Poéticas

¿Por quién doblan las campanas?

John Donne ha sobrevivido a sus jueces literarios, John Dryden y Samuel Johson, que le tacharon de manera distante, tal vez despectiva, de poeta metafísico. Javier Pérez Escohotado se ocupa aquí de su figura aprovechando una nueva edición de sus 'Devociones' publicada por la editorial catalana Novara.

¿Por quién doblan las campanas?

Una meditación para circunstancias inminentes, de John Donne a Hemingway y viceversa

/por Javier Pérez Escohotado/

Como v. m. mejor sabe, todos estamos sujetos a la muerte y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el carnero como el cordero […], según nos lo dicen por esos púlpitos.

Miguel de Cervantes, Quijote, II, cap. VII

De los atentados de Barcelona a las Devociones de John Donne

En el primer aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils, el 17 de agosto de 2018, se leyó, en ocho lenguas distintas, el fragmento de un pretendido poema del poeta metafísico inglés John Donne (1572-1631). No sé a quién se le pudo ocurrir la idea de usar ese presunto poema. Visto lo que algunos políticos dijeron entonces y la malévola, miserable utilización de aquel desagravio organizado en la plaza de Cataluña, ese poema admite una lectura en clave nacionalista, que aplazaré mientras pueda, pero vaya por delante lo que, en castellano, se leyó en aquel desagravio:

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, tanto da si es un promontorio, o la casa de uno de tus amigos o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me debilita, porque me encuentro unido a la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

El fragmento ha sido tan citado y usado que puede servir lo mismo para un roto que para un descosido. Pero viene muy a propósito para comentar dos obras de Donne que, en un solo tomo, ha publicado la editorial Navona en sus Ineludibles. Esta edición incluye un amplio material que, en principio, parece destinado a realimentarse entre sí. Ahí están, enteras, las veintitrés Devociones para circunstancias inminentes y el Duelo por la muerte, un sermón que Donne predicó el viernes 25 de febrero de 1631, un mes antes de su muerte. Como apéndice, aparece un extracto casi completo de la primera biografía de John Donne, escrita por Izaak Walton (1593-1683). Abre la edición un deslavazado y, por momentos, delirante prefacio del novelista Carlos Zanón y un discreto prólogo de Andrew Motion, idéntico al que aparecía en la edición en inglés, que sirve de referencia a la que comentamos.[1] Al conjunto, se le ha añadido una útil cronología que permite concretar mejor algunas fechas y sucesos de la vida de Donne, que su biógrafo no dejó bien fijados. De la versión al castellano se responsabiliza el novelista chileno Jaime Collyer.

Persisten en el mercado otras versiones parciales de estas Devociones, entre ellas, Meditaciones en tiempos de crisis. Hace algún tiempo, había llegado a nuestras manos un pequeño tomito de estas mismas Devociones en una versión del poeta argentino Alberto Girri,  pero esta versión y las aludidas Meditaciones reproducen sólo la primera parte de cada una de las veintitrés devociones originales; es decir, traducen sólo la meditación y han suprimido la reconvención y la oración. Conviven también en el mercado unas Paradojas de Donne que van en compañía de estas ineludibles Devociones, pero, al igual que las dos anteriores, sólo traducen la meditación. El dato es importante porque, en el original de Donne, cada una de las veintitrés devociones está formada por tres partes —meditación, reconvención y oración— que la edición de Navona respeta y mantiene en su integridad. Sin pretender ser exhaustivo, este panorama parcial pone de manifiesto la generosa atención que los editores han ido dedicando a la prosa de un poeta metafísico del siglo XVI que ha conseguido poner a salvo del húmedo silencio de las sacristías esta serie de reflexiones sobre la muerte ineludible y convertirlas en un material literario y retórico poco menos que canónico (las traducciones y la divulgación en castellano de la poesía de Donne están bien representadas y vienen coexistiendo sin solución de continuidad desde la ya lejana Poesía erótica, versión y prólogo de Luis C. Benito Cardenal, Barcelona: Barral,  1978, recuperada en 2018 por la misma editorial Navona que edita estas Devociones), aunque las reflexiones sobre la muerte no dejen de ser un motivo clásico y un topos barroco muy recurrido.

La edición de Navona posee el mérito de atreverse con la traducción completa de aquella edición de las Devociones y el Duelo,que, como queda dicho, circulaba en inglés desde 1999. Desentona y desmerece la edición el desorientado prefacio del novelista Zanón, que no añade ni una sola clave para interpretar, leer ni siquiera actualizar a John Donne, ni mucho menos las obras en prosa que prefacia. Aprovecha oportunamente varias referencias de Carlos Pujol y Jordi Doce, que se han ocupado —y de forma muy competente— de la poesía de Donne, pero que no han abordado su prosa, y en el caso de Donne, lo que vale para su poesía, no sirve para la prosa. A pesar de todo, menciona de pasada dos nombres responsables de la vindicación y vigencia de Donne: T. S. Eliot e, indirectamente, Louis Martz; vigencia que para España consiguen dos poetas de la generación del 50 que el novelesco prefacio de Zanón no menciona: José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma. (La obra de L. Martz a la que debe de aludir Zanón, sin citarla, es The poetry of meditation [1954]).

Izaak Walton

La biografía de Donne pudo tener su germen en una elegía compuesta por el mismo Izaak Walton a la muerte del poeta (entre 1640 y 1670, Walton fue publicando las biografías de Donne, Sir Henry Wotton, R. Hooker, George Herbert y Robert Sanderson), pero esta Vida resulta un documento histórico de primera mano, pues está elaborada por un coetáneo que escribe a partir de la propia experiencia y conocimiento del sujeto biografiado e indaga entre sus conocidos, próximos y familiares. No obstante, a menudo se advierte una cierta vaguedad cronológica (el mismo año del nacimiento), aunque el cuadro general y el retrato del personaje resultan en conjunto meritorios; precoces incluso desde el punto de vista de la perspectiva del género literario que aplica. Volver a imprimir esta biografía sin notas y sin contrastar con otras investigaciones más recientes invita a leerla como un texto literario en sí mismo más que como una biografía propiamente dicha. El texto de Walton aporta además un denso aroma de época que produce inevitablemente en el piadoso lector una placentera nostalgia erudita, sobre todo si se tiene en cuenta que Walton es un autor literario de culto, aunque solo fuera por haber escrito El perfecto pescador de caña (The compleat angler, 1653) y haber redactado el prólogo de la traducción al inglés de El héroe (1639), de Gracián, llevada a cabo por Sir John Skeffington en 1652. Carlos Pujol publicó en 2003, como apéndice a su traducción de Cien poemas, una aplicada y vibrante biografía del poeta John Donne, «Una vida barroca», que bien valdría la pena rescatar. En ella no se aborda la prosa y ni siquiera se citan estas Devociones cuando se refiere a la enfermedad del autor en 1623, que es el suceso que las provoca.

Estos pasados días he recibido un generoso regalo: la obra Josep Pla y Miguel Delibes: el escritor y su territorio, que ha editado Sílex Universidad. Cuando lo tuve en mis manos, el ejemplar, casi por propia iniciativa, se abrió por la página 123. En ella se habla precisamente del conocimiento que Pla tenía del tratado sobre la pesca de Walton, obra que figuraba en su biblioteca en una edición prologada por Unamuno. En su ensayo, el profesor Xavier Pla pone en relación a Josep Pla con Delibes al tratar el interés de ambos en la caza y la pesca, con sus particularidades respectivas; pero ahí, en esa concreta página, aparece Izaak Walton, el autor de la primera biografía de Donne y practicante confeso del deporte o, mejor, del consumado arte de la pesca con caña. Unamuno arranca su prólogo con la traducción de un soneto que Wordsworth había «escrito en una hoja en blanco de El perfecto pescador de caña», en el que califica el libro de Walton con el adjetivo de sweet. Para Josep Pla, este mismo libro «exhala reposo, dulzura y sedante música». Aunque Walton nada dice en su biografía, la relación e incluso amistad entre Donne y Walton provienen del tiempo en que este último tuvo abierta al público una ferretería en la Fleet Street de Londres y Donne era vicario de la cercana iglesia de St. Dunstan’s-in-the-West. Donne y el mismo Walton, con alguna frecuencia, se acercaban juntos al río Fleet para practicar la pesca y el consumado arte de la contemplación. En su prólogo, Unamuno fija esta relación en 1614, pero, según las mejores cronologías, Donne no fue nombrado vicario de St. Dunstan’s-in-the-West hasta 1624, aunque había sido nombrado deán de San Pablo en 1621. Es el año de la publicación de estas Devociones cuando Donne ha superado la enfermedad y está en el auge de su popularidad como predicador. El padre de Donne también fue un industrial ferretero.

El prólogo de Motion debería haber bastado para aderezar con suficiencia esas Devociones y el Duelo de la muerte y servirlas a la mesa de un lector actual en castellano. Sin embargo, este prólogo, a mi juicio, se queda corto, casi rácano: se trata de un texto escrito para la ocasión hace veinte años. Y no es que la información se haya quedado obsoleta, sino que sobrevuela el personaje y no acaba de entrar a fondo en las claves de las obras que prologa. Y como el libro se pensó para el uso de un público lector en inglés, el prólogo se ha quedado encerrado, dentro de su propio jardín, para un consumo más bien doméstico.  Esta edición necesitaba y, por supuesto, merecía algo más que un prefacio delirante y un prólogo más útil para un lector actual. No obstante, el laureado poeta Motion propone alguna idea sugerente para entender estas dos obras o, tal vez sólo, para explicar su divulgación y relativo éxito: «Las Devociones, como toda su obra mayor, son una representación, y, puesto que lo son, nos sentimos frente a ellas como si se nos mantuviera a un brazo de distancia. Para ponerlo en otros términos: el lecho de enfermo de Donne es un escenario y admiramos al paciente como si lo estuviéramos observando bajo los focos».

El término representación, en el habla común, ha sido restituido hoy y popularizado como performance, sin duda por la omnipresencia de las instalaciones e intervenciones del arte contemporáneo. No se puede obviar que el Duelo es propiamente un sermón elaborado para ser puesto en escena y que, en este caso, se trata de un discurso preparado para ser declamado ante el rey Carlos I en la capilla real del palacio de Whitehall con la ceremonia, el boato y el protocolo que exigía la ocasión. Todo menos naturalidad. Además, Donne era ya en aquel momento el deán de la catedral de San Pablo en Londres. Las Devociones, sin embargo, no responden tanto a una performance como a un modelo retórico de reflexión y exposición, que tiene que ver con la oratoria sacra barroca y los tipos de meditación que Donne pudo conocer. Hay que aceptar, además, que se trata de textos muy elaborados, en los que se hace evidente la respiración y el esfuerzo del estilo, la búsqueda de la imagen más eficaz, la persecución de la analogía hasta el agotamiento, de parecido modo al que, en una cacería, como a un zorro, se buscara reducir, por acoso y agotamiento, la agudeza y el ingenio, el término justo, la metáfora inédita: un estilo que los críticos han puesto en sintonía con el conceptismo español, con la búsqueda de conceit o concepto brillante y rebuscado, también ingenioso. Para Motion, la idea de representación o performance implica una sensación de distanciamiento que, en efecto, se consigue sobre todo por la aplicación de ese estilo barroco enriquecido, en el que huyendo de cualquier sencillez se despliega cierto lujo verbal y se buscan la sonoridad de las palabras, el efecto de la imagen, la sorpresa. Pero las Devociones no son propiamente sermones ni solo meditaciones, sino unos ejercicios devotos. Desde 1548, año en que fue aprobado el Libro de los ejercicios de san Ignacio de Loyola, por ejercicio se entiende aquel «modo de examinar la conciencia, meditar, contemplar, orar vocal y mentalmente, y otras espirituales operaciones» (p. 312).

