Arte

De ‘El grito’ a ‘Scream’

¿Es posible llegar a comprender las razones por las que la muerte se expresa tanto y de tantas formas en las obras artísticas y en los productos culturales más actuales? ¿Tienen que ver esas causas con el tabú de la muerte que encontramos en las sociedades occidentales? ¿Tiene sentido que, en un mundo en el que la gente vive de espaldas a la muerte, esta sea uno de los grandes temas representados en el arte y la cultura de masas? Germán Piqueras se hace estas preguntas en 'Tabú: la censura de la muerte en Occidente como generadora de arte y cultura', un libro publicado en TREA que Arturo Caballero reseña aquí.

/ una reseña de Arturo Caballero /

Imagen destacada:
Anónimo: Frontal de altar de los arcángeles,
segundo cuarto s. XIII (MNAC)

A la hora de la verdad, son solo un puñado de temas los que atañen en profundidad a los hombres y sobre los que versan las grandes obras de la literatura y el arte: el nacimiento, la ambición, la envidia, el amor y el sexo, la lealtad y la traición, la muerte y su trascendencia… Y es la conceptualización de estas últimas la que posiblemente haya sufrido unos cambios mayores desde hace apenas un par de siglos. El deseo de una plenitud vital, que ahora se nos promete más que centenaria, el culto al cuerpo en su doble vertiente —la relacionada con la salud y la que tiene que ver como objeto de deseo— ha hecho que hayamos ido orillando cada vez más lo que tiene que ver con un hecho que es consustancial a la propia vida.

En 2017, Germán Piqueras Arona, escritor, dibujante y pintor, dedicó su tesis doctoral —dirigida por María Paula Santiago Martín de Madrid— a la representación de la muerte en el arte contemporáneo. Muerte y expresión artística: la vivencia de la muerte y su repercusión en el arte europeo del siglo XX; en ella estudiaba el caso de artistas que, sin renunciar a plasmar en sus obras aspectos personales, reflejaban la sociedad, la política y la cultura de su entorno dando una notable importancia al tema de la muerte.

Una de las finalidades del trabajo era «detectar y determinar las relaciones entre los acontecimientos sociales, políticos y culturales favorecedores de una aproximación a la noción de muerte desde la expresión artística, así como reflexionar sobre las causas que han propiciado este interés dentro del ámbito artístico visual». Articulaba el tema a través de ocho capítulos: uno teórico, «Antropología y muerte»; otro de carácter histórico en el que estudiaba los casos de Andrea Mantegna, Pieter Brueghel, El Greco, Juan de Valdés Leal, Jacques-Louis David y Francisco de Goya. En los otros seis trataba, propiamente, los casos de las que él denominaba «vanguardias trágicas», centrándose en Munch, Käthe Kollwitz, Max Beckmann, Oskar Kokoschka, Otto Dix y George Grosz para profundizar luego en las «estéticas de la destrucción», donde se fijaba en la obra de diversos artistas que sufrieron el nazismo, como Felix Nussbaum, Zoran Mušič, Charlotte Salomon o Andrzej Wróblewski, pasando luego a analizar, en «Duelo y sentimiento trágico», el arte de Josefa Tolrà, Francis Bacon y Manolo Millares. Los años sesenta y ochenta los estudiaba bajo los títulos de «Rehacer la muerte» (a través de las obras de Hermann Nitsch y Marina Abramovic), «Memoria y ausencia» (centrándose en el arte de Gottfried Helnwein, Christian Boltanski y Juan Muñoz) para finalizar con lo que denominaba «La muerte como espectáculo y mercado», aduciendo ejemplos de Santiago Sierra, los Young British Artists, Jake & Dinos Chapman y Damien Hirst.

Juan de Valdés Leal: Finis Gloriae Mundi (1)

Ediciones Trea acaba de publicar Tabú: la censura de la muerte en Occidente como generadora de arte y cultura, ensayo heredero de aquella obra habilitante desde el punto de vista académico. Mantiene, en cierta medida, los tres primeros capítulos, titulados aquí «Al morir íbamos a un lugar mejor», «Paradigmas de un cambio» y «Arte con valores distintos», pero que se amplía sustancialmente con «Otras miradas», en el que se incorporan contenidos relacionados con la fotografía, el cine, las series de televisión, el cine de terror, el género negro, los videojuegos, la literatura y la novela gráfica.

