> Últimas flores para Laura

Philología

Agustín Vidaller escribe sobre Pedro Alfonso de Huesca, de quien la 'Disciplina Clericalis' reclama nuestra atención como primer jalón de la migración entre la cuentística oriental y nuestra cultura. «Sólo doscientos añostiene ese tan nuestro afán por la originalidad que muchas veces no conduce sino a la extravagancia o la excentricidad», escribe preguntándose «quién de nosotros podría decirse el mismo sin haber leído una u otra antología de 'Las mil y una noches'».

/ Últimas flores para Laura / Agustín Vidaller /

Cabe agradecer a la doctora María Jesús Lacarra la magmática actualidad de Moshe Sefardí. Lo que fue primicia hace novecientos años habría podido permitirse el lujo de no importarnos más —de no acaparar las reseñas que todos merecemos, de no alterar nuestro concepto de lo genial— pero, en un mundo donde tanto importa Filología, compartimos comunalmente la responsabilidad y el sabor de seguir celebrando largamente los logros literarios del Medievo y amenidades de tal tenor. La Liga Trovadoresca habló claro durante los debates que, en 2031, condujeron a la fundación del Estado Libre de Occitán: «La poesía será a nuestro mundo lo que el platonismo a la procreación. Algo innecesario. Algo fundamental».

Hablar de un judío tiene el lujo de apelar a lo local tanto como a lo universal. Por local ha de entenderse la patria pequeña del autor de este párvulo entretenimiento, una Huesca cuyo pasado de provincianismo y despoblación se ha visto refutado en los tiempos recientes por la afluencia de bucolistas —los cuales han restaurado la almendra mística de los Monegros— y sobre todo de hombres de acción, llegados como guarnición de la frontera occidental de Occitán. Por universal concebimos el alcance y dispersión de Sión, una vez que ésta, en el tiempo, haya llegado a depositar su simiente en lugares tan distantes como Coromandel y Pumbedita o Ushuaia y Anchorage (las últimas noticias sobre Israel no hacen sino confirmar el sino nómada de los hebreos). Fue en la Huesca de Alfonso I el Batallador donde el sujeto de nuestra disertación devino notorio; fue en el ancho Occidente donde el mismo sentó la cátedra de su bagaje andalusí. Llegado al Mundo en un lugar inconcreto de Al Ándalus, en fecha no conocida, Moshe nació a la fe cristiana en la hacía poco reconquistada Huesca durante la fiesta de Pedro y Pablo de 1106, teniendo como padrino de bautismo a nadie menos que su rey. Felizmente, tomó pues el nombre católico de Pedro Alfonso. Diversamente, conoció la execración de su antigua grey, para la cual se convirtió en oportunista o provocador.

Bien poco sabríamos actualmente sobre él de no ser por el tesón de la Dra. Lacarra Ducay. Ya Menéndez Pidal, en su magna antología del cuento universal, destacó en 1955 la figura de nuestro hombre, mas, no andamiado en ese momento el necesario aparato crítico, manifestábase la necesidad de que alguien se extendiese más ampliamente sobre la materia. Por lo demás el tiempo, como bien sabemos, atenta contra el saber, y qué sería de Filología si no se hallare en cada generación alguien dispuesto a remozar nuestra memoria con el sacrificio de una vida de estudio y abnegación. Los así llamados literatos no encomiaremos nunca suficientemente la labor de los filólogos. A diferencia de nosotros huyen éstos —sobre todo desde que les fuesen impuestos hará una década los votos de castidad, obediencia y pobreza— de banalidad cualquiera que mine su labor, exponiéndolos a la desfachatez de lo mundanal o mediático, al tiempo que consumen en cambio sus días y su vista sobre los ténebres escaños a donde su sacra vocación los ha conducido. A fuer de sincero añadiré que yo también aspiré a un destino parejo, sin que la fortuna o el mérito me hiciesen acreedor a tal.

