Narrativa

‘Animales urticantes’, de Carolina Sarmiento

Pedro Luis Menéndez reseña 'Animales urticantes', de Carolina Sarmiento, un libro de cuentos sobre el dolor, los rencores cotidianos, la incertidumbre, las promesas que no se cumplen o los deseos reprimidos del que publicamos uno, titulado 'Las fronteras'.

Animales urticantes, de Carolina Sarmiento

/una reseña de Pedro Luis Menéndez/

Tengo la impresión (y desearía equivocarme) de que a todo el mundo le gustan los cuentos, pero estos —al menos en el mercado español— no son capaces de competir en ventas con su majestad la novela. Nunca he entendido del todo el porqué, salvo que la inmersión pausada y pautada en las páginas de una novela permite un placer tranquilo (por inquietante que resulte) frente al chispazo eléctrico o el puñetazo al ojo que produce la lectura de un buen relato.

Y de chispazos eléctricos y puñetazos al ojo está repleto Animales urticantes, el libro que acaba de publicar Carolina Sarmiento en la editorial Pez de Plata. La autora trabaja en el mundo de la comunicación, ocupación que ha simultaneado desde hace años con la coordinación de talleres de escritura y clubes de lectura, así como la dirección de la revista digital Creatividad Literaria. Además, en 2018 se dio a conocer en el mundo literario con la publicación de un libro de poemas, Ikiru (vivir), editado por Gravitaciones, que en su día reseñé en estas mismas páginas de EL CUADERNO.

Sorprendía entonces con una voz lírica intensa y mucho más reflexiva de lo que pudiera parecer en una primera lectura, en un libro con vocación de unidad, tanto en su estilo como en la dirección que empujaba al lector a contemplar de un modo determinado el mundo, a partir del momento vital en que se encontraba entonces la propia autora.

Ahora, en este su segundo libro, Animales urticantes, volvemos a encontrar una Carolina Sarmiento que nos ofrece también un libro cohesionado, que apunta a direcciones muy concretas tanto en sus aspectos formales como en el mundo narrativo que en él aparece. Para no entrar en disquisiciones filológicas en torno a los términos relato, cuento, narración corta, minirrelato, etcétera, utilizaré como sinónimos cuento y relato para hacer referencia a los 15 textos que contiene el libro.

En las notas editoriales que acompañan a la publicación se nos habla de rencores, de veneno, de rabia, de unos personajes que «acorralados y amenazados, […] se defienden de la vida como animales urticantes». Defender y atacar, sufrir, ser felices y, sobre todo, elegir, porque uno siempre elige y con esa elección viaja el resto de su vida. En este sentido, los relatos vienen precedidos de una dedicatoria muy evidente y de una cita de Enrique Vila-Matas que, más que una declaración de principios, resulta ser un guiño juguetón pero sustancioso, muy sustancioso: «Mi miedo a la Bestia quedó en eso, quedó en un helado de fresa».

No sé si a Carolina Sarmiento le gustarán estos dos adjetivos para referirse a su libro, pero a mí me resultan muy adecuados: juguetón y sustancioso, es decir, lleno de humor no necesariamente suave y de crueldad no necesariamente sangrienta; tal vez como es la infancia o la misma vida cuando nos despojamos de los disfraces adultos. Por eso en el relato titulado En el campo de girasoles la protagonista conduce una BH que parece nieta de la BH grande de su abuelo, «la niña que pedaleaba silbando con su abuelo junto a un campo de girasoles y un pollo en el portabultos era otra, tan inocente y cría que no sabía que en los animales latía la misma sangre caliente que en mis heridas y que incluso los abuelos más tiernos, ya sea en la cocina o en la guerra, deciden, día a día, si morir o matar».

Abuelos y abuelas, nietas, nietos, padres e hijos, padres sin hijos, maridos y mujeres, muchos niños y muchas niñas, acompañan a Tuba, Púa o Baqueta por un mundo sin compasión en el que hasta las lámparas resultan amenazantes, como en el relato que da título al libro: «Una lámpara de araña puede volverse en tu contra. A mí me pasó y por eso os lo advierto. Crecí bajo una sin prestarle atención hasta el temblor del 90. Puedo componer una lista de los objetos silenciosos que se me revelaron ese día: las cortinas, un ficus, un cuadro de caza y la lámpara del techo del salón».

Si toda escritura es reescritura y si, como afirma el ya citado Vila-Matas, «la trama es siempre un pretexto para hablar de los demás y de todo lo demás», Animales urticantes está lleno de caperucitas y lobos, de cenicientas y de niños que se mueven en esa ambigüedad premeditada entre el saber y el no saber, rodeados de adultos que quizás les odien, porque Carolina Sarmiento diluye los fantasmas o más bien lleva al límite su plasticidad para jugar en el límite de su deformación, un límite que en ocasiones se rompe en mil pedazos.

