la tarea de la institución «es mantener el optimismo a pesar de las dificultades». ¿Por qué? Porque «no tenemos otra opción»; «retirarnos al Aventino (negándonos a debatir y aislándonos) no va a mejorar la situación. Tenemos que mantenernos activos». Y ese compromiso con la acción pasa por «trabajar en la transición agroecológica, en la reducción de la contaminación agrícola y las emisiones de gases de efecto invernadero, en el papel de las proteínas vegetales en la dieta humana, en la reducción de alimentos procesados, en el desarrollo de canales de distribución más cortos». Y todo ello en estrecha colaboración con «empresas de cualquier tamaño y naturaleza» (El subrayado es mío).
¿Algún consejo final a los díscolos, monsieur le directeur? «No sean fatalistas. No se echen atrás. Sí, es complicado, sí, es difícil, sí, seguiremos encontrando fracasos, pero mantengan una actitud positiva, sin caer, por supuesto, en un optimismo ingenuo. El conocimiento, la ciencia, la innovación y los nuevos usos: nunca hemos encontrado otras soluciones para avanzar». Así se expresa la tecnocracia.
V
Los jóvenes más preparados de la historia carecen de vergüenza, educación y respeto
Culpabilizar a la juventud de todos los males de la sociedad con el tono severo del censor es una costumbre muy arraigada. «Lo tienen todo y no valoran nada»; «no se esfuerzan, desconcocen el mérito y solo se interesan por el lujo y las diversiones degradantes». Y encima «no leen», denuncian sabihondos que no han abierto un libro en su vida. Pero ay, amigos míos, si por un venturoso azar algunos muchachos dan muestras de rebeldía y lucidez, ¿qué ocurre? Condenamos su gusto por el radicalismo y les acusamos de estar movidos por las más negras especulaciones y de dejarse llevar por un ardor nihilista.
Tras motejar de fatalistas, agresivos e injustos a los estudiantes parisinos, ¿qué les proponía la universidad? Básicamente, una fuga de los problemas elementales. A cambio de una vida de comodidades, deberían ignorar que el capitalismo industrial vacía los campos y aumenta la superficie de las explotaciones agrícolas industrializadas; que aniquila saberes campesinos tradicionales y culturas populares; que incentiva la dependencia de inversores privados y obliga a los agricultores a endeudarse; que genera cantidades delirantes de residuos; que provoca daños irreplarables en los suelos, que estimula la mecanización, la digitalización y la robótica, así como tecnologías estandarizadas y difíciles de reparar por sus usuarios. En suma, lo que la universidad les sugería a los jóvenes díscolos era una solución cosmética, una vaga transición energética que no modifica en absoluto esta realidad suicida; más bien la acelera, liberada, eso sí, de cargas morales.
Así se forjan ciudadanos despolitizados, irresponsables y apáticos; biempensantes merecedores de estima social, pero carentes de juicio crítico. Así se forjan individuos programados para obedecer «las órdenes del «gobierno», por ejemplo a esos a los que llaman «ministros» y que tienen la pretensión de gobernar los campos (todos los campos), de saberlo y controlarlo todo: el arenal, la landa, el bosque, la meseta, las colinas, las llanuras y la turba (cuando, para saber lo que un campo «pide» —y, por «pide», los campesinos entienden «exige»—, hay que vivir y trabajar toda la vida en él. Pero ellos, cómo son testarudos, no se bajarán del burro)», escribió Jean Giono.
¿Qué deberían hacer todos aquellos que, siguiendo el ejemplo de los estudiantes parisinos, no estén dispuestos a «obedecer instintivamente las órdenes del mundo»? Bajar del burro a la casta de tecnócratas. Por favor, amigos, liberemos cuanto antes a estos hermosos animales de tan ignominiosa carga. Nuestra supervivencia depende de ello.

Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.
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