Donne escribió sus Devociones durante una gravísima enfermedad que, en 1623, lo tuvo al borde de la muerte; pero eso no quita para que el propio Donne se tome la distancia y, a partir de una experiencia vital extrema, elabore un texto evitando que la sórdida realidad de una enfermedad mortal estropee una buena frase o una ingeniosa, profunda reflexión, incluso una buena anécdota literaria. Es un lugar común caracterizar el sermón barroco como una representación, una construcción teatral en que lo importante es alcanzar la espectacularidad a través de las palabras, las imágenes, los gestos, la voz, las paradojas, los ejemplos o símiles, y las citas bíblicas o clásicas. Para los contemporáneos, el sermón barroco no sólo era un acontecimiento, sino parte de un espectáculo que sin duda aportaba un relativo entretenimiento. De la misma forma que se iba a ver a un caballero famoso en el arte del rejoneo (al conde de Villamediana, por ejemplo) o a un actor de éxito, se podía acudir a ver y escuchar al predicador de fama. El sermón era la médula y, a la vez, la guinda de cualquier celebración colectiva. Pero al cabo del tiempo, sólo persiste el texto, del que se puede, sólo en parte y gracias al contexto, deducir su calidad de performance o representación. Y ese contexto, en el plano de las superestructuras, se ha denominado proceso de disciplinamiento social; una función que hoy cumplen, con desigual eficacia la escuela, algunos medios de comunicación y las tribunas políticas.

El sermón se revela como parte del espectáculo público-eclesiástico que conforma, junto con el arte, las devociones, las procesiones, fiestas y celebraciones litúrgicas, un vigoroso instrumento en el proceso de comunicación de la Iglesias católica de la Contrarreforma. La alta frecuencia del sermón y el amplio auditorio, con el que cuenta, otorgan a la predicación una relevancia primordial en el fenómeno de la transmisión ideológico-doctrinal de la época. (Miguel A. Núñez Beltrán: La oratoria sagrada de la época del Barroco, Universidad de Sevilla, 2000, p. 423).

¿Por quién doblan las campanas?

Pero, ¿qué razón puede haber que justifique, en el mercado en español, semejante variedad de obras de este poeta metafísico inglés? ¿A quién le pueden interesar hoy sus meditaciones y sermones? ¿Nos estamos armando editorialmente ante el próximo viaje de regreso a un amenazante estado confesional? ¿Dónde quedaron las colecciones de sermones de nuestros escritores místicos y espirituales de los siglos XVI y XVII? ¿Dónde los sermonarios de nuestros predicadores áulicos? En nuestra tradición literaria, contamos con la famosa novela Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (1758), del P. Francisco Isla, en la que, con ánimo reformador, se ironiza contra todos los excesos del sermón barroco, ya sea culterano o conceptista. Eso, al parecer, no sólo nos ha privado de leer aquellos sermonarios, sino que los ha desterrado de las bibliotecas particulares para enterrarlos bajo el polvo eterno en las mazmorras del olvido. La Ilustración nos curó el vicio nacional del sermón barroco, pero, ¿por qué regresan y persisten en las mesas de las librerías estas obras en prosa de John Donne que poseen un desinhibido carácter religioso? ¿Estamos evolucionando hacia el anglicanismo y abandonando la cortesana Roma de nuestros pecados? ¿Hemos regalado nuestro Siglo de Oro y las lecciones de retórica y persuasión de nuestros escritores laicos y espirituales, seglares y místicos? ¿Hemos renunciado a estudiar y conocer la influencia constatada y confesada que nuestros escritores del Siglo de Oro ejercieron sobre los escritores ingleses? ¿Nos basta la Leyenda Negra? ¿Nos vale Wikipedia? Navona ha optado por editar a un escritor metafísico inglés de contenidos profanos y religiosos, en cuya biblioteca curiosamente había más libros en castellano que en cualquier otra lengua (José L. Camares y S. Fernández: «Introducción a John Donne. Canciones y sonetos», en Scripta in memoriam J. B. Álvarez-Buylla, Oviedo, 1986, p. 32. De Álvarez-Buylla circula también una traducción de Canciones y sonetos, Saltadera, 2017); un autor educado en Oxford y en la literatura española del siglo XVI y XVII, a la que accedía sin necesidad de traducciones, al igual que a la francesa o italiana. De hecho, John Donne, en un célebre cuadro datado en 1591, a sus dieciocho años, adoptó la siguiente divisa personal en castellano, que interpretamos más adelante: «Antes muerto que mudado». A Carlos Pujol, en su citada «Una vida barroca», esta divisa le parece «una bravata subversiva» y, sin saber cómo interpretarlo, se pregunta: «¿Se trata de una hipérbole galante?» (Cien poemas, ob. cit., p. 358).