Germán Piqueras es, fundamentalmente, un artista plástico que desde 2019 lleva desempeñando tareas docentes en el máster universitario en Formación del Profesorado de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanzas de Idiomas en la Universidad Internacional de Valencia, primero como director de trabajos fin de máster y luego como docente en las áreas de dibujo y tecnología de informática. Estas dos actividades —la creatividad y la enseñanza— intenta hacerlas compatibles como un reto en el que trata de aplicar la creatividad a partir de la reflexión y la paciencia.

Teniendo presente que la beatitud es aburrida y que delante de un juicio final, por ejemplo, siempre nos llamará más la atención lo que ocurre en el infierno que la anodina vida del paraíso, cabe preguntarse si este asunto del que hablamos obedece a una mera oportunidad intuida por el autor o tiene raíces más complejas. En definitiva: de dónde procede su interés por el tema.

En Tabú no lo explicita, pero sí lo hace en la justificación de su tesis en la que consigna

«un acontecimiento que en los años noventa (1997) tuvo una importante repercusión mediática y que, sin duda, también influyó notablemente en mi percepción sobre la violencia y la muerte. El conocido como crimen de Alcàsser, que hacía alusión al secuestro, violación, tortura y asesinato de tres niñas de catorce y quince años, provocó una profunda conmoción en la sociedad española de aquel tiempo. El hallazgo de los cuerpos, el posterior conocimiento de las vejaciones a las que fueron sometidos, la huida del presunto autor material de los hechos, así como la polémica suscitada en el juicio dio lugar a un numeroso material mediático que durante años formó parte de los contenidos de noticiarios y prensa escrita y, por tanto, de mi experiencia cotidiana».

Ante situaciones extremas como esta, que además fueron tratadas por la televisión de una manera abominable, es lógico que se remuevan las conciencias y que nos cuestionemos el sentido de la muerte y de lo que significa en nuestra existencia. Y más si tenemos en cuenta que el autor tenía, en aquellos momentos, apenas un par de años menos que las niñas que sufrieron aquella horrible barbarie. Y si he indicado sus posibles motivaciones, es justo declarar las mías a la hora de redactar estas líneas que son por una parte el carácter tangencial de este ensayo con el capítulo «La violencia banalizada» que incluí en Arte y perversión y, por otra, las reflexiones provocadas por el reciente fallecimiento de mi padre.

En la introducción plantea dos aspectos que informan su discurso: la consideración de que «el arte es un espejo de lo que sucede en la sociedad» y «nunca antes el miedo y la angustia a la muerte habían sido tan intensos», porque «se niega el duelo y se rechaza a los difuntos».

El primer capítulo «Al morir íbamos a ir a un lugar mejor. Arte, antropología y muerte»lo dedica a teorizar sobre el tema a partir de observaciones realizadas en obras de arte y, especialmente, de lecturas diversas (Unamuno, Louis-Vincent Thomas, Edgar Morin, Mircea Eliade, Carl Gustav Jung, Maria Nagy o Sigmund Freud). Debo indicar que algunas referencias me parecen difícilmente asumibles (dudo también de que el propio autor lo haga), como la que recoge de Allan Kardec —«el espíritu es el alma antes de unirse al cuerpo, es decir, cuando es uno de los seres inteligentes que pueblan el mundo visible»—, pero no parece adecuado ahora adentrarse en estos aspectos. Aunque suscribo que la muerte pueda contarnos más sobre la vida que sobre la propia muerte y que la percepción de la belleza siempre está teñida de una cierta transitoriedad, tanto del hecho observado como del propio observador. Pero no son estos aspectos teóricos lo que más me ha interesado del ensayo.

