/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Es una verdad universalmente reconocida que, de todos los géneros literarios, el del diario, además del más egotista, es uno de los más escurridizos. Siempre planea sobre él una sombra de sospecha, como si no supiéramos cuánto hay de impostura y cuánto de verdad en sus páginas. Tampoco resulta fácil definirlo. No solo escapa a límites temáticos y estilísticos, sino que también prescinde de cualquier forma de estructura y tiende al fragmentarismo y la provisionalidad. Todo cabe en él, desde el ensayo a la confesión, pasando por el microrrelato y la prosa poética. Muchas veces se limita a ser una compilación de notas indultadas del fuego que encuentran su justificación, como dijo el argentino Alan Pauls, en el llamado del porvenir, el que «alguna vez les dará, simultáneamente, su sentido, su razón de ser existencial y su dignidad literaria». Tal vez sea esa la mayor de las paradojas que encierra un género ligado a la inmediatez y a los ritmos del calendario, pero que, sin embargo, no hace ascos a las convenciones dramáticas y se proyecta hacia un después en una especie de escritura suspendida de la que finalmente emergerá una imagen concreta: aquella en la que el escritor quiere que lo reconozcamos. Hasta Kafka o Pavese, que hicieron de sus diarios íntimos un inventario de sus patologías y enfermedades y no pensaron jamás en su publicación, no podían sustraerse a la idea de un lector, aunque fuera ausente, al que dirigirse.
¿Qué es, por otra parte, lo que nos hace diarófilos? Sin duda, nos interesa el examen de conciencia y de lesiones personales que los diarios proponen, como en los de Cheever, definidos por el escritor Allan Gurganus como «una nota de suicidio de diez mil páginas», o los de Pizarnik, cuya angustia, autenticidad e intuición nos sobrecogen. En otros casos, lo que seduce es el taller de escritor, la manera en que se van acumulando ideas que luego cristalizarán o no en otros textos. Ahí están los de Carlos Edmundo de Ory, los de Musil o Peter Handke. Y también hay que contar con aquellos que documentan una época, como los de Tsvietáieva acerca de la Revolución de 1917, las Radiaciones de Jünger o el que escribió Isaak Babel y fue el germen de su Caballería roja. En cambio, otras veces, y lejos del morbo que suscita ver a un autor hacer un ajuste de cuentas consigo mismo y con su tiempo, basta simplemente con observar cómo se va componiendo sin épica ni estridencias una especie de «libro de los adentros», según llamaba a los suyos Jiménez Lozano, en el que se refiere algo tan inabarcable como la vida misma.
Una síntesis de todo esto y algo más puede hallarse en La patria de otros, los diarios o memorias, como ustedes prefieran, de Concha de Marco. Digo lo de memorias porque llevan el feliz subtítulo de Memorias de una mujer libre, si bien el texto se aproxima en su dos primeras partes al discurrir cronológico propio del diario y en las tres siguientes asume otra naturaleza para datar toda una época y hacer el repaso de una trayectoria. Todo ello aderezado con breves cuentos, poemas y un completo repaso de distintas personalidades culturales de la vida española del siglo XX. Ya se lo decía antes: el diario es un género que no entiende de corsés ni fronteras y cuya identidad se cifra precisamente en ese carácter multiforme.
Sea como sea, lo interesante de este libro, inédito por muchos años y editado impecablemente por José María Martínez Laseca, es la exposición de un doble retrato y, a su vez, de un doble drama. Por un lado, el de la autora soriana y el de su marido, el novelista y crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño. Por otro, el del trauma del exilio interior que ambos padecieron debido a sus ideas republicanas y el de la propia Concha de Marco, que fue silenciada dos veces. Primero por su condición de escritora en una época que estrechaba los límites de la creatividad femenina y después por la de ser esposa de un intelectual. Este último, el de la mujer artista reducida al papel de esposa, compañera y secretaria, es un terreno que la crítica tiene pendiente explorar. Seguro que han oído hablar de Dámaso Alonso, Gregorio Martínez Sierra o Alonso Zamora Vicente, pero ¿les suenan los nombres de Eulalia Galvarriato, María Lejárraga o Josefa Canellada? Todas comparten con Concha de Marco el ofrecimiento al arte de sus maridos, un sacrificio personal que les impidió desarrollar con libertad el propio y que, sin duda, ha acabado repercutiendo en su condición de autoras invisibles.