Las campanas doblan por ti

En cualquier caso, debemos suponer que la obra de John Donne ha conseguido alguna resonancia, algún eco si pensamos que, en el aniversario de Barcelona, se extrajo de sus Devociones lo que algunos persisten en llamar un poema, incluso un poema sacro. Por tanto, hay que suponerle al texto una cierta vigencia, lo que permite imaginar que alguien lo ha leído y ha seleccionado ese fragmento para una delicada ocasión en la que había que elegir con cuidado las palabras, sin recurrir de nuevo a la frase lapidaria, y siempre oportuna, lanzada por Castellio contra Calvino cuando denunció la ejecución de Miguel Servet: «Matar a un hombre no será nunca defender una doctrina, será siempre matar a un hombre». Pero quien tomó la decisión de usar esas palabras de Donne no las había leído en un libro, sino en la red, en Internet (de la textualidad del poema en la red y las palabras leídas en el homenaje, se desprende que su fuente está ahí).

No obstante, puedo sospechar y sospecho que esa sabiduría democrática que selecciona estos mal llamados versos pero profusamente sembrados proviene sin duda del título y del epígrafe de la más famosa novela de Hemingway, Por quién doblan las campanas (For whom the bell tolls, 1940), que es donde se divulga urbi et orbi, aunque la tan socorrida Wikipedia persista en recordarnos que el título de esta obra proviene de la meditación 17 de estas Devociones que vamos comentando (incluso la película dirigida por Sam Wood en 1943 y protagonizada por Gary Cooper e Ingrid Bergman se abre con una breve cita de este fragmento). De esta peregrina manera, ese preciso fragmento de Donne sirvió tanto para introducir un relato inspirado en la trágica guerra civil española de 1936 como para reflexionar, en voz alta y colectiva, sobre un terrorífico atentado del Dáesh en Barcelona el 17 de agosto de 2017. La coincidencia no es ociosa ni está traída por los pelos. En el caso de la guerra civil española, parece que Hemingway, al seleccionar estas palabras, intentaba enviar el mensaje de que todo lo que pasara en España podría acabar afectando a los demás países de Europa y del mundo, como así sucedió con el estallido de la inmediata segunda guerra mundial y la irrupción del fascismo en España y en Europa, cuya erradicación parece hoy tarea heroica, pues, como a la Hidra de Lerna, le brotan dos cabezas en cuanto se le extirpa una.

Aparentemente, los atentados de Barcelona nada tienen que ver con el contexto de la novela de Hemingway, pero ambas circunstancias comparten un mismo autor de referencia, John Donne y esta devoción que lleva el epígrafe en latín de Nunc lento sonitu dicunt, morieris, que parafraseado con libertad por Donne ha sido traducido así: «Ahora esta campana que dobla suavemente por otro me dice: eres tú quien debe morir» (En realidad, las meditaciones XVII y XVIII se reparten un mismo aforismo latino: Nunc lento sonitu dicunt, morieris (XVII), at inde mortuus es, sonitu celeri, pulsuque agitato [XVIII]. En las Devociones, la campana y sus efectos se convierten en una alegoría que ocupa las meditaciones 16, 17 y 18). Donne lleva a cabo una versión muy personal de la frase latina, sin perder de vista que la finalidad didáctica de lo que escribe es incitar al oyente y al lector a meditar sobre esa realidad ineludible de la propia muerte y la ajena. Estos epígrafes, que sirven de motor a cada una de las meditaciones, provienen de una suerte de poema en latín, Stationes, sive periodi in morbo ad quas referuntur meditationes sequentes, que encabeza las Devociones y que se utiliza, como digo, para ir introduciendo cada una de las veintitrés meditaciones. El poema es despiezado como título de cada meditación, pero en realidad se trata de la narración pormenorizada del curso de su propia enfermedad: primeros trastornos, el paciente se mete en la cama, llega el médico, emite la receta, […] me advierten de una recaída.

Precisamente esta meditación decimoséptima, divulgada y citada hasta la saciedad, contiene el párrafo que Hemingway utiliza en Por quién doblan las campanas y que también se utilizó con variantes en el aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils:

Ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo, todo hombre es una parte del continente, parte del todo. Si una porción de tierra fuera desgajada por el mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio, con la casa de tu amigo o la tuya; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así, nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti.

En resumen y aunque algún crítico haya dicho que Devociones es un ejemplo de estupenda prosa poética, no se puede aceptar que se trate de ningún poema y, como puede comprobarse, la anterior traducción de Collyer que hemos copiado difiere un tanto de la que corre por Internet y del fragmento que fue usado en el homenaje a las víctimas reproducido arriba.

De la oportunidad de una meditación en circunstancias inminentes

Unidad del cuerpo social

Con acuerdo o sin él, dada la trascendencia del Brexit o la fe irredenta de una parte de ciudadanos de Cataluña (para quienes votaron a favor del Brexit, estas meditaciones serían sin duda una lectura más que edificante, escritas, además, por uno de sus mayores poetas, al que convendría que hubieran leído), no quiero evitar la interpretación doméstica y la actualización de las reflexiones de John Donne, un poeta que ya en 1624 escribió esta meditación que, como vamos a ver, mantiene su vigencia y actualidad, salvando algún anacronismo intencionado. Leído con atención, el fragmento reproducido da por supuesta una Europa teóricamente unida y a la vez expone la idea de que la separación de una simple colina, de una casa, de un fragmento de Europa, por pequeño que sea, significa una mengua, una pérdida. Unidad de Europa y valor superior de la cohesión del conjunto podrían ser los implícitos del texto (Esta idea de unidad y los fundamentos filosóficos aplicados a las distintas formas políticas de gobierno están estudiados por José Antonio Maravall en Teoría española del Estado en el siglo XVII, Madrid: 1944, cap. III, pp. 116 y ss).