El segundo capítulo —«Paradigmas de un cambio. Las muertes de Marat y las crucifixiones»— tiene, a mi entender, más interés y lo hace seleccionando como punto de partida unas obras de arte que bien podrían ser otras (personalmente, además de La muerte de Marat, de Jacques-Louis David, que sí estudia, no hubiese dejado pasar la oportunidad de hacer un análisis de ese hito del descreimiento que es El entierro en Ornans [1849] de Gustave Courbet), pero aun cambiándolas no alteraríamos el desarrollo de la argumentación. La reflexión sobre el asesinato del director de L’Ami du Peuple lo compara con las versiones realizadas por Munch sobre el asunto y de las diferencias (sacralización de un héroe contemporáneo frente a un vulgar asesinato sexual) ponen en evidencia el cambio.

Igual de atractivo resulta el concepto plástico de la crucifixión, porque le sirve para detectar cómo evoluciona la percepción de la muerte a través del tiempo, lo que no debe de extrañarnos, porque, a diferencia de lo que asumíamos hace muchos años, no es Dios el que ha hecho a los hombres a su imagen y semejanza, sino que —siguiendo a Jenófanes de Colofón— lo cierto es que somos los hombres quienes modelamos nuestros dioses (podría haber puesto «ídolos», pero no lo creo ni necesario, ni conveniente), y además de transmitirles nuestro aspecto físico proyectamos en ellos el sistema de creencias y ritos propios de cada momento histórico. Cita, entre otros, ejemplos de Eugène Carrière, Paul Gauguin, Andrea Mantegna, Matthias Grünewald, Edvard Munch, Franz von Stuck, Lovis Corinth y Albert Birkle, y los une a Marc Chagall, Graham Sutherland, Renato Guttuso, Salvador Dalí, Juan Barjola, Antonio Saura y Manolo Millares. Una evolución desde planteamientos tardorrománticos a representaciones de «una persona que parece salida de un accidente con el estertor que anuncia el fin…». Y todo ello vinculándolo a las performances de los teatros de orgías y misterios de Hermann Nitsch o las esculturas de los hermanos Chapman. En cualquier caso, imágenes que «expresan el pensamiento de la sociedad respecto a la muerte: […] algo horrible, más relacionado con un castigo, un accidente o un espectáculo visual de cualquier índole, que con algo natural que os ocurrirá a todos».

En «Arte con valores distintos», además de los autores que citaba en «Vanguardias trágicas» y «Estéticas de la destrucción» de su tesis, añade a Julio Romero de Torres (¡Mira qué bonita era!, 1895), José Gutiérrez Solana, Alfonso Ponce de León, Horacio Ferrer (Aviones negros, 1937), Antonio López, Eduardo Arroyo, Santiago Sierra o Eugenio Merino y su Aquí murió Picasso. En estos asuntos detecta que

«cuanto más capitalista es una sociedad, más prohibitivo se torna el tema de la muerte. ¿Las razones? Un sistema como el occidental, que potencia el consumismo y la acumulación de objetos y bienes, parece incompatible con la idea de integrar la muerte en su discurso. Si uno muere, deja de consumir. Si la muerte dejase de ser un tabú, seguramente el sistema de valores de la sociedad también cambiaría».

Los capítulos anteriores muestran la deuda con su propia tesis doctoral, actualizando los datos originales y añadiendo matices diversos. Es en el capítulo «Otras miradas. Los mass media en busca de la fe perdida» donde plantea los temas más novedosos, quizá porque se trata de un artista y no de un historiador, y es en la mente de un creador donde no se ponen límites a la expresividad visual, ni en cuanto a medios, ni en cuanto a contenidos, y no tiene problema en intentar adentrarse en las nuevas formas de expresión de un siglo XXI del que llevamos consumido un cuarto. Y lo defiende: «La gente necesita los mass media para repensar en el sentido que tiene la vida, aunque sea de manera inconsciente, ya que estos medios tienen una trascendencia parecida a la que antes tenía la religión», aunque hay un grave problema, dado que «se ofrecen una enorme cantidad de conceptos en forma de productos […] Y es que no es lo mismo adquirir conocimientos o valores que consumir productos, pese a que estos puedan ser culturales, aunque también únicamente de ocio».