Concha de Marco comenzó a escribir estos recuerdos en 1974. Estamos en los últimos coletazos del franquismo, pero en las palabras de la autora pesan el silencio y la marginación a que fueron sometidos ella y su marido durante décadas. La guerra, siempre la maldita guerra y la sordidez que vino después, asoma en cada página, como el recuerdo de un mal innombrable que lo corrompió todo. Primero la derrota, el hambre, la miseria y luego el internamiento de Juan Antonio en distintas cárceles hasta ver conmutada su pena por la del destierro en Bilbao. Las amistades que se pierden, una carrera truncada por las corruptelas y componendas de las nuevas autoridades universitarias y el ninguneo constante de la intelectualidad franquista. «La patria de otros», dice Concha de Marco. Las instituciones del país usurpadas por los vencedores del 36, España entera convertida en «martillo de herejes», según la frase de Menéndez Pelayo, que condena a la clandestinidad cualquier forma de disidencia. En estos cuadernos la amargura y la rabia por el exilio interior se disimulan con pequeñas victorias: los trabajos sobre arte de su marido se convierten en obras de referencia, la pareja hace algunos viajes al extranjero, publican algunos libros (casi siempre mal pagados), asisten a exposiciones artísticas de las que el propio Gaya Nuño es promotor y hacen un frente común contra la condescendencia y el desprecio que se les dispensa por su pasado de rojos. En ese recuento de sus actividades Concha de Marco pone nombre y apellidos al estado cultural del franquismo y por las páginas de sus memorias va desfilando lo más granado de la pintura española en la segunda mitad del siglo XX. Sin cortapisas. De Álvaro Delgado, que se convirtió en artista de cámara de los reyes y recibió todos los honores y distinciones que se puedan imaginar, dice que «en mi vida he conocido a un ser tan petulante, tan endiosado, tan imbécil». Díaz-Caneja, por otro lado, es «un pez de lo más tosco, de lo más bruto», Joan Miró un tipo que «no tiene ni idea de la generosidad ni de la gratitud» y el historiador Antonio Bonet Correa un pulpo que «metía mano a toda aquella que podía» y al que la autora tuvo que parar los pies. Se pueden contar con los dedos de una mano las figuras que se libran de reproches, juicios demoledores y comentarios vitriólicos. En el mundo de la literatura tampoco se anda con pamplinas. Luis Rosales, Félix Grande, Aleixandre, Alberti, Gloria Fuertes, Julián Marías, Ridruejo, Buero Vallejo o Cela se llevan lo suyo. Del primero, por ejemplo, se insinúa su complicidad y cobardía en el asesinato de Lorca — «Luis iba todas las noches desde el frente a dormir a su casa. La noche que se llevaron a Federico, no fue»— y del segundo, cuya crítica negativa hacia un libro de Gaya Nuño la autora no perdona, se subraya su habilidad para estar a buenas con unos y con otros y esquivar compromisos que pudieran frenar su carrera. Ni siquiera el exilio escapa a su ira: «que los que ahora vuelven enarbolando la corona del martirio, que digan cómo y cuándo se fueron, que lo digan». Los comentarios más benévolos están reservados para unos pocos como Max Aub, que acogió al matrimonio en su viaje a México, o Francisca Aguirre, cuya poesía Concha de Marco coloca por encima de la de su marido.
Pero la vehemencia o radicalidad de estas aseveraciones, que pueden satisfacer la curiosidad del lector más morboso, no son lo más atractivo de estos recuerdos. En realidad, llega a molestar un poco la inquina y el rencor hacia tal o cual personaje con el que la autora ajusta cuentas pendientes. Todos son muy malos, malísimos, y Juan Antonio y Concha los únicos dignos e íntegros en un país de pillos y mediocres. No, lo más valioso del relato que ofrece la autora soriana es la imagen que proyecta de su matrimonio y el modo en que nos va desvelando su intimidad. Ahí es donde se muestra la gran estatura literaria de estas páginas, que acumulan pruebas sobre el ostracismo y la marginación que pagaron quienes se mantuvieron fieles a unos principios democráticos y éticos. El gran protagonista, en este sentido, es el propio Gaya Nuño, cuya biografía se salva del olvido al que parecía destinada gracias a su mujer, empeñada en defender su altura moral, su inteligencia y sensibilidad. La autora no se ahorra ningún detalle y se encarga de explicar los orígenes de Juan Antonio, cómo se conocieron, la vida a salto de mata durante la guerra, los sufrimientos en la cárcel, los tejemanejes con que se le negó la plaza de catedrático (Ruiz-Giménez, un auténtico camaleón que evolucionó de ministro franquista a defensor del pueblo en los tiempos del primer gobierno felipista, es su bestia negra) o los desplantes y la explotación a que le sometieron algunas editoriales, obligándole a trabajar por un mísero sueldo en la composición de libros de arte. Los dos primeros cuadernos, repaso de la convivencia marital en una época más serena, son una perfecta muestra de la devoción de Concha de Marco y alcanzan su punto culminante en el instante en que se cuenta la agonía y muerte del autor de Los gatos salvajes. Todo está narrado con una serenidad asombrosa que, sin embargo, deja entrever la tristeza y el profundo desgarro ante la desaparición de quien fue durante cuarenta años su compañero. Algo indecible, que tiene que ver con una multitud de experiencias y palabras que se han ido acumulando durante casi toda una vida, está ahí y nosotros nos hacemos testigos de ello.