Manifestación independentista catalana

Por tanto, una primera lectura invita a pensar que Donne da por sentado que Europa posee una determinada unidad: por eso puede formular simbólicamente que si el mar desprendiese una porción —¿un país incluso?— de esa implícita unidad, Europa se resentiría y perdería. De la misma manera, si un hombre, si un individuo muriera, la unidad del conjunto, la humanidad, quedaría mermada. A eso ya se le puede llamar, de entrada, ecumenismo, principio básico del mensaje cristiano que Donne compartía y difundía, y que no sería difícil traducir en clave laica y relacionarlo con la pretensión de un ecologismo universal: ecumene ecológica o ecología ecuménica para la salvación del planeta. Está claro que el tema común y subyacente de todas estas meditaciones es la muerte, pero si insistimos en el nivel metafórico y contextualizamos el párrafo, el autor advierte y reconviene también —dirigiéndose a un tú lector o desdoblándose a sí mismo al modo de un monólogo dramático— de que cuando oigas las campanas, o sea, cuando comiences a escuchar esos mensajes de desunión y separación, piensa que eso te puede pasar a ti; o sea, que el muerto podrías ser tú.

Pero, ¿de qué Europa está hablando Donne a principios del siglo XVII? ¿De qué unidad? ¿Cómo y por qué se resiente la humanidad si se le amputa un solo miembro o muere un solo individuo de ese conjunto? Es muy evidente que cuando Donne escribía, se aprovisionaba de la imaginería de su época, y que recurrió a una muy común y muy utilizada en su tiempo, que posee dos planos de lectura: el religioso y el laico. En el plano religioso, la unidad del cuerpo místico, que procede de San Pablo, y fue luego utilizada con profusión por el P. Francisco Suárez, otro experto en disquisiciones metafísicas. Con esta alegoría, no obstante, John Donne quiere situarse por encima de la ya consolidada desunión llevada a cabo por las iglesias anglicanas y luteranas. Rebajando esa elevada metáfora al plano político, también el cuerpo social y sus miembros forman un organismo; un mecanismo que solo funciona armónicamente si todas sus partes lo hacen. Por eso, todos y cada uno son imprescindibles, y por eso cuando algún individuo muere o un fragmento le es amputado al cuerpo social, el conjunto sufre: todo el cuerpo está interrelacionado, es interdependiente. Esa metáfora organicista no es más que la versión de la frase de que el hombre es en sí mismo un microcosmos. Después de la República de Platón, «no extrañará que durante milenios la analogía de la ciudad (o cualquier forma social) y el hombre se convierta en lugar común de las más variadas doctrinas políticas» (Francisco Rico, El pequeño mundo del hombre. Varia fortuna de una idea en la cultura española, Madrid: Alianza, 1986, p. 108). Evocando de pasada La República original sacada del cuerpo humano (1587) de Jerónimo Merola, no parece arriesgado añadir que Donne conocía todas estas teorías y, por tanto, también creía en la rentabilidad literaria de esa metáfora de la República como organismo humano, que tenía sus antecedentes tanto entre los seguidores de Erasmo como entre los filósofos tacitistas del siglo XVI. Toda sociedad, toda construcción política (por ejemplo, una República basada en la monarquía hereditaria), estaría bien organizada si, como en el cuerpo humano, todos los miembros, todos los sistemas, todos los individuos estuvieran entre sí unidos y fueran conscientes de su interdependencia y solidaridad.

Unidad de Europa

Cuando John Donne habla de merma, de pérdida para el conjunto, ¿está aludiendo indirectamente a la interdependencia y la solidaridad? ¿O está hablando, más bien, de eficacia mecánica y rentabilidad práctica? Donne se remite a la unidad en términos metafóricos geográficos, dando por hecho que el continente, Europa, posee unidad geológica, a pesar de que él esté hablando desde una isla, Inglaterra, desgajada de ese continente en algún momento de la historia geológica de Europa, y, en el plano de lo religioso y jerárquico, desprendida en el siglo XVI de la disciplina romana. Pero ni la insularidad geográfica ni la separación de la Iglesia anglicana y luterana impiden que, en su reflexión, se promueva la idea de unidad, unidad que cuenta con la pertenencia geológica al continente Europa, pero donde se advierte otra unidad cultural (religiosa, política, histórica) también llamada Europa. Y en todo caso, una vez consolidada esa separación de las Iglesias, todavía se estaría proponiendo una unidad superior que podemos identificar con «la tolerancia religiosa, la laicización del pensamiento, la fe en el progreso científico, material y moral, la adhesión a unas normas de conducta política que parecen superiores a las que existen en el resto del mundo». La frase es del historiador Joseph Pérez en su análisis del Discurso sobre Europa, leído por el célebre doctor Laguna en Colonia el domingo 22 de enero de 1543 (Joseph Pérez: «Una visión humanista a mediados del siglo XVI: el Discurso sobre Europa del doctor Laguna», en Juan L. García y Juan M. Moreno [coords.]: Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista, Congreso Internacional Segovia 22-26 de noviembre de 1999, Junta de Castilla y León, 2001, p. 51).