Respecto a la fotografía, además de obras icónicas de Robert Capa, Walter Hahn, Philippe Halsman, Eugene Smith, Cristina García Rodero, Joel-Peter Witkin, Amber Bracken y otros más, se centra en la obra de Thomas Höpcker Vista de Manhattan desde Williamsburg, Brooklyn, 11/9, que inaugura nuestro siglo y que fue rechazada por distintas publicaciones tal vez porque era la más perfecta expresión de cómo nuestra sociedad, trivial, está insensibilizada ante la muerte.

Piqueras, que es colaborador de Filmafinitty, realiza un recorrido por diversas películas arrancando de El esqueleto feliz, de Louis Lumière (1898), y pasando por Las Hurdes (Tierra sin pan), de Luis Buñuel (1933), hasta el cine clásico americano (Frank Capra) y europeo (Roberto Rossellini, Ingmar Bergman, Luis García Berlanga, Hal Ashby, Luchino Visconti, Luis Borau, Carlos Saura y Jaime Chávarri) y más próximos a nosotros como Bertrand Tavernier, Krzystof Kiéslowski, Michael Haneke, Isabel Coixet, Alejandro Amenábar, François Ozon y Manoel de Oliveira y El extraño caso de Angélica (2010). Los ejemplos son muchos más, cada uno con sus propios matices.

Frente a este cine de autor, existe otro mucho más convencional y, desde luego, más interesante desde el punto de vista sociológico, tanto por la complejidad que supone desde el punto de vista de la creación (productores, guionistas, directores, técnicos variados) como por la cantidad de público que recibe. El cine de terror, como el de Alfred Hitchcock (Psicosis, 1960), que se inspira en hechos lejanamente reales (el caso de los crímenes de Ed Gein), y el que se desarrolla desde Michael Powell (El fotógrafo del pánico, 1960) hasta El silencio de los corderos (1991) de Jonathan Demme. Y el giallo italiano, cuyo máximo representante puede ser Dario Argento. Es con esta línea de producciones donde Piqueras sitúa el slasher, género que se basa en el degüello de adolescentes en el que «la muerte está al servicio del disfrute del espectador», formado, prioritariamente, por chicos y chicas semejantes a los asesinados en el filme. Los ejemplos más sobresalientes serían La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), La noche de Halloween (John Carpenter, 1978), Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980), Pesadilla en Helm Street (Wes Craven, 1984) y, desde 1996, la saga Scream (Wes Craven) que se termina identificando por la máscara del asesino que muestra una semejanza evidente con el rosto plasmado por Munch en El grito.

A ello se une todo un amplio repertorio de cintas de cine negro basadas en un género literario que comienza a configurarse a mediados del XIX con Edgar Allan Poe y Los crímenes de la calle Morgue. Estas páginas recogen los principales hitos del género tanto internacionales como españoles. Pero hay otro cine y otras series televisivas de terror y muerte basadas en crímenes reales, también reseñados en la obra, y que alcanzan su manifestación más cruda con Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer (Brennan y Murphy, 2022), cuyo merchandising fue retirado del comercio por las demandas de los familiares de las víctimas. O los videojuegos, considerados por algunos críticos como «una forma de simulación, no de representación», que mantienen una pasarela de ida y vuelta con el cine. Comenzaron siendo de gran simplicidad visual (Mortal Kombat) y, dado su realismo, ahora son usados por los propios ejércitos tanto para el entrenamiento como para el tratamiento del estrés postraumático.

Piqueras cierra su estudio con una literatura de creación que se centra en estos temas y con las novelas gráficas que afrontan el asunto con gran complejidad, como manifiesta la desesperanzadora La inmersión (Séverine Vidal y Víctor L. Pinel, 2021) en la que se narran los momentos finales de una anciana a partir del ingreso en una residencia, o la más positiva El duelo (Paula Cheshire, 2023), un ejemplo «de la funcionalidad del arte» como ayuda en este tipo de situaciones.

