Rescates

La lección de Ricardo Domenech

Álvaro Acebes Arias dedica un «rescate» a un escritor de rara modernidad y en permanente búsqueda y evolución, cuyos cuentos transitaron del realismo descarnado de su primera colección a la cercanía a los espejos deformantes de lo fantástico y lo absurdo de los últimos, llenos de humor negro.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Frank O’Connor, el que fue probablemente el mejor cuentista irlandés del siglo XX, dijo en una ocasión que lo más triste del cuento es «el entusiasmo con que intentan escapar de él quienes mejor lo escriben». La frase no solo encierra un lamento ante la urgencia con que muchos autores vuelcan sus energías en huir de las formas breves, como si solo la novela pudiera poner el broche perfecto a una carrera literaria, sino que deja entrever la consideración del cuento como un género menor o un mero trampolín para empresas más altas. El relato breve, ya se sabe, es cosa de francotiradores, un género para solitarios y que ciertamente, y a pesar de sus continuos esfuerzos por reinventarse, no ha gozado nunca del apogeo ni del prestigio que ha tenido la novela. Para esto último, basta comparar el número de reflexiones críticas y debates teóricos que ha suscitado uno frente al otro o el apoyo editorial que ambos reciben y que, por fortuna, ha empezado a cambiar en los últimos años, lográndose un frágil equilibrio. En el fondo, y si uno lo piensa bien, lo de escribir cuentos es una rareza. Una tarea sospechosa. Ni da dinero, ni es popular, ni ofrece reconocimiento. ¿Quién, entonces, va a querer dedicarse a ello? ¿Cómo no va uno a querer escapar y dedicarse a trabajos más lucrativos y prestigiosos? ¿No se ha dicho, además, que lograr un buen cuento es una meta que solo está al alcance de unos pocos? John Cheever cuenta en sus diarios que para conseguir las quince páginas de El nadador necesitó otras 150 de apuntes y más de dos meses de trabajo. Fue una experiencia terrible y tardó mucho tiempo en volver a escribir otro. Visto así, para cualquier escritor que continúe entregando a sus lectores colecciones de relatos solo se me ocurren dos cosas: o es que tiene vocación de mártir, o es que, entonces —y aquí habría que escuchar a quienes más saben de ello—, el cuento es capaz de proporcionar, para quien lo escribe y quien lo lee, un grado de satisfacción mayor que cualquier otra forma literaria.

Puede que haya algo de esto último, pues a pesar de la crisis permanente que padece el género y de ese continuo resurgir de sus cenizas del que hablan los críticos, la literatura reciente de nuestro país cuenta con una abultada nómina de grandes cuentistas, especialmente a partir del 50, y cuyos nombres y méritos es ocioso mencionar aquí. Ustedes tendrán los suyos y yo tengo los míos. No obstante, si pensamos en esos autores de la narrativa del pasado siglo, son abundantes los casos de aquellos que, aun dedicándose al relato durante la mayor parte de su trayectoria y habiéndola consolidado, en buena medida, desde el género breve, acabaron escribiendo una novela y haciendo cierta la frase de O’Connor. Ahí tienen, por ejemplo, a Medardo Fraile, maestro entre los maestros, que publicó Autobiografía (reeditada después de su muerte como Laberinto de fortuna) a mediados de los ochenta, quien sabe si por presiones ajenas o tal vez solo para demostrar que él también podía competir en carreras de larga distancia. El resultado, dicho sea de paso, quedó a años luz de sus mejores piezas breves. Otros lograron combinar con más o menos acierto ambos modelos, caso de Pereira, Zúñiga, Merino, Quiñones o Sueiro, si bien en todos los casos yo prefiero sus cuentos a cualquiera de sus narraciones más extensas.

