/ por Manuel J. Moya Araujo /
Siempre he creído que la cultura, y muy especialmente la literatura, es ante todo un diálogo con el pasado. Una cultura existe porque posee continuidad, contexto y raíces; porque cada generación recibe un mundo que no ha construido y aprende a hablar con él. Por eso formar parte plenamente de una cultura exige conocer aquello que la ha constituido previamente: leer su literatura, conocer su historia, contemplar y comprender su arte y su arquitectura, familiarizarse con sus mitos, sus religiones, su filosofía, su música y sus formas de pensamiento. No se trata simplemente de acumular conocimientos sobre el pasado, sino de adquirir el vocabulario necesario para reconocer las voces que siguen hablando en el presente. Los libros, los edificios, las imágenes, los mitos, las formas políticas y religiosas que heredamos constituyen un inmenso depósito de referencias al que continuamente respondemos, incluso cuando nuestra intención es discutirlo o destruirlo. En este sentido, la tradición no es mera repetición; no es conservación, sino conversación.
Y esa conversación atraviesa todas las formas culturales. Virgilio escribe teniendo a Homero detrás; Dante convierte a Virgilio en su guía; Joyce vuelve a Homero para contar un solo día en Dublín. Pero una iglesia barroca también dialoga con las formas arquitectónicas que la precedieron; una revolución moderna se representa mediante símbolos de la República romana; una película reproduce una composición pictórica; una sinfonía responde a otras músicas; nuestro lenguaje cotidiano conserva imágenes procedentes de la Biblia, del mundo clásico o de siglos de tradición literaria. Incluso la ruptura necesita una tradición: para rebelarse contra algo es necesario saber que ese algo existe.
Por eso conocer esa herencia no es simplemente una forma de erudición. Es adquirir el lenguaje necesario para comprender plenamente el mundo cultural que habitamos. Quien desconoce la Biblia, Homero, Roma, el cristianismo medieval, el Renacimiento, la tradición pictórica europea o las grandes revoluciones modernas puede contemplar las mismas obras, recorrer las mismas ciudades y leer los mismos libros, pero inevitablemente verá menos cosas en ellos. Un cuadro, una fachada, un poema o una película contienen significados que solo aparecen cuando somos capaces de reconocer aquello con lo que están dialogando.
La cultura no crece, por tanto, por simple acumulación, sino por relación. Cada cosa que aprendemos modifica nuestra manera de comprender muchas otras. La mitología nos enseña a mirar un cuadro; ese cuadro puede hacernos entender mejor un poema; el poema remitirnos a una época, y esa época aparecer de nuevo, transformada, en una novela o en una película. Poco a poco se forma una trama en la que las cosas dejan de existir aisladamente y empiezan a responderse unas a otras. La diferencia entre tener muchos conocimientos y poseer una cultura está, en buena medida, en esa capacidad de relacionarlos.
Por eso es tan desoladora la situación de la cultura actual. Nunca hemos tenido a nuestro alcance tantos libros, imágenes, películas, músicas y conocimientos, y quizá nunca haya sido tan fácil consumirlos sin adquirir con ellos una verdadera cultura. Se conocen fragmentos, se suceden novedades, se acumulan títulos, pero se debilita el tejido que permitía situarlos dentro de una historia común. Se puede visitar una catedral sin comprender sus imágenes, recorrer una ciudad sin saber leer sus edificios o contemplar un cuadro sin reconocer siquiera la historia que representa. Las cosas permanecen, pero van perdiendo profundidad porque desaparecen las referencias que las hacían inteligibles.
La literatura muestra con especial claridad este empobrecimiento. Que existan best sellers, noveluchas o literatura de consumo no tiene nada de nuevo ni sería, por sí mismo, preocupante. Lo inquietante es que para muchos lectores ese horizonte haya terminado por confundirse con la literatura misma. Se lee una novela detrás de otra, frecuentemente concebida para una digestión rápida y un olvido igualmente rápido, sin que ninguna obligue a volver hacia atrás ni abra caminos hacia otras obras. Se lee mucho, pero cada vez resulta más difícil encontrar lectores para quienes un libro sea también una puerta hacia otros libros.