Quizá por no hacer eterno el discurso, se obvia el cine bélico que tanto puede decirnos de diversas formas de trascendencia como en Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941) o en Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), y de las películas del oeste que tratan de infinitas maneras la forma de morir. Cito solo unos ejemplos: El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) o las películas de Sergio Leone y el Grupo salvaje (Sam Peckinpah, 1969).

Germán Piqueras considera que el miedo a la muerte es mayor en Occidente a consecuencia del individualismo, la competitividad y la sociedad de consumo inherentes al desarrollo extremo del capitalismo, lo que se ve agravado porque «la muerte de Dios» agosta definitivamente cualquier atisbo de trascendencia. También asume que nuestra sociedad arrincona la muerte, la obvia en su vida cotidiana y, cuando aparece, lo hace trivializándose por medio de la repetición nauseabunda (consideremos lo que ocurre con los videojuegos) o convirtiéndola en un fenómeno estético superficial.

El estudio no plantea una tesis cerrada y se abre a múltiples derivaciones (algunas pueden parecer contradictorias), que ofrece en forma de preguntas y como sugerencias. El propio título puede plantear incluso dudas: ¿es realmente hoy la muerte un tabú? Los ritos de incineración hacen que podamos convivir en nuestra casa con los restos de nuestros familiares, como pasaba en las sociedades más primitivas. A diferencia de lo que ocurría hace siglos, la sociedad es mucho más heterogénea y los planteamientos del autor son —tienen que ser necesariamente, por la propia realidad de los hechos— solo aplicables a una parte de esa sociedad.

Según el CIS, el índice de ateos y no creyentes en nuestro país ronda el 40%. Con independencia de lo que tenga de cierta esta estadística, es evidente que se ha ido produciendo un abandono progresivo de una creencia —el cristianismo en nuestro caso— que venía a solucionar los problemas derivados de nuestra desaparición de este mundo, garantizándonos, además, que terminaríamos resucitando en cuerpo y alma para gozar, si nos hubiésemos hecho merecedores de ello, una beatífica vida eterna. Para quienes tengan esa fe, la muerte no tiene que ser el fin de nada sino todo lo contrario. Pero incluso la doctrina de la Iglesia matiza hoy estos asuntos.

Gran parte de lo reflejado por Germán Piqueras, quien cree que «cada persona puede hacer que su vida tenga un sentido más completo si naturaliza la muerte», se dirige a ese porcentaje de población que posee la certeza de que la muerte es, como decía el Eclesiastés, el final de todo; y ese abismo que se abre a la ausencia de algún tipo de pervivencia individual después de que termine nuestra vida es el que nos acucia y sobre el que no queremos pensar. Abandonada toda posibilidad de trascendencia, Germán Piqueras considera que el arte, por lo menos parte de él, es capaz de contar las cosas que no cuentan los medios de comunicación o que cuentan de otra manera; nos ayuda a reflexionar sobre el sentido de la muerte y, en consecuencia, nos orienta para el buen desarrollo de la propia vida, en línea con lo que propugnan movimientos como La Orden de la Buena Muerte.

Todo lo que nos haga más fácil no ese tránsito, sino ese final, es digno de consideración. Y si es a través de este libro o de las imágenes que han servido para ponerlo en pie, pues mejor.

Y hablando de estos asuntos no puedo por menos de recordar los frescos egipcios del juicio de Osiris, las pinturas románicas de los diablillos haciendo trampas en el pesaje de las almas, las esculturas góticas de la catedral de León e incluso la mano de Cristo en el Finis Gloriae Mundi de Valdés Leal, pesando en la balanza las buenas obras y los pecados. Porque me parece a mí que no hay más juez que nosotros mismos y que la cuenta que echemos de cómo ha sido nuestra vida y el resultado de nuestro debe y nuestro haber nos hará más fácil su abandono cuando llegue el momento.


Tabú
Germán Piqueras
Trea, 2025
228 páginas
20 €

Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con la docencia y otras actividades relacionadas con la organización escolar, entre ellas la coordinación del Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Sobre todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publicó Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “De ‘El grito’ a ‘Scream’

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo