El runrún interior

El runrún interior (78)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la proliferación preocupante de las acacias en Galicia o la contemplación de un niño preguntando en una librería por el diario de Ana Frank,

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (77)

Martes, 22/11/2022. Cuando uno repara en ello, impresiona ver cómo la izquierda es cristiana hasta lo más hondo de sus tuétanos, por mucho que reniegue del cristianismo literal. Las explosiones fundacionales de la edad contemporánea escindieron la forma cristiana de su fondo. Las derechas se quedaron con la forma. Y nosotros, con el fondo.

Santiago Alba Rico me cuenta que Daiarmad MacCulloch señala en su Historia de la cristiandad uno entre tantos parecidos: las víctimas preferidas de los cristianos han sido siempre otros cristianos; y las de los comunistas, otros comunistas.

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Me topo en Twitter con una vieja foto de Abelardo y Luis Enrique, futbolistas gijoneses, dos de los mejores de la década de los noventa, compañeros primero en el Sporting y más tarde en el Barcelona, hoy entrenador del Sporting el primero y seleccionador nacional de España el segundo. Los dos amigos posan juntos en un aeropuerto, probablemente El Prat de Barcelona, probablemente en el marco de los Juegos Olímpicos: Abelardo lleva una bolsa de Time decorada con los anillos y que dice «official worldwide sponsor of the 1992 Olympic games». Los dos futbolistas van de traje; el de Luis Enrique es bastante estrafalario. No lo llevan con naturalidad, hay algo que chirría, que no parece correcto, en esos trajes, y sus rostros, bobalicón el de Abelardo, hosco el de Luis Enrique, parecen los de los protagonistas de alguna película de suburbios ingleses devastados por el thatcherismo. La persona a la que veo compartir ahora la foto se burla del aspecto de este par de jóvenes de los barrios gijoneses de Pumarín y Laviada. Otros se acuerdan al verla del caricaturista Pedro Vera. A mí me cautiva. Es fácil reírse de ella, pero vale más que mil palabras del más sesudo ensayo sobre la clase trabajadora, su impronta, el fútbol como ascensor social y el mismo capitalismo.

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Miners going underground, de William Sharp:


Miércoles, 23/11/2022. Intentan desahuciar de su casa —y el Sindicato de Inquilinos lo impide— a un hombre llamado Mariano Ordaz que lleva 64 años, los que tiene, viviendo en el mismo domicilio en el barrio del Rastro, en Madrid, aquel en el que nació. En paro tras perder su trabajo en el sector hostelero a raíz de la pandemia, no pudo permitirse la subida del 7% del alquiler de su piso que sus caseros le impusieron. «No somos una ONG», le dijeron estos. Sus caseros son la Venerable Orden Tercera de San Francisco, conocida más recientemente como Orden Franciscana Seglar. Decimos a veces «soy comunista, nl franciscano» contra la tontería del «tan comunista no serás si tienes un iPhone/te vas de vacaciones/llevas zapatos», pero parece que los franciscanos tampoco son franciscanos.


Jueves, 24/11/2022. Goethe: «El ser humano no se da cuenta de lo antropomorfo que es».

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Visito Orense, invitado por el Club Alpino Ourensán a presentar mi La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista en su Semana Audiovisual de la Montaña. Recibo por su parte la más exquisita hospitalidad. Luz y Jesús, dos de sus miembros, me ofrecen un delicioso almuerzo en su preciosa casita a las afueras de la ciudad, con alimentos cultivados por ellos mismos. Y por la tarde, me llevan de excursión. Subimos hasta las ruinas del monasterio de Santa Comba, no lejos de la ciudad; un lugar asombroso, invadido por la espesa vegetación que descubro que rodea esta ciudad que apenas conocía. Siento entre sus muros, cobijo de castaños, laureles y madroños cuyas raíces y ramas aferran los sillares que un día demolerán y deglutirán, el vértigo numinoso de la caducidad de todas las cosas. «Passan vostri triunfi e vostre pompe,/ passan le signorie, passano i regni;/ ogni cosa mortal Tempo interrompe» (Petrarca). Jugamos con esta floresta un partido encarnizado que estamos condenados a perder. Luz y Jesús me cuentan que hay un litigio en marcha en torno al lugar; algo sobre un banquero que ha comprado el solar y quiere convertir las ruinas en un hotel. Lo logrará, seguramente, y será una pena. Pero también de ese hotel se adueñará la jungla algún día. La fase hotel será una más de la historia de sus ruinas redivivas. Y allá sentirán los hombres del siglo veintitantos, pisando los frutos rojos del madroño y excrementos de zorro o jabalí en lo que un día fue recepción, vestíbulo o comedor, la misma mezcla extraña de zozobra y bienestar que a mí me asalta ahora, pisando los frutos rojos del madroño y excrementos de zorro o jabalí en lo que un día fue atrio, claustro o refectorio.