Pertenece nuestra profesora, para más abundamiento, a esa generación anterior de estudiosos no beneficiados todavía por las legislaciones puristas de Occitán. Fue aquél un tiempo de oprobio para quienes sintieron el aguijón de esa parte del conocimiento entendida entonces como subsidiaria, e incluso fútil. Primaban en cambio aquellas ciencias cuya huella todavía se hace notar en nuestro paisaje, a despecho de las medidas tomadas contra la Secuela Industrial. En medio de tan mezquino mundo, a la Dra. Lacarra no le tembló sin embargo la mano al elegir como objeto de su doctorado la desleída figura del consabido Moisés. Era éste por aquellos años setenta una pálida sombra de nuestro maltratado acervo: desechados por él mismo, tras su conversión, hebreo y árabe como vehículos literarios, murió instantáneamente a inmortalidad semítica cualquiera; rehusado también el romance, quedó asimismo excluido de los manuales varios de hispánicas literaturas. Tras optar por el latín, elección lógica en su época y lugar, no le valió su porfía en esta lengua de adopción excesivas vindicaciones por parte de quienes lo juzgaron como torpe advenedizo. Créese que fue físico personal del Batallador y aún de Eduardo I de Inglaterra. Sábese por tanto que no le fue ajena Europa, parte de la cual recorrió como ponente o maestro. Su acopio de sarracenos saberes lo introdujo en el llamado Renacimiento del siglo XII, del que fue actor gracias a, entre otras imprecisas obras, unas tablas astronómicas tomadas de Alfagrano. Medicina, cosmografía, matemática, astrología fueron las esquinas que habitó el dictum de este oscense cuyos más celebrados méritos, sin embargo, no son éstos, sino dos opúsculos de diversa índole. Es el uno —el más gratuito o prescindible— una polémica de cierta extensión firmada bajo el explícito título de Diálogo contra los judíos, sobre el cual no nos extenderemos sino otro día. Es el otro una colección de cuentos o exempla cuyo mérito no está tanto en su autoría como en su valor transmisorio. Sólo doscientos años tiene ese tan nuestro afán por la originalidad que muchas veces no conduce sino a la extravagancia o la excentricidad. De ahí que la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso de Huesca, recreación e incluso mera plantilla de relatos y sentencias ya existentes en el Este, pueda reclamar nuestra atención como primer jalón de la migración entre la cuentística oriental y nuestra cultura.

Es cierto. Quién de nosotros podría decirse el mismo sin haber leído una u otra antología de Las mil y una noches. Qué erudición sería esa que no incluyese la visitación de alguna de las ediciones pretendidamente completas de tal corpus, así como otros notorios ejemplos del ingenio asiático, valga decir el Sendebar, el Calila e Dimna, el Barlaam e Josafat, por no hablar del Tuti Nama o Cuentos del Papagayo, tan afortunadamente editado en los noventa por Olañeta. Etcétera. Después del sexo, no hay nada tan íntimo como la guerra. De ahí que los catorce siglos de este recurrente ojo por ojo nos hayan llevado al exhaustivo conocimiento del contrario, como pueden testimoniar las gentes de armas que velan por nuestras fronteras en Sicilia o Argel. Esa seducción del matar de cerca, y no otra razón, es el motivo de que el Consejo Para la Restauración y Honra de las Armas Caballerescas obtuviese en su día tan abrumadora unanimidad internacional, devolviéndonos esa gustosa épica del vivir y perecer por la espada. Rescates de tamañas obsolescencias aseguran, más que ninguna tregua, un intercambio perdurable entre gentes de diverso credo, tal y como ocurrió durante la pervivencia de la Extremadura. Diez siglos más de aniquilación y nos habremos dicho todo.