En estos quince relatos, la voz de la enunciación —muy sintética y tan precisa que no se permite líneas innecesarias— nos lleva al interior de las otras voces, las que no siempre se dejan oír, las que no nos permitimos o sólo nos permitimos como un juego; las del dolor, los rencores cotidianos, la incertidumbre, las promesas que no se cumplen o los deseos reprimidos que un día revientan y lo hacen sin ningún remordimiento: «Se le enreda no sé qué palabra en la boca. Tal vez ayúdame o perdóname. Da lo mismo, son dos verbos que me han sido mutilados. Si vive será su palabra contra la mía y aquí, que yo sepa, la mentirosa es ella».

Y así, frente al cuento fantástico decimonónico, en el que lo sobrenatural o las apariciones visionarias invadían a los personajes que, en ocasiones, acababan destruidos por esos mismos fantasmas, estos cuentos transitan por aldeas, pueblos, bares, clínicas, cementerios o barrios de cualquier ciudad, pero en ellos sus fantasmas no son sino nuestros vecinos, nuestras parejas, o nuestra propia mente, como, por ejemplo, en el relato Las fronteras, que reproducimos debajo de estas líneas y que resulta una muestra perfecta de la conocida como teoría del iceberg que formuló Hemingway: «La creación literaria se basa en el mismo principio del volumen del témpano. De este solo se ve la séptima parte de lo que está oculto bajo el agua. Lo mismo en la creación. Deben eliminarse de la vista del lector todos los elementos que puedan eliminarse. Eso le confiere más fuerza al témpano. Esos elementos son los que no deben verse en la superficie, aunque el escritor los conozca».

He leído Animales urticantes prácticamente de un tirón porque, por suerte y por el buen saber hacer de su autora, es de esos libros que te dejan con ganas de más, y que, de algún modo, como bien sabemos los lectores, te produce esa ansiedad que sobreviene cuando estás llegando a sus últimas páginas y no deseas que termine, aunque ese final sea irremediable, y terrible: «Pero no hay sustituto en las ausencias. Los parches son incómodos: pueden rozar la piel. Irritar la herida. Conseguir que el dolor no te abandone».


Las fronteras

/por Carolina Sarmiento/

Encerrada en su celda, pasa los días fantaseando con cómo será el mundo real. Es fácil imaginar un mundo cuando sólo ves cuatro paredes. Basta con cerrar los ojos. Reposada sobre el camastro siente cómo una gota golpea su frente. Una y otra vez. Cree que es siempre la misma, que choca y regresa. Al fin una compañera, suspira. Tal vez ese pellizco de agua logre que Juana vuele: que vea un océano que se expande, que atisbe una tierra sin fronteras. Los barcos avanzan rompiendo el mar. Las olas, cada vez más frías, salpican la cubierta. Los marineros se aferran a donde pueden. Reunidos en un camarote diseñan en las cartas cómo rebasar un límite. Navegan cada vez más callados. Es una tripulación ensimismada. Fantasea Juana con que pretenden conquistar el polo.

Se seca la frente y en su mano descubre una estrella de hielo. Sabe que es invierno. El viento que azota la torre de su celda viene cargado de furia. Se imagina tan alta como los dioses paganos. Los ídolos narrados con desprecio en las crónicas de las indias: bárbaros, retrasados, bestias, aborígenes. Inhumanos. No tanto como sus soldados. Tensa la boca. Ojalá el vendaval los derribe como a pájaros muertos. Ojalá algún día en vez de escopetas avancen con perros, en un simple paseo. Un hombre y su docena de mastines se toparán entre la bruma con una montaña que encierre una hermosa civilización, fantasea Juana.

El hielo de la estrella se ha derretido y el frío se cuela entre sus dedos. También en los de los marineros que, convertidos en titanes, ya avanzan con piernas poderosas. Su ropaje no resiste la ventisca en un territorio inhóspito y salvaje pero con su fuerza abren huella. Nada frena su objetivo. Saben dónde van y son osados. Juana los ve: llevan barbas y pieles heladas. Para ellos debería ser la gloria, piensa. Hombres que alcancen metas sin abusos. Solos con sus cuerpos.

De puntillas sobre el catre, Juana aproxima su boca a la gotera. Extiende la lengua y traga. Saborea la gota como un elixir y luego grita a través del agujero del techo: «No estoy loca. Sólo fantaseo».



Animales urticantes
Carolina Sarmiento
Pez de Plata, 2020
128 páginas
15,90€


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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