Pero no nos equivoquemos. Este diagnóstico no se refiere a la cultura popular. Al contrario: Star Wars, Indiana Jones, The Expanse o Call of Duty pueden formar parte de una cultura perfectamente rica si sabemos situarlos dentro de una red mayor de referencias. No son culturalmente valiosos o pobres por pertenecer a un género popular, sino por la profundidad con que somos capaces de interpretar y situar la trama de relaciones que contienen y, sobre todo, por la lectura que somos capaces de hacer de ellos. Muchas veces una obra popular parece pobre porque pobre es la mirada que se proyecta sobre ella. Quien solo ve aventura en Indiana Jones pierde la arqueología romántica, el serial, el cine clásico de aventuras, el imaginario bíblico y la persistencia moderna de la búsqueda espiritual; quien solo ve fantasía en Tolkien pierde la filología, la épica germánica, el cristianismo, la elegía por un mundo que desaparece; quien solo ve ciencia ficción en The Expanse puede pasar por alto toda una reflexión sobre imperio, frontera, explotación, identidad y conflicto político.
La cultura popular tiene, además, una función que la alta cultura no siempre puede cumplir: mantiene en circulación imágenes, relatos y estructuras antiquísimas entre públicos enormes. Puede degradarlas, simplificarlas o convertirlas en mercancía, desde luego, pero también puede conservarlas y devolverlas al presente bajo nuevas formas. El problema no está en que millones de personas vean una película de aventuras; está en que ni la película ni sus espectadores sepan ya de dónde vienen sus imágenes. La cultura se empobrece no cuando se hace popular, sino cuando pierde profundidad histórica.
También por eso resulta equivocada cierta desconfianza contemporánea hacia la llamada alta cultura. La filosofía, la teoría crítica y los estudios culturales llevan mucho tiempo sometiendo el canon, los clásicos y las instituciones culturales a una revisión severa, y muchas veces necesaria. Los clásicos pueden y deben leerse críticamente: pueden discutirse sus presupuestos, sus exclusiones, las sociedades que los produjeron y las formas de poder que ayudaron a legitimar. Pero una cosa es criticarlos y otra despreciarlos. El desprecio cancela precisamente aquello que hace posible la crítica: el conocimiento íntimo del objeto. No hay ninguna lucidez especial en ignorar a Homero, Platón, Dante o Shakespeare por considerar sospechosa la tradición a la que pertenecen. Una cultura adulta debería poder hacer ambas cosas a la vez: conservar y discutir, admirar y desmontar, aprender de sus clásicos sin convertirlos en reliquias sagradas. La tradición no exige obediencia, sino interlocución. Los muertos no tienen por qué tener razón para merecer que los escuchemos.
Y precisamente de eso depende que una cultura continúe viva. El pasado no sobrevive porque conservemos sus objetos, sino porque todavía sabemos qué hacer con ellos. Podemos custodiar una biblioteca y haber olvidado cómo leerla; conservar las iglesias y haber perdido el significado de sus símbolos; proteger una ciudad histórica y dejar de comprender la civilización que dejó sus huellas en ella. Cuando desaparece ese conocimiento, el pasado sigue físicamente presente, pero empieza a enmudecer. La cultura consiste en impedir ese silencio.
Petrarca reunía en la soledad de Vaucluse a sus amigos presentes y pasados, incluidos aquellos a quienes solo había conocido por los libros; Maquiavelo, al caer la noche, se quitaba la ropa cotidiana, se vestía para entrar en «las antiguas cortes de los antiguos hombres» y allí hablaba con ellos y les preguntaba por la razón de sus acciones. La imagen es exacta: el hombre culto vive acompañado por los muertos. Puede escucharlos, interrogarlos, discutir con ellos, contradecirlos y servirse de sus palabras para comprender su propio tiempo. Hay algo de hechicero en quien sabe hacerlo: convoca voces extinguidas y consigue que vuelvan a responder. La cultura es, en este sentido, magia, nigromancia; la única posible. Ya Quevedo lo dijo mejor:
«Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.»
Manuel J. Moya Araujo (Alicante, 1988) es graduado en Derecho, máster en Historia del Mundo Antiguo y actualmente cursa el doctorado en Ciencias de la Antigüedad en la Universidad de Zaragoza. Tras una primera formación jurídica, orientó progresivamente sus intereses hacia la historia y, en particular, hacia el estudio del poder y la legitimidad en el mundo romano. Buena parte de su investigación se ha centrado en el Codex Theodosianus, punto de encuentro entre sus intereses jurídicos e históricos y desde el que ha abordado cuestiones como la usurpación y la construcción de la legitimidad imperial. Ha publicado diversos trabajos académicos sobre estas cuestiones y cultiva también el ensayo y la divulgación histórica, con especial interés por las relaciones entre historia, literatura, política y cultura. Actualmente prepara El escudo y la diadema, un libro sobre las disputas por el poder imperial romano durante el siglo IV.
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