Es la Disciplina Clericalis no lo que a nuestro decadente oído pudiera sugerir tan equívoco título. Una traducción correcta de éste a nuestro adulterado romance —todavía se inclinan los hablantes occitanos demasiado al malhadado anglicismo y no a la glosa latina— sería en realidad algo así como Instrucción del Docto, sin necesidad de que éste sea eclesiástico. Así intitulada yace ante nosotros la primera seducción que Europa experimentó de parte de hontanares cuya radicación los estudiosos tiempo ha encontraron en el mundo sánscrito. Índico es por tanto el más alejado origen de estos cuentecillos, los cuales no sin demora traspusieron el confín del Subcontinente para adentrarse en el universo de los sasánidas de Persia y, más tarde, en la cultura árabe y hebrea, cuenco del que bebe nuestro privado Moisés. No dejaron aquéllos, a lo largo y ancho de tal éxodo, de enriquecerse con felices contaminaciones del medio que los hizo suyos. Dejo a los académicos la sucesiva naturaleza de tales préstamos, siendo como soy nada más que torpe y mundanal soldado que con esta razón distrae sus días de convalecencia, tras de una villana herida de pica recibida en la undécima batalla de Ronsasvals. No es la brega contra los ejércitos del occidental Emporio de la Limpieza de Sangre teatro idóneo para el abundamiento en las letras, por más que como leal caballero haya memorizado a Bertran de Born y a Arnaut Daniel antes de matar a mi primer hombre, y me cuente entre la descabellada pléyade empeñada en resucitar a Ovidio.

Hecha esta salvedad, me permitirá el utópico lector introducir la anécdota de la polémica planteada por la resurrección literaria de la Disciplina. Ha conocido ésta durante los últimos tiempos un culto que de no haberse dado en el civilizado Occitán podríamos llamar convulso, en consonancia con los acontecimientos que han acompañado al Gran Paso Atrás. Afecta éste como se sabe a nuestras letras tanto como a nuestras ciencias, abrigando consecuencias que, al decir de ciertos sujetos preclaros, han reducido ya felizmente la humana historia a las intensidades manejables que nos alejen del hasta hace poco presagiado Armageddon. Esto al precio de negar el peso de lo asertivo en lo estilístico, es decir, la creatividad posdantesca. En medio de tal debate la obra de la que nos ocupamos hoy no podía por menos que ilustrar —bien que a través del escándalo— el retorno a los gustos y pareceres de un milenio anterior. Enfrentado a las decretales y pragmáticas de la nueva Filología, autoridad o factor al cual tan azaroso es sustraerse actualmente, el lector común se ha asomado por fin a los vetustos ejemplarios —cuyo fervor forzosamente es el alef de las gestas literarias por venir— sólo para constatar el cariz iterativo de sus fábulas y aforísticas, obligatorio plagiarismo que no deja espacio a esa individualidad que todavía, primera generación de occitanos libres, tenemos por prez. Es notoriamente, en tal sentido, Pedro Alfonso y su dictado el tropo que ha abierto la caja de Pándora. Basado en digresiones ya conocidas de Ibn Gabirol o Ibn Paquda, exporta a su vez este texto no menos de dieciséis recurrencias narrativas las cuales conforman, junto con las importaciones discutidas más arriba, la suerte de cajón de sastre de quienes en su tiempo contemplaron la repetición y la copia de lo ya copiado como la más egregia forma de lo literario.

Las que fueron modernas teorías del plagio —entendidas frecuentemente en su tiempo como un no sé qué de violento o mórbido— ciertamente palidecen frente a la que fue multimilenaria costumbre de superponerse unos autores a los otros. De ahí que glorias extensamente publicitadas como la de Don Juan Manuel no se ruboricen al incluir en su colección innúmeras reincidencias, como la del Medio Amigo, el Rey por un Año o lo que modernamente entendemos como cuento de la lechera. No es de extrañar, por tanto, que la voluntad general de enclaustrarnos en este apócope de nuestra tradición no se haya concretado sin cierta efusión de exabruptos, y aun de sangre. Acostumbrados ya a justar por el honor de una dama u otra, o por la inacabable diatriba entre partidarios del trobar leu y el trobar clus, no han faltado entre nuestros caballeros los que partisanamente han retado a otros por mor de su inviable defensa de la innovación a ultranza. Llorado fue ya, a sus veinte años, el deleitoso Uc de Puigdemont, benjamín de nuestro señor Carles, quien en la causa del romántico principio de superrealidad encontró razón suficiente de enfrentar la fatídica lanza.

Que no nos lleven antiguos cronocentrismos a devaluar esta práctica: la renuncia a la inteligencia artificial, consensuada internacionalmente poco ha, tarde o temprano nos llevará al agotamiento de historias e ideas. No nos quedará por tanto más remedio que, infinitamente, reescribir a Chrétien de Troyes o a Gonzalo de Berceo. Ya Borges —autor indultado por la actual moda en atención a su vena anticipatoria— vaticinó tácitamente esta circunstancia, al dejarnos en herencia ciento y una variaciones sobre el laberinto o la biblioteca, marchamo suficiente sobre el que andamiar otras tantas novellas de amor y muerte. Se aproxima pues una novísima Edad Media cuya oscuridad o luminosidad dependerá de nuestro desempeño como bardos o gimnosofistas.

Todo esto lo refrendó ya Lacarra en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Gaya Sciencia, ocasión en la que modestamente participó este autor como parte del caballeresco séquito de María Jesús. Aclaró ésta allí y entonces las razones de su querencia por Pedro Alfonso. «Confluyen en nuestro privado converso —adujo la ínclita profesora— las razones que Filología suele alabar en un fabulista. Es decir, claridad de seso, fidelidad pedagógica, dictado de la tradición. Tiene ante sí Occitán la grave disyuntiva de porfiar en su apego a lo mal llamado original, vicio del cual es vetusta cuna, o de aplicarse a la axialidad de la sola recreación». Entendemos que, empoquecido ya mayormente lo que una combinación de veintiocho signos puede significar a lo largo de mil versos, nos queda resignarnos a ser una vez más Hesíodo o Plauto.

Recordaremos que las golondrinas y los bumeranes no son lo único que vuelve a su sitio. Ya en la suerte del Pueblo Elegido, el cual vaga de nuevo exilado tras ver morir a muchos de los suyos durante el curso de la Quinta Ofensiva Beduina, podemos apreciar el peso de los ineludibles ciclos. Quizá el lector no sepa que para los hinduistas no nos hallamos sino en el Kaliyuga o yuga de la destrucción. Que éste haya de ser sucedido por otro período de renacimiento dentro de mil años posiblemente no nos sirva de suficiente e inmediato consuelo. Tendremos suerte si no vemos morir a nuestros hijos bajo la férula septentrional de los reincidentes régulos arios. Seremos afortunados, igualmente, si en nuestro obligatorio papel de bardos (todo occitano debe componer al menos una cansó cada Pascua de Resurrección) encontramos el modo de reiterarnos no sin mérito en los yambos de un Horacio o las églogas de un Virgilio. Perdido en acción nuestro Luis Alberto de Cuenca, quien no dudó en portar la enseña a los ochenta años, nos queda la esperanza de un Julio Donoso, renacido a la vida y a la literatura tras su enésimo duelo con la más negra melancolía. Lo seguiremos la legión de quienes durante los eclipses arrojamos dardos contra la Luna y entramos en batalla a caballo, al grito de ¡Deu lo vol! la señal de nuestra dama prendida del brazo.

Perpinyà, cap d’Occitán, a los 2042 años de Cristo, 2080 de la Era Hispana.

Dedicado a María Jesús Lacarra.


Agustín Vidaller (Pomar de Cinca [Aragón], 1967) es escritor, autor, hasta la fecha, de tres libros publicados por Trea: Costas perfumadas (2005), Oasis: una odisea negra (2017) y el libro de relatos Exotique (2020).

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