Los hay, sin embargo, que, inasequibles al desaliento y al margen de modas y tendencias, se han mostrado pertinaces y no han dado ese salto. Me vienen a la cabeza los nombres de Meliano Peraile, José María de Quinto, Arturo del Hoyo o, por citar un caso más actual, el de Ángel Olgoso. Entre ellos también se encuentra el autor del que yo les quería hablar, el murciano Ricardo Domenech, perteneciente a la generación del medio siglo. Puede que, más que como cuentista, su nombre les suene por haber sido una de las principales figuras del teatro del pasado siglo, aun a pesar de que jamás escribió una sola línea destinada a las tablas. Su tarea fue la de crítico (en revistas como Primer Acto, Ínsula, Acento Cultural y Cuadernos Hispanoamericanos) y estudioso, con investigaciones sobre Valle-Inclán, Lorca, Casona, Jardiel Poncela o acerca de las piezas breves de Alberti y Bergamín. El trabajo sobre la obra de Buero Vallejo que publicó a principios de los setenta continúa siendo una referencia. Y ahí están también sus ensayos acerca del teatro del exilio. En la España de finales de los cincuenta, donde la crítica teatral estaba sometida a la doble presión de la censura y de imperativos comerciales que buscaban el éxito a cualquier precio, Domenech dio a conocer la obra de autores que apenas se representaban en nuestro país: Brecht, Ionesco, Dürrenmatt, Sartre, Camus, Osborne, Miller y un largo etcétera. Sobre ellos impartió clases en la RESAD, de la que fue director en dos ocasiones, y donde luchó con todo tipo de trabas burocráticas y la insensibilidad general para que la enseñanza y el estudio de las artes escénicas tuvieran la equiparación de otras titulaciones universitarias. Cuando le diagnosticaron en 2003 el cáncer que finalmente acabaría con su vida, pidió que, a pesar de los riesgos y dolores que esta ocasionaría, le hicieran una intervención quirúrgica. La enfermedad ya estaba muy avanzada, pero contaba con obtener una tregua de unos meses, los suficientes para poder terminar el libro en el que estaba trabajando desde hacía años y que se centraba en los dramaturgos del exilio. No pudo concluirlo. Ricardo Domenech falleció en octubre de 2010 en Madrid y fueron sus discípulos los encargados de finalizarlo. El ensayo, uno de los textos fundamentales que se han publicado sobre la obra de quienes abandonaron el país tras la guerra, descubre lo que podría haber sido la cultura teatral de este país de no mediar el conflicto y lo que significaron tantos y tantos estrenos perdidos. Duele pensar en ello. Lo ha dicho Juan Mayorga: la sociedad y la escena española tienen una deuda impagable con Ricardo Domenech, alguien que, en un mundo que se presta como pocos a la petulancia y donde todo está sujeto a una fuerte exposición, eligió siempre estar en un segundo plano, lejos de los focos y del revuelo mediático.

Pero yo les quería hablar del cuentista, del autor de un puñado de relatos que deberían figurar en todas las antologías que sobre el género breve en el siglo XX se han hecho en España. A pesar de que en los últimos años han aparecido reunidos en distintos volúmenes, apenas hay estudios y falta una edición completa de los cinco libros que publicó Ricardo Domenech: La rebelión humana (1968), Figuraciones (1977), Tiempos (1980), La pirámide de Khéops (1980) y El espacio escarlata (1988). Sus narraciones, aparte de que no tienen nada que envidiar a las de otros compañeros de generación mucho más reconocidos, ofrecen la imagen de un escritor de rara modernidad y en permanente búsqueda y evolución. Basta comparar, en este sentido, el realismo descarnado de los cuentos que integran su primera colección, muy próxima a los presupuestos de la corriente social, con los que conforman Figuraciones y La pirámide de Khéops, más cercanos a los espejos deformantes de lo fantástico y el absurdo que manejan Kafka, Cortázar o Borges y en donde destacan el humor negro y la quiebra de la frontera entre ficción y realidad. Existe, no obstante, un elemento común que atraviesa los textos de todos estos volúmenes y que no es otro que el compromiso y el afán por elaborar un mensaje crítico acerca de la injusticia, la incomunicación y las imposturas de una sociedad cada vez más uniforme y sumida en el consumo desenfrenado y el miedo. También domina en todos ellos la maestría a la hora de ofrecer lecturas simbólicas de nuestra realidad y dejar al lector al borde del abismo. Muchos, además, son un prodigio de sencillez, cualidad nada desdeñable, ya que, como ustedes saben, el cuento no entiende de lujos y basa su poder de fascinación en la sugerencia, en aquello que el autor solo insinúa. Es por esto por lo que es un género tan extremadamente difícil. Escribir un buen relato requiere de algo más que observación e ingenio; es necesario ser también un consumado arquitecto y un habilísimo estilista para mantener la tensión entre todas sus partes y lograr el clímax que hace de la lectura algo inolvidable. Les puedo asegurar que Ricardo Domenech es todo eso y más.

Fíjense en una narración como «Postguerra», perteneciente a Figuraciones. Nos presenta a un grupo de escolares encadenados a una misma fila y que marchan al unísono bajo las órdenes de sus profesores sin saber adónde ni por qué, empujados solo por la inercia. Ese principio, que tiene un punto de partida realista al ubicar la escena dentro de un escenario de sobra conocido como es el de un colegio, vira pronto hacia los terrenos de lo fantástico y, al hablar de la desorientación y de la represión que sufren esos adolescentes, convierte al relato en una suerte de parábola acerca de la España autárquica, encerrada en sí misma y privada de voluntad, caminando indiferente por el laberinto que el franquismo ha creado. El simbolismo y la ironía son también los rasgos más destacados en otros cuentos como «Visita al ministerio de Justicia» o «Cena de amigos», de La pirámide Khéops, y donde la huella de Kafka es más que evidente. Son relatos que nos hablan de paraísos vedados y en los que el hombre se muestra indefenso ante la arbitrariedad del poder. El tono distanciado con que se narra la situación aligera la tensión en ambos textos, pero nos deja con una sonrisa incómoda que se transforma en grotesca mueca cuando llegamos a su desenlace. Compruébenlo.

 Son muchos los cuentos que cabría mencionar aquí y que confirman el talento de Ricardo Domenech, pero, de entre todos ellos, hay uno por el que tengo debilidad. Se llama «El espacio escarlata» y da título a la última compilación que publicó su autor. Frente a la ambigüedad de los anteriores, este presenta un marcado acento realista y constituye, a partir del relato de su protagonista, Germán, un pintor que evoca a un antiguo amor, un melancólico retrato de lo que Haro Tecglen denominó la «generación bífida», la misma que llegó a su mayoría de edad con los últimos coletazos del franquismo. Los ideales juveniles, los ambientes contraculturales, el deseo de vivir al margen de las convenciones que dictaba una sociedad marcada por un pasado sórdido y triste se concretan en los recuerdos de este personaje que, más que un lamento por la desaparición de la mujer a la que amó, entona un nostálgico canto por la juventud que se fue. Nada queda de aquellas ilusiones, solo desiertos y unas figuras que, convertidas en esfinges, miran mudas desde los rincones de la memoria. Germán se ahoga en su soledad, en un desarraigo íntimo que mezcla el desgarro por los lejanos días felices con la melancolía general de unos hombres y mujeres que, anuladas muchas de las convicciones de entonces, se sienten «derrotados, deshechos por el minotauro del tiempo, de su tiempo fugitivo». Hay que ser muy hábil para comunicar algo así sin caer en el patetismo más cursi. Lo expresó muy bien Hemingway al comentar los relatos de Chéjov: la urdimbre de un buen relato se sostiene en esa masa de silencio que solo intuimos y en cuyo núcleo se oculta una verdad. Cuando uno lee por primera vez «El espacio escarlata» no puede dejar de asombrarse por la sencillez y la limpieza con que ese algo esencial va asomando en el relato y trastoca la vida de su protagonista. Y, de paso, un poquito la nuestra.

No me explico por qué los cuentos de Ricardo Domenech son tan poco conocidos ni la razón por la que este dejó de publicar después de El espacio escarlata. Misterios. Será que todo escritor original es siempre una anomalía y eso a veces se paga. Pero quien quiera descubrirlos, se encontrará con un maestro de lo breve que se mueve con soltura entre las más variadas formas y siempre buscando la sorpresa del lector. Cada uno de sus relatos nos entrega una lección sobre cómo mirar, llena de emoción e intensidad. También una advertencia acerca de nuestra realidad y en la que se resume de forma ejemplar el sentido ético de una escritura. No es poca cosa.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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