Viernes, 25/11/2022. Por la mañana, antes de salir para La Coruña, donde aprovecho el viaje a Galicia para presentar también Los nuevos odres del nacionalismo español en la sede de la asociación cultural Alexandre Bóveda, visito otras ruinas orensanas con Luz y Jesús: las del castro de Santomé, situado en un promontorio sobre el río Loña, un afluente del Miño del que, desde el conjunto arqueológico, impresiona, ladera abajo, el fluir bravío en rápidos furiosos que moldean las llamadas marmitas de gigante: pozas horadadas en el granito, que hacen las delicias de los orensanos en los días tórridos del verano.

Una densa arboleda hermosea todo el paisaje. Vegetación atlántica y mediterránea: los dos climas colisionan aquí y se deslíen en una espesura mestiza de robles y castaños, madroños y alcornoques. También de otra especie en la que Jesús, técnico forestal, me hace fijarme: la mimosa o acacia, árbol del que yo no sabía que procede de Australia —traído, en su momento, para satisfacer las necesidades madereras de la construcción de ferrocarriles— y es aún más devastador que el eucalipto; una especie que, cuando se descontrola, llega a dar lugar a un desierto verde en el que nada, ni flora ni fauna, crece sino ella. Los expertos de la cosa se parten los cuernos —me cuenta Jesús— tratando de alumbrar maneras de contener su expansión vertiginosa, cuya cautivadora floración amarilla ya genera incluso una oferta turística del tipo de la de los cerezos del Jerte. Parece que acaban de descubrir que insertar ajos en los tocones mata a las mimosas de manera más eficaz y limpia que los procedimientos abrasivos que se vienen practicando.

Mientras bajamos de vuelta a Orense, voy fijándome desde el coche en las mimosas que arraigan a ambos lados de la carretera, y me doy cuenta de que son ciertamente numerosas. La inquietud con que las miro ahora, precavido como antes no lo estaba de su peligro, me hace acordarme de Ana Carrasco-Conde y la reflexión que descubrí en las páginas de su Decir el mal, sobre cómo el mal no es lo que, habiendo estado oculto, de pronto emerge a la superficie, sino lo que tenemos a la vista todo el rato sin que nos demos cuenta, y un día advertimos. Qué importante es educar la mirada.

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Con la palabra secta pasa como con la palabra fascismo: se ha sobreutilizado de una manera tan frívola que, cuando aparece algo que sí tiene rasgos seriamente equiparables a los de una secta, no puedes llamárselo, porque parecerá un insulto y no una serena descripción.

Lo que queda hoy de Podemos después de expulsar o espantar a su gente más brillante es ya casi literalmente una secta. Tiene un líder mesiánico al que se rinde un culto sonrojante que se despliega en imágenes de martirio: un hombre limpio que murió por nuestros pecados y al que no nos merecíamos; que quiso redimirnos y fue crucificado, muerto y sepultado por una formidable cloaca que lo abarca todo, de Eduardo Inda a Antonio Maestre, de José Manuel Villarejo a Ignacio Escolar. Tiene el cultivo de una desconfianza extrema hacia el mundo exterior y la búsqueda obsesiva del traidor interno mediante lo que podríamos llamar estrategia AVT: me han hecho daño, sufro, luego tengo la razón, la tengo en todo, y el que me la niegue en algo, e incluso el que no me la afirme con ímpetu suficiente, es un miserable. Tiene también el pedimiento de perras de las sectas: hay gente poniendo el dinero que no le sobra, y hasta el que le falta, en el exitosísimo crowdfunding que Iglesias ha lanzado para financiar su recién fundado Canal Red, del que no explica que cuenta para ponerse en marcha con una generosa partida del magnate de los medios Jaume Roures.

