El runrún interior

El runrún interior (142)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la victoria laborista en las elecciones británicas o la lectura de 'Juan Belmonte, matador de toros', de Manuel Chaves Nogales.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (141)

Miércoles, 3/7/2024. «Cada vez que tengo sed, recuerdo que en Bruselas hay un hijo de puta que, cada mes, cobra un sueldo y unas dietas por complicarme los tapones de las botellas de agua», tuitea Arturo Pérez-Reverte. Le responde con sorna Xan López: «Los reaccionarios de antaño podían racionalizar su deriva señalando a la república soviética o a los movimientos obreros de sus países. Hoy en día tienen que recurrir a los sistemas para facilitar el reciclado de tapones».

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Lo que la industria del porno tiene de perverso, que es mucho, lo tiene por industria, no por porno. Ganarse la vida follando y padecer los problemas de salud física y mental que puedan derivarse de ello no es peor que cualquier otra explotación laboral gravemente lesiva para el organismo —y hay muchas—, salvo que la mirada no sea de clase, sino una condena moral del sexo o una minorización de edad de las mujeres. ¿El porno cosifica a la mujer? Pues claro. Y al hombre que sale con ella en el vídeo también. Los convierte en cosa, en mercancía, los exprime, los vampiriza. Y hay que hablar de eso, de acabar con eso, pero en términos socialistas, no cristianos, ni cristianoides.

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Una viñeta de Tommy Siegel, en New Yorker. Dos ranas dentro de una cazuela al fuego. Le dice una a la otra, que tiene cara de preocupación: «¡Relájate! La temperatura de las cazuelas ha estado subiendo y bajando durante siglos».


Jueves, 4/7/2024. Absuelto un hombre que amenazó con «hacer heterosexual a hostias» a un joven en el Orgullo de Barcelona. Recuerda oportunamente Luis Ordóñez la vez que metieron en la cárcel incomunicados varios días a unos tíos por hacer una función de marionetas. Lo de la justicia en este país es un absoluto escándalo, un problema mayúsculo, una amenaza gravísima y permanente contra la democracia.

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Me pasa mucho (pero mucho: me habrá ocurrido cosa de diez veces) que formo una palabra en mi cabeza que me apetece usar en un texto, me pregunto si existe en castellano, la busco y resulta no existir en español, pero sí en portugués. El último ejemplo: desmelindrar, desmelindrado. He ahí a enésima prueba de superioridad de nuestros hermanos ibéricos.

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Leo una cosa espantosa que no sabía: la madre de Islero, el toro que mató a Manolete, fue sacrificada en 1949, siguiendo la tradición de dar muerte a la vaca que hubiera parido un toro que matara a un torero, y su cabeza se exhibe en La Maestranza. Qué mundo sádico, ese.


Viernes, 5/7/2024. En el Reino Unido arrasan los laboristas, pero lo hacen engañosamente. Arrasan en escaños, debido al peculiar sistema electoral de allá, con distritos que envían al Parlamento a un solo representante que lo será de su terruño con sacar un voto más que el segundo. Los laboristas no lo han hecho tan bien en votos: Starmer, de hecho, ha obtenido menos sufragios que el defenestrado Jeremy Corbyn en 2017 y 2019. En cuanto a puntos porcentuales, consiguen seis menos de lo previsto por las encuestas, seis menos que Corbyn en 2017, solo dos más que en 2019, pierden cuatro escaños a manos de independientes propalestinos y Los Verdes les comen terreno por la izquierda y triplican sus votos. En un sistema electoral proporcional, su victoria sería el mismo triunfo agónico contra la ultraderecha que vemos por doquier. Los tories y Reform, el partido de Nigel Farage, sumarían más que los laboristas; estos tendrían que armar una coalición con los Verdes, los nacionalistas escoceses, Corbyn —que se ha presentado como independiente y ha obtenido escaño—, etcétera; y los libdems, centristas a la Ciudadanos, serían bisagra. En números concretos, la izquierda tendría 279 escaños, por 326 la derecha, y la llave correspondería a los 79 libdems.

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Recuerda Roy Cobby algo importante a los que nos lamentamos de la versión ultradescafeinada del laborismo que ha ganado las elecciones:

«El laborismo británico, vital recordarlo, es históricamente más parecido al starmerismo que al obrerismo de principios del siglo XX o incluso la administración del cuarenta y cinco. El laborismo no es un partido socialista, sino más bien una organización progresista con socialistas dentro. El momento Corbyn fue una relativa anomalía, sobre todo en la composición de su gobierno en la sombra y sus asesores. El socialismo o izquierda laborista, excepto en sus inicios y con George Lansbury y parcialmente con Michael Foot, ha sido siempre un ala política marginada. Los gobiernos Wilson-Callaghan de los setenta, en plena crisis del keynesianismo, son un buen ejemplo: antes que aplicar una estrategia económica alternativa en colaboración con los sindicatos, el Labour recurrió al FMI para cubrir el déficit, adelantando el proyecto Thatcher de los ochenta. La transformación del cuarenta y cinco tuvo que ver con un contexto geopolítico irrepetible: el momento de mayor prestigio de la URSS, la excelente gestión laborista del esfuerzo de guerra, el sacrificio mayúsculo del pueblo británico y su convicción de que nada podía volver a ser igual».

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En Internet se hace viral el divertido malentendido de un peregrino británico que, al llegar a Santiago de Compostela, se sacó una bota, la llenó de vino y se la bebió: había leído que era tradición bebers una bota de vino al terminar la peregrinación. Problemas de la traducción literal. Pero, como señala Jorge Dioni, exactamente así nacen las tradiciones.

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Dice Keir Starmer en su primer discurso como primer ministro: «Nos hayáis votado o no, sobre todo si no lo habéis hecho, vamos a trabajar por vosotros». La cursiva es mía. «Sobre todo si no lo habéis hecho». El que avisa no es traidor.

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El profesor de religión de mi instituto cuando cursaba la secundaria, Jesús María Menéndez, conocido como el padre Chus, condenado a diez años de cárcel por ofrecer droga a menores a cambio de favores sexuales en su piso de Gijón. Tuve la suerte de no cursar religión en el instituto, pero era una asignatura popular, a la que muchos amigos se apuntaban sin ser religiosos, por lo divertido que decían que el páter. Sí la cursé, porque era obligatoria, los dos años, primero y segundo de la ESO, que estudié en el Colegio de la Inmaculada, de los jesuitas. Y allá, aquellos dos años, también hubo un sacerdote denunciado por pedofilia: el padre Cándido, que de cándido no tenía nada. Hablo de los años 2000, no de los cincuenta, ni de los ochenta. ¿Cuántas manzanas podridas hay en ese cesto?


Sábado, 6/7/2024. Le leo a Iker Madrid, que la comparte en Twitter, una cita preciosa de un libro titulado La insurrección de Asturias, de Manuel Grossi. Sobre el día antes de la derrota definitiva de la insurrección de octubre de 1934:

«La concurrencia en Mieres es aún mayor que en los días anteriores. Se discute apasionadamente. Del cuartel general han salido cuatrocientos soldados rojos que recorren las calles de la ciudad en orden perfecto y entonando La Internacional. Este desfile llena de emoción a todos los que lo presencian. Los ojos se llenan de lágrimas. Esos hombres han pasado días y noches sin moverse de las trincheras de la revolución. Están sucios, harapientos, cubiertos de lodo. Les ha crecido la barba. Han dormido apenas. Han conocido toda clase de privaciones. Sin embargo, en este momento decisivo, cuando ya se masca la derrota, a dos pasos, quizá, de la más sangrienta de las represiones, tienen fe, una inquebrantable fe en su causa, en su ideal. No lloran. Cantan. Es este canto que, a través de derrotas y de victorias parciales, tiene que conducir un día no lejano a la clase trabajadora del mundo entero, a su victoria definitiva, a su emancipación total».

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Nayib Bukele lanza en El Salvador un ultimátum a los importadores, mayoristas, distribuidores y comercializadores: o bajan los precios de la comida, les dice, o habrá problemas. «No se quejen después. No es broma. Como se lo dijimos a las pandillas en 2019 y se dieron cuenta de que no era broma», añade. Y al escucharlo, me hago una reflexión. Milei es la agonía de la modernidad: una ideología todavía coherente, de desempeño predecible hasta en sus contradicciones. Bukele ya es lo nuevo: un impredecible, innombrable revoltijo de ocurrencias ya autoritarias, ya libertarias; ya igualitaristas, ya ultraliberales.


Domingo, 7/7/2024. Lúcido apunte de Jónatham Moriche sobre la victoria de un moderado en las elecciones iraníes: «Respecto a sus sistemas políticos y de poder, Starmer en el Reino Unido y Pezeshkian en Irán son figuras similares. Ninguno traerá grandes transformaciones. El mundo es un lugar levísimamente menos horrible y peligroso con ellos que con sus competidores. En 2024, no es poco. No es poco».

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En Francia gana sorpresivamente el Nuevo Frente Popular. He aquí un buen e inmediato análisis comparativo de Xan López, pensando también en el Reino Unido y España:

«Siento que en general llevamos ya muchos años en los que se demuestra que electoralmente solo funciona una cosa que no es especialmente sexi: acuerdos de mínimos amplios, generosidad con el de al lado para parar a lo peor. Pero luego siempre volvemos a los mismos debates. Y no creo que esto sea una característica eterna de la política, creo que es una característica de época. Una época que terminará pasando, pero que por el momento resiste con cierta rocosidad. De hecho, por meterme en todos los charcos a la vez: lo que han hecho los laboristas creo que es exactamente lo contrario de lo que pide la época (sectarismo violento con sus lados, cortar puentes). Han ganado con rotundidad porque tienen un sistema electoral muy, muy peculiar. Lo de Francia es un poco al revés: primero el NFP es un acuerdo muy amplio entre gente muy diferente. E inmediatamente después hay otro acuerdo todavía más táctico con el centrismo para retirar candidatos y afianzar la máxima eficacia electoral posible. No es poca cosa. Nuestro caso es mucho más similar al francés, pero como fuimos antes ahora estamos en otra situación, en la que ya no se puede querer repetir mecánicamente la misma receta. Seguramente nos toque hacer algo todavía más difícil, que es sistematizar la viabilidad del conjunto».


Lunes, 8/7/2024. Se da cuenta Xan López, y es verdad: no hay que poner en duda que, en Francia, RN ha recogido muchísimo voto entre gente de rentas bajas, zonas rurales, etcétera; pero absolutamente en todos sus vídeos de reacciones al resultado que hemos visto solo salen pijazos de pata negra sin reconvertir.


Martes, 9/7/2024. Leo a Enric Juliana contar algo que no sabía: Adolfo Suárez pensó en implantar la doble vuelta en España. Se lo desaconsejaron asesores del presidente francés Giscard d’Estaing, que seguía muy de cerca la transición española, argumentando que podía favorecer la alianza de socialistas y comunistas.

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Pedro Vallín: «¿Os fijáis en que, desde Biden, la izquierda siempre gana a la ultraderecha “contra pronóstico”? Bien, pues es mentira. El problema es a quien pedimos el pronóstico y por qué se lo inventan».

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El Manuel Chaves Nogales famoso hoy es el de A sangre y fuego, obra fetiche de ese engañabobos de patas cortas llamado «tercera España», pero el bueno —y era bueno de narices— era el de un libro que estoy disfrutando como hacía tiempo que no disfrutaba ninguno: Juan Belmonte, matador de toros, la absorbente biografía de uno de los toreros más importantes de la historia, revolucionario del arte de Cúchares en los años diez, que asistieron a su célebre rivalidad con el ortodoxo y clasicista Joselito el Gallo, dividiendo a los españoles en gallistas y belmontistas.

No hace falta ser taurino para disfrutar el libro: el propio Chaves no lo era, y quizás por eso el libro sea tan bueno. No es una obra para aficionados, sino la historia imperecederamente interesante del nacimiento y auge de una estrella popular; de su formación, sus avatares, sus miedos, sus viajes… Belmonte se expresa en él —el libro está narrado en primera persona suya— con suma sinceridad, a tumba abierta. Y hay pasajes de enorme hermosura, como aquellos en los que se cuentan los primeros pinitos de aquel trianero humilde, que se iba con amigos de expedición a las dehesas de los alrededores de Sevilla para torear clandestinamente, y desnudos, a los becerros bajo la luz de la luna:

«Dejaba sin pena la novia, y a medianoche íbamos los siete torerillos por el camino bajo de San Juan de Aznalfarache en busca del riesgo y la aventura del toreo. Para cruzar el río andábamos sigilosamente por los espigones hasta que conseguíamos robar una barca. Chapoteando en el légamo de la orilla, la empujábamos hacia la corriente, saltábamos a ella, empuñábamos los remos, y allá íbamos río abajo jubilosos. Uno de los torerillos, doblado sobre la borda, escupía a la luna, quebrada en las ondas del río, y, como una confidencia, nos decía una siguiriya. La angustia arrastrada y morosa del cante gitano rodaba sobre la estela que iba dejando nuestra barca y se quedaba cuajada en las juncias de la orilla. Pasábamos junto a una barcaza cargada de melones, que el melonero había amarrado en un remanso para dormir a pierna suelta. Robábamos al pobre melonero sus melones y nos dejábamos ir con la corriente mordisqueando la pulpa fría que acariciaba nuestras fauces».

Se hacen reflexiones espléndidas sobre los estrellatos modernos, adaptables al fútbol o cualquier otro espectáculo de masas. En un momento dado escribe por ejemplo Chaves/Belmonte:

«Se hizo de mí una figura patética en la que cada cual veía el atributo de su propio patetismo. Los buenos padres de familia celebraban en mí que yo hubiese conseguido rehacer la mía; los que esperaban triunfar en la vida se miraban en mí como en el espejo de sus futuros triunfos; los desvalidos pensaban que mayor que el suyo había sido mi desvalimiento; los que peleaban en malas condiciones, mal pertrechados para la lucha, recordaban que más inerme estaba yo y había triunfado; los que se sentían feos, desgarbados y tristes se consolaban al pensar que feo, desgarbado y triste era yo. Cada cual veía en mi triunfo milagroso la posibilidad del suyo. Me veían tan débil, tan poca cosa y tan distinto de como suelen ser los héroes triunfantes, que todos se sentían triunfar en mí, a despecho de sus debilidades».

Y por doquier se desliza el tiempo aquel, los años aquellos del vértigo de la Belle Époque, las transformaciones sociales del momento. Viaja, por ejemplo, Belmonte al muy taurino México, y allá se topa con, y se embriaga de, el ambiente de la revolución:

«En aquella época turbulenta de 1913 y 1914, los mexicanos tenían un gran aire de pueblo lanzado a la aventura de una honda y radical transformación. La inseguridad en que se vivía, el dramático proceso de las ideas nuevas en la cabeza caliente de los mexicanos, la exaltación de las malas pasiones populares y, al mismo tiempo, el soberbio desprecio por la vida que sentían aquellas gentes, capaces de morir o matar por no importa qué causa; aquella turbina puesta por la civilización en el alma cruel y heroica del indio, daban al país en aquel tiempo un ritmo de vértigo, por el que uno se sentía fatalmente atraído. Aquella gente brava, leal, amiga de los amigos e implacable con los adversarios, cruel hasta el extremo de que las mayores monstruosidades tenían la calidad de travesuras infantiles, llegó a subyugarme, y creo que durante una época estaba tan loco como todos los mexicanos […] Aquello era de una barbarie inaudita, pero tenía, a mis ojos atónitos, una grandeza de epopeya».

Hay también momentos de humor como este:

«Apenas bajé del tren, me encontré estrujado por una imponente muchedumbre que llenaba los andenes. Triana en masa había bajado a la estación a recibir a su Juan. A la salida de la estación, con aquellos millares de seres que gritaban “¡Viva Belmonte!” hasta enronquecer, se formó una verdadera manifestación, a cuya cabeza iba yo materialmente prensado por la multitud, que a trechos me aupaba sobre sus hombros y me hacía ondear como una bandera por encima de sus cabezas. Así llegué hasta el puente de Triana, que crucé poco más o menos como lo cruza el Jueves Santo el Cristo del Cachorro. Al pasar por delante de la iglesia de Santa Ana se le ocurrió a alguien entrar en el templo, coger las andas de la Virgen, subirme a ellas y que entrase así, procesionalmente, en Triana. Hubo un puñado de insensatos a quienes la idea pareció excelente, y en tropel se metieron en la iglesia unos grupos de belmontistas entusiastas, que iban dispuestos a llevarse las andas a todo trance. El sacristán, asustado por la actitud apremiante de aquellos locos, avisó al cura de la parroquia, que se presentó furioso ante aquella amenaza de sacrilegio y arremetió contra los que tal desmán se proponían, hasta que consiguió imponerse a fuerza de gritos y amenazas.

—¡Sacrílegos! —gritaba el cura, congestionado—. Haré llamar a la Guardia Civil para que defienda el templo de vuestra barbarie. ¡Las andas de la Virgen para pasear a un torero! ¡Horror de horrores! ¡Sacrilegio!

La santa indignación del párroco y la amenaza de la Guardia Civil hizo retroceder asustados a los que iban por las andas. El cura, fuera de sí, quería echarlos a latigazos. Me han contado que a poco se muere del berrenchín.

Me contaron también que luego que hubo desalojado la iglesia de importunos y cuando al fin atrancó las puertas y se dejó caer, rendido, en el sillón de la sacristía, sacó su gran pañuelo de yerbas, se lo pasó por la frente sudorosa, se serenó un tanto y comentó lastimero:

—¡Sacrílegos! ¡Las andas de la Virgen para llevar a Belmonte! ¡Qué barbaridad!

Hizo una pausa en su monólogo, y agregó:

—¡Si siquiera hubiese sido para llevar a Joselito!».

Son emocionantes los pasajes en los que, al hilo de la muerte de Joselito en la plaza en 1920, Belmonte habla de lo que su rival, y a pesar de todo amigo íntimo, había representado para él: «En el mes de septiembre [de 1920] —cuenta— dejé de torear. La falta de Joselito hacía que recayese sobre mí todo el peso de las corridas, y empezaba a sentirme agotado. Los que tan enconadamente habían disputado sobre nuestra rivalidad no sabían hasta qué punto nos completábamos y nos necesitábamos el uno al otro».

Un libro espléndido, en fin.

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Comenta Guillermo Zapata que su fenómeno fascinante favorito post-7J francés es la gente que habla de España como si aquí gobernara la extrema derecha: «allí sí lo consiguieron», «qué envidia Francia», «ellos sí que saben», etcétera. El papanatismo galófilo. Mientras tanto, allí han puesto la tricolor española en el logo del Nuevo Frente Popular, se han escuchado gritos de «no pasarán» en los mítines, Éric Cantona ha sacado pecho por su abuelo republicano español, Mélenchon hace constantes referencias a lo que está haciendo aquí el gobierno de coalición como modelo de lo que a ellos les gustaría hacer allá…

El runrún interior (143)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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