Concha de Marco, por otra parte, no esconde en sus recuerdos las tensiones que hubo entre la pareja y se sincera sobre la aventura que tuvo cuando ya se había comprometido con Juan Antonio o escribe acerca de las manías y murrias de su marido, insensible para alguna de sus aficiones. «Por entregarle, le di hasta el tiempo y el espacio, porque viví siempre de las migajas de tiempo y espacio que a él no le servían», dice en un momento. Lentamente va emergiendo otro retrato, el de la propia Concha, que se quedó huérfana a los dos años y sufrió a una madrastra de cuento. La mujer que consiguió adquirir de forma autodidacta una educación ejemplar y ayudó a su marido en la composición de una decena de libros, haciendo las veces de secretaria, mecanógrafa y traductora. La escritora que lee apasionadamente a los clásicos y explora su intimidad y su condición femenina en distintos libros de poesía. La esposa que sacrifica su trabajo para garantizar la estabilidad del matrimonio. Véase esto: «Hoy es poco menos que heroico ser mujer casada y sostener una actividad intelectual. Creo que es un gran mérito. No creo que ningún hombre fuera capaz de tanto». El autorretrato que va componiendo Concha de Marco tiene muchas aristas y tal vez sea este, el de la mujer de un intelectual, el más fascinante. Entre ambos cónyuges, insiste la autora, hubo una comunicación perfecta, una especie de simbiosis que no tenía que ver solo con la igualdad en su destino de proscritos, sino con una idéntica percepción de la realidad y una sensibilidad artística común. En algunos momentos, cuando la devoción por Gaya Nuño alcanza unos límites extremos, pudiera hablarse de sumisión, pero se trata de algo mucho más ambiguo y complicado. Concha de Marco está lejos de ser la esposa de un marido autoritario al que se entregó de forma absoluta y humilde. Cabe hablar, más bien, y como en el caso de Zenobia y Juan Ramón, de una consagración plena y consciente a la obra y al intelecto de un hombre al que admiraba y amó de forma incondicional y sin importarle que ello supusiera un freno en su propia carrera. «Fue la gran decisión de mi vida. Cedí. Cedí en todo y hasta el último momento. […] Y lo hice con amor, con una total entrega de mí misma haciendo dejación de mis posibilidades, de mi libertad. Yo, amigos míos, fui una esclava, una esclava voluntaria, una esclava feliz».
Más allá de lo complejo que resulta entender hoy comportamientos y convicciones de este cariz y de los que, sin embargo, no estamos tan lejanos, queda la imagen de una autora de extraordinaria fortaleza y perspicacia para examinar el tiempo que le tocó vivir y escribir con letra pequeña en los márgenes de la historia. La patria de otros es, por tanto, un libro honesto, sincero y valiente, relato mordaz de los abusos y la derrota perpetua que sufrieron quienes no aceptaron convivir con el régimen y, sobre todo, testimonio apasionado de una mujer que brindó desde su intimidad un modelo de resistencia y de fe en la verdad y la libertad.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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«… Francisca Aguirre, cuya poesía Concha de Marco coloca por encima de la de su marido»… Félix Grande.
¡Y qué razón tenía haciéndolo !
Aventura
El compañero de mi vida lee un libro sobre Kafka.
Al cruzar el pasillo yo lo miro de refilón:
tiene su rostro la expresión de un niño,
ese gesto que teníamos cuando leíamos tebeos,
lee como si el libro fuera un libro de aventuras.
Y algo en mí rie para adentro,
algo se pone alegre, muy alegre.
Me bebo un vaso de agua
y brindo por la dicha que me espera.
Francisca Aguirre