Ve uno memes y comentarios, en las redes sociales, que son para no creérselos. Estampas del Che Guevara con el rostro de Pablo Iglesias; loas sonrojantes al «mejor político de la historia de España», del que a veces se dice literalmente que «no nos lo merecíamos»; una foto de Iglesias e Irene Montero besándose acompañada de este comentario: «Me encanta verlos así de felices. Sabemos el acoso al que estáis sometidos por ser de Podemos, este tremendo sacrificio os lo agradeceremos eternamente. ¡Os queremos muchisimo! ¡La mejor ministra del mundo y el mejor secretario general!». Y siempre esa cosa tridentina, ese gusto por los Cautivos y las Dolorosas del que tan certeramente habla Pedro Vallín, pensando en Podemos tanto como en el Procés: pasar a cobro las heridas, patrimonializar políticamente el dolor, pervertir el propósito de la democracia haciendo que resolver las dificultades del votante sea reemplazado por resolver las del político y la solidaridad con el demos por la solidaridad con el poder institucional, solidificar adhesiones en torno a la exigencia de simpatía con la sangre y las cicatrices del Ecce Homo, ante las cuales cualquier pero es un acto de deslealtad, una revictimización. «Ante la víctima —dice Vallín— solo cabe ser plañidera o cómplice del tormento […] Ante la llaga, hay que agachar la cabeza».

Crece la sensación de que Podemos acabará presentándose en solitario a las próximas elecciones; que no sumará con Yolanda Díaz. Probablemente, con Irene Montero como candidata. Aprovechando las últimas polémicas y la solidaridad panizquierdista que concita la ministra frente al odio repugnante de la ultraderecha, comienza a pergeñarse para ella la imagen de una suerte de Pasionaria posmoderna: mujer doliente, madre del honrado pueblo, mártir por sus ideas… En los mítines de Podemos ya le gritan «¡presidenta, presidenta!». Mítines de los que gente cabal me cuenta que el clima en ellos es de una feligresía demencial: señoras con el pelo y los labios pintados de morado; conversaciones entre asistentes que giran casi exclusivamente en torno a con quién ha conseguido hacerse una foto cada cual, siendo la foto con Pablo y/o Irene la pieza más codiciada y envidiada; reprimendas a quien no aplaude con el suficiente brío (esto me ha contado un amigo que lo vivió en carne propia)…

Al hilo de todo esto, me sobreviene un recuerdo. Mis abuelos eran socialistas. Y mi abuela se acordaba mucho de cuando, en los años de apogeo de José Ángel Fernández Villa —líder histórico del sindicalismo minero en Asturias y poder de la región en la sombra durante lustros, de quien más tarde se sabría que amasó una fortuna con artes corruptas—, a ella le entusiasmaba aquel hombre que tan bien hablaba, pero mi abuelo desconfiaba de él. Qué importante es recelar siempre, sistemáticamente, de los hiperliderazgos. No lo hay que sea bueno. Tampoco el de Yolanda Díaz, aunque ahora mismo sea el mal menor. Hacen falta organización, contrapoderes, cauces verdaderos para la discusión y el disenso, bases informadas, exigentes y críticas, que desconfíen siempre del poder y no crean en salvadores a cuya genialidad fiarlo todo.

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Vox se vanagloria de llamar pan al pan y vino al vino, esta cosa de reivindicarse encarnación del sentido común del noble pueblo frente a los bizantinismos de la izquierda, pero esto de bajarse de la lucha contra la violencia de género, de rechazar la participación en actos conjuntos en su repudio del mismo exacto modo que Herri Batasuna rechazaba condenar los atentados de ETA, es una marcianada sociológica. O viven en una burbuja o lo saben, pero activamente prefieren ser un lobby de maltratadores que un partido de mayorías. La noción de una violencia específica extra contra las mujeres forma parte del sentido común más generalizado y elemental. Como señala Enrique del Teso, cualquiera que tenga hijos e hijas tiene la experiencia de preocuparse más por ellas que por ellos cuando salen por la noche. Vox, aquí, no habla popular, sino excéntrico.

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Un titular del día que parece la premisa de una película de Luis Buñuel: «Un cura es detenido haciendo un trío sadomasoquista en una iglesia y el altar acaba ardiendo».

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En La Coruña —una ciudad endiablada para conducir—, aparco mi coche en un parking curioso, al lado de mi hotel. Es un espacio muy chiquitín, aprovechado al máximo. Los coches, apretujados, se cierran el paso unos a otros en cada esquina y cada recoveco del minúsculo sótano. No es uno mismo quien aparca donde le parece, sino que, al llegar, le da la llave a un trajeado empleado, encargado de la gestión general del abarrote. Cuando un coche quiere abandonar el garaje, su conductor debe esperar un par de minutos a que uno de estos trabajadores del aparcamiento lo encarrile hacia la rampa de salida, moviendo previamente cuantos otros vehículos haga falta. Y es un pequeño espectáculo observar su destreza y su celeridad; la inteligencia espacial instintivizada con que mueven los automóviles como las piezas de un tetris. Un oficio curioso, un poco de otro tiempo, como la cortesía engolada con que se dirigen a uno estos admirables currantes.

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En el hotel en el que me alojo en La Coruña —en el que tengo la suerte de pernoctar en una habitación del piso undécimo que da a la playa de Orzán, de la que se me ofrece, así, una vista impresionante, y el arrullo del mar embravecido para dormirme—, lidio con el grifo absurdamente complicado de la bañera, una combinada de roscas de la que me cuesta dar con el tranquillo de su funcionamiento. Cuando consigo resolver este galimatías fontanero, me adviene otro: cómo diablos abrir un bote de gel que he comprado, que viene, también, con un cierre innecesariamente sofisticado. Pequeños síntomas de una era crepuscular, aburrida de la paz y de la opulencia, y que, recalentada, da vueltas a la almohada de la cama de su insomnio. Cansados del no cansancio, nos entretenemos en reinventar lo ya bien inventado; en recargar el barroco de la vida cotidiana.


Sábado, 26/11/2022. Paseando solo, con morosidad de flâneur, por el entorno de los Jardines de la Reina y la plaza del Marqués, en Gijón, siento, de pronto, un bienestar intenso, epifánico. Hace un leve sol, leves nubes puntean el leve azul del cielo del otoño. Un leve frescor, una leve humedad. En la plaza, ante el Palacio de Revillagigedo, un saxofonista callejero toca el My way de Sinatra con entrañable torpeza y una leve estridencia. Observo con relax a los paseantes, ancianos matrimonios callados, niños endomingados, paisanajes locales, turistas que preguntan por la playa de San Lorenzo; las etiquetas roídas del árbol de Navidad de botellas de sidra que, hace años, tuvo tanto éxito que no se desmanteló cuando acabaron las fiestas; el Don Pelayo estatuario que, impertérrito como un soldado japonés, alza la cruz de Cristo y la enfrenta al bosque de mástiles de los yates del puerto y a las bolas de gas de la distante Campa Torres, huevos blancos de dinosaurio en el nido del horizonte. Todo es levemente absurdo y levemente bello y es el ocaso leve de una ciudad agotada, enredada en la paradoja de una decadente prosperidad y una próspera decadencia.

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En la librería, veo a un niño bastante pequeño preguntar, muy educadamente, por el diario de Ana Frank. Conmovido por la escena, pienso en él durante todo el resto del día. En la vida que tendrá y que tal vez dure hasta más allá del año 2100; en las penurias que atravesará en un mundo que se desmorona, en si este lector prepúber hará de los libros un muro y un trampolín, a la vez refugio y espoleta para la acción; en si será soldado valeroso de las resistencias futuras, y la lectura de este diario terrible, memoria del Horror, será semilla primera de ese árbol. Tenemos motivos para estar muy inquietos cuando pensamos en el porvenir, pero también para la esperanza. La hay mientras el diario de Ana Frank siga vendiéndose.

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Una estupenda campaña del Ministerio de Igualdad pone en aprietos a Pablo Motos, presentador del programa El Hormiguero, que se ha sentido aludido por la dramatización, en el anuncio, de un presentador machista de televisión, y —sin aparentemente saber del efecto Streisand, ni del adagio latino de la excusatio non petita y la accusatio manifesta—ha publicado en sus redes un vídeo defendiéndose; vídeo que ha viralizado más aún la campaña y los cortesde los momentos más vergonzosos de su programa, que la gente ha corrido a rastrear: comentarios sexistas, preguntas cosificadoras y sexualizadoras a invitadas y escenas de baboseo repugnante incluso con menores de edad, caso de Miley Cyrus o Selena Gomez. Un pequeño #MeToo español. Invitadas que callaron en su momento su incomodidad, como Virginia Maestro, la reconocen ahora. Se ha rescatado, también, una entrevista a Charlize Theron en el late night de Jimmy Fallon, muy popular en Estados Unidos, en la que relataba su experiencia desagradable en un programa español del que se deducía fácilmente que era El Hormiguero, al que acudió en 2012 a promocionar la película Blancanieves y la leyenda del cazador junto con Kristen Stewart. La actriz sudafricana expresaba allá su incomodidad por que, cada vez que ella o Stewart hablaban, se emitiera de fondo una música sexy o se les pidiera hacer un baile sensual. Contaba, también, no entender nada recordando al tipo que, en el backstage, les había pedido que se «volvieran locas» y había respondido «para todos los públicos» a su pregunta de a cuál en concreto iba dirigido. Después, ya en el aire, lo de la música sexy le hizo pensar que el target era el público adulto, pero lo que se las invitó a hacer después la «descolocó completamente: juegos de química de sexto curso. Cuando vi que ponían sobre la mesa los juegos de química pensé que se trataba de una broma, pero no fue así. No entendía nada». Con independencia de lo serio y nada risible del asunto, me divierte este desconcierto que debe de parecerse al que nosotros sentimos cuando vemos un concurso japonés, porque es la confusión ante una cosa muy singularmente española: el programa o serie familiar, atrapalotodo, sin audiencia específica, lo mismo para niños que para viejos verdes. El hormiguero es un poco el Noche de fiesta del siglo XXI. Y yo me alegro de que empiecen a pasarlo mal.

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Circula por los submundos del engorilamiento facha la especie de que Begoña Gómez, la esposa de Pedro Sánchez, es en realidad un hombre transexual (¿y qué problema habría si lo fuera?). Hay gente que se cree esto a pies juntillas; el otro día lo soltaba una tertuliana, una tal Pilar Baselga —profesora de historia del arte formada en la Sorbona y la Complutense— en una cadena de televisión minoritaria llamada Distrito TV. El bulo es un calco de un embuste estadounidense sobre Michelle Obama que también han copiado los fascistas franceses para Brigitte Macron, siempre acompañado de fotomontajes cuya tosquedad evidente no impide su expansión. No hay chaladura que pergeñen los nazis de allá que sus hermanos de aquí no se afanen en replicar.

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Leo que, cuando Spinoza murió, su biblioteca fue disuelta, esparcida, a modo de venganza, pero que el museo que reimaginó su casa en Rijnsburg usó el acta notarial de la cosa para rehacerla con copias. Qué preciosa metáfora de la memoria, de la lucha por ella, de la posibilidad de reconstruirla frente a quienes se afanan en demolerla.

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Feijóo: «Bildu ha conseguido más con Pedro Sánchez que con años de violencia». Eso ¿no es bueno? ¿No se trataba de eso?


Domingo, 27/11/2022. Veo en el rastro de Gijón a un tipo que tiene tatuado, a un lado de la oreja, la Cruz de la Victoria, y al otro una botella escanciando fantasmalmente sidra en un vaso. El kitsch asturiano es una cosa.

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En el presente, la cultura del usar, tirar y no reparar lo permea todo, y también la política. Tiempo de organizaciones y debates políticos vistosos, ardorosos, pero que no cierran los ciclos de su energía, y van generando un inmenso vertedero.


Lunes, 28/11/2022. Leo que, en una ocasión, el Reagan actor rodó una película en compañía de un chimpancé llamado Bonzo, y que, muchos años más tarde, en las manifestaciones contra el Reagan presidente, se enarbolaban carteles que decían que los estadounidenses habían elegido al chimpancé equivocado.

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Le cuenta un gángster ruso a David Remnick en La tumba de Lenin: los últimos días del imperio soviético que, en los años del colapso de la URSS, las mafias que proliferaron para aprovecharse del caos veían películas como Érase una vez en América o Uno de los nuestros para aprender y desarrollar sus tácticas. También adoptaban gestos, estilismos… Este gángster en concreto, un tal Serguéi, copiaba las carcajadas dementes de Robert de Niro en Malas calles y se esforzó en buscar y ponerse las mismas Reebok que llevaba puestas. La vida imita al arte, ya se sabe. También se ha contado muchas veces que El Padrino no imitó a la mafia real, sino que esta lo imitó a él: los mafiosos italoamericanos e italianos, por ejemplo, empezaron a tratarse de don después de ver la película, no antes.

Leo también en La tumba de Lenin un apunte muy curioso sobre los círculos de intelectuales urbanos disidentes de los últimos años de la URSS. En un momento dado, se puso de moda entre ellos una cortesía tradicional afectada, incluso histriónica: cosas como abrir la puerta a las señoras, ayudarles a ponerse el abrigo o saludarlas besándoles la mano. También un vocabulario recargado, arcaizante. Era algo que chocaba con su orientación liberal, no conservadora, no nostálgica del zarismo, pero encontraban en ello un código identitario; una manera de enfatizar su oposición. Muchos de ellos eran hijos de socialistas devotos que, en su juventud, habían hecho lo contrario: adoptar con afectación la cortesía revolucionaria del «¡salud, camarada!» genérico, el tuteo, la igualdad radical, el lenguaje directo y sin bizantinismos, etcétera. Matar al padre. El tiempo no perdona, y uno acaba siendo, él mismo, un padre al que matar.

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Una palabra rusa de aquellos años de anhelo de una nueva trascendencia entre los escombros de una civilización caída, que bien podríamos utilizar en estos tiempos nuestros, que se les parecen más de lo que uno podría creer: bogoiskatelstvo. «La búsqueda de Dios».

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Un pasaje de Solzhenitsyn de los años ochenta, prefiguración perfecta de la cosmovisión putinista:

«Nuestra juventud, que ha sido descuidada por la familia y por la escuela, está creciendo orientada hacia la emulación bárbara de cualquier cosa atractiva que llega de lugares foráneos, si no hacia el crimen. El histórico Telón de Acero protegía magníficamente al país de todo lo bueno que hay en Occidente […] Sin embargo, ese telón no llegaba hasta abajo, y es por ahí que el estiércol líquido de la degradante y embrutecedora «cultura pop», de las más vulgares vestimentas y de la excesiva exhibición pública se filtró hasta nosotros. Nuestra juventud, empobrecida e injustamente desheredada, se ha alimentado vorazmente con esos deshechos».

El runrún interior (79)


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Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

5 comments on “El runrún interior (78)

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  2. Saludos. Una linda manera y creativa de contarnos tantos eventos que nos suceden cada día.
    Aún no estando de acuerdo con todo lo expuesto, sí felicitarte por compartir tu mirada.
    Abrazos de bienestar para todxs.

  3. Agustín Villalba

    «impresiona ver cómo la izquierda es cristiana»

    Chesterton decía que el mundo estaba lleno de ideas cristianas que se habían vuelto locas.

    «las víctimas preferidas de los cristianos han sido siempre otros cristianos; y las de los comunistas, otros comunistas.»

    No sé ya a qué conocido historiador le oí decir que Stalin había matado a más comunistas que Hitler.

  4. Lobomático

    Impacientes estamos de esperar otra semana para saber en qué lugares cotidianos encontrará el autor de este run run nuevos indicios de estar viviendo una era crepuscular.

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