Doctor Andrés Laguna (1510-1559)

Donne, por su parte, está apelando a una cohesión y una dependencia que, con sus mutuas interrelaciones, son de carácter religioso y cultural. Lo uno marca o determina lo otro y viceversa. Es evidente que, en la actual Europa, parece superada esa enemiga entre facciones religiosas: incluso los estados de la Unión son en su mayoría aconfesionales (de los 28 países comunitarios, 21 son aconfesionales, uno laico y 6 confesionales). En ese aspecto, se da una diplomática tolerancia entre las religiones monoteístas, aunque todavía esa facción del Dáesh persista en sus aterradores atentados. Lo que une a Europa no sólo es un modelo económico determinado —urgentemente mejorable—, sino muchos principios que se han ido formando a partir de la evolución de otros anteriores, que una vez fueron formulados por los filósofos griegos y latinos y retomados en el Renacimiento o dentro de las respectivas Iglesias; principios que —independientemente de que se practique una fe u otra— se echan de menos en formaciones políticas a las que se les llena la boca de principios cristianos, se comen los santos, se los cargan sobre los hombros y, en ocasiones, denuncian que algunas palabras y algunas imágenes ofenden sus sentimientos religiosos. ¿En qué han convertido la caridad cristiana? ¿La han sustituido con eficacia por el derecho internacional o el de gentes? Concedamos que la caridad sólo obliga a los fieles y creyentes, pero, ¿cómo, por ejemplo, se está manejando la entrada masiva de refugiados en Europa? ¿Esa caridad implica la solidaridad? Y en otro orden de cosas, ¿el crimen implica la petición del perdón? ¿Se practica ese perdón y esa petición? ¿Es legítimo crear desunión y enfrentamiento civil en el seno de una comunidad en nombre de la independencia? ¿La independencia es un legítimo fin político ante cualquier tiranía o ha sido sustituido por una fe de connotaciones religiosas que una minoría creyente pretende imponer? ¿Quién pierde y quién muere en todas las guerras civiles que, en el fondo, son también religiosas o, mejor, cuestiones de fe? ¿En qué ha quedado la justicia que aglutinaba el cuerpo social de la República de Platón? ¿Dónde la restitución del daño causado, del dinero robado? ¿Por quién doblan las campanas? Las campanas doblan por ti.

Tragedia civil y religiosa de John Donne

John Donne nació en el seno de una familia católica. Su abuela materna fue sobrina de Tomás Moro, consejero real y autor de la famosa Utopía, que fue condenado a muerte por Enrique VIII por no aceptar la ley de Supremacía del poder temporal sobre el espiritual y no consentirle al rey el divorcio de su esposa Catalina de Aragón. De este matrimonio había nacido María I de Inglaterra e Irlanda, la Bloody Mary de la leyenda, que casada con Felipe II reinó entre 1553 y 1558, y reinstauró el culto católico abolido por su padre Enrique VIII. Si el consejero real Tomás Moro fue ejecutado, es fácil imaginar el sufrimiento y las persecuciones que los católicos rasos, partidarios de la disciplina romana, sufrieron bajo Enrique VIII y, más tarde, bajo Isabel I (Góngora llamó a esta reina «loba libidinosa y fiera», tal vez para compensar diplomáticamente el calificativo de Bloody Mary que los ingleses concedieron a su reina María I), Jacobo I y Carlos I. Tolerancia religiosa, poca o ninguna. Persecución e inquisición, refinadas.

Añadamos que, por línea materna, Donne tenía dos tíos carnales jesuitas «que ejercían secretamente su ministerio» y que otro familiar de la madre, Thomas Heywood, fue «ejecutado en 1574 por católico» (Cien poemas, o. cit., p. 359. Para conocer el ambiente que pudieron vivir los descendientes de Tomás Moro, ver Enrique García Hernán, Vives y Moro, Madrid: Cátedra, 2018). No queda ahí la cosa y según relata la cronología que va al final de estas Devociones, «durante el reinado de Isabel I (1558-1603), la legislación anticatólica convirtió en felonía la práctica de la religión católica y los condenados por practicarla eran sometidos a abyectas torturas. Donne vivió su infancia atenazado por el terror a las persecuciones». Añadamos que, a los diecisiete años, cualquier estudiante inglés debía suscribir y jurar los «treinta y nueve artículos» de la fe anglicana. Si alguien se negaba, le podía costar la cárcel y la muerte. Con este panorama de auténtica guerra civil y religiosa interna, John Donne se centró en sus estudios en Oxford y luego en Cambridge y evitó mientras pudo suscribir los mencionados artículos, por lo que no llegó a conseguir el título oficial de los estudios que había llevado a cabo en esas prestigiosas universidades. Su compañero de pesca Walton recoge el dato del constante estudio de Donne sobre «ciertos puntos controvertidos entre las Iglesias anglicana y romana, y especialmente los de la supremacía y la fidelidad». Al leer la Vida de Donne, se comprueba el grado de contradicción personal que necesariamente tuvo que vivir el escritor a lo largo de toda su vida, cuando, en

Samuel Johnson (1709-1784)

el fondo de su corazón y de su conciencia, era un católico entre anglicanos o cuando, a partir de su forzada conversión pública, se convirtió en un clérigo anglicano y en uno de sus predicadores más conocidos. Bien es verdad que, para suavizar esta contradicción interna y vista la deriva intransigente de los puritanos ingleses, se inclinó por la rama partidaria de la conciliación con Roma, que se denominó High Church, a la que también se unió, por cierto, T. S. Eliot, quien en su famoso ensayo «Los poetas metafísicos» rescata a John Donne y a otros poetas de la distancia crítica despectiva que les había impuesto Dryden y luego consolidó Samuel Johnson en Vidas de los poetas ingleses (1779-1781).

La divisa de Donne: «Antes muerto que mudado»

Tanto la biografía de Walton como la cronología final coinciden en que Donne realizó, entre otros, un primer viaje por España e Italia entre los catorce y los dieciséis años, justo antes de comenzar sus estudios en Cambridge (1588), y un segundo periplo en 1596, este sí, históricamente comprobado, acompañando al segundo conde de Essex en la celebrada toma de Cádiz. Se diera o no ese primer viaje, me inclino a pensar que el castellano lo pudo aprender antes, en el ámbito de Oxford, donde existía un entorno favorable al conocimiento del castellano, de su literatura y su pensamiento, y donde coincidió durante varios cursos con el que sería uno de los más importantes traductores del castellano, James Mabbe, que bajo el seudónimo de Diego Puedo Ser tradujo al inglés, entre otras, la Celestina (1631) y el Guzmán de Alfarache (1622) (Para estas cuestiones, ver Pedro Guardia Massó, James Mabbe, eminente hispanista oxoniense del siglo XVII. Personalidad literaria. Estudio de varios manuscritos inéditos y del The Spanish Bawd, en http://hdl.handle.net/10803/53661). En este mismo ambiente de Oxford, desde 1586, circulaban, impresas allí mismo en castellano, las Reglas gramaticales para aprender la lengua española y la francesa, escritas por el reformado Antonio del Corro.

Más arriba hemos adelantado que en 1591, a la edad de dieciocho años, William Marshall, a partir de una miniatura, levanta su retrato como un joven que, vestido con jubón, lleva una espada de empuñadora española. Arriba, a la derecha, sobre el blasón familiar, aparece la divisa que John Donne adoptó en castellano: «Antes muerto que mudado».

W. Marshall. Anno Domini, 1591; aetatis suae, 18.

La mayoría de los estudiosos sostienen que esta divisa evidencia su temprano conocimiento del castellano, cierta severidad indumentaria y, siendo un fellow oxoniense, un estetizante uso de las armas. Proponen además que la divisa puede estar tomada del libro I de los Siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor, cuya primera parte se publicó en 1559 y Bartholomew Yong tradujo al inglés en 1583, aunque Donne pudo leerla directamente en castellano. Para su demostración, aportan el comentario del pastor Sireno después de reproducir lo que Diana ha escrito en la arena, «Antes muerta que mudada»:

¡Mira el amor lo que ordena,
que os viene a hacer creer
cosas dichas por mujer,
y escritas en el arena!

El hecho de que el verso se atribuya a una mujer, o sea, esté en femenino, creo que puede ser un inconveniente para que Donne adoptara la divisa de esta fuente. La explicación del pastor, por otra parte, remite al tópico de la infidelidad, la inestabilidad emocional femenina o a la poca fiabilidad de las palabras dichas por mujeres, muy propio de la misoginia de la época, aunque el propio Donne dijo en una ocasión que «uno cambia de amor como de mesa» (Cien poemas, o. cit., p. 360).

Creo, no obstante, que puede proponerse otra fuente para esa misma divisa: la Comedia llamada discordia y Questión de amor, atribuida a Lope de Rueda (1510-1565) y publicada años después de su muerte, en 1617 (para la autoría de esta comedia, ver Alberto Blecua: «De algunas obras atribuidas a Lope de Rueda», Boletín de la RAE, LVIII [cuaderno 215], 1978, pp. 403-434). El enorme éxito del teatro de Lope de Rueda bien pudo ser la vía por la que Donne, que pudo estar en España antes de 1591, fecha del retrato, conociera la frase que, captada al vuelo en alguna representación, incorporó a su divisa. En la comedia atribuida a Rueda, habla Salucio y dice:

Assí que digo y confirmo
que el leal enamorado,
antes muerto que mudado
y esto de mi mano firmo,
y doy por averiguado.

A lo que responde Petronio:

Yo soy de aquessa opinión.
y en esa ley de amor muero
y así tengo por muy vero
que el que muda su afición
no tiene amor verdadero.

Y Leonida añade para resolver el contenido de amor verdadero:

Que en la ley de bien querer
no hay más verdadero amor
que el amor de la mujer.

El tema de la comedia es «la inconstancia de Amor». Se trata de una disputa entre pastores sobre si es más fiel al amor la mujer o el hombre. Leonida, como mujer, defiende que son ellas las más leales en el amor. Petronio y Salucio, en cambio, sostienen que son los hombres los partidarios del amor fiel y verdadero, pues no mudan su afición.

Esta fuente encaja muy adecuadamente en un tema en el que el poeta John Donne resultó ser un consumado maestro y un modelo literario: la cuestión de amor. Él es el autor, y de ahí proviene su fama generalizada, de una extraordinaria colección de poemas amorosos, que algunos denominan eróticos (Ver la ya citada J. Donne: Poesía erótica [versión y prólogo de Luis C. Benito Cardenal], Barcelona: Barral, 1978, o también, Sonetos y canciones: poesía erótica [trad. J. L. Rivas], Madrid: Vaso Roto, 2015). La temática de los versos de la Diana de Montemayor se inscribe en una tradición pastoril, al igual que su precedente, la Discordia de Lope de Rueda. El tema de ambas obras gira en torno a la fidelidad del amor masculino a las mujeres, que Lope de Rueda identifica como amor verdadero, mientras que la Diana de Montemayor elucubra sobre el tópico de la infidelidad y variabilidad de los afectos femeninos y la inconstancia de sus amores. En ambos casos, se trata de un tema o tópico que sirve de excusa para el esparcimiento social a través del teatro y la disputa verbal.

Dos interpretaciones de la divisa «Antes muerto que mudado»

Teniendo en cuenta estos dos antecedentes —tanto el que se refiere a la guerra religiosa entre católicos y anglicanos que Inglaterra vivió durante muchos años y que afectó a Donne como los poemas de tema amoroso—, me permitiría proponer dos interpretaciones tal vez complementarias de esta divisa.

Respecto al amor, no nos salimos de una declaración a favor del amor recto y verdadero, que, en principio, es el que se centra en las mujeres, con independencia de la fidelidad del hombre o de la mujer. Sin embargo, en algunos de sus poemas, Donne defiende no tanto la infidelidad como la utilidad de tener múltiples experiencias con distintas mujeres para valorar más el amor («El indiferente» o «Infinidad de amantes»). Aunque puede parecer poco probable, en el anverso de esta divisa pudiera estar implícito el mensaje de que el amor verdadero es el que se consuma solo con mujeres, es decir, entre hombres y mujeres. Por tanto, estaría reprobando cualquier otro amor que no fuera el heterosexual, puesto que cualquier reivindicación del amor homosexual, al estar duramente castigado, no podría ser admitido públicamente, sino escondido bajo el artificio de un emblema. Parece innecesario acudir ahora a las teorías que Pausanias expone en el Banquete de Platón. El recto amor, el verdadero amor del que se habla en el diálogo platónico es el que se dedican los hombres entre sí, mientras que el que aparece constantemente en boca de los pastores y las pastoras de la Questión de amor o Discordia se da entre hombres y mujeres, situación convencional propia de la época y que Pausanias calificaba como amor vulgar o pandémico. Todo parece indicar que, más bien, el mensaje final pudiera ser una declaración a favor de la fidelidad amorosa al Amor, y la divisa querría decir que Donne preferiría estar muerto a dejar de amar o que solo la muerte evitará su fidelidad al Amor, su persistencia en el amor.

Si introducimos una clave distinta, hay otra posible interpretación que no parece improbable en un autor como Donne, tan dado a la afición que toda la Inglaterra Tudor demostró hacia los emblemas y enigmas. Tal como se ha dicho antes, Donne, que procedía de una familia católica, se pasó media vida manteniendo esta confesión, a pesar de los serios problemas sociales y económicos que le causó el tardar en adherirse públicamente a la fe anglicana. Esta divisa podría significar también que, en el fondo de su conciencia, en el fondo de su corazón, preferiría antes la muerte que mudar de fe, es decir, cambiar su fe católica por la anglicana: fidelidad hasta la muerte a la fe de sus mayores. José Luis Camares y Santiago Fernández afirman con rotundidad que

Donne es un gran hipócrita: su alma siempre estuvo en el viejo mundo del catolicismo aunque su vida transcurriese en el mundo nuevo de la Reforma. Su inconsciente se negaba a la traición de unas convicciones que le habían sido inculcadas tempranamente, convicciones que su familia sentía tradicionalmente y había defendido a costa de grandes riesgos (J. L. Camares y S. Fernández-Corugedo: «Introducción a John Donne: Canciones y sonetos», en Scripta in memoriam J. B. Álvarez-Buylla, Universidad de Oviedo, 1986, p. 32).

Carlos Pujol, por su parte, sostiene que el poeta fue «en todo momento un arribista sin escrúpulos», un «adulador» y un «pedigüeño». Afirma incluso (en mi opinión, simplificando el problema) que John Donne «abrazó una herejía teológicamente hablando muy templada […]. No era la ruptura de Lutero o Calvino, sino más bien un apaño cómodo y patriótico a la medida del pragmatismo nacional» (Cien poemas, o. cit., 12, 371 y 361).

Sin embargo, la conducta que estos autores califican de hipócrita o apañada, habría que colocarla fuera del exabrupto, y, mejor, dentro de un movimiento nicodemista más amplio y generalizado, en el que el disimulo y la ocultación de la verdad, e incluso la mentira, no sólo podían estar justificados, sino que estaban recomendados y excusados por los riesgos de cárcel, tortura o peligro de la propia vida que algunos tuvieron que afrontar en los más crudos momentos de persecución ideológica o religiosa.

Lo cierto es que, por lo que conocemos de la vida de Donne, durante años, el rey Jacobo I (1603-1625) no quiso concederle ninguna prebenda civil, y le forzó a que firmara los principios de la Iglesia anglicana y se hiciera clérigo anglicano. En 1593 apostata de la fe católica después vivir la tragedia de su hermano Henry, que es encarcelado por proteger a un sacerdote que clandestinamente practicaba el rito católico. El sacerdote es ahorcado y descuartizado en público, y Henry muere en la cárcel. No obstante, la conversión pública y oficial se llevó a cabo el 23 de enero de 1615, después de haber escrito el Pseudo mártir y un severo ataque a los jesuitas (Ignacio, su cónclave, 1611), a pesar de sus antecedentes familiares y con el fin de congraciarse con el rey Jacobo. Inicia entonces una carrera eclesiástica que culminará con el nombramiento como deán de San Pablo, en Londres, el 19 de noviembre de 1621. En ese momento de la conversión, sustituye la juvenil divisa «Antes muerto que mudado» por una nueva en la que se representa una imagen de Cristo, crucificado en un ancla. De una enigmática divisa literaria a la más cruda representación, también simbólica.

Cierre

John Donne ha sobrevivido a sus jueces literarios, Dryden y Samuel Johson, que le tacharon de manera distante, tal vez despectiva, de poeta metafísico; pero tras su muerte, veintitrés veces imaginada, veintitrés veces meditada en sus Devociones, esta edición de los Ineludibles de Novara contribuye a que ese juicio parcial literario quede, al menos, pendiente de uno más imparcial y desde luego, final que lo acabe llevando a la gloria literaria.


Devociones y Duelo por la muerte
John Donne
Prefacio de Carlos Zanón
Prólogo de Andrew Motion
Apéndice con la Vida de John Donne por Izaak Walton
Barcelona: Navona, 2018
392 páginas
34€


Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en filología hispánica por la Universidad de Barcelona y profesor del Máster de Traducción Literaria del IDEC/Pompeu Fabra. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000) y Papel japón (2002), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico: ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999); ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002) e Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010). Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.

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